viernes, 5 de junio de 2015

5.9. ¿Cómo he estado tan ciego?


   Gimeno no sale demasiado contento de la entrevista con el Gobernador Civil, esperaba que cesase fulminantemente al alcalde, pero no ha sido así. Por eso cuando le cuenta a Lolita como se ha desarrollado la reunión lo hace un tanto alicaído:
- Hubo un momento que creí que me había cargado a Vives, era como si tocase su cese con la punta de los dedos, pero al final, ya ves, vuelvo con las manos vacías. Ese Paco tiene siete vidas como los gatos.
- No te preocupes. Esto no ha sido más que un asalto, habrá más. Si no puedes ganar por fuera de combate, la victoria a los puntos también sirve, quizá es menos brillante, pero vale lo mismo. Es más, creo que nos ha venido bien que le haya dado una moratoria a Vives, porque... supón que el Gobernador lo cesa mañana, ¿acaso sabes quién lo va a sustituir? Podría ocurrir que nombraran un alcalde que te pusiera las cosas todavía más difíciles. ¿Te has planteado esas y otras muchas preguntas para las que tendremos que tener preparadas sus pertinentes respuestas cuando llegue la hora del relevo? No me contestes – y su sensual boca se distiende en una generosa sonrisa -, lo leo en tus ojos, no te lo has planteado y no tienes respuestas. Si te sirve de consuelo, yo tampoco. Pero sí sé que nuestra siguiente tarea es encontrar esas respuestas. Y me doy por pagada si me invitas a un café.
- No solo eres la agudeza personificada, sino que encima resultas baratísima como consejera. Con un café asunto resuelto. Vales infinitamente más que eso. Lo sé muy bien. Ya no estoy tan seguro de que lo sepan otros.
   A Lolita no le queda nada claro si la frase de José Vicente va dedicada a alguien en particular, pero prefiere no ahondar en ello. Está feliz. Ha descubierto en el juego político una insospechada palanca para desarrollar aptitudes que desconocía que atesoraba. Y le da vidilla. Mucha.
- Estoy segura de que eres el jefe más galante de toda la provincia. Me vale con un café porque tú me das más que yo a ti. Tu sinceridad, tu petición de ayuda y, ¿por qué no decirlo?, tu amistad han supuesto mucho para mí. Me han hecho sentirme viva y eso no se paga con dinero.                                                                                                                                                              
   José Vicente tiene otro frente abierto en el plano personal: Merceditas. Piensa que es estupenda, una mujer encantadora y algún día será una magnífica esposa y seguramente una madre ejemplar. Entonces, ¿por qué no acaba de gustarle? No sabe qué hacer. Le agrada, pero algo falla en la relación. No es culpa de ella, es él quien patina. ¿Por qué no es capaz de enamorarse de una jovencita que tiene tan buenas cualidades como la Estanquerita? No solo es bonita y simpática, también es discreta y con mucho sentido común. Por ahora no pasó de rondarle la calle. No se atrevió a dar el paso de hablar con el tío Genaro para entrar en casa. Con un tropezón es más que suficiente. Su prestigio quedaría dañado ante los ojos de mucha gente si volviera a repetirse lo de la hija de los Arnau. Sus dudas, sus vacilaciones, su no saber qué hacer se las resuelve de un plumazo una tarde de verano la propia Merceditas al dejarla a la puerta de su casa.
- Creo, José Vicente, que no deberías volver a buscarme.
- ¿Y eso por qué?
- Me parece que no pasaremos de ser buenos amigos.
- Las parejas necesitan tiempo para conocerse y para saber si pueden llegar a ser algo más que amigos – Gimeno está un tanto desconcertado de que sea la joven quien plantee la cuestión que él es incapaz de resolver.
- Es posible, pero llevamos hablando desde finales del año pasado y creo que ya nos conocemos lo suficiente. Me pareces muy majo y una gran persona, pero ni creo que yo sea la mujer que te conviene ni tú eres el hombre de mis sueños. Perdona que sea tan cruda, pero las cosas es mejor hablarlas sinceramente, ¿no te parece?
