martes, 24 de enero de 2017

99. Paseando por Zaragoza



   María Victoria firma su declaración en la que ha relatado sus días de cautiverio. Un secuestro en el que el único motivo de los secuestradores fue que autentificara unas piezas de la cultura Quimbaya. Tras ello vuelve a su domicilio en compañía de Grandal. Una vez en el apartamento, el excomisario pregunta:
- ¿Quieres que me quede o regreso al hotel?
- Lo que prefieras – es la escueta respuesta de la mujer.
- Como pienso permanecer en Zaragoza unos días más, probablemente hasta el domingo, creo que será mejor que vuelva al hotel y lo que haré, si no te importa, será pasarme por aquí un rato los días que restan para ver como sigues.
- Como quieras.
- ¿Qué prefieres, que venga por las mañanas o por las tardes?
- Mejor por las tardes, por las mañanas las voy a tener ocupadas con mis clases.
- ¿No es un poco pronto para que vuelvas al trabajo?
- No, estoy bien, además no son solo los alumnos, los compañeros del departamento me necesitan.
   Ya desde el hotel, Grandal llama a Atienza. Le cuenta la última parte de la declaración de María Victoria sobre su cautiverio. Lo que responde el inspector era de esperar.
- Esta misma tarde viajamos los tres a Zaragoza. En este momento Bernal está gestionando los billetes del AVE. Dime en que hotel estás para reservar habitaciones en el mismo. Así nos será más cómodo contactar contigo.
- Estoy en el Silken Reino de Aragón, es muy céntrico.
- Desde el tren te pondré un WhatsApp indicándote la hora de llegada. Hablamos esta noche.
   Para matar el resto de la tarde, Grandal se lanza a la calle a patear la ciudad. Aunque no es practicante decide visitar la Catedral-Basílica del Pilar. En un folleto turístico que le dan en recepción ve que la ruta más directa para llegar al templo es coger la calle Don Jaime I, pero como tiene tiempo opta por dar un paseo y estirar las piernas. Pasa por la plaza de los Sitios, recorre el paseo de la Independencia, hasta desembocar en la plaza de España, de allí coge el Coso y tras transitar por la calle Don Jaime I desemboca en la plaza del Pilar, junto al mismo Ebro. La enorme mole de la catedral llena toda la plaza. Antes de entrar se fija que en una de las fachadas todavía se observan las impactos producidos por las bombas de cuando los franceses asediaron la ciudad en la Guerra de la Independencia. Una vez en el interior sigue leyendo que, según la tradición, se trata del primer templo mariano de la cristiandad dado que en él se conserva y venera el pilar que esa misma tradición afirma que fue colocado por la Virgen María, que se habría aparecido en carne mortal al apóstol Santiago en el año cuarenta d.C. Documentalmente no hay pruebas de lo que afirma la tradición, pero sabe que para los católicos, y más si son aragoneses, la historia no se pone en duda. El templo le produce una cierta sensación de frialdad como le ha pasado en anteriores ocasiones al visitar recintos religiosos, aunque reconoce su grandiosidad. Le llaman la atención dos proyectiles que se exhiben en uno de los pilares cercanos a la Santa Capilla hasta que recuerda su origen. En la guerra civil española un avión republicano lanzó varias bombas sobre la ciudad dos de las cuales cayeron en el templo sin llegar a estallar, hecho que se atribuyó a un milagro de la Virgen. También sabe que la explicación probablemente sea otra: gran parte del armamento de que disponían ambos bandos al inicio del conflicto era anticuado y estaba fuera de uso. Aunque no estaría dispuesto a discutir por ello con un maño. Termina su recorrido en la Santa Capilla donde está la Virgen sobre una columna de jaspe, el famoso pilar. Una vez más se pregunta por qué la mayoría de las vírgenes españolas sean tallas de madera que apenas miden treinta o cuarenta centímetros. En esas está cuando oye vibrar el móvil, le da tiempo a apagarlo antes de que algún devoto feligrés le miré con mala cara. Al salir busca el origen de la llamada, es Atienza.
- Juan Carlos, ¿habéis llegado?
- Sí. Estamos camino del hotel. ¿Estás allí?
- No. Estoy dando un paseo, pero ahora mismo voy para allá. Una vez dejéis los bártulos en la habitación os espero en el bar del hotel, creo que se llama Bar Tropical.
