viernes, 8 de abril de 2016

16. ¿Investigar nosotros?, ¡menuda broma!



   Una vez terminado el interrogatorio de Ponte por parte del trío de inspectores que llevan el Caso Inca, un policía lleva al viejo al despacho del comisario jefe, allí le está esperando Grandal, también está Bermúdez que le saluda y le pregunta por su hija:
- ¿Qué tal señor Ponte? Espero que todo haya ido como la seda. ¿Cómo está su hija Clara? Me pareció una mujer muy animosa y resuelta. Salúdela de mi parte.
   Tras despedirse de Bermúdez y salir de la comisaría, ambos jubilados entran en el Café de Viena, que está en la cercana calle de Luisa Fernanda, para tomarse algo.
- ¿Qué vas a tomar? – pregunta Ponte.
- Un café con leche. Y tú deberías tomarte un copazo de coñac – responde Grandal.
- ¿Tanto se me nota que todavía estoy nervioso? – inquiere con aire un tanto socarrón Ponte.
- Es natural que lo estés. Las comisarías suelen producir ese efecto en la gente que no está habituada a frecuentarlas. En cambio, la chusma y gente de mal vivir entra en ellas como si lo hiciera en su casa. Por tanto, si estás nervioso es porque no perteneces a ese grupo.
- ¿Tu amigo te ha contado algo sobre el caso? Me refiero al comisario jefe – quiere saber Ponte.
- Apenas si hemos hablado sobre ello. En una investigación en marcha la discreción es obligada. Lo que sí hemos hecho es recordar viejos tiempos. Pero más por lo que se ha callado Anselmo que por lo que ha dicho me da en la pituitaria que están más pegados que un sello.
- ¿Pegados?
- Que no tienen ninguna pista que sea medianamente prometedora. Creo que están dando más palos de ciego que otra cosa, a ver si suena la flauta por casualidad. Estas nuevas hornadas de colegas tienen muchos títulos, han hecho una pila de masters y hasta hablan idiomas, pero lo que se dice olfato policial tienen más bien poco.
- Oye, Jacinto, ¿y por qué hay un poli francés?
- ¿Qué han traído un gabacho? Eso no lo sabía.
- Bueno, nadie me ha dicho que sea francés, pero en cuanto ha empezado a preguntarme se lo he notado y eso que habla un español de lo más correcto, juraría que hasta tiene un ligero acento como andaluz, extremeño o de por esos andurriales.
- ¿El franchute te ha interrogado? – se  asombra Grandal.
- Sí, pero solamente me ha hecho una pregunta – y Ponte le cuenta lo que quería saber el policía galo.
- Mira sí están pegados que hasta han tenido que pedir ayuda a los gabachos. Aunque bien mirado es natural. El furgón venía de París donde había estado expuesto el tesoro. Pero ya te digo, con franchutes y todo los Sacapuntas andan más perdidos que un pulpo en un garaje. Y ya ves lo reservado que es el bueno de Anselmo, no me había dicho nada.
- En tus tiempos en activo, ¿lo habríais solucionado antes? – pregunta, curioso, Ponte.
- No lo sé. Ahora tienen muchos más medios y en cierto modo están más preparados, pero de olfato, de intuición andan escasitos. Lo que hacen ahora es ponerse delante de un ordenador y poco menos que esperan que la máquina les solucione los casos.
- No te andes por la tangente que no eres gallego, con Rajoy tenemos suficiente. Lo que te pregunto es si serías capaz de solucionarlo.
- Ya te he dicho que no sé, pero estoy convencido de que a estas alturas sería bastante probable que hubiera conseguido dos informaciones importantes para resolver el caso. Una, habría encontrado el furgón de marras que, por lo que se cuenta entre los colegas, es casi seguro que está oculto en algún lugar de Madrid. Y dos y algo fundamental para esclarecer el robo, habría desenmascarado al compinche que se encargó de silenciar las cámaras de seguridad.
   De pronto a Ponte se le ilumina el rostro como si se le hubiese ocurrido una idea luminosa.
