martes, 2 de agosto de 2016

49. ¿Los gitanos votan?



   Después de recibir la información del Seprona de que en dos pueblos próximos hay algunas familias gitanas trabajando en la recolección de la naranja, Chelo, Grandal y Ponte, que están de visita en Peñíscola, tras almorzar toman la A-7 en dirección sur. Salen de la autopista por Oropesa del Mar para dejar a Chelo en Marina d´Or, urbanización que quiere conocer. Quedan citados en el Hotel Balneario Marina D´Or-5, que es uno de los lugares que le ha recomendado a Chelo una amiga que tiene un apartamento en la llamada Ciudad de Vacaciones.
   Tras dejar a Chelo, Grandal y Ponte toman la carretera 340, la nacional más larga de España pues va desde Cádiz a Barcelona siguiendo el litoral mediterráneo, para dirigirse al cuartel de la Guardia Civil de Torreblanca donde esperan que el comandante de puesto les pueda informar donde encontrar a gitanos que puedan darles noticias sobre los García Reyes. El sargento del puesto pone un número a su disposición para que les guie por los caminos rurales del municipio hacia los campos donde se está recolectando naranja, pero duda que encuentren a alguien.
- Hoy, con lo de las elecciones y el hecho de que sea domingo, no creo que encuentren a nadie trabajando, pero supongo que por probar no pierden nada.
   La predicción del suboficial se cumple. En los huertos de naranjos solo encuentran pilas desordenadas de cajas y capazos esparcidos aquí y allá como muestra de que la recolección está en marcha, pero ni un solo trabajador. El guardia que hace de guía les hace un somero plano de los caminos que tendrán que recorrer por la zona de la Ribera de Cabanes ya que él no puede acompañarles más. Tendrán que volver a coger la 340 y salir por donde encuentren un indicador que ponga Torrelasal, un pequeño núcleo de casas a orillas del mar, mucho antes de llegar a Oropesa. Van pasando naranjales con el mismo panorama que en Torreblanca, encuentran varias fincas con huellas de que la recolección está en pleno apogeo, pero sin ningún bracero. Parece que la gente, como buenos ciudadanos, está cumpliendo con sus deberes electorales. Hasta que ya cerca del mar se topan con un grupo de trabajadores que están apilando cajas de naranjas a la vera del polvoriento vial. Algunos de sus rasgos y hasta su manera de vestir les delatan, son gitanos. Mientras Grandal trata de aparcar el coche en el estrecho arcén que queda a la vera del camino, Ponte se acerca parsimonioso al grupo de calés que en principio no le prestan demasiada atención.
- A las buenas tardes – saluda Ponte.
   Unos murmullos ininteligibles constituyen toda la respuesta que recibe, pero cuando se acerca más he ahí que de pronto una voz rotunda exclama:
- ¡La hostia, pero si es don Manué!
   Ponte se acerca al hombre todavía joven que ha pronunciado su nombre.
- ¿Me conoce?
- ¿Qué si le conosco? Claro como el agua clara, don Manué. No m´acuerdo de su apellio porque entonces yo era un mosito, pero usté era el mandamás de las obras de la lus en Móstoles hase la tira de años. Y que fue usté, por medio del Tío Josefo, quien nos dio curro a más de media parentela.
   Cuando la pareja de jubilados estaba a punto de entregar la cuchara, he ahí que la diosa Fortuna les acaba de hacer un guiño. Han encontrado a alguien que no solo se acuerda de Ponte, sino que acaba de citar al patriarca de los García Reyes. Ponte ni siquiera espera que llegue Grandal y se lanza a recordar con el gitano aquellos tiempos en que gracias a la actuación de la familia García Reyes y sus amigos acabaron con los robos de los cables de cobre en la electrificación de las nuevas urbanizaciones de Móstoles.
- Por cierto, el Tío Josefo ¿también está por aquí? – pregunta Ponte sin poder evitar que un cierto trémolo de ansiedad impregne su voz.
