martes, 13 de octubre de 2015

8.6. Lola hila fino aconsejando



   Benjamín Arbós le ha pedido a Gimeno que nombre juez municipal al marido de su sobrina Pepita y que no es otro que Rafael Blanquer. Cuando José Vicente le dice que no se le ocurre como justificar el cambio para que Lapuerta, el actual juez, no se moleste, el viejo cacique le dice que ya se le ocurrirá algo a Lola. La alusión que ha hecho sobre su mujer le irrita profundamente, pero se contiene y decide no darse por enterado.
- Lo que me pide no solo depende mí, tiene que proponerlo el alcalde, en Valencia han de aceptar la propuesta y…
- Vamos, vamos, José Vicente. Los dos sabemos cómo se manejan estas cosas y lo sugestionable que es el alcalde a tus demandas.
- No le prometo nada, pero haré cuanto esté en mi mano.
   Tras marcharse Benjamín, Gimeno da rienda suelta a su enfado, le da una patada a una de las sillas del despacho que termina por arruinarla. ¿Cómo se atreve el viejo chivo a meter a su mujer en sus tejemanejes?, se pregunta. No debería ni citarla. ¿Hasta dónde vamos a llegar si mezclamos la vida familiar con la política? Hay límites que nunca deberían de traspasarse. Al cabreo le sucede una fase de reflexión. ¿Cómo es posible que Arbós sepa que Lola le aconseja en asuntos políticos? Estaba convencido de que eso era algo que quedaba en el más estricto seno familiar. Lo que más le inquieta es cómo llegan a saberse esas intimidades. Él no lo ha comentado con nadie. Lo que quiere decir que ha tenido que ser Lola quién se ha ido de la lengua. Jamás lo hubiese supuesto. Una de las cualidades que más valora en su mujer es la discreción. No acaba de creerse que sea ella quién haya ido por ahí contando lo que habla el matrimonio.
- ¿A qué no puedes imaginarte lo que me pidió esta mañana Benjamín?
- Cualquier cosa. Del patriarca puede esperarse todo.
   José Vicente cuenta a su esposa las dos peticiones de Arbós, pero no se atreve a decirle lo que de verdad le ha dejado preocupado: su posible indiscreción.
- Con lo de las guías me andaría con mucho cuidado, marido. Si dices que podría ser algo ilegal yo le daría esquinazo. Ni siquiera llegaría a comentarle nada a ese amigo tuyo de la Comisaría. Le cuentas a Benjamín que pediste el favor, pero que te ha sido imposible conseguirlo.
- Eso mismo pensaba decirle. No estoy dispuesto a que me involucre en los turbios negocios de Gonzalo. Y en cuanto a lo de nombrar juez al cantamañanas de Blanquer también voy a decirle que no es posible.
- Ahí me andaría con pies de plomo. Te ha pedido dos favores. Opino que ambos no deberías negárselos. O le haces uno o el otro. Tienes que pagarle lo que hizo por ti en el asunto de tu aumento de sueldo.
- ¿Tienes mucho interés en que nombre juez a tu exnovio? – José Vicente no ha podido contenerse, un ramalazo de celos le ha sacudido de arriba abajo.
- No digas tonterías. Podría devolverte la moneda diciendo que por qué no quieres que tu exnovia sea la señora jueza, pero ese no es el caso. No tengo ningún interés, en absoluto. Quién me preocupa eres tú y nadie más. De eso puedes estar tan seguro como que luce el sol. Pero insisto, sería conveniente que le hicieras a Benjamín uno de los dos favores, salvo que hubiera barreras insalvables. Me has dicho que lo de las guías puede resultar peligroso, por tanto solo te queda el otro, independientemente de que el beneficiario sea Blanquer – el apellido le suena raro en sus labios, que recuerde es la primera vez en su vida que llama así a Rafa – o cualquier otro.
- ¿Has pensado por un momento cómo quedaré ante Lapuerta?, ¿qué va a pensar de mí?, ¿qué soy un chiquilicuatre al que cualquiera le da órdenes? Para más inri, te recuerdo que, en su momento, el nombramiento del médico lo calificaste como un gran acierto.
