viernes, 8 de enero de 2016

10.7. Sobre la discreción



   La mujer se desprende de los brazos que han estado aprisionándola y mira al hombre con los ojos entornados y una sonrisa maliciosa.
- Como estás hoy. Parece como si tuvieras veinte años.
- La culpa es tuya. No he podido verte en los tres últimos días.
- No creas que no lo he sentido, pero mientras tenga que ayudar a mi marido en las tareas del campo, y más en tiempo de cosecha, voy a tener que estar casi todo el día fuera de casa.
- ¿Y eso no habría forma de arreglarlo?
- Posiblemente, pero para ello debería de tener una excusa para quedarme en casa. Y lo he estado pensando, no creas. Otra historia sería si tuviera una tienda o algún establecimiento, entonces tendría que atenderlo y Rosendo debería apañárselas solo.
- ¿Un establecimiento como un bar?
- No, un bar no, dan mucho trabajo y hay que tenerlos abiertos todo el día. Mejor una tienda de esas que tienen horario fijo, de tal a tal hora. Así tendría tiempo para atenderlo, cuidar de mi madre y podríamos vernos todos los días.
   Milagros lo tiene muy pensado. Pretende abrir una mercería en la que también se cogerían puntos de media y para ello necesita la ayuda económica del médico. No quiere pedírsela directamente, ha de maniobrar para que la propuesta parta de él. Y debe de hacerlo antes de que Lapuerta se canse de ella, porque sabe que más pronto que tarde se le pasará la fiebre. Y eso puede ocurrir en cuanto comience a propagarse el rumor de que están liados. Cualquiera sabe cómo reaccionará doña Angustias, puede montar una buena, con lo orgullosa que parece ser. En cuanto al Rosendo, por ahí no hay peligro, sobre todo si consigue que Manolo le monte la tienda. Su marido es de los de dame pan y llámame tonto.
- Una tienda, eh. Me parece buena idea. ¿Has pensado en algo concreto?
- Desde luego tendría que ser algo pequeño que lo pudiese llevar yo sola, que no diese un trabajo excesivo y que no fuese muy cara de montarla y mantenerla. Creo que lo más que se ajusta a esas condiciones sería una mercería, pero solo con los artículos propios de un establecimiento de ese tipo como hilos, cintas, puntillas, botones, lanas; en fin, todas esas cosas que nos chiflan a las mujeres. Si tuviera dinero ya la habría puesto.
- Por el dinero no te preocupes.
   Lapuerta al entrar en casa, le echa una ojeada al cuaderno en el que su mujer anota los avisos de visitas. Le sorprende encontrar el nombre de Sanchís, el boticario.
- Angustias, ¿qué quería Pepe?
- No me lo ha dicho. Dice que no es necesario que vayas a verle, que volverá.
   Al día siguiente, Lapuerta recibe la visita del farmacéutico. Le hace un reconocimiento y no encuentra ninguna disfunción significativa, salvo el problema prostático que Sanchís arrastra hace años.
- Estás como un chaval, Pepe. En cuanto a la próstata la tienes algo inflamada. Te sugiero que vayas a ver al urólogo y que te eche un vistazo. Yo ahí poco puedo hacer.
- Ya me lo imaginaba… Bueno, ¿y qué cuentas? Últimamente se te ve poco por el café.
- Es que tengo mucho trabajo – Manuel no está por dar demasiadas explicaciones y cambia de registro - ¿Qué sabes de tu sobrino, cómo le va por Avilés?
- No le reconocerías. Se ha echado encima un montón de quilos y bebe más que una esponja…, pero parece feliz. En honor a la verdad he de decir que, personalmente, me fastidió que se casara con la moza asturiana y más que se fuera a Avilés. Ya sabes que pensaba traspasarle la farmacia cuando me retirase, pero ya ves, una vez más el hombre dispone y… la mujer todo lo descompone. Aunque no soy justo diciendo eso. Lo cierto es que María José es una gran chica y creo que Enrique acertó casándose con ella, por mucho que me hiciera la santísima.
- Bueno, si es feliz eso es lo que importa, todo lo demás, al final, humo. Tuvieron un crío, ¿no?
