martes, 27 de septiembre de 2016

65. El viejo método socrático sigue valiendo



   Los inspectores que llevan el Caso Inca y el excomisario Grandal han terminado de almorzar, pero siguen en la cafetería Van Gogh donde los tres policías están expectantes sobre las explicaciones que va a ofrecerles el jubilado comisario de porqué es tan importante el hecho de que las piezas robadas del Tesoro Quimbaya sean meras réplicas y no las originales.
- Veréis. Os propongo que usemos un procedimiento clásico: yo pregunto y alguno de vosotros contesta.
- Le vieux méthode socratique – dice el francés y traduce por si alguien no se ha enterado -, el viejo método socrático.
- Bueno, como queráis llamarle. Primera pregunta: ¿las piezas robadas son las auténticas?
- No – es la rotunda repuesta de Atienza.
- ¿Por qué?
- Porque si lo fueran dos de los tres ministerios implicados hubieran seguido presionándonos, lo que vale también para los jefes de nuestro colega Blanchard. Puesto que han dejado de hacerlo, en mi opinión eso demuestra, casi con plena certeza, que las piezas sustraídas son más falsas que un euro de metacrilato.
- Bien, otra hipótesis –prosigue Grandal -. Admitamos que las piezas no son auténticas sino simples réplicas. El tesoro vale lo que vale no porque las piezas sean de oro, sino por su antigüedad y su carga histórica. Las originales no hay dinero para pagarlas, las réplicas solo valen lo que valga el peso de su oro y poco más. Sentado esto, la pregunta es: ¿los ladrones sabían que el tesoro que estaban robando era el original o una copia?
- Esa pregunta creo que solo tiene una respuesta: no lo sabían. No se monta un golpe así para robar una imitación por muy de oro que esté hecha – afirma Blanchard.
- De acuerdo. Otra pregunta: ¿a estas alturas saben los ladrones que lo que se llevaron son poco menos que baratijas de oropel?
   La pregunta no recibe respuesta por el momento. Da la impresión de que los inspectores se lo están pensando. Es Atienza quien primero responde:
- Apostaría algo a que no lo saben. Al menos en Patrimonio no hemos detectado el menor indicio de que se haya producido alguna filtración sobre la autenticidad de las piezas robadas.
- Lo que dice Juan Carlos, está avalado por los asesinatos de Obdulio Romero y su cuñado y por el seguimiento que se le hace a Adolfo Martínez. No creo que los atracadores se hubieran molestado en darles matarile a unos y en vigilar al tal Adolfo si hubieran sabido que el material que robaban era más falso que una promesa electoral – remata Bernal con su habitual chulería.
- Bien, aceptemos que los ladrones siguen en la creencia de que las piezas robadas son auténticas. Entonces, la pregunta es: ¿qué podría pasar si los atracadores se enteraran de que su botín no vale nada o, para ser más precisos, vale lo que valga el oro de las réplicas?
   Otra vez, la respuesta es el silencio. Parece que los inspectores están dándoles vueltas a la pregunta que acaba de formularles el excomisario. Bernal es quien quiebra el silencio.
- Pasar, podría pasar de todo.
- Permíteme decirte, querido Eusebio, que para esa respuesta no hacían falta alforjas – El excomisario se la tenía guardada al impulsivo Bernal. Y añade, hurgando en la herida –. Necesito respuestas, no vaguedades.
   Bernal, airado por el desprecio mostrado por el excomisario, está en un tris de contestarle de malos modos cuando Atienza, que sabe cómo se las gasta su compañero, se adelanta:
- Tu pregunta, Jacinto, creo que no admite una respuesta unívoca sino que abre todo un abanico de posibilidades. Por ejemplo: suponiendo que los atracadores hubiesen robado el tesoro con la intención de venderlo, si se hiciera público que las piezas robadas son únicamente réplicas, la hipotética venta se vendría abajo. Todo el trabajo hecho no les valdría para nada.
