viernes, 19 de mayo de 2017

Capítulo 1. Crónica de un fugitivo y cuatro jubilados.- 1. Todo empezó en Sevilla



   Anochece. El sol está en un tris de dejar a Europa sumida en las sombras e iluminar otro día más allá del horizonte atlántico. A su vez, el hombre de esta historia también dice adiós a una jornada que, como tantas, se le ha hecho interminable. Desde que vive solo, y va para cerca de dos años, cuando no hay gente a su alrededor tiene la costumbre de hablar en voz alta como si de esa forma espantara su tediosa soledad.
-¡Vaya diita y ensima s´a levantao el jodío poniente! Claro que peor hubiera sio si llega a soplar el levante –La vida le ha llevado a tener que pronunciar el español de forma correcta, pero cuando habla para sí le sale el acento y el seseo de su tierra gaditana.
   Piensa que lo mejor que puede hacer es dejar la revista porno que está ojeando y darse un garbeo por los alrededores ahora que Lorenzo ha dejado de apretar y los turistas habrán desaparecido de las playas. Si anda lo suficiente para cansarse quizá, solo quizá, pueda coger el sueño antes de lo que últimamente suele. Porque es que hasta duerme mal, ¡él, que siempre dormía como un niño chico! Al final, se decide y se lanza por las angostas calles de Tavira y luego por la playa. Anda varios kilómetros hasta que el cansancio pone plomo en sus piernas. Es momento de volver al modesto hotel en que se hospeda.
-Boa noite –le saluda el recepcionista y factótum de la pousada que añade -. Acalmou o vento.
-Boa noite –responde el hombre, usando una de las pocas frases en portugués que mejor pronuncia puesto que las demás solo las chapurrea en el mejor de los casos.
   Malditos tavirenses, piensa, más de la mitad de las cosas que dicen no las entiendo y eso que desde la otra ribera del Guadiana la lengua parecía fácil, pero con ese acento tan cerrado que tienen, ni flores. Otro punto más, se dice, a favor de que tiene que buscar otro escondite. Tendrá que estudiarlo con más cuidado que cuando buscó la opción de Tavira. Cometer un tercer error sería demasiado.
   Se echa en la cama e intenta dormir, casi ha cogido el sueño cuando el batir de una ventana entreabierta lo despeja otra vez. A falta de algo mejor, se pone a recordar. ¿Quién tiene la culpa de que me vea metido en este agujero?, se pregunta. ¿Mi mal fario, el azar, la juez Alaya, el cabrón que se volvió contra mí o la mala puta de mi mujer que para vengarse se fue de la lengua? Analizando los posibles culpables de pronto, y sin saber por qué, se acuerda de aquella frase que solía repetir su padre de que entre todos la mataron y ella solo se murió. Algo parecido le ha pasado, entre todos, cada uno a su modo y manera, lo convirtieron en lo que es hoy: un prófugo de la justicia, un personaje solitario, un trabajador sin trabajo, un sindicalista sin sindicato y un hombre de partido al que el suyo ha borrado de sus registros. Curro, se dice, eres un fenómeno, te has convertido en un fugitivo, como el de aquella serie de la tele de hace años. ¡Y encima has terminado metido en este hoyo! Tengo que salir de aquí, no aguanto más. Y vuelve a repetirse que no puede cometer un tercer error. Aunque hablando de errores, monologa, la madre de todos los errores, como decía de las batallas el bigotudo aquel de Irak que se cepillaron los yanquis, fue ignorar que una mujer que se siente engañada tiene más peligro que un grupo de legionarios hartos de vino. Por eso empezó todo en Sevilla, la ciudad que tiene un color especial como cantaban Los del Río. Luego tuvo la fatalidad de tropezarse con una jueza instructora como la Alaya. Lo demás vino rodado. También recuerda que cuando el abogado que le defendía, y al que conocía desde sus días en la directiva del Sindicato del Metal, se sinceró con él y le confesó que el suyo era un caso chungo, la tierra pareció abrirse bajo sus pies.
-En el proceso oral, como se tuerzan las cosas y tu mujer mantenga su testimonio, es posible que el fiscal pida cárcel y una elevada pena pecuniaria. Pero esa no será la última palabra, aún en el supuesto de que fueras condenado la sentencia no será firme mientras no concluyan todas las apelaciones hasta llegar al Supremo. Y si necesario fuera, en el bufete estamos preparados para llegar hasta el tribunal de La Haya. O sea, Curro, que no te preocupes, tenemos mucho tiempo por delante.
   Pero el hombre llamado Curro pensaba en otra película: se veía entrando y saliendo de los juzgados, sufriendo lo que ha dado en llamarse la pena de los telediarios y abandonado, cuando no despreciado y humillado, por todos aquellos que se decían sus amigos, sus conmilitones, sus camaradas sindicales. ¡Menudo futuro por delante!
