El pasado
viernes apareció en el blog el primer episodio del capítulo 24, el penúltimo.
Lo que quiere decir que el capítulo 25 será el último de “El robo del Tesoro
Quimbaya”. O sea, que esto se acaba. Al fin, podremos saber lo que pasó con las
joyas robadas.
Este blog contiene las novelas de Zacarías Ramo Traver. Un octogenario que no escribe por fama ni dinero, sino contra la soledad. Contiene: “Las dos guerras de Aurelio Ríos”; “La pertinaz sequía”; “Apartamento con vistas al mar “; “Los Carreño. Julio y Julia”; “Los Carreño. Los hijos”; “Los Carreño. El yunque de las guerras”; “El robo del Tesoro Quimbaya”; “Una playa aparentemente tranquila” y “El masover”. Los martes se publica “El masover” y los viernes “Los Carreño. El yunque de las guerras”.
domingo, 2 de abril de 2017
viernes, 31 de marzo de 2017
Capítulo 24. Nueva pista: buscar a un aficionado al béisbol.- 118. El béisbol, deporte muy minoritario en España
Blanchard, visto el frontal rechazo de
Atienza a la posibilidad de que los jubilados amigos de Grandal sigan
investigando el robo del tesoro, llama al comisario y le pide que le dé unos
días para pensarse si les ayuda y que en
cuanto hay tomado una determinación se lo comunicará. Grandal les cuenta a sus
amigos la postura del policía francés.
- Ya sabía
yo que con un gabacho no iríamos a ninguna parte. Los franchutes desde que les
dimos para el pelo cuando lo de la Guerra de la Independencia no pueden
tragarnos. ¡Menudos pájaros! – Ponte no puede ocultar la animadversión que
siente por el galo.
- ¿Y se
puede saber para qué coño necesitamos al francés? No hemos necesitado a nadie
en las anteriores investigaciones y tampoco lo necesitamos ahora – afirma
Álvarez muy seguro de lo que dice.
- Estoy con
Luis, para buscar al tal Efraím no necesitamos a nadie.
Grandal trata de hacerles comprender que
buscar al colombiano puede conllevar algún tipo de riesgo. Los sicarios de los
narcos son gente peligrosa, de los que disparan primero y preguntan después.
Como no acaba de convencerles, intenta al menos reconducir la situación.
- Os
propongo algo a ver qué os parece. Está a medio camino entre una exploración a
fondo y no hacer nada. Y desde luego para ello no necesitamos ni a Blanchard ni
a nadie. Lo que sugiero es que podríamos ir cualquier día de estos a un lugar
al aire libre en el que, según el artículo del ABC que recuperó Amadeo, se
suelen reunir los colombianos. Me refiero a la estación de metro de Colombia.
Además, no tendríamos que gastarnos ni un euro.
La ladina propuesta de Grandal encuentra una
favorable acogida entre los vejetes.
- Hombre,
eso me retrotrae a cuando íbamos en metro tras algunos empleados del Museo de
América sospechosos de ser cómplices de los ladrones – rememora Álvarez.
- Y a mí me
recuerda mi metedura de pata cuando me puse aquel ridículo sombrero tirolés
cuando seguía los pasos del pobre Obdulio Romero, que Dios tenga en su seno –
evoca Ballarín.
- Mañana os
espero en casa y analizamos la inmediata investigación. El que tenga un plano
del metro que lo traiga.
Al día siguiente, a media mañana, se reúnen
los cuatro amigos para planear su gira. Ballarín ha traído un plano de bolsillo
del metro de Madrid.
- Espero que
esto sirva – se justifica.
- Es más que
suficiente – acepta Grandal -. ¿En qué línea está la estación de Colombia?
Ballarín, que además de haber suministrado
el plano parece que se ha estudiado el asunto a fondo, da la respuesta:
- Es una
estación en la que se cruzan dos líneas: la nueve, que va de Paco de Lucía, en
el norte, a Arganda del Rey, en el sudeste, y la ocho que enlaza Nuevos
Ministerios con la terminal cuatro del Aeropuerto de Barajas. La estación está
situada bajo la calle de Príncipe de Vergara, entre la plaza de la República
Dominicana y el principio de la calle Colombia. Toda esa zona pertenece al
distrito de Chamartín.
- Bueno,
pues cuando queráis nos acercamos hasta allí. ¿Qué día os viene mejor que
vayamos?
- Creo que
tendría que ser un jueves o un sábado. Una chica ecuatoriana que tuvimos en
casa decía que uno de esos días es cuando solían reunirse sus compatriotas. Supongo
que con los colombianos pasará lo mismo - explica Álvarez.
- Mañana es
jueves. ¿Qué tal si vamos mañana por la tarde? – propone Grandal. Y así quedan.
