martes, 17 de noviembre de 2015

9.6. Leito se cuela en el relato



   Como suele hacer a menudo, Fina se pasa a visitar a la mejor de sus amigas para ver cómo va su embarazo.
- ¿Cómo va ese crío, preciosa?
- El crío supongo que bien, pero la preciosa está hecha una piltrafa.
- No te quejes que te va a castigar Dios. Si pareces una rosa recién comienza la aurora.
- ¡Vaya!, hoy has venido poética, Fina. Bueno, alguna razón tienes, para estar casi a término no me siento tan mal. Eso sí, la espalda me duele a veces a rabiar.
- Con el peso que llevas delante es lo normal. ¿Para cuando llega el enano o la enana?
- Salgo de cuentas la próxima semana. Y estoy loca porque acabe esto, al final termina haciéndose un poco pesado.
- Sí, las últimas semanas son las más duras de llevar, pero consuélate que ya estás en la recta final. Te lo digo con la experiencia de haber parido tres veces. Como también te digo que en cuanto te ponen el bebé en brazos se te borran de un plumazo los malos momentos que hayas podido pasar. Oye, y José Vicente, ¿qué tal lo está llevando?
- Ya sabes, los hombres todo esto de la preñez y del parto es algo así como si miraran los toros desde la barrera. Su papel más cómodo no puede ser.
- Hace unas semanas me dijiste que más cariñoso no podía estar.
- Y es cierto, está cariñoso, atento, solícito y hasta empalagoso, tanto que hay días que me dan ganas de pegarle cuatro gritos.
- Hay que ver cómo eres, Lola. Te quejas de tener un marido cariñoso y atento.
- Es que es la verdad, Fina. Muchos cariñitos, mucha palabrería tierna, pero eso no quita el dolor de espalda, no sirve para encontrar la mejor posición en la cama, que no sabes ni de cuál lado ponerte, y me imagino que llegado el parto tampoco servirá para que las contracciones sean menos dolorosas.
- Huy, Lola, que guerrera te has levantado hoy.
- No digo más que lo que siento. Además, a medida que se acerca el parto se está poniendo muy pesadito porque se ha empeñado en que vaya a parir a la clínica del doctor Vásquez de Gandía.
- ¿Y eso por qué? Aquí, todas hemos tenido a los críos en casa y nunca ha pasado nada que no tuviera que pasar. Por otra parte, tanto don Manuel como Laurentina, la comadrona, tienen experiencia de sobra. En mejores manos no podías estar.
- Es lo que le digo. Me fío más de don Manuel que de todos los lumbreras que pueda haber en Gandía, en Valencia o en Madagascar.
- ¿Qué tiene que ver Madagascar con el parto?
- No me hagas reír, Fina, es una forma de hablar.
- ¿José Vicente sigue prefiriendo un varón?
- Ya sabes lo diplomático que es. Dice que le da igual, pero estoy convencida de que prefiere un chico, de todas todas. Los hombres con eso de perpetuar el apellido y todas esas historias siempre prefieren los varones. 
- ¿Ya habéis pensado en los nombres?
- Le hemos dado muchas vueltas y hemos hecho listas de nombres más largas que un día sin pan. Al final, llegamos al acuerdo que si es chico el nombre se lo pondré yo, y si es chica será él quien le ponga el nombre.
- ¿Y qué nombres son?
- Si es chico le vamos a poner Luis Vicente. Luis por mi padre, que en gloria esté, y Vicente por el padre de la criatura. Como sea chica, José Vicente estaba emperrado que le pusiéramos María Dolores. Me cansé de repetirle que con una Lola en la familia era más que suficiente hasta que conseguí que desistiera.
- ¿Y cómo la vais a llamar? – La curiosidad de Fina es inagotable.
- Leonor.
- ¡Cómo tu madre!