- Todo eso lo sé, José Vicente, y tienes buena parte de razón. Don Manuel – Es curioso el tratamiento que la pareja da al médico: ella le trata siempre de usted, en cambio él le tutea – no se merece el cese. No ha hecho nada para ello y es una gran persona. Yo siempre le he tenido una especial simpatía. Recuerdo que cuando don Domingo nos daba clase, él se pasaba a menudo por la escuela y a veces le ayudaba y nos tomaba las lecciones o nos explicaba algo que no habíamos entendido. Como habla inglés sabe muchas cosas. Y ya no solo es simpatía, es nuestro médico, va a ser quien me asista cuando nazca nuestro hijo. Por lo tanto, tengo tanto o más interés que tú en no hacer nada que pueda molestarle. Lo que pasa es que tiene la mala fortuna de ocupar un puesto que quiere Arbós para uno de sus paniaguados, sea el marido de su sobrina o Perico de los Palotes, eso es irrelevante. A don Manuel no le debes ningún favor y a Benjamín sí. Esa es la pequeña diferencia.
- A Manolo le debo el favor de que aceptara ser juez.
- De acuerdo, pero tendrás que valorar a qué favor concedes más peso, si al que te hizo don Manuel o al que te ha hecho Benjamín. Tú mismo... Y se me ocurre otra solución, si tanto interés tienes en que Lapuerta siga siendo juez, lo que podrías hacer es cesar a Diego o a Cristóbal en el Ayuntamiento y en su puesto nombrar a Blanquer. Si a lo que aspira Pepita es a figurar, igual lo hará siendo la esposa de un concejal.
   Esta conversación la tiene el matrimonio mientras el verano está en sus postrimerías. En los campos la mayor parte de las cosechas se han recogido, el coto arrocero es una excepción. Los arrozales parecen un mar de ondeantes y doradas espigas que se curvan por el peso del grano. La cosecha promete ser espléndida. Julio Bosch, uno de los arroceros fuertes del pueblo, está más que satisfecho, cuando esta temporada finalice, entre lo que sacará del cupo vendido a precio oficial y lo que obtenga de lo que va a estraperlear, dejará atrás los números rojos e iniciará la cuenta de beneficios. En poco más de una semana, la cuadrilla que va a contratar segará el arroz y campaña terminada. Precisamente el coste de la cuadrilla es lo que está ajustando con Manèl el Rapitenc, que es el cabeza de los segadores.
- Podemos ajustar la siega como quiera: a jornal diario, por horas o a destajo.
- Tengo que pagarla de todas formas. Y a vosotros os interesará más a destajo, ¿no?
- Hombre, claro que nos interesa más. Y si bien lo piensa, a usted también, cuanto antes esté segado, antes lo podrá trillar. En San Carlos de la Rápita decimos que el arroz no está asegurado hasta que no lo tengas en el saco y bien atado.
- Pues a destajo ¿Cuándo empezaréis?
- Iré a echar un vistazo a ver cómo está de granado, pero a bote pronto calculo que podremos comenzar hacia el dieciocho o diecinueve.
   Aquella tarde, Bosch le explica a su cuñada Sagrario, que se ha pasado por casa, el proceso de la siega:
- … y los hombres siegan el arroz que dejan en montoncitos para luego formar gavillas…
- ¿Y con qué atan las gavillas? – le interrumpe Sagrario.
- Hacen una especie de soga con dos matas de arroz y la utilizan para atar la gavilla. Detrás de los segadores un hombre va cortando la parte inferior de la gavilla. Esa paja la extienden en el suelo y encima ponen la gavilla para aislarla de la superficie y así el arroz se seca mejor. Y luego, durante los días que las gavillas están en los campos, les damos la vuelta una o dos veces para que se oreen igual por todas partes.
- ¿Y cuánto tiempo cuesta secarlas?
- No hay un período concreto. Unos cuantos días, hasta que estén lo suficientemente secas para llevarlas a la trilladora. Y luego hay que volver a secar el grano en las eras.
- ¿Y por qué hay que secarlo tantas veces? Eso no pasa con el trigo.
- Mujer, es distinto. Ten en cuenta que el trigo es un cultivo de secano, pero el arroz está encharcado en agua desde que se planta hasta que se siega. La cantidad de líquido que acumula lógicamente es grande y hay que conseguir que pierda una buena parte.

