martes, 22 de diciembre de 2015

10.4. Pelea de gallos



   La súbita e inesperada desaparición del patriarca de los Arbós no provoca el vacío de poder del clan que auguraba Lapuerta. De manera tácita, sin que los hermanos lo discutan, Rodrigo se hace cargo de manejar las riendas de la autoridad familiar. Ha estado muchos años a la sombra de Benjamín y se supone que ha debido de aprender de su hermano como bandearse en el alicorto pero sutil mundo del caciquismo local. Pronto se le presenta la ocasión en la que poner a prueba su habilidad y astucia. Es una clásica batalla pueblerina en la que no se enfrentan diferentes postulados ideológicos, ni hay una lucha entre fuerzas políticas de signo opuesto, ni se ventilan negocios importantes. Más bien, es una pelea a ras de suelo, tan prosaica como minúscula. Aparentemente, la pugna es por dos empleos, tan modestísimos que en otros pagos apenas se les prestaría atención. En el fondo solo es un pulso entre los distintos poderes fácticos, que se ven obligados a demostrar que mantienen su cuota de poder, es la única forma de que sigan respetándolos. Es lo que las lenguas afiladas han bautizado como pelea de gallos.
   En este caso la pelea tiene un origen totalmente casual: con apenas diez días de diferencia se han jubilado dos de los guardas de campo que, desde mil novecientos cuarenta y cinco, formaban parte del servicio de guardería rural sujeto al tribunal jurado de la Hermandad de Labradores y Ganaderos. Como cada vez que surge un empleo que suponga escapar del trabajo agrícola los candidatos forman legión. El trabajo de los guardas rurales consiste en recorrer y vigilar el término municipal, desde el amanecer hasta el atardecer, denunciando los delitos que se pudieran cometer contra la propiedad rural, hubiesen o no daños. Los guardas de campo, en cumplimiento de sus obligaciones, deben de elevar sus denuncias a un tribunal formado por el presidente de la Hermandad y tres vocales quienes, tras dar audiencia al denunciado y al afectado, aplican la sanción correspondiente que, por la cuantía del hurto o daño y la gravedad de la falta, varían desde uno a quince días de arresto menor y a multas de cinco a cincuenta pesetas. Las sanciones pecuniarias son las más habituales ya que los arrestos han dejado de ser efectivos. Ayuda a incrementar el número de aspirantes que los requisitos que establece el reglamento de las hermandades los cumplen muchos vecinos pues son bastante laxos. La edad exigida se sitúa en una horquilla de veintitrés a sesenta años. El único de los requisitos que muchos aspirantes no poseen es el de tener carné falangista, pero eso tiene fácil solución, para ingresar en el partido no hay prácticamente filtros y basta la mera solicitud para ser admitido.
   Como la nutrida grey de candidatos se apresura a buscar los correspondientes padrinos, se produce el inevitable choque entre los poderes fácticos: el sindical,  representado por Rodrigo, el político, que comanda Gimeno, y el religioso, por mosén Bautista. El alcalde no cuenta, Marín dirá lo que su mentor le indique.
