viernes, 19 de febrero de 2016

02. Asalto al furgón blindado



   Sentado en un murete ante la entrada de las oficinas del Museo de América, el viejo está pensando que ese sol de finales de octubre no calienta demasiado, además hay unas nubes altas que, aunque no demasiado densas, se bastan para que el astro rey no luzca como suele hacerlo en el otoño madrileño, nubes que también logran desdibujar los contornos de la Sierra de Guadarrama que apenas se divisan en la lejanía.
   Unos escolares comienzan a salir del museo y esperan a que llegue el autobús que les devolverán a su colegio. Algunos de ellos se ponen a jugar deslizándose entre los veinticuatro desnudos mástiles que flanquean la acera del museo hasta que son reconducidos al grupo por una de las maestras que los vigilan. Deben ser alumnos de un centro privado porque van de uniforme y llevan un escudo ovalado en el jersey del que el anciano no es capaz de distinguir su leyenda. Tras unos minutos de espera, llega el autobús que estaba aparcado en el parking lateral del museo y los chavales formando parejas van subiendo al coche. Cuando el vehículo arranca, en la recoleta plazuela, si se le puede llamar así, solo quedan el viejo y su nieto, un grupo de cuatro hombres muy barbados, que por sus vestimentas y las cámaras que llevan posiblemente sean turistas, y un taxista, eso parece pues está apostado junto a un taxi que tiene apagada la luz verde de libre. Posiblemente esté esperando a unos clientes que deben estar visitando el museo, piensa el viejo que, como no tiene nada mejor que hacer, se fija en todos los detalles de cuanto ocurre a su alrededor.
   Una aparición poco frecuente rompe la paz de la plazuela, de hecho es la primera vez que ocurre desde que el viejo pasea por esos andurriales. Un furgón blindado, de matrícula francesa, se detiene delante de la puerta principal del museo. De su cabina desciende un guardia fuertemente armado que echa una mirada a su alrededor, solo ve al viejo junto al cochecito infantil, al grupito de turistas que siguen fumando y comentando algo entre risas y chanzas y al taxista apoyado en su vehículo. Hace una seña a los dos ocupantes que restan en la cabina. Un segundo hombre se apea y conversa con el guardia. Hay un tercer ocupante, el conductor, que sigue en la cabina hasta que ve salir del museo a dos mujeres de mediana edad vestidas con sendos guardapolvos blancos. Una de ellas lleva colgado en banderola una especie de contador de partículas, la otra lleva una tablilla portapapeles y un móvil. Se dirigen a los hombres del furgón quienes las saludan muy cortésmente. El guardia no participa en el encuentro, sigue atento a cuanto pasa en el entorno.
   De improviso, todo cambia en un abrir y cerrar de ojos. El aparente taxista, que paseando se ha acercado al furgón, empuña una pistola y conmina al guardia a tumbarse en el suelo al tiempo que le arrebata el arma. Los presuntos turistas, que también han sacado armas, rodean a los conductores del transporte y a las empleadas del museo al tiempo que les ordenan:
- Al suelo.
   No dicen mucho más, pero las pistolas que empuñan son suficientemente elocuentes. Todo está pasando a un ritmo vertiginoso, los asaltantes apenas han necesitado poco más de dos minutos para controlar la situación.
   Un testigo inesperado aparece en escena: el vigilante de seguridad de las oficinas, fumador impenitente, hace una de sus periódicas salidas para fumarse un pitillo. Inmediatamente se da cuenta de lo que ocurre. No va armado, pero lo que hace es pulsar su walkie-talkie para dar la alarma, aunque seguramente los vigilantes que están en la sala de pantallas de las cámaras de seguridad han tenido que verlo todo puesto que hay dos cámaras que enfocan la entrada del museo. Uno de los falsos turistas se aproxima al vigilante y le dispara al pecho, cae fulminado, la bala le ha destrozado el corazón.
   A excepción hecha de los asaltantes, solo queda en la plazuela una persona en posición vertical, el anciano que mira lo que está sucediendo con una mezcla de estupor y miedo. El atracador que ha disparado al vigilante dirige su pistola al abuelo quien aterrado se inclina sobre el cochecito de su nieto como queriendo protegerlo con su cuerpo. El asaltante parece que va a disparar, pero se limita a mirar fijamente al viejo y decirle sin alzar la voz:
- A callarse o… - al tiempo que hace el gesto de dispararle.
   El anciano se queda temblando como el azogue. Tal es el miedo pasado que se le se aflojan los esfínteres de la vejiga y en las perneras del pantalón aparecen unas delatoras manchas. Se ha orinado encima.
   Antes de que salga nadie del museo, cuyas puertas exteriores da la impresión de que han sido bloqueadas desde el interior, los atracadores se dividen, tres suben al furgón y el presunto taxista y el que ha disparado cogen el taxi. Ambos vehículos salen raudos arrollando las dos endebles barreras que interceptan el acceso al lugar, la del propio museo y la de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, que es el edificio contiguo. Los vehículos de los ladrones toman la avenida de los Reyes Católicos, la única salida posible, siguen por la avenida del Arco de la Victoria y se pierden en dirección a la Ciudad Universitaria o quizá hacia la A-6, más conocida en los pagos de la villa y corte como la Carretera de la Coruña o A Coruña como se llama oficialmente ahora.
   Pasados unos minutos desde que se fueron los asaltantes, las puertas del museo se desbloquean y comienzan a salir los primeros funcionarios. Primero, los vigilantes de seguridad que se aprestan a socorrer a su compañero caído, no hay nada que hacer, enseguida comprueban que ha fallecido. Salen más funcionarios del museo y también personas que lo estaban visitando y a la entrada del edificio se forman corrillos en los que unos y otros se preguntan qué ha pasado realmente. Hasta que sale un individuo de mediana edad que pide tanto a los empleados como a los visitantes que vuelvan a entrar en el museo, consejo que le ha dado la policía por teléfono. Que fuera solo queden los vigilantes de seguridad.
   Apenas han pasado unos minutos cuando llega el primer auxilio, una uvi móvil del SAMUR. Casi al mismo tiempo llega un coche de la policía nacional y otro de la municipal. Poco después, aparece otro vehículo de la Comisaría de Moncloa/Aravaca, distrito en el que está ubicado el museo. En poco tiempo, la pequeña explanada se llena de coches oficiales: los vehículos  de los componentes de la comisión judicial con el juez, el secretario, el fiscal y el médico forense; la policía judicial llega en otro coche. Siguen apareciendo más fuerzas de seguridad: coches de la Jefatura Superior de Policía, de la Brigada Central de Investigación de la Delincuencia Especializada y de la Brigada de Patrimonio Histórico. Tal afluencia de vehículos produce un caos circulatorio en la vía de acceso al museo, que por otra parte no tiene salida. Un par de agentes de movilidad tratan en vano de poner algo de orden en el atasco que se ha formado. Los agentes están un tanto desconcertados ante la concentración de fuerzas de orden pues solo saben que han asesinado a un vigilante de seguridad y que han robado un furgón. Motivos ambos que no son tan excepcionales como para que se haya montado el circo que hay delante del museo. Lo que provoca que uno de ellos exclame:
- ¡Joder, ni que se hubieran cargado al mismísimo Rey!
   A lo que su compañero, quizá más leído o más imaginativo, apostilla con sorna:
- A lo mejor es que el furgón que han chorizado llevaba el Guernica de Picasso.

