viernes, 11 de diciembre de 2015

Capítulo X. O creces o mueres 10.1. Los chicos necesitan una ocupación



   Tras el cierre del almacén de materiales para la construcción que montaron los padres de Rafael Blanquer y los de su esposa, Pepita Arnau, la joven pareja se enfrenta al problema de cómo ganarse la vida. Ambas familias tienen muchas fincas y otros bienes raíces, pero Pepita no quiere oír hablar de trabajar en algo que suponga ensuciarse las manos. En cuanto a Rafael, como no se cansa de repetir su madre inflando la realidad, un chico que es medio ingeniero no se va a poner a trabajar en una ocupación que no esté a la altura de sus merecimientos.
   Después de muchos conciliábulos, ambas familias se ponen de acuerdo para montar a sus vástagos una tienda de artículos de regalo. El establecimiento es el único del pueblo en su género. No tiene competencia, pronto descubren por qué. Dadas las arcaicas costumbres locales y la escasa capacidad adquisitiva, los clientes entran a cuentagotas. El fracaso es sonado. Los padres de los recién casados no se desaniman y, tras un detenido estudio sobre el comercio local, les ponen una perfumería. En el pueblo no hay ninguna, lo más parecido que existe es la vieja tienda del tío Recaredo, una mezcla de droguería, ferretería y mercería y en donde la prisa es materia prohibida. La joven pareja parece muy ilusionada con el establecimiento, es con mucho el más moderno y elegante del pueblo. En las primeras semanas, da la impresión de que Pepita ha encontrado el trabajo de sus sueños. Atiende a las clientas como si toda la vida la hubiese pasado tras un mostrador. Hasta da el pego de ser toda una experta en la materia.
- ¿Y qué perfume me aconsejas? – pregunta la clienta de turno.
- Maderas de Oriente, no lo dudes. Es de Myrurgia y huele de categoría. Fíjate si será bueno que lo usa Amparito Rivelles. No te digo más.
- Pepita, necesito un jabón de olor para mi chica que se va a casar, ¿cuál me recomiendas?
- Heno de Pravia, es uno de los mejores.
- Es muy caro, ¿no tienes otro un poco más barato?
- Prueba el de La Toja, vale algo menos, pero también es de categoría.
- ¿Tenéis cepillos de dientes?
- Eso en la farmacia.
   La ilusión de la pareja por la perfumería dura lo que ambos tardan en cansarse de tener que abrirla y cerrarla diariamente. Los padres no accedieron a que contrataran a una dependienta y la han de atender ellos. Pepita nunca trabajó y, pasadas las primeras semanas, lo de tener la diaria obligación de atender la tienda le resulta fatigoso. Con la excusa de que ha de cuidar al bebé, trata de que sea Rafael quien se ocupe del establecimiento, pero su marido arguye que vender perfumes y mejunjes para mujeres no es trabajo propio de un hombre que se vista por los pies y se niega tajantemente a ocuparse del negocio, solo está dispuesto, al finalizar la jornada, a hacer caja que para eso sabe muchas matemáticas. El resultado no podía ser otro: en pocos meses, y visto el fracaso de las ventas, no les queda otra que cerrar la tienda.
   Los Blanquer discuten sobre cómo encontrar un negocio en el que su hijo se sienta cómodo.
- Antonio, así no pueden seguir. Nuestra nuera no sirve para nada – se lamenta Maruja.
- No le culpes solo a ella – la contradice su marido -, la culpa es de los dos. Es verdad que Pepita no sabe hacer nada, parece la reina de Inglaterra, pero él no le ayuda ni pizca. Así no hay manera de sacar ningún negocio adelante.
- Estoy de acuerdo contigo… en parte. Mientras sean negocios que los tenga que atender Pepita no harán nada. Esa chica no sería capaz de vender un vaso de agua a un sediento. Es lo más corto que han parido madres.
- No deberías de hablar así de tu nuera porque nuestro hijo también tiene su aquel. Estoy todavía por verle que se ponga detrás del mostrador.