- Quia, estuvo hasta hase unos dies días. Tuvo que irse con Curro, su hijo mayor, y toda su tropa. El churumbel más chico del Curro, Frasquito es su grasia, cogió un catarro que aluego se complicó en neumonía y el crío se puso chungo de verdá.
- Entonces, ¿han vuelto a Salamanca?
- Quia, ya no paran allí. Ahora están en los Madriles que es adónde se han vuelto. Allí están los mejores hospitales y eso al churumbel del Curro le vendrá como agua de mayo.
   A todo eso, Grandal ya se ha integrado en el grupo después de que Ponte le presente como amigo y compañero suyo de Hidrola y les cuente que realmente se han parado para preguntarles por dónde se va al Instituto de Acuicultura de Torre de la Sal, centro que querían visitar.
- Pues iban bien encaminaos, pero no sigan. Hoy es domingo y el sentro está serrao. Solo debe estar el personal de mantenimiento.
- ¿Qué hacemos con de lo del coche? – interroga Ponte a Grandal en clara referencia a que si les preguntan si saben algo de lo del furgón blindado.
- ¿El coche? Lo mejor que podemos hacer es cogerlo e irnos a Marina d´Or a por la Chelo – El mensaje es explícito, Grandal no cree oportuno preguntarles sobre el asunto del robo del tesoro. En cambio, hace otra pregunta a Bartolillo, que así se llama el gitano que ha reconocido a Ponte.
- ¿Y desde cuándo están en lo de la naranja?
- Vinimos a prinsipios de noviembre.
   Ponte que ha cazado al vuelo la intencionalidad de Grandal al plantear la pregunta, formula otra:
- ¿Y el Tío Josefo y los suyos también se vinieron a principios de noviembre?
- Quia, llegaron algo más tarde. Casi un mes endespués.
- ¿Ya han votado ustedes? – pregunta Ponte por decir algo. La mirada que le echa Grandal es reveladora: esa pregunta sobraba.
   Los gitanos se quedan mirando a Ponte con una mezcla de perplejidad, ironía y hasta un cierto desdén. Bartolillo es quien le contesta:
- Nosotros no nos metemos en política, don Manué. Eso queda pa los payos. Porque gane quien gane las elecsiones, si se pierde algún guantaso de los picoletos nos lo van a endiñar a nosotros. Mire usté, a mi abuelo Bartolo, por él me pusieron el nombre, cuando la guerra le quisieron vestir de caqui, primero los rojos y endespués los de Franco. Se escapó las dos veses. Cuando le preguntaban porque huía siempre contestaba lo mismo: ¿y qué me se ha perdio a mí en este fregao? Quien la haya liao que la deslíe, que yo no he sio. Pues nosotros, lo mismo.
- Su abuelo tenía más razón que un santo. Yo hubiera hecho igual – asegura el excomisario.
   Grandal reparte entre los varones la cajetilla de Ducados negros que siempre lleva encima, aunque dejo de fumar hace ya unos cuantos años. Después se despiden de la tropa de calés deseándoles una buena campaña recolectora. En cuanto se meten en el coche, caminito de Marina d´Or, Ponte quiere reafirmar su intuición sobre la intención del excomisario al preguntar cuando llegaron los García Reyes a la zona. Grandal contesta afirmativamente:
- Esa era la idea. Si el Tío Josefo y su gente hubiesen estado aquí cuando se produjo el robo del tesoro habría menos posibilidades de que supieran algo sobre si unos tocayos tuvieron algo que ver con el furgón de marras, pero el hecho de que por aquellas fechas estuvieran en Madrid aumenta las probabilidades de que puedan saber algo.
   Ponte mueve la cabeza en señal de asentimiento y sin que venga mucho a cuento, quizá por influencia del día en que están, pregunta:
- Jacinto, ¿tú sabes si los gitanos votan?
- ¿A qué coño viene esa pregunta? – se extraña Grandal.