   El proceso de las recomendaciones es sutil y complejo. Todos las buscan y si es más de una mucho mejor. Dado que en el pueblo todos se conocen y los parentescos son intrincados resulta fácil encontrar quien te eche una mano o, cuando menos, te prometa que va a hacer todo lo que pueda para conseguir el favor pedido. Quienes recomiendan, en principio lo tienen fácil, salvo cuando cuentan con un recomendado que, por las causas que fueren, desean verdaderamente que consiga el puesto; entonces se impone la ley del más fuerte y se produce el inevitable efecto de que las demás recomendaciones se conviertan en papel mojado. Al finalizar el plazo abierto para la presentación de solicitudes, cada uno de los poderes fácticos se queda con los dos candidatos que han logrado atesorar las mejores recomendaciones. Los demás no cuentan, aunque los padrinos tratarán de quedar bien con quienes les pidieron su ayuda con frases del tipo de:
- Pese a todos mis esfuerzos lamento informarte que…, hice cuanto pude pero…, desgraciadamente las plazas estaban dadas de antemano – Paradójicamente, este último argumento, pese a su vacuidad, suele convencer a la gente, quizá porque todos son conscientes de que las plazas no se otorgan por los méritos de los candidatos sino por la fuerza de los padrinos.
   Los merecimientos de los seis aspirantes más recomendados son similares y no hay ninguno que sobresalga del resto. Los candidatos están entre los veintitantos y la cuarentena y su experiencia para guarda de campo se reduce a que todos ellos cumplieron el servicio militar. En cuanto a sus ocupaciones actuales, los seis tienen la misma: son pequeños propietarios que trabajan sus tierras o, en su caso, las de sus padres y de vez en cuando se contratan como jornaleros. Para cualquiera de ellos supone un ascenso social ser guarda rural y llevar la banderola de cuero con la bruñida placa de latón con el nombre del pueblo en el centro y alrededor el lema Guarda de Campo. Y también la carabina ligera al hombro que refuerza la autoridad por si alguien se les enfrenta con algo más que palabras. Y lo más importante: significa tener un sueldo fijo todos los meses.
   Seis aspirantes para dos plazas, la pelea está servida. Cada grupo presiona cuanto puede para alzarse con el triunfo, pero hay un evidente desequilibrio entre las fuerzas en liza. Todas las bazas parecen estar a favor de los Arbós que son los que manejan la Hermandad Sindical de Labradores que, en definitiva, es el ente que más tiene que decir en el asunto. Aunque el Ayuntamiento también tiene voz en el proceso, no en balde en muchas localidades es el alcalde quien ostenta las competencias de sanción propuestas por los guardas. Parece que poder eclesiástico, representado por el párroco, es el padrino más débil. Mosén Bautista, que es consciente de ello y a sabiendas de que no va a poder sacar a sus dos candidatos, se centra en uno de ellos y toca todas las teclas posibles para que sea uno de los seleccionados. A través de un familiar consigue que el obispo de Segorbe se interese por su recomendado lo que le otorga mejores probabilidades. Como en un pueblo todo termina sabiéndose, y más si el recomendado alardea de la importancia de sus padrinos, la noticia pronto llega a oídos de Gimeno que se la comenta a su mujer:
- Mosén Batiste parece que ha conseguido que el Obispo de Segorbe se interese por uno de sus recomendados. ¡Aviado va el cura! Esta vez no le valdrán ni obispos ni el Papa de Roma que avalara al tarugo de su pupilo.
- ¡Ojito, Gimeno! – avisa Lola -. La recomendación directa de un obispo no es algo baladí en la España del nacionalcatolicismo. O sea, que tendremos que estar muy atentos a las posibles maniobras de mosén Batiste, no sea que nos gane por la mano.  

