viernes, 10 de julio de 2015

6.5. Ser incoherente no es una opción válida



   La política nacional no es precisamente, en estos días, el debate estrella en los mentideros locales, sino el plan del alcalde sobre las obras que deberían realizarse para salvar el poblado costero de la Marina de los embates de las olas. El proyecto de que se construya un puerto en el caserío marítimo y su posible impacto en la vida local pronto es motivo de comentarios y opiniones de toda índole. Aunque en la controversia se da una paradoja: los senillenses viven más bien de espaldas al mar pese a que solo dista tres kilómetros del pueblo. De hecho, lo visitan solo en ciertas festividades a lo largo del año: el día de San Juan, el de San Pedro, cuando la Virgen del Carmen o la Asunción, y para de contar. Lo de tomar baños de mar se considera una rareza propia de los señoritos de la ciudad y son contados los que tienen afición a la pesca. Quizá por eso, a la mayoría de los vecinos lo de que se pueda construir en la mar, como suelen denominar al Mediterráneo, es algo que les resulta un tanto distante y ajeno a su vida cotidiana. En la tertulia del café de Alejandro el Pipa las opiniones parecen mayormente hostiles a la idea de construir alguna obra que resguarde la costa.
- A mí me parece que construir un puerto en la Marina supone tirar el dinero.
- Estoy de acuerdo con Blay, un puerto… ¿para qué? Si no quedan más que tres o cuatro barcas de mala muerte.
- Si lo hacen a lo mejor vienen más – apunta el optimista de turno.
- No seas iluso, ¿de dónde van a venir? ¿Tú crees que los que se fueron al Grao de Valencia o a Denia van a volver? Ni hartos de vino, vamos. Por no venir no vendrán ni los de Gandía.
- Pero si hay un puerto –insiste, terco, el optimista – podrán también atracar barcos de carga.
- ¿Barcos de carga? ¿Y qué cojones van a cargar aquí?, ¿algarrobas, almendras, naranjas, cagarrutas…? No digas chorradas. En vez de gastarse la millonada que debe costar construir un puerto mejor harían en utilizarla para traer el canal del Ebro. Eso sí que sería una riqueza para el pueblo.
- Y a todo esto, ¿qué opinan los Arbós?
- Lo que les parezca a los Arbós me da la impresión de que ya pesa poco. Yo creo que ahora la opinión importante es la de Gimeno. Ese pájaro cada día tiene más fuerza y, según me han dicho de buena fuente, en Valencia lo valoran mucho.
- Suponiendo que eso sea así, ¿alguien ha oído decir algo al de la cooperativa?
   El silencio que sigue a la pregunta parece confirmar que nadie tiene ni idea de la opinión del jefe de Falange que apunta, cada vez más, maneras de cacique.
- Ese punto es muy zorro y a buen seguro que no abrirá el pico hasta que vea de donde soplan los vientos dominantes.
- Pues yo me atrevo a anticipar que seguro que no ve con buenos ojos la idea. ¿Qué de dónde lo saco? Fácil, como el plan es de Vives estoy convencido de que no lo va a apoyar. Sería la primera vez que José Vicente coincidiera en algo con Paco.
- Por una vez, os voy a llevar la contraria, yo creo que sería buena cosa para el pueblo que se construyera un puerto.
- No digas gilipolleces. Ya lo ha dicho Blay, cualquier cosa que se haga en la mar será como tirar el dinero.
- Sin faltar, eh, que yo no me he metido con nadie. Y no me apeo del burro. Si se hace el puerto será mucho mejor que si no se hace nada. Y teniendo en cuenta que eso lo patrocina Vives, un tipo que no da puntada sin hilo, ¿vosotros creéis que no tendrá previsto qué hacer con el puerto? Amos, anda.
   En cambio, en el café de El Porvenir, que suele acoger a lo más granado de la sociedad local, las discusiones sobre el plan son apasionadas y las opiniones están más repartidas.
- ¿Y qué les parece lo del puerto? – Esteller lanza la pregunta como quien suelta un globo sonda.
- ¿Pero no iban a hacer una escollera? – Siempre hay alguien fuera de onda.
- Parece que han pedido varias soluciones, una de ellas una escollera, efectivamente, pero Vives prefiere que hagan un puerto. Lo sé de buena fuente – responde el barbero.
- Dudo mucho que se construya un puerto. Sería demasiado arroz para tan poco pollo – afirma sentencioso Grau, el veterinario.
- ¿A qué viene eso del pollo, don Alfonso? – inquiere el barbero.