- ¿Y por qué no lo investigas de manera particular? Como si se tratara de un divertimento.
   La carcajada que suelta Grandal al oír la proposición de Ponte es tan estentórea que los parroquianos más cercanos se vuelven a mirarles. El excomisario reprime un tanto su risa para no seguir llamando la atención.
- Manolo, majo, hasta hace un segundo creía que eras el amigo que tenía la azotea mejor amueblada, pero veo que no es así. De pronto te has convertido en un viejo chocho. ¿Sabes lo qué estás diciendo? ¿Crees que esto lo puede solucionar un jubilado por muy policía que haya sido?
- En la tele…
- No me hables de la tele – le corta Grandal -. Todas esas series policíacas que echan en la tele, y a las que tan aficionados sois,  no son más que ficción. Son el producto de la imaginación de unos guionistas que solo han pisado una comisaria cuando han ido a pedir información o ayuda técnica para el rodaje. Un caso de la complejidad de éste no puede resolverlo un aficionado, tienen que hacerlo los profesionales.
- No solo la tele, la literatura, el cine y hasta los comics, como llaman ahora a los tebeos, están llenos de ejemplos de gente corriente y moliente que descubren los casos más enrevesados y misteriosos y que la policía ha sido incapaz de solucionar. Desde Sherlock Holmes hasta nuestros días hay toda una larga lista de personajes de ese tipo que no eran polis profesionales y que triunfaban donde la policía había fracasado – insiste tercamente Ponte.
- Manolo, majo, esas películas o las series que ves en la tele son solo ficción, son historias para entretener al personal. ¿O acaso crees que son historias reales?
- Supongo que lo que cuentan la mayor parte de esas series es de ficción, pero recuerdo que en más de una se dice que la historia está basada en un hecho real – Ponte sigue sin dar su brazo a torcer.
- Aun así. Una cosa es la realidad y otra lo que ponen en la tele – replica Gandal.
- Pues, para que veas. No creas que soy el único que piensa así. Tanto Luis como Amadeo piensan lo mismo que yo.
   El rostro de desconcierto de Grandal evidencia que no termina de creerse lo que le está contando su amigo.
- Vamos a ver, Manolo, que me estoy haciendo un lío. ¿Qué es eso de que nuestros compañeros de partida piensan lo mismo que tú?
   Ponte le cuenta que, desde que ocurrió el robo, los tres amigos han hablado mucho sobre el mismo y en más de una ocasión han fantaseado en ser ellos quienes descubrían la identidad de los autores y hasta que recuperaban el tesoro. Paulatinamente, han ido abandonando los sueños para quedarse con la estricta realidad y han acabado siendo conscientes de que investigar el robo es algo que les queda grande y…
   Grandal interrumpe a su amigo:
- Perdón, ¿pero me estás contando que habláis de ello a mis espaldas?
- Bueno, a tus espaldas, no, pero ya sabes que la mayoría de los días después de terminar la partida solemos quedarnos un rato de charleta y como tú sueles ser el primero que se va… - se justifica Ponte.
- Y en esos conciliábulos es donde habéis decidido dedicaros a la investigación policial, no me digas más – Grandal no puede estar más socarrón.
- Todo ha sucedido por sus pasos contados. Verás, un día mi hijo David, con el que hablo todas las semanas a través de Skype, me aconsejó que debería ver una peli que aseguró que me gustaría. Se llama Arrugas y trata de la amistad, en una residencia de viejos, entre dos hombres de edad avanzada, uno de ellos en las primeras etapas de Alzheimer, y que se hacen polis aficionados. Creo que fue Amadeo el que, cuando les conté la trama de la peli, dijo que ahora teníamos la oportunidad de hacer nosotros lo mismo antes de que las facultades comenzaran a abandonarnos. A Luis le pareció de perlas la propuesta y fue el que sugirió que tendríamos que contar contigo, puesto que además de formar parte de la pandilla eres el único que tiene experiencia policial.
- Manolo, no me sigas contando más. Veo que lo de la senilidad se ha convertido en epidemia. ¿Investigar nosotros?, ¡menuda broma!