viernes, 9 de octubre de 2015

8.5. El que algo quiere, algo le cuesta



   A Rafael le ha encantado volver a hablar a Lola, aunque para él siempre será Lolita. Tenía muchas ganas de mantener una charla con ella, aunque la breve conversación que han cruzado le ha sabido a poco, pero era cuestión de romper el hielo. Piensa que la joven, le resulta extraño pensar en ella como una mujer adulta, está tan guapa como siempre y, pese a su estado, sigue estando muy rica. Y juraría, se dice, que cuando me ha visto se ha puesto nerviosa. Me parece que todavía debe de sentir algo por mí. Como se me ponga a tiro seguro que me la vuelvo a llevar al huerto. Y lo que es tener clase, ahí la tienes, en estado y con un cutis como el alabastro. En cambio la tontorrona de mi mujer tiene la cara llena de barrillos y granitos. Tendría que haberme quedado con Lolita.
   Lola prosigue su camino. Su cabeza es un torbellino. Los recuerdos, la evocación de tiempos pasados, los sentimientos adormilados…, todo parece agitarse en su interior. Como si fuera un estanque al que hubiesen lanzado una piedra: las ondas de los recuerdos se extienden por los rincones más recónditos de todo su ser. Al llegar a casa se sienta y toma un vaso de agua. Trata de serenarse. Piensa que es increíble que a estas alturas de su vida, cuando está en un tris de ser madre, cuando se encuentra felizmente casada con un hombre que cada día la llena más, resulta que el mero hecho de haber cruzado unas palabras con Rafael le hayan puesto tan nerviosa, como si continuara siendo una adolescente. Sacando voluntad de no sabe dónde intenta olvidarse del encuentro y de amordazar sus emociones. Retoma la labor de tricotar los peucos que está haciendo, los hace a pares: azul por si es niño, rosa por si es niña. En ese quehacer la encuentra su marido.
- Pero, mi vida, ¿cuántos peucos piensas hacer? Debes tenerlos en cantidad suficiente para montar una tómbola.
- No te burles, José Vicente. Hacer punto de media me tranquiliza.
- ¿Estás nerviosa?
- No, no son nervios, pero ya sabes que en mi estado se tienen sensaciones especiales. Don Manuel me ha recomendado que procure hacer una vida lo más activa y normal posible.
- Activa sí, pero normal no sé qué decirte. Nunca te había visto tan dada a las labores de aguja.
- Tampoco me habías visto antes con esta cintura.
- Si apenas has engordado y, no solo eso, te diré que cada día estás más guapa. Nunca me has atraído tanto.
- Eso no es necesario que me lo jures. Tan cerebral como se cree la gente que eres y lo que no saben es que estoy casada con un garañón – El tono no es de reproche, se podría adivinar un rastro de orgullo en las palabras de la mujer.
- Hablando de otro asunto. He resuelto volver a pedir a la junta el aumento de sueldo.
- ¿Lo has pensado bien, no te volverán a gastar la misma jugarreta que la otra vez?
- Lo dudo. Esta vez amarraré el resultado. Antes de hacer ningún movimiento lo hablaré con Benjamín. Si el patriarca toma partido nadie se va a atrever a oponerse y mucho menos Antonino.
- Me parece bien pensado. De todos modos ten cuidado con Benjamín, ya sabes que tiene mucha recámara y si le pides algo, más pronto que tarde te pasará factura.
- El que algo quiere, algo le cuesta.
   La intervención bajo cuerda de Benjamín se revela decisiva. Cuando la junta de la cooperativa vuelve a tratar la petición de Gimeno de un aumento salarial la aprueba por unanimidad. Para José Vicente es una sensación agridulce: le complace que su reivindicación haya sido atendida, pero le molesta que para conseguirla haya tenido que recurrir al viejo cacique. Ha sido una dura lección. No es el único que manda en el pueblo, todavía hay poderes fácticos que se le escapan y los Arbós son uno de ellos, ha quedado muy patente. Para Lola también ha sido duro admitirlo.
- Ha sido una lección que no deberíamos de echar en saco roto, José Vicente. Benjamín y los suyos todavía siguen teniendo mucho poder.