- Sí señora, como mamá. Se tiene ganado a pulso que le demos ese pequeño homenaje. Papá se murió tan joven que apenas le recuerdo. Fue mamá la que me crio, la que sacó adelante la casa y la tienda. Y lo hizo ella solita, sin que le ayudara nadie. Me consta que tuvo proposiciones para volver a casarse, pero las rechazó. Se entregó en alma y cuerpo a cuidarme.
- Leonor es un nombre precioso, como de princesa de cuento de hadas.
- Sí, es bonito, pero mientras sea pequeña le voy a llamar Leito. Mamá me ha contado que así la llamaban a ella cuando era niña.
- Leito. Suena bien y es original.
   Lola ha sentido las primeras contracciones. Ha llamado a su madre y ha enviado a la chica para que busque al médico, a la comadrona e informe a su marido. José Vicente es el primero en llegar. Se encuentra a su esposa tendida en la cama, pálida y sudorosa, pero soportando los primeros dolores con gran entereza.
- ¿Cómo te encuentras, cariño?
- Aguantando lo mejor que puedo. Y esto no ha hecho más que empezar.
   El médico y la comadrona llegan juntos. Lola respira aliviada, tiene depositada mucha fe en la pericia profesional de Lapuerta.
- ¿Cómo está mi embarazada preferida de este año? Antes de reconocerte voy a lavarme las manos. El baño es la tercera puerta, ¿no? Laurentina, en cuanto termine las abluciones pase usted.
   Al salir el médico, José Vicente aprovecha la ocasión para insistir en la petición que lleva mucho tiempo haciendo:
- Lola, ¿no sería mejor que mandará venir a ese médico de Gandía  tan bueno?
- Quita, quita. Lo más probable es que antes de que llegara ya habría tenido el niño. Además, don Manuel tiene mucha experiencia en partos y, lo más importante, me fío de él más que de cualquier otro médico. Y no insistas que éste no es el momento ni el lugar.
   Tras reconocer a Lola, Lapuerta da su diagnóstico:
- Lola, esto solo ha sido una falsa alarma, muy propia de las primerizas. Prácticamente no has dilatado y las contracciones están desapareciendo.
- Le he hecho venir para nada. Lo siento, don Manuel – se excusa Lola, un tanto avergonzada.
- No tienes por qué disculparte. Has hecho bien llamándome. De todos modos, estás muy avanzada, en cuanto el feto baje un poco más y se ponga de cara a la canal del cuello uterino habrá llegado el momento y eso puede ser cuestión de pocos días.
   En cuanto el médico y la comadrona se marchan, José Vicente reitera otra vez su petición:
- Tú dirás lo que quieras, Lola, pero no me quedaré tranquilo hasta que no te lleve a Gandía a la clínica del doctor Vásquez. Si quieres mando por un taxi y en poco más de media horita estamos allí.
- Pero que pesado eres, marido. De mi casa no me saca nadie. Y el tal Vásquez será una eminencia, pero yo me quedo con don Manuel. Te lo he dicho por activa y por pasiva. Y no seas cabezota que en mi estado no son buenos los disgustos. O sea, que chitón que aquí la que tiene que parir es servidora. Tú limítate a molestar lo menos posible y a decir amén a todo lo que yo diga. Mira, una cosa que puedes hacer, vete a por mi madre, así la pondremos al día sobre la falsa alarma.
   José Vicente no necesita ir a buscar a su suegra. Doña Leo está entrando por la puerta sin ni siquiera llamar.
- Hija, me ha dicho la Maicalles que ha visto entrar a don Manuel. ¿Te has puesto de parto?
   Lola explica a su madre lo que ha pasado y que no tiene por qué preocuparse.
- De todos modos, ¿no sería mejor que esta noche me quedara a dormir aquí por si vuelven a repetirse las contracciones y esta vez son de verdad?
- Doña Leo, no es necesario que pase la noche aquí – deniega José Vicente -, para eso estoy yo.
