martes, 7 de julio de 2015

6.4. No valen las medias tintas



   Lolita explica a su madre que José Vicente se le ha declarado y que está hecha un lío, no sabe qué hacer y le pide su opinión. La señora Leo, tras escuchar la declaración de su hija de que no le ama, pero que siente un gran respeto y hasta una cierta admiración por su jefe político, es rotunda: le aconseja aceptar su petición de matrimonio. La joven se sorprende ante la categórica respuesta de su madre.
- ¿Y no sería mejor que le diera largas? – pregunta una dubitativa Lolita.
- En estos casos no valen las medias tintas, María Dolores. Él se ha portado como un caballero y tú debes de hacerlo como una dama. O aceptas su proposición o no la
aceptas, nada de marear la perdiz. Y puesto que has pedido mi opinión, acabas de oírla. Tu madre te aconseja que le digas que sí.
- Pero es que no estoy enamorada de él, mamá.
- Ya lo sé, pero él sí lo está de ti. Y un hombre que te quiere, que te respeta, que te considera y que está empeñado en desposarte, pese a que sabe que no le amas, será muy capaz de terminar conquistando, si no tu amor, si tu respeto y estima. Y ya te lo dije, eso lo tienen muy pocas mujeres que se casaron locamente enamoradas. Como hice en el pasado, y voy a hacer ahora, respetaré cualquier decisión que tomes y me tendrás siempre a tu lado pero, insisto, mi opinión es que lo aceptes.
   La charla no acaba de despejar sus dudas. Lolita comprende los temores que siente su madre por su futuro, por el día que pueda quedarse sola en una casa grande y vieja, con una tienda que también está declinando lenta pero inexorablemente. Es consciente de que su madre enfoca el problema no solo desde un punto de vista maternal sino también desde el de una mujer que ha rebasado la cincuentena.
   El último día del plazo, nada más levantarse, piensa que necesita contrastar su opinión con alguien de su edad, que pueda entender mejor sus anhelos, sus inquietudes y sus dudas. Como siempre, va en busca de su amiga Fina. Y vuelve a repetirse el proceso. 
- … y eso es lo que me dijo. Le he dado mil vueltas y lo único que he conseguido es un buen dolor de cabeza. Sigo sin saber qué hacer.
- Chica, me dejas de piedra. Así que José Vicente te ha pedido en matrimonio. Nunca me lo hubiese imaginado. Porque vaya saltos que ha dado el mozo, primero Pepita Arnau, luego Merceditas la Estanquera y ahora Lolita Sales. ¡Casi parece Barbazul!
- ¡Fina, por amor de Dios, tómatelo en serio! He venido para que me ayudes, no para que hagas bromas a mi costa. ¿Si estuvieras en mi lugar qué harías?
- Recuerdo que en una de tus muchas peleas con Rafael me preguntaste exactamente lo mismo. Varios años después volvemos a lo mismo. Ya me gustaría estar en tu lugar, bonita, pero ni mi Herminio ni mis hijos ni, posiblemente, mi suegra me iban a dejar – al ver el gesto contrariado de su amiga, Fina cambia de registro -. De acuerdo, se acabaron las bromas. Vamos a ver, cabecita loca, o yo no te conozco o tienes tanta vocación de soltera como Camila Tena de cabaretera. O sea, que lo que tienes que hacer es casarte. Ambas sabemos quién era tu príncipe azul, pero terminó convertido en rana. Este no es un príncipe, pero tampoco está tan mal.
- Pero no le amo.
- Perdona que me muestre dura, pero alguien ha de decirte las verdades del barquero. Tampoco amabas al Peloplancha y en algún momento estuviste dispuesta a emparejarte con él. Es evidente que con el boticario hubieses hecho mejor boda, pero como te conozco sé que el interés no es de las cosas que te hacen perder el sueño. Y de hombre a hombre no hay color. José Vicente no es que sea Gregory Peck, pero no está mal. ¿Qué no le quieres? Pues muy bien. No te cases con él. Siempre tienes a mano a Manolo Pitarch que lleva media vida poniéndote ojitos de cordero degollado. Mira si tienes suerte, no tienes uno sino dos pretendientes. De ninguno de los dos estás enamorada, aunque volvemos a lo mismo, entre Manolo y José Vicente no hay comparación posible. El secretario dela cooperativa da la impresión que es de los que se viste por los pies y el pobre Manolo todos sabemos que número calza. ¿Tienes algún otro pretendiente que desconozca? ¿No? Pues ya sabes, no hay más cera que la que arde.