- Desde luego, han hecho una demostración apabullante. Tendrías que haber visto a los de la directiva dándome la mano, palmoteándome la espalda y felicitándome como si me hubiese tocado el Gordo. Y Antonino el primero de todos. 
- Es bueno conocer las limitaciones que se tienen. Y ahora ya sabemos que en aquellos asuntos que dependan de la decisión de la gente del pueblo habrá que contar con el patriarca. 
   Como anticipó Lola, los Arbós no tardan en cobrarse los servicios prestados. Una mañana, Benjamín se deja caer por el despachito de Gimeno en la cooperativa.
- ¿Qué tal, José Vicente, cómo van las cosas?, ¿cómo lleva tu mujer el embarazo?
- Muy bien, señor Benjamín. Dice Lapuerta que para ser primeriza lo está llevando francamente bien.
- Vale mucho tu mujer. Y ahora que no nos oye nadie te diré que hiciste una buena boda, mucho mejor que si te hubieses casado con mi sobrina, que es muy buena chiquita, pero a la que sus padres malcriaron de mala manera.
- Sinceramente, no me puedo quejar. Tengo una mujer excepcional.
- Y eso posiblemente es una de las cosas más importantes que le puede pasar a un hombre. De casarse con una mujer a hacerlo con otra, te puede cambiar la vida como de la noche al día. He visto muchos casos en los que hombres bien bragados se han ido al tacho y todo porque al lado tenían una mujer que en vez de empujarles se les colgaba al cuello.
   La conversación discurre plácidamente hablando de trivialidades hasta que Benjamín enseña sus cartas.
- Venía a pedirte un pequeño favor. Mi hermano Gonzalo ha comprado unos excedentes de cupo de aceite de un par de almazaras y va a venderlos a un mayorista de Madrid, pero se ha topado con un problema, los de la Comisaría de Abastecimientos no quieren darle la guía más que para algo menos de la mitad de la cantidad que tiene. Y sin una guía en condiciones puede ocurrir que en cuanto la policía motorizada detenga el camión y pida la guía puedan incautarse de la mercancía. Sé que tienes buena mano con los de abastos. Por eso pienso que no te sería difícil conseguir unas guías para mi hermano.
   Gimeno está seguro de que Benjamín no se lo ha contado todo. Posiblemente se trate de una operación encubierta de estraperlo, como otras muchas que diariamente se dan en la piel de toro. Sabe que los favores han de devolverse, pero lo que le está demandando Arbós excede de los límites ordinarios. Lo que pretende podría involucrarle en un acto ilegal y quizá hasta delictivo. Por un momento piensa en negarse de plano, pero la cautela se impone.
- Lo que me pide, señor Benjamín, no es nada fácil. Ya sabe que la obtención de guías es complicada, exigen muchos datos y hacen muchas preguntas. Y me va resultar muy problemático justificar el porqué de mi intervención en una petición semejante. Además, no tengo tanta influencia en la Comisaría de Abastos como usted supone. No paso de conocer al secretario provincial y no sé hasta qué punto tendrá capacidad para lograr lo que me pide…, pero voy a hacer cuanto pueda.
- Estoy seguro, José Vicente, que harás lo que esté en tu mano. Abusando de tu amabilidad quiero pedirte otra cosa. Sabrás que mi sobrina Pepita va a ser madre cualquier día de estos. El otro día le pregunté a Águeda qué le gustaría que le regalase por el nacimiento del crío y me dijo que a su hija le haría mucha ilusión que su marido tuviera algún cargo representativo. No me extrañó, a mi sobrina siempre le gustó figurar. Por eso he pensado que una forma de complacerla sería darle algún puesto de cierto relieve al tarambana de Rafael. Por ejemplo: podías nombrarle juez municipal.
   El patriarca del clan ha conseguido desconcertar a Gimeno con su última petición.
- Pero, señor Benjamín, ya tenemos juez, es Lapuerta.
- Ya sé que hay juez. Y Manolo es amigo mío, un buen amigo. Pero a él no le importará dejar de serlo. Por otro lado, no es hombre al que le guste excesivamente el boato. No creo que vaya a molestarse porque le quiten el cargo.
