martes, 6 de octubre de 2015

8.4. Va de preñadas



   Gimeno no ha tardado ni veinticuatro horas en enterarse de lo que ocurrió en la reunión de la junta en la que le denegaron el aumento de sueldo que había pedido. Aunque más que negárselo, le propusieron un incremento salarial de miseria. Ante su sorpresa resulta que el instigador de la movida en su contra ha sido Antonino Arbós, el hermano mayor del clan, quien se opuso frontalmente a dar su apoyo a la propuesta de la petición salarial del secretario. No solo se negó a respaldarla, sino que convenció a la mayoría de los miembros que era inasumible. Al enterarse de quien le ha puesto la proa, José Vicente encuentra la explicación del porqué Antonino le pone cara seria desde hace tiempo, justo desde que rompió la relación con Pepita Arnau, ¿tendrá eso algo qué ver? Se lo comenta a su mujer.
- Así que ha sido Antonino. Yo sospechaba de Rodrigo. ¿Y dices que no has tenido ningún problema con él? – quiere saber Lola.
- Ni uno ni medio. Aunque hacía tiempo que venía poniéndome mala cara, más o menos desde que rompí con Pepita.
- ¡Tate!, ya sé de dónde viene su inquina. Resulta que Elisa, la mujer de Antonino, es muy amiga de la madre de Pepita. Y es posible que le sentara mal que rompierais el noviazgo.
- Pero bueno, ¿qué me cuentas?, ¿quieres hacerme creer que la ruptura de un noviazgo, en el que ni siquiera se llegó a hablar de boda, ha podido influir en una cuestión que es estrictamente profesional?
- Por supuesto, marido, no puedo estar segura al cien por cien, pero no me extrañaría nada que mi suposición fuera cierta.
- Pero se trata de dos cuestiones muy diferentes y que, además, no tienen nada que ver la una con la otra – reitera Gimeno.
- Así es, y no sé de qué te escandalizas, parece mentira que seas de pueblo. ¿O es que no sabes cómo se las gasta la gente? Si Antonino se molestó contigo por aquello, te la ha guardado hasta que ha llegado el momento de pasarte factura. Esa clase de proceder es el pan nuestro de cada día.
- Si tus sospechas fueran ciertas… ¡Vaya tropa que tenemos!
- Es lo que hay, pero opino que ahora más importante que saber por qué se ha opuesto Antonino, es tener ideas claras sobre lo que queremos. Y lo primero es: ¿volverás a presentar la petición a la junta? Piénsalo detenidamente, pero en tu lugar yo lo haría. En unos meses seremos tres y los gastos se van a disparar.