- ¡Hasta ahí podríamos llegar! ¿Te olvidas que es bachiller superior y con el ingreso aprobado en la Escuela de Ingenieros? No le hemos dado todos esos estudios para que termine como un vulgar tendero.
- Ser tendero es una profesión respetable y a Rafael no se le deberían de caer los anillos por serlo. De algo han de vivir o ¿es qué estás dispuesta a que vivan a nuestra costa y a la de nuestros consuegros?
- Por supuesto que no, pero a lo que me niego es que Rafael acabe siendo un tendero. Un chico que es medio ingeniero. Seríamos la rechifla del pueblo. Pues no se iba a reír más de una que yo me sé.
   Azuzada por su marido, Maruja intenta convencer a su hijo de que la situación es insostenible y hay que ponerle remedio.
- Hijo, así no podemos seguir – Más que un reproche las palabras de Maruja suenan como un lamento.
- La culpa no es mía, mamá. Ya os lo predije. Mientras os empeñéis en ponernos negocios que tenga que atenderlos mi mujer no haremos nada. Serán un fracaso. ¿O es que todavía no te has enterado de que tu nuera es tonta del culo? No sería capaz de venderle ni un cucurucho de altramuces a un chaval.
- No hables así de la madre de tu hijo. ¿Qué pensaría la gente si te oyera? Ya sé que no es muy despabilada, por eso lo que tienes que hacer es ayudarla.
- ¡Hasta ahí podríamos llegar! ¿Te olvidas de que soy bachiller superior y con el ingreso aprobado en la Escuela de Industriales? No me habéis dado todos esos estudios para que termine como un tendero de tres al cuarto.
- Pero de algo tenéis que vivir. No podéis estar mano sobre mano. Sois demasiado jóvenes para vivir de la sopa boba.
- No te digo que no tengas razón, pero a lo que me niego es a terminar tras un mostrador. Por ahí no estoy dispuesto a pasar.
- Y si no ponemos una tienda, ¿qué vamos a hacer? En el pueblo hay pocas posibilidades de montar cualquier otra clase de negocio.
- Ya se os ocurrirá algo, pero de estar tras un mostrador, rien de rien.
   Los Arnau también discuten sobre el futuro de su hija y los problemas ocasionados por los distintos y fracasados negocios.
- Si llego a sospechar que Rafael era tan vago no hubiera dejado que se casara con la niña.
- A mí, nuestro yerno siempre me pareció un chuleta y encima es de los que no le dan un palo al agua.
- Metimos bien la pata casando a la niña con ese haragán, pero ya no tiene remedio. Ahora lo que hay que hacer es encontrar una solución. Esta misma noche voy a ver a la Maruja.
   Ambas consuegras mantienen una agria discusión sobre quien de los dos cónyuges es culpable del desaguisado. Tras calmarse, concluyen que ambos tienen su parte de culpa y lo que ahora se impone, en vez de seguir echándose en cara el fracaso, es encontrar una salida a la situación, no hay otra que buscarles una ocupación a los chicos. Lo primero que deciden es traspasar la perfumería para no seguir perdiendo dinero. Lo segundo es pensar qué clase de negocio deberían montar que se ajustase a dos condiciones: que fuera atendido solamente por Rafael y que éste no tuviese que ponerse tras un mostrador. Es Antonio quien encuentra la solución. El Gobierno ha decretado el fin del racionamiento de artículos de primera necesidad como el pan, el aceite y la carne, y ese cambio produce, entre otros efectos, que muchos establecimientos comerciales necesiten llevar una contabilidad que anteriormente, con las cartillas de racionamiento, no era precisa. A ello le añade una idea que se le ocurrió cuando tuvo que hacerse un seguro. Van a montarles a los chicos una gestoría administrativa en la que se llevará a cabo un poco de todo: tramitar documentos, llevar contabilidades, cumplimentar cualquier tipo de solicitudes y representar a la compañía de seguros La Unión y El Fénix, una de las empresas del ramo más importante del país. Antonio le vende el proyecto a su hijo haciéndole ver que es un trabajo adecuado para un hombre de su preparación, por supuesto sin mostrador alguno, que no resultará excesivamente laborioso y, además, no va a tener competencia. Naturalmente, lo atenderá solamente él, su mujer no está capacitada para unas tareas que exigen conocimientos de los que está ayuna.