domingo, 20 de diciembre de 2015

*** NAVIDAD 2015


 
Como bien saben los lectores, este blog se cuelga en la red los martes y viernes. Pues bien, en la próxima quincena el blog no aparecerá los días 25 de diciembre y 1 de enero por coincidir esas fechas con las festividades de Navidad y Año Nuevo. Durante ese lapso los únicos días en los que el blog se publicará serán el 22 y 29 de diciembre.
Otra noticia: la novela “La pertinaz sequía”, que actualmente se publica en el blog, está en su recta final, exactamente en el último capítulo. Acabará a finales de enero.
Y otra nueva más: pronto anunciaremos cual es la trama de la siguiente novela que colgaremos en el blog. Una historia actual que nada tiene que ver con los anteriores relatos. La narración ya no se desarrolla en Senillar, sino en la ciudad de Madrid y en nuestros días.
Terminamos deseando a todos los amigos y lectores del blog una feliz Navidad y un año 2016 pleno de salud y felicidad.

viernes, 18 de diciembre de 2015

10.3. Toque de difuntos



   Después del baile organizado por el Ayuntamiento con motivo de la colecta del Día del Domund, Lola se ha quedado hecha un verdadero lío, no acaba de creerse todo lo que Rafael le contó, pero piensa que lo dijo con tanta convicción que a lo mejor hasta es verdad. El resultado es que una oleada de encontrados sentimientos la han invadido como una marea incontenible que nada ni nadie puede detener.
   José Vicente no sabe nada de los sentimientos que zarandean a su mujer, pese a ello está preocupado. Tiene una idea fija que cada día le atormenta más: ¿será posible que Lola le engañe? La mera sospecha de que su esposa pueda serle infiel le enferma. No ha encontrado indicios de la posible infidelidad de su mujer, pero la sola presunción hace que los vientos de los celos se transformen en huracanes. De pronto, se convierte en un marido suspicaz, receloso y malhumorado que se pasa el día espiando a su mujer, cronometrando el tiempo que pasa fuera del hogar, haciendo el recuento de cuantas visitas realiza a sus amigas, echando cuentas de cuánto gasta, analizando lo que dice, tratando de desentrañar sus silencios, sus miradas y hasta sus poses. José Vicente piensa que empieza a comprender la literaria expresión del infierno de los celos pues éstos tienen la diabólica capacidad de transformar cualquier pequeño e insignificante gesto, palabra o hecho en un amargo sinvivir. Sus recelos sufren un inusitado acelerón cuando comienza a percibir pequeños detalles que uno a uno son irrelevantes, pero juntos le asemejan una montaña. Y un buen ejemplo de ellos es el motivo por el que ahora están discutiendo: Lola le ha pedido que le firme un permiso para abrir una cuenta corriente a su nombre.
- ¿Y para qué quieres una cuenta a tu nombre? Ya tenemos una.
- Ya lo sé, pero tú eres el único titular y yo no puedo manejarla. Quiero una a mi nombre para la administración de la tienda. Así, cada vez que tenga que hacer un pago no tendré que molestar a mamá pidiéndole que extienda un cheque.
- No creo que haya en el pueblo una sola mujer casada que tenga una cuenta a su nombre.
- Alguna tendrá que ser la primera. ¿Y por qué no la tuya? Ya soy mayorcita y puedo manejar un talonario yo sola.
   Aunque el motivo que argumenta su mujer parece lógico, el hombre no está por la labor de darle la razón, pero antes de que pueda seguir refutándola la llegada de Fina pone fin a la discusión.
- Seguiremos hablando – dice José Vicente en un tono que no augura un buen final para la petición de su mujer.
- Por favor, José Vicente, no te vayas. Volveré otro día – ofrece Fina al darse cuenta de que ha llegado en un mal momento.
- Puedes quedarte, Fina. Me tenía que ir de todas formas.
- Me parece que no he llegado en el momento más oportuno – se lamenta Fina después de que José Vicente salga por la puerta -. Venía a ver a mi ahijada – se justifica.
- Está en la cuna… ¿Me puedes hacer un favor, te puedes quedar con ella un par de horitas? Laurita no está y quiero ir a ver a la señora Fuensanta, que lleva tiempo enferma y le prometí a Inesín que les haría una visita. O si te viene mejor espera aquí una media hora, le das el biberón de las seis y luego te la llevas a casa. Ya pasaré a recogerla.
   Tras asegurarse de que la niña sigue dormida y mientras espera que llegue la hora de la toma, Fina se pone a fisgar en el armario ropero de su amiga. Hace un pequeño descubrimiento que la sorprende: Lola ha cambiado buena parte de su lencería, ahora gasta ropa mucho más atrevida. Y otro detalle, más sorprendente aún, tiene varios conjuntos de color negro que enseñan más que ocultan. A su amiga nunca le gustó la ropa interior negra, siempre afirmó que era propia de mujeres de la vida. ¿Por qué ese cambio? Fina se queda mirando las braguitas caladas que tiene en las manos mientras una mueca de maliciosa complicidad se dibuja en su cara.                                                                       