martes, 5 de abril de 2016

15. ¿Cómo sabe que era una mujer?


                                                                                                                   
   Ese dos de noviembre, Ponte retoma la lectura de la prensa. Lo de los periódicos digitales ha sido todo un hallazgo para él. Ha ido mariposeando por la abundancia de cabeceras existentes hasta que le echó el ojo a El Confidencial y ha terminado quedándose con esa cabecera. La gran noticia del día de hoy a cinco columnas es: El negocio de las empresas del 3% en Cataluña: más de 400 millones públicos. Está cansado de tanta sobreinformación sobre el asunto de la secesión catalana. Se pregunta si los demás lectores pensarán lo mismo, pero cuando repiten tanto el mismo tema supone que él debe ser una excepción. Repara en otra noticia de corte distinto: España se hunde hasta el puesto número 30 en justicia social dentro de la OCDE. Esto sí que duele, se dice, que bajemos en justicia social es una mala noticia. Por ese camino no vamos a ninguna parte. Se fija en un titular de la información internacional: Las armas especiales que Rusia prueba en pleno combate en Siria. Ahí tienes, piensa, un conflicto difícil de entender. Empezó como una muestra más de la mal llamada primavera árabe, como un alzamiento popular contra los dictadores que tanto abundan en los países musulmanes, y ha terminado convirtiéndose en un fortín de los islamistas más radicales. Y encima, los rusos por medio. Eso puede acabar como el rosario de la aurora, como decía mi santa madre. En el recorrido final, otro titular llama su atención: Lo que tienes que saber sobre sexo: los enigmas clásicos, resueltos. Pica en el título y comienza a leer. Apenas lleva unas líneas cuando lo cierra. ¡Qué lástima, se dice, que esto no me lo explicaran hace sesenta años!
   Antes de ir a la comisaría de Moncloa donde Ponte está citado por los inspectores que llevan el Caso Inca ha quedado con Grandal en Casa Paco. Es una taberna que les gusta mucho por su gran variedad de tortillas españolas, las tienen desde las rellenas con roquefort hasta las hechas con bacón y queso. Jacinto tranquiliza a su amigo sobre su inmediata comparecencia:
- Ayer hablé con Anselmo y le dije que te acompañaría a tu cita con los Sacapuntas.
- ¿Quién es Anselmo?
- El comisario jefe de Moncloa. Ya te comenté que estuvo a mis órdenes y siempre nos llevamos bien. Me dijo que no estuvieses preocupado, que los dos compañeros que llevan el caso te van a tratar correctamente. Te aconseja que te limites a contestar sus preguntas de la mejor manera que sepas, pero que no les mientas y, por supuesto, que no te inventes nada. Si hay algo que no recuerdes o no sepas dilo claramente, que no pasa nada.
- Después de que me interroguen, ¿dónde quedamos?
- Yo estaré en el despacho de Anselmo. Supongo que hablaremos de los viejos tiempos. Cuando acaben contigo te llevarán a dónde estemos. Está todo arreglado.
   Blanchard espera con cierta curiosidad conocer al único testigo del robo del Tesoro Quimbaya. Se encuentra ante un anciano que aparenta algo menos de la edad que tiene. Lo que más destaca en su cara de rasgos regulares, y sin demasiadas arrugas, es una nariz ligeramente aguileña, unos ojos pequeños y un tanto achinados escondidos tras unas gafas de un modelo pasado de moda y un abundante mostacho que, como la perilla y el cabello, son llamativamente blancos. Es bajito, calcula que no debe pasar del uno sesenta y ocho, y mantiene una aceptable figura. Aparentemente parece sereno, pero las manos le delatan: se las frota demasiado. Bernal, que es quien comienza el interrogatorio, no se molesta en presentar al inspector francés.
- Vamos a ver, señor Ponte, para empezar tengo dos preguntas: una, ¿qué es eso de que cree que uno de los asaltantes era una mujer? y  dos, ¿por qué no nos lo contó en los anteriores interrogatorios?