- Es una forma de hablar. En este caso el pollo serían la media docena de barcas de pescadores que restan.
- Cabe suponer que si se hace no será pensando en las que ahora hay, sino en las que puedan venir – apunta Bonet, el ferroviario.
- Sigo creyendo que construir un puerto, un refugio pesquero o lo que coño sea, por pequeño que fuera, sería una inversión ruinosa. Este es un pueblo que vive del campo y lo que hay que potenciar es la agricultura. Ahí es donde hay que invertir y no en la mar – remacha uno de los agricultores presente.
- Sois todos unos antiguos – Sanchís, el boticario tercia en la discusión -. Cualquier mejora que se haga en la Marina, sea la que fuere, tiene que repercutir favorablemente en la economía local. Y que pueda haber un puerto no supondrá ninguna rémora para la agricultura, antes bien todo lo contrario. Cuantos más y mejores medios de comunicación haya más y mejores salidas tendrán las cosechas. Lo que no tengo claro es a qué juega Gimeno en todo este tinglado.
- Yo se lo diré, don José – Esteller, bajando la voz para que no le oigan en las mesas contiguas, susurra -. Una persona, y me perdonarán pero no puedo decir el nombre, me ha soplado que José Vicente está como una pantera con lo del puerto y que va a mover todos los hilos habidos y por haber para cargarse el proyeto…
- Proyecto, Martín, proyecto – le corrige el boticario.
- Bueno, como se llame, pero parece cierto que el de San Isidro está que echa los bofes.
   Esa misma noche, en la tertulia privada en torno a la radio de Lapuerta, la primera pregunta que formula Bonet al médico es sobre el debate del hipotético puerto.
- ¿Qué opina usted de lo de la Marina?
- Pienso lo mismo que ha dicho Sanchís. Yo no lo hubiese explicado mejor. Estamos ante una situación idéntica a la del desvío de la carretera. Todo cuanto sea potenciar las comunicaciones es intrínsecamente bueno para el pueblo.
- ¿Y qué le parece que Gimeno se oponga?
- Que es malo para él y dramático para el pueblo. En este país, la estrategia de la mayor parte de los políticos de campanario que padecemos consiste en oponerse por sistema a lo que propongan sus rivales. Les importa un higo si lo propuesto es bueno para la comunidad, lo que vale es cargarse las ideas de los otros. Y así nos luce el pelo. La verdad es que José Vicente me está defraudando, le hacía más generoso y con mayor visión de futuro, pero si es verdad lo que nos ha contado Esteller, que lo que le mueve es darle en el plexo solar a Paco Vives sin importarle el bien del pueblo me hace desmerecerle mucho. Con políticos así, estamos condenados a la mediocridad durante décadas pues mucho me temo que la partida la ganará Gimeno.
   La controversia sobre la bondad de la construcción de alguna clase de defensa marítima en la costa de la Marina también llega a la trastienda de la Moda de París.
- ¿Qué os parece lo que se dice de hacer un puerto en la Marina? – pregunta Consuelo.
- ¿Un puerto? Lo que me ha llegado es que si van a construir una especie de escollera para que las casas queden resguardadas de las tempestades – comenta Fina.
- Sea un puerto, una escollera o lo que fuere, creo que será algo bueno para el pueblo, pues de esa forma la Marina quedará a salvo de las olas y la playa se regenerará más rápidamente. ¿No opinas lo mismo, Lolita? – inquiere Beatriz.
    La interpelada calla. De pronto se da cuenta de que está atrapada en una pura contradicción. Es consciente de que Beatriz tiene razón: la bondad de la obra, sea de la clase que fuere, parece indiscutible, pero ella está ayudando, de alguna manera, a que no se haga nada. La falta de coherencia que esa discordancia supone le produce una honda melancolía. Tendrá que replantearse si su apoyo a los planes políticos de Gimeno debería seguir adelante o no. Como suele repetir su madre: ser incoherente no es una opción válida.

martes, 7 de julio de 2015

6.4. No valen las medias tintas



   Lolita explica a su madre que José Vicente se le ha declarado y que está hecha un lío, no sabe qué hacer y le pide su opinión. La señora Leo, tras escuchar la declaración de su hija de que no le ama, pero que siente un gran respeto y hasta una cierta admiración por su jefe político, es rotunda: le aconseja aceptar su petición de matrimonio. La joven se sorprende ante la categórica respuesta de su madre.