- No sé por qué vengo a contarte mis problemas, Fina. A veces me da la impresión de que en lugar de ayudarme me los restriegas por la cara.
- No, Lolita, no. Estás equivocada. Me confundes con Consuelo. Yo te quiero bien, creo que no hace falta que te lo diga. ¿Desde cuándo somos amigas? Desde que íbamos a la clase de los cagones de doña Julia, ¿te acuerdas? Has sido la mejor de mis amigas y me gustaría que lo siguieras siendo, pero alguien ha de decirte las verdades. ¿Te ves llevando una vida cómo la que llevo?, ¿te gustaría?, ¿crees que a mí me gusta? Tú no estás hecha para una vida así de aperreada, trabajo en la casa, trabajo en el campo… Tú necesitas un hombre de la clase del boticario o del de la cooperativa.
- Sí, pero el amor…
- Mira, bonita de cara, creo que ya va siendo hora de que entierres los fantasmas del pasado y dejes de comportarte como aquella niñata que mojaba las bragas cada vez que Rafa le daba un beso. ¿Es necesario que te recuerde que un día de estos vas a cumplir veinticinco tacos? Hazte un favor: olvídate de una puñetera vez de tus sueños de adolescente y pórtate como lo que eres, como una mujer hecha y derecha. Y no tires a la basura la que puede ser tu última oportunidad. Sé realista, no tienes tantas opciones, y la que ahora se te presenta la puedes considerar como un regalo del cielo. ¿Sabes qué? me voy a comprar, para tu boda, el vestido más caro que encuentre en Valencia, a ver si a mi suegra le da un patatús. Porque espero que me invites.   
   Mientras Lolita se debate entre una y mil dudas para decidir qué contestar a la declaración de José Vicente, en el café de El Porvenir, hoy toca hablar de política. Todos los periódicos que llegan al pueblo recogen en primera plana y con gran alarde tipográfico la aprobación por las Cortes de la Ley de Sucesión. España recobra su condición de Monarquía como forma de estado y la ley prevé que en unos meses se llevará a cabo un referéndum para que pueda ser votado por el pueblo.
- Entonces, ¿van a volver los Borbones? – pregunta alguien.
- Eso habrá que verlo – contesta un escéptico.
- Pues si España vuelve a ser una monarquía, tendrá que haber un rey, ¿o no?
- Yo creo que estamos mejor con Franco, porque los reyes ¿para qué coño sirven? Os lo diré – prosigue Sanchís sin esperar a que alguien le rebata -, solo valen para figurar y para rodearse de gente de título que nunca hicieron nada. Franco, al menos, ha ganado la guerra y nos ha librado de los comunistas.
   Se entabla una discusión sobre qué será mejor: si la monarquía, la república o el régimen franquista, al que nadie parece saber definir con exactitud. Al final, llegan a la conclusión de que más vale malo conocido que bueno por conocer.
   Esa misma noche, Bonet pregunta a Lapuerta su opinión sobre la hipotética vuelta de la monarquía. El médico sí parece que lo tenga claro:
- Por lo que he leído, la Ley convierte a España en una monarquía, pero no dice nada concreto sobre la restauración monárquica.
- ¿Entonces…?
- Estoy convencido de que las pretensiones de Franco son, pura y simplemente, convertir su dictadura en vitalicia, pero como éstas no están bien vistas en el resto del mundo lo que intenta, con una jugada de cierta habilidad política, es disfrazar su régimen personalista con el manto de la Monarquía.
- Eso del régimen personalista, ¿qué significa exactamente? – quiere saber Bonet.