   Hay otra embarazada en el pueblo que por distintos motivos tiene, mejor dicho ha tenido, mucho que ver con el matrimonio Gimeno-Sales: se trata de la joven señora de Blanquer, que ya está en las últimas semanas de gestación. Pepita ha llevado la preñez bastante bien, pero su comportamiento de niña mimada se ha hecho insoportable. A medida que se acerca el parto se ha vuelto más voluble, caprichosa y exigente. Su madre trata de satisfacer la mayoría de sus caprichos. En cambio, Rafael hace tiempo que se cansó de las chiquilladas de su mujer y la tiene prácticamente abandonada. Por si faltaba algo, con la excusa de que no se siente bien y de que la criada no sabe cuidarla, Pepita ha decidido volver a casa de sus padres hasta que tenga el niño. Rafael no ha protestado por ello, la que si se lo ha tomado a mal ha sido su madre. Entre suegra y nuera han mantenido una buena trifulca. 
- ¿Cómo que te vas a casa de tus padres? Tu lugar está junto a tu marido – conmina Maruja a su nuera.
- ¿Y quién me va a cuidar, su hijo? Si hay días que ni siquiera le veo – rebate Pepita.
- Si es así, Rafael hace muy mal. Ya se lo diré, pero ahora de quien hablamos es de ti. Debes de quedarte en casa y tener tu hijo en ella, como hicimos todas.
- Ya le he dicho que aquí no tengo quien me cuide – insiste la embarazada.
- ¿Y para qué tenéis la criada, de adorno?
- Lourdes no sirve para cuidar a una embarazada. Es un desastre y no sabe hacer casi nada. En cuanto nazca el niño la voy a despachar.
- Si hace falta vendré yo a cuidarte, pero te quedas en tu casa – se ofrece la suegra.
- La que se ha de quedar en su casa es usted. Y como la que va a tener el crío soy yo, la que decide qué hacer también soy yo. Me voy a mi casa.
- Ya estás en tu casa.
- Quiero decir, que me voy a casa de mis padres. Mi madre sí que sabe cuidarme y allí no me va a faltar de nada.
- ¿Es que aquí te falta algo?, ¿es qué no tienes todo lo que necesitas? – se escandaliza Maruja.
- No señora. No lo tengo. Para empezar, su hijo no me hace ni caso. ¿Puede creer que hace unos días le pedí que me trajera un helado y se negó alegando que eran las tantas de la noche? Y no ha sido la primera vez que se comporta de esa forma. Si el niño nace con algún antojo ya sabe quién será el culpable.
- Pero que bobadas dices, criatura. Te vuelvo a repetir que no puedes irte de esta casa. Si no quieres que esté yo, que venga tu madre, pero una esposa ha de estar en la casa de su marido y no andar por ahí. ¿Te imaginas que escándalo se montará si te vas de esta casa?
- ¿Y qué me importa lo que diga la gente? Le repito que quien está encinta soy yo y como creo que voy a estar mejor en casa de mis padres, me voy.
- Eres más tozuda que una mula. No puedes irte.
- En mi casa mando yo. Haga el favor de marcharse y dejarme en paz – dice de manera terminante Pepita.
   Maruja también la tiene con su hijo, pero éste apenas si discute, se limita a encogerse de hombros y decirle que si Pepita se va a encontrar mejor en casa de sus padres pues que se vaya. Rafael nunca llegó a estar enamorado de su mujer, al principio le atrajo su inocencia y su ignorancia en todo lo referido al sexo, pero hace tiempo que eso dejó de excitarle. Ahora sabe que está casado con una chiquilla mimada y caprichosa, que está convencida de que el mundo debe de girar a su alrededor y que si tiene un marido es para que le dé gusto en todo cuanto le apetezca. Ni siquiera duerme con ella desde hace meses. Pepita parece que no lo ha echado de menos puesto que no le ha hecho ningún reproche. La falta de sexo es lo que ahora le apremia. Es mucho hombre para estar en ayunas tanto tiempo. Mientras encuentra una solución más satisfactoria al problema recurre a lo que tiene más a mano: la criada.
- Amo, no haga eso. ¿Qué va a decir la señorita si se entera?                                                                       
 
   Rafael y Lola se han cruzado muchas veces, pero han disimulado, han hecho como si no se hubiesen visto. En la primera ocasión en que se encuentran cara a cara, la mujer no sabe qué hacer y, bajando la vista, hace intención de pasar de largo. No puede, él se pone delante y le tiende la mano.
- ¿Qué tal, Lolita, cómo estás? Enhorabuena, ya sé que estás encinta – Rafael debe ser uno de los poquitos que la siguen llamando Lolita.
- E… estoy bien, gracias.
- Te veo más guapa que nunca, debe de ser la maternidad.
- Sí, bueno… - La mujer se siente violenta, no sabe qué decir.
- Tú vas a ser madre y yo padre. ¿Quién nos lo iba a decir? ¿Y qué tal llevas el embarazo? Pepita lo lleva fatal, está loquita porque acabe de una vez.
- De momento no tengo ninguna molestia.
- No me extraña, siempre has sido mucha mujer. Todavía hoy mamá me repite de vez en cuando que debería de haberme casado contigo.
- Bien…, me perdonarás, pero tengo prisa.
- Soy yo quién debo de pedirte perdón por este atraco, pero hacía mucho tiempo que me moría de ganas de hablar contigo aunque solo fuera un minuto. Te deseo que todo vaya bien en el parto y que, como dice la gente, ojalá tengas una horita corta. Te lo digo de todo corazón.