- No, hijo, si no pensaba dormir en vuestra cama. Me arreglo con el catre que hay en el cuarto de la plancha.
- Que no, suegra, que no – reitera José Vicente -. Que no voy a consentir que pase una mala noche en un catre cuando puede estar en su cama tan ricamente. Insisto que para eso estoy yo.
- Pues mira, marido. La propuesta de mi madre me parece una buenísima idea. Mamá te quedas a dormir esta noche, pero no en el catre de la plancha. Allí dormirá José Vicente. Tú te quedas conmigo, porque si me pongo de parto es mejor tener una mujer que un hombre, que en estos casos sirven de bien poco.
   Cuarenta y ocho horas después Lola rompe aguas. El parto, para ser una primípara, se resuelve con suma facilidad. Entre la naturaleza, la juventud de la madre y las sabias manos de Lapuerta ayudan a que el primer retoño de la familia Gimeno-Sales llegue al mundo.
- José Vicente, enhorabuena, tienes una hija que va a ser tan bonita como su madre – Lapuerta felicita a José Vicente al que no han dejado de asistir al parto.
- ¡Una niña!
   A Lapuerta no le queda claro si la exclamación es de sorpresa o de desilusión.

viernes, 13 de noviembre de 2015

9.5. Una propuesta no tan altruista


   Manuel Lapuerta sostiene que la política es como el arco iris, tiene muchos colores, pero la España de la década de los cuarenta es más bien unicolor, el del azul mahón, el color de la camisa falangista. En esa década otro denominador común es la ausencia de obras públicas en el ámbito local. La mayoría de los exiguos fondos estatales se destinan a la construcción de pantanos con los que paliar la pertinaz sequía. Desgraciadamente el único río cercano al pueblo, de río no tiene más que el nombre, no es más que una rambla seca. No hay ningún embalse que construir, la consecuencia de todo ello es que en la villa las obras municipales brillan por su ausencia.
   La gente, sobre todo el mujerío, charla con Lola con mucha más franqueza que con José Vicente, al fin y al cabo la conocen desde niña. Por eso es la primera en detectar que existe un cierto clima de descontento en el pueblo por la atonía y la falta de iniciativa que muestran las autoridades locales. Eso sí, dicho con muchos circunloquios y eufemismos porque protestar o quejarse directamente nadie se atreve a hacerlo. Todavía está fresca en la memoria colectiva la actividad de la comisión depuradora y las inquietantes listas de desafectos al Régimen en los últimos estertores de la contienda civil para que haya valientes que se atrevan a fustigar la abulia de los que mandan.
- José Vicente, la gente comienza a murmurar, en voz baja pero lo hacen. Dicen que el Ayuntamiento, desde que está de alcalde Fernando, no hace nada por el pueblo. Y lo que es peor, también aseguran que hizo más Vives en un año que Marín en todo el tiempo que lleva.
- Mientras hablen de Fernando…
- No seas ingenuo. Todos saben que quien manda de verdad eres tú. Y cuando hablan mal de Fernando están tirando por elevación contra ti. Tendremos que despabilarnos y comenzar a hacer alguna que otra obra antes de que las murmuraciones vayan a mayores y puedan llegar a oídos de los de la provincial.
- Podríamos volver a presentar el plan de industrialización.
- Poder, podríamos, pero supongo que con el mismo nulo éxito que la otra vez. La situación del país ha cambiado poco y, posiblemente nos volverían a dar la misma respuesta. Hay que hacer alguna obra para tapar la boca a la gente. Y hacerla con los recursos que tengamos y con las pesetas que puedas arañar de la diputación o de gobierno civil.
- No tienen un duro, Lola. No podemos esperar nada de fuera.
- Pues algo habrá que hacer. No podemos rendirnos tan pronto. Si no hay dinero habrá que poner imaginación.