- Pues la verdad es que no lo sé, curiosidad seguramente. Quizá sea porque hoy son las elecciones y los únicos que estaban trabajando eran esos gitanos, claro que han podido votar por la mañana, pero lo dudo. Y además porque cuando yo votaba jamás vi a un calé en el colegio electoral.
- Eso es porque votas en el distrito de Chamberí, si vivieras en Fuencarral, Moratalaz, Vallecas, Vicálvaro… En fin, en los distritos en los que vive más gente de esa etnia es posible que te los encontraras votando. Aunque supongo que los gitanos, como todos los grupos de excluidos sociales, son poco dados a votar. Y los pocos que lo hacen, hasta donde yo sé, no tienen una intención de voto definida, igual votan, al PSOE, que al PP, que a Izquierda Unida. Vete tú a saber.
- ¿Y es posible que también voten a los nuevos partidos? Me refiero a Podemos y a Ciudadanos.
- Manolo, para ser un desencantado de la política preguntas demasiado sobre ella. ¿A ti que más te da que los gitanos voten o no?
- Me has pillado, pero no me negarás que sería una pasada saber si los gitanos votan y a quien.

viernes, 29 de julio de 2016

48. Investigando por La Plana



   Cuando Ponte le cuenta a su hija que piensa acompañar a Grandal a Castellón donde tiene que arreglar unos asuntos, la respuesta de Clarita es terminante:
- Será un viaje de ida y vuelta, supongo.
- Pues no sé, pero igual estamos fuera tres o cuatro días.
- Papá, te recuerdo que el veinte son las elecciones, ¿es que no piensas votar?
- Hija, sabes bien que hace la tira de años que no voto. Y sabes porque: mi opinión sobre nuestros políticos, sean de derechas, izquierdas o mediopensionistas es que dejan mucho que desear.
- Y una vez más, papá, te recuerdo que o tú haces política o te la harán los demás. Ir a votar, votes a quien sea, no solo es un deber ciudadano sino también una necesidad.
- No lo dudo, hija, pero eso es para los que tenéis futuro. Yo solo tengo pasado y algo de presente. Futuro, ninguno. Por eso os dejo a los jóvenes que seáis quienes decidáis que fulano queréis que os pastoree.
- Papá, no nos insultes, los que votamos no somos borregos y por tanto no necesitamos que nadie nos pastoree.
- No era mi intención molestarte, Clarita. Retiro lo del pastoreo, pero sigo en mis trece. Mañana me voy a Castellón con Grandal. Y a los que se presentan a las elecciones que les den.
- ¿Solo con Grandal? – La pregunta de Clara está cargada de suspicacia.
- Hija, no creerás que a mis años tengo un amorío oculto. Únicamente voy a acompañar a un amigo de hace muchos años, y a quien tú conoces, a un inocente viaje a una provincia de la que supongo que debes guardar buenos recuerdos. ¿O no te acuerdas de los años que veraneamos en Benicasim?
   El diecisiete, Grandal, Chelo y Ponte se ponen en viaje hacia la capital de La Plana. Van en el viejo coche del excomisario. Chelo va de copiloto y Ponte en la parte de atrás. De los tres, la que parece más ilusionada con el viaje es la mujer, hasta ha guardado en la maleta un biquini por mucho que Grandal le haya insistido en que el agua estará más bien fría en este final de diciembre. Ponte ha insistido en pagar a medias entre Grandal y él los gastos del viaje y del hotel, pero Jacinto se ha negado en redondo. Harán tres partes y él pagará dos, al fin y al cabo Chelo es su invitada.