- Otra posibilidad – esta respuesta la da el inspector galo – es que, en el supuesto de que estuviéramos ante un robo por encargo, el autor o autores intelectuales del mismo se sentirían muy defraudados y hasta es posible que exigieran alguna clase de responsabilidad a los protagonistas del atraco.
- Hay otra cuestión que podría pasar y que la estamos dejando de lado – añade Bernal a quien parece que se la ha pasado el enfado contra Grandal -, es la de que: ¿cómo respondería la opinión pública española ante la ocultación de la verdad por parte del Gobierno?
- Excelente aportación, Eusebio – admite Grandal, que de ese modo rectifica su puya anterior -, la de introducir el impacto que podría tener en la ciudadanía el hecho de que el poder ejecutivo haya ocultado una noticia como esa. Esto nos lleva a la siguiente pregunta: ¿para la resolución del caso que sería más eficaz seguir ocultando la verdad o publicarla?
   Una vez más, no hay respuestas a bote pronto. Grandal está llevando el clásico método de pregunta-respuesta-pregunta a planteamientos cada vez más complejos y abiertos. Bernal es el primero en responder:
- Corriendo el riesgo de que me vuelvas a acusar de que respondo vaguedades, opino que esa pregunta quizá sea la madre del cordero. Y tendríamos que meditar muy detenidamente las posibles respuestas porque en caso de acertar quizá estuviéramos ante el principio del fin de esta pesadilla en que se ha convertido este caso.
- Opino que Eusebio ha dado en el clavo – corrobora Blanchard.
- Jacinto – interviene Atienza –, nos estás haciendo cavilar más que en todo el tiempo que llevamos en el caso. Y tan es así que propongo que, dada la hora que es y que hoy es sábado, dejemos el coloquio en este punto y mañana en Patrimonio, con más medios y sin tantas voces de fondo, podemos montar una especie de tormenta de ideas para ver si encontramos las mejores respuestas a tus endiabladas preguntas.
- Oye, Juan Carlos, que mañana es domingo y mi mujer ha venido a verme – protesta Blanchard.
- Bien – acepta Atienza a regañadientes -, pues pasado mañana, lunes.
   Grandal está a punto de decir que por él vale cuando se acuerda de Chelo.
- Mañana no va a poder ser. Tengo una cuestión personal que tratar y no puedo aplazarla. O seguimos ahora o lo dejamos para el martes.
   Bernal y Atienza se miran. Ambos están al cabo de la calle de cuál es la cuestión personal que tiene que resolver el excomisario el lunes; mejor dicho, todos los lunes. El inspector de la Policía Judicial no se lo piensa dos veces, alguien tendrá que decirle a la vieja reliquia de Grandal que es más necesario e importante resolver el Caso Inca que echar un polvo a la Chelo a quien, por cierto, la policía tiene fichada como lo que es: una puta discreta y con clientes fijos, pero puta al fin. Atienza, que parece que le haya leído el pensamiento a su colega, se adelanta:
- Grandal, nos das un minuto, por favor. Antes de fijar la fecha de la nueva cita tengo que hacer un aparte con mis compañeros.
   Los tres inspectores se trasladan al otro extremo de la cafetería donde Atienza le explica a Blanchard a que se dedica Grandal los lunes. A lo que añade Bernal que es, precisamente lo que quería echarle en cara. No tanto porque tuviera un arreglillo con una fulana, sino porque le diera prioridad al sexo antes que al trabajo.
- Bon Dieu, todos tenemos nuestras debilidades. No podemos; mejor dicho, no debemos echarle en cara al comisario que dedique un día a la semana a satisfacerlas – opina Blanchard.
- Mira, Eusebio, no fuerces la mano ahora que tenemos a Grandal de nuestra parte. Ni se te ocurra mentarle a la Chelo. Como vuelva a cabrearse nos deja jodidamente solos otra vez. Y ya ves lo bien que le funciona la chola. Ha centrado el caso desde unas perspectivas que, hay que reconocerlo, no se nos habían ocurrido – afirma Atienza.