- Solo veo la posibilidad de pavimentar las calles que todavía son de tierra y prorratear su coste entre los vecinos.
- Eso no va a ser muy popular precisamente. Todo lo que sea pedir dinero al vecindario ya sabes cómo le sienta a la gente, como un par de banderillas negras. Acuérdate de la que le montaron a Vives.
- Si queremos hacer algo con nuestros recursos no veo otra salida.
- Pues sí que estamos ante un buen dilema, si no hacemos nada nos crucificarán y si nos inclinamos por las obras de pavimentación también.
   Del callejón sin salida en el que están metidos viene a sacarles quién menos podían imaginar: el secretario del Ayuntamiento. Don Nicanor es asimismo el apoderado en el pueblo de una empresa catalana, Hilaturas Gedosa, que tiene diversas propiedades en la localidad. El secretario, en una charla en privado, informa a Gimeno que la compañía que representa está dispuesta a construir un conjunto de casas unifamiliares para alquilar a bajo coste. El motivo es que la empresa puede acceder a unas subvenciones de la Dirección General de Regiones Devastadas y que sería una verdadera lástima desperdiciarlas. Solo bastaría que el Ayuntamiento no le cobrara nada por los permisos de obra y diera las mayores facilidades posibles en cuanto a solares. El proyecto crearía puestos de trabajo durante una temporada y el pueblo contaría con un lote de viviendas de alquiler que vendría a paliar el enorme déficit existente en el sector del arrendamiento. A Gimeno la propuesta le parece como caída del cielo. Cuando se la cuenta a su mujer, Lola, con su habitual perspicacia, le hace ver algo en lo que él no había reparado:
- Me parece una muy buena noticia y que, por el momento, viene a resolver el problema que teníamos…, pero mamá siempre dice que nadie va por ahí regalando duros a cuatro pesetas. Si los de Gedosa construyen esas casas, bienvenidos sean, pero no creo que lo hagan únicamente por lo que te ha contado don Nicanor. En estos tiempos los mecenas no abundan. Tendremos que enterarnos de lo que se esconde bajo la propuesta y que el secretario no te ha contado.
   En esta ocasión es uno de sus confidentes más fiables, Severino Borrás, quien le cuenta a Gimeno lo que hay detrás de la munificencia de la compañía catalana. Regiones Devastadas concede cupos de cemento, material racionado y difícil de conseguir, a precio oficial a aquellas empresas que se dedican a construir viviendas de renta baja. Untando a los funcionarios encargados de la distribución del cemento se consigue que la asignación sea superior a las necesidades reales de las construcciones proyectadas. Y si la proporción del cemento empleado en la obra es inferior a lo que exigiría la solidez de la construcción, la empresa promotora puede ahorrarse una buena cantidad de material. Sumando las cantidades de sobreasignación y de detracción se puede obtener una buena suma de toneladas de cemento que revendido de estraperlo da lugar a pingües beneficios. Y esos son los duros a cuatro pesetas que pretende vender Gedosa. Cuando le cuenta a su mujer lo que se esconde detrás de la presunta generosidad de la propuesta de don Nicanor, Lola la interpreta en clave política.
- Ya me parecía que tanto altruismo por parte de una empresa privada era sospechoso.
- En efecto, lo que hay detrás de una supuesta generosidad no es más que otro episodio de mercado negro – apostilla José Vicente - .Y ahora que sabemos la verdad, ¿qué hacemos?, ¿aceptamos la propuesta o la rechazamos?
- ¿Tú qué opinas, marido? – Lola contesta con otra pregunta a las que formula su marido.
- Creo que sería una estupidez no aceptarla. Que los de Gedosa se ganen unos cientos de miles de duros estraperleando el cemento a nosotros ni nos va ni nos viene. Y, en todo caso, aquí se quedarán las casas.
- Tienes razón. Si somos realistas esa es la mejor salida, hacer como si no supiéramos nada. Y hablando de saber, lo que me has contado sobre el estraperlo del cemento ¿además de Severino y nosotros lo sabe alguien más?