martes, 16 de febrero de 2016

Capítulo 1. El robo.- 01 Las mañanas de un viejo


   El viejo cambia otra vez de postura, ya no sabe de qué lado ponerse. Mira el despertador, son las siete treinta. Casi debe faltar una hora para que salga el sol, piensa. Intenta volver a dormirse, no hay manera. Aburrido, se levanta. Se pone la bata, entra en el baño y lava con agua las gafas que luego seca con una gamuza. Echa una larga mirada a la imagen que le devuelve el espejo.
- Otro día más, Manolo – le dice en voz alta a la imagen.
   En el saloncito, a la vez comedor y sala de estar, toma del cestillo donde se amontonan los medicamentos una pastilla de fenofibrato, a su edad hay que mantener el colesterol a raya. En la minúscula cocina prepara un desayuno poco convencional. Saca un break del frigo y vierte caldo de cocido en un cazo que pone a calentar en la cocina de gas. En un plato sopero echa un chorrito de fino y añade dos cucharadas de arroz basmati ya cocido. Casca un huevo crudo y lo bate en el plato. En vez de sal espolvorea la mezcla con una pizca de pimienta molida, también hay que controlar la hipertensión. Cuando hierve el caldo, lo vierte en el plato y luego desmenuza una rebanada de pan integral. Ha concluido la primera parte de su peculiar almuerzo. La segunda empieza calentando en el microondas un bol de café con leche, cuando lo saca le añade dos cucharadas soperas de cereales y un puñadito de pasas. Con la parsimonia propia de los ancianos, al terminar tan singular refrigerio pone los cacharros que ha usado bajo el grifo y luego los guarda en el lavavajillas. Se lava los dientes y se vuelve a meter en la cama, ni siquiera se ha quitado el pijama. Coge el ordenador portátil que tiene en la mesilla de noche y lo abre. Mira el ángulo inferior derecha, donde están la hora y la fecha.
- Veintidós de octubre del dos mil  quince. Hoy cumples ochenta años y diez días, Manolo. Quien iba a decirte que durarías tanto – se dice, otra vez en voz alta. Desde que falleció su esposa y vive solo, han pasado ya diez años, suele hablar en alta voz a menudo. Es algo que le sigue sorprendiendo. Ni él mismo sabe por qué lo hace. Alguna vez ha pensado que debe hacerlo para escuchar algún otro sonido que no sea el de la tele.
   La primera web que abre es la de la Agencia Estatal de Meteorología para ver el tiempo previsto. Hace muchos años que tiene esa costumbre. Más de una vez ha pensado el porqué de esa manía si toda su vida ha trabajado bajo techado, quizá sea la huella de una infancia transcurrida en un pueblo agrícola donde sí importaba saber el tiempo que iba a hacer. Luego, se dice: ¿qué diario toca hoy? Ah, sí, El País. Entra en Mozilla y luego en Kiosco, hace clic y se despliega la portada del rotativo madrileño en su versión on line.
- A ver qué desastres nos cuentan hoy – dice una vez más en voz alta.
   La noticia central a tres columnas es: El PSOE subirá los impuestos a las grandes empresas. Bueno, piensa, eso es vender la piel del oso antes de cazarlo. Antes tendrán que ganar las elecciones, pero la propuesta me parece bien, mientras no nos lo suban a los jubilados a las grandes empresas que les den, son las que más ganan y las que menos impuestos pagan. La segunda información dice: El escándalo del 3 % alcanza de lleno a Más y a la Generalitat, y un subtítulo: Detenidos el tesorero de CDC y el director de infraestructuras catalán. Y luego decían, comenta para sí, aquello de que España nos roba y los que se llevaban la pasta a Andorra los tenían bien cerquita. En la foto central de la portada aparecen Putin y El Asad avanzando por un pasillo con gesto resuelto. Ya veremos cómo termina lo de Siria, se dice, porque entre el ruso y el sirio no sé quién es menos demócrata. Hay otra foto mucho más pequeña en la que aparece Villar, el presidente de la Federación Española de Fútbol, su título es: La FIFA también investiga a Villar. La mierda ha llegado hasta el fútbol, piensa, y es que la codicia no tiene límites ni respeta nada. No sé adónde vamos a llegar.
