viernes, 23 de octubre de 2015

8.9. Buscando padrinos


    Nada más ver su gesto preocupado, Lola sabe que su marido tiene algún problema al que no le encuentra solución.
- A ver, José Vicente, ¿qué te preocupa? Igual puedo ayudarte.
- Ya me gustaría, Lola, que pudieses hacerlo, pero temo que mi preocupación no tiene fácil remedio. Se trata de la inundación que ha anegado los arrozales. Es una auténtica catástrofe.
- ¿No se ha podido salvar nada?
- Casi nada. Algunas gavillas que quedaron enganchadas en las ramas de árboles o que el mar ha devuelto, pero muy poca cosa. Es un desastre total. Y por si faltaba poco, muchos propietarios han tenido que pagar a las cuadrillas de segadores, que naturalmente no tienen ninguna culpa, con los últimos dineros que les quedaban en cuenta. Más de uno ha quedado completamente arruinado y, como no consigan algún préstamo, tendrán que vender sus fincas. Como te digo, una catástrofe.
- ¿Y en la cooperativa no podéis echarles una mano?
- No tenemos fondos para ello. Hay un seguro contra el granizo, pero nadie había previsto lo de la maldita gota fría.
   Durante semanas, los bous que pescan a la altura de Senillar han sacado en sus redes unos extraños peces: gavillas de arroz que, en muchos casos, ya empezaron a germinar. La riada, como se empeñan en llamarla en el pueblo, es el tema principal de conversación en todos los mentideros locales. En el café del Pipa, Arturo Rambla cuenta a los contertulios la odisea que tuvo que pasar la noche de la inundación un empleado de Hilaturas Gedosa, cuyo propietario es un empresario catalán que compró una gran finca de arroz en una de las partidas de la Marina. El patrón envió a uno de sus oficinistas de Barcelona a que vigilara la trilla porque temía que le sisaran en el pesaje. Al chupatintas, no se le ocurrió otra que, para ahorrarse las dietas, en vez de buscarse una pensión se quedaba a dormir en una caseta de campo que habían construido en la finca con materiales de fortuna.
-          … y el pobre hombre se pasó toda la noche subido a uno de los postes que formaban el armazón de la caseta, con el agua al cuello. Por la mañana cuando lo recogí estaba exhausto y no hacía más que repetir Mare de Déu, Mare de Déu, quina nit.
- Ese no se va a olvidar de la Marina.
- Ni del arroz. Jura que no volverá a probarlo ni en paella. Se pasó toda la noche, convencido de que había llegado su final, rezando y mirando la hora en su reloj de pulsera hasta que se agotaron las pilas de la linterna. Dice que no recuerda una noche más larga
- ¿Pues sabéis lo que me ha contado el Amadeo? Que todavía están sacando gavillas a la altura de Torrevieja. Imaginaos hasta donde llegó la riada.
- Si es que nadie en el pueblo recordaba una cosa como la ocurrida.
   Cuando el tema de la riada ya no da más de sí, Martín Esteller introduce un nuevo motivo de conversación:
- ¿Sabéis la última? Rafael, el chico de Antonio Blanquer ha cerrado su almacén de materiales de la construcción.
- Me gustaría saber cómo coño os arregláis los barberos para estar enterados de cuanto pasa.
- Lo del almacén se veía venir hace tiempo – afirma otro contertulio -. Ya dice el refrán que: hacienda, tu amo que te vea y, si no, que te venda. Y Rafael creo que solo aparecía por el almacén de Pascuas a Ramos.
- De todas maneras, independientemente de que a ese chico lo que le gusta es mojar, el negocio de la construcción ya no es lo que era. Desde que el boniato dejó de venderse a modo, la gente ya no gasta tan alegremente. ¿A qué ya no facturáis tantos vagones? – pregunta un contertulio dirigiéndose a Ballesta y Bonet, los dos ferroviarios de la partida.