-Oye, ¿y eso de la pena pecuniaria puede ser de mucho jurdó? –y antes de que el letrado conteste prosigue -A la trena no quiero volver, ya he tenido bastante con los dos años que me han tenido enjaulado con la provisional. ¿Y qué pasa si no me presento a juicio?
-No te lo aconsejo. Si no te presentas, el tribunal dictará una orden de busca y captura por incomparecencia y la policía acudirá a tu domicilio para proceder a tu detención.
-¿Y si ya no estuviera en casa o no me encontraran?
-Te declararán prófugo aunque no se haya celebrado el juicio oral ni dictado sentencia firme. Y cuando la policía te eche el guante tendrás un delito más que penar. Repito, no te lo aconsejo, pero… tú verás.
   Lo de tú verás le llevó a una nueva consulta fuera del cauce jurídico. No tenía muchas opciones para pedir consejo. Acabó por preguntar a un viejo jubilado, conocido como Pepote el Salvaculos, que fue jefe suyo en el sindicato, pero que seguía siendo un lince en esquivar toda suerte de batallas legales, habilidad que le valió su remoquete. Su recomendación, dicha con su seseante acento sevillano, fue tajante.
-Pueden pasar tantas cosas que, si te vas, quisá cuando regreses haya dado la vuelta la tortilla y los que ahora quieren llevarte al trullo acaben poniéndote una medalla. Tú habrás guardao guita, ¿verdad? Pues entonses, coge unos buenos fajos de billetes y desaparese de Sevilla y, si me apuras, de España. Ah, y no te despidas de nadie, ni siquiera de la Rosío –El viejo zorro tocó la fibra que más le iba a doler, al citar a su amante y compañera de chanchullos de los últimos años.
   El Salvaculos se lo dejó claro, solo tenía una salida: irse de najas, tomar las de Villadiego, darse el piro… largarse de Sevilla y del país. En principio, pensó en dos posibles destinos: Cuba y Nueva York. Ya se veía tomando el sol en Varadero al lado de una mulata de turgentes pechos y prietas nalgas o paseando por la Quinta Avenida neoyorquina. En cualquiera de ambos sitios, ¿quién iba a conocer a Francisco Salazar Jiménez?, más conocido familiarmente por Curro, y que con el correr de los años había formado parte del llamado Trío de los Conseguidores que eran los que manejaban las subvenciones de la Junta de Andalucía para los falsos ERES que allí proliferaban. Fue a una agencia de viajes a informarse sobre ambos destinos y en algún momento de la charla la empleada que le atendía aludió a la cuestión de los visados.
-¡Cómo!, ¿es que hace falta visado para esos países? –preguntó Curro en una demostración palmaria de lo poco viajado que estaba.
   La muchacha se quedó mirando al potencial cliente sin saber si lo preguntaba en serio o le estaba vacilando. Eligió la primera opción.
-Naturalmente, señor. El visado es el complemento indispensable del pasaporte. Los norteamericanos son sumamente intransigentes en esa cuestión y los cubanos, por aquello de la peculiar política de la isla, también hay veces que se ponen quisquillosos.
   En ese momento, el bueno de Curro se cayó del guindo al darse cuenta de que no podía viajar a ninguno de ambos países por mucho que le apeteciera, ni a ningún otro sitio donde necesitara exhibir el pasaporte. Si le declaraban prófugo, como dijo el abogado, seguirle el rastro sería cosa de coser y cantar. Le quedaban los países de la Unión Europea, donde le bastaba el DNI, pero ir mostrando el documento nacional de identidad también sería dejar una pista fácilmente detectable. Entonces fue cuando tuvo la idea de un nuevo destino: se iría a Portugal, el único país extranjero que conocía y en el que se encontró cómodo; la gente era amable, la vida barata, el clima estupendo y su lengua creía que medio podía entenderla, al menos se veía capaz de leer los periódicos.
   Y esa fue la opción que escogió. No se despediría de nadie, ni de los compañeros de partido que cuando se tropezaban con él en la calle cambiaban de acera para no saludarle, ni de los camaradas del sindicato que le tildaban de chivato, ni de su mujer e hijos a los que había abandonado cuando comenzó a ganar tanto dinero que guardaba los billetes en bolsas de basura, ni siquiera de Rocío. Se iría escaso de equipaje, pero forrado de pasta. Si todo empezó en Sevilla, se dijo, en algún lugar de la tierra lusitana iba a encontrar donde hacer un paréntesis en su nueva vida de fugitivo. Ahora solo faltaba encontrar el sitio adecuado.