   Nunca, desde que les conoce, Grandal fue recibido con tales muestras de afecto por los tres inspectores. Tras los saludos de rigor, el excomisario les cuenta sin dejarse una coma el relato que hizo María Victoria sobre sus casi cuatro días de cautiverio. Cuando termina su narración, comienza el turno de preguntas, la primera se la formula Atienza:
- Lo primero que habrá que hacer es interrogar a María Victoria. ¿Dónde crees que será mejor hacerlo, en comisaría o la invitamos a que venga aquí?
- Desde luego, en comisaría no. Puede ser aquí o hay otra opción: interrogarla en su propio domicilio. Ya sé que no es muy reglamentario, pero dado que os conoce y mantenéis amistosas relaciones con ella podría valer. De todos modos, llámala y que sea ella la que elija.
   Así lo hace Atienza. Llama a María Victoria y ésta le dice que irá al hotel al día siguiente por la mañana, como es festivo no tiene clases.
- Una advertencia sobre el interrogatorio – avisa Grandal -. Lógicamente, sus cuatro días de cautiverio han dejado una profunda huella en el ánimo de Mariví y se crispa con facilidad. Digo esto para que, sin obviar ninguna clase de pregunta, la tratéis con manos de seda. Y este consejo va especialmente dirigido a ti – y su mirada apunta directamente a Bernal -. Cuando hicimos la tormenta de ideas tuviste varios roces con ella. Ahora lo mejor para todos será que te guardes las pullas para otro momento.
   Bernal no responde a la acusación de Grandal, pero su mirada lo dice todo.
- Comisario, puesto que has estado presente en las declaraciones de la doctora Martín-Rebollo, ¿qué conclusiones has sacado? – pregunta Blanchard.
- No muchas, pero creo que concluyentes. Primero: los raptores tenían excelente información sobre María Victoria, conocían su historial, su horario habitual, donde vive, etcétera. Segundo: eran latinoamericanos, por su acento de algún país de Centro o de Sudamérica. Tercero: la única finalidad del secuestro fue que datara tres piezas idénticas a las catalogadas por el Museo de América como pertenecientes al tesoro Quimbaya. Cuarto: según la opinión de María Victoria las piezas eran reproducciones de las auténticas puesto que su fabricación es de mediados del pasado siglo. Y quinto: los raptores trataron bien en todo momento a la secuestrada – Y ahí acaban las conclusiones de Grandal.
- Y de esas conclusiones sobre la declaración de la secuestrada, ¿usted qué infiere, comisario? – vuelve a preguntar Blanchard.
   Grandal mira al inspector galo y piensa que, curiosamente, el francés tan pronto le tutea como le habla de usted, debe ser que no domina tanto el español como él cree, aunque no cabe duda de que es un tipo listo, hable como hable. No vacila al contestarle.
-  Que estamos ante los que robaron el tesoro o, al menos, los que tienen el producto del robo en su poder. Otra deducción elemental es que no están seguros de que las piezas que obran en sus manos sean auténticas. Ahora, y tras la intervención obligada de María Victoria, ya saben que solo son reproducciones.
- Me caguen la leche puta – Grandal esboza un asomo de sonrisa porque es insólito oír tacos en boca del melindroso Atienza -, ya se ha vuelto a liar parda. La semana pasada, y después de escuchar las opiniones de Lola Téllez sobre que los museos no prestan copias a lo que se sumó lo de las fotos de las vitrinas del Museo de América, creímos tener la certeza definitiva de que las piezas robadas eran las auténticas y ahora resulta que no es así, que se trata de réplicas. Este caso es más intrincado que los laberintos de las pirámides faraónicas. Cuando crees que has llegado al final siempre hay una nueva puerta que descubrir. Me cisco en – repite Atienza  ya desmelenado – los quimbayas, sus tesoros, los ladrones y la puta madre que los parió a todos.
- Tranquilo, Juan Carlos, piensa que estamos más cerca que nunca de descubrir a los autores del robo – le recuerda Blanchard -. Por primera vez desde hace más de cinco meses los ladrones han movido ficha.
- La verdad es que nos queda tela que cortar, pero a pesar de todos los errores que hayamos podido cometer – Grandal, generosamente, usa el plural de primera persona –, y como acaba de afirmar Michel, hoy estamos más cerca de descubrir a los autores del atraco.
- No niego que todo lo que decís sea verdad – admite Atienza -, pero os confieso que estoy hasta los mismísimos de este caso.