- ¿Y vamos a perder todo un día para que ese viejo verde le dé gusto al pajarito? Si no se le debe ni levantar.
- Si no se le levanta no es asunto nuestro y, además, para eso está la Viagra. Lo que hemos de decidir ya mismo es si le decimos que sigamos esta tarde o si lo aplazamos al martes como ha propuesto. Y el lunes no lo perderemos, podemos dedicarlo a organizar una tormenta de ideas sin Grandal y también a afilar las orejas para ver si conseguimos enterarnos de algo más sobre el estado de la propuesta que hicimos a la juez.
- Opino que la sugerencia de Juan Carlos es de lo más sensato. No quedan más que dos opciones: o seguimos o lo dejamos para el martes – opina Blanchard.
   Bernal se encoge de hombros en un gesto muy suyo por lo que Atienza sentencia:
- Próxima reunión: el martes.

viernes, 23 de septiembre de 2016

64. ¿Originales o réplicas?



   Tras la desdeñosa despedida de Ponte, los policías que coordinan el Caso Inca se quedan en la cafetería repensando lo que el jubilado les ha contado de su entrevista con el Tío Josefo e incluso de cuanto se ha negado a responder. Grandal, que también ha estado presente en la cita como acompañante de Ponte y que ve que no está el horno para bollos, opta por despedirse de sus jóvenes colegas.
- Bueno, me disculparéis, pero creo que tenéis mucho que hablar. Por tanto, me despido y os deseo suerte, la vais a necesitar
   Ante la sorpresa de Grandal, el inspector de la Judicial le coge por el brazo al tiempo que le pide:
- Por favor, comisario – Es costumbre en el cuerpo mantener el tratamiento de los rangos aunque se esté   jubilado -, te ruego que te quedes con nosotros. Tu experiencia puede sernos muy valiosa.     
   Grandal vacila recordando lo desagradable que ha estado con él quien ahora le pide que se quede. Sus dudas las resuelve de un plumazo Atienza cuando secunda la petición de Bernal:
- Te lo ruego, Jacinto – Es la primera vez que le llama por su nombre -. Lo hablamos antes de venir y estamos los tres de acuerdo – afirma, mirando a Bernal y a Blanchard -. Tus sugerencias pueden sernos de gran ayuda.
   Tras la intervención del inspector de Patrimonio, Grandal, que ya se ha levantado, no vacila más y vuelve a sentarse.
- Bien, vosotros diréis – dice, en una tácita aceptación de la invitación.
- ¿Tienes algún compromiso o puedes almorzar con nosotros? Paga el Ministerio – dice Atienza.
- Estoy a vuestra entera disposición, aunque lo mío lo pagaré yo – responde Grandal.
- Entonces, si no tienes inconveniente, y para no desplazarnos, podemos almorzar aquí mismo. La cocina del Van Gogh no es que sea cosa de gourmets, pero para un almuerzo de trabajo nos vale.
   Cuando le dicen a la camarera que van a comer, la muchacha les indica que se pasen a la zona donde ya están preparadas las mesas para el almuerzo. Para no complicarse, los cuatro piden el menú del día. Mientras llega el primer plato, Atienza, como de costumbre, ejerce de coordinador.
- Vamos a ver, Jacinto – Sigue llamando al excomisario por su nombre en un intento de acortar distancias y limar antiguos malentendidos -, los tres lo tenemos muy hablado como podrás suponer. Nos interesa mucho conocer tu punto de vista sobre el estado de la investigación del caso. ¿Cómo recapitularías la situación en la que nos encontramos?
   Grandal, como viejo zorro, contesta a la pregunta de Atienza con otra pregunta:
- ¿Sabéis algo más del caso que yo no sepa?
