martes, 12 de mayo de 2015

5.2. Ni un cuarto al pregonero



   Águeda y Pepita vuelven de Alicante con sensaciones muy distintas tras la confirmación de que la niña está encinta. La madre con un cabreo monumental. La hija hecha un lío e irritada con su madre a la que nunca había visto tan enfadada. Cuando llegan al pueblo lo primero que hace Águeda es contar a su marido lo que pasa, luego visita a la madre de Rafael, el más que presunto padre de su futuro nieto.
   A Maruja se le cae el mundo encima, otra vez su hijo la hizo buena, pero de ésta no se va a salvar. Una cosa es que preñe a una criada a cuya familia ni conocían y otra muy distinta es que deje embarazada a la niña de los Arnau. Las dos consuegras concluyen que la única salida que tiene el problema creado por sus hijos es el matrimonio y que hay que adelantar todos los trámites para que la boda se efectúe en el plazo más breve posible.
- Tendrían que casarse antes de veinte o treinta días a lo sumo – apunta Águeda.
- Eso es muy precipitado, la gente va a murmurar.
- Más murmurarán si se casan más tarde y mi hija llega al altar con un bombo incapaz de disimularlo. Entonces sí que saltará el escándalo. En cambio, ahora podemos acallarlo, al menos de momento, si la boda es en el plazo que te he dicho. En ese caso parirá a un sietemesino. En la familia ya hubo otros.
- En eso no había caído, Águeda. La noticia me ha dejado tan para el arrastre que ni de pensar soy capaz. Este hijo mío no tiene solución, es un balarrasa.
- Pues tendrá que cambiar ahora que va a tener obligaciones. Y me vas a perdonar, pero tengo mucho que hacer. Mañana volveremos a vernos y trataremos los detalles que faltan. Tú y Antonio os encargáis de explicar a vuestro chico cómo están las cosas. Y no hace falta decirlo, pero de todo esto ni un cuarto al pregonero.
   Quien se queda tocado con la noticia de su próxima paternidad es Rafael. Intenta, como siempre, echar la culpa al empedrado, pero su madre es inflexible: esta vez no hay escapatoria, ni siquiera existe la posibilidad de arreglar el desaguisado sobornando a la familia de la embarazada, como hicieron cuando el lío de la Esperanza, los Arnau tienen más dinero que ellos. Y luego está el escándalo que se organizaría si no hubiese boda. La familia quedaría marcada para siempre. Tendrían que marcharse del pueblo, ni ella ni Antonio serían capaces de soportar una situación tan escandalosa.
- Te guste o no tendrás que casarte.
- ¿Cómo me va a gustar tener que casarme con una tontorrona como esa?
- Será tontorrona, pero parece que no te lo pasabas tan mal con ella. A lo hecho, pecho, hijo. Solo te resta portarte como un hombre y cumplir.
- Pues como no me lleven a la iglesia con una escopeta en los riñones no pienso casarme.
- Tú verás lo qué haces, pero toma la decisión antes de que llegue tu padre. Cuando le cuente lo que ocurre y le diga que no piensas casarte no respondo de lo que pueda pasarle. Ya sabes que está delicado del corazón, solo faltaría que fueras la causa de un ataque cardíaco que podía llevar a papá al cementerio. Y después de lo que les has hecho a los Arnau no quiero pensar lo que pueda hacerte el Braulio, con lo bruto que es. Lo que has dicho de la escopeta tampoco lo descartes. Todo es posible con ese hombre. Y cualquier cosa que te hiciera, la gente lo comprendería. Has deshonrado a su hija, les has faltado al respeto y has traicionado la confianza que habían depositado en ti. Hijo, piénsalo bien. No tienes más que una salida honorable y es convertir en honrada a una mujer a la que has deshonrado y darle tu apellido a su hijo que también es el tuyo.