   A Fina se le olvidan sus sospechas cuando oye el tañido de las campanas, tocan a muertos. Cuando se escucha el toque de difuntos la pregunta es obligada:
- ¿Quién ha muerto? - Aunque la forma más usual de preguntar no es esa sino - ¿Quién ha faltado? - Se elude citar la palabra muerte y se opta por el eufemismo de faltar. Y siempre hay alguien que conoce la respuesta a esa pregunta.
- Benjamín Arbós.
- ¿Benjamín? No es posible, ni siquiera sabía que estuviese enfermo.
- Faltó ayer. Parece que fue repentino, algo del corazón. Por la mañana fue a ver cómo iba la coloración de la naranja en uno de sus huertos. Se sintió mal y volvió a casa, allí le dio un patatús y cuando llamaron al médico solo pudo certificar su muerte.
- No somos nadie. Muchos años que nos lleve por delante.
   La iglesia está abarrotada. Nadie quiere que se le eche en falta en el funeral de cuerpo presente por el patriarca de los Arbós. El clan sigue siendo poderoso o, al menos, eso cree la gente. Frente al altar mayor está el féretro rodeado por seis humeantes hachones. Como es costumbre, los primeros bancos están ocupados por la familia del finado. Hombres y mujeres visten la ropa de los domingos. El color predominante es el negro. Cuando los tres sacerdotes, que concelebran el oficio fúnebre, terminan el responso final se acercan a presentar sus respetos a los familiares. Inmediatamente se forma una larga fila en el pasillo central de los que van a dar el pésame. Una y otra vez se repiten las mismas expresiones:
- Os acompaño el sentimiento. Que gran pena. Era una buena persona. Nunca le olvidaremos…
   Quienes no dan el pésame en la iglesia, los amigos de la familia o los que quieren hacerse notar, esperan darlo en el camposanto. El acto resulta interminable, pero la gente aguanta a pie firme. Al acabar, cuatro amigos de la familia se echan a hombros el ataúd y enfilan el camino del cementerio precedidos por el párroco y los monaguillos y seguidos por los varones de la parentela, amigos y conocidos. Al llegar al final del pueblo trasladan el féretro al carruaje mortuorio que está aguardando. Mientras el cortejo ha discurrido por las calles de la población, al paso del féretro los hombres se destocan y las mujeres se persignan. En el camposanto está abierto el mausoleo, propiedad de la familia, en el que depositan el ataúd después del postrer responso del capellán. Otra vez, vuelve a formarse una larga cola para expresar las condolencias a los familiares. Mientras esperan turno, Bonet, Lapuerta y Ballesta hablan en voz queda.
- ¿Quién creen que va a coger el relevo del pobre Benjamín? – pregunta Ballesta.
- Posiblemente, Antonino que es el hermano mayor – apunta Bonet.
- Le gustaría, pero aunque es el mayor dudo mucho que tenga el suficiente carisma para imponerse. Yo más bien apostaría por Rodrigo – especula el médico.
- No cabe duda de que es más político que el resto de hermanos, pero me da la impresión de que no está muy allá de salud. Bueno, eso debe de saberlo usted mejor que nadie – comenta Bonet.
- En todo caso – prosigue el médico sin aceptar el envite de hablar de sus pacientes -, tengo la sospecha de que nada volverá a ser lo mismo. Me refiero para los Arbós.
- ¿Cree que van a perder fuerza política? – inquiere Ballesta.
- Ya han perdido mucha. Gimeno se ha encargado de limarles las garras y solo les ha faltado el óbito de Benjamín. Intuyo que esto puede ser el principio del fin de su poder. Sin embargo, pese a esa corazonada no apostaría ni un duro pues igual lo perdía. Aquí, como en otros lares, sigue habiendo gente que parece necesitar que alguien pastoree el rebaño – concluye el médico.
   Otra pareja que espera turno para dar su pésame, Marín y Gimeno, intercambian parecidos comentarios.
- ¿Quién dirigirá ahora a la familia?
- Rodrigo – afirma tajante Gimeno.
- Pues se le ve mala cara. No sé si es por el golpe que acaba de sufrir o porque no está muy católico, pero no le veo físicamente muy bien.
- Sí, no tiene buena pinta, pero es que no tienen otro. Antonino es un pobre hombre y Gonzalo únicamente está interesado en sus negocios y trapicheos – sentencia Gimeno que añade – Si en la generación joven hubiera hijos, pero...todas son chicas.
- Quizá algún sobrino – sugiere Marín.
- Es posible, pero no conozco ninguno que parezca interesado en la política.
- Hombre, Leoncio es presidente de la Hermandad.
- No es mala persona, pero es más corto que la noche de San Juan – remacha Gimeno.