- Si me permite, contestaré antes su segunda pregunta. No se lo conté a ustedes en su momento porque no había reparado en ello. Solo al reconstruir una y otra vez lo sucedido fue cuando caí en la cuenta de algunos detalles que me indujeron a pensar que uno de los ladrones podía ser una mujer. Dio la casualidad que el día que caí en la cuenta de ello fue cuando me entrevistaron para la tele y se lo conté al periodista, pero pensaba llamarles para decírselo – Da la impresión de que a medida que ha ido hablando Ponte se ha ido recomponiendo, ya no se frota tanto las manos.
- Vale, y ahora explíquenos cuales son esos detalles por los que sabe que uno de los atracadores era una mujer – pide Bernal.
- Si me permite una precisión, no lo sé, me lo parece, que es distinto – Con la concreción que acaba de hacer queda claro que Ponte ha recuperado el autocontrol -. Verá, uno de ellos tenía unas caderas demasiado anchas para un hombre; además sin que pudiera decirse que se le notaran unos pechos femeninos, pero sí que su torso tenía como una cierta curvatura por delante y, finalmente, su manera de andar no era nada masculina, movía demasiado el pompis. Esos tres detalles fueron los que me inducen a creer que podía tratarse de una mujer. Ahora bien – Ponte hace una pequeña pausa y recuerda los consejos que le ha dado Grandal -, lo que les cuento es una suposición; seguro, lo que se dice seguro al cien por cien, no lo estoy.
- Permítame, señor Ponte – Blanchard también quiere preguntar -, supongamos que usted va por la calle y ve por detrás a una persona que lleva un corte de pelo a lo garçon, perdone, no sé cómo se dice en español.
- No se preocupe monsieur, sé lo que es un peinado a lo garçon – contesta rápido Ponte.
- Bien, como decía, sí ve a una persona con un peinado masculino, vestida con un pantalón y una camisola holgados, y calzada con unos zapatos planos, solo por su forma de andar, ¿sabría si se trata de un hombre o de una mujer? Piénselo bien antes de contestar.
   Ponte entorna los ojos y durante unos segundos, siguiendo el consejo del francés, medita sobre la pregunta que le acaba de formular el inspector francés.
- Creo que sí. Opino que, en general, los hombres y las mujeres andamos de manera diferente. Ahora bien – Parece que la locución es del gusto de Ponte puesto que la repite mucho -, le digo lo de antes, seguro al cien por cien no estaría. Si estuviera bajo juramento mi respuesta sería que no lo sé.
   Los policías se miran entre sí y asienten, parece que la explicación del anciano les ha convencido. También creen en su sinceridad. Les ha contado lo que vio o creyó ver y, asimismo, parece sincero al admitir que no puede estar seguro por completo. En estos casos, el protocolo establece una pregunta más.
- ¿Tiene algo más que contarnos?
   Ponte niega con la cabeza.
- Vale, pero si recuerda algo más tenga en cuenta que tiene el deber de contárnoslo inmediatamente. Nada de dar primicias a los medios. ¿Queda claro? Pues entonces, puede irse y gracias por su colaboración – Así remacha Bernal la conversación.
   Cuando los policías se quedan solos, Blanchard es quien primero toma la palabra:
- Es posible, solo posible, que el vétéran nos haya dado una prometedora pista. Veréis, una de las bandas especializadas en robos de altos vuelos, que tenemos fichada, es una compuesta en su mayor parte por albanokosovares. Pues bien, en el grupo suelen actuar habitualmente un par de mujeres. Alors, podría tratarse de la misma.
-¡Coño, si fuera así es como si nos hubiera tocado el euromillones! – exclama Bernal.
- No vendamos la piel del oso antes de cazarlo – replica Blanchard que también parece puesto en frases hechas -. Ahora mismo voy a enviar un mail a mis jefes pidiéndoles que nos manden todos los movimientos del grupo albanais en los dos últimos meses.
- Sería la repera que fueran los que buscamos – La frase de Atienza suena casi como una rogativa.