   Unas semanas después, Fina le cuenta a Lola la última novedad en el pueblo:
- ¿Sabes que Rafa ha montado un nuevo negocio? Se llama Gestoría y Correduría de Seguros Blanquer.

martes, 8 de diciembre de 2015

9.12. Una pirueta inexplicable



   Lola no ha conseguido convencer a su marido de que la explotación arrocera del vecino pueblo de Benialcaide no es más que la tapadera para otro tipo de negocios presuntamente ilegales: contrabando, estraperlo o ambas cosas. No le ha convencido porque, entre otras motivaciones, en Gimeno sigue pesando el consejo de su amigo Germán: en ese asunto no te metas en camisas de once varas. Con su característica tenacidad, la mujer aprovecha la más mínima ocasión para volver a la carga.
- Marido, ¿sabes de lo que ayer fui testigo?
- Pues no, pero supongo que vas a contármelo.
- Estaba en la peluquería de la Rizos, ya con el secador puesto. Una de las que esperaba turno era tu antigua novia que, por cierto, fuma como una carretera. Una oficiala le pidió un cigarrillo y al ver que era rubio le preguntó que de dónde lo sacaba. Pepita, tan cantamañanas como acostumbra, alardeó de que se lo traían de Benialcaide. Allí conocía a alguien que se lo facilitaba muy barato puesto que era de contrabando.
- Pepita es tonta de capirote, aquí también puede encontrar rubio de contrabando.
- Sí, pero no tan tirado de precio como en Benialcaide. Lo he preguntado.
- Bueno, ¿y qué quieres decirme con eso? ¿Qué ese tabaco rubio es el que alijan a través del humedal?
- No, pero son muchas coincidencias que todas apuntan a la misma diana. Portolés no acepta los tractores de Caselles, ni los transportes ofrecidos por Vives, convierten esos campos en coto de caza en cuatro días y en Benialcaide hay tabaco rubio a mansalva y bien baratito.
- Todo eso, sumado, no te lo admitiría ningún juez como indicios fehacientes de presuntas prácticas de contrabando. Eso no es más que humo, Lola.
- Dónde hay humo es que hay fuego o, al menos, lo ha habido – replica la mujer.
   Gimeno no acaba de entender el porqué de la insistencia de su esposa con el supuesto contrabando en el humedal del vecino pueblo. Y por ahí va su pregunta:
- De acuerdo, Lola. Supongamos que todos esos indicios apuntan a que ahí se desembarcan alijos, pero sigo preguntado: ¿y a nosotros que nos va y que nos viene?
- Creo que, si mis sospechas fueran ciertas, podríamos sacar un buen provecho de ese asunto. Una denuncia ante las autoridades competentes nos podría reportar beneficios políticos e incluso económicos.
- No veo como nos podríamos beneficiar denunciando una posible – y Gimeno enfatiza el adjetivo – trama de contrabando a la Guardia Civil.
- De denunciarlo a los del tricornio, nada. Levantarían un atestado, lo mandarían a Gobierno Civil y al juzgado de guardia y nosotros no nos comeríamos una rosca. Habría que denunciarlo a la Comisaría de Abastecimientos y Transportes y a la Fiscalía de Tasas.
- ¿Y por qué diantres a la Fiscalía de Tasas? – inquiere un desconcertado Gimeno.
- Porque si se confirmase que están desembarcando alijos, a quien lo hubiese denunciado le correspondería una parte alícuota de la correspondiente multa que se impondría a los autores del delito. Podría ser un buen pico. Y además quedarías como un ciudadano ejemplar y un buen patriota ante el Gobernador Civil.
