martes, 3 de noviembre de 2015

9.2. Dar la vuelta a la tortilla



   En las tertulias que se montan en los cafés del pueblo, los debates sobre la recién inaugurada Cruz de los Caídos y su simbolismo son frecuentes aunque escasamente virulentos. En el fondo no es que a la gente le importe demasiado, pero de algo hay que charlar.
- Pues a mí lo del monumento me parece más una inutilidad que otra cosa y, encima, ahí, en medio de la plaza, no es más que un pegote.
- La verdad es que feo es un rato largo.
- Y esa cruz, ¿para qué coño sirve?
- Según dijo Gimeno en el discurso de inauguración para recordar a los caídos por Dios y por España.
- Eso es una bobada, mejor habría sido invertir el dinero en construir algo de provecho.
- A mí me parece bien lo de la cruz. Es bueno que el personal no olvide lo que pasó.
- Y la cruz, ¿a qué caídos representa, a los que mataron los rojos o a los que se cargaron los nacionales?
- Haces unas preguntas de bombero, macho. Caídos no hay más que los que se llevó por delante el rojerío, los demás no cuentan.
   En la tertulia privada del domicilio de Manuel Lapuerta, éste y los dos ferroviarios también comentan lo del monumento, pero las conclusiones a las que llegan son muy diferentes.
- ¿Y a santo de qué sale ahora Gimeno con la crucecita de marras, después de tanto tiempo del triunfo de los golpistas? – pregunta retóricamente Bonet.
- Yo creo que es una manera de montar su particular recuerdo de la victoria – contesta Ballesta y, dirigiéndose a Lapuerta, pregunta - ¿Usted qué opina?
- Que dentro de unos años, la gente pasará por delante de la cruz sin fijarse en ella. Y en una década, nadie recordará por qué o en memoria de quién se erigió.
- Entonces, ¿para qué la han construido? – vuelve a preguntar Bonet.
- Una fijación de todos los vencedores es construir monumentos, cuanto más aparatosos e inútiles mejor, para recordar a las futuras generaciones quiénes fueron los ganadores. Desde los emperadores romanos a Napoleón o Mussolini todos han hecho lo mismo. Aquí, Franco construye el Valle de los Caídos y Gimeno erige su crucecita – Es la explicación que ofrece el médico.                                                                     
   Los comentarios de la gente no es que preocupen excesivamente al creador del pegote en forma de cruz, según lo ha bautizado el imaginario popular, aunque hoy Gimeno ha vuelto de Valencia especialmente nervioso. Su mujer se lo nota nada más verle entrar.
- Lola – El tono de la voz también muestra su excitación -, creo que vamos a tener la oportunidad de librarnos definitivamente de los Arbós.
- ¿Y cómo lo vamos a conseguir?
- Verás. Hace un par de años las Hermandades Provinciales de Labradores y Ganaderos se fusionaron con las Cámaras Agrícolas, creándose en cada provincia una Cámara Oficial Sindical Agraria. La medida ha llegado ahora al ámbito municipal y se va a proceder a una reestructuración de las Hermandades Sindicales locales y la renovación de sus jefes. Esa va a ser la oportunidad que esperábamos para deshacernos de los Arbós en los puestos de poder.
- Déjame adivinar lo que estás pensando: sustituirás a Rodrigo al frente de la hermandad por alguien de nuestra cuerda.
- Premio para la señora. Además, la hermandad del pueblo ha llevado hasta ahora una vida absolutamente plana. Todos sabemos que Rodrigo no tiene el empuje ni el talento de Benjamín y se ha dejado ir, pero si conseguimos poner al frente a otra persona la situación puede dar un giro espectacular.
- ¿Qué se puede hacer desde la hermandad que no se haga desde la cooperativa?
- Es cierto que la cooperativa está vinculada con la hermandad, pero esta última al ser una organización sindical puede tener mayor margen de acción y, sobre todo, estar más legitimada para llevar a cabo infinidad de cuestiones. Por poner algunos ejemplos: relacionarse con el Servicio Nacional de Productos Agrarios, la gestión del crédito agrícola y la seguridad social, preparar las cartillas del agricultor, controlar las básculas, celebrar la contratación de seguros colectivos contra el pedrisco o incendios y muchas cosas más.
- ¿El puesto de presidente de la hermandad es de designación directa?
- Por descontado. Se le considera un puesto político.
- ¿Y quién lo designa?
- Depende. Hay hermandades que, por su elevado número de socios o por su importancia política, sus órganos directivos los designa directamente el Delegado Provincial de Sindicatos y a veces también mete mano la Delegación del Ministerio de Agricultura, pero salvo esas excepciones lo habitual es que sea el jefe local del Movimiento quien proponga la persona a presidir.