- Por supuesto. Aunque tengo que confesarte que tus palabras me causan una gran sorpresa. No me las esperaba – a Gimeno que sea la joven la que ha tomado la decisión de cortar su incipiente romance no deja de fastidiarle, su amor propio está tocado.
- No quisiera que te molestaras. Tienes un montón de cualidades y seguro que serás capaz de hacer feliz a cualquier mujer, pero las cosas del cariño ya sabes como son.
- Tú me gustas mucho, Merceditas.
- Y tú a mí también, José Vicente, pero para casarse creo que eso no es suficiente. Hace falta mucho más y ni tú ni yo parece que estemos dispuestos a ello. Yo, al menos, te lo digo de corazón, no me veo capaz. Por eso creo que lo mejor es que quedemos como buenos amigos, pero nada más.
   Lo que Merceditas no ha dicho a José Vicente es que días atrás mantuvo una charla con sus padres. Sus progenitores le preguntaron sobre sus sentimientos y cuando ella les contó las dudas que tenía, le aconsejaron que no era bueno que siguiera con una relación que no parecía conducir a ninguna parte. Llevaban hablando varios meses y la gente ya murmuraba. Lo mejor era que lo dejaran y cada uno por su sitio. No iban a faltarle buenos partidos.
   Desde que Merceditas le dio puerta, Gimeno se siente tocado. No porque fuera la jovencita la que tomó la iniciativa, aunque su orgullo de macho se resintió, sino porque ha vuelto a quedarse muy solo. Sabe que si la Estanquerita no lo hubiese hecho, al final hubiese sido él quien habría dado la espantada. Le gustaba la muchacha, pero no le llenaba ¿Y dónde encontrar una mujer que le llene? ¿Y si la culpa no es de las mujeres, sino suya? ¿Y si resulta que es tan raro o exigente o egoísta que no hay ninguna mujer capaz de colmar el vacío que siente dentro de sí? Interrogantes como esos se los plantea muy a menudo, y alguna que otra noche le han dado las mil y una en la cama sin poder pegar los ojos a causa de tantas preguntas y tan pocas respuestas. Lo que sí sabe es que clase de mujer le haría feliz. Hace algunos años hubiera comenzado la enumeración de cualidades deseando que fuera joven, guapa, que tuviera buen tipo, de esos que se le alegran a uno las pajarillas al contemplarlo... A partir de su vigesimosexto cumpleaños cambió de prioridades. Ahora le gustaría encontrar una mujer que fuera simpática, ocurrente, que tuviera una cierta cultura, capaz de mantener una conversación más allá del chismorreo del momento, que le comprendiera, que estuviese preparada para poder ayudarle en su carrera, que tuviese sentido del humor, que...
   De pronto, un fogonazo de luz cegadora estalla en su mente. Conoce a una mujer así, y con más cualidades todavía. ¿Cómo ha sido tan ciego? ¿Es posible que a estas alturas no haya caído en ello? ¿Por qué será tan estúpido? Tras dirigirse una retahíla de insultos se calma. Vuelve a pensar en ella. Es perfecta, perfecta, la mujer ideal... Y siente en sus entrañas como la eclosión de un germen que ya estaba allí y que de repente se despliega con una fuerza increíble llenándole por completo. De pronto descubre que si todavía no está enamorado debe de faltarle el canto de un duro, porque lo que es gustarle le gusta a rabiar. Y no solo eso, si hay una mujer por la que sienta un respeto y una admiración rayanos en la idolatría es ella. Es ella, repite una y otra vez... Hay una pega y muy grande: sabe que no le traga como hombre. Desconoce los motivos, pero se lo dejó hace tiempo muy claro: podrán ser compañeros, colaboradores y hasta amigos, últimamente lo son y de los buenos, pero como hombre no cuenta para ella. Seguramente sería con el último con el que se casaría. Parece condenado a estar tan cerca de la fuente en la que calmar su sed y no poder probar ni gota. Por un momento llega a cruzar por su cabeza la idea de hablarle de sus sentimientos, pero la rechaza, es una locura, si se lo cuenta lo único que conseguirá será perderla también como amiga. Quizá por primera vez en su vida, percibe que los sentimientos imperan sobre la razón y descubre asimismo que producen más dolor que goce. Tantos años esperando que su corazón latiera más aprisa ante la mera evocación de un nombre femenino y llegado el momento solo siente amargura, estar tan cerca de ella y al mismo tiempo tan lejos.  Esboza una sonrisa tristona, amarga, melancólica… De su soliloquio le saca la entrada de Lolita en el despacho de jefatura.