- ¿Y no sería mejor que le diera largas? – pregunta una dubitativa Lolita.
- En estos casos no valen las medias tintas, María Dolores. Él se ha portado como un caballero y tú debes de hacerlo como una dama. O aceptas su proposición o no la
aceptas, nada de marear la perdiz. Y puesto que has pedido mi opinión, acabas de oírla. Tu madre te aconseja que le digas que sí.
- Pero es que no estoy enamorada de él, mamá.
- Ya lo sé, pero él sí lo está de ti. Y un hombre que te quiere, que te respeta, que te considera y que está empeñado en desposarte, pese a que sabe que no le amas, será muy capaz de terminar conquistando, si no tu amor, si tu respeto y estima. Y ya te lo dije, eso lo tienen muy pocas mujeres que se casaron locamente enamoradas. Como hice en el pasado, y voy a hacer ahora, respetaré cualquier decisión que tomes y me tendrás siempre a tu lado pero, insisto, mi opinión es que lo aceptes.
   La charla no acaba de despejar sus dudas. Lolita comprende los temores que siente su madre por su futuro, por el día que pueda quedarse sola en una casa grande y vieja, con una tienda que también está declinando lenta pero inexorablemente. Es consciente de que su madre enfoca el problema no solo desde un punto de vista maternal sino también desde el de una mujer que ha rebasado la cincuentena.
   El último día del plazo, nada más levantarse, piensa que necesita contrastar su opinión con alguien de su edad, que pueda entender mejor sus anhelos, sus inquietudes y sus dudas. Como siempre, va en busca de su amiga Fina. Y vuelve a repetirse el proceso. 
- … y eso es lo que me dijo. Le he dado mil vueltas y lo único que he conseguido es un buen dolor de cabeza. Sigo sin saber qué hacer.
- Chica, me dejas de piedra. Así que José Vicente te ha pedido en matrimonio. Nunca me lo hubiese imaginado. Porque vaya saltos que ha dado el mozo, primero Pepita Arnau, luego Merceditas la Estanquera y ahora Lolita Sales. ¡Casi parece Barbazul!
- ¡Fina, por amor de Dios, tómatelo en serio! He venido para que me ayudes, no para que hagas bromas a mi costa. ¿Si estuvieras en mi lugar qué harías?
- Recuerdo que en una de tus muchas peleas con Rafael me preguntaste exactamente lo mismo. Varios años después volvemos a lo mismo. Ya me gustaría estar en tu lugar, bonita, pero ni mi Herminio ni mis hijos ni, posiblemente, mi suegra me iban a dejar – al ver el gesto contrariado de su amiga, Fina cambia de registro -. De acuerdo, se acabaron las bromas. Vamos a ver, cabecita loca, o yo no te conozco o tienes tanta vocación de soltera como Camila Tena de cabaretera. O sea, que lo que tienes que hacer es casarte. Ambas sabemos quién era tu príncipe azul, pero terminó convertido en rana. Este no es un príncipe, pero tampoco está tan mal.
- Pero no le amo.
- Perdona que me muestre dura, pero alguien ha de decirte las verdades del barquero. Tampoco amabas al Peloplancha y en algún momento estuviste dispuesta a emparejarte con él. Es evidente que con el boticario hubieses hecho mejor boda, pero como te conozco sé que el interés no es de las cosas que te hacen perder el sueño. Y de hombre a hombre no hay color. José Vicente no es que sea Gregory Peck, pero no está mal. ¿Qué no le quieres? Pues muy bien. No te cases con él. Siempre tienes a mano a Manolo Pitarch que lleva media vida poniéndote ojitos de cordero degollado. Mira si tienes suerte, no tienes uno sino dos pretendientes. De ninguno de los dos estás enamorada, aunque volvemos a lo mismo, entre Manolo y José Vicente no hay comparación posible. El secretario dela cooperativa da la impresión que es de los que se viste por los pies y el pobre Manolo todos sabemos que número calza. ¿Tienes algún otro pretendiente que desconozca? ¿No? Pues ya sabes, no hay más cera que la que arde.
- No sé por qué vengo a contarte mis problemas, Fina. A veces me da la impresión de que en lugar de ayudarme me los restriegas por la cara.
