martes, 5 de abril de 2016

15. ¿Cómo sabe que era una mujer?


                                                                                                                   
   Ese dos de noviembre, Ponte retoma la lectura de la prensa. Lo de los periódicos digitales ha sido todo un hallazgo para él. Ha ido mariposeando por la abundancia de cabeceras existentes hasta que le echó el ojo a El Confidencial y ha terminado quedándose con esa cabecera. La gran noticia del día de hoy a cinco columnas es: El negocio de las empresas del 3% en Cataluña: más de 400 millones públicos. Está cansado de tanta sobreinformación sobre el asunto de la secesión catalana. Se pregunta si los demás lectores pensarán lo mismo, pero cuando repiten tanto el mismo tema supone que él debe ser una excepción. Repara en otra noticia de corte distinto: España se hunde hasta el puesto número 30 en justicia social dentro de la OCDE. Esto sí que duele, se dice, que bajemos en justicia social es una mala noticia. Por ese camino no vamos a ninguna parte. Se fija en un titular de la información internacional: Las armas especiales que Rusia prueba en pleno combate en Siria. Ahí tienes, piensa, un conflicto difícil de entender. Empezó como una muestra más de la mal llamada primavera árabe, como un alzamiento popular contra los dictadores que tanto abundan en los países musulmanes, y ha terminado convirtiéndose en un fortín de los islamistas más radicales. Y encima, los rusos por medio. Eso puede acabar como el rosario de la aurora, como decía mi santa madre. En el recorrido final, otro titular llama su atención: Lo que tienes que saber sobre sexo: los enigmas clásicos, resueltos. Pica en el título y comienza a leer. Apenas lleva unas líneas cuando lo cierra. ¡Qué lástima, se dice, que esto no me lo explicaran hace sesenta años!
   Antes de ir a la comisaría de Moncloa donde Ponte está citado por los inspectores que llevan el Caso Inca ha quedado con Grandal en Casa Paco. Es una taberna que les gusta mucho por su gran variedad de tortillas españolas, las tienen desde las rellenas con roquefort hasta las hechas con bacón y queso. Jacinto tranquiliza a su amigo sobre su inmediata comparecencia:
- Ayer hablé con Anselmo y le dije que te acompañaría a tu cita con los Sacapuntas.
- ¿Quién es Anselmo?
- El comisario jefe de Moncloa. Ya te comenté que estuvo a mis órdenes y siempre nos llevamos bien. Me dijo que no estuvieses preocupado, que los dos compañeros que llevan el caso te van a tratar correctamente. Te aconseja que te limites a contestar sus preguntas de la mejor manera que sepas, pero que no les mientas y, por supuesto, que no te inventes nada. Si hay algo que no recuerdes o no sepas dilo claramente, que no pasa nada.
- Después de que me interroguen, ¿dónde quedamos?
- Yo estaré en el despacho de Anselmo. Supongo que hablaremos de los viejos tiempos. Cuando acaben contigo te llevarán a dónde estemos. Está todo arreglado.
   Blanchard espera con cierta curiosidad conocer al único testigo del robo del Tesoro Quimbaya. Se encuentra ante un anciano que aparenta algo menos de la edad que tiene. Lo que más destaca en su cara de rasgos regulares, y sin demasiadas arrugas, es una nariz ligeramente aguileña, unos ojos pequeños y un tanto achinados escondidos tras unas gafas de un modelo pasado de moda y un abundante mostacho que, como la perilla y el cabello, son llamativamente blancos. Es bajito, calcula que no debe pasar del uno sesenta y ocho, y mantiene una aceptable figura. Aparentemente parece sereno, pero las manos le delatan: se las frota demasiado. Bernal, que es quien comienza el interrogatorio, no se molesta en presentar al inspector francés.
- Vamos a ver, señor Ponte, para empezar tengo dos preguntas: una, ¿qué es eso de que cree que uno de los asaltantes era una mujer? y  dos, ¿por qué no nos lo contó en los anteriores interrogatorios?
