martes, 6 de septiembre de 2016

59. Haciendo de visitadores médicos



   Cuando el director de la agencia de detectives, cuyos hombres están siguiendo al sospechoso de ser cómplice de los ladrones del Tesoro Quimbaya, revela el nombre del cliente interesado en saber las andanzas del tal Adolfo Martínez, la sorpresa de los inspectores del caso es unánime. Quizá más que sorpresa es contrariedad porque el cliente de la agencia es un conocido bufete madrileño, González-Arroyo y Asociados.
   Blanchard, que desconoce la legislación española, quiere saber:
- ¿Aquí puede la policía exigir al bufete el nombre del cliente que les ha hecho tal encargo? Lo pregunto porque no creo que unos abogados estén interesados directamente en saber de Martínez. Lo más seguro es que no sean más que unos intermediarios que estén cumpliendo el encargo de un cliente.
   Quien le contesta es Atienza, que para eso es un aplicado estudiante de Derecho en sus ratos libres:
- No, no podemos. Los abogados están protegidos por el derecho y el deber de sigilo y del secreto profesional que forma parte del derecho a la defensa, uno de los que consagra nuestra Constitución. Y, además, el Estatuto General de la Abogacía dispone que los abogados deberán guardar el secreto de todos los hechos o noticias que conozcan por razón de cualquiera de las modalidades de su actuación profesional, no pudiendo ser obligados a declarar sobre los mismos.
- ¿Entonces…? – La inconclusa pregunta del inspector galo queda en el aire.
- Entonces no nos queda otra que pedir a la juez un mandamiento judicial. El problema es que su libramiento no será automático, sino que su señoría nos pedirá pruebas o, al menos, indicios de comisión de delito que a su juicio sean suficientes para que el derecho a la confidencialidad de las relaciones abogado-cliente decline ante otro derecho que se considere de rango superior, por ejemplo: cuestiones que afectan al orden público, a la defensa nacional, a la posibilidad de un atentado, a un golpe contra el estado de derecho, etcétera.
- ¿Y el robo del tesoro entra en alguno de esos supuestos? – sigue preguntando Blanchard.
- Es bastante dudoso – contesta un apesadumbrado Atienza.
- O sea, que la que le hemos montado al de la agencia no nos ha servido para nada – sintetiza Blanchard.
   Bernal desahoga su malhumor contra la abogacía:
- ¡Putos abogados, son peores que un grano en el culo!
   Atienza prefiere ver el vaso medio lleno:
- Algo hemos sacado en limpio de todo esto. Los tipos de la agencia han dejado de vigilar a Martínez, por tanto el riesgo de que el sospechoso descubra que le estamos siguiendo ha disminuido considerablemente. Menos da una piedra.
   Ajenos a las dificultades por las que pasan los policías del Caso Inca, el cuarteto de jubilados, una vez concluidos los fastos navideños, se ha vuelto a reunir para revisar el estado de sus investigaciones.
- De momento, solo tenemos una pista que seguir: la del furgón blindado. Como recordaréis, el propietario del desguace de Humanes afirmó en la declaración que hizo a la policía que la furgoneta se la habían vendido unos gitanos, por eso hemos estado buscando a los amigos de Manolo, a los García Reyes, por si ellos pudieran saber algo de esos supuestos vendedores. Como no sabemos dónde vive ahora el clan y la única pista que tenemos de ellos es que un nieto del Tío Josefo, el patriarca de la familia, está internado en un hospital madrileño, mañana empezaremos a visitar centros hospitalarios a ver si encontramos en el que lo están tratando. Vosotros dos – se dirige a Ponte y Ballarín – visitaréis el Hospital Clínico y el Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz. Luis y yo investigaremos en el Ramón y Cajal por la mañana, por la tarde iremos a La Paz.
- Y una vez en el hospital, ¿qué hemos hacer para localizar al nieto del Tío Josefo? – se interesa Ballarín.
