viernes, 2 de diciembre de 2016

84. Una dama que cita a Shakespeare



   Ponte enciende el ordenador, busca favoritos y teclea el país.com/. Cuando se abre la versión online del periódico madrileño la foto de la portada muestra a los líderes de los dos partidos más votados, PP y PSOE. Pedro Sánchez parece mirar inquisitivamente a Mariano Rajoy, quien ni siquiera le devuelve la mirada, está muy ocupado abrochándose la chaqueta. El pie de la fotografía lo dice todo: Rajoy y Sánchez descartan cualquier pacto para que uno de los dos gobierne. ¡Qué desgracia, Dios mío!, exclama para sí el viejo, que los dos partidos más poderosos de España no sean capaces de entenderse ni para tomar café. Ese es uno de los problemas más letales que tiene el país. Y ya no quiere seguir leyendo más. En su lugar, abre su cuenta de Yahoo para ver si tiene correo.
   A su vez, los inspectores del Caso Inca siguen con la controversia del día anterior sobre si las piezas robadas son originales o meras réplicas, hasta que Blanchard propone algo tan elemental que no comprende cómo no se ha planteado antes.
- Estoy pensando que quienes mejor saben si se tratan de originales o copias es la gente del Museo de América. ¿No se os ha ocurrido preguntarles?
   Bernal, a quien el francés ya no le cae tan mal como al principio, vuelve a mirar a Blanchard como en otros tiempos: con cara de pocos amigos.
- ¿Ya vuelves a las andadas, gabacho?, ¿qué crees, que somos idiotas?, ¿o eres de los que piensan que África empieza en los Pirineos?
- Sin faltar, Bernal, solo he hecho una pregunta – replica Blanchard, evidentemente molesto ante la agresividad de su colega hispano.
- Por favor, Eusebio, no te pongas así. La pregunta de Michel es pertinente teniendo en cuenta que no sabe que esa gestión ya la hicimos – intercede Atienza.
- ¿Y qué os contestaron? – quiere saber el francés.
- Nos dijeron que eran las piezas originales, pero lo hicieron después de que les apretáramos las tuercas y la respuesta fue tan alambicada que igual podía ser una cosa que su contraria.
- ¿Y por qué no le habéis pedido a la juez instructora que dicte una orden para que se aclare de una vez por todas ese extremo? – sigue preguntando Blanchard.
- Sabes perfectamente que nuestra relación con su señoría es manifiestamente mejorable. Lo hicimos, pero se remitió a la declaración que hizo la directora del museo cuando la interrogamos – le contesta Atienza.
   Durante el breve diálogo entre el francés y su colega, Bernal ha recordado algo.
- Acabo de acordarme que suelo jugar al pádel con un tío cuya madre es directora del Museo Nacional de Antropología. ¿Os parece bien que le pregunte si su madre nos recibiría? Le podíamos preguntar su opinión como experta. Tengo entendido que de museística lo sabe todo.
   Blanchard y Atienza aceptan la propuesta de Bernal y éste se pone en contacto con su compañero de pádel. Su colega de juego no pone ningún impedimento.
- La llamaré y seguro que acepta veros. Charlar de museos sigue siendo su gran pasión, pero tendrá que ser cuando vuelva, está haciendo turismo por Austria en compañía de otras dos viudas amigas suyas.
- ¿Es qué ya no trabaja?
- Se jubiló hace tiempo. Ahora se dedica a aprender alemán, hacer Pilates y jugar al golf, entre otras muchas cosas.
   Días después, Bernal recibe una llamada de Dolores Téllez, la madre de su amigo del pádel, quedan en verse en la cafetería del Hotel Meliá Princesa, lugar que elige ella puesto que vive en Santa Cruz del Marcenado y le queda al lado de casa. Los inspectores se encuentran con una mujer madura, pero da la impresión de que en plena forma. En su día debió ser une jeune fille très charmant, piensa Blanchard que tiene buen ojo para el sexo femenino. Tras las presentaciones Atienza, que como experto en arte va a llevar el peso del coloquio, entra directamente en materia.
- Verá, doña Dolores…
   La aludida le interrumpe.
- Lola, por favor y de tú.
- Pues verás, Lola, tenemos algunas dudas sobre el tema de préstamos entre museos y queremos que nos las aclares.
- Estaré encantada de ayudaros si está en mis manos. Contadme, pero lo primero es determinar si se trata de un museo estatal, de otras administraciones o es un privado. Lo digo porque los préstamos de los estatales están regulados por un real decreto del ochenta y siete. En cambio, los de otras administraciones o los privados se rigen por sus propios reglamentos.
