viernes, 12 de junio de 2015

5.11. Romances juveniles


   El autobús se ha llenado hasta rebasar cumplidamente su aforo. Está prohibido que vayan pasajeros de pie, pero debe de ser una norma que, como tantas otras, no se cumple. La mayoría de los estudiantes van de pie en el estrecho pasillo existente entre las dos filas de butacas. Han dejado que se sienten los mayores. Es una mezcla de cortesía y prepotencia juvenil. Ellos no van a cansarse por estar hora y media de pie, tiempo que dura el trayecto. Al llegar a Valencia los estudiantes se desperdigan en dirección al centro docente donde cada uno estudia. Los chicos no volverán a juntarse hasta el viernes por la tarde en que volverán al pueblo. Y así, una semana tras otra, rutina solo interrumpida por los puentes, fiestas y vacaciones que vienen señalados en el calendario escolar y que los estudiantes se lo conocen de memoria.
   Las fiestas más señaladas, y por ende fechas de asueto del primer trimestre, son el Día de la Raza (así llamado por el Régimen el doce de octubre), Todos Santos, la Purísima y enseguida vienen las añoradas vacaciones navideñas. El segundo trimestre del curso es el más largo, pero hacia su final llega una auténtica vorágine de fiestas: suelen comenzar por las de San José, en el mes de marzo, y que duran una semana al menos; período en el que se plantan en la ciudad de Valencia las mundialmente célebres fallas. Sorprendentemente, aunque algunos estudiantes llevan varios años en la capital, ninguno ha sentido la curiosidad de quedarse a disfrutar las fiestas falleras. No conocen la plantà, ni  han participado en l´ofrena, ni han visto la nit de la cremà (*).  Su vida está centrada en el pueblo y todo lo demás les importa poco. Apenas pasan los festejos del segundo trimestre, el tercero se va en un suspiro, rápidamente llegan los exámenes de fin de curso y antes de que acabe junio ya vuelven a estar todos en casa. A disfrutar del siempre prometedor verano y a olvidarse de los libros, salvo que haya quedado alguna asignatura pendiente para septiembre.                                                                           
   De los que viajan en el coche de línea, Miguel Vinuesa es uno de los más contentos. Los lunes para él son un día marcado con piedra blanca, volverá a tener a su lado, aunque solo sea algo más de una horita, a la niña de sus ojos. Está perdidamente enamorado de Maribel Betoret. No va a ser empresa fácil conquistarla, pero es de los que se crece ante las dificultades. Hasta el pasado verano no se había atrevido a decirle a la muchacha lo mucho que le gustaba. Una charla que mantuvo con Beatriz Villangómez fue el acicate que le impulsó a hacerlo.
- Me parece Miguelito que estás colado por Maribel.
   Miguel se esfuerza para que no se le note demasiado el rubor que enciende sus mejillas. ¿Cómo se habrá enterado esta metomentodo? Trata de disimular:
- Qué imaginación tienes, Beatriz. ¿De dónde sacas qué me gusta?
- Porque cuando la miras pones ojitos de cordero degollado. Si no quieres que todos se enteren debes de ser más discreto.
   Descubierto su secreto, Miguel le cuenta sus sentimientos. Beatriz es algo así como la hermana mayor de todos los estudiantes del pueblo, no solo tiene más edad y es la única que ha concluido los estudios, también es majísima y siempre está dispuesta para dar un consejo o hacer un favor.
- Creí que no se me notaba. La verdad es que me gusta mucho.
- No me extraña, es una niña preciosa y en pocos años se convertirá en una mujer de bandera, aunque me da la impresión de que le falta carácter. De todos modos, va a tener gancho y sus padres tienen fama de estar forrados. Me temo que tendrás muchos rivales.
- Ya conozco algunos, pero no me dan miedo.
- ¿Eso quiere decir que te corresponde?
- No lo sé.
- No me digas que no le has dicho nada – y al ver el gesto negativo del muchacho, pregunta -. ¿Ni siquiera se lo has insinuado? ¿No? Miguelito, me decepcionas, te hacía mucho más resuelto. Con lo atrevido que eres con la pelota en los pies y una cría que no es más que un alevín de mujer te echa para atrás.
- Entonces, ¿qué crees que debería hacer?