- Preguntad en recepción. Si os niegan la información, algo bastante probable, pululad por los pasillos. Las familias gitanas suelen acudir masivamente a los hospitales donde está internado algún familiar. Allí dónde veáis un grupo numeroso de gente que por su traza y forma de vestir os parezca que son calés, preguntad. Vosotros lo tenéis mejor que nosotros porque está Manolo a quien conoce más de medio clan de los García Reyes. Yo jugaré con la ventaja de presentarme como policía y, posiblemente, en admisiones me puedan facilitar la información. Comenzaremos por los cuatro hospitales que he citado porque creo que son de los más grandes de Madrid. Si no los localizamos en ellos seguiremos con el resto de la red hospitalaria de la Comunidad. La primera pareja que los descubra que avise inmediatamente a la otra.
- Además de avisar, ¿hemos de hacer alguna otra cosa? – pregunta Ponte.
- Sí sois tú y Amadeo quien localiza al clan lo que has de hacer es decirles quien eres. A buen seguro que si no hay alguien que te conozca, al menos sí que les sonará tu nombre. Les preguntarás por el Tío Josefo, por lo demás improvisa. Si somos Luis y yo quienes los encontramos no haremos nada hasta que tú puedas venir. Tú eres el hombre clave de esta operación porque eres quien tiene buen rollo con los García Reyes.
- Jacinto, antes has dicho que empecemos mañana, pero te recuerdo que mañana es sábado. Alguno de nosotros seguro que tiene compromisos familiares, yo sin ir más lejos. Y al día siguiente, domingo, ni te cuento. Tendríamos que dejarlo para el lunes – objeta y propone Álvarez.
   Ballarín y Ponte asienten secundando con el gesto la objeción y la propuesta de Álvarez. Grandal hace una mueca de contrariedad, pero acepta la sugerencia. No le queda otra. Sabe que para sus aficionados detectives priman los deberes familiares antes que los investigadores.
   El lunes, once de enero, Ballarín y Ponte se dirigen a media mañana al Hospital Clínico Universitario San Carlos, que ese es su nombre completo, aunque todo el mundo lo conoce como El Clínico. Es un complejo hospitalario inmenso, construido en el mismo estilo de ladrillo visto que los demás edificios de la Ciudad Universitaria que se erigieron después de la guerra civil y al que los años pasados desde su construcción han hecho mella. No tienen mayores problemas para acceder al interior del centro, pero deambular por sus interminables pasillos les lleva toda la mañana. Encuentran a un nutrido grupo de gitanos en una de las alas y cuando les preguntan por los García Reyes los calés se los quitan de encima de malos modos. La gitana a la que sus deudos han ido a arropar se debate entre la vida y la muerte y su familiares no están para chismorreos.
   Álvarez y Grandal han visitado el Hospital Ramón y Cajal, ubicado en la carretera de Colmenar Viejo en la zona norte de la capital, es un centro todavía más grande que El Clínico. Grandal, que ha echado mano de su caducada acreditación de comisario, no tiene problemas para que el departamento de admisiones le informe de que no hay ningún García Reyes internado en el centro. Lo mismo ocurre cuando por la tarde visitan el Complejo Universitario La Paz que, con sus más de mil doscientas camas, es otro de los hospitales públicos más grandes de la ciudad. Ni rastro de los García Reyes.
   Por la tarde, Ballarín y Ponte visitan el Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz, también conocido como Clínica de la Concepción, que al estar emplazado en la Avenida de los Reyes Católicos les queda, sobre todo a Ponte, muy cerquita de sus domicilios. La investigación no da ningún fruto.  
   Por la noche, los miembros del cuarteto se telefonean y deciden que retomarán sus visitas a los centros hospitalarios al día siguiente. En la relación de hospitales que les falta por investigar el reparto ha quedado así: Álvarez y Grandal irán al Hospital Gregorio Marañón, que con sus 1671 camas es posiblemente el mayor centro sanitario de Madrid, y al Hospital Universitario 12 de Octubre, otro de los complejos hospitalarios con cerca de mil cuatrocientas camas. Mientras, Ballarín y Ponte visitarán el Hospital Universitario de la Princesa y el Hospital Universitario Niño Jesús, centros que, por su menor tamaño y su ubicación en el centro de la ciudad, son más adecuados para los dos miembros más ancianos del cuarteto.
   Como resume Álvarez tirando de ironía:
- La verdad es que valemos para todo, hemos pasado de ejercer de detectives a trabajar de visitadores médicos.