- Ya tienen dos. Una parejita de guajes como les llama la avilesina.
- ¿Y la farmacia qué tal les va?
- Fenomenal. Allí hay mucho dinero. Están construyendo unos altos hornos que van a ser más importantes que los de Vizcaya y el parné circula que da gusto. En eso si ha ganado no quedándose aquí. Cambiando de tercio: ¿te ha llegado el rumor de qué Gimeno podría irse a Valencia?
- Algo he oído.
- Pues sí se va, ya podemos prepararnos para otra batalla entre sus sucesores. ¿Quién crees que se va a quedar con la vara de mando?
- Es difícil predecirlo. En esta ocasión, a diferencia de otras, no hay aspirantes nítidos al cacicazgo.
- ¿Podrían volver los Arbós?
- Hombre, los Arbós nunca se han ido del todo, aunque desde que falleció Benjamín la decadencia de la familia ha sido notoria. Continuarán manteniendo su cuota de poder pero sin dar la cara. Tratarán de seguir influyendo por personas interpuestas, pues Rodrigo tiene poco fuste, Antonino y Gonzalo no cuentan y entre los sobrinos no veo a ninguno con talla suficiente para tomar las riendas.
- ¿Crees que Paco Vives podría tener chance otra vez?
- Pues todo es posible, pero lo dudo. Puestos a especular, y lo digo porque no tengo ninguna base para sustentarlo, apostaría a que si se confirma la marcha de Gimeno le sucederá un funcionario, debidamente tutelado, claro.
- ¿Y por qué precisamente un funcionario debidamente tutelado?
- Ya te digo que es una mera especulación, pero intuyo que los tiros pueden ir por ahí. ¿Por qué un funcionario? Porque la mentalidad funcionarial le cuadra a este pueblo como un guante. Se trata de dar la impresión de que algo cambia para que todo permanezca igual. Y los funcionarios suelen ser maestros en el arte de dar más importancia al parecer que al ser. En cuanto a que esté debidamente tutelado, sabes tan bien como yo que los que siempre han cortado el bacalao no dejarán de embridar a quien, oficialmente, tome las riendas del poder.
   El auténtico motivo de la visita de Sanchís no es interesarse por el estado de su próstata, ni comentar como le va la vida a Enrique, ni chismorrear sobre la política local; es otro muy diferente y del que lleva algún tiempo dándole vueltas sobre si debería decírselo a Lapuerta. Tras mucho meditarlo, ha decidido que será la mejor prueba de amistad que puede ofrecer a su amigo, aunque pudiera ocurrir que a éste no le hiciera ninguna gracia. Lo que termina por decidirle es que sabe que el rumor ya está corriendo por los mentideros locales y es consciente de que posiblemente él sea la única persona que se atreva a planteárselo.
- A propósito, Manolo, hace tiempo que quería decirte una cosa. Le he dado muchas vueltas sobre sí sería lo más prudente, pero al final he llegado a la conclusión de que si no te lo digo yo no te lo va a decir nadie. Y si lo hago es porque me precio de ser buen amigo tuyo y porque tengo por ti un gran respeto, como persona y como profesional. Espero que entiendas que no es mi intención entrometerme en tu vida ni dar lecciones de moral a nadie...
   Es oír la palabra moral y el médico presiente lo que le va a decir el farmacéutico, pero le deja terminar.
- Simplemente sugerirte que deberíais ser más discretos.
   Sobre ser discretos quien podría darle unas cuantas lecciones al médico es Lola. Y eso en un pueblo pequeño es algo memorable y difícil, muy difícil.