- Un régimen personalista es un eufemismo de dictadura. Y no me seas vago – se apresura a añadir el médico – y no me preguntes que es un eufemismo, búscalo en el diccionario. Y volviendo a tu pregunta inicial, España podrá ser una monarquía, pero Franco seguirá siendo el Caudillo por la gracia de Dios y respondiendo únicamente ante él y ante la historia.
- Yo no diría que es Caudillo por la gracia de Dios, sino porque Dios es un gracioso – apostilla el ferroviario haciéndose eco de un popular chascarrillo.

viernes, 3 de julio de 2015

6.3. ¿Qué le voy a responder?



   En su atípica declaración de amor, José Vicente ha de hacer una pausa porque tiene la boca absolutamente seca, los labios casi se le pegan al vocalizar, ha de beber un sorbo de agua para poder continuar. Mientras tanto, Lolita, como le ha prometido, permanece silenciosa.
- Ahora – prosigue Gimeno- la pelota está en tu tejado. Te agradezco de corazón la paciencia que has tenido para aguantar el discurso que acabo de soltarte, pero tenía que hacerlo. No podía demorarlo ni un día más. Era un sinvivir. Una vez que te lo he contado estoy más tranquilo. Bueno – y esboza una forzada sonrisa para quitarle gravedad a su exposición -, una tranquilidad relativa, la del encausado que espera que el juez le absuelva o condene.
   Lolita no sabe qué decir. Lo que acaba de oír ha supuesto una tremenda sorpresa para ella. Había percibido que su compañero estaba últimamente como más cariñoso, más atento, con más ganas de agradar, pero lo achacaba a que su grado de intimidad había subido muchos enteros desde que comenzaron a planear juntos los combates políticos en su pugna con el alcalde. Pero aquello no se lo esperaba. Si ha de ser honesta consigo misma, ha de reconocer que el discurso de José Vicente le ha impactado, la sinceridad con la que habla, la pasión contenida que se desprende de sus palabras, el desgarro y el dramatismo con el que ha terminado… Intuye que cuanto le ha dicho le ha salido directamente del corazón, aunque haya pretendido formularlo con una cierta asepsia. Ahora, como ha dicho el hombre, la pelota está en su tejado, el problema es que no sabe qué hacer con ella.
   José Vicente parece intuir lo que pasa por la cabeza de Lolita. Presiente que la respuesta puede ser negativa y juega su última baza:
- Lolita, puesto a pedirte favores, hazme otro: no me contestes ahora, tómate un tiempo para pensarlo. Digamos que veinticuatro horas; no, mejor setenta y dos. En tres días no nos hablaremos, ni nos veremos siquiera. Y mientras tanto te lo piensas, lo consultas con la almohada. Y si lo crees oportuno lo hablas con quien quieras, con tu madre, con tu confesor, con una amiga, con quien prefieras. ¿Estás de acuerdo? Bien, pues entonces, el fallo se aplaza y el encausado – y lo dice con una sonrisa – queda a su disposición, señoría, hasta dentro de setenta y dos horas.