- José Vicente, he comenzado a preparar la campaña de Navidad y Reyes, ¿me puedes decir una cifra, aunque sea aproximada, de con cuánto puedo contar?
   Gimeno se queda mirando a su joven delegada con aire absorto.
- ¿Qué te pasa? ¿Tienes algún problema? ¿Puedo hacer algo por ti? – se interesa sinceramente Lolita.
   La respuesta de Gimeno es una agria carcajada.
- Qué raro estás hoy. ¿Me quieres decir qué bicho te ha picado?                         

martes, 2 de junio de 2015

5.8. ¿A qué puñetas jugáis en Senillar?



   La conversación que mantienen Lolita y José Vicente acerca de qué deberían hacer, respecto al proyecto de Vives de solicitar que se desvíe la carretera nacional que discurre por el interior del pueblo, está teniendo unos tintes de sincera profundidad desconocidos hasta ahora entre ellos, aunque la joven sigue manteniendo ciertas reservas hacia su jefe político. Por eso, cuando Gimeno dice que no solo es una mujer maravillosa sino también la persona más inteligente que conoce, Lolita se queda mirando fijamente al hombre, trata de descubrir el más pequeño signo que delate falsedad o ironía en sus palabras, pero solo ve sinceridad. Y eso le conmueve. No está acostumbrada a que la traten como una persona capaz de pensar por su cuenta y al mismo tiempo como una mujer. Y descubre que le gusta. Sabe muy bien lo qué suelen valorar los hombres en las mujeres, no hay más que observar adónde van sus miradas: a los pechos, al culo, a las piernas, a la cara y casi siempre por ese orden. José Vicente es una excepción, salvo en sus primeros contactos, en los que tuvo que ponerle en su sitio, nunca más le dirigió una mirada salaz y la trató siempre como a una igual. Recuerda que Rafael nunca se comportó así, solo veía en ella a la mujer, jamás a la persona. En la comparación gana Gimeno por goleada, aunque a los sentimientos eso les traiga sin cuidado.
- Gracias por tus palabras, José Vicente, pero como sigas así – acompaña su respuesta con una generosa sonrisa - tendré que volver a llamarte jefe. Vamos a centrarnos en la próxima reunión de Vives y su pandilla. Me contaste que tienes un topo infiltrado entre ellos. No, no quiero saber quién es, no me interesa… por el momento. Se me ocurre que podrías pedirle que en esa reunión plantease alguna sugerencia para que tomasen aquellas medidas que previamente hubiésemos estudiado. Con lo cual, seríamos nosotros quienes marcaríamos el camino a seguir y el ritmo del proceso.
- Me parece una idea cojonuda… Perdona el vocabulario, pero no se me ocurre otro calificativo más expresivo.
- ¡Ay los hombres!, siempre a vueltas con vuestros atributos. Creo que deberías sugerirle a tu topo que deje caer la idea de que, como en Valencia no les hicieron caso, lo mejor sería cursar la solicitud del desvío directamente al ministerio. El no ya lo tienen, pero a lo mejor en Madrid hay más suerte y cambia la tortilla. Si lo hacen los tendremos atrapados.
- Ya veo por dónde vas. Si llega la solicitud al ministerio lo más probable es que pregunten a Obras Públicas de Valencia qué pasa con esa petición del Ayuntamiento de Senillar, con lo cual el delegado se cabreará todavía más por haberlo puenteado.
- Muy bien José Vicente, ya le vas cogiendo el aire a las añagazas políticas. Ese es uno de los efectos que podríamos obtener. Y pudiera ser que consiguiéramos un trofeo más valioso, si el Gobierno Civil también se enterara de que el Ayuntamiento se dirige directamente al ministerio sin pasar por su filtro el rebote que seguramente cogerían nos vendría de perlas.
