martes, 6 de diciembre de 2016

85. Revisando hipótesis de trabajo



   En la puesta en común que llevan a cabo los inspectores del Caso Inca ponen en valor la información que les dio Lola Téllez, exdirectora del Museo Nacional de Antropología: el préstamo de obras entre museos siempre es de originales, salvo en muy contados casos. Partiendo de dicha premisa, revisan todas las líneas de investigación sobre el robo del tesoro que han llevado a cabo hasta el momento, así como las distintas hipótesis de trabajo que han elaborado. Atienza recupera el documento que confeccionó al alimón con Mariví Martín-Rebollo a raíz de la tormenta de ideas que realizaron en la Brigada de Patrimonio y escribe en el portapapeles mural los tres ítems que en el debate se consideraron como ciertos:
A) Las piezas robadas no son las auténticas sino meras réplicas.
B) Los ladrones no sabían que lo que estaban robando eran copias.
C) Las autoridades españolas ocultan a la opinión pública que las piezas robadas no son las originales.
   Tras escribir lo anterior, Atienza añade:
- Estos ítems habrá que revisarlos porque en función de la información de Lola Téllez son posiblemente erróneos, al menos el primero de ellos.
- Antes de revisarlos – sugiere Blanchard -, propongo que repasemos la charla con la señora Téllez porque alguno de los datos que nos dio no ha dejado de darme vueltas en la cabeza.
- ¿Qué datos? – pregunta Bernal.
- Básicamente uno: el de la nota informativa que pone el museo prestatario informando de a qué otro museo ha prestado una obra, por cuanto tiempo y demás datos que la dirección estime. De acuerdo con ese procedimiento, el Museo de América tuvo que poner una nota en las vitrinas informando donde deberían estar las piezas que faltaban. Si es que faltaban, claro.
- ¿Adónde quieres llegar, Michel? – se interesa Atienza.
- A qué es algo que creo que no habéis preguntado a la dirección del museo.
- Te confieso que es un dato que pasamos por alto – se sincera Atienza -, pero ahora mismo lo remediamos – coge el teléfono y marca un número -. Soy el inspector de policía Juan Carlos Atienza, me quiere poner con Mónica, por favor. ¿Qué Mónica, pero es que hay más de una? Con Mónica del Valle, la directora – una pausa -. Señora del Valle, buenos días, soy Atienza. Una sola pregunta: cuándo prestaron las obras quimbayas al Quai Branly, ¿pusieron una nota informativa en el lugar donde deberían estar las piezas prestadas? ¿Sí? Gracias, solo eso, que tenga un buen día – y dirigiéndose a sus colegas les informa -. La pusieron.
- De acuerdo, pero ¿indicaba la nota si las piezas prestadas eran originales o réplicas? – pregunta Blanchard.
- La vuelvo a llamar – es la respuesta de Atienza que repite la llamada -. Perdone, señora del Valle, pero antes me olvidé de preguntarle otro dato. En la nota que pusieron donde el tesoro, ¿se indicaba si las piezas prestadas eran las originales o copias? – otra pausa en la que Atienza escucha atentamente -. Gracias y perdone – El inspector vuelve a dirigirse a sus compañeros -. Dice que no pusieron nada porque no hacía falta. El museo solo presta piezas originales.
- Oye, Michel – Bernal cuando está a bien con el francés suele llamarle por su nombre de pila -, antes has empleado una coletilla cuando te referías a la nota informativa puesta donde deberían estar las piezas que faltaban. Has añadido: si es que faltaban, claro. ¿Qué pretendías dar a entender?
- Pues que si enviaron copias, supongo que los originales seguirían estando en las vitrinas. Algo que no sabemos y que tampoco sé cómo podemos descubrirlo. ¿A vosotros se os ocurre algo? – plantea Blanchard.
