martes, 23 de febrero de 2016

03. El único testigo



   Delante del Museo de América la policía está instalando unas vallas para delimitar el perímetro donde se ha producido el asesinato del vigilante de seguridad y en el que ha estado aparcado el furgón robado. La jueza de guardia, una mujer todavía joven, inicia la inspección ocular del lugar al tiempo que va dictando al secretario de la comisión judicial los principales datos que posteriormente se integrarán en las diligencias del suceso. De manera muy profesional, pese a su juventud parece bregada en estos menesteres, imparte una serie de órdenes para la protección inicial del escenario del crimen, la elaboración de un amplio reportaje fotográfico y la recogida, identificación y guarda de los indicios hallados.
   Mientras tanto, el único testigo presencial de todo el incidente, puesto que las dos empleadas del museo y quienes conducían el furgón robado estaban con la cara pegada al suelo, está en un rincón acompañado de dos policías de los que no sabe si le protegen o le vigilan. Una agente de la policía municipal trata en vano de ayudarle a mitigar al desconsolado bebé que con tanto ajetreo se ha despertado y reclama su comida de mediodía.
- Llora porque es su hora de tomar la papilla y no dejará de hacerlo hasta que pueda comer explica el abuelo a los policías que le rodean -. Déjenme llamar a mi hija, la madre del niño, y que venga con su papilla o, al menos, con un biberón. Entonces se calmará.
- Lo siento, señor, pero no podemos permitirle que use su móvil hasta que su señoría lo autorice.
- Sí, pero ya ve como está el crío, llorando a todo trapo – se lamenta el abuelo.
- Tenga paciencia, será cuestión de poco tiempo – el policía intenta calmarle.
   Precisamente, su señoría está preguntando por la existencia de testigos.
- Si tomamos en cuenta a las empleadas del museo y a los ocupantes del furgón todos ellos son testigos presenciales, pero solo pueden atestiguar lo que vieron antes de que les obligaran a tumbarse. El único testigo que pudo verlo todo es un anciano que estaba paseando a su nieto. Bueno, y más tarde podremos analizar lo que hayan grabado las dos cámaras de seguridad que enfocan la explanada y la puerta del museo. Las que hay en esa esquina – señala el inspector de la Comisaría de Moncloa que es quien está ofreciendo las explicaciones a la jueza -. En este momento, mis hombres están haciéndose cargo de las cintas. Ah, y también dispondremos de lo que hayan podido grabar las cámaras del Faro – añade señalando la alta torre que se erige justo enfrente del museo -, aunque dado su ángulo de enfoque las imágenes serán excesivamente cenitales. Igualmente, analizaremos lo que hayan podido grabar las cámaras de vídeovigilancia de la Agencia de Cooperación, aunque me imagino que solo será el paso de los vehículos.
- Bien, tráiganme al testigo, a ese anciano – ordena la jueza.
   El inspector se acerca a donde está el viejo que trata, inútilmente, de consolar a su nieto.
- Tiene que acompañarme, su señoría quiere interrogarle.
- Ya le he contado a usted y a sus compañeros todo lo que he visto – se queja el viejo.
- Lo sé, pero tiene que volver a hacerlo delante de la jueza.
   El viejo devuelve el bebé al carro, que parece que se ha tranquilizado algo en brazos de la agente municipal, y hace intención de llevárselo con él.
- Deje el carro aquí. No se preocupe, está compañera cuidará de él.
   El inspector lleva al viejo ante la jueza.  
- ¿Cómo se llama usted? pregunta la jueza.
- Manuel Ponte Fernández, señora.
- Bien, cuéntenos lo que ha visto.