   Los viajeros abandonan la A-3, también llamada autovía del Este, a la altura de Motilla del Palancar. Ponte se ha empeñado en ello para comer en el Hostal del Sol, lugar en el que paraba cuando la autovía aún no estaba terminada y el viaje duraba mucho más que ahora. Encuentra el local más remozado pues ha pasado a ser un hotel. Después de comer vuelven a la A-3. Antes de entrar en la ciudad del Turia cogen el llamado Bypas de Valencia, tramo de la autovía A-7, que hace la función de cinturón que rodea la primera corona del área metropolitana de la ciudad, lo que permite circunvalar la capital levantina por el oeste. A la altura de Puzol ingresan en la AP-7 hasta que la abandonan por la salida de Castellón-Sur.
   Grandal, que es quien ha hecho la planificación del viaje, ha reservado dos habitaciones en el Hotel del Golf situado a solo cien metros de la playa del Pinar del Grao de Castellón. Le ha contado a Chelo que, en caso de no poder bañarse en el mar, quizá lo pueda hacer en la piscina del hotel y en el peor de los casos podrá tomar el sol en la terraza de la habitación.
   En cuanto están instalados, dejan a Chelo en la terraza leyendo una revista del cuore. Está decepcionada porque en recepción le han dicho que la piscina está por el momento clausurada y le han aconsejado que no intente bañarse pues el agua del mar está fría. La han consolado asegurándole que mañana se espera buen tiempo y podrá broncearse en la terraza o en los jardines que rodean la piscina. Grandal, antes de iniciar el viaje, llamó al coronel Tresreyes, viejo conocido suyo, jefe de la comandancia de la Guardia Civil de Castellón. Le pidió que le informara de las localidades de la Plana Baja donde hubiera familias gitanas empleadas en la recolección de la naranja. El coronel le dio el teléfono del jefe provincial del Servicio de Protección de la Naturaleza. En el Seprona le facilitaron una relación de pueblos en los que trabajaban temporeros gitanos. La primera localidad de la lista era Burriana y hacia allí se dirigen Grandal y Ponte. No encuentran a los García Reyes ni nadie que les pueda facilitar alguna pista. Lo mismo les pasa en Villarreal y en Nules. Ahí terminan sus pesquisas puesto que el sol se está ocultado tras los cerros que cierran La Plana hacia el oeste.
   Al día siguiente, ya dieciocho, la pareja detectivesca deja a Chelo tomando el sol en la terraza de la habitación y marchan hacia Onda donde les ocurre lo del día anterior. Ni rastro de los García Reyes. Pasa lo mismo en Vall de Uxó y Moncofar. A mediodía toman un tentempié y prosiguen su viaje hacia Chilches, La Llosa y Almenara. El más rotuno fracaso es el resultado de su exploración. A cuantos gitanos preguntan se topan con las mismas respuestas: nadie sabe nada, nadie ha visto nada, jamás han oído hablar de los García Reyes.
- Tratar con los cañís es peor que ir al dentista. Mienten más que respiran. No me creo de ninguna manera que nadie sepa nada de un clan tan conocido como los García Reyes – se lamenta Ponte.
- Son muy suyos los gitanos. Recuerdo que cuando les interrogabas la mayoría te enredaban con largas parrafadas, te liaban contándote unas historias inverosímiles y al final no te daban ninguna información. Es lo que nos pasa ahora. Para mí que ya debe de haber corrido la voz de que hay dos payos buscando a los García Reyes y no los vamos a encontrar aunque nos pateemos toda la provincia, suponiendo que estén aquí que hasta eso empiezo a ponerlo en cuarentena – se explaya Grandal.
- Entonces, ¿qué hacemos, nos volvemos a Madrid?
- Para volver siempre estamos a tiempo. Le dije a Chelo que íbamos a estar hasta el lunes. Por tanto, nos quedan un par de días para terminar de visitar las localidades que faltan. Claro que si quieres volverte, puedes hacerlo cuando quieras. Además, así podrías votar el domingo.
- No, no, me quedo. Y en cuanto a lo de votar ya sabes lo que pienso de los políticos en general y de los nuestros en particular. El mejor, escardando cebollinos.