- ¿Sin ninguna clase de limitaciones?
- Teóricamente el reglamento señala que, tanto para la presidencia como para los puestos de funcionario, tendrán preferencia los que pertenezcan a la vieja guardia, caballeros mutilados de guerra, ex combatientes, ex cautivos, huérfanos de guerra o de caídos por el Movimiento.  
- Es decir, que hemos de buscar un mirlo que tenga alguna de esas condiciones.
   Lo buscan y terminan encontrándolo. Se llama Olegario Zaragozá y tiene la condición de hijo de caído por el Movimiento. Su padre fue uno de los que, en el período revolucionario que azotó al pueblo en el treinta y seis, fue sacado de la cárcel local y fusilado en una cuneta. Gimeno habla con Olegario y le convence fácilmente para hacerse cargo de la hermandad. Por cuanto sabe de él, cree que será fácil de manejar y, aunque también es hombre de derechas, no pertenece al círculo de los Arbós con los que se lleva mal por una cuestión de delimitación de hitos de unas fincas contiguas.
   Una vez encontrado el futuro sustituto de Rodrigo Arbós, a Gimeno solo le resta lograr que el clan no ofrezca excesiva resistencia al cambio, para ello como aconseja la más elemental prudencia no habla con la persona a sustituir sino con el jefe de la familia.
- Señor Benjamín, necesito saber su opinión sobre un problema que se me va a plantear en cuestión de semanas, si no de días, y que, en honor a la verdad, no sé cómo resolverlo.
- Ya sabes, José Vicente, que siempre puedes contar conmigo.
- La decisión la he de tomar yo como jefe local, pero conocer lo que usted piense sobre el caso me sería de gran ayuda.
   Gimeno le cuenta al viejo cacique la situación que se plantea con la remodelación de las hermandades sindicales, lo que comporta el relevo de la presidencia de las mismas.
- … y en sindicatos son partidarios del relevo de aquellos presidentes que, como Rodrigo, llevan muchos años.
- Perdona que te rectifique, José Vicente, pero eso no es cierto, al menos en el caso de mi hermano. Rodrigo solo lleva de presidente desde mil novecientos cuarenta y cuatro, cuando se implantaron las hermandades. O sea, que tampoco tanto.
- En cualquier caso, insisten en que hay que proceder al relevo porque a partir de ahora las hermandades van a tocar más palillos y quieren que haya gente joven y con empuje.
- Hombre, lo de joven es evidente que no se le puede aplicar a Rodrigo. En cuanto a lo del empuje habría mucho que decir. Mi hermano ha hecho mucho por el Régimen, más de lo que algunos harán jamás. Por si no lo sabes, durante la guerra Rodrigo estuvo encarcelado por el comité antifascista del pueblo y si no llega a escaparse le hubiesen dado el paseo. Eso quiere decir que es ex cautivo. Fue el primer jefe de Falange del pueblo en los duros tiempos de la guerra. Lo que supone que es de la vieja guardia. También ha sido el primer presidente de la cooperativa de San Isidro…, en fin, para qué seguir. ¿Conoces a alguien en el pueblo que tenga un currículum la mitad de comprometido con la Causa como el de mi hermano?
- Todo eso ya lo sabía, señor Benjamín, y es precisamente lo que les he contado a los de sindicatos, pero insisten en que las hermandades necesitan ahora nuevas caras y gente más joven y, claro, Rodrigo tiene un historial excepcional, pero no es alguien nuevo ni mucho menos joven. Y eso yo no puedo cambiarlo ni desconocerlo, de ahí mi problema y la causa de esta conversación. Me veo obligado a relevar a su hermano y, si le tengo que ser sincero, no sé cómo hacerlo.
- Puestas así las cosas habrá que pensar en otras salidas. Dijiste al principio que el cambio tendrás que hacerlo en unas semanas, eso quiere decir que tenemos ese tiempo para encontrar una salida que nos satisfaga a todos. Dame diez días y te ayudaré a encontrar una solución.
   En cuanto llega a casa, Gimeno le cuenta a Lola su conversación con Benjamín:
- … y el patriarca le ha dado la vuelta a mi propuesta, la tortilla del revés. ¡Tiene más conchas que un galápago!
- Sabe más el diablo por viejo… - confirma Lola, pero positiva como casi siempre añade -. De todas formas, hemos de aprender de esa capacidad inagotable que Benjamín tiene para darle la vuelta a la tortilla. Tengo que confesar que es un hombre al que admiro, con lo viejo que es y la enorme habilidad que tiene para sortear cualquier escollo que se le ponga por delante. Y, posiblemente, hace todo eso sin haber leído a Maquiavelo – remata Lola con una irónica sonrisa.