   Por mucho que reniegue, por jodido que esté y lo está, Rafael sabe que aquello no tiene solución, está perdido. No va a tener más remedio que cargar con la bobalicona de Pepita. La hizo buena. Es un imbécil. Ya podía haber preñado a Lolita en vez de a la palurda. Pero como dice su madre: a lo hecho, pecho.
   La referencia de la inminente boda de la hija de los Arnau y del chico de los Blanquer, puesta en circulación por las propias madres de los futuros contrayentes, es la noticia del día en todos los corrillos. 
- Pues sí, se casan, Pepita la del tío Braulio y Rafael, el chico de Antonio, el que es jefe de estación.
- ¿Lo sabes de buena tinta?
- De primera mano. Me lo ha dicho Lidón, la hermana de la Maruja.
- ¿Y para cuándo será?
- En unas tres semanas.
- Huy, eso me huele a barriga.
- No te digo que no, pero ya sabes que el chico entraba en casa de los Arnau desde hace tiempo y llevaban meses hablando de boda.
- Ese chico tiene fama de ser flojo de bragueta.
- Habrá que oír a la Águeda, con el genio que se gasta.
- Si no les han dicho ni las amonestaciones.
- Empiezan mañana mismo.
- Tantas prisas... Lo que te digo, me huele a preñez.
   La noticia ha dejado grogui a Lolita, como un boxeador al que han dado un crochet en plena mandíbula. ¡Rafa se casa! Guardaba como un tesoro la tenue esperanza de que, pese a todo, volvería a tenerle entre sus brazos. No va a ser así. Se acabaron las falsas ilusiones, se acabó la historia de un amor que ha resultado imposible, de un amor que la ha llevado a convertirse en algo que detesta: una solterona. En la soledad de su habitación, cuando se mira al espejo, la imagen que le devuelve el cristal dista mucho de la jovencita de antaño. Se le está formando un asomo de ojeras y los ojos ya no le brillan como solían. Unas diminutas arrugas comienzan a asomar en las comisuras de los labios y en la frente se le marca un pliegue cada vez más acentuado. Se está haciendo mayor; mucho peor, se siente vieja, tiene veinticuatro años y sus sensaciones son como si tuviera el doble. Si podía quedar algún mínimo vestigio de la utópica esperanza a la que se aferraba Lolita de que Rafa volviese con ella, queda reducido a polvo cuando a mediados de marzo se anuncian los esponsales de Pepita Arnau y Rafael Blanquer.

   Los preparativos de la boda, como es costumbre en el pueblo, han corrido a cargo de ambas consuegras. Han tenido roces por distintos motivos, pero especialmente uno les llevó a tener un enfrentamiento a cara de perro: el convite y la correspondiente lista de invitados.
- Y en cuanto al banquete ya sé que, como es costumbre, debería de hacerse en nuestra casa, pero con tantos invitados me lo van a desbaratar todo – se lamenta Águeda.
   Claro, piensa Maruja, si tuvieras una casa para vivir y no para enseñarla a las visitas no tendrías ese problema. Pero en vez de soltarle la pulla, se decanta por facilitarle la salida:
- Te comprendo, Águeda. Con lo bien puesta y lo mona que la tienes no es cuestión de que te lo pongan todo manga por hombro. Yo había pensado...
- Perdona, Maruja – le corta Águeda -, pero no he terminado. Pues como te decía, ya que mi casa no está para acoger al personal, he pensado que  hiciéramos el banquete en la tuya. Vosotros tenéis una casa muy grande y no habrá problema para acomodar a todos los invitados.
- A mí se me había ocurrido algo diferente. Que hiciéramos como en la capital, organizar el convite en un sitio distinto de nuestras casas. Hace unas semanas, Antonio y yo, estuvimos en una boda en Gandía y el banquete tuvo lugar en el mejor restaurante de la ciudad. Servido por camareros, todos con su uniforme, y con un menú de categoría. Como aquí no hay restaurantes de esa clase, se me ha ocurrido que podíamos organizarlo en nuestro almacén o en el vuestro, eso me da igual, al que naturalmente habría que lavarle la cara y ponerlo en condiciones para que la gente se encontrase a gusto. Ese restaurante de Gandía del que te he hablado nos puede mandar cocineros, camareros y todo el personal que haga falta. Así, ni tú ni yo tendríamos que preocuparnos de nada y podríamos dedicarnos a atender a los invitados como Dios manda.
