viernes, 21 de agosto de 2015

7.4. Una jovencita con mucho carácter



   La muchacha que Ernesto Ballesta llevará de pareja al baile de los estudiantes, Matilde Puig, no cabe en sí de gozo. Está viviendo un sueño. Desde que dejó de ser niña ha soñado con ir al baile y este año lo va a conseguir. Y encima lo va a hacer del brazo del chico más maravilloso, más cariñoso y con mejor percha de todo el pueblo. Ahora lo que centra sus preocupaciones es el vestido que llevará.
- Madre, ¿vamos a ir a Gandía a ver lo del traje? – pregunta Matilde.
- De Gandía, nada. Me he informado y por lo que parece hay poco dónde elegir. Ya lo tengo decidido, pasado mañana iremos a Valencia. Antoñita la Marquesa me ha dado la dirección de un par de tiendas que dice que tienen unos modelos divinos. No te había dicho nada porque aún no lo tenía hablado con tu padre.
- Lo que no sé es si tendré zapatos a juego con el traje que compremos.
- No te preocupes, los vas a tener. Te voy a comprar zapatos, bolso y todos los complementos que en la tienda nos aconsejen. No quiero que ninguna cotilla pueda ir diciendo por ahí que a la hija de mis entrañas le falta un detalle. Puedes estar segura de que vas a ser la envidia del pueblo. Lo único que me preocupa es que Ernesto esté a tu altura. Seguro que con un sueldo de ferroviario su familia no podrá hacer muchos gastos.
- No te preocupes por Ernesto, con el tipazo que tiene cualquier cosa que se ponga le sentará como si fuera un príncipe. Por cierto, ayer Charo la Troyana me contó que este año algunos chicos van a regalar a sus parejas una orquídea para que se la prendan en el vestido.
- ¿Y eso qué es?
- Una flor.
- Por flores no te preocupes. En la huerta las tenemos a montones.
- No es una flor de las que hay en la huerta, es de las que se cultivan en invernaderos.
- Tranquila. Tendrás todas las orquídeas que hagan falta.
   A la postre, el viaje a Valencia de Matilde y su madre les ha servido de poco, por unas u otras causas no han encontrado un modelo que les satisfaga. En última instancia, Eulalia la Covarchina, la mejor modista del pueblo, les enseñó una revista de modas y en ella encontraron un modelo que les gustó. La modista les aseguró que podía copiarlo y les saldría muy bien de precio. Es el vestido al que la Covarchina se está encargando de dar los últimos retoques.
 - Eulalia, ¿en qué parte del traje quedarían mejor las orquídeas? – pregunta la madre a la modista, mostrándole el ramo de orquídeas que compró en el mercado de las flores de Valencia.
- En el talle o, mejor aún, en el corpiño, un poco por encima del corazón. Dame, se lo pondré. No, con una es suficiente – dice Eulalia, rechazando el resto.
- ¿Cómo qué con una vale? Con lo que me han costado. ¿Qué vamos a hacer con las demás? – se revuelve la madre de Matilde.
- Lo elegante – explica la modista, tirando de paciencia - es llevar solo una o, como muchas, dos. Una flor tan bella como ésta no necesita compañía.
- Eso será para la gente que presume mucho, pero que no llega a más. Si he comprado media docena es para que las luzca todas y que se vayan enterando de quiénes somos los Puig. Faltaría más.                                                                        
   Los problemas que acarrea el baile de marras también han alcanzado a Paco Vives que no necesita presumir de nada. Todo el mundo sabe que pie calza. Es hombre muy seguro de sí, sin embargo su hija ha conseguido desconcertarle. Duda entre si darle un par de cachetes o encerrarla en el cuarto de las ratas como cuando era pequeña. Vacila. Amparín es la niña de sus ojos, pero le saca de quicio que le haya salido tan respondona. Hace un esfuerzo y trata de tranquilizarse. 
- Vamos a ver, hija. ¿Qué es eso que me cuenta tu madre? ¿Por qué no quieres ir al baile con el chico que te hemos buscado?
- No tengo nada contra él. Es que ya tengo pareja.
- ¿Cómo que tienes pareja? – repite el padre, visiblemente desconcertado -. No me has pedido permiso para ello.
- Lo he elegido yo.
- ¿Qué es eso de que lo elegiste tú? O sea, que en esta casa tus padres no pintan nada. Aquí quien decide es una mocosa de dieciséis años. ¡Pues estamos listos!
- Mira, padre, no pretendo disgustaros, ni a ti ni a madre, os quiero y os respeto, pero ya no soy una mocosa, he crecido. Y en lo que se refiere a mis amigos pienso ser yo quien los elija, y eso incluye con quien vaya a ir al baile.