- No, Lolita, no. Estás equivocada. Me confundes con Consuelo. Yo te quiero bien, creo que no hace falta que te lo diga. ¿Desde cuándo somos amigas? Desde que íbamos a la clase de los cagones de doña Julia, ¿te acuerdas? Has sido la mejor de mis amigas y me gustaría que lo siguieras siendo, pero alguien ha de decirte las verdades. ¿Te ves llevando una vida cómo la que llevo?, ¿te gustaría?, ¿crees que a mí me gusta? Tú no estás hecha para una vida así de aperreada, trabajo en la casa, trabajo en el campo… Tú necesitas un hombre de la clase del boticario o del de la cooperativa.
- Sí, pero el amor…
- Mira, bonita de cara, creo que ya va siendo hora de que entierres los fantasmas del pasado y dejes de comportarte como aquella niñata que mojaba las bragas cada vez que Rafa le daba un beso. ¿Es necesario que te recuerde que un día de estos vas a cumplir veinticinco tacos? Hazte un favor: olvídate de una puñetera vez de tus sueños de adolescente y pórtate como lo que eres, como una mujer hecha y derecha. Y no tires a la basura la que puede ser tu última oportunidad. Sé realista, no tienes tantas opciones, y la que ahora se te presenta la puedes considerar como un regalo del cielo. ¿Sabes qué? me voy a comprar, para tu boda, el vestido más caro que encuentre en Valencia, a ver si a mi suegra le da un patatús. Porque espero que me invites.   
   Mientras Lolita se debate entre una y mil dudas para decidir qué contestar a la declaración de José Vicente, en el café de El Porvenir, hoy toca hablar de política. Todos los periódicos que llegan al pueblo recogen en primera plana y con gran alarde tipográfico la aprobación por las Cortes de la Ley de Sucesión. España recobra su condición de Monarquía como forma de estado y la ley prevé que en unos meses se llevará a cabo un referéndum para que pueda ser votado por el pueblo.
- Entonces, ¿van a volver los Borbones? – pregunta alguien.
- Eso habrá que verlo – contesta un escéptico.
- Pues si España vuelve a ser una monarquía, tendrá que haber un rey, ¿o no?
- Yo creo que estamos mejor con Franco, porque los reyes ¿para qué coño sirven? Os lo diré – prosigue Sanchís sin esperar a que alguien le rebata -, solo valen para figurar y para rodearse de gente de título que nunca hicieron nada. Franco, al menos, ha ganado la guerra y nos ha librado de los comunistas.
   Se entabla una discusión sobre qué será mejor: si la monarquía, la república o el régimen franquista, al que nadie parece saber definir con exactitud. Al final, llegan a la conclusión de que más vale malo conocido que bueno por conocer.
   Esa misma noche, Bonet pregunta a Lapuerta su opinión sobre la hipotética vuelta de la monarquía. El médico sí parece que lo tenga claro:
- Por lo que he leído, la Ley convierte a España en una monarquía, pero no dice nada concreto sobre la restauración monárquica.
- ¿Entonces…?
- Estoy convencido de que las pretensiones de Franco son, pura y simplemente, convertir su dictadura en vitalicia, pero como éstas no están bien vistas en el resto del mundo lo que intenta, con una jugada de cierta habilidad política, es disfrazar su régimen personalista con el manto de la Monarquía.
- Eso del régimen personalista, ¿qué significa exactamente? – quiere saber Bonet.
- Un régimen personalista es un eufemismo de dictadura. Y no me seas vago – se apresura a añadir el médico – y no me preguntes que es un eufemismo, búscalo en el diccionario. Y volviendo a tu pregunta inicial, España podrá ser una monarquía, pero Franco seguirá siendo el Caudillo por la gracia de Dios y respondiendo únicamente ante él y ante la historia.
- Yo no diría que es Caudillo por la gracia de Dios, sino porque Dios es un gracioso – apostilla el ferroviario haciéndose eco de un popular chascarrillo.

viernes, 3 de julio de 2015

6.3. ¿Qué le voy a responder?



   En su atípica declaración de amor, José Vicente ha de hacer una pausa porque tiene la boca absolutamente seca, los labios casi se le pegan al vocalizar, ha de beber un sorbo de agua para poder continuar. Mientras tanto, Lolita, como le ha prometido, permanece silenciosa.
- Ahora – prosigue Gimeno- la pelota está en tu tejado. Te agradezco de corazón la paciencia que has tenido para aguantar el discurso que acabo de soltarte, pero tenía que hacerlo. No podía demorarlo ni un día más. Era un sinvivir. Una vez que te lo he contado estoy más tranquilo. Bueno – y esboza una forzada sonrisa para quitarle gravedad a su exposición -, una tranquilidad relativa, la del encausado que espera que el juez le absuelva o condene.