- ¡Vaya idea, qué forma de tirar el dinero, cómo si nos sobrara!

viernes, 8 de mayo de 2015

Capítulo V. El coche de línea.- 5.1. Para unas prisas sirve



   El noviazgo de Rafael y Pepita está sufriendo muchos altibajos. Al principio, a Rafa la niña de los Arnau le pareció tonta de remate y se lo sigue pareciendo, pero ha surgido un nuevo factor que ha supuesto un aliciente en la relación: el sexo. Pepita no sabía prácticamente nada sobre sexualidad, solamente las cuatro ideas estereotipadas y frecuentemente irreales que se transmiten unas a otras las mozas del pueblo y en las que se mezclan a partes iguales la ignorancia y la banalidad. Por no saber, Rafael ha descubierto con cierto asombro que ni siquiera sabe besar. ¿Qué mierda de noviazgo tuvo esta niña con el estreñido de la cooperativa?, se ha preguntado alguna vez. Fuera lo que fuese, la mocita está más verde que la hiedra. Y eso a Rafael le enardece. Lo de enseñar a las mujeres a excitarse, a darse placer y a ofrecerlo le ponen como una moto. Esa y no otra es la causa principal de que aguante, también está lo de dar gusto a sus padres, al menos una temporada, hasta que se les pase el monumental enfado que se cogieron con lo de la preñez de Esperanza. Mientras tanto, a desasnar a la paletilla que, como solía repetir su amigo Santi, para unas prisas sirve.
   Pepita no tiene las mismas sensaciones que su novio, más bien la contraria. Desde el primer día le impresionó Rafael, lo encuentra guapísimo, simpático y, además, sabe cómo tratar a las mujeres, todo lo contrario que el sieso de José Vicente que ni besar sabía. Porque otro de los atractivos del joven que ha cautivado a la hija de los Arnau es su atrevimiento y las manos tan largas que tiene. ¡Y cómo besa!, la deja sin aire. Le ha enseñado como es un beso con lengua, lo único latoso es que le obliga a mascar chicles de menta antes de estar con él. La cosa no queda ahí. De los besos Rafa ha pasado a la lección de las caricias manuales, luego a las orales y finalmente a las integrales. Pepita, casi sin enterarse, se ha convertido en mujer.
   Los novios lo tienen fácil para sus encuentros íntimos. Desde que Rafael habló con el tío Braulio para que el noviazgo adquiriera carta de naturaleza, los Arnau les dieron un amplio margen de libertad, cosa poco frecuente en el pueblo donde las novias están generalmente sometidas a una discreta vigilancia de padres, hermanos y demás parentela. Con la fútil excusa de que en la primera planta de la casa están más cómodos, la pareja permanece en ella cuando Rafa va a visitar a su novia. Y hay noches que aquello se convierte en una orgía a dos. Rafael se lo pasa en grande teniendo a su disposición una alumna que, si no excesivamente aplicada, si es dócil en grado sumo. Aunque, fiel a su naturaleza donjuanesca, una vez catada y recatada la moza cada día le resulta menos excitante puesto que no tiene la más mínima dosis de fantasía, se limita a repetir mecánicamente lo que le ha enseñado. En contraposición recuerda el volcán pasional, el impetuoso torrente que era Lolita. Una, tanto, y otra, tan poco, que mal repartido está el mundo, se dice. Está pensando en deshacerse de Pepita en cuanto tenga la menor oportunidad, catar diariamente el mismo menú termina siendo aburrido y más para un paladar exigente como el suyo. Algo ha debido de olerse la niña de los Arnau, que tampoco es tan lerda como piensa el joven, puesto que últimamente insiste una y otra vez en que deberían ir pensando en fijar la fecha de la boda.