- Me estoy refiriendo al Museo de América.
- Ese es de titularidad estatal y, por cierto, uno de los museos menos conocidos de Madrid, lo cual es una lástima porque es un paradigma del rigor y el buen hacer museístico.
- Bien – prosigue Atienza -. Nuestra duda más significativa es: cuando un museo presta obras a otro, del tipo que sean, ¿envía las originales o copias?
- En un noventa y nueve, coma nueve por ciento las originales. Solo en casos muy contados y en los que la causa suele ser política, cuando se trata de obras excepcionales o que fácilmente podrían dañarse en un traslado, se envían copias indicándolo explícitamente. Pero como digo, salvo muy contados casos, se prestan siempre los originales. No tendría ningún sentido enviar una copia. Imaginaros que el Prado preste al Louvre una obra de Goya, por ejemplo: Los fusilamientos de la Moncloa, ya que estamos en el distrito del mismo nombre. Ni el Prado cometería jamás la torpeza de enviar una reproducción ni el Louvre admitiría exponer en sus galerías una copia de la obra goyesca – afirma tajantemente la señora Téllez.
- Bien. Otra duda: cuando un museo presta una de sus obras, ¿qué suele hacer para informar a sus visitantes de por qué falta la obra?
- Se pone una nota informativa en el espacio que ocupaba la obra prestada informando del museo o galería al que se ha prestado, nombre de la exposición y cuánto tiempo durará. En la propia nota suele insertarse además una foto de la obra prestada.
- Otra pregunta más concreta, Lola. No sé si sabes que estamos investigando el robo de una serie de piezas del Tesoro Quimbaya. El Museo de América las prestó para una exposición temporal a un museo parisino, el du Quai Branly
- Lo conozco – le interrumpe Lola –. A su antigua denominación hace unos años se le añadió el nombre de su creador, Jacques Chirac. Posiblemente sea el museo parisino más completo en lo que se refiere a obras artísticas, históricas y antropológicas de culturas que no sean occidentales.
- Bien, como experta en el tema, la pregunta concreta es: ¿crees que el Museo de América ha podido enviar al parisino réplicas de las piezas originales?
- Poder, podría, pero no lo creo, salvo que el préstamo se hubiese hecho sobre la base de que la obra prestada estaría formada por reproducciones. El de América es un museo prestigioso dirigido por profesionales altamente cualificados. Y tengo mis dudas de que el Quai Branly hubiese admitido un préstamo de réplicas. ¡Buenos son los franceses!
- O sea – insiste el inspector de Patrimonio -, que no lo ves posible.
- Hombre, posible todo lo es, pero altamente improbable. Lo de prestar copias lo veo más difícil que hacer un albatros en el hoyo seis del Club de Campo – contesta la señora Téllez mientras esboza un amago de sonrisa.
- ¿Queréis hacer alguna pregunta más a la señora…, digo a Lola? – pregunta Atienza a sus compañeros.
- Yo si quisiera preguntarte algo – pide Bernal -. Aunque según nos comentó tu hijo, ya llevas unos años jubilada, imagino que seguirás teniendo contacto con el mundo museístico, al menos el madrileño. ¿Qué es lo que se rumorea en ese ambiente sobre el robo del Tesoro Quimbaya?
   Dolores Téllez no responde de inmediato, entrecierra los ojos como si se concentrara en ordenar sus ideas. Cuando lo hace su voz es firme.
- Veréis. Las impresiones sobre el suceso han ido variando. Cuando se produjo el robo, el estupor y la consternación fue general en el pequeño ámbito de los círculos museísticos. Luego, al pasar los días, la mayoría de mis colegas se fueron sorprendiendo de que no hubiera noticias sobre el avance en las investigaciones. Y en los últimos tiempos, la opinión generalizada es que, parafraseando a un personaje shakesperiano, something is rotten in the state of Denmark – concluye la señora Téllez con un acento que hasta un remilgado británico admitiría como aceptable.
- ¿Qué quieres decir? – pregunta Bernal que aunque conoce al dramaturgo su inglés deja mucho que desear.
- Que en ese robo hay algo que huele a podrido. El silencio del museo, de las autoridades concernidas, de la propia prensa… es algo que los expertos no acabamos de entender. Bueno, me he expresado mal: no del robo en sí, sino de todo lo que ha ocurrido tras el mismo. La desconcertante postura del museo, esa especie de apatía del Gobierno, la falta de noticias o comentarios en los medios, todo eso sumado me da mala espina.