   Lolita no sabe qué decir. Lo que acaba de oír ha supuesto una tremenda sorpresa para ella. Había percibido que su compañero estaba últimamente como más cariñoso, más atento, con más ganas de agradar, pero lo achacaba a que su grado de intimidad había subido muchos enteros desde que comenzaron a planear juntos los combates políticos en su pugna con el alcalde. Pero aquello no se lo esperaba. Si ha de ser honesta consigo misma, ha de reconocer que el discurso de José Vicente le ha impactado, la sinceridad con la que habla, la pasión contenida que se desprende de sus palabras, el desgarro y el dramatismo con el que ha terminado… Intuye que cuanto le ha dicho le ha salido directamente del corazón, aunque haya pretendido formularlo con una cierta asepsia. Ahora, como ha dicho el hombre, la pelota está en su tejado, el problema es que no sabe qué hacer con ella.
   José Vicente parece intuir lo que pasa por la cabeza de Lolita. Presiente que la respuesta puede ser negativa y juega su última baza:
- Lolita, puesto a pedirte favores, hazme otro: no me contestes ahora, tómate un tiempo para pensarlo. Digamos que veinticuatro horas; no, mejor setenta y dos. En tres días no nos hablaremos, ni nos veremos siquiera. Y mientras tanto te lo piensas, lo consultas con la almohada. Y si lo crees oportuno lo hablas con quien quieras, con tu madre, con tu confesor, con una amiga, con quien prefieras. ¿Estás de acuerdo? Bien, pues entonces, el fallo se aplaza y el encausado – y lo dice con una sonrisa – queda a su disposición, señoría, hasta dentro de setenta y dos horas.
   Lolita tiene mucho qué meditar. Desde el momento que dejó la jefatura, tras escuchar asombrada la inesperada declaración de José Vicente, no ha dejado de pensar en ella. No se le va de la cabeza. Está como ida. En la tienda no da una a derechas y en casa su madre ya le ha preguntado un par de veces si le pasa algo. Claro que le pasa: ha de tomar una decisión que quizá sea la más crucial de su vida. La situación le ha puesto tremendamente nerviosa. Desde que, sobreponiéndose a sus sentimientos, resolvió romper con Rafael no recordaba una tensión semejante. Trata de serenarse y de centrarse en la respuesta que ha de darle a su… ¿enamorado? Que rara le suena esa palabra aplicada a José Vicente. Es incapaz de pensar con claridad, el cóctel de sentimientos, de recuerdos, de deseos y temores se mezclan y agitan en su mente y lo que consigue es un molesto dolor de cabeza que la lleva a tomarse una aspirina y a acostarse. Lo consultará con la almohada como le recomendó José Vicente. A la mañana siguiente la neuralgia se le ha pasado, pero sigue sin saber qué partido tomar. ¿Unirse a un hombre del que no está enamorada?, ¿casarse para no terminar siendo una solterona?, ¿utilizar a este inesperado pretendiente para darle en la cabeza a Rafa?, ¿dejar de ser la señorita Sales, dicho con el retintín que tanto le molesta, para convertirse en la señora de Gimeno?... Muchas de las preguntas que se formula le incomodan, pero los interrogantes se suceden uno tras otro. Las que no aparecen por ningún lado son las respuestas. Con frecuencia queda tan absorta en sus pensamientos que apenas se da cuenta de cuanto ocurre a su alrededor. Afortunadamente, apenas media docena de clientas han entrado en la tienda porque la atención que les ha prestado ha sido deplorable. Su madre vuelve a preguntarle si le ocurre algo. Le dice que no; bueno, que tiene algo de migraña, pero nada más. Entre un torbellino de sentimientos y emociones encontradas, con una avalancha de ideas confusas y un rimero de preguntas sin respuestas transcurre el primero de los tres días que José Vicente le dio de plazo. Acaba la jornada y, además de que no ha encontrado la solución al problema, la realidad es que está todavía mucho más desorientada que el día anterior. Vuelve a tomarse una aspirina porque nota los primeros síntomas de una previsible jaqueca y se acuesta sin saber qué camino tomar.          
   Se despierta. En el dormitorio hace frío. Es lo natural en febrero. Se queda en la cama pensando, ya han transcurrido veinticuatro horas y todavía no ha decidido qué va a responder a José Vicente. Algo tendré que hacer, se dice, aunque solo sea por lo caballeroso y lo sincero que ha sido merece una respuesta. Termina haciendo lo que tantas veces hizo en anteriores ocasiones: pidiendo la opinión a su más leal consejera, su madre. Aprovecha el desayuno para plantearle el dilema. Le cuenta la conversación que sostuvo con José Vicente y cómo quedó en darle una respuesta. La señora Leo le escucha con suma atención, presiente que su hija puede estar jugándose su futuro.