domingo, 4 de octubre de 2015

*** OCTOGENARIO



   El próximo día doce, festividad del Pilar, cumplo ochenta tacos, castiza expresión española para designar los años. En un aniversario tan redondo me ha parecido pertinente hacer unas mínimas reflexiones que quiero compartir con amigos y lectores.
   Deben ser contadas las personas que se plantean cuanto tiempo van a vivir. Yo, desde luego, no soy una de ellas pero, acaso porque de crío fui muy fetiller (escuchimizado en valenciano), nunca creí que llegaría a una etapa en la que no valen los tapujos de decir que estás en la tercera edad o que ya eres mayor. A los ochenta simplemente eres viejo y quizá abuelo que es, por cierto, uno de los apelativos que mejor llevo.
   Llegado a este punto es casi obligado mirar atrás, hacer balance. Pese a que, como dice la conocida cita: he tenido un hijo (dos), he plantado un árbol (varios) y he escrito un libro (muchos), el resultado final del arqueo no es como para tirar cohetes. He cometido más errores que aciertos y he tenido más fracasos que éxitos.  Pero lo hecho hecho está y no hay replay que valga. He vivido, parafraseando la tesis orteguiana, como mi yo y mis circunstancias me han dejado y he actuado como mi historia y mi entorno me han posibilitado o me han impedido. Quizá me ha faltado ambición y me ha sobrado pereza.
   Sobre el mundo de los idearios, de la sociedad, de la política o de la economía he terminado creyendo en muy poquitas cosas, tan pocas que caben en un dedal y sobra espacio. Si mis certezas son contadas, en cambio mis dudas son como las estrellas, incontables. Me enternece ver a los jóvenes, y a muchos que no lo son tanto, aferrados a ideales, creencias y pasiones que a la postre solo son humo. Aunque asumo que haya otras opiniones divergentes, que respeto pero que no comparto. Los escépticos solemos aceptar con el mejor talante posible que nuestras posturas no sean ni las únicas ni las acertadas ni, mucho menos, las mayoritarias.
   En el terreno de los sentimientos amé y fui amado y esos verbos en pasado lo dicen todo. Hoy me queda, que no es poco, el amor de mis hijos y de sus retoños, el afecto de un puñado de familiares y amigos y la simpatía de algunos exdiscípulos y lectores. No puedo, no debo quejarme.
   ¿Me será dado escribir un texto como este dentro de una década? Ya dije que no pienso demasiado en ello puesto que es algo que no depende de mí. Tengo mis dudas. Mi fachada todavía está razonablemente bien, pero en el interior las goteras se multiplican, las cañerías se oxidan y aparecen grietas en los lugares más insospechados. Será lo que Dios o la genética tengan escrito.
   A cuantos leáis estas líneas mi gratitud y mi cariño.

viernes, 2 de octubre de 2015

8.3. ¿Me estaré enamorando de mi marido?