   Y hasta ahí llegó Lola Téllez: en que lo del robo le olía como el pescado pasado, mal. ¿Por qué tantos recelos?

martes, 29 de noviembre de 2016

83. Los espejos del Callejón del Gato



   La pregunta lanzada por Blanchard sobre si las piezas robadas podían ser las originales provoca el desconcierto en los demás miembros del grupo. Bernal se apresura a contestar que todos los indicios que se tienen hasta el momento coinciden en apuntar que las piezas que transportaba el furgón robado ante el Museo de América eran réplicas de las originales. Por tanto, que a estas alturas se introduzca en la investigación la posibilidad de que no fuera así supone dinamitar la línea de investigación en la que estaban trabajando.
- Solo lo decía como posibilidad – se defiende el francés -. El tener ideas demasiado preconcebidas, sin datos fehacientes que las avalen, significa una rémora que entorpece las investigaciones.
- Os recuerdo que María Victoria comentó que en el ambiente del mundo del arte era opinión común que las piezas robadas eran copias – rememora Grandal.
   Atienza que ha estado callado se suma al nuevo debate.
- Hay que tener en cuenta que en Colombia ya existen piezas del Tesoro Quimbaya, así como copias del mismo. Por citar solo dos museos que las exhiben en sus vitrinas: el Museo del Oro de Bogotá guarda veintiséis piezas originales del tesoro y el Museo de la ciudad de Armenia también tiene varias piezas y una colección de copias de los originales que hay en el Museo de América.
- ¿Y eso qué nos aporta? – pregunta Bernal a quien no parece agradarle nada el nuevo rumbo que ha tomado el debate.
- Para nuestra investigación, nada, pero viene a poner en cuarentena la creencia, que fui el primero en defender – admite Atienza –, de que las piezas robadas eran réplicas. En la hipótesis que ahora estamos manejando de un supuesto cártel colombiano ¿para qué iba a robar copias que ya tienen en sus museos? 
- También hemos aceptado que no sabían que eran copias – replica Bernal.
- Los que ejecutaron el robo es posible, pero no los autores intelectuales. Eso también lo habíamos admitido – contrarréplica Blanchard.
- Os confieso que me estoy perdiendo – admite Grandal -. Esta investigación se parece cada vez más a los espejos del Callejón del Gato – En referencia a una calle madrileña en la que había dos espejos, uno cóncavo y otro convexo - . Según te mires en el convexo se te ve de una forma y si te miras en el cóncavo se te ve de otra. Ya no sé conque carta quedarme. Os dejo y ya me contaréis en qué termina la controversia.
   A veces ocurre que nuevas ideas o planteamientos parecen flotar en el ambiente y que son varias las personas que las atrapan al mismo tiempo. Lo que los inspectores del Caso Inca estaban discutiendo era algo que se estaba planteando Luis Álvarez. Todo surgió al acompañar a una de sus nietas a la que uno de sus profesores de primero de ESO le había encargado un trabajo sobre una pintura concreta del Museo del Prado: La fábula de Aracne, popularmente conocido como Las hilanderas, una de las obras más emblemáticas de Velázquez. Cuál sería su sorpresa cuando vieron que el cuadro no estaba colgado donde debía. En su lugar había una cartulina en la que se informaba que el cuadro se había prestado a la Gemäldegalerie de Berlín donde estaría expuesto durante cuatro meses como parte de una exposición temporal dedicada a la pintura barroca europea. Para ayudar a su nieta, Álvarez buscó en internet una buena fotografía del óleo velazqueño y lo imprimió a color. Y ya puesto tecleó para saber qué clase de museo era al que se había prestado la pintura. Wikipedia definía la Gemäldegalerie como uno de los mejores museos estatales de Berlín, ubicado en el Kulturforum al oeste de la Potsdamer Platz, museo que contaba con una de las más importantes colecciones de arte europeo desde el siglo XIII al XVIII. No contento con lo anterior, tecleó préstamos entre museos y en una web del Ministerio de Cultura encontró que los museos estatales prestan bienes culturales para exposiciones temporales. Los préstamos parten de la premisa de la aceptación del préstamo por parte del prestatario, de la valoración cultural de la exposición y de la garantía de conservación de las piezas prestadas. Incluso encontró una ley, la del Patrimonio Histórico Español, y un reglamento que regulaban dichos préstamos.