   Llevan un buen rato debatiendo como descubrir si en las vitrinas del museo, durante el tiempo que las piezas estuvieron expuestas en París, hubo los correspondientes huecos o no. No dan con un medio consistente para averiguarlo porque si preguntan a la dirección del museo la respuesta será la de siempre: el museo solo presta originales por lo que la pregunta huelga.
- ¿Y por qué no preguntamos a Grandal? – sugiere Atienza.
- A mí este recurso de echar mano del comisario cuando nos encontramos ante un impasse me da la impresión de que nos convierte en niños pequeños que llaman a mamá en cuanto se ven ante el más mínimo problema. Y dicho eso admito que también yo he propuesto en alguna ocasión recurrir a esa ayuda – Por la forma de decirlo no se sabe si Blanchard está hablando en serio o de coña.
- Bueno, en otros momentos bien que nos ha abierto puertas que nosotros no habíamos intuido que existieran – Bernal le echa un capote a Atienza.
   El francés se encoge de hombres y entrega la cuchara.
- Lo que decidáis, en definitiva la investigación es vuestra, yo solo soy un añadido.
   A Grandal le pilla un tanto a contrapelo la llamada de Atienza. Está muy ocupado maquinando en montar una trama para que su ruptura con Chelo, que casi tiene decidida, sea lo menos dura posible para la mujer. Han sido muchos años de vida en común, aunque esa convivencia solo se redujera a los lunes, para que ahora todo quede reducido a un desangelado adiós. Quiere hacerlo de la mejor forma posible para que la herida que va a causar a Chelo sea lo más liviana. El problema es que no se le ocurre cómo. Ha estado tentado en preguntarle a Mariví, que es la mujer que ahora llena su vida, cómo hacerlo pero tras pensarlo rechaza la idea. Jacinto, se dice, patochadas como esa antes no se te ocurrían, debes de estar haciéndote viejo. La ayuda que le pide Atienza sirve para que cambie el chip.
- Pensaré en ello, Juan Carlos, aunque no me coges en el mejor momento. Tengo que resolver un problema personal y no tengo cabeza para nada más, pero trataré de hacerle un hueco. Igual me sirve para serenarme. Te llamo si se me enciende la bombilla.
   Ninguna bombilla se enciende en la mente del excomisario. Parece como si sus neuronas no tuvieran otra capacidad que no fuera concentrarse en el modo de romper con Chelo, algo que le está llevando por la calle de la amargura. Para tranquilizarse no encuentra mejor remedio que invitar a sus jubilados amigos a que le visiten, echarán unas partidas de dominó pues hace tiempo que no juegan y se pondrán al día sobre sus respectivas vidas. Por un momento, siente la tentación de preguntarles a sus amigos por lo de Chelo, pero también termina rechazándolo. Se trata de una parte de su vida que mejor es no pregonarla. En un momento de la amical reunión, Ballarín comenta:
- No podéis imaginaros lo que más echo de menos: lo de investigar el robo. Desde que no llevamos a cabo ninguna tarea detectivesca me aburro como una ostra.
   La queja del antiguo ferretero le recuerda a Grandal la petición hecha por Atienza, lo que le lleva a contar a sus amigos como, por enésima vez, la investigación del robo se ha encallado.
- A ver si te he entendido bien, Jacinto. Lo que les pasa a esos calabacines de compañeros tuyos es que no saben cómo averiguar si durante el tiempo que el Museo de América prestó las piezas en su lugar había un hueco o estaban otras piezas. ¿No es así? – ante el afirmativo cabezazo del excomisario, Ballarín continúa -. Y también quieren saber si había un cartelito que informaba del motivo de esa ausencia, ¿correcto?
- Correcto.
- Coño, ya habláis como en los culebrones sudamericanos – se mofa Álvarez.
- ¿Alguien tiene idea de cómo averiguar eso? – inquiere Grandal -, porque lo que es a mí, ni flores.
   Ponte, que ha estado pensando en la cuestión, empieza a hablar con tono inseguro, como si no estuviera muy convencido de lo que va a decir.