   En la familia Gimeno-Sales ha ocurrido un hecho de los que te cambia la vida: Lola se ha quedado embarazada. Ya comenzaba a estar preocupada. La pareja no ha tomado ninguna medida contraceptiva desde la noche de bodas y empezaba a inquietarle que no pudiera ser madre. El matrimonio nunca habló de tener hijos, pero es algo que daban por hecho. El médico confirma a Lola que está encinta y que todo marcha bien. Por el momento no ha engordado excesivamente ni ha notado ninguna de las molestias que la gente dice que afectan a las preñadas, especialmente si son primerizas. Lo que más le ha impactado de su nuevo estado es el espectacular vuelco del comportamiento de su marido. José Vicente siempre la trató con cariño, pero desde que le dijo que iba a ser padre parece otro hombre: lleno de ternura, delicado, solícito, atento…, un verdadero encanto. Como le cuenta a su amiga Fina poniéndole un ejemplo del cambio experimentado por su esposo:
- Solo te diré que los domingos, como libra Laurita, me ayuda muchísimo. Hasta me recoge la mesa.
- ¡No es posible!
- Cómo te cuento.
- Sí que te debe querer para que haga esas cosas. No sabes la envidia que me das. Siempre has sido una mujer de suerte.
- Bueno, Fina, tampoco puedes quejarte. Herminio es uno de los hombres más enamorados que  conozco.
- Sí, sí, muy enamorado, pero debe de estar convencido[ZR1]  de que si toca un plato o un cubierto se le pueden caer los cataplines.
   No sabe si es porque le trata de forma tan deferente o por su gravidez, pero Lola comienza a ver a su esposo desde una nueva perspectiva. Hay momentos en que se pregunta: ¿me estaré enamorando de mi marido? Al repensar la enorme ironía que encierra el interrogante sonríe. Parece una broma: enamorarse de su marido. Lola sabe lo que es querer con toda el alma, lo que significa sentir una pasión abrasadora, un recuerdo que todavía hoy le hace estremecerse. ¿Será capaz de tener esos mismos sentimientos por José Vicente? El interrogante queda en el aire.
   A Gimeno la paternidad le ha servido de acicate para ocuparse de un aspecto de su trabajo que hasta el momento tenía bastante olvidado. Ahora que van a ser tres en la familia necesita tener más ingresos. Cuando se lo comenta a su mujer, ella no solo está de acuerdo con la cuestión sino que la respalda. En cuanto pasan unos días y su marido no le cuenta nuevas es ella la que insta:
- José Vicente, creo que no deberías dejar de pasar ni un día más sin plantearle a Leoncio o a quien corresponda que ya es hora de que te aumenten el sueldo.
- Lola, hija, no seas pesadita. Ya me lo has dicho varias veces. Lo voy a hacer, solo espero encontrar el momento más adecuado.
- De acuerdo, pero si no eres tú quien lo pide puedes esperar a que llegue el día del juicio final. ¿Acaso no sabes qué los Arbós manejan la cooperativa cómo si fuera una de sus fincas?
- ¿Me lo cuentas o me lo dices?
- Pues si lo sabes tan bien, estarás enterado igualmente de que a tu antecesor en el cargo primero se fue que le subieron un duro.
- Es que realmente no se lo merecía. No puedes imaginarte en qué situación dejó la secretaría. Aquello era un auténtico desastre.
- De todos modos, José Vicente, no lo demores mucho.
   Aunque solo sea por no volver a oír las reiteradas peticiones de Lola,  resuelve que ha llegado el momento de planteárselo al presidente de la cooperativa. Gimeno se ha llevado francamente bien con Leoncio desde el momento que entró a trabajar a sus órdenes, aunque la relación de dependencia jerárquica es más teórica que real pues el presidente se pasa días sin aparecer por las destartaladas oficinas.
- ¡Enhorabuena, José Vicente! He sabido que vas a ser padre.
- ¿Quién te lo ha dicho? Todavía no lo hemos hecho público.
- Mi mujer. En un pueblo ya sabes que guardar secretos es poco menos que imposible.
- En cualquier caso, muchas gracias, Leoncio.  