   Atienza y Bernal se miran, este último se encoge de hombros como dando el tácito consentimiento a su compañero para que cuente lo que saben.
- Prácticamente, sabes lo mismo que nosotros salvo un par de cosillas que apenas han influido en la investigación, al menos hasta ahora.
   Como Atienza no parece dispuesto a contar que son ese par de cosillas, Grandal no se corta un pelo y tira a dar:
- No puedo recapitular nada si hay cualquier dato o pista, por insignificante que sea, que desconozca.
- Ya te digo que hay un par de datos que por el momento no nos han aportado nada – se justifica Atienza -, pero en cualquier caso te cuento. Uno es que tenemos fundadas sospechas de que las piezas que fueron robadas no son las auténticas del Tesoro Quimbaya, sino unas réplicas en oro y cobre que se hicieron hace muchos años. Al parecer, las auténticas siguen estando en el museo.
   Grandal no puede evitar dar un silbido como muestra de su sorpresa. La camarera, que cree que es a ella a quien ha silbado, le mira con cara de pocos amigos.
- Eso sí que no lo esperaba, pero… ¿qué significa eso de que tenéis fundadas sospechas? ¿Es que no lo sabéis con certeza?
- Al cien por cien no estamos seguros, pero la probabilidad de que sea así se acerca mucho. Verás, un compañero del equipo de apoyo, navegando por la red, encontró un artículo, publicado hace años, en el que una experta en arte precolombino y exsubdirectora del Museo de América contaba que entre 1978 y 1984, fechas en las que se cerró el museo para su renovación, las piezas expuestas eran una réplica de las originales. Pues bien, estamos casi seguros de que la parte del tesoro que fue cedido al Museo du Quai Branly de París eran esas réplicas y no las originales.
- Eso no lo ha publicado la prensa – arguye Grandal.
- Ni creo que lo publique. Por el momento, es un secreto que, sorprendentemente, no ha llegado a los medios o si alguno lo sabe ha debido de sufrir una presión lo suficientemente fuerte para que no lo haya trasladado a sus informativos – replica Atienza.
- ¿Y qué pasa con la tan cacareada libertad de prensa?
- Bueno, lo que he dicho de que han podido existir presiones por parte de quien puede hacerlo, suponemos que el Gobierno, es solo una suposición, con seguridad no lo sabemos. Ten en cuenta que estamos ante el robo de un bien que ha merecido el calificativo de asunto de Estado.
- Bien, pero sigo sin entender porque no tenéis la certeza plena de que son copias y no las originales – reitera Grandal.
- Verás. Cuando el compañero al que aludía antes nos informó del contenido del artículo nos pusimos en contacto con la autora del mismo, la cual se ratificó en lo que había publicado. Estuvimos debatiendo si preguntar directamente a la dirección del museo sobre el asunto. Tras una prolongada discusión llegamos a la conclusión de que quizá no obtuviéramos respuesta o nos dieran largas, entonces recurrimos al estricto protocolo: trasladamos el correspondiente informe a la juez que instruye el caso pidiéndole un mandato para exigir la pertinente información a la dirección del museo o, en su caso, que lo exigiera directamente ella. Nos contestó que haría la gestión personalmente. Pues bien, aún estamos esperando la respuesta.
-  ¿Acaso no se lo habéis vuelto a pedir? – se extraña Grandal.
- Por supuesto, pero ni flores – responde Atienza.
- De ahí arrancan – añade Bernal - nuestras fundadas sospechas de que las piezas robadas sean copias y no las originales.
- Hay otro dato más que ahonda la hipótesis de que son copias: los Ministerios de Asuntos Exteriores y de Hacienda que eran, junto a Interior, los que más nos daban la matraca han aflojado su presión para que solucionásemos el caso cuanto antes. De hecho, ahora es solo Interior quien sigue dándonos la vara – afirma Bernal en un giro del español coloquial.