- Tranquila, mi reina. Claro que nos casaremos, pero sin prisas. Somos muy jóvenes y tenemos mucho tiempo por delante. Lo que hemos de hacer ahora es divertirnos cuanto podamos, que ya vendrán los días en que no tendremos oportunidad de hacerlo.
- Sí, pero mi madre dice que sería bueno que fijásemos fecha para la boda, aunque fuera para el año que viene. Me está preparando un ajuar de categoría y necesita saber para cuando pensamos casarnos por si debe de meterles prisa a las clarisas de Oliva que están bordando las sábanas y las mantelerías. No te puedes imaginar lo preciosas que están quedando.
   La jovencita se embarca en describir con todo lujo de detalles el fastuoso contenido de su ajuar, que es como no se ha visto nunca en el pueblo.
- Vale, vale, no te enrolles con lo de los trapos que eso me aburre cantidad. Ven para aquí y hazme un trabajito fino, de los que sabes que me gustan – al menos, se dice Rafael, tendrá la boca ocupada y se callará de una vez.
   Porque otro de los impensables cambios experimentados por Pepita es que se ha vuelto parlanchina. La chica callada que trató Gimeno ha devenido en una mujer que habla sin parar aunque, eso sí, solo de sus temas y preocupaciones que ahora son su compromiso, la boda en ciernes y todo lo referente a la misma: el ajuar, el vestido de novia que su madre le va a comprar en Valencia, a quiénes invitarán, el traje a medida que estrenará su padre que será el padrino, adónde irán de luna de miel, a ella le gustaría ir a un sitio lejano, y que se tenga que ir en avión, nunca se ha montado en uno y se muere de ganas de hacerlo...
   Otro de los temas de sus monólogos es como piensa decorar la habitación de matrimonio en la casa de sus padres, que es donde vivirán. A Rafael el asunto le resbala, pero un día hablando con su madre lo menciona de pasada. La reacción de Maruja es fulminante.
- ¿Cómo que vais a vivir en casa de tus suegros?
- Bueno, eso son los planes que hace Pepita. Yo no he dicho una palabra sobre el asunto.
- Pues conviene que la vayas diciendo. De vivir con los Arnau, nada de nada. Debes de tener tu propio hogar, en caso contrario nunca serás el señor de la casa, solo una especie de realquilado de lujo.
- ¡Que cosas dices, mamá! Ya te dije que ni me lo he planteado. Si ni siquiera pienso en la boda, como para hacerlo de donde vaya a vivir. Estas son algunas de las muchas bobadas que dice Pepita cuando se pone a cotorrear, que es que no para. Dice que no va a dejar a sus padres solos, que así su madre le ayudará en las faenas de la casa y no tendrá que preocuparse ni de hacer la comida.
- Pues cuando vuelva a sacar el tema le dices que nanay. Que de vivir en casa de sus padres, nada. Que si tú vas a dejar a los tuyos, ella también puede hacerlo con los suyos. Y que el casado, casa quiere. Y déjale caer que solo será una señora cuando esté al frente de su hogar, mientras viva en casa de sus padres, la señora solo será su madre. Verás como la  convencerás

   Águeda está un tanto mosca. No recuerda que su hija haya puesto en el cesto de la ropa sucia los pañitos higiénicos que usa para los días que tiene la regla. No tiene la certeza de si el pasado mes los echó en falta, pero éste seguro que no los ha usado. Y la niña es como un reloj suizo, igual de regular. De ahí su extrañeza.
- Pepita, ¿dónde echaste los pañitos de este mes que no los encuentro por ninguna parte?
- Todavía no me ha venido la regla.
- ¿No te tocaba hace dos semanas?
- Pues no me acuerdo.
- ¿El pasado mes la tuviste, verdad? – el tono de alarma de la voz de Águeda es patente.
- Supongo que sí, pero lo no recuerdo.