- Bueno, ahora esperemos que todo vaya bien porque las mujeres, sobre todo con el primer crío, a veces se ponen un poco pesadas. Recuerdo que la Felisa llevó bien el embarazo, pero cada dos por tres tenía antojos. Bueno, ¿qué querías?
- Iré al grano: quisiera un aumento de sueldo, voy a tener una nueva boca que alimentar. Desde que llegué percibo el mismo salario y dado que algo he contribuido al crecimiento de la cooperativa considero que es justo que se incremente mi retribución. Respecto al porcentaje de la subida es algo que podemos negociar.
- Me parece justa la petición, José Vicente, y por mi parte la puedes dar por aprobada. Cuando prepares la próxima reunión de la junta directiva incluye esa cuestión en el orden del día. No creo que haya ningún problema, aunque puede ser que alguien proteste. Ya sabes cómo es la gente cuando se trata de subir los sueldos. Como si el dinero saliera de sus bolsillos. Pero, bueno, lo arreglaremos. Déjalo de mi mano.
   A las reuniones de la junta directiva de la cooperativa, Gimeno asiste como secretario de la misma, con voz pero sin voto. Llegado el punto del orden del día cuyo enunciado es Retribución del Secretariado, José Vicente informa a los miembros de la junta que, de acuerdo con lo que dispone la legislación vigente, un miembro de un órgano colegiado debe de abstenerse cuando se debata un asunto que le afecte personalmente, por lo que abandona la reunión. Cuando hayan terminado de tratar el tema volverá a entrar. Al reincorporarse a la junta Gimeno intuye que algo no marcha bien, no sabe qué puede ser, pero nota en varios miembros de la directiva gestos que no sabe cómo interpretar, pero que no le agradan un pelo, desde miradas compungidas a tenues sonrisas de satisfacción, pasando por la actitud del presidente que no se atreve a mirarle a los ojos. Pronto averigua el por qué. Tras terminar la junta, un aparentemente compungido Leoncio, sin atreverse a mirarle directamente, le explica:
- José Vicente, verás… Han surgido problemas sobre lo tuyo. La mayoría cree que, para lo qué haces, estás muy bien pagado. No estaban dispuestos a subirte ni un duro. Después de mucho pelear he conseguido aumentarte la paga en ciento cincuenta pesetas mensuales. Sé que no es mucho, pero menos da una piedra. Bueno, es todo lo que tengo que decirte. Las cosas no han ido como yo quería, pero al menos hemos conseguido un aumento aunque sea pequeño. Igual dentro de unos meses la gente está de mejor café y se consigue lo que hoy no ha sido posible.
   Gimeno ni se molesta en contestar. Para él lo que acaba de pasar ha sido una bofetada. Estaba convencido de que dominaba la situación y que bastaba una mera indicación suya para que los miembros de la directiva bailaran al son que tocara. Y ahora resulta que le han salido respondones. Cuando se lo cuenta a su mujer, Lola también se sorprende mucho, más por el porcentaje de subida que por la negativa en sí.
- Es increíble, ¿cómo se han atrevido a proponerte un aumento así? Es ofensivo, espero que no lo hayas aceptado.
- La verdad es que ni me molesté en contestarle. Lo que no acabo de comprender es el cambio pues antes de la reunión hablé con Leoncio y me dijo que era cosa hecha. Y luego, mira por dónde han salido.
- ¿Quieres decir que no ha sido cosa de Leoncio, sino de algún otro miembro de la junta?
- Tengo esa impresión. Leoncio no tiene doblez como para decirme primero una cosa y un rato después la contraria. Alguien o algunos le han hecho cambiar de parecer.
- Pues convendría que te enteraras de quienes han sido. A los enemigos hay que tenerlos localizados, es la mejor manera de contrarrestarlos.
- Descuida que me voy a enterar. No tardaré ni dos días en saber cuánto se dijo en la reunión durante mi ausencia.
- Entérate bien y quien o quienes sean los autores de este atropello se van a enterar de lo que vale un peine – sentencia una peleona y enojada Lola.