- Estoy pensando en un medio, pero no sé si funcionará. Veréis, cuando saco a pasear a mis nietos y paso por delante del museo he comprobado que los visitantes más frecuentes y numerosos son alumnos de colegios e institutos, más de los primeros que de los segundos.
Y algo que indefectiblemente realiza la mayoría de escolares en sus excursiones es hacer fotos con sus móviles. Si pudiéramos localizar alguno de los colegios que visitaron el museo en las fechas anteriores al robo, es posible que entre sus alumnos encontraríamos a alguno que guarda, en la tarjeta del móvil, fotos de las piezas quimbayas y así podríamos constatar si había huecos en los paneles y si estaban las tarjetas de marras.
- Me parece una idea cojonuda – aprueba Álvarez -. ¿Y cómo podríamos localizar a esos coles?
- No tengo ni idea – confiesa Ponte.
- Es posible que en el museo haya un registro de entradas – sugiere Ballarín.
- Coño, Amadeo, ¿cuándo fue la última vez que entraste en un museo? – ironiza Álvarez -. En los museos en los que he estado en ninguno me han pedido la identificación. O sea, que de registro de entradas nanay del Paraguay.
- No se registran las visitas individuales, pero es posible que de los grandes grupos si haya alguna especie de registro, sobre todo en el caso de los centros docentes para los que algunos museos tienen preparados protocolos especiales. Sería cuestión de saber si el museo tiene alguna clase de registro de entradas de colectivos y luego quedaría el problema de cómo conseguir la información de dicho registro – explica Ponte.
- Eso no lo podremos conseguir nosotros, pero sí la policía – arguye Grandal.
- ¿Otra vez en manos de esos pazguatos de los Sacapuntas? – se lamenta Álvarez.

viernes, 2 de diciembre de 2016

84. Una dama que cita a Shakespeare



   Ponte enciende el ordenador, busca favoritos y teclea el país.com/. Cuando se abre la versión online del periódico madrileño la foto de la portada muestra a los líderes de los dos partidos más votados, PP y PSOE. Pedro Sánchez parece mirar inquisitivamente a Mariano Rajoy, quien ni siquiera le devuelve la mirada, está muy ocupado abrochándose la chaqueta. El pie de la fotografía lo dice todo: Rajoy y Sánchez descartan cualquier pacto para que uno de los dos gobierne. ¡Qué desgracia, Dios mío!, exclama para sí el viejo, que los dos partidos más poderosos de España no sean capaces de entenderse ni para tomar café. Ese es uno de los problemas más letales que tiene el país. Y ya no quiere seguir leyendo más. En su lugar, abre su cuenta de Yahoo para ver si tiene correo.
   A su vez, los inspectores del Caso Inca siguen con la controversia del día anterior sobre si las piezas robadas son originales o meras réplicas, hasta que Blanchard propone algo tan elemental que no comprende cómo no se ha planteado antes.
- Estoy pensando que quienes mejor saben si se tratan de originales o copias es la gente del Museo de América. ¿No se os ha ocurrido preguntarles?
   Bernal, a quien el francés ya no le cae tan mal como al principio, vuelve a mirar a Blanchard como en otros tiempos: con cara de pocos amigos.
- ¿Ya vuelves a las andadas, gabacho?, ¿qué crees, que somos idiotas?, ¿o eres de los que piensan que África empieza en los Pirineos?
- Sin faltar, Bernal, solo he hecho una pregunta – replica Blanchard, evidentemente molesto ante la agresividad de su colega hispano.
- Por favor, Eusebio, no te pongas así. La pregunta de Michel es pertinente teniendo en cuenta que no sabe que esa gestión ya la hicimos – intercede Atienza.
- ¿Y qué os contestaron? – quiere saber el francés.
- Nos dijeron que eran las piezas originales, pero lo hicieron después de que les apretáramos las tuercas y la respuesta fue tan alambicada que igual podía ser una cosa que su contraria.