   Es oír lo último que ha dicho Lola y el desconcierto del hombre se multiplica.
- Con esto último, ¿estás sugiriendo que yo debería ser el denunciante?
- ¿Y quién si no?, ¿quién mejor que el jefe de Falange más prometedor de toda la provincia sea el que realice un acto que solo puede calificarse de patriótico? Y digo bien, patriótico, pues estarías sacando a la luz hechos que atentan contra la economía española y, por ende, contra la patria.
- Lo que me faltaba, convertirme en un chivato de algo de lo que solo hay conjeturas. Mira, Lola, doy por no oído lo que acabas de proponer. Mejor hablamos de otras cuestiones.
   A Gimeno no se le puede ir de la cabeza la, para él, descabellada propuesta de su esposa. Piensa que en los últimos tiempos a Lola parece que se le ha ido la pinza. Prueba de ello es lo que propone: denunciar ante la Fiscalía de Tasas una posible red de contrabandistas y hacerlo, no por sentido del deber ciudadano o por una reacción patriótica, como arguye, sino pura y simplemente por dinero. Siempre fue una mujer a la que el dinero nunca le importó demasiado y ahora pretende conseguirlo por medio de una acción que podría volverse contra ellos y que está llena de trampas. Esta mujer, se dice, se ha vuelto chaveta. Porque, vamos a ver: ¿y qué pasa si los de la Fiscalía no admiten la denuncia porque estiman que los indicios no son suficientes para abrir una investigación? o, peor todavía, ¿y si la admiten y luego resulta que de contrabando o de estraperlo nada de nada?, ¿en qué lugar quedaría?, como un chivato que formula denuncias sin ton ni son. Hasta podría ocurrir que el empresario denunciado le acusara de menoscabar su honor y buena fama y le llevara ante los tribunales. Esta no es la mujer con la que me casé, concluye.
   Los razonamientos de Lola difieren diametralmente de los de su marido. Piensa que José Vicente es un cobarde que se achanta ante una posibilidad como la que se les ha presentado. De golpe y porrazo, y sin ningún esfuerzo, podrían ganar un montón de dinero. Está cansada de vivir en una casa alquilada, está harta de tener que hacer un montón de cuentas para poder llegar sin apuros a fin de mes, le encantaría tener un coche como el Renault que se ha comprado Alfonso Grau, le gustaría…, le gustarían tantas y tantas cosas, y ahora que casi las puede tener al alcance de la mano, el caguetas de su marido se amilana. No tendría que haberme casado con él, se dice, pero… ¿Y por qué no presento la denuncia yo?, se pregunta. Analiza esa posibilidad: si lo hago, sin el consentimiento de mi marido, puedo dar mi matrimonio por destruido; además, en esta España una, grande y libre, las mujeres todavía no contamos. Si para abrir una cuenta corriente necesitas que tu marido lo autorice, igual para aceptar la denuncia me piden que lleve el visto bueno de José Vicente. Estaríamos en las mismas. Lo de que yo presente la denuncia queda descartado. Sigue dándole vueltas a la posible delación. Una idea le lleva a otra, hasta que cree encontrar la solución: no todo está perdido, si el vaina de su marido no tiene lo que hay que tener, hay alguien a quien le sobra coraje para denunciar a Portolés y a toda su banda. Lola le pide a Fina que cite a su exnovio Rafael en su casa.
- ¿Qué llame a Rafa?, ¿y se puede saber para qué? Porque una cosa es que sea tu mejor amiga y otra muy distinta es que me preste a servirte de alcahueta.
- Fina, hija, no te pongas melodramática. ¿Crees que estoy tan majara cómo para verme con Rafa en tu casa para ponerle los cuernos a mi marido? Por Dios, creía que me conocías mejor.
- Perdona si te he ofendido, pero es que no me has explicado el motivo de esa cita – se disculpa Fina.