   Antes de contestarle, Beatriz recuerda una conversación que mantuvo con su amiga Lolita, por quien siente gran cariño y admiración, y a la que frecuentemente hace partícipe de sus cuitas sentimentales. Lo que responde a Miguelito es algo que, en su momento, le oyó contar a su amiga sobre una situación parecida:
- Hablarle, contarle lo que sientes por ella, pero de manera…, no sé cómo decirlo, suave, delicada, con cuidado. Ten en cuenta que es todavía muy niña y no sé si está preparada para reconocer sus propios sentimientos. Lo que quiero decir es que más que ser crudamente sincero al hablarle de lo que sientes, deberías de sugerirlo, de insinuarlo.
   Miguel tomó buena nota del consejo de Beatriz y, en las fiestas de agosto, le insinuó a la muchacha lo mucho que le gustaba y que aspiraba a ser algo más que un amigo. Ella no le contestó, se limitó a sonreír, a mirarle con sus claros ojazos y a callarse. La jovencita es demasiado sumisa para alentar cualquier acercamiento de un chico sin que sus padres le hayan dado su visto bueno. Pese a la falta de respuesta no desiste en su empeño porque, realmente, ella no le rechazó. Aunque hay algunas cosas que le preocupan, una de ellas es que hay otros chicos que andan tras ella. Conoce al menos dos y quizá no sean los únicos rivales, puede haber más. Lo descubrió un día en el autobús donde dos comadres, sentadas en los asientos delante del que él ocupaba, mantenían un diálogo en el que salió a relucir la chica de los Betoret.
- ¿También vas al mercado, Josefa?
- No, voy al oculista. Don Manuel dice que se me está formando una catarata. Oye, ¿esa chicuela de ahí no es la de Betoret, el del molino de aceite de la calle Loreto?
- Sí y ¿sabes qué he oído comentar? Que envían a su hija a Valencia a estudiar con las monjas.
- Te han informado bien. Desde el año pasado está interna en un colegio de la capital. Bueno, de lunes a viernes, los fines de semana los pasa aquí.
- Y con el fortunón que va a heredar esa chiquilla, ¿para qué necesita estudiar, se puede saber? Es hija única y, solo con lo que ganan en la almazara y con la naranja, a los Betoret no los cuelgan por menos de treinta millones o posiblemente más.
- Se comenta que quieren darle una mano de buenos modales para que, si se tercia, pueda casarse con un señorito.
- Eso me parece una bobada. Esa chiquita es uno de los mejores partidos del pueblo y le van a sobrar pretendientes. No va a tener ninguna necesidad de aprender las cuatro cursilerías que puedan enseñarle las monjas. Lo que tiene que hacer su madre es educarla para que aprenda a llevar una casa y todo lo demás le va a sobrar. Mejor harían empleando los cuartos que les van a sacar las monjas en comprar otra finca.
   Lo que se desprende de la charla no ha dejado de preocupar a Miguel, pero sabe que no debe arredrarse, está convencido de que su amor superará todos los obstáculos y todos los contrincantes que se le pongan por delante. El chaval no es estaría tan tranquilo si hubiese escuchado otro diálogo, el que en su día mantuvieron Lolita y Beatriz. La última le contaba a su amiga y mentora las pretensiones amorosas del joven Miguelito.
- … y está coladito por la niña de los Betoret. Espero y deseo que le salga bien su empeño porque es un chico bien majo, uno de los mejores.
- Sí es majo el chaval, pero no estoy tan segura de que sus aspiraciones se cumplan. Como conozco bien a los Betoret te adelanto que no van a ver esa unión con buenos ojos. Un maestro les va a parecer poca cosa para su niña.
- Ya estamos con aquello de que pasas más hambre que un maestro de escuela. ¡Eso era en el siglo pasado! – exclama Beatriz un tanto molesta. Ella también es maestra.
- No es por los dineros, sino porque si Maribel se casara con Miguel tendría que irse adónde destinaran a su marido y eso, casi seguro, no entra en los planes de los Betoret.

(*) La plantà es el acto de erigir las fallas. La ofrena es el ofrecimiento de ramos de flores a la Virgen de los Desamparados, patrona de Valencia. La nit de la cremà es la noche (del 19 de marzo) en la que se queman las fallas.