   Todo lo anterior se lo contaba a sus amigos del dominó en casa de Grandal donde, como de costumbre, se habían reunido para que el Jefe, como solían llamar al excomisario, les relatara la última reunión con los Sacapuntas y su adjunto gabacho.
- ¿Y se puede saber a qué viene esa historia? – pregunta Ballarín a quien la verborrea de Álvarez hay ocasiones en que le fastidia.
- Pues viene a cuento de algo en lo que he estado pensando. Transportar una obra tan valiosa como esa hasta Berlín debe acarrear muchos problemas, corriendo el riesgo de que en el viaje pueda deteriorarse. ¿Por qué no enviar una réplica? Posiblemente, salvo media docena de entendidos, ninguno de los visitantes se daría cuenta del cambiazo.
- ¡Qué cosas dices, Luis!, ¿tú crees que El Prado iba a enviar a un museo tan importante como el alemán una copia? Eso no sería serio para una pinacoteca – Ponte ha aprendido recientemente ese vocablo que antes desconocía – de la categoría del que es nuestro primer museo. Por otra parte, tampoco creo que un museo como el berlinés aceptara una réplica por muy bien hecha que estuviera.
- ¡Tate!, hasta ahí quería llegar – afirma Álvarez -. Ahora, en vez de museos de pintura pensemos en museos de arqueología, arte colonial y etnografía; es decir, en el Museo de América. Un museo que tiene bien ganada fama de rigor profesional y seriedad, ¿se arriesgaría a enviar a otro museo de reconocida calidad como es el Museo du Quai Branly de París, que fue al que prestó las piezas quimbayas, unas réplicas de una de sus colecciones más representativas?
   A Grandal el sesgo de la conversación que ha introducido Álvarez le parece más fascinante por momentos y decide intervenir.
- Vamos a ver, Luis, ¿estás pretendiendo decir que el Museo de América lo que envío al parisino fueron las piezas originales y no copias?
- No afirmo exactamente eso porque no lo sé. Lo que quiero decir es que no acabo de creerme que nuestro museo enviara al francés unas réplicas. Por lo que he leído en internet sobre préstamos entre museos de primer nivel esa no es la política que se sigue sino la contraria. No se envían copias, se envían originales.
- Entonces, toda esa historia que cuentan los Sacapuntas en la que admiten como acto de fe que las piezas robadas eran simples copias, ¿se cae por su base? – pregunta un atónito Ponte.
- Lo que son las cosas, esta misma mañana mis jóvenes colegas han estado discutiendo sobre lo mismo. Si lo robado eran copias, como siempre han sostenido, o realmente eran las piezas originales – apunta Grandal.
- ¿Y a qué conclusión han llegado? – pregunta Ponte.
- A ninguna, pero he creído percibir que ya no están tan seguros como antes de que las piezas robadas fueran meras réplicas.
-¿Y eso adónde les lleva? – pregunta Ballarín.
- No tengo ni idea. Lo que sí está claro es que están metidos en un lío de cojones. Todos sus razonamientos de que las piezas robadas eran copias se puede caer por los suelos y la hipótesis sobre la que están trabajando se va al garete.
- ¿Y cuáles son los razonamientos en que se apoyaban para creer que lo robado eran copias? – repregunta Ballarín cuya curiosidad no conoce límites.
- Pues había varios, pero solo recuerdo uno y es que, al parecer, nuestras autoridades al igual que las francesas, ya no parecen tan interesadas en recuperar lo robado. Al menos, han dejado de achuchar a los Sacapuntas y al gabacho para que resuelvan el caso cuanto antes.
- ¿Y si eso obedeciera a que el Gobierno sabe dónde están las piezas robadas y no teme por ellas? – pregunta Ponte.
- Eso es muy rocambolesco, Manolo.
- Si es que en este caso nada es lo que parece – se defiende Ponte.
- Sean lo que sean las piezas robadas, lo único real es que siguen sin aparecer. Además, mataron a un vigilante de seguridad durante el robo y a otras dos personas más les cortaron la lengua y fueron asesinadas. ¿No os parece que sumado todo eso es mucho tomate por unas copias de quítame allá esas pajas? – pregunta Álvarez.
- ¿Qué quieres decir con eso? – inquiere Ballarín.
- Que me juego la pensión de un semestre a que lo que robaron fueron piezas originales, de copias, nada de nada – afirma Álvarez con rotundidad. 