- En efecto. La facturación cayó en picado. Ahora, aparte de los vagones de algarrobas y almendras, prácticamente no despachamos unidades – confirma Bonet.
- Pues, a pesar de todo, un almacén de materiales es un negocio que tiene que dejar pelas en cantidad.
- Seguro que sí, pero bien llevado, no dejándolo en manos de empleados que solo se preocupan por cobrar a fin de mes. Y si el empleado es un vaina como el Modesto, no te digo nada.
- Hablando del Modesto, ¿sabéis que lleva unos cuernos más grandes que un miura? – Más que una pregunta, el tono de Martín parece una afirmación.
- ¿Ahora te enteras? Eso dejó de ser noticia.
- Pero lo que igual no sabéis es a quién se tira ahora el pichabrava de Rafael Blanquer.
- Cuenta, coño.
- A la masovera que tienen en la finca del Fondo de Benialcaide. A una tal Genoveva.
- Pues la masovera está de toma pan y moja.
- El barbián no le da un palo al agua, pero hay que reconocer que para las mujeres tiene buen gusto.
- Espero que a ésta no la preñe como a la otra.
- Ah, pero ¿es que el crío que ha tenido Consuelo la de Modesto es suyo?
- Hombre, de esas cosas nunca puedes estar seguro al cien por cien, pero por lo que cuentan…
- ¿Y la mujer de Blanquer traga con tantos cuernos?
- Vete a saber. Unos dicen que no sabe nada. Otros, que pasa de todo. Y hasta se murmura que si duermen en camas separadas.
- ¡Cómo estarán el Braulio y la Águeda! Pensar que criaron a su hija como si fuera una reina y mira con quién la casaron. Mejor les habría valido como yerno el José Vicente.
- De todas formas, vaya sietemachos que está hecho el Rafa.
- Hasta que se tope con un marido que le parta la cara a hostias – vaticina uno con gesto de mala leche.
   Gotas frías e historias de cama aparte, en Senillar acaba de producirse un hecho que en otros lugares pasaría desapercibido, pero que para el pueblo, al menos para algunos vecinos, tiene su miga: se ha jubilado Leónidas Queralt, el viejo cartero del pueblo, y hay que cubrir su vacante. Es un puesto muy goloso, no porque el empleo de funcionario de correos tenga unos emolumentos considerables, más bien son escasos, sino porque es un trabajo de los de paga fija a fin de mes y en el que no hay que doblar el espinazo. Los aspirantes al mismo han de estar en posesión de los requisitos exigidos para optar a un puesto como el de la cartería: ser español, militante de FET y de la JONS, mayor de edad, carecer de antecedentes penales, no padecer enfermedad infecto-contagiosa, saber leer y escribir, ser informado favorablemente por la Guardia Civil y haber cumplido el servicio militar. Tendrán prioridad los mutilados de guerra, ex combatientes, ex cautivos, huérfanos de guerra y los que tengan algún familiar asesinado por los rojos. Más que el cumplimiento de dichos requisitos lo que realmente preocupa a los candidatos es buscarse padrinos. Cada aspirante intenta conseguir los mayores respaldos posibles, echando mano de familiares, amigos y conocidos. A las personas a las que se considera que puedan tener alguna clase de influencia les llegan, por los caminos más insospechados, peticiones de recomendación.
- Mosén Batiste, no sé si conoce a mi prima Loreto. Tiene un chico; bueno, ya es un hombre. Muy formal, religioso, serio..., buena persona. Quiere presentarse al puesto de cartero. Lo haría muy bien porque conoce a todo el mundo y es muy simpático. Venimos a pedirle el favor de si usted podría echarle una mano. Una recomendación suya sería muy importante.
- Hombre, Severino, ese asunto está muy lejos de mi ministerio. No sé qué puedo hacer.
- Somos sabedores de que no es usted quien ha de decir la última palabra, pero una indicación suya siempre será atendida.
- Bueno, no os prometo nada, pero haré lo que pueda. ¿Cómo se llama tu hijo?
- Sabino Planell, mosén Batiste. Y que Dios se lo pague.