- Pienso que también nos interesará primar a Severino para que nos pase una copia de la solicitud que haga el Ayuntamiento.
- Excelente idea. Me siento como una Mata Hari. Te prometo que no me lo pasaba tan bien desde... – sabe perfectamente cuándo se lo pasaba bien y con quién -; bueno, desde que llevaba trenzas.
   El infiltrado de Gimeno juega sus cartas y Vives se traga el cebo con anzuelo y todo. Elaboran y envían al Ministerio de Obras Públicas una solicitud formal pidiendo la construcción del desvío. Veinticuatro horas después de su redacción, Gimeno tiene en su poder copia del escrito y de la documentación aneja que le acompaña. Su topo ha sido quien, bajo mano y con la promesa de total discreción, le ha pasado copia del expediente. Sin esperar a que desde Madrid haya respuesta, José Vicente lleva la documentación a su camarada y amigo Germán Peláez, secretario de la Jefatura Provincial del Movimiento. La ruleta del juego sucio de la política se ha puesto en marcha, solo falta averiguar quién ganará la partida.
   Transcurrido casi un mes, Gimeno es convocado al Gobierno Civil. Tras una espera de cerca de una hora, el Gobernador y Jefe Provincial le recibe. Su cara es inexpresiva, pero el tono de su voz corta como un bisturí:
- Buenas tardes, Gimeno – coge un expediente que tiene encima de la mesa y le echa un vistazo -. Te he llamado para que me expliques a qué puñetas jugáis en Senillar al dirigiros directamente a Madrid sin que en Gobierno Civil, ni en la correspondiente delegación se tenga noticias de ello. ¿Es qué no sabéis cómo funciona la administración? ¿Acaso pensáis que el Gobernador Civil es una especie de florero puesto por el gobierno de la nación como decorado? ¿Os imagináis qué pasaría si cada uno de los casi nueve mil municipios del país se pusieran a pedir obras a la administración central sin ton ni son? Pero, hombre de Dios, yo te hacía mucho más inteligente que todo eso, pero visto este expediente ya no estoy tan seguro.
   Gimeno aguanta el chaparrón lo mejor que puede. En cuanto el poncio le da la primera oportunidad se apresura a explicarle que los documentos, que el Gobernador ha arrojado encima de la mesa, los aportó él precisamente para subsanar una falta, en su opinión imperdonable, del Ayuntamiento de Senillar y en la que la jefatura local no ha tenido ni arte ni parte. Cuenta al jerarca la historia del proyecto y de cómo se enteró del mismo por casualidad. En el momento que tuvo noticia cierta de la falta de lealtad del alcalde hacia la jerarquía, se apresuró a hacer llegar la documentación a la provincial. A él también le ha dolido profundamente el hecho, que es prueba de una carencia total de fidelidad hacia los principios de Falange y de que se hayan saltado la cadena de mando. Actuaciones así jamás las hubiese realizado un verdadero falangista.
- Bien..., perdona mis exabruptos de antes, Gimeno, pero estos chicos de la secretaría no siempre me lo cuentan todo correctamente. No sabía que te habías limitado a denunciar el hecho, creía que también eras partícipe de esta..., no sé cómo tipificarla.
- Lo entiendo, camarada, y no hay nada que perdonar. Me considero, ante todo, un hombre de partido y jamás hubiese consentido que este disparate se llevase a cabo de haberlo sabido. Esto se ha producido porque, como antes afirmaba, lo han llevado a cabo individuos que no sienten nuestro ideario.
- Sí, pero el alcalde también es afiliado. ¿Cómo alguien con carné se mete en aventuras que pueden salirle tan caras?
- Esa es la cuestión, camarada. El alcalde es un afiliado de pacotilla. Le daría igual tener el carné de socio de un club de fútbol. No es un falangista auténtico. Solo es un comerciante que hizo mucho dinero con el mercado negro y que cree que todo vale. Actúa como los nuevos ricos y está convencido de que el dinero abre todas las puertas. Por eso hace lo que hace.  