- Evidentemente, Nicanor tiene que estar al cabo de la calle porque seguro que está metido en el ajo y, conociéndole, puedes apostar que se llevará tajada. Pero aparte de los que he citado creo que no lo sabe nadie más. Ni siquiera se lo comenté a Marín.
- Pues no lo hagas, es más no se lo comentes a nadie. Y pídele a Severino que no lo divulgue. Estoy pensando que esto puede convertirse en un arma que en su momento podremos usar para apretarle las tuercas al secretario.
- ¿Y qué hago, le digo que he descubierto el pastel, pero que por mí adelante?
- Si haces eso te convertirás en cómplice del enjuague. Mejor que no le digas nada. Lo que deberás de hacer en su día es conseguir el testimonio del maestro de obras sobre la cantidad de cemento que verdaderamente se consumió en la obra y la diferencia sobre la que figurará en las cifras oficiales. Te lo guardas y si alguna vez lo necesitamos, don Nicanor puede encontrarse en un bonito embrollo.
- Lola eres más peligrosa que una pantera en celo.
- Me lo voy a tomar como un cumplido porque como no lo sea esta noche te veo durmiendo en la habitación pequeña.

martes, 10 de noviembre de 2015

9.4. La política es como el arco iris



   La campanilla que voltea la puerta de La Moda de París emite su argentino tilín. Una compradora.
- Buenos días, doña Angustias, cuanto tiempo sin verla por esta casa – Para Lola la esposa del médico no es una cliente más.
- Pues es verdad, hace mucho que no te visitaba, pero antes que nada lo más importante ¿cómo va ese embarazo?
- Francamente bien. ¿No se lo ha comentado don Manuel?
- Manolo nunca habla de sus pacientes, es muy reservado en esa cuestión. Me alegro mucho que todo vaya bien. Se te nota en la cara, estás mucho más guapa. Una vez que me has puesto al día sobre tu estado, que era lo importante, el otro motivo que me trae es que necesito unos tapetes individuales, como de juego de café. Ya sabrás – añade bajando la voz – que en casa se reúnen casi todas las noches esos amigotes rojllos de Manolo para escuchar la radio, incluso algunas de las emisoras prohibidas. Como fuman como carreteros me han quemado un par de mantelillos. Pensé en ponerles unas botanas, pero me ha dado pereza y me he dicho que ya era hora de comprar un nuevo juego. ¿Qué me puedes ofrecer?
   Los amigotes a los que aludía Angustias, los ferroviarios Ballesta y Bonet, junto con su anfitrión, Manuel Lapuerta, proceden, como tantas noches, al rito de escuchar las informaciones que emiten las emisoras extranjeras, rematadas por el boletín de medianoche de la BBC, que luego les traduce el médico. Lo que cuentan las radios españolas ha sido previamente censurado, no vale la pena oírlas.
- Los americanos, los canadienses y diez países europeos, entre ellos Francia y Gran Bretaña, acaban de firmar la creación de una especie de pacto de defensa que se llamará la Organización del Tratado del Atlántico Norte.
- ¿Y eso para qué va a servir? – pregunta Ballesta con su sempiterno afán por lo concreto.
- En principio, parece que va a ser un pacto defensivo entre los países firmantes, de manera que si uno de ellos es atacado es como si también agredieran al resto. Servirá para eso, al menos teóricamente, pero me huelo que, sobre todo, significa un claro aviso a la URSS que ahora es el enemigo potencial del mundo libre.
- ¿Y ese tratado no dice nada de acabar con el Régimen de Franco? – quiere saber Bonet.
- Que haya oído, ni palabra. No creerás, Celestino, que los yanquis y los europeos están preocupados por el peligro militar español. ¿O tú nos ves con fuerza para derrotar a los Aliados? – pregunta irónicamente el médico.