   La mujer lo plantea con cierta dosis de dramatismo, como si en lo que demanda le fuera la vida:
- Vengo a pedirte un favor muy grande, Benjamín.
- Tú dirás, Magdalena.
- Se trata de mi Ismael. Ahora le ha dado en que quiere ser cartero. Dice que está cansado de trabajar en el campo y que prefiere otra clase de faena y como ha quedado vacante el puesto, pues que le gustaría probarlo a ver qué tal le va.
- Magdalena, explícale a tu hijo que no se puede aspirar a un puesto para probar a ver si le gusta o le deja de gustar. Que eso no es serio. Estamos hablando de un empleo del estado, no de una ocupación eventual de mala muerte.
- Su padre y yo se lo hemos dicho. Pero ya sabes cómo son los chicos de ahora. No se toman nada en serio.
- Ellos no, pero yo sí. Supongo que quieres que lo recomiende.
- Si no fuera pedir mucho...
- Lo siento mucho, Magdalena, pero no puedo. ¿Cómo voy a recomendar a una persona que ni siquiera está segura de sí quiere o no el puesto? Imagínate que lo respaldo, le dan el empleo y a los dos meses lo deja porque no le peta. Vaya papelón el mío.
- Verás. A lo mejor es que no he sabido explicarme. Lo de probar si le gusta no es del todo cierto. Lo que dice es que está harto del trabajo del campo y que sería preferible ser cartero que no darle a la azada.
- Haber empezado por ahí. De todas formas, envíame a Ismael y tendré una pequeña charla con él a ver qué es lo que realmente quiere.
   Los progenitores visitan al patriarca acompañando al aspirante a cartero. Tras dialogar con el joven, Benjamín no se queda muy convencido de la apetencia del aspirante ni de sus luces pero, como la familia es lo primero, promete recomendar a su sobrino Ismael.

martes, 20 de octubre de 2015

8.8. Un ménage à trois


    La gota fría también ha llegado para Lola en forma de noticia: Rafael y Pepita han tenido un hijo. Resguardada tras los visillos de la puerta de casa ve pasar el cortejo del bautizo. Maruja es la madrina de su nieto y va toda orgullosa, parece que en vez de portar al crío llevase el Santo Grial. Se fija en la nueva mamá, está algo desmejorada, pero ha tenido suerte, no debe de haber engordado ni un gramo; también ella rebosa satisfacción. El padre de la criatura va detrás de los padrinos, con las manos en los bolsillos, y charlando despreocupadamente con un amigo. Cuando al cabo de un rato vuelve a pasar el cortejo de vuelta de la iglesia solo puede ver al padrino, el tío Braulio, que lanza puñados de monedas de cinco y diez céntimos mezcladas con caramelos y peladillas a la chiquillería que se arremolina a su paso.
   Fina, que acaba de llegar, saca a Lola de su contemplación.
- Esa tripita comienza a marcar curva, eh. ¿Ya te da pataditas?
- Hace mucho. La otra noche mira si se movía que me despertó. Desperté a José Vicente para que lo comprobara.
- ¿Y no se enfadó?
- ¡Mujer! ¿Por qué iba a enfadarse? También es hijo suyo. Si está más chiflado con el crío que yo. No puedes imaginarte el mimo con el que apoyó su cabeza en mi vientre para oírlo.
- ¡Que suerte tienes! Tu marido es un santo. Si en alguno de mis embarazos hubiera despertado a mi Herminio a media noche para que escuchara las pataditas del crío, a la que le da la patada es a mí. ¿Y qué prefiere, niño o niña?
- Dice que lo que venga bienvenido será, pero ya sabes, los hombres, si por ellos fuera, se pedirían niño, sobre todo el primero. Está eso de perpetuar el apellido y todas esas historias. ¿Y te digo otra cosa? Si tenía alguna duda de cuanto me quiere José Vicente, se me disiparon hace unos días. Estábamos comentando asuntos del Ayuntamiento, cuando me referí, porque venía a cuento, a Rafa. No veas cómo se puso. Le cogió un ataque de cuernos que me dejó con la boca abierta. Nunca pude imaginarme que se pondría tan celoso.