   Lolita tiene mucho qué meditar. Desde el momento que dejó la jefatura, tras escuchar asombrada la inesperada declaración de José Vicente, no ha dejado de pensar en ella. No se le va de la cabeza. Está como ida. En la tienda no da una a derechas y en casa su madre ya le ha preguntado un par de veces si le pasa algo. Claro que le pasa: ha de tomar una decisión que quizá sea la más crucial de su vida. La situación le ha puesto tremendamente nerviosa. Desde que, sobreponiéndose a sus sentimientos, resolvió romper con Rafael no recordaba una tensión semejante. Trata de serenarse y de centrarse en la respuesta que ha de darle a su… ¿enamorado? Que rara le suena esa palabra aplicada a José Vicente. Es incapaz de pensar con claridad, el cóctel de sentimientos, de recuerdos, de deseos y temores se mezclan y agitan en su mente y lo que consigue es un molesto dolor de cabeza que la lleva a tomarse una aspirina y a acostarse. Lo consultará con la almohada como le recomendó José Vicente. A la mañana siguiente la neuralgia se le ha pasado, pero sigue sin saber qué partido tomar. ¿Unirse a un hombre del que no está enamorada?, ¿casarse para no terminar siendo una solterona?, ¿utilizar a este inesperado pretendiente para darle en la cabeza a Rafa?, ¿dejar de ser la señorita Sales, dicho con el retintín que tanto le molesta, para convertirse en la señora de Gimeno?... Muchas de las preguntas que se formula le incomodan, pero los interrogantes se suceden uno tras otro. Las que no aparecen por ningún lado son las respuestas. Con frecuencia queda tan absorta en sus pensamientos que apenas se da cuenta de cuanto ocurre a su alrededor. Afortunadamente, apenas media docena de clientas han entrado en la tienda porque la atención que les ha prestado ha sido deplorable. Su madre vuelve a preguntarle si le ocurre algo. Le dice que no; bueno, que tiene algo de migraña, pero nada más. Entre un torbellino de sentimientos y emociones encontradas, con una avalancha de ideas confusas y un rimero de preguntas sin respuestas transcurre el primero de los tres días que José Vicente le dio de plazo. Acaba la jornada y, además de que no ha encontrado la solución al problema, la realidad es que está todavía mucho más desorientada que el día anterior. Vuelve a tomarse una aspirina porque nota los primeros síntomas de una previsible jaqueca y se acuesta sin saber qué camino tomar.          
   Se despierta. En el dormitorio hace frío. Es lo natural en febrero. Se queda en la cama pensando, ya han transcurrido veinticuatro horas y todavía no ha decidido qué va a responder a José Vicente. Algo tendré que hacer, se dice, aunque solo sea por lo caballeroso y lo sincero que ha sido merece una respuesta. Termina haciendo lo que tantas veces hizo en anteriores ocasiones: pidiendo la opinión a su más leal consejera, su madre. Aprovecha el desayuno para plantearle el dilema. Le cuenta la conversación que sostuvo con José Vicente y cómo quedó en darle una respuesta. La señora Leo le escucha con suma atención, presiente que su hija puede estar jugándose su futuro.
- Y la verdad, mamá, a estas alturas, y después de casi dos días calentándome los  cascos, no sé qué contestarle. ¿Qué me aconsejas?
- Verás, María Dolores – la señora Leo trata de ganar tiempo para ordenar sus ideas porque la confesión le ha sorprendido -, no es fácil aconsejar en estos casos, pero soy tu madre y tengo el deber y hasta el derecho de hacerlo. Voy a serte muy sincera – duda de si hablar de Rafael, pero ¿para qué?, sabe perfectamente cuanto le amaba su hija y, quizá, le siga amando, pero es un asunto cerrado -. Me hice ilusiones de que terminaras arreglándote con el sobrino de don José Sanchís, pero por lo que sea aquello no cuajó. Ahora parece que te ha salido un nuevo pretendiente. Al chico éste le conozco poco, casi todo lo que sé de él me lo has contado tú. Me has dicho que es buena persona y que tiene mucho porvenir político, pero solo me hablaste de él como alguien con quien colaborabas y que en los últimos meses habías llegado a considerar un amigo.
- Y así es, mamá. Nunca pensé en José Vicente más que como un jefe al principio de nuestra relación y como un amigo después.
- Ahora resulta que pretende ser algo más que eso. Y tú ¿qué quieres? Me lo has dicho antes, no lo sabes. En ningún momento has hablado de amor, deduzco que eso quiere decir que no estás enamorada de él. ¿Lo está él de ti?
- Dice que sí, mamá, y le creo. También sabe que no comparto sus sentimientos.
- ¿Te lo ha dicho así?
- Como suena, mamá. Me dijo que está dispuesto a casarse conmigo a sabiendas de que no le amo.
- Mucho coraje hay que tener para eso. Y debe de quererte mucho, hija. Un hombre que demuestra ese valor es merecedor si no de tu cariño, sí de tu respeto.
- Y lo tiene. Ya lo tenía antes, pero ahora mucho más.