martes, 9 de junio de 2015

5.10. El trayecto Senillar-Valencia



   En el café de Alejandro el Pipa el tema central de las tertulias, una vez terminada las cotidianas partidas, es casi siempre el mismo: el fútbol. Los que escucharon el partido por la radio cuentan a los demás tertulianos el triunfo del Real Madrid en la Copa del Generalísimo, al ganar por tres a uno al Valencia en el estadio barcelonés de Montjuich. Aunque en esa tarde del verano del cuarenta y seis las noticias que suscitan más comentarios son dos de alcance económico puesto que afectan a todos los bolsillos. Una es que, a primeros de julio, el Consejo de Ministros acuerda aumentar el racionamiento del pan empezando por las cartillas de tercera categoría.
- ¿Y de cuánto es la subida?
- Según el periódico, la ración sube a doscientos cincuenta gramos.
- Pues tampoco es que se hayan estirado mucho.
- Bueno, también dice el Gobierno que esa cifra podrá aumentarse en la medida que la cosecha de trigo mejore.
- Si es que con la jodida sequía llevamos unos años con unas cosechas que no alcanzan para nada.
- Habrá que dar por descontado que el pan del racionamiento seguirá sin ser blanco.
- ¡No te fastidia, pues claro! El que quiera pan blanco ya sabe adónde tiene que ir a buscarlo, a casa de los estraperlistas.
- Que seguirán haciéndose de oro. Y los que vivimos de un sueldo continuaremos pasándolas moradas para terminar el mes – se queja Clavé el telegrafista que, como casi todos los asalariados, se las ve y se las desea para salir adelante.
   La otra noticia económica es que la gasolina deja de ser un producto sujeto a estricto racionamiento y se decreta su libre comercialización. El precio de venta del combustible se fija en dos pesetas por litro y ese coste, que se considera escandaloso, es el que provoca la diatriba que está soltando Pepe Traverso, uno de los transportistas locales:
- No hay derecho. ¿Cómo tienen los santos huevos de poner la gasolina a dos pesetas? Con el combustible a ese precio, ¿a cuánto tendremos que subir los portes? Estos desgraciados se van a cargar el transporte por carretera. Claro, lo que les interesa es otra cosa...
- ¿Y qué es esa otra cosa? – pregunta uno.
- Os lo voy a decir: lo que le interesa al gobierno es favorecer el transporte por ferrocarril, por eso la subida escandalosa de la gasolina y el gasoil.
- ¿Y por qué le tiene que interesar al gobierno favorecer al tren?
- ¡Joder, pareces tonto! El motivo es más claro que el agua. ¿Quiénes son los propietarios de los camiones? Pues pequeños empresarios como yo, que a partir de ahora se las van a ver putas para poder sacar su negocio adelante. En cambio, ¿quién es el propietario de la RENFE? El gobierno. La cosa está más clara que la luz del día.
   Superando a esas noticias, lo que de verdad ha encendido de entusiasmo al pueblo es que el mejicano Carlos Arruza ha vuelto para torear por segunda vez en las fiestas de agosto. El día anterior a su visita lidió una corrida en Valencia y uno de los morlacos le pegó un puntazo en el pecho del que aún se resiente. Previendo que no pueda trastear al novillo que le han preparado, ha venido acompañado de otro matador, Julio Pérez el Vito, a quien acaba de dar la alternativa. La plaza revienta de personal, no cabe ni un alfiler en los carros que conforman el ruedo y en los balcones y ventanas que dan al rústico e improvisado coso. El diestro mejicano se ha convertido en el ídolo local por excelencia. La pasión levantada el año anterior es una nimiedad comparada con el paroxismo y la locura que ha despertado este año. Carlos ha tenido un detalle más: aprovechando que ha venido de Méjico su mamasita, como cariñosamente la llama, la ha convencido de que rompa el tabú, que se ha autoimpuesto su madre, de no ir a la plaza cuando su hijo es uno de los que forman el cartel. Doña Cristina Camino estará en el coso viendo torear a su hijo por primera vez. La sientan en el palco del Ayuntamiento, entre Fermín de Belda y Paco Vives. Las faenas de los diestros, que visten traje campero, resultan flojillas, pero ambos reciben los máximos trofeos entre olés, vivas y bravos. Las palmas echan humo y si fuera por los espectadores los toreros hubiesen dado un millón de vueltas al ruedo. Antes de marcharse los miembros de la comisión organizadora del evento le insisten al matador que el próximo año le esperan y que le van a montar una fiesta hispano-mejicana por todo lo alto, van a traer hasta mariachis y una vocalista que canta rancheras mejor que Jorge Negrete.                                                         