- ¡No le habrás dado motivos!
- ¡Por Dios, Fina, qué cosas dices! Pues sí que estoy yo como para andar de picos pardos. Ni le he dado motivos ni se los daré nunca. Ya te digo que si cité a Rafa fue porque estábamos hablando del señor Benjamín y salió su nombre a relucir. Vaya mosqueo que se pilló.
- Ten cuidado que los celos son malos compañeros y llegan a cambiar el carácter de las personas. ¿Te acuerdas, cuando la guerra, de lo borde que te pusiste conmigo porque no te conté el lío de aquella refugiada madrileña con Rafael? Estuviste un montón de tiempo sin dirigirme la palabra, creí que no volveríamos a ser amigas. Mira de lo que son capaces los celos.
- Ya lo sé, ya. Bastante mal que lo pasé y bien que me arrepentí de haberme portado contigo como lo hice. Al fin y al cabo tú no tenías la culpa. Alguna vez he recordado aquel episodio y me he preguntado qué se habrá hecho de aquella pobre chica.
- A mí también me picaba la curiosidad. Recién llegado al pueblo, me crucé con Toni Caselles y le pregunté por Almudena. Ya sabes que se murmuraba que Toni tuvo que ver con ella. Me dijo que no había vuelto a saber nada desde que los nacionales liberaron el pueblo.
- Esas son viejas historias que mejor es no removerlas.
- No sé si te alegrarás tanto de lo que te voy a contar, pero creo que es mejor que lo sepas por mí para que no vuelva a pasar lo de aquella vez con la evacuada. ¿A qué no puedes imaginarte quién es la última conquista del siete machos de Rafa?
- Conociéndole seguro que, sea quien sea, no me va a sorprender nada.
- Creo que esta vez sí. Ni en un millón de años podrías suponer con quién le está poniendo los cuernos a su mujer..., con nuestra amiga Consuelo.
- ¿Con Consuelo?, ¡no es posible!
- Ves como sabía que te ibas a quedar de piedra. Pues sí, con Consuelito.
- No sé si creerlo. Igual son chismes de cotillas que no tienen nada más que hacer que darle a la sin hueso.
- Mujer, ya sabes que en estos casos nadie asegura que los ha visto encamados, pero lo que sí parece cierto es que han visto a Rafa entrar y salir de casa Consuelo cuando su marido no está. Conociendo lo catacaldos que es Rafa desde luego no va a pasar el rosario.
- Lo que es la vida. De todas vosotras, Consuelo fue la única que demostró envidia cuando salía con Rafa. Precisamente fue ella la que me contó lo que antes referíamos de la madrileña. Y ahora, al cabo de tantos años, resulta que también ha pasado por el aro ¡Qué poca vergüenza tiene, una mujer casada! Y el manta de su marido sin enterarse.
- Eso es lo mejor de la historia. Dicen que Modesto es consentidor.
- Pero bueno, ¿adónde vamos a llegar, a qué el marido consienta?
- El asunto no acaba ahí. Hay más. Como dice mi Herminio esto es para mear y no echar gota. Dicen las malas lenguas que es un, un..., a veces te he oído emplear una expresión francesa que creo que es la que viene al pelo en estos casos.
- ¿Un ménage à trois?
- Pues eso, esta es una historia de ménage. Parece que todos consienten porque todos salen ganando.
   La historia ha excitado la curiosidad de Lola.
- A ver, explícate, ¿quiénes son todos?
- Pues todos, las dos parejas, Rafael y Pepita y Consuelo y Modesto.
- ¿Pero Pepita también está liada con Modesto? Eso sí que no lo creo de ninguna manera.
- No, no está liada con ese vago. Lo que parece es que, según cuentan, en ese apaño del Rafa con Consuelo todos ganan, incluso los que llevan los cuernos.