- ¿Y no te importa que tu madre, que ya se ha comprometido, quede a la altura del betún?
- Ya le he dicho a madre que lo sentía, pero no debería de haber tomado ninguna decisión sin antes haber hablado conmigo. Y eso pasa porque me sigue tratando como una cría, pero soy una mujer.
   El padre echa una larga mirada a su hija. Tiene razón, piensa, ya es toda una mujer y además tiene un genio endiablado, se parece a mí. Y la idea le produce un ramalazo de orgullo, pero sigue tratando de domeñar a la chiquilla.
- En esta familia ni tu madre ni yo, al menos hasta hoy, nunca hemos puesto ninguna cortapisa para que eligieras a tus amigos, entonces aplicando tú mismo razonamiento ¿no crees que es muy feo que hayas resuelto acudir al baile con quién sea y no nos hayas dicho nada?
   A la muchacha no le queda otra que asentir. Sabe que ese es el punto débil de su postura.
- Ahí te doy la razón. Debería de haberlo hablado con vosotros. Si no lo hice fue porque…, porque no sabía si ibais a aprobar mi elección.
    ¡Dios bendito!, exclama para sí el padre, ¿a quién demonios habrá ido a elegir? Cuando formula la pregunta su voz está preñada de recelos:
- Ya veo la confianza que tienes en nosotros. ¿Y puede saberse qué tiene de malo el chico que has elegido cómo para sospechar que no nos iba a gustar?
- No tiene nada de malo, padre. Al contrario, es… maravilloso.
- ¿Me vas a decir su nombre de una vez o esperas que lo adivine? – inquiere el padre con un deje de impaciencia.
- Perdona. Es Carlos Villangómez, el hijo de don Fulgencio y doña Esperanza, los maestros.
   A Vives, que esperaba lo peor, se le escapa un medio suspiro de alivio. Al menos es alguien conocido y de una familia respetable aunque, eso sí, sin un maldito duro. De todos modos, piensa, es mejor poner las cosas en su sitio y no andarse por las ramas.
- Hija, has tenido mal ojo para elegir. No sé qué coño os pasa a las mujeres de esta familia que siempre os fijáis en quien no debéis. Los Villangómez no tienen donde caerse muertos. Solo su paga de funcionarios y ya sabes lo que se dice de los enseñantes: pasas más hambre que un maestro de escuela. Espero que esto no sea más que un capricho pasajero porque teniendo tanto donde elegir has ido a fijarte en un chaval que no podrá costearte el tipo de vida a la que estás acostumbrada. Te tenía por más inteligente, hija. Lo de contigo pan y cebolla es una chorrada que no lleva a ninguna parte. Además, a ese muchacho le recuerdo como un crío, debe de ser más pequeño que tú.
- Ya no es ningún crío, papá. Le pasa lo que a mí, ha crecido. Tiene mi edad y está terminando el bachillerato.
- ¿Y puede saberse por qué ese caballerete no ha venido a pedir mi consentimiento para acompañarte al baile?
- Porque le pedí que no lo hiciera. Pretendía venir a verte, pero le hice desistir de su propósito.
- ¿Por qué? No me lo iba a comer.
- Porque Carlos es muy consecuente y si hubiese venido y le hubieses dicho que no, nunca habría sido mi pareja. Y para que lo sepas, llevamos saliendo hace tiempo.
- ¡Hace tiempo, y no nos habías dicho nada! – exclama el padre cada vez más irritado.
- No creía que os pudiese interesar con quien salgo.
- ¡Por Dios y todos los santos, hija! ¿Cómo no va a interesarnos saber con quién sale nuestra única hija? ¿Acaso crees que, tanto tu madre cómo yo, no te queremos, que no nos preocupamos por tu bienestar, por tu felicidad, por… tu vida? Naturalmente que nos interesa con quién sales y tengo que decirte que peor no podías haber elegido. Ese muchacho no es nadie y su familia mucho menos. Si no te apetece ir al baile con el sobrino de Gonzalo Arbós no te lo voy a imponer, vas con otro o te quedas en casa, como prefieras, pero de ninguna manera irás con ese muerto de hambre y, por supuesto, te prohíbo terminantemente que continúes viéndole. ¿Ha quedado claro?
   Amparín tiene la réplica en la punta de los labios, pero lo piensa mejor y se calla. En los dos días siguientes, la muchacha no aparece por el almacén de frutas y verduras de la familia donde ayuda a su padre en la administración del negocio, ni tampoco se sienta en la mesa común para las comidas en familia. Se ha encerrado en su habitación y se niega a salir.