- ¿Y por qué no le habéis pedido a la juez instructora que dicte una orden para que se aclare de una vez por todas ese extremo? – sigue preguntando Blanchard.
- Sabes perfectamente que nuestra relación con su señoría es manifiestamente mejorable. Lo hicimos, pero se remitió a la declaración que hizo la directora del museo cuando la interrogamos – le contesta Atienza.
   Durante el breve diálogo entre el francés y su colega, Bernal ha recordado algo.
- Acabo de acordarme que suelo jugar al pádel con un tío cuya madre es directora del Museo Nacional de Antropología. ¿Os parece bien que le pregunte si su madre nos recibiría? Le podíamos preguntar su opinión como experta. Tengo entendido que de museística lo sabe todo.
   Blanchard y Atienza aceptan la propuesta de Bernal y éste se pone en contacto con su compañero de pádel. Su colega de juego no pone ningún impedimento.
- La llamaré y seguro que acepta veros. Charlar de museos sigue siendo su gran pasión, pero tendrá que ser cuando vuelva, está haciendo turismo por Austria en compañía de otras dos viudas amigas suyas.
- ¿Es qué ya no trabaja?
- Se jubiló hace tiempo. Ahora se dedica a aprender alemán, hacer Pilates y jugar al golf, entre otras muchas cosas.
   Días después, Bernal recibe una llamada de Dolores Téllez, la madre de su amigo del pádel, quedan en verse en la cafetería del Hotel Meliá Princesa, lugar que elige ella puesto que vive en Santa Cruz del Marcenado y le queda al lado de casa. Los inspectores se encuentran con una mujer madura, pero da la impresión de que en plena forma. En su día debió ser une jeune fille très charmant, piensa Blanchard que tiene buen ojo para el sexo femenino. Tras las presentaciones Atienza, que como experto en arte va a llevar el peso del coloquio, entra directamente en materia.
- Verá, doña Dolores…
   La aludida le interrumpe.
- Lola, por favor y de tú.
- Pues verás, Lola, tenemos algunas dudas sobre el tema de préstamos entre museos y queremos que nos las aclares.
- Estaré encantada de ayudaros si está en mis manos. Contadme, pero lo primero es determinar si se trata de un museo estatal, de otras administraciones o es un privado. Lo digo porque los préstamos de los estatales están regulados por un real decreto del ochenta y siete. En cambio, los de otras administraciones o los privados se rigen por sus propios reglamentos.
- Me estoy refiriendo al Museo de América.
- Ese es de titularidad estatal y, por cierto, uno de los museos menos conocidos de Madrid, lo cual es una lástima porque es un paradigma del rigor y el buen hacer museístico.
- Bien – prosigue Atienza -. Nuestra duda más significativa es: cuando un museo presta obras a otro, del tipo que sean, ¿envía las originales o copias?
- En un noventa y nueve, coma nueve por ciento las originales. Solo en casos muy contados y en los que la causa suele ser política, cuando se trata de obras excepcionales o que fácilmente podrían dañarse en un traslado, se envían copias indicándolo explícitamente. Pero como digo, salvo muy contados casos, se prestan siempre los originales. No tendría ningún sentido enviar una copia. Imaginaros que el Prado preste al Louvre una obra de Goya, por ejemplo: Los fusilamientos de la Moncloa, ya que estamos en el distrito del mismo nombre. Ni el Prado cometería jamás la torpeza de enviar una reproducción ni el Louvre admitiría exponer en sus galerías una copia de la obra goyesca – afirma tajantemente la señora Téllez.
- Bien. Otra duda: cuando un museo presta una de sus obras, ¿qué suele hacer para informar a sus visitantes de por qué falta la obra?
- Se pone una nota informativa en el espacio que ocupaba la obra prestada informando del museo o galería al que se ha prestado, nombre de la exposición y cuánto tiempo durará. En la propia nota suele insertarse además una foto de la obra prestada.