- ¿No hay ninguna duda de que la iniciativa de esta descabellada petición ha partido del alcalde? ¿Cómo se llama? – hojea el expediente -. ¿Ha sido Vives el autor?
- Hasta dónde he podido averiguar parece que sí. Y, naturalmente, la solicitud lleva su firma.
- Te pregunto esto porque ya sabes lo que pasa en los pueblos. Siempre hay un listo, con intereses personales, que coge al alcalde de turno, que en muchos casos es medio analfabeto, y le calienta la cabeza sobre lo interesante que sería realizar tal o cual obra. Convence al pobre hombre y le hace firmar lo que sea. ¿Ha podido pasar algo de eso en este caso?
- No lo creo, camarada. Francisco Vives no es hombre de estudios, pero tampoco es un ignorante y sabe pensar por su cuenta. Lo que le ocurre es que pretende gobernar el pueblo como si fuera un cacique de los años veinte, de aquéllos contra los que clamaba tu paisano Joaquín Costa. Cree que el Estado Nacionalsindicalista no es más que una mera formulación retórica. Está convencido de que todo vale y de que la cadena de mando no es más que un estorbo. Yo sufro en mi jefatura actuaciones de ese tipo constantemente, que no te he denunciado porque sé que tienes asuntos mucho más importantes que resolver y no vas a perder tu valioso tiempo en enmendarle la plana a un alcalde de pueblo.
- Pues quizá hiciste mal, Gimeno. La prudencia es una virtud, pero si hubiésemos intervenido antes, actuaciones tan desordenadas como ésta acaso no se hubiesen producido.
- Tienes toda la razón, camarada, pero de verdad me da no sé qué venirte con cuentos de esa índole. No sé si te acuerdas, pero hace un tiempo ya hubo un problema con motivo de la puesta en marcha del coto arrocero y en aquel momento tuve que recurrir a ti porque se trataba de lo que consideré un auténtico golpe de mano contra el partido.
- Siii, algo recuerdo – no recuerda absolutamente nada, pero lo del coto le suscita otra cuestión -. Por cierto, y a propósito del arroz, quiero felicitarte por tu magnífico informe sobre el aumento de la producción cerealista en Senillar. Se lo he mostrado a más de un jefe local poniéndolo como modelo de buen hacer. Y te lo adelanto: te he propuesto al Ministerio de Agricultura para que te concedan la medalla al Mérito Agrícola. Enhorabuena por adelantado.
- Muchas gracias, jefe. Mi única aspiración es servir al partido y a la patria con total entrega. En cuanto a lo del expediente del desvío, ¿quieres que haga alguna gestión? – Gimeno teme que el jefe se haya olvidado de por qué está allí.
- No, no hace falta. Ya me encargo de tirarle de las orejas al cantamañanas de tu alcalde y de hacerle saber que de ésta se va a librar, pero que va a ser su última oportunidad. Puedes retirarte. 
- A tus órdenes, camarada. ¡Arriba España!

viernes, 29 de mayo de 2015

5.7. Siempre te tomo en serio



   La iniciativa de Vives sobre el posible desvío de la carretera nacional a su paso por el pueblo concita, como no podía ser menos, la atención de los parroquianos del café El Porvenir. Y, como suele ocurrir, cada uno opina en función de sus intereses y simpatías.
- ¿Cómo quedará lo del desvío? – pregunta el ferroviario Ballesta.
- Cualquiera sabe – contesta Sanchís, el boticario -. De momento ha servido para que, por enésima vez, el clan de los Arbós y sus amigos se traben de cuernos con Vives y los suyos.
- ¿Y José Vicente tendrá algo qué decir al respecto? – quiere saber Clavé, el telegrafista.
- Gimeno no es más que un correveidile de los Arbós y solo dirá lo que sus amos le manden que diga – asegura Bonet, el otro ferroviario del grupo.
- Hombre, Celestino, creo que te pasas. José Vicente tiene personalidad más que sobrada para pensar por su cuenta. No necesita a los Arbós ni a nadie para decidir por sí mismo – replica Grau, el joven veterinario.