- Ya me dirás cómo se guisa eso, porque de todo lo que me llevas contado es lo más sorprendente, que los cornudos también estén contentos.
- Tampoco será la primera vez. Mi padre nos contaba que cuando estuvo sirviendo al Rey en África había un sargento que decía que los cuernos son como los dientes, que al nacer duelen, pero que luego, según quien te los ha puesto, ayudan a comer.
- Cómo no te expliques mejor sigo en ayunas.
- Es que no es fácil. Verás, según parece Rafael ya le tenía echado el ojo a Consuelo, entonces para ganarse al holgazán del Modesto y saber cuándo tiene el patio libre de moros, le ofreció trabajo en su almacén de materiales. De esa forma, todos ganaban, Consuelo conseguía que su marido hiciese algo de provecho, Modesto encontraba quien le diese un sueldo y Rafa tenía al pajarito contento.
- Si fuera tal como lo cuentas sería en verdad un ménage à trois, pero sigo sin explicarme qué diablos pinta Pepita en ese vodevil.
- Esa parte es la enrevesada, y parece que la menos clara, de esta historia. Hay quien asegura que las relaciones de cama de Rafael y su mujer nunca han sido gran cosa y más aún después de tener el crío. Como ahora Rafa tiene la colita satisfecha pues no reclama sus derechos maritales o los exige mucho menos.
- ¿Quieres decir qué Pepita sabe que su marido la engaña?
- Casi seguro. El día que fui con mi suegra a conocer al niño, ya sabes que son parientes, me quedé a solas con Pepita mientras Águeda le enseñaba a mi suegra todos los regalos que le habían hecho al crío. Hablamos de los partos y de todo lo que viene después y cuando le comenté que tenía que pasar la cuarentena para volver a estar con su marido, ¿sabes qué me contestó? Que la cuarentena o la centena si hacía falta, que a Rafael no lo iba a echar de menos. Fíjate, y nosotras qué creíamos que era poco menos que tontita. Bueno, pues de eso nada, me parece que es tan ladina como su madre.
- Es que se me hacen los ojos chiribitas. ¿Pues sabes qué? Tenías razón, la historia que acabas de contarme es increíble. Aquí, el que no corre, vuela.
- Si ya lo dice mosén Batiste: este pueblo es como Sodoma y Garrama.
- Gomorra, Fina, Gomorra.

viernes, 16 de octubre de 2015

8.7. La gota fría destruye muchas ilusiones



   Ha llegado el momento de la siega del arroz. Julio Bosch está pendiente de que no le falte nada a la cuadrilla de segadores, al tiempo que su hijo Julito hace de aguador. El chaval chapotea en el limo del arrozal, mientras va detrás de la cuadrilla, llevando el botijo del que los segadores echan sus buenos tragos, aunque alguno prefiere reservarse para darle un tiento a su bota de vino. Aunque es final de septiembre, el sol sigue apretando y el trabajo de la siega no es precisamente leve, hay que doblar bien la espalda y meter los riñones para segar el arroz con la hoz e ir depositándolo en los montones que cada segador deja tras sí hasta que forma una gavilla. Los hombres, unos maduros y otros jovencitos casi imberbes, van descalzos y los pies se hunden ligeramente en el suelo fangoso del arrozal. Muchos van cubiertos con sombreros de paja para resguardarse la cabeza, son más de diez horas diarias bajo el sol y nadie está exento de coger una insolación, ni siquiera los atezados segadores.
- ¡Chico, el botijo! – grita un cuadrillero.
   Allá va corriendo el chaval. Su padre le mira y piensa: en un par de años ya estará listo para segar, me ahorraré un jornal. Y ojalá inventen pronto una máquina segadora como las del trigo, se dice.
- ¡Agua! – pide un segador.
   Allá va Julito sin darse demasiada prisa. Su padre vuelve a echarle otro vistazo. Le gustaría que el chico fuese más rápido y fuerte pero, bueno, es lo que es.