domingo, 4 de septiembre de 2016

*** 8000



Según el servicio de estadística de Google a principios de septiembre el blog rebasó holgadamente la cifra de las 8000 páginas vistas. Digo lo de siempre: no es una cifra espectacular, pero para un blog que solo es soporte de una novela por entregas, ”El robo del Tesoro Quimbaya”, de un casi octogenario y desconocido autor, tiene su mérito. Como lo tiene el que el blog ha sido abierto desde 52 países.
Larga y feliz vida a todos los internautas que lo leen.

viernes, 2 de septiembre de 2016

58. ¡Lo que nos faltaba!


   Los coordinadores del Caso Inca, a pesar a las posibles restricciones legales, se han puesto de acuerdo en presionar al director de la agencia de detectives que está realizando el seguimiento aleatorio de Adolfo Martínez para que les informe por cuenta de quien lo están vigilando. Otro punto a dilucidar es si visitar la agencia o que sea su máximo responsable quien venga a ellos. Se ha impuesto la opción de jugar en campo propio.
   Bernal llama al director de la agencia y le ruega que si puede pasarse por la  Brigada de Patrimonio. Han de darle información de un hecho que, según como se resuelva, puede ser altamente interesante o catastrófico para su negocio. El director, y principal accionista de la empresa, insiste en saber de qué se trata, pero Bernal le reitera que el asunto es confidencial y no puede decirle más por teléfono. Planteada así la cuestión, el director resuelve visitar la Brigada con la que nunca ha colaborado. Lo primero que hace Bernal es presentarle a sus dos compañeros. El hecho de que haya un inspector francés en el grupo incrementa la curiosidad de Ernest Perarnau. Hechas las presentaciones, el inspector de la Policía Judicial explica al director de Método-5 de qué va el asunto.
- Ernest, como sé que eres hombre para quien el tiempo es oro, no voy a andar con rodeos. Hemos detectado que algunos de tus empleados están realizando el seguimiento de Adolfo Martínez, técnico de seguridad que vive en Majadahonda. Y los hemos descubierto porque también nuestra gente está vigilando a ese individuo. Lo hacen con la anuencia de la jueza que está instruyendo el sumario de un grave delito cometido hace un cierto tiempo. Y no te puedo facilitar más datos porque su señoría ha declarado el secreto del sumario.
- ¿Y se puede saber porque me lo cuentas? – es la lógica pregunta de Perarnau.
- Porque queremos pedirte dos favores. Uno, que retires a tus hombres de la vigilancia de Martínez. Con tanta gente siguiéndole los pasos terminará por darse cuenta de que le están vigilando y eso resultaría desastroso para el esclarecimiento del delito del que te hablaba. Otro, que necesitamos que nos digas el nombre del cliente que está interesado en conocer las andanzas del fulano de Majadahonda.
   La respuesta del director suena a frase de los Hermanos Marx:
- Y también dos huevos duros.                                                                 
- Ernest, te lo estamos pidiendo de la manera más correcta posible. Las chacotas sobran.
- Mi estimado Bernal, me lo tomo a broma porque si me tomase en serio tu petición lo que tendría que hacer sería plantarme ante el juzgado de guardia y presentar una denuncia contra vosotros. ¿Sabéis en cuántos tipos penales estáis incurriendo?
- Algo sabemos. Como tú también debes saber que en cuanto recurramos a la jueza que instruye el caso y libre el correspondiente mandamiento cantarás hasta la Internacional.
- Pues recurrir a la juez en cuestión. No tengo más que añadir. Bueno, sí. Que no pienso ordenar a mis hombres que dejen de vigilar a Martínez. Y como has dicho muy bien, amigo Bernal, soy hombre muy ocupado por lo que está conversación, por mi parte, ha terminado.
- Lo siento, pero no – Atienza interviene en la charla por primera vez -. No se terminará hasta que lo digamos nosotros y eso será cuando hagas lo que Eusebio te ha pedido.
- ¿Qué pasa, me vais a retener a la fuerza? – inquiere un incrédulo Perarnau -. ¿Qué vais a hacer, detenerme?
- Si fuera necesario… - admite Bernal.
- ¿Y qué vais a alegar, que os quería meter mano o que os he invitado a esnifar unas rayitas? – pregunta con sorna el de la agencia.
- Podemos alegar la tira de motivos, por ejemplo: resistencia a la autoridad, agresión, intento de cohecho y alguna cosilla más que se nos pueda ocurrir – aclara Atienza.
- ¿Pero es que os habéis vuelto completamente locos? – Perarnau aún no da crédito a lo que está pasando.
   Bernal cree que ha llegado el momento de soltarle algo más de información al de la agencia como forma de incrementar la presión.