martes, 5 de enero de 2016

10.6. Una esposa burlada espera a que escampe



   Los amigos ferroviarios de la tertulia nocturna de Manuel Lapuerta no andan muy desencaminados al comentar el cambio de comportamiento sufrido por su anfitrión. El médico está inquieto, nervioso, preocupado y lleva semanas así. Lapuerta siempre ha tenido a gala deslindar su vida privada de la actividad profesional, aunque como no es un santo en alguna que otra ocasión rompió ese principio deontológico. Errores que corrigió rápidamente, pero en estos momentos están emergiendo sentimientos y sensaciones que le tienen desconcertado. Cuando la joven se le insinuó, bueno no tan joven pues tiene ya veintiocho años, aparentó no darse cuenta de la velada invitación de Milagros. Aunque en ese momento no era una paciente directa pero sí lo era su madre, a quien visitaba periódicamente por una enfermedad crónica, consideraba que se imponía la ética profesional y no fue más allá. Mila, así la suele llamar ahora, era quien cuidaba a la enferma y, por tanto,  se veían y charlaban en cada una de las visitas. La relación se fue enredando hasta que una tarde, no sabría decir ni cómo empezó, terminaron en la cama. Al principio lo tomó como una complaciente y pasajera aventura, más gratificante aún en un momento de su vida en que comenzaba a notar como declinaba su virilidad. La manera en que reaccionó su cuerpo fue una agradable sorpresa. Todavía podía gozar y, lo que más le llenó de orgullo, aún era capaz de hacer gemir de placer a una mujer. Lo que nunca pudo imaginar es que a su edad pudiese ocurrirle lo que le está pasando. De ahí su desasosiego. Nunca fue un mujeriego, ni siquiera cuando era joven, y ahora, cuando está más cerca de los sesenta que de los cincuenta, se ha enredado con una mujer a la que lleva treinta años y que está casada. Cada vez que se acuesta con ella se dice que va a ser la última vez, pero se engaña miserablemente, en cuanto pasan unos días sin verla una especie de fiebre le conduce irremisiblemente a sus brazos. Se siente más joven y con más ganas de vivir. Los emparejamientos con su esposa han ido declinando con el paso del tiempo y ni siquiera recuerda la última vez que yacieron. A ella no debe de importarle demasiado porque no se ha referido al sexo ni una sola vez. De todas formas, sufre pensando que su mujer pueda enterarse de su infidelidad. Ha procurado ser muy discreto y, dada su profesión, nadie se extraña de verle entrando en cualquier casa, pero es consciente de que es cuestión de tiempo que el romance sea pasto de las chismosas. También le preocupa lo que le pueda pasar a Mila, sobre todo en relación a su marido, nunca se sabe cómo puede reaccionar un hombre cornudo. Lo que menos le preocupa es su reputación y lo que puedan decir de él.
   Acaban de mantener un encuentro tan apasionado como de costumbre. Manuel sigue asombrándose de donde puede sacar tanto vigor, da la impresión como si tuviera veinte años. Nunca antes había sido tan fogoso. Piensa que ya no se trata solo de una mera atracción sexual, la verdad es que Mila le gusta cada vez más y cuando está a su lado el tiempo le pasa volando. Ha pensado todas las posibilidades que tiene y no encuentra una salida que sea pasablemente razonable. Si continúa su relación terminará sabiéndose y entonces no le quedarán más alternativas que terminar con Mila o irse del pueblo y, además, arrostrar la imprevisible reacción de Angustias. Quizá marcharse fuera la mejor solución, no soportaría que su mujer fuese el blanco de los chismorreos, pero si se va, ¿con cuál de las dos? Nunca se creyó capaz de dejar a su esposa por otra mujer, pero últimamente ya comienza a dudarlo. Decide dejar de pensar en lo que no parece tener solución y que sea el tiempo quien termine poniendo las cosas en su lugar. Al llegar a casa Angustias, como hace siempre, le informa de los avisos de visitas que se han acumulado a lo largo de la tarde.
- Manolo, tienes tres avisos. Les dije que si no venías muy tarde te pasarías. Solo hay uno urgente, el de la mujer de Llombart. Por los síntomas que me ha contado el marido podría tratarse de un cólico nefrítico.
- La verdad es que se me ha ido la tarde de mala manera. Tampoco tenía tantas visitas, pero últimamente me lío a charlar con cualquiera de no importa qué y se me va el tiempo sin sentirlo. Me voy a casa de los Llombart a ver qué le ocurre a la buena de Maripepa. Si me retraso, cena y no me esperes. Ya tomaré cualquier cosilla.
- No te preocupes. Llegues a la hora que sea, te estaré esperando para calentarte la cena.