- ¡A ver, Argimiro, que te estás atrasando! – grita el cabeza de cuadrilla.
   Bosch y su mujer están echando cuentas de lo que van a sacar del cosechón de arroz que se está secando en los campos. Y también en qué van a invertir el dinero que obtengan.
- Entonces, ¿lo del cupo no hay forma de camuflarlo?
- Qué cosas preguntas, mujer. Cómo si en la cooperativa no tuvieran el cálculo aproximado de cuantos kilos por hectárea dará esta campaña.
- Pero no lo pueden saber con exactitud.
- Naturalmente, y ahí es donde podemos escamotear un buen montón de kilos para venderlo de estraperlo.
- Bueno, ¿y ya tienes claro qué hacer con el dinero?
- Primero pagar las deudas. Por fin quedaremos a cero. Para ser exacto, solo faltará por saldar una pequeña cantidad con el Instituto Nacional de Colonización, el plazo que vence el año que viene, pero es poca cosa. Y si sobra algo podemos plantearnos hacer obras en la casa.
- Bastante le recé a la Purísima para que llegara este día.
- Pues lo que es yo, la de noches que he pasado pensando en qué haríamos si las cosas salían mal. A Dios gracias, podemos olvidarnos de esas preocupaciones.       
   El fuerte calor del final de septiembre ha calentado el agua del Mediterráneo casi un par de grados por encima de la temperatura habitual en esas fechas, el resultado es que la evaporación también se incrementa y la aparición de densos cúmulos se convierte en un fenómeno habitual la mayoría de las tardes. Las tormentas son aparatosas, pero generalmente inocuas, caprichosos relámpagos, retumbantes truenos, algún chaparrón, pero poco más. Lo peligroso podría ser una granizada, pero ese meteoro es poco frecuente en la zona y además existe un seguro contra el pedrisco. El único problema que han generado los dos o tres chubascos que han caído es que han retardado algo el secado de las gavillas que todavía están los campos, por lo demás todo marcha según lo previsto. Bosch ha sacado del banco el remanente de dinero que le quedaba en cuenta para pagar a la cuadrilla de segadores y ha apalabrado con el dueño de la trilladora que le pagará la trilla cuando cobre de la cooperativa arrocera.
   La noche del veintiocho al veintinueve de septiembre los cumulonimbos han ido creciendo espectacularmente en la comarca y desde el anochecer parecen darse cita en la llanura senillense. Antes de que se haga noche cerrada comienza a llover, al principio da la impresión de que es el clásico aguacero, corto pero intenso, propio de las tormentas septembrinas, pero a medida que trascurren las primeras horas de oscuridad la lluvia arrecia por doquier. Llega un momento en que la tierra, empapada, se niega a recibir más líquido y todas las vaguadas se transforman en impetuosos torrentes que vierten mares de agua en la llanura. Poco después de la medianoche, comienzan a inundarse las casas del pueblo que están ubicadas en las zonas más bajas y las calles y caminos se convierten en cauces que encaminan el agua hacia las cotas más bajas del término municipal: los campos al este de la vía férrea, la marjalería y el humedal de la Marina, precisamente donde están los arrozales.
   Bosch ha estado colocando cubos y palanganas para recoger el agua de algunas goteras que han aparecido en el tejado de la casa. Mira a través de la ventana la manta de lluvia que cae y con deje preocupado comenta a su esposa:
- Solo faltaba esta maldita lluvia. Las gavillas, que ya estaban secas, quedarán otra vez empapadas y tendremos que retrasar la trilla.
- Mientras sea solo un retraso – musita la mujer un tanto inquieta.
- No te preocupes – la tranquiliza Julio -, con el agua que cae no hay peligro de pedrisco que es lo único que podría hacer daño.