- ¿Y qué justificación le doy a Lapuerta para cesarle?
- Ya se te ocurrirá alguna. Y si no, seguro que tu mujer puede sugerirte media docena.

martes, 6 de octubre de 2015

8.4. Va de preñadas



   Gimeno no ha tardado ni veinticuatro horas en enterarse de lo que ocurrió en la reunión de la junta en la que le denegaron el aumento de sueldo que había pedido. Aunque más que negárselo, le propusieron un incremento salarial de miseria. Ante su sorpresa resulta que el instigador de la movida en su contra ha sido Antonino Arbós, el hermano mayor del clan, quien se opuso frontalmente a dar su apoyo a la propuesta de la petición salarial del secretario. No solo se negó a respaldarla, sino que convenció a la mayoría de los miembros que era inasumible. Al enterarse de quien le ha puesto la proa, José Vicente encuentra la explicación del porqué Antonino le pone cara seria desde hace tiempo, justo desde que rompió la relación con Pepita Arnau, ¿tendrá eso algo qué ver? Se lo comenta a su mujer.
- Así que ha sido Antonino. Yo sospechaba de Rodrigo. ¿Y dices que no has tenido ningún problema con él? – quiere saber Lola.
- Ni uno ni medio. Aunque hacía tiempo que venía poniéndome mala cara, más o menos desde que rompí con Pepita.
- ¡Tate!, ya sé de dónde viene su inquina. Resulta que Elisa, la mujer de Antonino, es muy amiga de la madre de Pepita. Y es posible que le sentara mal que rompierais el noviazgo.
- Pero bueno, ¿qué me cuentas?, ¿quieres hacerme creer que la ruptura de un noviazgo, en el que ni siquiera se llegó a hablar de boda, ha podido influir en una cuestión que es estrictamente profesional?
- Por supuesto, marido, no puedo estar segura al cien por cien, pero no me extrañaría nada que mi suposición fuera cierta.
- Pero se trata de dos cuestiones muy diferentes y que, además, no tienen nada que ver la una con la otra – reitera Gimeno.
- Así es, y no sé de qué te escandalizas, parece mentira que seas de pueblo. ¿O es que no sabes cómo se las gasta la gente? Si Antonino se molestó contigo por aquello, te la ha guardado hasta que ha llegado el momento de pasarte factura. Esa clase de proceder es el pan nuestro de cada día.
- Si tus sospechas fueran ciertas… ¡Vaya tropa que tenemos!
- Es lo que hay, pero opino que ahora más importante que saber por qué se ha opuesto Antonino, es tener ideas claras sobre lo que queremos. Y lo primero es: ¿volverás a presentar la petición a la junta? Piénsalo detenidamente, pero en tu lugar yo lo haría. En unos meses seremos tres y los gastos se van a disparar.

   Hay otra embarazada en el pueblo que por distintos motivos tiene, mejor dicho ha tenido, mucho que ver con el matrimonio Gimeno-Sales: se trata de la joven señora de Blanquer, que ya está en las últimas semanas de gestación. Pepita ha llevado la preñez bastante bien, pero su comportamiento de niña mimada se ha hecho insoportable. A medida que se acerca el parto se ha vuelto más voluble, caprichosa y exigente. Su madre trata de satisfacer la mayoría de sus caprichos. En cambio, Rafael hace tiempo que se cansó de las chiquilladas de su mujer y la tiene prácticamente abandonada. Por si faltaba algo, con la excusa de que no se siente bien y de que la criada no sabe cuidarla, Pepita ha decidido volver a casa de sus padres hasta que tenga el niño. Rafael no ha protestado por ello, la que si se lo ha tomado a mal ha sido su madre. Entre suegra y nuera han mantenido una buena trifulca. 
- ¿Cómo que te vas a casa de tus padres? Tu lugar está junto a tu marido – conmina Maruja a su nuera.
- ¿Y quién me va a cuidar, su hijo? Si hay días que ni siquiera le veo – rebate Pepita.
- Si es así, Rafael hace muy mal. Ya se lo diré, pero ahora de quien hablamos es de ti. Debes de quedarte en casa y tener tu hijo en ella, como hicimos todas.