   Angustias cierra los ojos para no llorar. Un hondo suspiro se le escapa. Quién le iba a decir que a estas alturas de su vida tuviese que sufrir el calvario por el que está pasando. Cuando se lo contaron no se lo creyó, pero el tiempo se ha encargado de corroborarlo: su Manolo le engaña con una mujer mucho más joven que ella. Su sorpresa fue mayor al averiguar de quien se trataba. Conoce a la joven de haberla visto en la consulta, hasta ha cruzado algún saludo con ella, pero poco más. ¿Qué habrá podido ver Manolo en esa mujer?, se pregunta. Sí, es joven y no mal parecida, pero tampoco es una belleza y, para su gusto, es demasiado jamona, seguro que en cuanto pasen unos años se va a poner fondona. Y por otra parte, Manolo, que tanto presume de intelectual, ¿qué conversaciones puede mantener con una chica que solo ha ido a la escuela del pueblo y que apenas conoce mundo? Solo puede haber un motivo: el sexo. Hace muchos meses que no la busca y ella no ha hecho nada para ofrecerse, una mujer decente no debe de insinuarse al marido. Hasta ahí podríamos llegar. La tal Milagros le debe de dar gusto y los hombres, ya se sabe, por viejos que sean siempre están dispuestos a demostrar que siguen siendo muy machos. Se consuela diciéndose que pueden ser los coletazos de una virilidad que va a menos. Lo que también le preocupa es el escándalo. Si el adulterio continúa acabará por saberse y ya se imagina a las comadres contando toda clase de detalles sobre la pareja, los que sepan y los que se inventen. No le hace ninguna gracia ser la diana de los corrillos de las chismosas, pero tendrá que pasar por encima y no darse por enterada. Ojalá el marido de esa desvergonzada piense como ella y no monte una bronca. Solo faltaba eso. Sabe que su esposo le ha sido infiel otras veces, dos que ella sepa, pero las aventuras fueron fugaces. En esta ocasión el devaneo parece que dura más que en anteriores ocasiones, aunque seguro que acabará desvaneciéndose. Lo que tiene muy claro es cual debe de ser su comportamiento: hacerse la tonta como si no supiese nada, aguantar el tirón y esperar a que escampe. Pronto o tarde, Manolo terminará por cansarse y volverá al redil.
   La infidelidad del médico no pasa desapercibida para algunas personas, pero curiosamente no se convierte en motivo de escándalo y, más sorprendentemente todavía, el hecho no es pasto de los chismorreos en los lugares más proclives a ello como son los lavaderos municipales. Sea por el gran prestigio, tanto personal como profesional, que tiene Lapuerta, sea por el respeto casi tribal que en los pueblos pequeños se tiene a los médicos, el rumor sobre el adulterio pasa como de puntillas y no es condenado. Hay excepciones.
- ¿Sabes lo que me han contado esta mañana? – pregunta Fina.
- ¿Sobre qué o sobre quién? – repregunta Lola un tanto inquieta.
- Una de cuernos. Parece que don Manuel se ha liado con Milagros la de Rosendo.
- ¿Don Manuel de viejo verde? No sé si creérmelo.
- Pues según todos los indicios así es. Cada vez que va a visitar a la madre de Mila, igual se tira allí media tarde. Ya me dirás que hace durante tanto tiempo. Para tomarle el pulso y mirarle la lengua bastan unos minutos.
- Me dejas de piedra y que se trate de don Manuel mucho más. Es del último que hubiera esperado una cosa así. Desde luego, los hombres son todos unos cerdos, lo único que parece interesarles es que nos abramos de piernas – la última frase la dice Lola como trufada de rencor.
- Pues yo lo siento por doña Angustias – comenta Fina -. Una mujer que es más buena que el pan.
- Bueno, de eso habría que hablar mucho y largo. Hay mujeres, como hay hombres, que buscan fuera lo que no encuentran en casa. Y es posible que doña Angustias sea una bendita, pero igual en la cama es una sosaina que no es capaz de darle gusto a su marido.
- Lola, últimamente eres un saco de contradicciones – apunta Fina -. Hace un momento condenabas a don Manuel y ahora das razones que lo justifican. No te entiendo.