- Si le dices que no, puede pasar que no vuelvas a tener otro pretendiente como éste. Conociéndote sé que eso ya lo has pensado. Te digo otra cosa con el corazón en la mano: no me gustaría que terminaras siendo una solterona. Por ley natural algún día te quedarás sola, ¿has pensado qué clase de vida llevarás? Eres inteligente y todas esas preguntas me imagino que te las has planteado mil veces, pero quiero que escuches, de labios de la persona que más te quiere en el mundo, lo que pienso. Si la existencia de una viuda ya es dura, la de una solterona puede serlo aún más. Estos pueblos no están preparados para mujeres sin pareja y las que, por las circunstancias que fueren, no llegan al altar son como una pieza de un rompecabezas que no encaja. Ya sé, ya sé lo que vas a decir – se adelanta a su hija -, estar casada tampoco es una garantía de felicidad ni mucho menos. Lo sé por experiencia, pero compartir, aunque no sea con el hombre ideal, es casi siempre menos penoso que vivir y dormir sola. Hay algo importante a lo que no te has referido en ningún momento. Dices que no estás enamorada de él, pero como hombre ¿acaso te repugna al pensar que pueda tocarte?
   Lolita no tiene que pensar la respuesta porque en el plano físico su relación con José Vicente ha sufrido un cambio radical.
- No, mamá. No me repugna ni me da asco ni nada por el estilo. Ya te he dicho que es muy agradable y cuando estoy con él la verdad es que se me pasa el tiempo sin sentirlo.
- O sea que todo estriba en que no estás enamorada, ¿no es así? Me encantaría que te casaras por amor. El problema es que esperando al príncipe azul puede suceder que nunca aparezca. Con este chico tienes algunas bazas que has de valorar. No te desagrada físicamente y eso es muy importante. Las noches de invierno pueden hacerse muy largas con un hombre al lado que ni siquiera te atraiga como tal. También dices que es encantador y hasta divertido. Eso supone que a su lado te encuentras a gusto. Y le calificas como un excelente amigo. María Dolores, te diré algo que quizá ignores: la mayoría de las esposas que conozco, en el pueblo y más allá, no pueden decir tanto de sus maridos. Solo con las virtudes que has enumerado creo que deberías decirle que sí.
- ¿Así de rotundo, mamá?

martes, 30 de junio de 2015

6.2. Una declaración de amor un tanto atípica



   José Vicente le cuenta a su amigo Guillermo como fue la primera y única vez en la que intentó cortejar a Lolita y como la joven respondió con un frontal y agresivo rechazo. Le sirvió de lección. La muchacha le podría aceptar como camarada y hasta como amigo, pero no como pretendiente.
- Lo que estás contando ocurrió hace mucho tiempo y, además, opino que solo fue una nimiedad ¿Has vuelto a comprobar si su reacción sigue siendo la misma que entonces? – pregunta Guillermo.
- No hace falta. Hay cosas que se ven palmariamente.
- Perdona, pero no estoy de acuerdo – discrepa Guillermo -. La gente cambia. ¿Quién puede asegurarte que Lolita no haya cambiado? En realidad lo ha hecho. Me acabas de contar como al principio de vuestra relación se portaba como una borde antipática, en cambio ahora estáis a partir un piñón. Sí cambió de comportamiento y, en lo que a ti más importa, cambió en su manera de tratarte, ¿por qué no han podido cambiar también sus sentimientos?
- Lo dudo mucho. Y además, ¿cómo voy a saberlo?
- ¡Coño, pues preguntándoselo!