   La carretera nacional que atraviesa el pueblo, y gracias a la cual han conocido al diestro mejicano, es motivo de orgullo para los lugareños que alardean de que su pueblo tiene buenas comunicaciones. En la realidad no lo son tanto. Solo dos transportistas realizan pequeños portes a los pueblos cercanos y a la capital. Y únicamente un par de empresas de transportes prestan servicios de viajeros entre el pueblo y la capital. Hay otro medio de comunicación: el ferrocarril, pero a la gente los aproximadamente ochocientos metros que separan el centro de la villa de la estación les parece una considerable distancia; el resultado es que pocas personas utilizan el tren, solo los familiares de aquellos que trabajan en la RENFE. En cambio, el coche de línea, como el pueblo llano denomina al autobús que enlaza el pueblo con la capital, sale del mismo centro de la localidad, de las Cuatro Esquinas, que junto con la Plaza Mayor conforman el corazón de la villa. Por eso es habitual la escena de hoy. Apenas faltan unos minutos para que el reloj del campanario marque las ocho de la mañana, pero ya hay un grupo de personas que aguarda la llegada del coche de línea que cubre el trayecto Albalat-Senillar-Valencia. La mayoría son adultos que van al mercado que los lunes se celebra en la capital. Es el más popular de la provincia, tanto que cuando se dice voy al mercado todos sobreentienden de cual hablan. De ahí que los lunes, los autobuses de primeras horas de la mañana con destino a la ciudad van abarrotados. En el mercado hay, básicamente, dos zonas netamente diferenciadas: la de ropa, complementos y cachivaches y la de frutas y verduras. En la zona de ropa se pueden encontrar prendas de marca de temporadas anteriores o con alguna tara a precios muy baratos, o ropa sin marca aún más económica. En la zona de las verduras, son los propios huertanos los que ofrecen sus productos, frescos y a mucho mejor precio que en cualquier verdulería. El único inconveniente que tiene el mercado es su dependencia del tiempo. Al ser al aire libre, cuando llueve todo el mundo sale corriendo, y en verano se pasa un calor casi insoportable, a pesar de los toldos tendidos entre los puestos.
   Además de la gente mayor, un reducido grupo de muchachos también espera el autobús. Son chicos que estudian en la ciudad o en el instituto de bachillerato de la vecina Benialcaide. El floreciente cultivo del boniato y el dinero que genera el estraperlo han sido los causantes de que unas pocas familias se hayan planteado darles estudios a sus retoños para que sean algo en la vida, como suelen repetir. También hay algunos poquitos padres que, aunque no naden en la abundancia, hacen un meritorio esfuerzo para que su prole tenga un título con el que ganarse la vida. En el pueblo solo se puede cursar la enseñanza primaria o el bachillerato por libre, lo que siempre resulta particularmente duro. Si se quieren realizar otros aprendizajes hay que desplazarse fuera. Una de las estudiantes que aguarda el autobús, Beatriz Villangómez, que es la mayor de todos y que está preparando las oposiciones de magisterio en una academia de la ciudad, se aparta del grupo de jovencitos que la rodean al ver acercarse a Lolita.
- Buenos días, Lolita. ¿Dónde vas?
- A Valencia, tengo que visitar algunos almacenes para reponer existencias.
- ¿Te importa si me siento contigo?
- Ya puedes imaginarte que no, Bea, pero creo que deberías hacerlo con tus amigos. Fíjate con que desconsuelo te miran en cuanto les has dejado.
- No son más que unos críos. Prefiero ir contigo y que me cuentes esas historias de cuando la guerra que sabes contarlas como nadie. Ah, terminé la novela que me dejaste, me encantó, ¡qué bonitas son las historias de amor!
- En la literatura, quizá; en la vida real, las historias de amor provocan más penas que alegrías; o sea, que de bonitas lo justito – es la amarga respuesta de Lolita.

viernes, 5 de junio de 2015

5.9. ¿Cómo he estado tan ciego?


   Gimeno no sale demasiado contento de la entrevista con el Gobernador Civil, esperaba que cesase fulminantemente al alcalde, pero no ha sido así. Por eso cuando le cuenta a Lolita como se ha desarrollado la reunión lo hace un tanto alicaído:
- Hubo un momento que creí que me había cargado a Vives, era como si tocase su cese con la punta de los dedos, pero al final, ya ves, vuelvo con las manos vacías. Ese Paco tiene siete vidas como los gatos.