   Por el entreabierto escote del camisón, la señora Águeda vislumbra la turgencia de los pechos de su hija y el corazón le da un vuelco. Al día siguiente, madre e hija cogen el coche de línea y se marchan a Alicante a visitar a un doctor de pago; cuando van de médicos suelen ir a Valencia, pero han elegido la ciudad alicantina porque allí es menos probable que se encuentren con algún conocido. Tras reconocer a la jovencita, el dictamen del tocólogo es terminante: la paciente está embarazada de unas seis semanas y tanto el feto como la gestante están en perfecto estado. Pepita no sale de su asombro, no tenía ni idea sobre su estado y no sabe si alegrarse o entristecerse, ahora se tendrá que casar, esa es la parte agradable, pero se va a poner gorda como un tonel y no le van a valer los vestidos nuevos, esa es la desagradable. Su madre, pasado el sofocón, no pierde demasiado tiempo en reprenderla, hay cosas más urgentes que resolver. Lo único que exige a su hija es silencio total sobre su estado. Águeda todavía tiene la sangre fría, antes de volver al pueblo, de visitar a las monjitas de Oliva para pedirles que adelanten el ajuar de la niña.

martes, 5 de mayo de 2015

4.14. Por eso va dando palos de ciego



   Una de las frases que dejó caer Lolita en una de sus últimas conversaciones con Gimeno le está dando mucho qué pensar, la ha recordado y analizado frecuentemente en los últimos días. La frase en cuestión era la de que en el pueblo hay Pepitas, pero también hay mujeres estupendas capaces de hacer feliz al más exigente. No duda de que la afirmación pueda ser real. Entonces, se dice, será cuestión de encontrar a uno de esos mirlos blancos y para ello vuelve a dejarse invitar a meriendas, guateques y reuniones; en definitiva, retoma la vida social que apartó a un lado a raíz de su ruptura con Pepita. Y descubre, con no poca satisfacción, que sigue siendo un soltero cotizado. Piensa que no debe de limitarse a buscar una chica con buena dote, más importante que eso es encontrar una mujer que sea capaz de llenar el vacío que hay en su vida.
   Da la impresión de que la propia Lolita también ha pensado lo mismo pues no deja de presentarle no solo a las afiliadas de la Sección Femenina sino también a otras muchachas que asisten a los variados cursos y encuentros que organiza.
- José Vicente, ¿conoces a Merceditas? ¿No? Creí que te la había presentado. Mercedes Chaler, Merceditas para los amigos. 
- Encantada – dice la joven con timidez estrechando la mano que le tiende Gimeno.
- El placer es mío. Lolita, ¿dónde tenías escondida a esta beldad?
   La muchacha sonríe turbada para disimular el rubor que ha coloreado sus sonrosadas mejillas. Es muy joven, apenas debe de tener dieciocho años, pelo negro y unos ojazos como el carbón que a veces contrae como si fuera algo miope. A José Vicente le atrae desde el primer momento: no solo es francamente guapa, sino que además parece discreta, amable, simpática y una vez pasado el inicial azoramiento ha mantenido una conversación fluida y llena de sentido común. Posteriormente, su amigo Guillermo le facilita más datos: la jovencita es hija única de Genaro Chaler, el estanquero del pueblo, por eso también se la conoce como Merceditas la Estanquera, tiene fama de ser una buena muchacha, no tiene novio ni se le conocen amoríos.
- Lo que me extraña es que no la hayas conocido antes, suele estar casi todas las tardes en el estanco donde ayuda a su padre – comenta Guillermo.
- Ten en cuenta que no fumo y apenas si he pisado el estanco.
- Ah, claro, se me olvidaba que eres de los que no tienes vicios.
- Sí tengo, pero son inconfesables – contesta Gimeno de buen humor -. De todo lo que me has contado hay un dato que me inquieta: lo de que no tiene hermanos. Mi experiencia con hijas únicas no ha podido ser más lamentable.