martes, 18 de agosto de 2015

7.3. Buscando recomendaciones


     Al igual que les ocurre a otros mozuelos del pueblo, para Carlitos Villangómez  el de este año también será su primer baile de los estudiantes. Y asistirá llevando entre sus brazos a Amparín Vives, la mujer de sus sueños, al igual que ocurrió en las fiestas del pasado verano donde no pararon de bailar en las verbenas que el Ayuntamiento organiza en la improvisada plaza de toros. Sus sentimientos hacia la muchacha no se los ha contado a nadie, ni siquiera a sus amigos y mucho menos a sus padres, se moriría de vergüenza, pero sí ha sincerado con su hermana Beatriz. Ahora que ella ha llegado de Ademuz, donde regenta su primera escuela, va a contar con alguien con quien compartir el aluvión de sentimientos y sensaciones que le produce Amparín y que, a menudo, le cuesta asimilar.
   Ambos hermanos se parecen bastante: son esbeltos, tienen una[ZR1]  piel que parece nacarada y unos rostros de facciones atractivas nimbados por una cascada de negro pelo. Beatriz sin ser una gran belleza, tiene algo que hace que su cara no se olvide fácilmente. Carlos sabe que su hermana siente pasión por él, por eso es la persona en quién más confía. Y ahora necesita su ayuda para despejar las dudas que le inquietan.
- Bea, otra pregunta: ¿qué será más apropiado, recoger a Amparín en su casa o esperarla en el baile? Lo digo porque cuando los domingos vamos a bailar nos citamos a la puerta de la pista.
- Pero alma de cántaro, éste no es un baile como los demás, es especial, se le podría calificar como un baile de gala y en ellos la cortesía exige que el caballero vaya al domicilio de la dama a recogerla ¿Ya hablaste con el padre de Amparín?
- No, ¿tengo qué hacerlo?
- Naturalmente. Es lo correcto y lo que debes hacer.
- Si tú lo dices..., pero Amparín me ha asegurado que no irá al baile si no es conmigo. Y que de sus padres se encarga ella.
- Vaya con la niña, pequeña pero matona. De todas formas, hermanito, habla con ella y convéncele de que deberíais decírselo a sus padres antes de que te presentes en su casa.
- Vaya trago. ¿Y qué les digo?
- La verdad. Que para ti sería un honor que te dejaran acompañar a Amparín, que cuidarás de ella como si fueras un caballero de la Tabla Redonda y…
   Carlitos interrumpe a su hermana:
- Espera, espera, ¿qué es eso de la Tabla Redonda?
- ¡Por Dios!, ¿se puede saber qué diablos os enseñan en el instituto? Que la tratarás y la guardarás como el tesoro más preciado.
- Eso ya pensaba hacerlo, pero ¿y si me niegan su permiso para llevarla al baile?
- Tendrás que aguantarte. Para que eso no suceda, antes de que tú aparezcas por su casa, quien tiene que convencer a los señores Vives es su hija. O sea, que pídele a tu Dulcinea que vaya trabajándoselos.
- ¿Tú piensas ir al baile?
- Todavía no lo sé, lo decidiré en el último momento.
- Tienes que asistir, Bea. Has sido muchos años el alma del baile.
- Sí, y ahora que dejé de serlo, ¿puedes imaginarte la cantidad de problemas y de trabajo que me he quitado de en medio? Además, no tengo pareja.
- Ni la necesitas. Te vas con tu amiga Carmen Ribes, que es otra que siempre está sola, y ya verás lo bien que lo vais a pasar. Podéis chismorrear a todo tren y despellejar hasta al lucero del alba. Por otra parte, ¿quién te dice que no vayas a encontrar un buen mozo que te tire los tejos?                                                                       
   Hay otros jovencitos que tienen problemas más peliagudos que los Villangómez, es el caso de Ernesto Ballesta; nunca asistió al baile, jamás fue invitado, tampoco mostró ningún interés en ello, pero este año Ernesto ha movido cuantos resortes han estado en su mano para participar en la fiesta, tiene un poderoso motivo: se lo ha prometido a su novia. Con el primero que habló fue con Pepín Mañes. Su sorpresa fue mayúscula al escuchar que nunca le habían invitado porque no le consideraban estudiante.
- ¿Cómo qué no soy estudiante? ¿Y entonces qué crees que hago todos los días en la Escuela de Maestría, rezar el rosario o vender cupones de la ONCE?
- Tienes razón, pero que yo recuerde nunca ha asistido al baile alguien que estudiara Maestría.