- No derrotaremos a los Aliados – responde un tanto mosca el ferroviario -, pero sí seremos la única dictadura fascista que resta.
- ¿Saben el último chiste sobre eso? – Ballesta es un patoso contando chistes, pero quiere distender el ambiente -. Está Franco reunido con sus ministros y uno de ellos se queja de las privaciones que padece la nación y de que nadie nos ayuda, y pone el ejemplo de lo que el Plan Marshall ha hecho para levantar a países como Alemania e Italia. Entonces otro ministro dice que lo mejor sería declarar la guerra a los yanquis, éstos nos invadirían y luego nos llegarían los beneficios del Plan. Franco les interrumpe comentando que la idea le parece buena, pero añade ¿y qué pasaría si les ganamos?
   Lapuerta ríe con ganas el chiste, uno de los muchos que circulan sobre el Caudillo, pero Bonet sigue terne en sus posiciones:
- La cuestión no es para tomársela a choteo. Podemos tener muchos problemas si los países democráticos no deciden cargarse al último fascista que queda en Europa.
- Franco es un dictador de derechas, eso es indubitable, pero no creo que sea realmente un seguidor del fascismo italiano – afirma rotundo el médico.
- ¿Qué no es fascista? ¿Entonces qué es? – pregunta asombrado Bonet.     
- Ante todo es un soldado y, como buena parte de los militares, solo cree en el ejército, la patria y Dios. Y posiblemente en ese orden. De ser algo, Franco es un nacionalista.
- ¿Cómo qué nacionalista? – interpela un desconcertado Ballesta –. Nacionalistas eran los del Partido Nacionalista Vasco o los de Izquierda Republicana que lucharon contra los franquistas.
- Y Franco es tan nacionalista como ellos, solo que de España, no de una de sus regiones. No es casualidad que el adjetivo nacional acompañe a las principales manifestaciones de su Régimen, los propios golpistas se llamaban a sí mismos los nacionales y con ese nombre hemos acabado todos por denominarles. Y no solo participa Franco de ese nacionalismo, son muchos los militares que, pese a la retórica antimarxista en boga, optarían antes por una España roja que por una España rota.
- Entonces, si los franquistas eran nacionalistas como dice – replica Bonet -, ¿por qué en el treinta y seis el Gobierno vasco y la Generalidad de Cataluña no secundaron el golpe militar?
- Porque los nacionalismos, por su propia razón de ser, son siempre excluyentes. Un nacionalista vasco o catalán estará siempre en contra de un nacionalista español y al revés. Por eso se llevan tan mal unos con otros. Además, y fue un motivo determinante, el gobierno republicano respaldó los estatutos regionalistas, de ahí que los gobiernos vasco y catalán se pusieran a su lado, aunque siempre fueron unos aliados tibios y poco leales con la República, precisamente por ser española. Al menos, eso es lo que han dejado entrever las emisoras británicas.
- Usted perdone, don Manuel, pero eso del nacionalismo de Franco no acaba de convencerme. Yo sigo creyendo que es un fascista puro y duro – insiste Ballesta.
- Vamos a ver cómo te lo explico para que lo entiendas, Alfredo – Lapuerta se pone en plan didáctico -. Nacionalistas son los que sacralizan su tierra, su raza, su lengua, su historia, su cultura... En fin, aquello que según ellos los hace distintos de los demás. Su doctrina se basa en que se consideran diferentes y, en el fondo, mejores que los otros que son todos los que no comulgan con su credo, casi sería mejor decir que no comulgan con sus sentimientos porque el nacionalismo es más un sentimiento que un cuerpo doctrinal. Hay frases hechas en el franquismo que se refieren con frecuencia a esa sacralización: la sagrada tierra de la patria, el macizo de la raza, la lengua del imperio, nuestra gloriosa historia, etcétera, etcétera.