   La simiente de la duda, que su amigo ha dejado caer, crece con fuerza en la mente de Gimeno. ¿Será posible que Guillermo tenga razón?, ¿qué puede perder si le habla?, ¿qué le rechace, qué se burle de él?, ¿y qué importa? Más hundido que está, imposible. Le da mil vueltas, lo analiza desde todos los ángulos posibles, sopesa pros y contras… Llega un momento en que siente que ha tocado fondo: no puede continuar así. Es un verdadero dislate, no lo que le está pasando, sino su manera de enfrentarlo. ¡Él, que siempre presumió de su racionalidad! Toma la decisión: se va a sincerar, le va a decir cuáles son sus sentimientos. Una vez tomada la resolución, se va tranquilizando paulatinamente. Se lo va a decir, ¿cómo que decir? Se va a declarar. La precisión que se hace a sí mismo vuelve a provocarle un montón de dudas: si le dice que le quiere eso significará una declaración de amor. ¿Cómo tendría que hacerla para tener más probabilidades de que salga bien?, ¿ponerse en plan romántico o soltárselo sin andarse por las ramas?, ¿qué va a decirle?, ¿qué está loco por ella, qué la adora, qué se ha dado cuenta de que es la mujer de su vida o le dice simplemente que la quiere y qué desea casarse con ella? Tras un interminable análisis desecha la versión romántica. No es un adolescente ni la relación que mantienen le invita a ponerse excesivamente empalagoso. También descarta una declaración a palo seco. Probablemente eso heriría la sensibilidad de su amada… ¿su amada? Es la primera vez que se refiere a Lolita con esa palabra. Y no sabe por qué, pero se encuentra cómodo con ella. Tendrá que comenzar a usar más a menudo esa clase de vocabulario. Ya está: empleará el lenguaje que utiliza habitualmente con la joven, será él mismo. Ni romanticismo cursi ni lenguaje excesivamente aséptico. Le hablará como le dicte el corazón, aunque dado que no se fía excesivamente de su autodominio termina preparando su declaración como prepara las intervenciones públicas, cuidando hasta el último detalle.
   José Vicente deja una nota a Lolita de que se pase por su despacho de jefatura.
- Lolita, siéntate, tenemos que hablar.
- Supongo que quieres comentarme la campaña de Reyes. La verdad es que salió mejor de lo que esperaba. ¿Sabes una idea que se me ha ocurrido? En el No-Do que pusieron el domingo salía la cabalgata de Reyes de Madrid. Voy a estudiar si aquí podríamos hacer algo parecido, salvando las distancias, claro.
- Me parece muy bien, pero lo que quiero hablar contigo es un asunto estrictamente personal – por el momento Gimeno se encuentra asombrosamente tranquilo -. Te voy a pedir un favor: que escuches lo que voy a decirte sin interrumpirme. Necesito decírtelo de un tirón porque si me cortas igual no sé cómo continuar.
- Por Dios, José Vicente, que melodramático te pones. Cualquiera diría que vas a confesarme que fuiste tú quien mató a Cánovas – como es habitual entre ellos la joven emplea un tono levemente irónico.
- Sin bromas, por favor. Estoy hablando muy en serio. ¿Me prometes que no me interrumpirás?
- Prometido – La curiosidad de Lolita crece por momentos, ¿qué diablos le va a contar con unos prolegómenos tan misteriosos?, ¿qué ha hecho las paces con Merceditas?, ¿qué le han ofrecido un cargo en la capital?
- No sé cómo empezar… Comenzaré haciendo algo de historia de nuestra relación. La primera vez que hablé contigo, ¿te acuerdas?, fue en tu tienda. Iba a comprar una corbata y por poco me colocas una docena. Ese día te catalogué como una hábil vendedora, con una cara preciosa y un tipazo como para marearse. Cuando volvimos a hablar para que te hicieras cargo de la delegación y aceptaste, era conocedor de a qué venías, a llenar un montón de horas muertas que te pesaban como losas y con las que no sabías qué hacer. En esa segunda etapa, a lo que creía saber de ti tuve que añadir que eras muy capaz y eficiente, pero también que podías ser borde, introvertida y hasta antipática. Como pese a ello seguías siendo una mujer de bandera, un mal día me insinué. Tu rechazo fue tan agresivo, directo y contundente que no me dejaste lugar a dudas. Si quería conservar a la persona, que ya se había convertido en mi más eficaz colaboradora, debía de separar estrictamente lo que era el terreno, llamémosle profesional, del personal. En la última etapa de nuestra relación, la más feliz hasta ahora, descubrí cualidades que ni siquiera imaginaba que tuvieras, sabía que eras tan inteligente como competente, con mucho estilo y dotada de una gran capacidad para pensar por tu cuenta. A todo eso, tuve que sumar otros rasgos de tu personalidad: eras poseedora de una amplia cultura, de un olfato y una habilidad política increíbles, paciente, capaz de escuchar mis dudas y perdonar mis debilidades, humana, generosa y, por descontado, seguías siendo una hermosa y encantadora mujer de la que cualquier hombre estaría orgulloso de llevar a su lado…
  El semblante de Lolita se ha ido endureciendo a medida que José Vicente ha ido desgranando su discurso, pero como le ha prometido no ha dicho una palabra. Escucha atentamente unas manifestaciones que le producen enorme estupor. ¿Pero por dónde va a salir este hombre y a qué viene todo esto?, se pregunta.