- Bueno, pues prensa leída – dice. La frase le evoca otros tiempos, allá por la década del setenta, de cuando era lector del Ya por las mañanas y de El Pueblo por las tardes. Tras la desaparición de ambos rotativos toda una peripecia por distintas cabeceras: El País, Diario 16, El Mundo; terminó siendo lector de ABC, lo que en algún momento le llevó a pensar que cuanto más viejo más conservador se estaba haciendo. La prensa de papel dejó de existir para él cuando sus hijos le convencieron de que sería más práctico usar el ordenador que acababan de regalarle y leer la prensa en versión digital, sentado cómodamente en la cama, que es lo que ha terminado haciendo. Al principio leía varios medios hasta que se fue cansando y reduciendo su número. En una segunda etapa terminó leyendo solamente un par de periódicos y ahora, hace ya más de tres años, está en la tercera fase: salvo que haya noticias extraordinarias, solo abre un periódico al día y se limita a ojear la portada. Lo hace por ese orden: El País, El Mundo y ABC. Hay días que le echa una mirada al Marca y muy de tarde en tarde abre algún periódico de provincias o algún digital. Alguna vez se ha dicho que como haya una cuarta etapa consistirá seguramente en no abrir ninguno. Le da en la nariz que, más pronto que tarde, llegará a esa fase.
   Cerca de las diez cierra el ordenador, se levanta de la cama y se arregla. Hoy es jueves y tiene dos importantes obligaciones en su laxa agenda semanal: por la mañana, pasear un rato a Julio, su segundo nieto, que acaba de cumplir siete meses. Y por la tarde, jugar la reglamentaria partida de dominó con sus amigos de tertulia, otros tantos jubilados como él.
- Papá, no vayas muy lejos que tengo hora con el pediatra a la una y media – le informa su hija Clara cuando le entrega su retoño. Padre e hija viven puerta con puerta.
- Pienso ir al Museo de América que es un lugar tranquilo y está cerquita.
   El viejo, conduciendo el aparatoso carrito del niño, sale de casa, casi al final de Hilarión Eslava, y tuerce hacia Cea Bermúdez hasta la plaza de Cristo Rey, la bordea por el lado en el que está la Fundación Jiménez Díaz, buscando el sol, y desciende un trecho por la avenida de los Reyes Católicos hasta la entrada que da paso, hacia la derecha, a las urgencias de la Clínica de la Concepción. Allí lo que hace es girar a su izquierda y pasar delante de un señero edificio que para él sigue siendo el Instituto de Cultura Hispánica, pero que ahora ostenta el pomposo nombre de Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, la AECID en el laberíntico mundo de las siglas. Un poco más y está ante otro edificio mucho más grandioso que el anterior: el Museo de América. Fin del trayecto.
   Al llegar a la recoleta explanada delante del museo, el anciano arrima el cochecito al murete que bordea la entrada a las oficinas. Es un lugar abierto y soleado. Otro aspecto que le gusta es la tranquilidad, los visitantes del museo no suelen ser muy numerosos, quizá porque está en un sitio apartado y al que solo se puede acceder a pie; si se quiere hacerlo en coche ha de ser en taxi o en autobús para las visitas en grupo.
- Bueno, Julito – solo utiliza el diminutivo cuando está a solas con su nieto, su hija se empeña en que hay que llamarle por su nombre tal cual -, ahora te vas a portar bien y te duermes aunque solo sea un ratito, así el abuelo podrá leer tranquilo.
   El viejo echa una ojeada a su nieto, al fin se ha dormido y podrá descansar un rato, calcula que unos veinticinco minutos, antes de que se despierte y tenga que volver a pasearlo hasta la hora que le ha marcado su hija. Está cansado y le duelen un tanto los pies. Nunca fue un buen andarín y los años comienzan a pesarle. Pese a ello, piensa que no puede quejarse, el tren inferior todavía resiste y aún camina erguido, aunque el ritmo de sus pasos es bastante más pausado que antaño. Pone el freno al coche y se sienta en el murete. Saca un libro del bolsillo, “La larga marcha” de Rafael Chirbes, y lo vuelve a guardar, no tiene ganas de leer. Cada vez tiene menos ganas de todo.
- Condenada vejez – refunfuña -, al final te cansas de todo.