- Si me permite, contestaré antes su segunda pregunta. No se lo conté a ustedes en su momento porque no había reparado en ello. Solo al reconstruir una y otra vez lo sucedido fue cuando caí en la cuenta de algunos detalles que me indujeron a pensar que uno de los ladrones podía ser una mujer. Dio la casualidad que el día que caí en la cuenta de ello fue cuando me entrevistaron para la tele y se lo conté al periodista, pero pensaba llamarles para decírselo – Da la impresión de que a medida que ha ido hablando Ponte se ha ido recomponiendo, ya no se frota tanto las manos.
- Vale, y ahora explíquenos cuales son esos detalles por los que sabe que uno de los atracadores era una mujer – pide Bernal.
- Si me permite una precisión, no lo sé, me lo parece, que es distinto – Con la concreción que acaba de hacer queda claro que Ponte ha recuperado el autocontrol -. Verá, uno de ellos tenía unas caderas demasiado anchas para un hombre; además sin que pudiera decirse que se le notaran unos pechos femeninos, pero sí que su torso tenía como una cierta curvatura por delante y, finalmente, su manera de andar no era nada masculina, movía demasiado el pompis. Esos tres detalles fueron los que me inducen a creer que podía tratarse de una mujer. Ahora bien – Ponte hace una pequeña pausa y recuerda los consejos que le ha dado Grandal -, lo que les cuento es una suposición; seguro, lo que se dice seguro al cien por cien, no lo estoy.
- Permítame, señor Ponte – Blanchard también quiere preguntar -, supongamos que usted va por la calle y ve por detrás a una persona que lleva un corte de pelo a lo garçon, perdone, no sé cómo se dice en español.
- No se preocupe monsieur, sé lo que es un peinado a lo garçon – contesta rápido Ponte.
- Bien, como decía, sí ve a una persona con un peinado masculino, vestida con un pantalón y una camisola holgados, y calzada con unos zapatos planos, solo por su forma de andar, ¿sabría si se trata de un hombre o de una mujer? Piénselo bien antes de contestar.
   Ponte entorna los ojos y durante unos segundos, siguiendo el consejo del francés, medita sobre la pregunta que le acaba de formular el inspector francés.
- Creo que sí. Opino que, en general, los hombres y las mujeres andamos de manera diferente. Ahora bien – Parece que la locución es del gusto de Ponte puesto que la repite mucho -, le digo lo de antes, seguro al cien por cien no estaría. Si estuviera bajo juramento mi respuesta sería que no lo sé.
   Los policías se miran entre sí y asienten, parece que la explicación del anciano les ha convencido. También creen en su sinceridad. Les ha contado lo que vio o creyó ver y, asimismo, parece sincero al admitir que no puede estar seguro por completo. En estos casos, el protocolo establece una pregunta más.
- ¿Tiene algo más que contarnos?
   Ponte niega con la cabeza.
- Vale, pero si recuerda algo más tenga en cuenta que tiene el deber de contárnoslo inmediatamente. Nada de dar primicias a los medios. ¿Queda claro? Pues entonces, puede irse y gracias por su colaboración – Así remacha Bernal la conversación.
   Cuando los policías se quedan solos, Blanchard es quien primero toma la palabra:
- Es posible, solo posible, que el vétéran nos haya dado una prometedora pista. Veréis, una de las bandas especializadas en robos de altos vuelos, que tenemos fichada, es una compuesta en su mayor parte por albanokosovares. Pues bien, en el grupo suelen actuar habitualmente un par de mujeres. Alors, podría tratarse de la misma.
-¡Coño, si fuera así es como si nos hubiera tocado el euromillones! – exclama Bernal.
- No vendamos la piel del oso antes de cazarlo – replica Blanchard que también parece puesto en frases hechas -. Ahora mismo voy a enviar un mail a mis jefes pidiéndoles que nos manden todos los movimientos del grupo albanais en los dos últimos meses.