- Os habéis dejado en el tintero – Blanchard interviene en el coloquio – la vertiente francesa. Mis jefes también me insistían sobre la importancia y urgencia de la solución del caso, pues bien desde que la señora jueza escurrió el bulto sobre si eran originales o réplicas, la presión que he tenido que soportar ha disminuido considerablemente.
- Tengo otra pregunta – dice Grandal -: entiendo que las autoridades francesas estuviesen interesadas en la pronta solución del caso, el tesoro provenía de su país y el vehículo que lo transportaba era francés, en cuanto al interés de Interior viene de suyo, pero lo que no entiendo son los motivos del interés de los Ministerios de Exteriores y Hacienda.
   Atienza piensa que la pregunta de Grandal es un buen reflejo de que la jubilación pasa factura, seguro que el excomisario no hubiese preguntado algo tan obvio estando en activo. De todos modos, le contesta:
- El interés de Exteriores estaba originado porque ha sido quien ha tenido que templar las gaitas con la embajada de Colombia y con el propio Gobierno colombiano. En cuanto a Hacienda, no olvides que el tesoro tiene la consideración de bien de Estado y por tanto es corresponsable de su guarda. Estas dos causas hace algún tiempo que, al parecer, han dejado de tener interés, justo después de que pidiéramos a su señoría el mandato.
- Comprendo – dice Grandal a quien ahora sí parece que le hayan convencido los argumentos de sus jóvenes colegas -. Y toda esa historia sobre originalidad o copia ¿cómo creéis que ha influido en el caso?
- Básicamente, en que han menguado las presiones que teníamos que soportar sobre la solución del caso. Ahora solo tenemos el apremio de nuestros jefes naturales, lo que es bueno por un lado y malo por otro. Bueno porque saben lo que es una investigación de este porte y malo porque nos pueden joder la hoja de servicios – explica Bernal.
- Y al final de esta historia, la realidad es que, aparte de que sean originales o réplicas, sigue habiendo un robo que solucionar y tres asesinatos que investigar – añade Atienza.
- Juan Carlos – El excomisario le devuelve a Atienza el gesto de llamarle por su nombre -, antes has dicho que el hecho de que las piezas robadas sean originales o réplicas es una cosilla sin importancia. Estoy en desacuerdo, creo que es un dato que puede ser clave en la investigación. Os explico el por qué.

martes, 20 de septiembre de 2016

63. Casi un tercer grado



   Cuando Ponte llega a la cafetería Van Gogh, y a pesar de que faltan algunos minutos para las doce, ya se encuentran allí Grandal, Atienza, Blanchard y, ¡oh sorpresa!, también está Bernal. El policía de la Judicial ha llegado a la conclusión de que no puede seguir indefinidamente eludiendo a los carcamales, como en su fuero interno sigue llamándoles. A la postre, son los que más información les están facilitando sobre el Caso Inca.
   Atienza, que cuando hay que mostrar la cara amable de la policía, es quien se convierte en el portavoz, le pide a Ponte que cuente lo que le dijo el Tío Josefo sobre los Corrochanos y le ruega que haga un esfuerzo para ser lo más literal posible, indicándole asimismo que se tome el tiempo que haga falta.
   Cuando Ponte acaba su relato en el que ha hecho el esfuerzo pedido para ser lo más literal posible, Atienza le da las gracias y abre el turno de preguntas. El primero que abre el fuego del interrogatorio es Bernal.
- Señor Ponte, ¿ratifica que el Tío Josefo le dijo que no sabía nada ni había oído hablar de que unos gitanos hubieran vendido el furgón del robo del tesoro al dueño del desguace de Humanes?
- Sí, señor - afirma Ponte, que sigue la recomendación que le ha dado Grandal de no ser prolijo en sus respuestas.
- Señor Ponte, ¿le dijo el Tío Josefo que tampoco sabía nada del robo del tesoro?
- Eso fue lo que dijo.