Al día siguiente por la tarde, el grupo de
jubilados coge, en la estación de Arguelles, la línea seis del metro, la
conocida como circular, hasta la estación de Nuevos Ministerios donde hacen
transbordo a la línea ocho cuya primera estación es Colombia. Salen a la calle
por la plaza de la República Dominicana y recorren un par de manzanas de las
calles Príncipe de Vergara y Colombia. La gente entra y sale del metro como en
todas partes y no ven ningún grupo que tenga pinta de estar reunido o que pueda
estar formado por sudamericanos. Para hacer tiempo, entran en un bar y se toman
unos cafés. Preguntan al camarero que si por allí suelen reunirse
latinoamericanos. La única respuesta que consiguen es:
- A veces.
Y es todo lo que le sacan al lacónico
camarero.
Mientras el cuarteto se vuelve a sus pagos
con el rabo entre las piernas, Blanchard ha recibido noticias de su amigo en la
Embajada de Francia en Bogotá, quien le remite una copia de la ficha policial
de Efraím Gomes Restrepo, de veinticuatro años y natural de Jamundi,
Departamento del Valle del Cauca. El tal Efraím, pese a su juventud, tiene un
jugoso historial. Se le imputan delitos de tráfico ilegal de narcóticos, daños
a terceros, intento de secuestro y atracos a mano armada. También se sospecha
que ha podido participar en algunos arreglos de cuentas con resultado de varias
muertes, aunque esto último no se le ha podido probar. Se le considera un
sicario del cártel de los Varelas y al que en los últimos meses la policía
colombiana le ha perdido la pista. Entre los variados detalles que complementan
su ficha figura uno que llama la atención de Blanchard: es un fanático seguidor
del club de béisbol Los Caimanes de Barranquilla, ciudad en la que pasó parte
de su niñez. Cuando el inspector francés les pasa a sus colegas hispanos la
ficha del colombiano, Bernal es el primero en lamentar que un dato como ese
llegue demasiado tarde.
- Hace tan
solo unas semanas hubiéramos dado cualquier cosa por esta información y ahora
tenemos que limitarnos a archivarla. ¡Manda cojones!
- Así es
esta jodida profesión, colega – le consuela Atienza.
Blanchard no comenta nada. Ha quedado
patente lo que sus colegas van a hacer con el historial del sicario colombiano:
nada. Es consciente de que no pueden hacer otra cosa, pero él no se ha tomado
tantas molestias para que el asunto termine allí. Quizá la gente de Grandal
pueda sacarle partido.
- Comisario,
soy Blanchard, tengo algo para usted, ¿cuándo podemos vernos?
Esa misma tarde, el francés se reúne en una
cafetería de la Gran Vía con Grandal y le entrega una copia de la ficha
policial de Efraím Gomes Restrepo. El excomisario, tras leerla, comenta:
- Un buen
pájaro. Y debió comenzar su andadura muy joven porque con los pocos años que
tiene y hay que ver con que historial cuenta el gachó.
- ¿Van a
hacer algo con esto? – quiere saber el galo.
- Lo de que
van a hacer, ¿significa que usted no nos va a acompañar en la búsqueda de este
tipo?
- Así es. Lo
he pensado mucho y creo que es mejor que no vaya con ustedes. Tengo dos
poderosos motivos: por un lado, no desobedecer a mis superiores y por otro no
traicionar a mis colegas. Si ustedes hacen las cosas como es debido, la
investigación no debería depararles riesgo alguno. ¿La ficha le ha aportado
alguna pista de dónde buscar al colombiano?
- Sabe
perfectamente que sí – es la escueta respuesta de Grandal.
- ¿El
béisbol? – inquiere Blanchard, en un interrogante que suena más a afirmación
que a pregunta.
- El béisbol
– confirma lacónicamente el excomisario.
- ¿Se juega
al béisbol en España? – pregunta extrañado el francés.
- No soy un gran
experto deportivo, pero hasta donde sé, que en estos momentos no es demasiado,
puedo decirle que el béisbol tiene escasa implantación en España y,
posiblemente solo lo practican jugadores amateurs, pero haberlo haylo, como
diría un gallego.
En cuanto Grandal se ha despedido del
francés se apresura a wasapear a sus cuates, como a veces les llama Chelo a
quien le encantan los mejicanismos. El texto es breve: Mañana, 11 h, reunión en
casa. Tenemos trabajo. Enviado el WhatsApp, y tras pensarlo, les envía un
segundo: Buscar en internet béisbol en España.