- Comenté con los Sacapuntas que este caso se parecía cada vez más a los espejos del Callejón de Gato, que según te mires en uno u otro así te ves. Pues me ratificó en ello – concluye Grandal.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Capítulo 16. Los museos no prestan copias.- 82. ¿Y si las piezas robadas fueran las originales?



   A Ponte le faltó tiempo para llamar a Grandal y contarle cuanto le dijo el Tío Josefo sobre lo que escuchó en el funeral del miembro de los Corrochanos fallecido en el tiroteo del polígono de Fuenlabrada. Como ya era tarde quedaron en verse al día siguiente.
   En la mañana del doce de febrero, cuando Ponte abre la primera portada del ABC se topa con una foto cuyo pie muestra una de las grandes lacras que azotan a las democracias inmaduras como la española: la corrupción. El titular es: Caso Púnica. La Guardia Civil busca pruebas de financiación ilegal en la sede del PP. De la segunda portada solo le llama la atención dos titulares. Uno se refiere a las negociaciones para formar Gobierno: El candidato del PP ofrece a PSOE y C´s cinco pactos de estado para una gran coalición. Pero es un cintillo en la cabecera el único que le saca un comentario: Einstein tenía razón: las ondas gravitacionales existen. ¡Joder con el Einstein!, puede decirse de él lo mismo que se dijo de El Cid, que fue capaz de ganar batallas después de muerto.
   En cuanto se viste, pasa al piso vecino a recoger a su nieto Julio. Esta mañana su hija Clara tiene que llevar el niño mayor al pediatra, vomitó la pasada noche y parece que tiene alguna décima de fiebre. Ha quedado con Grandal en el Paseo de Rosales. Se tomarán unas cañas y le contará lo que se murmuró de los Corrochanos en el funeral gitano al que asistió el patriarca de los García Reyes.
- Lo que te ha contado el Tío Josefo vale su peso en oro. Si se confirma puede suponer un avance en la investigación del robo.
- Hazme un favor, Jacinto. Como supongo que se lo contarás a los Sacapuntas, te ruego, te pido que no les digas como me he enterado. Ya sé que enseguida pensarán en el Tío Josefo, pero en cualquier caso no reveles mi fuente. Diles que lo he sabido a través de un amigo, pero no lo identifiques. Y, por supuesto, déjales bien claro que no volveré a hablar personalmente con ellos a no ser que me citen, orden judicial por medio.
- Pierde cuidado, Manolo, se lo dejaré más claro que el agua del Lozoya. Y por la cuenta que les tiene no pondrán ninguna objeción.
- Ah, y recuerda en lo que insistió el Tío Josefo: que se trataba de habladurías para matar las interminables horas en el funeral. No son hechos comprobados.
   Los inspectores del Caso Inca reciben la información de Grandal como los resecos campos de más de media España reciben el agua de mayo: como una bendición del cielo.
- No echéis las campanas al vuelo. Ponte insistió en que se trata de rumores, no de hechos fehacientes – les recuerda Grandal para enfriar sus expectativas.
- Serán rumores, pero es la primera pista que ofrece una explicación lógica al comportamiento de los Corrochanos en el polígono – apunta Bernal.
- En mi opinión, lo más interesante de esas habladurías es que establece una conexión entre el clan de los gitanos, la compañía china experta en el blanqueo de capitales y un cártel colombiano, todavía indeterminado, suministrador de la droga que distribuyen los Corrochanos.
- Lo que esa información no nos aclara es como conectar a esos tres grupos de delincuentes con el robo del tesoro – plantea Blanchard.
- Creo que vuestro amigo francés acaba de dar en plena diana – reconoce Grandal -. Mientras no encontréis el nexo que une a toda esa patulea de chorizos con lo del Tesoro Quimbaya no daréis más que palos de ciego.
- El nexo puede estar en el furgón blindado que transportaba las piezas robadas. Si pudiéramos probar que los Corrochanos son los gitanos que lo vendieron al dueño del desguace de Humanes, tal y como aseguró en su declaración, podríamos acercarnos al desenlace de la investigación.
- Suponiendo que fuera así, y es mucho suponer, vamos a ver. ¿Quiénes fueron los autores del robo: los gitanos, los chinos o los sudamericanos? – pregunta Grandal con su puntito de sarcasmo.
- ¡Coño, comisario!, ¿estás de guasa o qué? – Bernal se ha mosqueado.