   El diecinueve, día anterior a las elecciones también llamada jornada de reflexión, la pareja de jubilados visitan los dos últimos núcleos de la Plana Baja con abundancia de naranjales, Villavieja y Alquerías del Niño Perdido. El resultado de sus pesquisas, el mismo de siempre: cero. Parece como sí los García Reyes no hubiesen existido nunca. Grandal tira la toalla, se acabó lo de buscar a los gitanos. Para el veinte han programado una excursión a Peñíscola y a la vuelta visitarán Marina d´Or, donde una conocida de Chelo tiene un apartamento que, según cuenta, lo compró a precio de ganga y le interesa conocer la urbanización. 
   La vieja y amurallada ciudad de Peñíscola, pese a que desde 2013 forma parte de la red de los pueblos más bonitos de España, no le dice gran cosa a Chelo. Lo de las murallas, el castillo del Papa Luna y todo el posible encanto medieval de la localidad, la dejan fría. Lo que más le interesa es visitar los escenarios donde se rodó la superproducción El Cid pues fue una fan de Charlton Heston. Están tomando el aperitivo cuando un número de la Guardia Civil se presenta preguntando por Grandal. El guardia le entrega una nota que le manda la Oficina Técnica provincial del Seprona informándole que hay al menos tres familias gitanas que están recolectando naranja entre los términos municipales de Torreblanca y Cabanes. Cuando se retira el número, a Ponte le falta tiempo para preguntar:
- ¿Y cómo han sabido que estábamos en Peñíscola?
- Llame anoche al coronel Tresreyes para despedirme y decirle que íbamos a pasar el día aquí, pero aunque no le hubiese dicho nada puedes apostar a que nos han tenido controlados, no puedes imaginarte como son los del tricornio.
- ¿Entonces no me vas a llevar a Marina d´Or? – pregunta Chelo poniendo un mohín de disgusto.
- Claro que sí, princesa – la tranquiliza Grandal.
- Además, Chelo, los pueblos que han dicho nos pillan de camino. A la vuelta, pasaremos por Santa Magdalena de Pulpis, Alcalá de Chivert, Torreblanca, la Ribera de Cabanes y después Oropesa del Mar – explica Ponte, haciendo gala de sus conocimientos de la comarca donde pasó muchos veranos cuando sus hijos eran unos críos.
- Mejor cambiamos el plan – sugiere Chelo -. Me dejáis en Marina d´Or y vosotros os vais a buscar a los gitanos. Cuando terminéis venís a buscarme.
- Santa palabra – enfatiza Grandal con su pizca de sorna.

martes, 26 de julio de 2016

Capítulo 9. Buscando a unos gitanos entre naranjos.- 47. Parábola del hijo pródigo



   El hombre parece absorto haciendo un solitario y no ha oído a la mujer entrar en la salita.
- ¿Otra vez con los solitarios? ¿No te aburres jugando más solo que la una? – pregunta la mujer.
   Por toda respuesta, el hombre se encoge de hombros y como el solitario no le ha salido vuelve a barajar. La mujer sale del saloncito de estar refunfuñando por lo bajo. Al cabo de un rato vuelve armada con la aspiradora. El hombre sigue con el mazo de cartas en la mano.
- Búscate otro sitio que voy a pasar la aspiradora. Y mejor todavía si te das una vuelta o te vas al bar. Esta mañana viene la asistenta y vamos a poner la casa patas arriba.
   Eso ocurrió anteayer, hoy el hombre no está haciendo solitarios sino despatarrado en el sillón colocado enfrente del televisor, parece muy interesado viendo un programa titulado: Empeños a lo bestia.
- ¿Se puede saber qué te pasa? – pregunta la mujer -. Llevas varios días que apenas sales de casa cuando antes no parabas un segundo. ¿Te has peleado con tus amigos? ¿Ya no jugáis al dominó? – No es la primera vez que la mujer le llama la atención sobre su radical cambio de comportamiento.
- No me pasa nada y tampoco he reñido con nadie. Lo que ocurre es que no me apetece salir.