domingo, 22 de enero de 2017

*** Una cifra redonda: 30.000



   La pasada semana, los servicios estadísticos de Google informaban que el blog había alcanzado la redonda cifra de 30.000 páginas vistas.
   Me ha parecido oportuno que los lectores lo supieran para así contar con un motivo para darles las gracias. Ojalá me quede tiempo para ver esa cifra doblada o centuplicada, ¿por qué no?
Los sueños son libres, sobre todo los que se tienen con los ojos bien abiertos.

viernes, 20 de enero de 2017

98. De síndrome de Estocolmo, nada



   María Victoria ya está en comisaría dispuesta a terminar su declaración, es el tercer día y nota como la fatiga psíquica se le ha ido acumulando. Pese a todo intenta poner buena cara. La pasada noche ha sido la primera en que ha dormido a pierna suelta, piensa que debió influir su apasionado encuentro con Jacinto.
- ¿Dónde me quedé, comisario? – pregunta la mujer a Lucientes.
- Exactamente, cuando explicó a sus secuestradores los instrumentos que necesitaría para realizar un análisis metalográfico de las piezas y como luego pensó que se había pasado y que en cuanto tuviera ocasión les diría que, en su opinión y a reserva de un análisis exhaustivo, las piezas eran actuales, no del siglo quinto – responde el comisario zaragozano.
- Ah, sí. El jueves, después de decirles que las joyas no eran originales no volví a verles. Al día siguiente, a primera hora me trajeron el consabido bocadillo para desayunar y una jarra de agua. Al poco, entraron tres de los bandidos – es la primera vez que les llama así – y me volvieron a preguntar que, a reserva de los análisis de laboratorio y de acuerdo con mis conocimientos y experiencia, les volviera a dar mi opinión sobre la antigüedad de las piezas de arte indígena que otra vez me volvieron a mostrar. No les preocupaba de qué metales estaban hechas, solamente querían saber su antigüedad. Lo que prueba que los bandidos sabían lo que tenían en su poder, pues el valor del Tesoro Quimbaya lo es más por su antigüedad que por otra característica.
   María Victoria hace una breve pausa para beber agua. Lucientes en esta ocasión no le mete prisa.
- Naturalmente, les dije la verdad, que en mi opinión, y a reserva de otros dictámenes más cualificados, las piezas que me enseñaban estaban fabricadas en la actualidad. Precisé más: su fabricación pudo hacerse entre los años cuarenta y setenta del pasado siglo. Y aunque llevaban puestas unas máscaras de esas que se venden en las ferias, casi juraría que les cambió la cara. No les volví a ver hasta la tarde de ese día cuando entró el que parecía el jefe que volvió a preguntarme si me reafirmaba en lo que les había dicho por la mañana. Le dije que sí, que casi con total seguridad. A ese individuo no volví a verle más. No volvieron a importunarme ni a preguntarme nada más hasta cuando entraron el sábado para decirme que me iban a liberar al día siguiente. Cuando oí eso no sabía si reír o llorar. Me puse más nerviosa que un flan.
   Otra pausa. Ahora no bebe agua sino que la mujer entrecierra los ojos como rememorando aquellos momentos tan dramáticos para ella. Todos respetan su silencio, solo se oye el suave siseo del magnetófono que sigue grabando. Hasta que arranca otra vez.
- El sábado, debieron poner algo en la comida o en el agua porque al poco rato de haber cenado me entró un sopor extraño, me recosté en el catre en el que dormía y cuando me desperté iba en la parte trasera de un coche en medio de dos individuos. Volvía a llevar los ojos vendados y me encontraba mareada. Uno de los bandidos me explicó que me iban a dejar en el aparcamiento del Centro Comercial Puerto Venecia, que me metía en el bolso un billete de veinte euros para que cogiera un taxi y que desde ese momento era libre. Y así lo hicieron. Cuando me quité la venda de los ojos estaba confusa y desorientada hasta que vi que, en efecto, estaba en el aparcamiento de Puerto Venecia donde he ido muchas veces a comprar. Recordé que cerca hay una parada de taxis. Cogí uno y pedí que me llevara a casa, luego me lo pensé mejor y cambié el destino, que me llevara a casa de mi hermana. Lo demás, ya lo conocen ustedes.
- Bien, muy bien, María Victoria, es usted lo que llamamos una testigo fiable. Cuenta las cosas con gran precisión. La felicito por ello – afirma Lucientes.
   Grandal piensa que su colega zaragozano es un consumado experto en la siempre compleja técnica del interrogatorio. Sabe cómo incentivar y premiar a los declarantes.
- Lo he hecho lo mejor que he sabido, comisario – confiesa María Victoria.