- Verás, José Vicente, solo la he tratado superficialmente, de atenderme en el estanco, pero estoy casi seguro de que se parece tanto a Pepita como un huevo a un higo chumbo. Para empezar trabaja y tiene unos padres muy diferentes a los de tu exnovia. El padre de Merceditas, el tío Genaro, es un hombre serio y cabal y la ha educado bien. A su madre, la tía Benigna, la chica también le echa una mano en las tareas de la casa. Si hacen que Merceditas les ayude es porque no entienden que alguien esté mano sobre mano, no porque lo necesiten. El Genaro gana sus buenos cuartos con el estanco, especialmente revendiendo los cupones del racionamiento de tabaco.
- Cuéntame que es eso de la reventa de los cupones – inquiere Gimeno curioso.
- Ya sabes que todos los hombres tenemos una cartilla de fumador. ¡Claro que lo sabes, cómo que me prestas la tuya! Bueno, pues aquéllos que no fuman, y no son tan desprendidos como tú, suelen vender los cupones del tabaco o cambiarlos por otros productos. Genaro se los compra, luego los revende a los fumadores impenitentes y se gana unas pesetillas extras. Volviendo a la moza. Si me permites te daré un consejo: es una chica formal y sus padres son gente seria. No es alguien para pasar el tiempo. Es de las de dentro o fuera como decimos aquí.
- Gracias por el consejo, Guillermo, pero tampoco tengo edad ni posición para andar chicoleando. Y necesito encontrar a mi media naranja.
- Pues, chico, ya sabes lo que se dice: el que busca halla. Conque tú mismo.
   A Gimeno le ha encantado la Estanquera y cavila como tener un encuentro con ella. Sabe dónde encontrarla: paseando por el Rabal al atardecer, pero no se ve en el papel de un adolescente tramando mil y una estrategias para lograr que la muchacha se ponga en un extremo del grupo de amigas que pasean cuchicheando y riéndose de todo calle arriba, calle abajo. También sabe quién le puede facilitar el acceso a la joven: la persona que se la presentó, Lolita, pero le chincha pedirle esa clase de favores, posiblemente se prestara a ayudarle, al menos a mantener un primer encuentro con la jovencita, pero está convencido de que, aunque no lo demostrase, en su interior se estaría cachondeando de él. Y eso no sería capaz de soportarlo. O sea, que Lolita descartada.
   Indagando más sobre Merceditas descubre que es pariente de Camila Tena, a cuya casa acude un par de tardes a la semana para que le enseñe a bordar a máquina. Por ahí puedo tener el portillo de acceso, se dice. Se plantea dos opciones: una es ir a visitar, como por casualidad, a Camila alguno de los días en que esté la muchacha; la otra es confesarle paladinamente a su correligionaria que está interesado por la joven y que le gustaría poder charlar con ella sin necesidad de hacerlo en el cotidiano paseo por el Rabal. Tras sopesar ambas opciones, se decide por la segunda, debe portarse caballerosamente con Camila y no engañarla. Tomada la decisión visita a la exdelegada.
- José Vicente, cuanto tiempo sin verte. ¿Qué es de tu vida?
   Tras los floreos iniciales que impone la cortesía al uso, Gimeno entra en el meollo de la cuestión que le ha llevado allí:
- Necesito que me hagas un pequeño favor, Camila. Verás, hace unos días Lolita me presentó a una muchacha que me causó una excelente impresión. Se trata de Merceditas Chaler.
- Vaya, que bien, no sé si sabes que somos parientes, su madre es prima mía.
- Lo sé, y por eso estoy aquí. Me gustaría poder hablar con ella, pero de manera tranquila y discreta. Eso descarta que me acerque a ella en el Rabal, allí es imposible la tranquilidad y la discreción. Por eso, me atrevo a pedirte que sea en tu casa y, por supuesto, en tu presencia donde pueda hablar distendidamente con Merceditas y empecemos a conocernos y a iniciar una relación que, Dios sabe, a dónde nos puede llevar. Todo ello, insisto, dentro de la mayor corrección.