- Otra pregunta más concreta, Lola. No sé si sabes que estamos investigando el robo de una serie de piezas del Tesoro Quimbaya. El Museo de América las prestó para una exposición temporal a un museo parisino, el du Quai Branly
- Lo conozco – le interrumpe Lola –. A su antigua denominación hace unos años se le añadió el nombre de su creador, Jacques Chirac. Posiblemente sea el museo parisino más completo en lo que se refiere a obras artísticas, históricas y antropológicas de culturas que no sean occidentales.
- Bien, como experta en el tema, la pregunta concreta es: ¿crees que el Museo de América ha podido enviar al parisino réplicas de las piezas originales?
- Poder, podría, pero no lo creo, salvo que el préstamo se hubiese hecho sobre la base de que la obra prestada estaría formada por reproducciones. El de América es un museo prestigioso dirigido por profesionales altamente cualificados. Y tengo mis dudas de que el Quai Branly hubiese admitido un préstamo de réplicas. ¡Buenos son los franceses!
- O sea – insiste el inspector de Patrimonio -, que no lo ves posible.
- Hombre, posible todo lo es, pero altamente improbable. Lo de prestar copias lo veo más difícil que hacer un albatros en el hoyo seis del Club de Campo – contesta la señora Téllez mientras esboza un amago de sonrisa.
- ¿Queréis hacer alguna pregunta más a la señora…, digo a Lola? – pregunta Atienza a sus compañeros.
- Yo si quisiera preguntarte algo – pide Bernal -. Aunque según nos comentó tu hijo, ya llevas unos años jubilada, imagino que seguirás teniendo contacto con el mundo museístico, al menos el madrileño. ¿Qué es lo que se rumorea en ese ambiente sobre el robo del Tesoro Quimbaya?
   Dolores Téllez no responde de inmediato, entrecierra los ojos como si se concentrara en ordenar sus ideas. Cuando lo hace su voz es firme.
- Veréis. Las impresiones sobre el suceso han ido variando. Cuando se produjo el robo, el estupor y la consternación fue general en el pequeño ámbito de los círculos museísticos. Luego, al pasar los días, la mayoría de mis colegas se fueron sorprendiendo de que no hubiera noticias sobre el avance en las investigaciones. Y en los últimos tiempos, la opinión generalizada es que, parafraseando a un personaje shakesperiano, something is rotten in the state of Denmark – concluye la señora Téllez con un acento que hasta un remilgado británico admitiría como aceptable.
- ¿Qué quieres decir? – pregunta Bernal que aunque conoce al dramaturgo su inglés deja mucho que desear.
- Que en ese robo hay algo que huele a podrido. El silencio del museo, de las autoridades concernidas, de la propia prensa… es algo que los expertos no acabamos de entender. Bueno, me he expresado mal: no del robo en sí, sino de todo lo que ha ocurrido tras el mismo. La desconcertante postura del museo, esa especie de apatía del Gobierno, la falta de noticias o comentarios en los medios, todo eso sumado me da mala espina.
   Y hasta ahí llegó Lola Téllez: en que lo del robo le olía como el pescado pasado, mal. ¿Por qué tantos recelos?

martes, 29 de noviembre de 2016

83. Los espejos del Callejón del Gato



   La pregunta lanzada por Blanchard sobre si las piezas robadas podían ser las originales provoca el desconcierto en los demás miembros del grupo. Bernal se apresura a contestar que todos los indicios que se tienen hasta el momento coinciden en apuntar que las piezas que transportaba el furgón robado ante el Museo de América eran réplicas de las originales. Por tanto, que a estas alturas se introduzca en la investigación la posibilidad de que no fuera así supone dinamitar la línea de investigación en la que estaban trabajando.
- Solo lo decía como posibilidad – se defiende el francés -. El tener ideas demasiado preconcebidas, sin datos fehacientes que las avalen, significa una rémora que entorpece las investigaciones.
- Os recuerdo que María Victoria comentó que en el ambiente del mundo del arte era opinión común que las piezas robadas eran copias – rememora Grandal.