viernes, 30 de octubre de 2015

Capítulo IX. La Cruz de los Caídos - 9.1. Caídos por Dios y por España


                                                        
   Como en tantos pueblos españoles, en Senillar la autoridad competente, es decir el cacique de la localidad, ha decidido realizar una obra que ponga a la villa a la altura de los municipios patrios más señeros. No se trata de una construcción destinada a mejorar la economía, las comunicaciones o la vida social, sino de un monumento cuya última finalidad es la de hacer perdurable el recuerdo de quien lo erigió. Algo muy propio del ego de todo dictadorzuelo que se precie. Y siguiendo una rancia tradición muy española la obra aunará la religión y la evocación de los muertos, algo similar a lo que en una escala que no admite comparación está construyendo Franco en el Valle de los Caídos. Por eso, Gimeno ha resuelto colocar una placa en la fachada de la iglesia parroquial para recordar a los caídos por Dios y por España en la pasada guerra civil. Lo de menos es la relación de los que cayeron, no conoció a ninguno de ellos y le importan una higa, lo sustancial es que en la parte inferior de la placa figurará una inscripción con el nombre del prócer que mandó elevarla; es decir, el suyo. Gimeno se lo explica a mosén Bautista, dando su consentimiento por hecho.
- … y la placa llevará una cruz con una corona de laurel. Debajo habrá una relación en la que figurarán los vecinos del pueblo asesinados por los rojos encabezada por José Antonio. Rematará la lista la inscripción de: ¡Caídos por Dios y por España! ¡Presentes! La placa será de mármol y no desentonará del resto de la fachada. Lola se ocupará personalmente de elegirla – Gimeno no le cuenta nada de la inscripción añadida, tampoco es cuestión de darle al sacerdote todos los detalles.
   Al párroco se le ve incómodo y tras alguna vacilación responde:
- Verás, José Vicente, me parece muy bien todo lo que suponga recordar a nuestros caídos, pero desde el obispado han recomendado hace bien poco que las fachadas de los templos deben estar limpias y no ser objeto de inscripciones o añadidos que no tengan relación directa con el culto.
   Gimeno queda un tanto desconcertado ante la manifestación del párroco. Está oponiéndose, piensa, pero ¿cómo se atreve a negarme nada teniendo en cuenta lo que sé de él? No se da por vencido fácilmente e insiste:
- Vamos a ver, Batiste – cuando están solos ambos hombres se tutean -, si te he entendido bien. ¿Me estás diciendo que el obispo ha prohibido que figuren en la iglesia los nombres de aquéllos que dieron su vida por protegerla y salvarla?
- No es eso, José Vicente, no es eso. La Iglesia respeta y valora enormemente el sacrificio de los católicos que, justamente por serlo, fueron sacrificados por la insania comunista. Como sabes, todos los años celebramos una misa de difuntos y un responso por todos ellos y siempre les tenemos presentes en nuestras oraciones. Para la Iglesia son tan mártires como los que morían en los circos romanos por no renegar de su fe. Pero todo eso no es óbice para que el señor obispo considere que los templos no son el lugar más adecuado para que en ellos figuren placas de los caídos. 
- ¿Quieres qué te enumere los templos de la provincia en cuyas fachadas existen lápidas como la que pretendo colocar? Con tu venia, naturalmente.
- Lo que dices es cierto. Hay muchos templos con placas así, pero la recomendación del obispado es precisamente para aquellas iglesias en las que todavía no hay ninguna. Y ese es el caso de la nuestra.
- O sea, que solo es una cuestión de fechas. Si lo hubiésemos hecho unos meses antes nadie hubiera dicho nada, pero ahora no es posible.
- Algo así, pero siempre podemos encontrar una solución que satisfaga a ambas partes y tú sabes bien que cualquier cosa que pueda hacer…
- Mira, Batiste, vamos a dejarlo correr y no me tires de la lengua que será peor.
   El político sale visiblemente irritado de su charla con el reverendo. Se va a enterar el curilla este, se dice, de lo que vale un peine cuando destape sus enjuagues con el dinero de la colecta para amueblar la iglesia. Es lo primero que le comenta a su mujer cuando llega a casa. Lola, como ocurre a menudo, tiene otro punto de vista.
- Creo, José Vicente, que ahora no deberías destapar los gatuperios de mosén Batiste porque no te deje poner la lápida.