- Quien ahora pide disculpas soy yo. Tendría que haber comenzado por contarte el porqué de la reunión – en principio no le cuenta la verdad a su amiga -. Se trata de un asunto político. José Vicente quiere que Rafa adopte, como juez municipal, una determinada postura en una cuestión de la que, por ahora, no puedo darte más detalles. Y como ambos no se llevan muy allá me ha pedido que sea yo quien realice la gestión con la mayor discreción posible. El lugar más discreto que se me ha ocurrido ha sido tu casa y tú la persona en quien se puede confiar plenamente en que no destapará el asunto ni la reunión.
- Ah, bueno, haber comenzado por ahí. ¿Cuándo quieres que le llame?
   Fina hace de componedora y Lola y Rafael se ven en el domicilio de la primera. Fina incluso ha dispuesto que cada uno de ellos entre en la casa por puertas diferentes: él por la puerta delantera y ella por la de atrás. A Lola no le cuesta nada convencer a Rafael de su plan. El hombre le dice que puede contar con él para lo que quiera, y remarca la última frase; es más, le cuenta a Lola que hay otra gente en el pueblo que también está convencida de que lo del arroz no es más que un disfraz para ocultar el contrabando. Que por supuesto, si ella se lo pide, no tiene ningún problema en firmar la denuncia. Le sugiere que tendrían que volver a quedar para, entre ambos, redactar una denuncia que fuera lo más completa posible. Lola, que ya tenía elaborada la denuncia, no la saca y acepta que lo de reunirse otra vez es una acertada idea.
   En la segunda cita, también en casa Fina, es cuando Lola habla sobre la jugosa parte de la multa que podría corresponderles como autores de la delación. Había supuesto que Rafael querría, por lo menos, la mitad de lo que iban a percibir, y cuando oye decir a su exnovio que no quiere una peseta no puede ocultar una sonrisa de satisfacción. Rafa afirma que lo único que hará será poner su firma al pie del pliego de la denuncia, pero quien ha hecho todo el trabajo anterior ha sido ella, por consiguiente si hay alguna compensación económica ha de ser para ella. Lola está en un tris de aceptar, pero se lo piensa mejor e insiste en que lo justo es repartirse de alguna manera la recompensa, por ejemplo: un veinte por ciento para él y el resto para ella.
   Para continuar viéndose con Rafael, Lola le ha tenido que contar a Fina la verdad del asunto que se trae entre manos. Cuando Fina queda solo piensa que, pese a lo que cuenta su amiga, la jugada es expuesta y comprometida, pero Lola en una pirueta inexplicable en lo que ha sido su comportamiento, su manera de encarar la vida y hasta su ideario vital olvida todo lo anterior y sigue adelante con su plan.
- Esta no es la Lola que creía conocer. Algo o alguien la ha cambiado – se dice Fina en voz alta.

viernes, 4 de diciembre de 2015

9.11. Los recurrentes sí, pero… de Lola



   Fernando Marín está recibiendo más información sobre el presunto contrabando en el nuevo coto arrocero de la vecina localidad de Benialcaide. Como alcalde del pueblo se cree obligado a realizar algo al respecto, lo que no sabe es qué: ¿denunciarlo?, ¿y a quién: al Gobierno Civil, a la Audiencia Provincial, a la Guardia Civil…? Como siempre que se encuentra ante un dilema, hace lo de costumbre: consultarlo con su mentor.
- José Vicente, no paran de llegarme rumores sobre lo del arrozal de Benialcaide? Si fuera cierto que ahí hay una operación de contrabando a gran escala, ¿no crees que deberíamos hacer algo?
   Gimeno, que tiene muy presente el consejo de su amigo Germán y, especialmente, la admonición de Lola sobre el tema, se muestra cauto en la respuesta:
- Lo que creo es que todo cuanto se dice sobre ese asunto lo has definido muy bien, rumores, solo son rumores. Y no podemos hacer caso de todas las habladurías que circulan por ahí. Además, hay que tener en cuenta una cuestión importante: lo que ocurra en el municipio de Benialcaide no es competencia tuya ni mía, en todo caso lo será de sus autoridades. A nosotros allí no se nos ha perdido nada.