- Sería la repera que fueran los que buscamos – La frase de Atienza suena casi como una rogativa.

viernes, 1 de abril de 2016

14. El problema está en hablar donde no debes



  Al inspector francés no le convencen ni poco ni mucho las explicaciones de sus colegas hispanos y aunque es consciente que verbalizar esa impresión no le va a hacer ganar sus simpatías, su sentido de la profesionalidad puede más que la tentación de callarse para seguir manteniendo las buenas maneras entre profesionales. Vamos, que la teoría de lo políticamente correcto no va con él, al contrario lo que hace es poner otra vez el dedo en la llaga de la falta de resultados.
- Llevamos muchas horas hablando del caso. Me habéis hablado de líneas de investigación, de sospechas, de hipótesis, pero hasta ahora no he visto que tengáis pistas fiables o indicios concretos.
   Que venga un guiri a poner en cuarentena tu trabajo profesional le sienta a Bernal como un par de banderillas negras en todo lo alto. Si el franchute le caía mal, ahora es que no lo soporta. Una vez más es Atienza el que trata de enfriar la situación, aunque comprende el cabreo de su compañero. Se dice que en algún momento habrá que explicarle a Blanchard que se cazan más moscas con miel que con hiel.
- ¿Qué si tenemos pistas fiables o indicios concretos? La verdad – dice Atienza con gesto de fastidio -, es que no. Las dos pistas en las que estamos invirtiendo más tiempo y recursos son, por el momento, descubrir el paradero del furgón, del que creemos que sigue oculto en Madrid, y averiguar la identidad de la persona o personas que inutilizaron las cámaras de vigilancia; es decir, descubrir el posible cómplice de los asaltantes. Hay una tercera pista que seguimos guardando en la manga: seguir exprimiendo la memoria del único testigo ocular.
- Me da la impresión, por lo que he leído en vuestro informe preliminar, que de ese pozo no vais a sacar más agua – replica el gabacho poniéndose en plan castizo.
- No estés tan seguro. Hemos vuelto a citar al viejo para mantener otra charla con él. Entonces tendrás ocasión de conocerle. Parece que mentalmente ha reconstruido por su cuenta el robo y ha explicado a los medios que cree que uno de los asaltantes era una mujer. Algo que no nos contó cuando le interrogamos.
- ¿Y os fiais de la memoria de un vieux croûton de ochenta años? – pregunta Blanchard con tono escéptico.
- Pues sí, tiene ochenta tacos, pero todavía está en una forma aceptable. Al menos, sus facultades mentales siguen frescas. Lo comprobarás por ti mismo porque, como acabo de decir, le hemos vuelto a citar.
   Esa nueva cita con la policía es lo que le comunica a Ponte su hija Clara en cuanto el viejo llega a casa porque ha sido ella la que ha firmado el recibí de la citación policial:
- La policía quiere hablar nuevamente contigo, papá.
- ¿Y para qué? Como si no lo hubiera contado todo, una docena de veces. Esos inútiles en vez de detener a los asaltantes lo único que saben hacer es marear la perdiz.
- La cuestión no es que lo hayas contado todo, el problema está en hablar donde no debes. Dicho en cristiano, en salir en la tele cascando por los codos y haciendo ver poco menos que te comportaste como un héroe. Si no hubieras presumido de tu perspicacia hablando de la existencia de una posible mujer no te hubiesen citado otra vez, pero en esta ocasión no voy a dejar que vayas solo, voy a llamar a Pepe Cruz para que te acompañe. Y no protestes, es lo mejor para ti y yo me quedaré más tranquila. Y no se hable más que bastantes problemas tengo.
   En cuanto se queda solo a Ponte le falta tiempo para llamar a sus amigos del dominó e instarles a reunirse en la cafetería Van Gogh, la antigua Galaxia donde conspiraban los militares del fallido golpe de 1978. Quiere contarles lo de la nueva citación y espera que le den algún consejo que le ayude a pasar el mal trago.