Al único de los tres cuates que le hace
tilín al leer lo del béisbol es a Álvarez. Cuando estudiaba económicas en la
Complutense jugó en el equipo de rugby del Colegio Mayor Cisneros, bien que
casi siempre de reserva. En la década de los sesenta, todo lo que no fuera el
fútbol era considerado como una rareza entre la juventud española. Por eso,
aquellos españolitos que practicaban o que les gustaban otros deportes tenían
que reunirse para hablar de ellos en lugares específicos donde no les considerasen
unos tipos raros. Uno de esos lugares era un bar regido por un cubano que había
en la calle de Hermosilla, en pleno barrio de Salamanca. Y allí conoció a
algunos de los pioneros del béisbol español que por aquel entonces constituía
una rareza mucho mayor que el rugby. Bucea en su memoria, pero no recuerda el
nombre de ninguno de aquellos esforzados beisbolistas.
- Bien –
dice Álvarez en voz alta -, habrá que ver lo que dice la red del béisbol en
España.
martes, 28 de marzo de 2017
117. Hay que encontrar al colombiano como sea
Antes
de terminar su conversación con Grandal, el inspector francés le pregunta cómo
piensa justificar su presencia, suponiendo que acepte, ante sus amigos en la
búsqueda de Efraím.
- ¿Piensa
decirles que voy a ir de guardaespaldas?
- En
absoluto. Si supieran que viene como escolta no haría más que aumentar su
temor. Será mejor que les contemos que, como me ha dicho que tiene un amigo en
la embajada de Francia en Bogotá, usted sabe más detalles de Efraím, lo que
puede ayudar a que le localicemos antes. Además, hay que tener en cuenta otro
aspecto del plan, será más seguro para usted ir en grupo que solo. En los
lugares donde se congregan los latinoamericanos los individuos solitarios
suelen resultar sospechosos. En cambio, uniéndose al grupo nos da la ocasión de
convertirnos en una panda de viejos españoles que está enseñando a un
extranjero lugares típicos madrileños.
Al día siguiente, se reúnen todos en casa
Grandal. Los jubilados, al encontrarse con el inspector francés, le saludan
como si fuera algo habitual que Blanchard asistiera a sus reuniones. Solo Ponte
le pone mala cara. Grandal, como habían quedado, no cuenta a sus amigos el
verdadero papel que va a desempeñar el policía galo, lo que les dice es que
Blanchard se ha ofrecido a servirles de percha en el rol al que van a jugar: el
de un cuarteto de castizos madrileños que están enseñando la capital a un guiri
que quiere conocer algunos de los lugares turísticos de la ciudad. Le van a
llamar Denís y dirán que es hijo de un antiguo amigo de Ponte.
Tras ello, la primera pregunta la hace
Blanchard:
- Lo primero
que hay precisar es la relación de lugares que piensan visitar – todavía no se
incluye en el plan.
La respuesta es una síntesis de lo que el
día anterior habían discutido los vejetes. Le recitan el artículo del ABC sobre
los lugares en los que un colombiano se sentiría como en casa, la existencia de
sitios donde se reúnen periódicamente los sudamericanos que viven en Madrid,
especialmente los que están al aire libre, el gran número de bares y restoranes
colombianos…, pero le confiesan que no han hecho una relación con el orden de
prelación ni los lugares a visitar.
- Otra
pregunta: ¿cómo piensan organizar la investigación?, ¿preguntando por Efraím,
enseñando su foto o cómo?
- Nos
limitaríamos a observar – responde Grandal – y, en el supuesto de que lo
encontráramos, no haríamos ninguna muestra de haberlo reconocido. En el caso de
que pudiéramos seguirle sin correr ningún tipo de riesgo lo haríamos y si no lo
dejaríamos correr. Daríamos la información obtenida a la policía y habría
terminado nuestro papel.
- Me parece
correcto – acepta Blanchard -. Una última cuestión: ¿con qué recursos cuentan?
– ante el gesto de sus interlocutores de no entender su pregunta, aclara -. Me
refiero, por poner un ejemplo, a los recursos económicos. Piensen que visitar
ciertos lugares, como bares o restoranes, va a costar un dinero. Luego están
los desplazamientos y otros gastos que puedan surgir. Todo eso, según como se
enfoque la investigación, puede suponer un desembolso de cierta importancia.
¿De dónde piensan sacarlo?, ¿lo van a pagar de sus bolsillos?
Nadie parece haber pensado en lo que acaba
de explicar el policía galo por lo que, de momento, tampoco hay réplicas o
contrapropuestas. Ante ello, Blanchard ahonda en su proposición.
- Convendría
que antes de seguir adelante con el plan de visitas hagan cuentas. Hay lugares
en que visitarlos solo costará el desplazamiento, como los lugares al aire
libre o una tienda de ropa en la que se puede mirar pero no comprar. Ahora
bien, si piensan frecuentar bares y restoranes habrá que sacudirse el bolsillo
y antes de eso hay que hacer números. Como supongo que no cuentan con ninguna
clase de apoyo financiero deberían plantearse este interrogante: ¿hasta dónde
pueden gastar sin que sea demasiado gravoso para sus carteras?