martes, 29 de septiembre de 2015

8.2. Otro gato en el talego



   Además del alcalde y del jefe de falange, otro de los que figuraba en la lista de los maquis como posible objetivo era el cura, pero a mosén Bautista no parece que la noticia le haya afectado ni poco ni mucho, está demasiado ocupado en otros menesteres más propios de su ministerio. El párroco se está revelando como hombre de acción y con una notable capacidad para allegar fondos destinados a sufragar sus muy diversos proyectos. Ya consiguió que Senillar saliera de los últimos puestos en la relación de donantes para la construcción del seminario diocesano y ahora está en plena campaña para reponer el mobiliario del templo parroquial, que ciertamente está muy deteriorado. Piensa encargar unos bancos preciosos al mejor taller de ebanistería de la región y también unos confesonarios nuevos. La factura va a ser elevada. Como las colectas que se efectúan en las misas no dan para gastos tan cuantiosos, el sacerdote ha puesto en marcha una serie de iniciativas destinadas a la recaudación de fondos. Con ese motivo se ha reunido con los presidentes de las cofradías, con los que ha constituido una denominada Junta de Acción Parroquial para coordinar todas las actividades relativas a las donaciones eclesiales y que, al mismo tiempo, ejercerá de órgano de control.
      El párroco explica a los presidentes de las cofradías y de Acción Católica algunos de sus proyectos para allegar fondos con los que sufragar las distintas obras planeadas:
- He elaborado una lista con las diferentes actuaciones que deberemos emprender para recabar fondos con la meta de dotar a nuestra iglesia de un mobiliario de categoría. En una primera etapa, el objetivo a cubrir será cambiar los bancos, que los que hay se caen de puro viejos, y los confesonarios que deben de ser de cuando el Concilio de Trento. Con la colaboración de todos, vamos a conseguir que la gente se rasque el bolsillo porque ayudar a la obra de Dios supone otra forma de ganarse el cielo.
- Mucho tendremos que insistir, mosén Batiste, - apunta una de las asistentes – porque no puede imaginarse que roñosa es la gente para las cosas de la Iglesia. No sueltan una peseta ni dándoles con un mazo.
- No te preocupes, Concha, les vamos a dar duro hasta que sus conciencias se ablanden. Organizaremos tómbolas, rifas, loterías y cuantas actividades se nos ocurran.
- Perdone que se lo diga, mosén Batiste, pero todas esas cosas ya las organizamos antes y la verdad es que no conseguimos demasiado – precisa otra feligresa.
- Ya lo sé, Sole, pero debemos volver a intentarlo.
- Y lo intentaremos, pero como ha dicho Concha con las rifas y todo lo demás solo sacaremos cuatro perras – insiste la llamada Sole.
- ¡Qué poca fe tenéis en vuestro párroco! ¿Creéis que no sé de qué pie cojean mis feligreses? Digamos que todo lo anterior será para hacer boca, algo así como el aperitivo. El verdadero plato fuerte estará constituido por las colectas individuales que vamos a comenzar a partir de la próxima semana.
- ¿Y en qué van a consistir?
- Estoy terminando un estudio de todos los vecinos del pueblo y de sus posibilidades económicas. Cuando lo acabe voy a tener reuniones con todos vosotros y en ese momento os explicaré lo que tendréis que llevar a cabo. O mucho me equivoco o este nuevo procedimiento puede dar unos resultados colosales.
   La estrategia que ha planeado el párroco es tan sencilla como maquiavélica. La anuncia en el sermón de la misa mayor del domingo. Enviará a todos los vecinos, que no formen parte del listado de pobres de solemnidad del pueblo, un sobre en el que cada familia depositará la cantidad que estime oportuna. En los sobres no aparecerán nombres ni ninguna clase de distintivo por lo que el anonimato estará garantizado. Los sobres serán recogidos por un grupo de feligresas que le ayudarán en la colecta. Además, se constituirá una comisión integrada por relevantes personalidades locales para que se encargue de fiscalizar los ingresos, así como los gastos derivados de las mejoras que