- Lo que dices es cierto, pero también lo es que la mayoría de los peones que trabajan allí son de este pueblo. Y eso sí que es competencia nuestra – insiste Marín que se ha ido haciendo más responsable y legalista desde que se hizo cargo de la vara municipal de mando.
- Mira, Fernando, sí en Benialcaide se cometieran actos delictivos y nosotros, sabiéndolo, no lo pusiéramos en conocimiento del poder judicial estaríamos incurriendo en un delito, pero ¿qué es lo que sabemos?, nada, solo rumores, como muy bien has dicho.
- ¿Y por qué no volvemos a hablar con Ramón Ferrer?, el que trabaja allí de capataz. Si recuerdas la charla que mantuvimos con él parecía saber mucho.
   Gimeno decide seguir la corriente al alcalde como una manera de acallar sus inquietudes y citan al bracero. Éste vuelve a contarles las mismas sospechas que ya les había relatado.
- Ramón, a pesar de lo que cuentas sobre una posible trama de estraperlo o de contrabando no acabo de creérmelo. ¿Tú conoces a alguien que haya sido testigo de la descarga de algún alijo? – Gimeno sigue apretándole las tuercas al capataz.
- Si he de decir la verdad, no. Pero hay cosas que caen por su propio peso. ¿Por qué los caminos que conducen a las playas se mantienen en perfecto estado? Dicen que para que pasen los tractores sin problemas, pero hasta la campaña que viene no serán necesarios. Y luego está lo de los rebaños, uno de ovejas y otro de cabras, que se van a mantener en el coto, incluso en invierno.
- ¿Y qué tienen que ver ovejas y cabras con el contrabando? – pregunta un tanto desconcertado Marín.
- Pues está claro como el agua – el bracero mira a sus interlocutores con aire de superioridad -. Cuando se saca un alijo en la playa hay que cargarlo en camiones y sus rodadas quedan marcadas en los caminos de tierra. Si después pasa por ese mismo camino un rebaño, las huellas de los neumáticos desaparecen y solo quedan las pisadas de los animales.
   Como solo siguen siendo suposiciones, Gimeno lo tiene fácil para convencer al alcalde de que no hay pruebas firmes de un posible contrabando. Hasta que en una conversación con Manuel Caselles, el viejo industrial le ofrece una versión más verosímil sobre el posible negocio que puede haber en los nuevos arrozales del humedal de Benialcaide.
- Yo tampoco acabo de creerme lo del contrabando, José Vicente. Ahora, lo que sí puede ser es que lo del arroz no sea más que una tapadera.
- Y si no es contrabando, ¿qué negocio puede ser, señor Caselles?, ¿conseguir subvenciones del Instituto de Colonización?, ¿blanqueo de dinero del estraperlo?
- Cualquiera de ambas cosas, pero me inclino a creer que más bien se tratará del estraperlo del abono.
- Del cupo del abono, claro – Gimeno acaba de darse cuenta de por dónde van las sospechas de Caselles.
- En efecto. Tú sabes, mejor que nadie, lo buscado que va el guano, el nitrato, el amoniaco; en fin, todos los abonos, cuya venta a precios tasados está intervenida por el Gobierno. Como la naranja se exporta tan bien y es muy rentable, comienzan a proliferar nuevos huertos por lo que el abono está alcanzando en el mercado negro precios muy sustanciosos. Alguien me ha comentado que a la estación de Benialcaide llegan vagones y vagones de abono de cupo destinado a los arrozales de allí, pero que no se descargan y son reenviados a otros destinos. Ese abono, vendido de estraperlo, aumenta su valor en muchos miles de duros. Ahí es donde puede estar el verdadero negocio. Y te doy otro dato que no sabe nadie: fui a ver a Portolés para ofrecerle mis tractores y trilladoras a un precio realmente tirado. Estuvo muy amable, me lo agradeció y me dijo que ya se pondría en contacto. Bueno, pues hasta hoy.