- Reconozco que la pregunta tenía su miajita de cachondeo, pero hablando en serio. Ante situaciones así, mi amigo Manolo suele preguntar: ¿cui prodest? ¿Cuál de los tres grupos podía tener interés en robar el tesoro? Veamos. Tengo todas las dudas del mundo de que unos gitanos medio analfabetos supieran de la existencia del Tesoro Quimbaya y más que tuvieran capacidad para robarlo. Los elimino como posibles candidatos del atraco. Respecto a los chinos, dado su poderío económico, seguro que cuentan con gente que sí conoce la existencia del tesoro, pero el robo de objetos del tipo de las piezas quimbayas no entra en su línea de negocios. Bastante tienen con el escaqueo de impuestos, el lavado de dinero negro y todo lo demás. Además, robar un bien de Estado les indispondría con las autoridades estatales y eso choca frontalmente con su política comercial. Para mí tampoco son candidatos. En cuanto a los sudamericanos, eso puede ser otro cantar, sobre todo si se confirma, como parece, que se trata de colombianos. Ahí puede haber una gama de razones que podría convertirles en presuntos candidatos del atraco – y hasta ahí llega Grandal en su razonamiento.
- ¿Cuáles podrían ser esas razones? – quiere saber Atienza.
- Certeza no tengo ninguna, pero voy a pensar en voz alta – responde Grandal -. Fundamentalmente, por motivos patrióticos. Los capos colombianos de la droga, aunque pueda parecer un contrasentido, casi siempre se han mostrado muy patriotas. Para ellos sería un motivo de orgullo poder devolver a su país un tesoro netamente colombiano y que muchos de sus compatriotas reclaman que se les devuelva. Otra posible razón podría ser para emplear el tesoro como moneda de cambio bajo cuerda en sus negociaciones con el Gobierno colombiano. También se podría considerar que las piezas robadas podrían jugar algún papel en las negociaciones que se están llevando a cabo en Cuba entre el Gobierno de Colombia y las FARC.
- Cada una de esas tres razones tiene una seria objeción: el Gobierno colombiano nunca admitiría la devolución de un tesoro conseguido por medios ilícitos – replica Blanchard.
- En efecto, es una objeción bien traída y a tener en cuenta. Pero la política, y más todavía la internacional, trabaja con unas reglas muy especiales en las que a veces casi todo vale. En el supuesto de que las piezas del tesoro llegaran a poder del Gobierno colombiano, éste podría devolverlas a España y eso supondría que se apuntaría un importante y prestigioso tanto en el panorama internacional. Y si de algo está necesitado el ejecutivo colombiano es de prestigio y credibilidad.
- Es una argumentación bien construida, comisario – admite Bernal para luego disentir -, pero estamos en un terreno estrictamente hipotético. Hablando con precisión, no sabemos si lo que se dijo en el funeral del Corrochanito responde a la realidad. Tampoco conocemos si hay un nexo de unión entre gitanos, chinos y sudamericanos. Y no tenemos ningún dato, ni siquiera ningún indicio de que unos supuestos narcos colombianos hayan sido los que, directamente o por medio de una banda de ladrones profesionales hayan sido los autores del atraco al furgón blindado.
- Totalmente de acuerdo, inspector – contesta Grandal devolviéndole a Bernal el tratamiento de rangos en el Cuerpo -, pero no te olvides de que las hipótesis, a falta de indicios y pruebas, es una de las técnicas que siempre hemos empleado en la policía. Y ese es el caso. A algo hay que agarrarse.
- Como diría mi santa madre que era muy refranera: a falta de pan, buenas son tortas – sentencia Blanchard.
- Mejor, no lo hubiera resumido – remacha Grandal.
- En mi opinión – dice Atienza -, aceptar como hipótesis de trabajo la argumentación del comisario puede ser un buen punto de partida para una nueva línea de investigación, pero hay algo que no acaba de encajar en esa hipótesis. Admitiendo que un cártel colombiano haya podido ser el autor intelectual y/o material del robo, ¿cómo cuadra eso con el hecho de que supieran que robaban réplicas del original?, ¿o no lo sabían? Las respuestas a esas preguntas son una cuestión capital porque en función de cuales fueran apuntalarían o derribarían esa hipótesis. Y me explico por si no queda clara mi argumentación – reitera Atienza -. El Gobierno colombiano jamás podría admitir la recepción de unas réplicas aunque fuera para devolverlas. Otra cuestión sería si las piezas fueran las auténticas.
- ¿Y si las piezas robadas, como acabas de cuestionar, son las originales? – La pregunta del francés por imprevista provoca el estupor entre los demás miembros del cuarteto.