se van a acometer en la Casa del Señor. Bajo cuerda, el cura hace circular el rumor de que la confidencialidad no va a ser tal porque las integrantes de la Junta de Acción Parroquial, encargadas de la recogida de los sobres, tienen instrucciones de entregarlos en un determinado orden, gracias al cual el párroco sabrá en todo momento qué cantidad ha dado cualquier vecino. Hay familias que ni se molestan en devolver su correspondiente sobre, pero la mayor parte sí aportan su óbolo y además se ven en la tesitura de que éste sea generoso porque no quieren que su nombre circule por los mentideros locales como ejemplo de cicatería. La estrategia funciona y al final la cantidad resultante cubre más que suficiente los costes de los confesonarios y los bancos. Lo que no llega a constituirse nunca es la comisión encargada de fiscalizar ingresos y gastos. El párroco es el único que maneja los fondos obtenidos y lo hace a su aire.  
   La campaña de la colecta para el mobiliario del templo parroquial genera algún efecto inesperado. A Gimeno le ha llegado el rumor de que mosén Bautista se acaba de comprar una gran masía con muchas hectáreas de terreno en Adzaneta, su pueblo natal. Los curiosos se preguntan de dónde habrá podido sacar el cura tanto dinero como dicen que ha costado. Los malpensados apuntan a que los fondos obtenidos en la colecta para renovar el mobiliario han dado para eso y para más. A ese acervo de informaciones en principio Gimeno apenas les da crédito. Rumores como ese hay docenas que circulan por el pueblo. En cualquier caso, la experiencia por un lado y su esposa por otro le han enseñado que cuando por los mentideros corre un chisme que atañe a uno de los poderes locales lo más prudente es verificar su grado de autenticidad. Conoce a quién recurrir para ello: Gonzalo Arbós que es presidente de la rama masculina de la Acción Católica. Sabe que es un meapilas convencido, pero que como integrante del clan de los Arbós sabrá valorar el impacto que puede tener la información en caso de confirmarse. Gonzalo dice no saber nada. Gimeno sospecha que no ha querido franquearse con él. Todo ello se lo cuenta a su esposa.
- ¿El rumor sobre el mosén tiene algún viso de verosimilitud o es lo clásico de calumnia que algo queda? – quiere saber Lola.
- Para no faltar a la verdad, cariño, no lo sé. Lo único seguro es que los fondos recaudados para el mobiliario de la iglesia no los ha fiscalizado nadie.
- ¿Estás seguro?
- Y tanto. Yo era uno de los que tenía que integrar la comisión controladora, pero hasta el día de la fecha nadie nos ha convocado.
- Sería un escándalo que mosén Batiste se hubiese apropiado de parte del dinero. Creo, José Vicente, que deberías de investigar ese rumor para ver si solo es una habladuría o hay algo más.
- ¿Y para qué quieres que lo investigue? Al fin y al cabo el dinero se lo ha trabajado el reverendo.
- ¿No te das cuenta de qué si descubrieras que el párroco ha desviado parte de los fondos de una colecta pública para sus intereses privados tendrías un arma formidable contra él? Siempre es aconsejable conocer los secretillos inconfesables de la gente. Nunca sabes cuando los vas a necesitar.
- ¡Lola, qué peligro tienes!
   Gimeno hace unas discretas averiguaciones y se entera de que el sacerdote ha pagado la compra en metálico. Otro dato que parece confirmar la hipótesis de una posible malversación de los fondos parroquiales. Las sospechas sobre el mal uso del dinero de la colecta se convierten en indicios más sólidos cuando por medio de Severino Borrás, que lleva la contabilidad de la parroquia, se entera de que la cantidad sobrante de la adquisición del mobiliario debería de figurar en la cuenta parroquial y no consta. Se lo cuenta a su mujer y le pregunta:
- Y ahora, ¿qué hacemos?
- Por el momento, nada. Esperar, y ya llegará el día en que esa información sobre la actuación non sancta del reverendo nos reporte sus buenos dividendos.
- Bueno, pues ya tenemos otro gato en el talego - sentencia José Vicente.
- Sí, y en este caso con sotana –remacha Lola.