- Amadeo, no me tomes el pelo que te conozco demasiado. A otros podrás engañar, pero a mí no. Que no te apetezca salir y que prefieras quedarte en casa no me importa. Lo que sí me importa es esa cara de mustio que pones, que parece como si se te hubiera muerto algún pariente cercano. Además, estar todo el día encerrado en casa no es saludable, tienes que airearte.
- Tengo la misma cara de siempre, Asunción, y no necesito airearme, ya lo haré el sábado en el chalet.
- Mira, Amadeo, no pienso discutir contigo, pero a ti te pasa algo y has de contármelo. Soy tu mujer para lo bueno y para lo malo. Lo mejor es que lo hablemos porque si no, ¿cómo voy a ayudarte? ¿Tú crees que estar todo el santo día sin hacer nada más que mirar la tele o hacer solitarios puede ser bueno? Si hasta hace unos días no parabas en casa más que lo imprescindible. Ese cambio tan radical es porque algo te pasa y lo más sensato es que me lo cuentes. Si tienes un problema entre dos será más fácil que lo podamos solucionar.  
   La mujer se pone tan pesada que al marido no le queda otra salida que contarle sus cuitas. Y es lo que hace Ballarín: le cuenta a su esposa un resumen de su participación en las investigaciones sobre el robo del Tesoro Quimbaya que junto a sus tres amigos del dominó han llevado a cabo.
- Marido, todo eso ya me lo habías contado, como igualmente lo bien que os lo estabais pasando jugando a policías de mentirijillas.
- Sí, pero lo que no te he contado han sido los últimos acontecimientos.
   Ballarín relata a su esposa los asesinatos de Obdulio Romero y su cuñado, pasando por alto lo de las mutilaciones. Y también que la policía sospecha que las pesquisas del cuarteto han podido tener algo que ver con dichas muertes. Todo ello apunta a que ellos también podrían estar en el punto de mira de los asesinos. Y eso no es lo único, no solo podrían ir contra ellos sino también contra sus familias. Por eso ha dejado a sus amigos, para no poner en peligro a los suyos. De ahí que ahora no tenga nada que hacer, ni siquiera va a jugar al dominó porque seguramente los amigos estarán cabreados y prefiere no afrontar sus reproches.
- Y Jacinto, que ha sido policía, ¿qué opina de todo eso, también cree que corréis peligro?
- Jacinto opina que los atracadores son gente muy profesional y que llevan a cabo sus acciones como si se tratara de una cuenta de resultados, en términos de ganancias o pérdidas. Por eso cree que no les compensa en absoluto meterse con nosotros y menos con nuestras familias, no ganarían nada.
- Eso parece bastante lógico. Vosotros no sois más que unos jubilados. ¿Qué iban a sacar haciéndoos algo? Otra pregunta: ¿Jacinto, Manolo y Luis también han dejado de investigar lo del robo?
- No, creo que siguen en ello.
- ¿Y tú porque no estás con tus amigos?
   Ballarín explica a su esposa la actitud que adoptó cuando Grandal les dijo que podían correr riesgos, tanto ellos como sus familiares.
- … y les dije que no podía seguir en el grupo sin consultarlo con mi familia, al menos contigo.
- Pero hasta ahora no me has consultado nada – replica la mujer.
- Creí que lo mejor era no decirte nada, y al mismo tiempo apartarme de las investigaciones, así estaríamos a salvo de posibles represalias.
- Y a tus amigos que siguen investigando, ¿les ha pasado algo?
- No que yo sepa.
   En ese momento, la mujer da un giro insospechado a su interrogatorio:
- Vamos a ver, Amadeo, ¿cuántos años hace que eres amigo de Manolo Ponte?
- No sé, pero calculo que unos treinta.
- ¿Y de Luis Álvarez?
- Algo menos, pero también una montonera.
- ¿Y te parece bien haber dejado tirados a tus amigos de media vida?