- Si he de serte sincero, lo que me fastidia no es poner la placa, sino que ponga en solfa mi autoridad. Porque si el ejemplo cunde, ya me dirás qué puede pasar. Que me van a tomar por el pito del sereno. Voy a convocar un pleno extraordinario del Ayuntamiento y le exigiré que dé pública cuenta de en qué se gastó el dinero de la colecta, partida a partida.
- No creo que sea buena idea. Mi opinión es que deberías de guardarte lo que sabemos del cura para asuntos de mayor calado. Puede llegar un momento en que el apoyo del mosén sea necesario y esa será la hora para presionarle con airear sus trapos sucios.
- Y mientras tanto voy a ser el hazmerreír del pueblo.
- Del pueblo no tienes que preocuparte, se limitarán a murmurar por detrás y en voz baja, pero eso no va a ninguna parte, es humo de paja. Se me ocurre que en vez de la lápida de marras, que al fin y al cabo no va a ser más que algo decorativo, con el dinero que va a costar podías hacer otra obra que generase algún puesto de trabajo o que ayudase de alguna manera a mejorar el desarrollo del pueblo… Por ejemplo, ensanchar y arreglar los caminos rurales que, por lo que me contaba Fina el otro día, están de pena.
- Ya sé que no tengo que preocuparme de la gente de aquí, pero sí de la jefatura provincial y a sus ojos Senillar va a ser uno de los contados pueblos, si no el único, que no va a tener una placa dedicada a los caídos. Los caminos y demás zarandajas les importan un pepino.
- Entonces, ¿por qué no le das la vuelta al problema? ¿Por qué en vez de una modesta lápida no mandas erigir algo mucho más grande, que no pase desapercibido para nadie y que no sea necesario que esté en el templo? Alguna clase de monumento, un arco, una capilla, una cruz a la entrada del pueblo como esas que hay en muchos lugares…
- ¡Me acabas de dar una idea estupenda! – exclama entusiasmado Gimeno -. Ya sé lo qué voy a hacer, mandaré construir una cruz de los caídos, pero no en la entrada del pueblo, sino en medio de la Plaza de la Iglesia. Así el mosén la tendrá delante de sus narices. ¿Señor cura, no querías taza?, ¡pues toma taza y media! – grita dirigiéndose a su invisible antagonista.
   Un par de semanas después, el pleno del Ayuntamiento aprueba por unanimidad la propuesta de erigir un monumento a los caídos. Será de notables proporciones, tendrá dos fuentecillas laterales, una lápida con la inscripción de ¡Caídos por Dios y por España! ¡Presentes! y otra más pequeña en un lateral en la que figurará el nombre de quien mandó erigir el monumento y la fecha de su construcción. El cenotafio estará rematado por una gran cruz. Cuando piden presupuestos para su construcción se han de conformar con que la cruz no sea tan monumental y también desisten de que sea construida con materiales nobles, se construirá en piedra artificial, material que trabaja un artesano del pueblo que lo hará a buen precio y que el mismo diseñará.
   El día de la inauguración de la Cruz de los Caídos, como a partir de ese momento será conocida en el pueblo, el párroco, revestido de pontifical, bendice el monumento en presencia de las autoridades locales y el Subjefe Provincial del Movimiento. Si mosén Bautista está feliz o disgustado no se le nota. Quién está como niño con zapatos nuevos es Gimeno. La cruz que el párroco acaba de bendecir, y que ocupa el centro de la Plaza de la Iglesia, es la muestra inequívoca de quien manda en el pueblo. Y cuando pasen los años seguirán recordando que el monumento lo mandó construir él. Para que luego vayan diciendo los descontentos de siempre que no hace nada por el pueblo. Porque esa es otra. Algunos vecinos, y siempre asegurándose de no ser oídos por personas que puedan irse de la lengua, murmuran que el nuevo Ayuntamiento está haciendo muy poco o, más bien, nada por el progreso del municipio.
- ¿Qué te parece la Cruz? – Gimeno quiere saber la opinión de Lola.
- Pues que quieras que te diga – es la evasiva respuesta de su mujer.
- No me seas gallega, Lola, alguna opinión tendrás sobre ella.
- Pues no está mal, aunque tendríais que haberla hecha más estilizada, más esbelta. Tal y como es, tan maciza y cuadrada, resulta un poco pegote.
- Con el presupuesto que contábamos no podíamos encargar el diseño a un buen artesano, nos hemos tenido que conformar con lo que ha podido hacer Timoteo, pero lo importante es que mi nombre será recordado como el gobernante que mando erigir la Cruz.
- Te conformas con bien poco, marido. Sería más importante que te recordasen por otras obras mucho más sustanciosas y útiles que la de la Cruz.
   Gimeno se queda mirando a Lola, ¿por qué habrá dicho eso? Últimamente la nota muy rara. Mujeres.