- No te preocupes. Esto no ha sido más que un asalto, habrá más. Si no puedes ganar por fuera de combate, la victoria a los puntos también sirve, quizá es menos brillante, pero vale lo mismo. Es más, creo que nos ha venido bien que le haya dado una moratoria a Vives, porque... supón que el Gobernador lo cesa mañana, ¿acaso sabes quién lo va a sustituir? Podría ocurrir que nombraran un alcalde que te pusiera las cosas todavía más difíciles. ¿Te has planteado esas y otras muchas preguntas para las que tendremos que tener preparadas sus pertinentes respuestas cuando llegue la hora del relevo? No me contestes – y su sensual boca se distiende en una generosa sonrisa -, lo leo en tus ojos, no te lo has planteado y no tienes respuestas. Si te sirve de consuelo, yo tampoco. Pero sí sé que nuestra siguiente tarea es encontrar esas respuestas. Y me doy por pagada si me invitas a un café.
- No solo eres la agudeza personificada, sino que encima resultas baratísima como consejera. Con un café asunto resuelto. Vales infinitamente más que eso. Lo sé muy bien. Ya no estoy tan seguro de que lo sepan otros.
   A Lolita no le queda nada claro si la frase de José Vicente va dedicada a alguien en particular, pero prefiere no ahondar en ello. Está feliz. Ha descubierto en el juego político una insospechada palanca para desarrollar aptitudes que desconocía que atesoraba. Y le da vidilla. Mucha.
- Estoy segura de que eres el jefe más galante de toda la provincia. Me vale con un café porque tú me das más que yo a ti. Tu sinceridad, tu petición de ayuda y, ¿por qué no decirlo?, tu amistad han supuesto mucho para mí. Me han hecho sentirme viva y eso no se paga con dinero.                                                                                                                                                              
   José Vicente tiene otro frente abierto en el plano personal: Merceditas. Piensa que es estupenda, una mujer encantadora y algún día será una magnífica esposa y seguramente una madre ejemplar. Entonces, ¿por qué no acaba de gustarle? No sabe qué hacer. Le agrada, pero algo falla en la relación. No es culpa de ella, es él quien patina. ¿Por qué no es capaz de enamorarse de una jovencita que tiene tan buenas cualidades como la Estanquerita? No solo es bonita y simpática, también es discreta y con mucho sentido común. Por ahora no pasó de rondarle la calle. No se atrevió a dar el paso de hablar con el tío Genaro para entrar en casa. Con un tropezón es más que suficiente. Su prestigio quedaría dañado ante los ojos de mucha gente si volviera a repetirse lo de la hija de los Arnau. Sus dudas, sus vacilaciones, su no saber qué hacer se las resuelve de un plumazo una tarde de verano la propia Merceditas al dejarla a la puerta de su casa.
- Creo, José Vicente, que no deberías volver a buscarme.
- ¿Y eso por qué?
- Me parece que no pasaremos de ser buenos amigos.
- Las parejas necesitan tiempo para conocerse y para saber si pueden llegar a ser algo más que amigos – Gimeno está un tanto desconcertado de que sea la joven quien plantee la cuestión que él es incapaz de resolver.
- Es posible, pero llevamos hablando desde finales del año pasado y creo que ya nos conocemos lo suficiente. Me pareces muy majo y una gran persona, pero ni creo que yo sea la mujer que te conviene ni tú eres el hombre de mis sueños. Perdona que sea tan cruda, pero las cosas es mejor hablarlas sinceramente, ¿no te parece?
- Por supuesto. Aunque tengo que confesarte que tus palabras me causan una gran sorpresa. No me las esperaba – a Gimeno que sea la joven la que ha tomado la decisión de cortar su incipiente romance no deja de fastidiarle, su amor propio está tocado.
- No quisiera que te molestaras. Tienes un montón de cualidades y seguro que serás capaz de hacer feliz a cualquier mujer, pero las cosas del cariño ya sabes como son.
- Tú me gustas mucho, Merceditas.
- Y tú a mí también, José Vicente, pero para casarse creo que eso no es suficiente. Hace falta mucho más y ni tú ni yo parece que estemos dispuestos a ello. Yo, al menos, te lo digo de corazón, no me veo capaz. Por eso creo que lo mejor es que quedemos como buenos amigos, pero nada más.