- ¡No te fastidia!, porque soy el primero del pueblo que lo hace.
- No sé qué decirte. De todos modos preguntaré, pero lo veo complicado.
   Aquel mediodía, durante el almuerzo, su madre pregunta a Ernesto porque está tan mohíno. El chico se sincera y le explica sus problemas para poder asistir al baile de los estudiantes. Cuando llega del trabajo el cabeza de familia, su mujer le cuenta el disgusto que tiene el muchacho. Esa misma noche, Alfredo Ballesta tiene tertulia en casa de Manuel Lapuerta para escuchar las emisoras internacionales, en especial aquellas que hablan mal del Régimen. En un receso cuenta a sus contertulios lo que le pasa a su hijo, como una muestra de la cerrazón social de la pretendida élite del pueblo. El médico, que es muy amigo de sus amigos, se interesa por el asunto.
- Sí tu chico tiene verdadero interés en asistir a la fiesta igual yo puedo echarle una mano.
- No se moleste, don Manuel. Solo son problemas de chavales. Dentro de unos días ni se acordará.
- Estoy de acuerdo en que es una fruslería, pero la pregunta que te planteo es ¿quiere o no quiere tu chico ir a ese baile?
- Hombre, querer lo que se dice querer claro que sí.
- Entonces, déjalo de mi cuenta y vamos a ver si podemos sintonizar de una puñetera vez la Pirenaica, que esta noche las interferencias nos lo están poniendo más difícil que nunca.
   El médico le pide a su mujer que haga la gestión para que inviten al hijo de Ballesta. Angustias habla con Lola y ésta, a su vez, traslada la petición a Beatriz. Aunque la Villangómez ya no presida la comisión del festejo sigue teniendo vara alta en la misma. El resultado del pequeño enredo es que Ernesto y su novia Matilde Puig serán de la fiesta. De esa manera, tan trivial como un tanto rocambolesca, la organización del baile de los estudiantes se entremezcla con el proceloso mar de la política local.
- Al entrar me he cruzado con la mujer de Lapuerta, ¿quería algo o solo ha sido una visita de cumplido? – pregunta Gimeno a su mujer.
- Ha venido a pedirme un pequeño favor. Una invitación para el baile de los estudiantes.
   Lola cuenta a su marido la petición que le ha trasladado Angustias, un asunto baladí entre mujeres. Sorprendentemente José Vicente se interesa por el tema.
- Estoy pensando, Lola, que ese baile podría ser un filón de futuro.
- No sé a qué te refieres.
- Piensa que ahí está toda la juventud del pueblo cuyas familias son alguien o, al menos, pretenden serlo. Si pudiésemos controlar el sistema de acceso al baile, quiénes pueden asistir y quiénes no, tendríamos un buen instrumento para dispensar favores. Y se convertiría en un caladero para pescar voluntades.
- José Vicente, he de reconocer que no había pensado en esa faceta. Conozco el baile desde la primera vez que se celebró – Lo que Lola no le cuenta es que asistió al mismo con Rafael Blanquer – y nunca se me ocurrió verlo desde ese prisma. Para mí, como creo que para todos, no es más que un festejo que solo sirve para que la gente joven se lo pase bien y, sobre todo, las chavalas puedan lucir sus mejores trapos. Para los adultos solo es una ocasión de alimentar su vanidad.
- Y supongo que así seguirá siendo, pero vamos a pensarlo con detenimiento y para el baile del próximo año hemos de ver como encontramos un procedimiento para controlar esa comisión de admisión, de tal forma que, a la postre, quienes decidamos seamos nosotros.
- Eso es muy sencillo. La comisión siempre tiene problemas de perras. Por ejemplo, este año se han quedado sin el local de la calle Sichar y han de buscar otro, que no les saldrá gratis. Como el alquiler resulte caro se van a quedar sin un duro. Eso nos ofrece dos vías de acceso para que la comisión baile, y nunca mejor dicho, al son que les queramos marcar.
- ¿Y esas vías son?
- Darles una subvención – al ver el gesto negativo de su marido, Lola se apresura a añadir -. Ya sé que el Ayuntamiento no tiene un chavo, pero estoy hablando de una contribución de poca monta. Cuatro duros mal contados. La otra vía es facilitarles directamente un local. Esta última, quizá nos resultará más barata. Hay gente en el pueblo que te debe algún que otro favor y no podrían negarse a dejarte un local por veinticuatro horas y, encima, posiblemente gratis.
- Lola, nunca me cansaré de decir que el día que me casé contigo me sonrió la diosa Fortuna.