   El viejo relata lo que ha presenciado. La jueza, tras hacerle unas cuantas preguntas para precisar algunos detalles de su narración, le indica al secretario que tome los datos personales del anciano y cualquier otro que ayude a su identificación y localización.
- El problema, señoría aclara el inspector –, es que el testigo no lleva encima ninguna clase de identificación.
- Bien, llévenlo a comisaría y que acuda algún familiar o persona que pueda identificarlo ordena la jueza.
- Señora jueza, ¿y mientras tanto qué pasa con mi nieto? inquiere el viejo -. Es su hora de comer y no hace más que llorar, debe estar muerto de hambre. ¿Puedo llamar a mi hija, que es la madre del niño, para que lleve un biberón a la comisaría?
-  Debería haberla llamado ya El tono conminatorio de su señoría es más propio de una madre que de una jueza de guardia.
- No puedo, me han quitado el móvil replica el viejo.
- Devuélvanle el móvil para que llame a su hija y luego vuelvan a retenérselo
   El viejo, cuyas manos todavía tiemblan, marca el número de su hija.
- Papá, ¿dónde estáis?, ¿ya venís para casa? – es lo primero que pregunta la madre del niño.
- No, hija. Estamos delante del Museo de América y aún no volvemos. Ha pasado algo muy gordo, ya te lo contaré. Ahora, escucha: tienes que ir a la comisaria de Moncloa, la que está en Rey Francisco, 15. Trae mi DNI
- ¿Qué ha pasado? le interrumpe la hija -, ¿el niño está bien?, ¿por qué hay que ir a la comisaría?, ¿cómo está Julio?, ¿qué ha pasado? repregunta la hija cuyo tono de voz es más angustioso por momentos.
- Clarita, hija, tranquilízate. El niño está perfectamente y yo también. Lo que tienes que hacer es ir a la comisaría para que puedas identificarme y allí te lo contaré todo. Mientras no tengan mi identificación no creo que me dejen salir.
- Dios sabe lo que habrás podido hacer para que te hayan detenido. Y te lo he dicho mil veces, no se puede salir a la calle sin alguna clase de documentación. Si estás en una comisaria necesitarás un abogado. Ahora mismo voy a llamar a Pepe Cruz para que se haga cargo de tu defensa, que hay policías que todavía creen que Franco sigue en El Pardo. Haya pasado lo que haya pasado tú no digas nada hasta que no llegue Pepe. ¿Y seguro que Julio está bien?
- Clarita, hija, te prometo que el niño está perfectamente, solo tiene hambre. Y no necesito ningún abogado, lo que has de traerme, además del DNI, es un calzoncillo y unos pantalones. Me he mojado. Ah, trae también la comida del mediodía para Julito. Si esto se alarga, tendrás que dársela en la misma comisaría.
   Cuando Clara Ponte llega a la comisaría, tras identificarse, es pasada a una sala donde entre otras personas encuentra a su padre con el niño en brazos intentando que deje de llorar.
- Papá, ¿qué le pasa a Julio, ¿por qué llora?, ¿está bien? al tiempo que pregunta Clara coge a su hijo en brazos. El bebé en cuanto reconoce a su madre deja de hacer pucheros.
- Ya te dije que el niño está bien. Lloraba porque tiene hambre. ¿Me has traído la ropa que te pedí?
- Primero voy a darle el bibe a Julio. Tu ropa está en el bolso.
   El viejo coge las prendas y pide a uno de los policías que le indique donde hay un baño pues necesita cambiarse. Mientras tanto, su hija está dándole el biberón al crío que succiona la tetina ávidamente. Una vez que el viejo se ha cambiado regresa a la sala y le explica a su hija lo que ha ocurrido.
 - ¡Dios mío, podrían haberos matado! Ahora la que está asustada soy yo – se lamenta Clarita -.
Y si ya lo has contado todo, ¿por qué siguen reteniéndote aquí? ¿Es que creen que todavía estamos en tiempos de la dictadura o qué? Dime quien es el que manda aquí que me va a oír.