- Cuando el Tío Josefo le comentó que el clan de los Corrochanos hacía negocios con chinos del Polígono Cobo Calleja, ¿especificó si eran negocios de drogas? – es Bernal quien sigue protagonizando el interrogatorio.
- No, señor, dijo, y cito literalmente, que los negocios que hacían los Corrochanos eran de toda esa porquería que echa a perder a la gente joven. Y le recuerdo que eso ya lo conté antes – Ponte comienza a mosquearse de que le hagan repetir pasajes de su conversación con el patriarca de los García Reyes.
- ¿Es lo que le dijo literalmente? – insiste Bernal.
- Sí, señor, palabra por palabra – se reafirma Ponte quien añade -, la palabra droga no la mencionó en ningún momento.
- De todas formas, al decir que eran negocios de la porquería que echa a perder a la gente joven puede deducirse, sin temor a equívoco, que se refería a la droga – puntualiza Atienza.
- Recuerda, señor Ponte, si el Tío Josefo dijo en algún momento los nombres o quienes eran los chinos que se relacionaban con los Corrochanos – Bernal sigue preguntando.
- No, señor.
- Exactamente, ¿qué le contó el Tío Josefo sobre los Corrochanos?
- Pues me contó, además de lo que acabo de repetir – lo de repetir lo dice con retintín -, que los Corrochanos tienen fama de tener malas pulgas y de que en sus negocios no se paran en barras.
- ¿A qué cree que se refería al afirmar que los Corrochanos no se paran en barras en sus negocios?
- Tenía entendido que me habían llamado para que repitiera lo que me contó el Tío Josefo, no para que descifrara adivinanzas – No cabe duda de que Ponte está hasta los mismísimos de que le hayan tomado por un disco rayado, repitiéndose continuamente.
   Bernal pasa por alto la impertinente respuesta del anciano y prosigue con un interrogatorio que a Ponte le parece que debe ser de los que llaman de tercer grado.
- Ha sugerido usted que, en un primer momento, el Tío Josefo no mostró ningún interés en facilitarle el paradero de los Corrochanos, ¿lo ratifica?
- Sí, señor, me dijo que no me lo recomendaba porque son unos malajes.
- Eso hace suponer que el Tío Josefo conoce bien a los Corrochanos, ¿no lo cree así?
- Ya le he dicho que las adivinanzas no son mi fuerte – La paciencia de Ponte está menguando a marchas forzadas.
   Bernal está a punto de picar el anzuelo de la provocación de Ponte, pero Atienza le hace un gesto lo que le hace pasar por alto la impertinencia del viejo.
- Bien, creo recordar que en algún momento de la conversación salió a relucir el nombre del Tio Rafael, el patriarca del clan de los Corrochanos, ¿le contó algo más sobre él?
- Sí, señor, me dijo que su apodo era el Langó porque cojea algo del pie izquierdo, pero todo lo que me está preguntando ya lo he contado antes, no sé porque me hace repetirlo – protesta Ponte que está viendo que se acerca la hora que Clarita le indicó que se irían a Majadahonda a comer juntos y sin embargo el tercer grado al que le están sometiendo no tiene pinta de acabar.
   Bernal sigue impertérrito con sus preguntas.
- Cuando el Tío Josefo le dijo que los Corrochanos iban de aquí para allá, ¿se refirió a unos lugares concretos?
- No, señor.
- Y cuando especificó que los encontraría en la Cañada Real, ¿añadió algo más?
- No, señor – Las respuestas de Ponte son cada vez más escuetas.
- Perdone, señor Ponte – es Atienza el que habla -, creo recordar que al hablar sobre la Cañada Real nos ha contado antes que el Tío Josefo le dijo algo más.
- Ah, sí, me preguntó que si sabía dónde estaba la Cañada.
- Y que le contestó usted – vuelve ser Bernal el que ha retomado el interrogatorio.