PD.- Hasta el próximo viernes

viernes, 12 de mayo de 2017

*** El escenario de la próxima novela



   ¿Por qué dedicar un post informativo a describir el escenario de “Una playa demasiado tranquila”, la novela cuyo primer episodio colgaré en el blog el próximo viernes? Porque es un marco prácticamente desconocido y un tanto singular. Estoy refiriéndome a una recoleta, casi ignorada y, al decir de algunos, excesivamente tranquila playa que responde al valenciano término de Torrenostra, que en español significa literalmente torre nuestra. Su nombre dimana, al parecer, de la torre vigía que desde el siglo XVII tenía como misión vigilar la costa para prevenir los ataques de los piratas turcos y berberiscos.
   Provenga el nombre de donde fuere, así la han llamado siempre los oriundos del pueblo en cuyo término municipal está emplazada y que es Torreblanca, municipio de la costa norte de la provincia de Castellón, cuyo litoral pertenece a lo que turísticamente se conoce con la denominación de la Costa de Azahar, en alusión a los campos de naranjos que allí se cultivan hasta la misma orilla del mar.
   Con el paso de los siglos, Torrenostra se convirtió en un poblado marítimo en el que vivían pescadores que varaban sus frágiles barcas de vela latina en la playa, en la que abundaban más los cantos rodados que la arena. Con la motorización de las embarcaciones de pesca, las barquichuelas movidas a vela dejaron de ser rentables y los marineros fueron desapareciendo del lugar hasta que quedó convertido en un caserío abandonado.
   A principios de la década de los sesenta se inició la construcción de varios espigones para proteger de los embates del Mediterráneo el ruinoso poblado y la propia costa. La defensa fue eficaz porque año tras año se fue regenerando el litoral y en la actualidad hay cuatro playas arenosas de una amplitud media entre treinta y ochenta metros, con una longitud total de unos mil doscientos metros y siguen creciendo. Y en la escollera que está más al sur se ha habilitado una suerte de desembarcadero con una zona balizada para uso de pequeñas motoras. Justo al final de esta última playa comienza el llamado Prat de Cabanes-Torreblanca, un espacio natural protegido y que es uno de los contados humedales castellonenses que resisten a la invasión del ladrillo.
   En los últimos cuarenta años la mayoría de las casitas de pescadores se han remodelado y transformado en edificios para alquilar o vender a veraneantes y turistas. A ello se han sumado unas cuantas urbanizaciones que han hecho de Torrenostra un lugar para el veraneo donde disfrutar de unas playas de excelente calidad y que distan mucho de estar tan abigarradas como otras del litoral levantino, prueba de ello es que se puede plantar la sombrilla o extender la toalla donde a uno le apetezca, hay sitio libre para todos. Tanto al norte como al sur y a pocos kilómetros de Torrenostra, existen playas no mejores que las suyas y en las que no hay un palmo de arena que no cuente con su correspondiente veraneante. ¿Por qué no ocurre eso en la playa de esta historia? Hay algo de misterio y de falta de lógica y eso que la buena índole de estas playas ha sido certificada con la distinción Q de Calidad Turística y ostentan dos Banderas Azules de la Unión Europea desde 1993. 
   Pues bien, aunque sea someramente ya conocéis el escenario en el que se desenvolverá la novelesca trama que comenzará su andadura a partir del 19 del actual. Estáis invitados a leer el relato que espero que guste tanto como los anteriores. También estáis convidados a visitar la playa en cuestión, si os gusta la paz os encantara.

viernes, 5 de mayo de 2017

*** “Una playa demasiado tranquila”



   El nuevo relato que colgaré en el blog a partir del 19 de mayo se titula “Una playa demasiado tranquila”. Es un thriller que discurre dentro de unos marcos muy acotados. El temporal se circunscribe al mes de agosto del dos mil dieciséis. El espacial a una playa en la que, básicamente, se desarrolla la historia: un hombre aparece muerto con signos de violencia, el primer análisis forense despeja cualquier duda, ha sido asesinado.
   Los protagonistas son la víctima, sus posibles asesinos y los que investigan el suceso, de forma oficial la Policía Nacional y la Guardia Civil, y de manera oficiosa un cuarteto de jubilados que, por puro azar, están pasando el verano en la playa que han escogido, precisamente por su paz. Los pensionistas solo tienen un mes para encontrar al asesino pues el final de agosto también es el de sus vacaciones. Y todas sus pesquisas las han de hacer sin apenas contar con ayuda de las autoridades y de las fuerzas de seguridad.
   El origen de la historia arranca con un encausado en el caso ERE (Expediente de Regulación de Empleo) en Andalucía, también llamado el escándalo de los ERE o caso del fondo de réptiles que es una trama de corrupción política vinculada a la Junta de Andalucía que gobierna el PSOE desde hace la friolera de treinta y siete años. La primera denuncia presentada por la fiscalía fue en 2009, aunque la trama de corruptelas se inició en el 2000. Posiblemente se trate del caso en que se ha defraudado mayor volumen de dinero a las arcas públicas de la democracia española y que todavía no ha concluido, aún está en los tribunales. Si algo caracteriza a la justicia española es su exasperante lentitud y este caso es una prueba más.
   La mayor parte de la historia transcurre en esa playa demasiado tranquila, a la que alude el título de la novela, en la que uno de los encausados en el caso ERE, que huye de la justicia y de quienes le persiguen, se refugia porque cree que el lugar es lo suficientemente desconocido como para que le encuentren. El problema surge cuando le descubren y la tranquila playa deja de serlo.