- No he terminado. Digamos que esto ha sido el prólogo… El sentimiento que te voy a confesar lo descubrí no hace mucho. Aquella persona, tan sencilla y compleja a la vez, que podía pasar, casi sin solución de continuidad, de ser un encanto de criatura a tornarse al instante en alguien irritable, arisco y antipático… me había robado el corazón… Descubrí que me había enamorado de ti – ante la exclamación de asombro de la joven, José Vicente le insta -. Por favor, Lolita, déjame continuar. Cuando termine será tu turno, pero no me cortes, te lo suplico. Seguramente ésta es la declaración de amor más torpe y sin sentido del planeta, pero no sé hacerlo mejor. Voy a ser más sincero todavía. Acabo de decirte que estoy enamorado de ti, aunque no estoy seguro al cien por cien de que sea así. No sé si lo que siento por ti es amor, admiración, respeto o, por decirlo, lisa y llanamente, que te deseo como no deseé jamás a ninguna mujer. Posiblemente es una mezcla de todo ello. Lo que sí tengo meridianamente claro es que los momentos más felices que pasé en los últimos tiempos son aquellos en los que estuve junto a ti. Hablaba antes de una declaración de amor, es mucho más. También es una petición mucho más profunda, aunque reconozco que muy atípica, porque no pretendo que seas un ligue de temporada ni es mi intención flirtear contigo. Quiero pedirte…, te pido que seas mi mujer, que seas la compañera de mi vida, la amiga a quién confiar mis deseos y temores, la camarada en quien apoyarme cuando lleguen los días difíciles, la amante que sepa darme cariño y fuerza, la madre de nuestros hijos… Si lo piensas, coincidirás conmigo en que tenemos muchos puntos en común: ambos somos libres, tenemos edad como para estar casados, aficiones similares, inquietudes compartidas, y en los últimos meses hemos descubierto que nos entendemos francamente bien y formamos un conjuntado equipo. Lo que te puedo ofrecer ya lo sabes: un empleo con un sueldo mediocre y poco más, pero con muchas ansias de progresar en todos los terrenos y más si te tuviera a mi lado. Me queda por decir lo más duro para mí, pero estoy decidido a no dejarme nada en el tintero. Una pareja es cosa de dos. Los afectos también han de ser compartidos. Sé perfectamente que no compartes mis sentimientos… - ante el conato de protesta de la joven vuelve a rogarle -. Te lo vuelvo a pedir, Lolita, por favor, déjame continuar… Lo diré más claro: sé que no estás enamorada de mí. No sé si lo estás de otro, pero eso tampoco me importa demasiado ahora. Rectifico, sí que me importa, ¿cómo no va a importarme? Lo que pretendo decir, y me estoy armando un lío, es que no tengo ningún temor de casarme contigo aún a sabiendas de que no me amas. Me conformaré con que me respetes como marido, me comprendas como compañero y me ayudes como amigo. No te voy a pedir más. En alguna parte leí que un matrimonio de amigos acaba siendo más firme que un matrimonio de amantes. Yo quiero ser tu amigo, tu marido y… algún día me gustaría ser tu amante…
   Ante una declaración tan atípica como desconcertante la expresión de estupor pintada en el semblante de Lolita dice más que mil palabras.