   Lo que Merceditas no ha dicho a José Vicente es que días atrás mantuvo una charla con sus padres. Sus progenitores le preguntaron sobre sus sentimientos y cuando ella les contó las dudas que tenía, le aconsejaron que no era bueno que siguiera con una relación que no parecía conducir a ninguna parte. Llevaban hablando varios meses y la gente ya murmuraba. Lo mejor era que lo dejaran y cada uno por su sitio. No iban a faltarle buenos partidos.
   Desde que Merceditas le dio puerta, Gimeno se siente tocado. No porque fuera la jovencita la que tomó la iniciativa, aunque su orgullo de macho se resintió, sino porque ha vuelto a quedarse muy solo. Sabe que si la Estanquerita no lo hubiese hecho, al final hubiese sido él quien habría dado la espantada. Le gustaba la muchacha, pero no le llenaba ¿Y dónde encontrar una mujer que le llene? ¿Y si la culpa no es de las mujeres, sino suya? ¿Y si resulta que es tan raro o exigente o egoísta que no hay ninguna mujer capaz de colmar el vacío que siente dentro de sí? Interrogantes como esos se los plantea muy a menudo, y alguna que otra noche le han dado las mil y una en la cama sin poder pegar los ojos a causa de tantas preguntas y tan pocas respuestas. Lo que sí sabe es que clase de mujer le haría feliz. Hace algunos años hubiera comenzado la enumeración de cualidades deseando que fuera joven, guapa, que tuviera buen tipo, de esos que se le alegran a uno las pajarillas al contemplarlo... A partir de su vigesimosexto cumpleaños cambió de prioridades. Ahora le gustaría encontrar una mujer que fuera simpática, ocurrente, que tuviera una cierta cultura, capaz de mantener una conversación más allá del chismorreo del momento, que le comprendiera, que estuviese preparada para poder ayudarle en su carrera, que tuviese sentido del humor, que...
   De pronto, un fogonazo de luz cegadora estalla en su mente. Conoce a una mujer así, y con más cualidades todavía. ¿Cómo ha sido tan ciego? ¿Es posible que a estas alturas no haya caído en ello? ¿Por qué será tan estúpido? Tras dirigirse una retahíla de insultos se calma. Vuelve a pensar en ella. Es perfecta, perfecta, la mujer ideal... Y siente en sus entrañas como la eclosión de un germen que ya estaba allí y que de repente se despliega con una fuerza increíble llenándole por completo. De pronto descubre que si todavía no está enamorado debe de faltarle el canto de un duro, porque lo que es gustarle le gusta a rabiar. Y no solo eso, si hay una mujer por la que sienta un respeto y una admiración rayanos en la idolatría es ella. Es ella, repite una y otra vez... Hay una pega y muy grande: sabe que no le traga como hombre. Desconoce los motivos, pero se lo dejó hace tiempo muy claro: podrán ser compañeros, colaboradores y hasta amigos, últimamente lo son y de los buenos, pero como hombre no cuenta para ella. Seguramente sería con el último con el que se casaría. Parece condenado a estar tan cerca de la fuente en la que calmar su sed y no poder probar ni gota. Por un momento llega a cruzar por su cabeza la idea de hablarle de sus sentimientos, pero la rechaza, es una locura, si se lo cuenta lo único que conseguirá será perderla también como amiga. Quizá por primera vez en su vida, percibe que los sentimientos imperan sobre la razón y descubre asimismo que producen más dolor que goce. Tantos años esperando que su corazón latiera más aprisa ante la mera evocación de un nombre femenino y llegado el momento solo siente amargura, estar tan cerca de ella y al mismo tiempo tan lejos.  Esboza una sonrisa tristona, amarga, melancólica… De su soliloquio le saca la entrada de Lolita en el despacho de jefatura.
- José Vicente, he comenzado a preparar la campaña de Navidad y Reyes, ¿me puedes decir una cifra, aunque sea aproximada, de con cuánto puedo contar?
   Gimeno se queda mirando a su joven delegada con aire absorto.
- ¿Qué te pasa? ¿Tienes algún problema? ¿Puedo hacer algo por ti? – se interesa sinceramente Lolita.
   La respuesta de Gimeno es una agria carcajada.
- Qué raro estás hoy. ¿Me quieres decir qué bicho te ha picado?