- Yo sé lo que me digo y porqué lo digo – es la enigmática respuesta de Lola.

martes, 29 de diciembre de 2015

10.5. Antes pierde el viejo el diente que…



   En la pugna por ver quien se lleva el gato al agua en el asunto de cubrir las dos vacantes de guarda de campo que se han producido, cada uno de los poderes fácticos del pueblo juega sus mejores cartas. Si el párroco ha logrado la intervención del obispo de Segorbe, los Arbós maniobran en la Delegación de Sindicatos para que sus apadrinados sean los únicos aspirantes con serias posibilidades de ser elegidos, tanto Rodrigo como Leoncio les han prometido que las plazas serán para ellos y están dispuestos a gastar cuanta pólvora sea precisa para alzarse con el trofeo. El hecho de presidir la cooperativa y la hermandad proporciona a los Arbós una notable ventaja sobre los demás competidores. Gimeno es quien decide en el Ayuntamiento y en la jefatura local de Movimiento y cuenta con poderosos amigos en la capital, pero es consciente de que no juega en su campo, aun así está convencido de que puede conseguir que sus dos pupilos sean los ganadores de la lid. Cuando lo comenta con su mujer, Lola le convence de que colocar ambos no es la mejor solución.
- Puedo lograr que salgan los dos.
- Es posible, José Vicente, pero no estoy muy segura de que sea la mejor apuesta.
- ¿Dónde está el problema?
- El problema radica en que, generalmente, no es bueno dejar al rival sin nada que llevarse a la boca, salvo que decidas matarlo, metafóricamente hablando, claro. Todos sabemos que el clan, desde la desaparición de Benjamín, no tiene la misma fuerza que antes, pero si les pones entre la espada y la pared pueden decidir morir matando y en esa tesitura hasta el más pequeño rival se convierte en un peligro que puede ser letal.
- Entonces, ¿qué sugieres?
- Si estuviera en tu lugar negociaría con Rodrigo. Partiría la diferencia, un candidato para cada uno.
- Y con mosén Batiste, ¿qué hacemos? Porque mis fuentes aseguran que ha jugado fuerte con su candidato, parece que hasta ha metido al obispo de Segorbe en el fregado. Y una recomendación episcopal pesa mucho, como tú misma recordaste.
- Con el mosén no habrá problema. Ha llegado el momento de demostrarle lo que sabemos de sus trapicheos en la colecta para el mobiliario de la iglesia.
- Había olvidado que le tenemos pillado. Has hecho bien en recordármelo. Hablaré con él para que retire a su pupilo. 
- No creo que sea necesario que des le cara, envía a Marín.
- Pero, Lola, ¿crees que Fernando será capaz de convencer al cura?
- Si le enseña los papeles que te pasó Severino sobre las cuentas de la parroquia naturalmente que le convencerá. No lo dudes.
   Lola acierta. Pese a las acaloradas protestas de honradez del párroco, no debe de tener la conciencia muy tranquila porque termina retirando de la pugna a su recomendado. Ya es una contienda a dos: entre José Vicente y Rodrigo. Haciendo caso del consejo de su mujer, Gimeno trata de negociar con Arbós.
- Rodrigo, tenemos que hablar del concurso de los guardas de campo – hace tiempo que Gimeno dejó de tratarle de usted.
- Como quieras, José Vicente, pero hay poco que hablar de ese asunto. Es una cuestión de la Hermandad y quien va a tener la última palabra será mi sobrino Leoncio.
- Me parece que olvidas que el Ayuntamiento también tiene algo qué decir.
- Por descontado que os oiremos, pero una vez pasado ese trámite que, como sabes, es un mero paripé, será la Hermandad quien decida.
   Gimeno está contrariado, no esperaba encontrar a un Rodrigo prepotente y tan poco pactista. De todas maneras, insiste tratando de convencer a su oponente.
- Vamos a ver si nos ponemos en razón. Hay dos plazas, eso facilita las cosas. Te ofrezco una salida honorable para ambos, nos las partimos, una para cada uno.
- No hay nada que partir. La familia ya se comprometió y eso no tiene vuelta atrás.