viernes, 12 de febrero de 2016

*** Últimas noticias sobre el Tesoro Quimbaya


 
   El periódico El País de 25 de enero de 2016, en su página veinticinco y a cinco columnas, traía una crónica cuyo titular era: El tesoro de la cultura quimbaya, un regalo que se ha envenenado. Y en el centro dos fotos, la primera cuyo pie decía: Algunas de las piezas de oro del tesoro quimbaya expuestas en el Museo de América en Madrid. El pie de la segunda foto: Abajo, la sala donde se pueden ver las obras.
   En síntesis, la información recogida por el diario madrileño describe como fue la donación a España del Tesoro Quimbaya y cuál es el problema que ahora se plantea respecto a esta colección única de la cultura precolombina. Se trata de que la Corte Constitucional, la mayor instancia de Colombia en este caso, tendrá que decidir en breve si resulta viable la solicitud que plantean varios particulares de aquel país para que su Gobierno busque, a través de la Unesco, que las 122 piezas de oro del tesoro, donadas a la Corona española por el presidente Carlos Holguín en 1893, sean devueltas a Colombia.
   La Corte Constitucional ha convocado a las partes – el Gobierno, el letrado demandante, la Unesco, historiadores y directores de museos – a una audiencia pública en la que expondrán sus posturas, algo inusual. Tras escuchar los argumentos, los magistrados deberán tomar una decisión definitiva que, por la complejidad del pleito, podría tardar varios meses.
   Si la Corte fallara a favor del demandante, un abogado colombiano, tendría que ordenar al Ejecutivo que activara la reclamación del tesoro por medio del tratado de la Unesco de repatriación de bienes culturales.
   ¿Se quedará el Tesoro Quimbaya en España o regresará a la tierra donde permaneció enterrado hasta 1891? Otro misterio más para añadir a los que encierra la novela que comenzará a aparecer en este blog a partir del próximo día 16.