- O sea, que se trata de estraperlo y no de contrabando. Lo que no encaja en todo eso es lo de los rebaños que nos ha contado Ferrer.
- Eso es cierto, puede ser que se dediquen al pelo y a la pluma. No serían los primeros.
   Gimeno le cuenta a su esposa las sospechas que se ciernen sobre los nuevos campos de arroz del vecino pueblo. Lola le escucha atentamente.
- Lo que dice ese capataz puede que sea así, al fin y al cabo trabaja en esos campos, pero para mí son más concluyentes las razones que te ha dado el señor Caselles. Siempre le oí decir a mamá que Caselles es más listo que el hambre y que tiene mucho pesquis. Y esa noticia que te dio de que el alicantino rechazó sus tractores da que pensar – opina Lola.
- Bueno, sea lo que sea, afortunadamente no es un problema que nos atañe. Allá se las apañen las autoridades de Benialcaide.
- Sí, pero… - Lola no termina la frase, como si no supiera como proseguir.
- Pero qué, Lola.
- Es que lo he pensado mejor, me parece que iba a decir una tontería.
- Las tonterías las dicen los tontos y tú de tonta tienes lo que mosén Batiste de anticlerical.
- Verás. He estado dándole vueltas a lo de los campos del humedal de Benialcaide y también he recabado más información. Y en efecto, hay algunos datos que parecen apuntar que en ese negocio hay gato encerrado. Algunos hechos parecen confirmarlo, por ejemplo: me han asegurado que varios de los arroceros del pueblo han pretendido comprar fincas en aquel coto y no les ha sido posible. Parece que el Ayuntamiento de Benialcaide ha firmado un contrato con el tal Portolés por el que le arriendan todo el humedal durante veinte años, siempre y cuando mantenga algún tipo de actividad en su entorno aunque no sea estrictamente agraria.
- Yo no veo en eso ninguna ilegalidad o algo que induzca a sospechas.
- Sí, supongo que el contrato será legal, pero… - Los recurrentes sí, pero de Lola – si lo piensas bien, la existencia de ese contrato supone que nadie que no sea la gente de Portolés puede transitar por esos campos. En otras palabras: que ahí nadie de fuera puede meter sus narices, por lo que pueden hacer cuanto quieran que nadie se va a enterar. Y hay otro dato que también tiene su aquel: Amparín, la hija de tu amigo Vives – esto lo ha dicho con sorna -, me contó que su padre le había ofrecido a Portolés su colaboración para comercializar la cosecha, así como la flota de camiones del pueblo para el transporte a unos precios muy competitivos. Le dio la misma respuesta que a Caselles: que ya le llamaría. Todavía está esperando esa llamada.
- Parece evidente que no quiere que nadie se meta en sus asuntos – admite Gimeno para añadir -, pero eso no prueba que ahí se cometa algo ilícito.
- Hay otro dato que, aunque pueda parecer anecdótico, para mí es más contundente. Como sabes, el marido de Fina es muy aficionado a la caza. Hace unos días fue con unos amigos a pegar unos tiros a los patos que invernan en la Marina. Sin darse cuenta entraron en el término municipal de Benicalcaide, hasta que se toparon con un guarda jurado que les conminó a que no siguieran pues aquello lo han convertido en coto privado de caza. Con lo que se tarda en conseguir una autorización de esa clase y, al parecer, el alicantino lo ha logrado en cuatro días. Si sumas todo cuanto acabo de contarte el total es más claro que el agua clara: si ahí no hay contrabando o estraperleo que venga Dios y lo vea.
- ¿Entonces, deberíamos hacer algo? – pregunta Gimeno sin saber a dónde quiere llegar su intrigante mujer.
- Sí, pero…