- Ya le he dicho que aquí no tengo quien me cuide – insiste la embarazada.
- ¿Y para qué tenéis la criada, de adorno?
- Lourdes no sirve para cuidar a una embarazada. Es un desastre y no sabe hacer casi nada. En cuanto nazca el niño la voy a despachar.
- Si hace falta vendré yo a cuidarte, pero te quedas en tu casa – se ofrece la suegra.
- La que se ha de quedar en su casa es usted. Y como la que va a tener el crío soy yo, la que decide qué hacer también soy yo. Me voy a mi casa.
- Ya estás en tu casa.
- Quiero decir, que me voy a casa de mis padres. Mi madre sí que sabe cuidarme y allí no me va a faltar de nada.
- ¿Es que aquí te falta algo?, ¿es qué no tienes todo lo que necesitas? – se escandaliza Maruja.
- No señora. No lo tengo. Para empezar, su hijo no me hace ni caso. ¿Puede creer que hace unos días le pedí que me trajera un helado y se negó alegando que eran las tantas de la noche? Y no ha sido la primera vez que se comporta de esa forma. Si el niño nace con algún antojo ya sabe quién será el culpable.
- Pero que bobadas dices, criatura. Te vuelvo a repetir que no puedes irte de esta casa. Si no quieres que esté yo, que venga tu madre, pero una esposa ha de estar en la casa de su marido y no andar por ahí. ¿Te imaginas que escándalo se montará si te vas de esta casa?
- ¿Y qué me importa lo que diga la gente? Le repito que quien está encinta soy yo y como creo que voy a estar mejor en casa de mis padres, me voy.
- Eres más tozuda que una mula. No puedes irte.
- En mi casa mando yo. Haga el favor de marcharse y dejarme en paz – dice de manera terminante Pepita.
   Maruja también la tiene con su hijo, pero éste apenas si discute, se limita a encogerse de hombros y decirle que si Pepita se va a encontrar mejor en casa de sus padres pues que se vaya. Rafael nunca llegó a estar enamorado de su mujer, al principio le atrajo su inocencia y su ignorancia en todo lo referido al sexo, pero hace tiempo que eso dejó de excitarle. Ahora sabe que está casado con una chiquilla mimada y caprichosa, que está convencida de que el mundo debe de girar a su alrededor y que si tiene un marido es para que le dé gusto en todo cuanto le apetezca. Ni siquiera duerme con ella desde hace meses. Pepita parece que no lo ha echado de menos puesto que no le ha hecho ningún reproche. La falta de sexo es lo que ahora le apremia. Es mucho hombre para estar en ayunas tanto tiempo. Mientras encuentra una solución más satisfactoria al problema recurre a lo que tiene más a mano: la criada.
- Amo, no haga eso. ¿Qué va a decir la señorita si se entera?                                                                       
 
   Rafael y Lola se han cruzado muchas veces, pero han disimulado, han hecho como si no se hubiesen visto. En la primera ocasión en que se encuentran cara a cara, la mujer no sabe qué hacer y, bajando la vista, hace intención de pasar de largo. No puede, él se pone delante y le tiende la mano.
- ¿Qué tal, Lolita, cómo estás? Enhorabuena, ya sé que estás encinta – Rafael debe ser uno de los poquitos que la siguen llamando Lolita.
- E… estoy bien, gracias.
- Te veo más guapa que nunca, debe de ser la maternidad.
- Sí, bueno… - La mujer se siente violenta, no sabe qué decir.
- Tú vas a ser madre y yo padre. ¿Quién nos lo iba a decir? ¿Y qué tal llevas el embarazo? Pepita lo lleva fatal, está loquita porque acabe de una vez.
- De momento no tengo ninguna molestia.
- No me extraña, siempre has sido mucha mujer. Todavía hoy mamá me repite de vez en cuando que debería de haberme casado contigo.
- Bien…, me perdonarás, pero tengo prisa.
- Soy yo quién debo de pedirte perdón por este atraco, pero hacía mucho tiempo que me moría de ganas de hablar contigo aunque solo fuera un minuto. Te deseo que todo vaya bien en el parto y que, como dice la gente, ojalá tengas una horita corta. Te lo digo de todo corazón.