   Camila que, como tantas mujeres, tiene una oculta inclinación al papel de casamentera acepta encantada. La única condición que pone es que al primer indicio o manifestación de Merceditas de que no está a gusto con la presencia allí de Gimeno, éste dejará inmediatamente de volver a la casa.
   Gimeno está gratamente sorprendido. De acuerdo con Camila, la primera visita a su casa la han planteado como algo casual. Merceditas ha aceptado de buen grado la situación y han estado hablando de mil y un temas. La jovencita no se ha mostrado cohibida por la presencia del secretario de la cooperativa y ha hecho buena la primera impresión que causó a Gimeno: es efectivamente discreta, atenta y simpática. Además, cuando interviene en la conversación, que José Vicente y Camila acaparan, sus opiniones y pareceres están trufados de sensatez y sentido común, es en ese terreno donde da la impresión de ser mucho más madura de lo que se podría esperar por sus pocos años. Camila ha ideado una pequeña treta para que la joven permanezca un poco más en su domicilio: después de la clase de bordado juegan una o dos partidas al parchís, al que la muchacha es muy aficionada. A través del juego, Gimeno descubre otras facetas del carácter de la muchacha: no le agrada perder, aunque cuando ello ocurre no es de las que se pone grosera o antipática, pero algo si se enfurruña al igual que podría hacer una niña; en cambio, cuando gana se alboroza y ríe como una adolescente. Gimeno piensa que, una vez más, se encuentra ante una mujer con una personalidad con muchas facetas. Puede ser una adulta cuando opina, una niña cuando pierde y una adolescente cuando gana. Tres en uno. ¡Qué complicadas son las mujeres!, piensa Gimeno, aunque viviera un millón de años jamás las entendería del todo.
   En un pueblo pequeño nada pasa desapercibido y pronto salta al palenque del cotilleo local la noticia de que el secretario de la cooperativa pasa un par de tardes a la semana jugando al parchís con Camila y Merceditas. En la trastienda de la Moda de París, como no podía ser de otro modo, también se chismorrea sobre la curiosa afición de Gimeno a un juego al que en el pueblo únicamente suelen jugar las mujeres y los niños.
-  Me jugaría el ajuar de mi suegra que el Gimeno no va a casa de Camila por el parchís precisamente. Lo digo porque podrá ser cualquier cosa, pero desde luego un chiquilicuatre no es – afirma Fina.
- Casi seguro que va a por Merceditas – explica Lolita -. Se la presenté y me pareció que le hacía tilín.
- Primero Pepita y ahora la Estanquera, más diferentes no pueden ser. ¿Qué demonios estará buscando ese hombre? – se pregunta Consuelo.
- De hombre no sé lo que tendrá, me han dicho que no es más que un pelotillero de los Arbós – asegura Beatriz, la primera y única chica del pueblo que estudia magisterio.
- Te equivocas, Bea – rebate Lolita -, al menos en parte. Es posible que sea un palmero de los Arbós, al fin y al cabo trabaja en la cooperativa y depende de ellos. Pero eso no es obstáculo para que personalmente sea un hombre en toda la extensión de la palabra. Es amable y sabe pensar por su cuenta. No es mala persona, no. Ahora bien, en cuestión de mujeres da toda la impresión de que no sabe bien lo que quiere, a las pruebas me remito: ayer Pepita, hoy Merceditas, mañana… cualquiera sabe.
- Entonces, ¿no crees que cuajará con Merceditas? – inquiere Consuelo.
- No lo creo y no precisamente por ella. Merceditas es una chica maja de verdad y tiene virtudes más que suficientes para hacer feliz a cualquier hombre, pero no a un tipo tan complicado y con más conchas que un galápago como José Vicente que, además, en el terreno sentimental no sabe lo que quiere. Y, como dice don Manuel, cuando uno no sabe dónde va termina donde no quiere. Por eso en cuestión de mujeres va dando palos de ciego.