- Pero volviendo a mi pregunta ¿alguien sabe qué va a pasar, se hará o no el desvío? – insiste Ballesta.
   Unos aseguran que sí, otros que no. Aunque realmente nadie tiene información fidedigna que pueda asegurar una u otra opción. Hasta que toma la palabra Lapuerta, a quien todos respetan, no se sabe bien si es por ser un hombre cabal o porque es el médico de la mayoría de los contertulios, y que hasta ese momento no ha intervenido en la discusión.
- Quizá más importante que la obra en sí es la carga simbólica que hay detrás de ella.
-  ¿Y eso qué significa, don Manuel? – pregunta, curioso, Esteller, el rapabarbas.
- Pues según quien sea la facción que gane la pelea eso marcará, posiblemente, el devenir del pueblo en las próximas décadas.
- Manolo, si no te explicas mejor nos has dejado a todos in albis – puntualiza Grau.
- El desvío es una obra menor que tendrá un mínimo impacto en la red viaria, pero no dejará de formar parte del sistema de carreteras que es soporte fundamental para la economía. Una de las causas más determinantes del secular atraso económico de España son sus pésimas comunicaciones. No tenemos vías fluviales, el transporte aéreo está en mantillas, el ferroviario, además de escaso, quedó destrozado tras la guerra y tardará años en recuperarse, y de las carreteras ¿qué decir?, todos conocemos su lamentable estado; pese a eso, por ellas circula más del ochenta por ciento del transporte terrestre. Cualquier obra, por pequeña y modesta que sea pero que mejore su trazado, sirve para facilitar las comunicaciones y por consiguiente ayuda a la economía y al progreso del país – tras la parrafada, Lapuerta se calla.
   La mayoría de los tertulianos se quedan mirándole esperando que prosiga, pero el médico sigue silencioso. Es Sanchís quien rompe el mutismo:
- Todo lo que has dicho, Manolo, ya lo sabíamos, pero ¿dónde está la carga simbólica de que ganen unos u otros y cómo influirá en el futuro del pueblo?
- Lo que voy a decir no es más que una opinión, que conste. El desvío algo mejorará las comunicaciones locales, lo que a medio y largo plazo ayudará a la economía y, por tanto, al progreso del pueblo. Aquellos que se oponen se supone que es porque aceptan como buena la situación actual. Si ganan los que piden esa reforma, es probable que detrás de esa pequeña obra vengan otras que estimulen el despegue económico y social del municipio. La localidad crecerá y el crecimiento traerá cambios que influirán en la composición social y, de algún modo, en la estructura política. Si quienes vencen son los inmovilistas, se mantendrá el statu quo, el pueblo seguirá igual, nada o muy pocas cosas cambiarán.
- ¿Y usted quién cree que se llevará el gato al agua? – pregunta Esteller tan curioso como siempre.
   Lapuerta, por toda respuesta, esboza una media sonrisa irónica y se encoge de hombros. Si conoce la respuesta, prefiere no darla.
   El grupo que apadrina el desvío decide que sean                                                                          Paco Vives y su amigo Rúas los que visiten al delegado provincial de Obras Públicas. Le exponen sus pretensiones exagerando los problemas que provoca el continuo tránsito de camiones por el centro del pueblo. El delegado les escucha cortésmente, después les comunica que obras como las que solicitan las programan en Madrid y que en la última planificación recibida cree recordar que apenas existen desvíos. 
- ¿Y nos puede decir, señor delegado, si se va a construir alguno en nuestro pueblo?
   El funcionario pide por teléfono interior que le busquen el dato. No, no hay ninguna obra prevista en Senillar.
- ¿Y qué tendríamos que hacer para que construyan el desvío?
- Como les he dicho, las obras se planifican en el Ministerio. No creo que ustedes puedan hacer algo.
- Pero, señor delegado, las molestias las sufre el vecindario. Algo tendrán que decir sus representantes, que en este caso somos nosotros.