- Mañana estoy citado por la policía para un nuevo interrogatorio. Me tienen hasta el moño. No sé cómo quitármelos de encima…. Menos mal que a Clarita se le ha ocurrido que me acompañe Pepe Cruz.
- ¿Y quién es ese? – se interesa Luis Álvarez que es el más cotilla de todos.
- Un abogado, amigo de colegio de mi yerno y que es un letrado de primera.
- ¿Vas con un abogado a un mero interrogatorio como testigo? No te lo aconsejo – recomienda Jacinto Grandal.
- Pues a mí me parece bien que lleve a un abogado – opina Amadeo Ballarín -. Así, los polis no se propasarán y podrá hablar con mayor tranquilidad. En las pelis siempre se dice aquello de no hablaré sino es en presencia de mi abogado.
- Me parece, Amadeo, que has visto demasiadas películas de policías y ladrones – se burla Grandal.
   A Ponte la opinión que más le interesa es la de Grandal, no en vano es un policía jubilado; mejor aún, es un comisario jubilado. Por eso es a él a quien pregunta:
- Jacinto, ¿por qué me aconsejas que no me acompañe Cruz?
- Porque si hay alguien a quien los policías les jeringa más que la gente del hampa son los picapleitos. A los compañeros que llevan el caso no les va a hacer ninguna gracia verte llegar acompañado por un letrado; además no lo necesitas para nada, no estás acusado ni imputado, no eres más que un mero testigo.
- Sí, pero Clarita cree que pueden estar cabreados conmigo porque en su momento no les conté que quizá hubiera una mujer entre los atracadores y podrían tomarla conmigo.
- Te pasa lo mismo que a Amadeo, también tú ves demasiadas series policíacas. ¿Dónde te han citado? – quiere saber Grandal.
- En la comisaria de Moncloa, la que está en Rey Francisco.
- Sé dónde está y aún más, conozco al comisario jefe, Anselmo Bermúdez. Trabajó a mis órdenes cuando estaba al mando del grupo antiatracos. Es un excelente profesional y buena gente.
   Es oír eso y a Ponte se le ilumina el rostro, se le acaba de ocurrir algo.
- ¿Y por qué no me acompañas? Eres de los suyos y puedes ser de mejor ayuda que si me llevo al abogado.
   Grandal tuerce el gesto, no parece que le haga mucha gracia la petición de su compañero del dominó.
- Manolo, no se deben mezclar las actuaciones oficiales con las particulares. Aunque esté jubilado sigo siendo un policía y, posiblemente, al Dúo Sacapuntas, que imagino que serán quienes te interrogarán, no les hará ninguna gracia que me presente sirviéndote de señorita de compañía. No es que no quiera ayudarte, simplemente no es una buena idea.
- ¿Quiénes son el Dúo Sacapuntas? – Álvarez vuelve a meter baza.
- La pareja de inspectores que lleva la investigación. Así les han bautizado. Ya os podéis imaginar como son: uno, alto y delgado; el otro, bajito y rechoncho. No les conozco, pero me ha dicho un colega que son unos tíos competentes.
   Ponte no da su brazo a torcer e insiste en que le acompañe Grandal.
- Mira, Jacinto, iría mucho más tranquilo si me acompañaras, aunque solo fuera hasta la puerta de la comisaria. Comprendo que si el interrogatorio es un acto oficial tú no puedas estar presente, pero que me acompañes hasta la entrada, que luego te metas en el bar más cercano y me esperes hasta que salga, eso no te lo puede prohibir nadie ni se te puede acusar de que te metes donde no debes.
   A la petición de Ponte se suman los otros amigos. Tanto le dan la matraca que Grandal acaba rindiéndose.
- Bueno, vale. Te acompaño, pero no haré nada más; como mucho esperarte en una cafetería que conozco que está al lado de la comisaría ¿de acuerdo?
- Estupendo y gracias, Jacinto. Ahora solo me falta un morlaco que lidiar: a ver como le digo a Clarita que no voy a ir con Pepe Cruz.