- Admitiendo lo que usted dice, aunque tengo mis duda – interviene Bonet -, ¿se podría decir que los partidos citados eran nacionalistas de izquierdas y Franco lo es de derechas?
- Pues no – es la tajante respuesta del médico -. No hay nacionalismos de izquierda. La ideología izquierdista; es decir, las ideas comunistas o socialistas son universalistas. Recordar algunas estrofas de la Internacional: arriba parias de la tierra, el género humano es la internacional, agrupémonos todos en la lucha final, etcétera. Toda la letra del himno trasciende cualquier tipo de frontera, algo que tanto encandila a los nacionalistas sean de donde fueren.
- Vamos a ver, don Manuel, y usted perdone, pero sigo sin entenderlo – insiste testarudo Ballesta -. ¿Quiere usted decir que la ideología de un partido que se llamaba Izquierda Republicana no es la de un nacionalismo de izquierdas?
- Rotundamente no. Son antes que nada nacionalistas duros y puros, todos los demás adjetivos que puedan ponerse son cortinas de humo. Y hablando del nacionalismo, de todas las épocas y latitudes, os diré que es más un sentimiento que otra cosa, se parece más a la religión que a una concepción política. Tiene más que ver con los afectos que con las razones. Eso es lo que lo hace tan atractivo y al tiempo tan peligroso.
- Pues sigo sin estar de acuerdo con usted, don Manuel, ¿cómo no va a ser Franco fascista cuándo es el jefe nacional de la Falange? – arguye Ballesta contundentemente, pues los argumentos del médico no parecen convencerle en absoluto.
- Franco se apoderó de la Falange como pretexto para dar contenido político a su gobierno y de paso contentar a sus grandes valedores, Hitler y Mussolini, pero desaparecidos estos ya veréis como los falangistas irán perdiendo comba. Por otra parte, cabe añadir que hay algo que une al franquismo y a los falangistas, éstos también son nacionalistas españoles. Uno de sus puntos fundamentales establece que España es una unidad de destino en lo universal y que toda conspiración contra esa unidad hay que combatirla. Dicho esto, insisto en que podéis estar o no de acuerdo conmigo, pero sigo creyendo que Franco es un dictador nacionalista que tiene de fascista lo que yo de cartujo.
- Entonces, ¿qué diferencias hay entre el nacionalismo de Franco y el de aquellos partidos vascos y catalanes que se autodenominan nacionalistas? – inquiere tercamente Bonet.
- Una básica, hasta el golpe de estado de los militares, tanto el nacionalismo vasco como el catalán toleraban mal que bien las reglas de juego, cosa que, evidentemente, no hicieron Franco y sus compinches. Por lo demás, todos ellos coinciden en considerar sagrado el suelo de su nación y convertir ese sentimiento en la piedra angular de su política. Para los vascos esa nación son Las Vascongadas y Navarra, para los catalanes Cataluña y los territorios que consideran irredentos, para el Caudillo y los que piensan como él la España imperial, la de Carlos I. ¿Os ha quedado claro?
   En cuanto dejan la casa del médico, Ballesta explota:
- ¡No te amola el carcundia éste! Mira por donde sale ahora. Pues si este hombre no es un facha yo soy Greta Garbo.
- Alfredo, te lo dije una vez y te lo repito, don Manuel no es carca ni rojo. Lo que pasa es que piensa diferente de la mayoría. Él siempre dice que la política es como el arco iris, tiene muchos colores. ¿Sabes cuál es la mejor definición de don Manuel? Se la oí decir a Lola Sales.
- ¿Quién es Lola Sales?
- La chica que está casada con el mamón de la cooperativa. Decía que de ser algo, don Manuel es un anglófilo; es decir, que le gusta todo lo inglés.
- Sí, recuerdo que ya me lo dijiste una vez, pero eso de que Franco no es fascista no acabo de tragármelo, lo diga don Manuel o el sursuncorda.