   Es lo que menos esperaba oír Ballarín de labios de su mujer.
- No los he dejado tirados. Ellos optaron por seguir a pesar de los posibles peligros y en cambio yo opté por proteger a mi familia. 
- Amadeo, no te pongas melodramático. ¿Crees que Luis o Manolo no han pensado en los suyos? Supongo que si continúan es porque Jacinto les habrá asegurado que sus familias no corren ningún riesgo ni, posiblemente, ellos tampoco. Y mientras tanto tú estás aquí más aburrido que una ostra.
- Entonces, según tú, ¿qué tendría que hacer? – pregunta, perplejo, Ballarín.
- Hacer las paces con tus amigos – Así de rotunda es la respuesta de la mujer.
- No necesito hacer las paces. No me peleé con ellos.
- Mejor me lo pintas. Tú harás tu santa voluntad, pero ya que me pides mi opinión lo que yo haría sería dejar de aburrirme en casa y volver a juntarme con los amigos con los que tan bien te lo pasabas. Y eso sí, en el mismo momento en que creyeras que corríais alguna clase de peligro lo dejaría inmediatamente. Mientras eso no ocurra, estarás mejor con ellos que mirando la tele o haciendo solitarios.
- Quizá tengas razón. Lo que no sé es conque cara me van a recibir.
- ¿De los tres con quien tienes más confianza?
- Con Manolo, claro.
- Entonces, lo que deberías hacer es llamar a Manolo y hablar primero con él. Así te harás una idea de por dónde van los tiros.
   Ballarín sigue el consejo de su mujer y llama a Ponte. Quedan en verse en el Mercado de Moncloa, un bar de tapas que está justo enfrente a una de las salidas de la estación de metro de Moncloa. Se dan un abrazo como si hiciera años que no se hubiesen visto. Ponte le cuenta cuanto lo han echado de menos y que, por descontado, tanto Luis como Jacinto le recibirán con los brazos abiertos. Ninguno le guarda el menor rencor por su marcha.
   Los cuatro quedan en Casa Manolo, al final de Princesa, para celebrar el reencuentro de la mejor manera, comiendo a la carta, hoy nada de menú. Y pagarán a escote. Amadeo les cuenta la verdad, que ha sido su mujer la que le ha impulsado a volver con ellos, que estos pocos días en que ha estado solo se ha aburrido como un muermo y que si no había vuelto antes era porque creía que le iban a echar en cara su fuga. Grandal, a su vez, le cuenta lo que han estado haciendo en la última semana y que la noticia más destacada ha sido la rememoración de Ponte al recordar el acento sudamericano, posiblemente colombiano, del atracador que le amenazó el día del robo. A todo eso y como ya están con los postres, el camarero les ha dicho que la casa les invita a un chupito de lo que prefieran. A la hora de los brindis, Grandal propone brindar por la vuelta del hijo pródigo.
- ¿Qué es eso del hijo pródigo? – pregunta Álvarez que es quien más ha visitado la botella de Ribera del Duero que se han soplado.
- Es que la vuelta de Amadeo – responde Grandal - me ha recordado la parábola del hijo prodigo que, junto con las parábolas de la oveja perdida y de la moneda perdida, conforman una trilogía que recibe la denominación de parábolas de la misericordia. Primero Amadeo se rebela, después se arrepiente y luego encuentra el afecto de sus amigos. Esas tres parábolas también se llaman de la alegría, denominación que cuadra perfectamente con la alegría que reina en esta mesa por la vuelta del hijo pródigo.
- Me dejas de piedra, Jacinto – confiesa Ponte -, ¿y cómo sabes tú tanto de los evangelios?
- Porque fui seminarista.
   La cara de asombro que ponen los tres es todo un poema. Era lo último que podían suponer de la biografía de Grandal, que hubiese sido seminarista.
- O sea, que ibas para cura. ¡Joder, macho, qué pasada, como para mear y no echar gota!