   Atienza que ha estado callado se suma al nuevo debate.
- Hay que tener en cuenta que en Colombia ya existen piezas del Tesoro Quimbaya, así como copias del mismo. Por citar solo dos museos que las exhiben en sus vitrinas: el Museo del Oro de Bogotá guarda veintiséis piezas originales del tesoro y el Museo de la ciudad de Armenia también tiene varias piezas y una colección de copias de los originales que hay en el Museo de América.
- ¿Y eso qué nos aporta? – pregunta Bernal a quien no parece agradarle nada el nuevo rumbo que ha tomado el debate.
- Para nuestra investigación, nada, pero viene a poner en cuarentena la creencia, que fui el primero en defender – admite Atienza –, de que las piezas robadas eran réplicas. En la hipótesis que ahora estamos manejando de un supuesto cártel colombiano ¿para qué iba a robar copias que ya tienen en sus museos? 
- También hemos aceptado que no sabían que eran copias – replica Bernal.
- Los que ejecutaron el robo es posible, pero no los autores intelectuales. Eso también lo habíamos admitido – contrarréplica Blanchard.
- Os confieso que me estoy perdiendo – admite Grandal -. Esta investigación se parece cada vez más a los espejos del Callejón del Gato – En referencia a una calle madrileña en la que había dos espejos, uno cóncavo y otro convexo - . Según te mires en el convexo se te ve de una forma y si te miras en el cóncavo se te ve de otra. Ya no sé conque carta quedarme. Os dejo y ya me contaréis en qué termina la controversia.
   A veces ocurre que nuevas ideas o planteamientos parecen flotar en el ambiente y que son varias las personas que las atrapan al mismo tiempo. Lo que los inspectores del Caso Inca estaban discutiendo era algo que se estaba planteando Luis Álvarez. Todo surgió al acompañar a una de sus nietas a la que uno de sus profesores de primero de ESO le había encargado un trabajo sobre una pintura concreta del Museo del Prado: La fábula de Aracne, popularmente conocido como Las hilanderas, una de las obras más emblemáticas de Velázquez. Cuál sería su sorpresa cuando vieron que el cuadro no estaba colgado donde debía. En su lugar había una cartulina en la que se informaba que el cuadro se había prestado a la Gemäldegalerie de Berlín donde estaría expuesto durante cuatro meses como parte de una exposición temporal dedicada a la pintura barroca europea. Para ayudar a su nieta, Álvarez buscó en internet una buena fotografía del óleo velazqueño y lo imprimió a color. Y ya puesto tecleó para saber qué clase de museo era al que se había prestado la pintura. Wikipedia definía la Gemäldegalerie como uno de los mejores museos estatales de Berlín, ubicado en el Kulturforum al oeste de la Potsdamer Platz, museo que contaba con una de las más importantes colecciones de arte europeo desde el siglo XIII al XVIII. No contento con lo anterior, tecleó préstamos entre museos y en una web del Ministerio de Cultura encontró que los museos estatales prestan bienes culturales para exposiciones temporales. Los préstamos parten de la premisa de la aceptación del préstamo por parte del prestatario, de la valoración cultural de la exposición y de la garantía de conservación de las piezas prestadas. Incluso encontró una ley, la del Patrimonio Histórico Español, y un reglamento que regulaban dichos préstamos.
   Todo lo anterior se lo contaba a sus amigos del dominó en casa de Grandal donde, como de costumbre, se habían reunido para que el Jefe, como solían llamar al excomisario, les relatara la última reunión con los Sacapuntas y su adjunto gabacho.
- ¿Y se puede saber a qué viene esa historia? – pregunta Ballarín a quien la verborrea de Álvarez hay ocasiones en que le fastidia.
- Pues viene a cuento de algo en lo que he estado pensando. Transportar una obra tan valiosa como esa hasta Berlín debe acarrear muchos problemas, corriendo el riesgo de que en el viaje pueda deteriorarse. ¿Por qué no enviar una réplica? Posiblemente, salvo media docena de entendidos, ninguno de los visitantes se daría cuenta del cambiazo.