- También yo comprometí mi palabra, pero lo mejor es enemigo de lo bueno y en esta situación no hay duda de que lo mejor es llegar a un acuerdo.
- Tendrá que ser en otra ocasión, José Vicente, en ésta no podemos aceptar. Las plazas serán para mis recomendados.
- Mira, Rodrigo, te pido que entres en razón. Yo también podría enrocarme, pero creo más inteligente no hacerlo y llegar a un acuerdo. No se te oculta que si presento batalla tengo muchas armas y puedo hacer daño, gane o no. Por tanto, antes de que una de las dos partes o ambas tengan que lamentarlo la más elemental prudencia aconseja no enfrentarse y pactar.
- Lo siento, José Vicente, pero esta vez no va a poder ser. Como te he dicho, nos hemos comprometido y está nuestro buen nombre en juego.
- ¿Es tu última palabra?
   Rodrigo asiente. Gimeno sale cabreado de la entrevista por la inmovilista posición de su rival. No le apetece nada enfrentarse a los Arbós ni tener que poner a prueba sus influencias en la capital, pero no le va a quedar otro remedio porque si no su crédito político va a quedar por los suelos.
- No ha habido manera de convencerle, Lola. Se ha cerrado en banda y no ha querido saber nada de ninguna clase de pacto.
- ¿Sabes?, tampoco me extraña tanto. Siempre creí que Rodrigo tenía poca cintura y acaba de demostrarlo. Eso no hubiese ocurrido con Benjamín, era mucho más inteligente y, por consiguiente, más flexible. Pero no hay mal que por bien no venga. Se nos presenta la ocasión de acabar de una vez por todas con el poder del clan. Has de conseguir, no solo derrotarles en lo de los guardas, que eso es lo de menos, sino borrarles del mapa político. Esta vez habrá que gastar todos los cartuchos de la canana.                                                                        
   Esa pelea entre bastidores ocurre en el pueblo mientras en el resto del país, en ese abril del cincuenta y cuatro, la noticia que está en la portada de toda la prensa es la llegada a Barcelona del carguero griego Semíramis, en el que regresan a España más de trescientos españoles que estuvieron enrolados en la División Azul y que fueron hechos prisioneros por los rusos. Han estado en gulags y cárceles hasta que gracias a la cooperación internacional y a los buenos oficios de la Cruz Roja el Gobierno de la URSS los ha liberado y han autorizado su repatriación. Su retorno se presenta como un éxito sin precedentes del Régimen y la emotividad de su llegada, registrada por las cámaras de noticiarios de medio mundo, reaviva en muchos los recuerdos de una guerra cuyas heridas siguen abiertas. Ballesta y Bonet, que siempre ponen en tela de juicio los éxitos gubernamentales, piden a Lapuerta que les cuente lo que dice la BBC sobre la llegada de los ex divisionarios. No les sorprende demasiado la respuesta del médico pues hace ya varias semanas que no les invita a su casa a escuchar la radio.
- La verdad es que hace algún tiempo que no la escucho. Solo sé lo que viene en los periódicos.
   El comportamiento del médico les tiene desconcertados, en especial a Celestino que es quien hace más años que le conoce.
- Hay que ver cómo ha cambiado este hombre.
- Si es que no parece el mismo – confirma Alfredo.
- Siempre le interesó la política y en cambio ahora todo parece importarle tres pepinos. Ni siquiera oye la BBC.
- Pues sin la radio inglesa no vamos a saber ni un pimiento de lo que está pasando porque tu galena cada vez se oye menos.
- Es que está muy viejita. Se fabricó en el treinta y seis o sea que tiene casi veinte años. Y al hilo de lo que comentábamos de don Manuel, no solo es que no escucha la radio, hay mucho más; según me ha contado el barbero en el ajedrez no da una a derechas, casi todos le ganan cuando era el número uno del pueblo. Dice que juega como sin fijarse, que hay que estar continuamente recordándole que le toca mover.
- ¿Qué cojones le puede pasar? – se pregunta Ballesta.
- Una de dos, o está enfermo o encoñado – afirma rotundo Bonet.
- No jodas. ¿Tú crees que aún se le levanta?
- Hombre, antes pierde el viejo el diente que la simiente.