- Mira, Ernest. Te vamos a dar un poco más de información que te aclarará por qué te estamos presionando. Has oído hablar del robo del Tesoro Quimbaya, ¿no es eso? Pues bien, el Martínez es más que presunto cómplice de los autores del robo. Por eso lo estamos siguiendo. Y, como bien has dicho, si le pedimos a su señoría que libre un mandato para que nos informes sobre tu cliente, lo hará sin rechistar, pero eso sí, tomándose su tiempo. Y ya sabes que el tempo de nuestra judicatura tiene la rapidez de la tortuga. De forma que cuando estemos en disposición legal de hacerte cantar hasta La Traviata, el tal Martínez lo mismo se ha percatado de que a su alrededor pulula un montón de gente y se esfuma la oportunidad de que se ponga en contacto con los que le sobornaron, que desaparezca o que se pegue un tiro. Por eso necesitamos con tanta urgencia que te avengas por las buenas a llevar a cabo lo que te pedimos.
   Antes de que Perarnau pueda rebatir los argumentos de Bernal, Atienza recuerda aquello de al hierro candente, batirlo de repente y pone otro pascal de presión:
- Te voy a dar otra migaja más de información para que te vayas poniendo en onda. Lo que te pedimos es algo que viene de arriba, de muy arriba, de mucho más allá del Jefe de la Brigada o de la Jefatura de la Policía o de la Secretaría de Estado de Seguridad. La proyección que tiene el robo del tesoro es inimaginable. Para que te hagas una idea: están interesados al menos tres ministros. El de Interior, pues el fallo de seguridad ha sido de campeonato; el de Hacienda, responsable de la custodia de un bien que es patrimonio nacional y el de Asuntos Exteriores, por la repercusión que está teniendo el robo en las relaciones hispano-colombianas. En otras palabras, que al Jefe de mi Brigada no hay día que no le llame un Secretario de Estado o un Subsecretario. De ahí para arriba.
- Todo lo que me cuentas son problemas vuestros, no míos – es la rotunda respuesta del director de la agencia.
- Es cierto – admite Bernal -, como también lo es que en cuanto salgas por esa puerta sin habernos prestado la colaboración que te pedimos, empezarán los tuyos. De entrada, en el Paseo de la Castellana revisarán con lupa tu actual autorización y a buen seguro que encontrarán docena y media de normas que incumples o las cumples a medias. De ahí a tener que cerrar tu chiringuito, aunque sea de forma cautelar, no mediará más que un suspiro. Y eso solo será el principio de tu calvario. Cuando lo que llamamos el Grupo de los Caimanes termine contigo, si te queda dinero para el Ave a Barcelona donde reside esa amiguita que espera un hijo tuyo y a la que le has montado un piso nada menos que en la Travesera de Gracia, será un milagro. O sea, que tú mismo.
   A estas alturas de la conversación, Perarnau ha pasado de la incredulidad a la preocupación. Ha tenido que lidiar con presiones de los cuerpos policiales en más de una ocasión, pero nunca había sufrido un acoso tan brutal y descarnado como ahora.
   Blanchard, que hasta el momento ha sido un observador silente de la pugna, decide que ha llegado el momento de rematar la faena. Como diría su difunta madre, insigne pacense de Herrera del Duque, ha llegado la hora del descabello.
- Si me permite, monsieur Perarnau – pronuncia el nombre a la manera francesa por lo que suena algo así como mesié Peganó -, no sabe cuánto lamento que esto ocurra en su país y no en el mío. Si usted trabajara en Francia y llevado a la Sureté, hoy Police Nationale, se negara a colaborar al esclarecimiento de un caso que afecta al prestigio, al orgullo y al honor de la nación, habría al menos un par de departamentos, que no figuran en ningún organigrama gubernamental, que se encargarían de que en menos de 24 horas su cuerpo estuviera flotando en el Sena después de haber contado toda su vida desde el día de su inscripción en el Registro Civil. No sabe usted la suerte que tiene.
   La parrafada del inspector galo resulta ser, en efecto, el estoconazo que le faltaba a Perarnau para que se viniera abajo. Todavía intenta jugar una postrera baza.
- Si os digo el nombre del cliente será con dos condiciones. Una, que esta conversación quedará entre nosotros. Otra, que estéis veinticuatro horas sin hacer ninguna operación para que pueda poner en antecedentes a mi cliente.
- ¡Ni condiciones, ni pollas en vinagre! – revienta Bernal que al fin ve acogotado al correoso director -. El nombre.
   Cuando Perarnau, vencido al fin, les facilita el nombre de su cliente, la reacción más sorprendente es la de Atienza:
- ¡La rehostia. Lo que nos faltaba!
   Quien queda más atónito es Blanchard. Desde que trabaja con el inspector de Patrimonio es la primera vez que le oye un exabrupto.