viernes, 19 de febrero de 2016

02. Asalto al furgón blindado



   Sentado en un murete ante la entrada de las oficinas del Museo de América, el viejo está pensando que ese sol de finales de octubre no calienta demasiado, además hay unas nubes altas que, aunque no demasiado densas, se bastan para que el astro rey no luzca como suele hacerlo en el otoño madrileño, nubes que también logran desdibujar los contornos de la Sierra de Guadarrama que apenas se divisan en la lejanía.
   Unos escolares comienzan a salir del museo y esperan a que llegue el autobús que les devolverán a su colegio. Algunos de ellos se ponen a jugar deslizándose entre los veinticuatro desnudos mástiles que flanquean la acera del museo hasta que son reconducidos al grupo por una de las maestras que los vigilan. Deben ser alumnos de un centro privado porque van de uniforme y llevan un escudo ovalado en el jersey del que el anciano no es capaz de distinguir su leyenda. Tras unos minutos de espera, llega el autobús que estaba aparcado en el parking lateral del museo y los chavales formando parejas van subiendo al coche. Cuando el vehículo arranca, en la recoleta plazuela, si se le puede llamar así, solo quedan el viejo y su nieto, un grupo de cuatro hombres muy barbados, que por sus vestimentas y las cámaras que llevan posiblemente sean turistas, y un taxista, eso parece pues está apostado junto a un taxi que tiene apagada la luz verde de libre. Posiblemente esté esperando a unos clientes que deben estar visitando el museo, piensa el viejo que, como no tiene nada mejor que hacer, se fija en todos los detalles de cuanto ocurre a su alrededor.
   Una aparición poco frecuente rompe la paz de la plazuela, de hecho es la primera vez que ocurre desde que el viejo pasea por esos andurriales. Un furgón blindado, de matrícula francesa, se detiene delante de la puerta principal del museo. De su cabina desciende un guardia fuertemente armado que echa una mirada a su alrededor, solo ve al viejo junto al cochecito infantil, al grupito de turistas que siguen fumando y comentando algo entre risas y chanzas y al taxista apoyado en su vehículo. Hace una seña a los dos ocupantes que restan en la cabina. Un segundo hombre se apea y conversa con el guardia. Hay un tercer ocupante, el conductor, que sigue en la cabina hasta que ve salir del museo a dos mujeres de mediana edad vestidas con sendos guardapolvos blancos. Una de ellas lleva colgado en banderola una especie de contador de partículas, la otra lleva una tablilla portapapeles y un móvil. Se dirigen a los hombres del furgón quienes las saludan muy cortésmente. El guardia no participa en el encuentro, sigue atento a cuanto pasa en el entorno.
   De improviso, todo cambia en un abrir y cerrar de ojos. El aparente taxista, que paseando se ha acercado al furgón, empuña una pistola y conmina al guardia a tumbarse en el suelo al tiempo que le arrebata el arma. Los presuntos turistas, que también han sacado armas, rodean a los conductores del transporte y a las empleadas del museo al tiempo que les ordenan:
- Al suelo.
   No dicen mucho más, pero las pistolas que empuñan son suficientemente elocuentes. Todo está pasando a un ritmo vertiginoso, los asaltantes apenas han necesitado poco más de dos minutos para controlar la situación.
   Un testigo inesperado aparece en escena: el vigilante de seguridad de las oficinas, fumador impenitente, hace una de sus periódicas salidas para fumarse un pitillo. Inmediatamente se da cuenta de lo que ocurre. No va armado, pero lo que hace es pulsar su walkie-talkie para dar la alarma, aunque seguramente los vigilantes que están en la sala de pantallas de las cámaras de seguridad han tenido que verlo todo puesto que hay dos cámaras que enfocan la entrada del museo. Uno de los falsos turistas se aproxima al vigilante y le dispara al pecho, cae fulminado, la bala le ha destrozado el corazón.
   A excepción hecha de los asaltantes, solo queda en la plazuela una persona en posición vertical, el anciano que mira lo que está sucediendo con una mezcla de estupor y miedo. El atracador que ha disparado al vigilante dirige su pistola al abuelo quien aterrado se inclina sobre el cochecito de su nieto como queriendo protegerlo con su cuerpo. El asaltante parece que va a disparar, pero se limita a mirar fijamente al viejo y decirle sin alzar la voz:
- A callarse o… - al tiempo que hace el gesto de dispararle.
   El anciano se queda temblando como el azogue. Tal es el miedo pasado que se le se aflojan los esfínteres de la vejiga y en las perneras del pantalón aparecen unas delatoras manchas. Se ha orinado encima.
   Antes de que salga nadie del museo, cuyas puertas exteriores da la impresión de que han sido bloqueadas desde el interior, los atracadores se dividen, tres suben al furgón y el presunto taxista y el que ha disparado cogen el taxi. Ambos vehículos salen raudos arrollando las dos endebles barreras que interceptan el acceso al lugar, la del propio museo y la de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, que es el edificio contiguo. Los vehículos de los ladrones toman la avenida de los Reyes Católicos, la única salida posible, siguen por la avenida del Arco de la Victoria y se pierden en dirección a la Ciudad Universitaria o quizá hacia la A-6, más conocida en los pagos de la villa y corte como la Carretera de la Coruña o A Coruña como se llama oficialmente ahora.
   Pasados unos minutos desde que se fueron los asaltantes, las puertas del museo se desbloquean y comienzan a salir los primeros funcionarios. Primero, los vigilantes de seguridad que se aprestan a socorrer a su compañero caído, no hay nada que hacer, enseguida comprueban que ha fallecido. Salen más funcionarios del museo y también personas que lo estaban visitando y a la entrada del edificio se forman corrillos en los que unos y otros se preguntan qué ha pasado realmente. Hasta que sale un individuo de mediana edad que pide tanto a los empleados como a los visitantes que vuelvan a entrar en el museo, consejo que le ha dado la policía por teléfono. Que fuera solo queden los vigilantes de seguridad.
   Apenas han pasado unos minutos cuando llega el primer auxilio, una uvi móvil del SAMUR. Casi al mismo tiempo llega un coche de la policía nacional y otro de la municipal. Poco después, aparece otro vehículo de la Comisaría de Moncloa/Aravaca, distrito en el que está ubicado el museo. En poco tiempo, la pequeña explanada se llena de coches oficiales: los vehículos  de los componentes de la comisión judicial con el juez, el secretario, el fiscal y el médico forense; la policía judicial llega en otro coche. Siguen apareciendo más fuerzas de seguridad: coches de la Jefatura Superior de Policía, de la Brigada Central de Investigación de la Delincuencia Especializada y de la Brigada de Patrimonio Histórico. Tal afluencia de vehículos produce un caos circulatorio en la vía de acceso al museo, que por otra parte no tiene salida. Un par de agentes de movilidad tratan en vano de poner algo de orden en el atasco que se ha formado. Los agentes están un tanto desconcertados ante la concentración de fuerzas de orden pues solo saben que han asesinado a un vigilante de seguridad y que han robado un furgón. Motivos ambos que no son tan excepcionales como para que se haya montado el circo que hay delante del museo. Lo que provoca que uno de ellos exclame:
- ¡Joder, ni que se hubieran cargado al mismísimo Rey!
   A lo que su compañero, quizá más leído o más imaginativo, apostilla con sorna:
- A lo mejor es que el furgón que han chorizado llevaba el Guernica de Picasso.