Se vuelve a producir el mismo silencio que
tras la anterior intervención de Blanchard, por lo que este amplía el contenido
de su propuesta.
- Parece que
se les ha comido la lengua un gato, por lo que continúo. Para saber lo que
pueden costar las visitas que pretendan hacer – la forma de utilizar los modos
verbales es buena prueba que el francés sigue sin involucrarse en el plan -, lo
primero es determinar la prelación de lugares a visitar - y para no volver a
recibir la callada por respuesta, esta vez pregunta directamente -. A ver,
comisario, ¿qué sitios serían los primeros a los que habría que ir?
- Si le soy
sincero, no lo he pensado, pero es algo que podemos debatir ahora mismo.
Blanchard recoge el guante de Grandal y
expone lo que piensa sobre la posible organización de la búsqueda.
- Tengo
alguna experiencia en la búsqueda de individuos y por eso me permito sugerir
que los primeros lugares a recorrer tendrían que ser sitios en los que se reúna
la mayor cantidad posible de gente. Eso, salvo alguna excepción elimina a los
bares y restoranes y a las tiendas de ropa y coloca en primera posición las
salas de fiesta y los lugares al aire libre donde se reúnen los extranjeros. Las
discotecas pueden ser caras, pero lo peor no es eso sino que son ambientes en
los que un grupo como el nuestro desentonaría más que une vache dans le Louvre.
Por tanto, nos quedan los sitios al aire libre y para visitarlos no hay que
gastarse nada o únicamente el desplazamiento.
Como de lugares al aire libre solo tienen
registrado la estación de metro de Colombia, deciden que antes de seguir
adelante con el plan de visitas tienen que profundizar en encontrar cuales son
los sitios en los que se suelen reunir bajo el cielo madrileño los
latinoamericanos, y en especial los colombianos. Álvarez y Ballarín, que son
los expertos del grupo en informática, se encargarán de buscar tales lugares en
internet. Blanchard, por su parte, dice que también hará algunas gestiones al
respecto. Y como no hay mucho más que debatir, deciden terminar en el encuentro
hasta nuevo aviso de otra cita. El inspector francés se despide si haberle
manifestado a Grandal si se unirá o no al grupo en la búsqueda de Efraím.
Blanchard ha estado meditando en si contar o
no a sus colegas hispanos sus encuentros vis a vis con Grandal y la reunión que
acaba de finalizar con todo el grupo de jubilados. Sopesa los pros y las
contras y tras darle muchas vueltas opta por una salida intermedia. No se lo
contará, pero les sugerirá que, ya que ellos no pueden hacer ninguna
investigación relativa al Caso Inca,
quizá
pudieran hacerla otros, en concreto el cuarteto de jubilados. En función de la
reacción de sus colegas hispanos ampliará la información a facilitarles. Aquella
misma tarde, cuando el inspector francés se reúne en la Brigada con sus colegas
hispanos deja caer su propuesta.
- He estado
dándole vueltas a una idea que quizá sea una locura, pero que también tiene una
vertiente sugestiva. Puesto que nosotros estamos atados de pies y manos en
orden a investigar el robo, ¿qué os parece si otros, que no están bajo las
órdenes de ningún Director General, lo hicieran?
Atienza y Bernal se quedan mirando al colega galo. En sus ojos se
refleja una mixtura de encontrados sentimientos: sorpresa, rechazo, aceptación,
incredulidad, pasmo. Es el inspector de Patrimonio quien da en la tecla.
- Supongo
que esos otros que no tienen que cumplir órdenes serán los amigos del comisario
Grandal, ¿me equivoco?
- ¿Qué
otros, si no, podrían ser? – Blanchard responde con otra pregunta que es toda
una afirmación.
- A mí, de
entrada, me parece una idea cojonuda – opina Bernal, tan rotundo como siempre
que usa los atributos masculinos para respaldar una opinión.
- ¡Manda
narices, que tenga que ser yo el sensato del trío! – exclama Atienza -. Os
recuerdo que el Director General Adjunto lo dejó bien claro: todas las
investigaciones relacionadas con el Caso Inca quedan en stand by hasta nueva orden. Lo que supone que ni directa ni
indirectamente podemos hacer nada relacionado con el Tesoro Quimbaya. Si esa
propuesta que acaba de hacer Michel llega a oídos ya no digo del Director, sino
del mismo jefe de esta Brigada el puro que nos meterán puede ser de campeonato.
Y lo sugerís precisamente vosotros dos que siempre estáis recordando que
vuestra prole tiene que manducar no sé cuántas veces al día. Hay momentos en
que parecéis críos.
Oído lo cual, Blanchard dice que solo ha
sido una broma y que no se hable más de ello. Piensa que si al final opta por
ayudar a Grandal y sus amigos tendrá que hacerlo solo, aunque está convencido
de que hay que encontrar al colombiano como sea.
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