- ¡Qué cosas dices, Luis!, ¿tú crees que El Prado iba a enviar a un museo tan importante como el alemán una copia? Eso no sería serio para una pinacoteca – Ponte ha aprendido recientemente ese vocablo que antes desconocía – de la categoría del que es nuestro primer museo. Por otra parte, tampoco creo que un museo como el berlinés aceptara una réplica por muy bien hecha que estuviera.
- ¡Tate!, hasta ahí quería llegar – afirma Álvarez -. Ahora, en vez de museos de pintura pensemos en museos de arqueología, arte colonial y etnografía; es decir, en el Museo de América. Un museo que tiene bien ganada fama de rigor profesional y seriedad, ¿se arriesgaría a enviar a otro museo de reconocida calidad como es el Museo du Quai Branly de París, que fue al que prestó las piezas quimbayas, unas réplicas de una de sus colecciones más representativas?
   A Grandal el sesgo de la conversación que ha introducido Álvarez le parece más fascinante por momentos y decide intervenir.
- Vamos a ver, Luis, ¿estás pretendiendo decir que el Museo de América lo que envío al parisino fueron las piezas originales y no copias?
- No afirmo exactamente eso porque no lo sé. Lo que quiero decir es que no acabo de creerme que nuestro museo enviara al francés unas réplicas. Por lo que he leído en internet sobre préstamos entre museos de primer nivel esa no es la política que se sigue sino la contraria. No se envían copias, se envían originales.
- Entonces, toda esa historia que cuentan los Sacapuntas en la que admiten como acto de fe que las piezas robadas eran simples copias, ¿se cae por su base? – pregunta un atónito Ponte.
- Lo que son las cosas, esta misma mañana mis jóvenes colegas han estado discutiendo sobre lo mismo. Si lo robado eran copias, como siempre han sostenido, o realmente eran las piezas originales – apunta Grandal.
- ¿Y a qué conclusión han llegado? – pregunta Ponte.
- A ninguna, pero he creído percibir que ya no están tan seguros como antes de que las piezas robadas fueran meras réplicas.
-¿Y eso adónde les lleva? – pregunta Ballarín.
- No tengo ni idea. Lo que sí está claro es que están metidos en un lío de cojones. Todos sus razonamientos de que las piezas robadas eran copias se puede caer por los suelos y la hipótesis sobre la que están trabajando se va al garete.
- ¿Y cuáles son los razonamientos en que se apoyaban para creer que lo robado eran copias? – repregunta Ballarín cuya curiosidad no conoce límites.
- Pues había varios, pero solo recuerdo uno y es que, al parecer, nuestras autoridades al igual que las francesas, ya no parecen tan interesadas en recuperar lo robado. Al menos, han dejado de achuchar a los Sacapuntas y al gabacho para que resuelvan el caso cuanto antes.
- ¿Y si eso obedeciera a que el Gobierno sabe dónde están las piezas robadas y no teme por ellas? – pregunta Ponte.
- Eso es muy rocambolesco, Manolo.
- Si es que en este caso nada es lo que parece – se defiende Ponte.
- Sean lo que sean las piezas robadas, lo único real es que siguen sin aparecer. Además, mataron a un vigilante de seguridad durante el robo y a otras dos personas más les cortaron la lengua y fueron asesinadas. ¿No os parece que sumado todo eso es mucho tomate por unas copias de quítame allá esas pajas? – pregunta Álvarez.
- ¿Qué quieres decir con eso? – inquiere Ballarín.
- Que me juego la pensión de un semestre a que lo que robaron fueron piezas originales, de copias, nada de nada – afirma Álvarez con rotundidad. 
- Comenté con los Sacapuntas que este caso se parecía cada vez más a los espejos del Callejón de Gato, que según te mires en uno u otro así te ves. Pues me ratificó en ello – concluye Grandal.