   La conversación queda interrumpida con la llegada de uno de sus cuñados que viene a avisarles que en su casa hay más de un metro de agua y que necesita ayuda. Bosch se pone las botas de goma, coge una pala y se va rápido a echar una mano. Encuentra a la familia del cuñado tratando de poner fuera del alcance del agua los muebles, enseres y objetos que flotan por las habitaciones y que terminan engullidos por el remolino que se forma en la puerta trasera que está en la cota más baja de la casa. Antes de que aparezcan las primeras luces del alba deja de llover. Cuando comienza a clarear, tanto Bosch como su cuñado y los vecinos que han venido a echarles una mano se percatan del desastre que ha causado la inundación: el agua ha ido saliendo poco a poco, pero la casa está llena de lodo, los muebles y enseres que se han salvado están embarrados y parece como si por allí hubiese pasado un torrente. De alguna manera, así ha sido. Un conocido les dice que la inundación ha llegado hasta el mar y que se ha llevado varios tramos del terraplén del ferrocarril. Cuando Bosch lo oye el corazón le da un vuelco. Se despide apresuradamente:
- Me voy a ver cómo está el arrozal. Tengo un mal presentimiento.
- No vayas solo – le dice su mujer -, que te acompañe Julito.
   Padre e hijo cogen la bicicleta y se dirigen al coto arrocero. En el camino de la marjalería, antes de llegar a la vía férrea, se cruzan con un convecino que, con tono desabrido y gesto de jódete, les dice:
- No queda ni una gavilla. Han parado todas al mar.
   El pobre Julio se queda lívido y no es capaz de decir nada. Al llegar al paso a nivel del ferrocarril, Bosch contempla con dolorido asombro que a la altura del Torreón hay más de un centenar de metros de tendido ferroviario donde la riada se ha llevado el terraplén y los raíles han quedado colgando en el vacío. Poco después es otro vecino, que también tiene un campo de arroz, el que con gesto y voz compungida solo es capaz de decirles:
- Disgusto, disgusto… - y cabizbajo y entristecido no añade más.
   Tienen que dejar las bicicletas porque es tanto el espesor del lodo que las ruedas se hunden y no hay forma humana de desatascarlas. Al llegar al motor del arroz, encuentran al motorista sacando objetos llenos de fango de la caseta del motor. Interrumpe el trabajo y se dirige a Bosch:
- Lo siento de todo corazón, Julio, pero no queda una puñetera gavilla en toda la Marina. La riada ha arramblado con todo lo que ha encontrado por delante y toda la cosecha debe de estar en el fondo del mar. Me jode un montón ser yo quien te dé la noticia, de verdad, pero ya lo verás con tus propios ojos
   Bosch se tambalea y la sangre parece que haya abandonado su rostro. Padre e hijo chapotean en medio del cenagal en que se han convertido los caminos de la zona hasta que llegan a la finca. En silencio miran lo que era un espléndido campo motejado cada varios pasos por las gavillas de arroz puestas a secar, no queda nada. El campo, que el día anterior estaba seco, ahora es una lámina de agua que oculta hasta los caballones que sirven de márgenes entre parcela y parcela. Ni rastro de arroz ni de nada, solo una laguna de agua sucia que se confunde con la del mar porque éste ha perdido su tono azulado y presenta un desagradable color terroso. Por encima de la lámina de agua de la Marina solo sobresalen los plumeros de los carrizos, toda la demás vegetación está anegada. La riada, así la llamarán siempre los senillenses aunque por allí no haya ningún río, se lo ha llevado todo por delante. Julio se echa las manos a la cara y no puede evitar un sollozo. Unos lagrimones gordos como garbanzos se le escurren por las mejillas. Su hijo le mira entre el asombro y la tristeza, es la primera vez que ve llorar a su padre. Por el momento, a los Bosch les ha cambiado la vida. La bonanza económica que vislumbraban se ha desvanecido como si de un espejismo se hubiese tratado.
   Días después, cuando Gimeno le cuenta a su mujer el desastre económico que ha supuesto la riada para los arroceros locales, Lola condensa en una frase la mayor consecuencia del fenómeno climático:
- La maldita gota fría ha destruido muchas ilusiones.