- Que sí que lo sabía.
- Una cosa es saberlo y otra haber estado en esa zona de asentamientos ilegales, ¿ha estado usted en la Cañada?
- Sí, señor.
- ¿Puedo preguntarle con motivo de qué estuvo en la Cañada?
- Puede preguntármelo, pero no pienso decírselo. Eso no tiene nada que ver con la conversación con el Tío Josefo – Ponte se está poniendo bravo por momentos.
- Pero usted nos ha contado antes que el Tío Josefo le dijo que para estar jubilado visitaba unos sitios muy chungos, ¿no es así?
- Sí, señor.
- ¿Y por qué le dijo eso?
- Ya he dicho por activa, pasiva y hasta por perifrástica que las adivinanzas no son mi fuerte. ¿Tienen más preguntas o van a seguir repitiendo como loros lo que ya he contado media docena de veces?
   Bernal mira a Atienza quien le hace un gesto como diciéndole: no sigas, este pozo ya no da más agua. Es el momento en que interviene Grandal porque sabe de la cita de Ponte con su familia y presiente que su amigo en cualquier momento puede enviar a hacer puñetas al trío de inspectores.
- Caballeros, como acaba de decir don Manuel estamos dando vueltas a la noria de sus recuerdos sobre su conversación con el Tío Josefo y la cosa parece que no da más de sí. Opino que si no hay nuevas preguntas tendríamos que ir dando por finalizada esta charla porque el amigo Ponte tiene un compromiso familiar y no deberíamos retenerlo más.
   Los policías aceptan la sugerencia de Grandal, pero antes de que nadie pueda decir algo más, inopinadamente es Blanchard, mudo hasta ese momento, quien toma la palabra:
- Monsieur Ponte, hay algo que no nos ha contado y que nos interesaría mucho conocer. ¿Por qué fue usted a un hospital para encontrarse con ese gitano con el que habló?
   Ponte se queda mirando al inspector francés con cara de pocos amigos y duda durante unos segundos hasta que en lugar de contestar pregunta a Atienza:
- Este señor, a quien ya he visto en anteriores encuentros, pero al que no tengo el gusto de haber sido presentado, ¿es un policía español?  
- No – contesta Atienza -. Y disculpe que no se lo hayamos presentado, es el señor Michel Blanchard, policía francés que colabora con nosotros en el esclarecimiento del Caso Inca.
- ¿Y estoy obligado a contestarle?
- Hombre, obligado de modo estrictamente formal quizá no, pero como le he dicho forma parte del grupo investigador del caso y debería responderle, al menos por cortesía.
- A la gente que mira por encima del hombro no se le debe ninguna cortesía – responde Ponte que, decididamente, ya se ha tirado al monte de la desconsideración y dirigiéndose a Blanchard le espeta –. Y para que me entienda señor franchute: no le contaré nada si no es en presencia de mi abogado.
   El inspector galo va a replicar cuando Atienza le quita la palabra de la boca antes de que la reunión se vaya definitivamente al garete.
- Señor Ponte, le agradecemos sinceramente su colaboración al tiempo que le pedimos disculpas si en algún momento nuestras preguntas le han molestado. De ninguna manera era nuestra intención. Puede marcharse cuando quiera y le reitero nuestra gratitud.
   Ponte se levanta, se cala el sombrero, hace una leve inclinación de cabeza en señal de saludo y antes de salir lanza su postrera andanada:
- Antes de irme quiero decirles algo. Hoy he roto la promesa que le hice a un amigo. Le di la palabra al Tío Josefo de que no iba a repetir lo que él me contase y he roto ese compromiso. Algo que no volverá a suceder. La próxima vez que quieran saber algo del patriarca de los García Reyes se lo preguntan ustedes. Yo no volveré a hacerlo. Estimo mucho a mis amigos y el Tío Josefo lo es, ustedes, no – y sin más, y más tieso que una vela, sale de la cafetería.