- Comprenderán que si en Madrid tuvieran que hacer caso de lo que pide cada pueblo, el Estado no tendría dinero suficiente para atender ni la milésima parte de las peticiones. La planificación la elaboran los órganos centrales que son los únicos que conocen todos los datos y necesidades de la nación y manejan los escasos fondos con que se cuenta.
- Pero como Ayuntamiento, y en representación de los vecinos, podremos pedir…
- Perdonen, caballeros – el delegado comienza a irritarse -, les ruego que no insistan. Si ustedes quieren cursar una solicitud háganlo por los cauces reglamentarios. Y ahora me disculparán, pero tengo una mañana muy ocupada.
   Pese a que el funcionario se ha puesto de pie para despedirles, Vives sigue insistiendo en que algo podrán hacer para pedir la obra. El delegado, decididamente molesto, llama a un conserje para que les acompañe a la salida. El alcalde y su acompañante salen de la delegación no solo frustrados sino también irritados por la poca atención que se les ha prestado.
- Ese tío nos ha tratado como si fuéramos unos patanes. Me dieron ganas de enviarlo a hacer puñetas.
- La verdad es que se portó como si hubiésemos venido a robarle la cartera.
- Este tipo podrá tener muchos estudios, pero lo que es educación no tiene ni gota.
- Y que mal genio tiene el cabrón. Hay que ver como se ha puesto.
- ¿Y ahora, Jaime, qué hacemos?
- La verdad es que no lo sé. Creía que ese fulano nos daría alguna pista sobre lo que podríamos hacer, pero ya le oíste, las obras son competencia del ministerio y de ahí no lo hemos sacado.
   Ambos comisionados regresan al pueblo con las manos vacías y la cabeza caliente. Rúas, de parte de Vives, se encarga de citar a sus partidarios a una reunión que tendrá lugar en el Ayuntamiento para escuchar de viva voz la versión completa de lo tratado en la delegación y tomar las medidas que se crean oportunas. Como otras veces, Borrás le ha chivado a Gimeno la información sobre la reunión y sus motivos. A éste le falta tiempo para contárselo a su consejera áulica, a quien ya no le oculta nada. Ambos reflexionan sobre el próximo paso que deberían dar.
- ¿No crees, Lolita, qué es el momento de lanzar el rumor de que esa gestión ha colocado al pueblo en la cola de las obras públicas?
- Creo que debemos aguardar hasta saber qué acuerdan en la reunión que ha convocado Vives… Espera, se me ocurre algo mejor, en vez de esperar a que muevan ficha, quizá fuera más eficaz inducirles a que tomen el camino más adecuado a nuestros intereses.
- Explícate, bonita.
- Quiero decir que si esperamos a que Vives tome una decisión, luego nosotros trataremos de contrarrestarla, pero en verdad quien seguirá llevando la iniciativa será él. Creo que es mucho mejor darle la vuelta a la tortilla, que seamos nosotros quienes tomemos la delantera y fijemos las reglas de juego.
- Te prometo, y no lo digo de broma, que escuchándote hay veces que pienso que el jefe deberías de ser tú. Tienes materia gris para parar un tren exprés y, encima, la ocultas tras el rostro más atractivo que conozco. Dicho sea con todo el respeto – Gimeno sabe que cuando piropea a Lolita debe de hacerlo con pies de plomo y en tono festivo para eludir la fácil irritabilidad de la joven en ese terreno.
- Eres imposible José Vicente – La joven comienza a no molestarse por las cada vez más frecuentes alusiones a su físico que hace Gimeno, algo impensable unos meses atrás -. Estoy intentando ayudarte y tú, como si fueras un adolescente, piropeándome. A ver si por una vez eres capaz de tomarme en serio.
- Lolita, perdóname, es cierto que a veces disfruto gastándote pequeñas bromas, me encanta ver la carita que pones, pero siempre desde el gran respeto que te tengo. Dicho esto añado que siempre te tomo en serio. Sé que no descubriré la pólvora, pero tampoco soy tan estúpido como para no saber que tengo a mi lado, no solo a una mujer maravillosa, sino a la persona más inteligente que conozco, y a los inteligentes siempre hay que tomarlos en serio digan lo que digan.