- Y como acabo de decir, lo ha hecho muy bien. Ahora, viene la fase de las preguntas. Usted conteste lo mejor que sepa, si algo no entiende me lo dice y si no tiene respuesta para alguna de mis preguntas lo dice también, no pasa nada. ¿De acuerdo? Ah, cuando se note fatigada lo dice y haremos un receso. Mi primera pregunta es: ¿se reafirma en la opinión de que las piezas que le enseñaron se fabricaron en el siglo pasado?
- Si, comisario. Entre mil novecientos cuarenta y mil novecientos setenta, aproximadamente.
- ¿Las tres piezas que le mostraron son idénticas a las originales del Tesoro Quimbaya?
- Sí, con la salvedad de que las piezas de los bandidos son réplicas.
- ¿Recuerda qué tipo de coche era en el que le llevaron a Puerto Venecia?
- No sabría decirle. Como he dicho antes estaba confusa y desorientada y, además, tenía los ojos vendados.
- ¿Y el que usaron cuando la secuestraron?
- Sé poco de coches, solo puedo decirle que era grande y de un color oscuro.
- ¿Puede calcular más o menos cuánto duró el recorrido del lugar donde estuvo secuestrada hasta Puerto Venecia?
- Vale lo que dije antes. Estaba con la cabeza en una nube.
- Le pido perdón de antemano por la pregunta que le voy a hacer, pero es obligada: ¿en algún momento de su cautiverio intentaron abusar de usted?
- No, en eso los bandidos se portaron como caballeros. Ninguno de ellos hizo el menor asomo de propasarse
- Aunque ya lo ha declarado anteriormente, vuelvo a preguntarle si llegó a ver a alguno de sus raptores.
- No, nunca. Al principio me pusieron una capucha y cuando me la quitaron eran ellos los que se ponían máscaras cuando entraban en mi habitación.
- Y esa habitación en la que estuvo, ¿tenía ventanas?
- Las tenía, pero estaban cerradas y las fallebas estaban aseguradas con cadenas y candados. No podía abrirlas, hubiera necesitado un cortafrío.
- Por lo que nos ha contado, es evidente que la secuestraron con el único fin de que emitiera su juicio sobre la datación de las piezas que tenían en su poder. Ahora bien, imagino que hay otros muchos expertos sobre culturas indígenas americanas, ¿se ha planteado porque precisamente la secuestraron a usted?
- Tuve tiempo durante mi cautiverio de pensarlo muchas veces. Y lo único que pudo provocar que los bandidos se fijaran en mi persona fue que, a raíz de mi participación en una tormenta de ideas sobre el robo del tesoro que organizaron los policías que llevan el caso, escribí un artículo en El Heraldo de Aragón sobre los diez errores más propalados sobre el Tesoro Quimbaya. Era un artículo divulgativo y en el que no decía nada que no pueda encontrarse en internet. Ahora bien, ¿quién lee El Heraldo fuera de Zaragoza? Claro que también hay una edición on line.
- Bien. ¿Quiere añadir algo más, algo que no le haya preguntado o un recuerdo de último momento?
- No, comisario.
- Pues por mi parte hemos terminado. Muchas gracias, doctora, por su colaboración y, sobre todo, por su paciencia. Ahora, tendrá que esperar un poco, solo el tiempo necesario para que impriman su declaración y la pueda firmar. Y le repito otra vez, al menor indicio de cualquier cosa que le parezca sospechosa no dude en llamarme inmediatamente. Si no me localizara, llame al inspector Juárez, aquí presente – y señala al policía que ha manejado la grabadora – que dirige la unidad de personas desaparecidas. Ha sido un placer hablar con usted.
   Lucientes, antes de salir, le hace un gesto a Grandal de sígueme. En cuanto llegan al despacho le pregunta:
- ¿Sigues creyendo que la doctora Martín-Rebollo es de las que tiene los pies en la tierra y solo nos ha contado lo que vio y oyó o le echa su miajica de fantasía a lo que le ocurrió?
- Mantengo lo que te dije. María Victoria es una mujer con la cabeza bien amueblada y tan realista como la que más. ¿Por qué tantos recelos?
- No sabría decírtelo. Será lo del manido olfato policial del que, por cierto, tú has sido siempre un abanderado.
- Pues debo estar anósmico porque mi olfato no ha olido nada.
- Otra cuestión: ¿dirías que en María Victoria hay un ramalazo de síndrome de Estocolmo puesto que se ha mostrado, hasta cierto punto, benevolente y comprensiva con la conducta de sus secuestradores?
- De síndrome de Estocolmo, nada  de nada – es la rotunda respuesta de Grandal.
- Oye, y en esta noche pasada en su apartamento no te ha contado algo que no haya reflejado en su declaración.
- Pues sí, que pasó mucho miedo y que en alguna ocasión me echó de menos. Incluso llegó a pensar que si yo hubiera estado en su apartamento no la hubieran secuestrado. Fin de la declaración – concluye Grandal, con lo que viene a decir a su colega: hasta aquí hemos llegado, no preguntes más.