- Y la verdad, mamá, a estas alturas, y después de casi dos días calentándome los  cascos, no sé qué contestarle. ¿Qué me aconsejas?
- Verás, María Dolores – la señora Leo trata de ganar tiempo para ordenar sus ideas porque la confesión le ha sorprendido -, no es fácil aconsejar en estos casos, pero soy tu madre y tengo el deber y hasta el derecho de hacerlo. Voy a serte muy sincera – duda de si hablar de Rafael, pero ¿para qué?, sabe perfectamente cuanto le amaba su hija y, quizá, le siga amando, pero es un asunto cerrado -. Me hice ilusiones de que terminaras arreglándote con el sobrino de don José Sanchís, pero por lo que sea aquello no cuajó. Ahora parece que te ha salido un nuevo pretendiente. Al chico éste le conozco poco, casi todo lo que sé de él me lo has contado tú. Me has dicho que es buena persona y que tiene mucho porvenir político, pero solo me hablaste de él como alguien con quien colaborabas y que en los últimos meses habías llegado a considerar un amigo.
- Y así es, mamá. Nunca pensé en José Vicente más que como un jefe al principio de nuestra relación y como un amigo después.
- Ahora resulta que pretende ser algo más que eso. Y tú ¿qué quieres? Me lo has dicho antes, no lo sabes. En ningún momento has hablado de amor, deduzco que eso quiere decir que no estás enamorada de él. ¿Lo está él de ti?
- Dice que sí, mamá, y le creo. También sabe que no comparto sus sentimientos.
- ¿Te lo ha dicho así?
- Como suena, mamá. Me dijo que está dispuesto a casarse conmigo a sabiendas de que no le amo.
- Mucho coraje hay que tener para eso. Y debe de quererte mucho, hija. Un hombre que demuestra ese valor es merecedor si no de tu cariño, sí de tu respeto.
- Y lo tiene. Ya lo tenía antes, pero ahora mucho más.
- Si le dices que no, puede pasar que no vuelvas a tener otro pretendiente como éste. Conociéndote sé que eso ya lo has pensado. Te digo otra cosa con el corazón en la mano: no me gustaría que terminaras siendo una solterona. Por ley natural algún día te quedarás sola, ¿has pensado qué clase de vida llevarás? Eres inteligente y todas esas preguntas me imagino que te las has planteado mil veces, pero quiero que escuches, de labios de la persona que más te quiere en el mundo, lo que pienso. Si la existencia de una viuda ya es dura, la de una solterona puede serlo aún más. Estos pueblos no están preparados para mujeres sin pareja y las que, por las circunstancias que fueren, no llegan al altar son como una pieza de un rompecabezas que no encaja. Ya sé, ya sé lo que vas a decir – se adelanta a su hija -, estar casada tampoco es una garantía de felicidad ni mucho menos. Lo sé por experiencia, pero compartir, aunque no sea con el hombre ideal, es casi siempre menos penoso que vivir y dormir sola. Hay algo importante a lo que no te has referido en ningún momento. Dices que no estás enamorada de él, pero como hombre ¿acaso te repugna al pensar que pueda tocarte?
   Lolita no tiene que pensar la respuesta porque en el plano físico su relación con José Vicente ha sufrido un cambio radical.
- No, mamá. No me repugna ni me da asco ni nada por el estilo. Ya te he dicho que es muy agradable y cuando estoy con él la verdad es que se me pasa el tiempo sin sentirlo.
- O sea que todo estriba en que no estás enamorada, ¿no es así? Me encantaría que te casaras por amor. El problema es que esperando al príncipe azul puede suceder que nunca aparezca. Con este chico tienes algunas bazas que has de valorar. No te desagrada físicamente y eso es muy importante. Las noches de invierno pueden hacerse muy largas con un hombre al lado que ni siquiera te atraiga como tal. También dices que es encantador y hasta divertido. Eso supone que a su lado te encuentras a gusto. Y le calificas como un excelente amigo. María Dolores, te diré algo que quizá ignores: la mayoría de las esposas que conozco, en el pueblo y más allá, no pueden decir tanto de sus maridos. Solo con las virtudes que has enumerado creo que deberías decirle que sí.
- ¿Así de rotundo, mamá?