martes, 7 de abril de 2015

4.6. O dentro o fuera



   En su retorno de Valencia al pueblo, la charla entre José Vicente y Lolita discurre por sendas aparentemente intrascendentes, pero el tono ha variado radicalmente, hay un trasfondo de sinceridad en lo que dicen, hablan sin tapujos como si fueran amigos íntimos de toda la vida. Algo ha cambiado en su relación, tanto que en un determinado momento Gimeno se sorprende a sí mismo contando a Lolita los problemas con su novia. No es propio de él semejante actitud, es muy celoso de su intimidad y de hecho no le ha contado a nadie sus dificultades y dudas. Lolita le escucha atentamente. No le extraña lo que está oyendo, conoce muy bien la pasta de la que están hechas las jovencitas del pueblo, de las que Pepita Arnau es un buen exponente. Por momentos siente la tentación de dar algún consejo a su camarada, pero se contiene. ¿Quién es ella para ir impartiendo consejos sobre problemas sentimentales cuando es incapaz de desatar el nudo que mantiene prisioneros sus sentimientos? Se calla y sigue escuchando. De pronto se da cuenta de un detalle importante: en todo cuanto le relata José Vicente no le ha oído referirse al amor, a la pasión, al cariño. Acaba de descubrir que su compañero y jefe tiene novia, pero no está enamorado de ella.

   Al volver al pueblo, Gimeno se apresura a explicar a Pepita que el domingo de Pascua tiene que ir a Castellón a la exhibición deportiva y folclórica que se celebra para conmemorar el Día de la Victoria que cae justamente en esa fecha, es un compromiso del que no puede zafarse. La joven se coge un teatral enfado.
- Me prometiste que iríamos a comer la mona con mis amigas. Ya lo tenemos todo preparado. No puedes dejarme mal delante de ellas. ¿Qué van a decir? Lo que tengas que hacer en Castellón seguro que lo puedes dejar para otro día.
- Es verdad que te lo prometí, pero cuando lo hice no había caído en la coincidencia de fechas. Y no puedo ir otro día. Ese domingo es cuando se celebra la exhibición.
- Todo eso son excusas de mal cumplidor. Entiendo que vayan las chicas de las danzas, pero tú no bailas, por lo tanto no pintas nada. Si vas es para hacerte el chulito delante de todas esas bobaliconas de la Sección Femenina con la estirada de Lolita al frente.
- Pepita, entiéndelo. Tengo que ir. No es por mí, es porque soy el responsable del grupo de camaradas que van a bailar. Se han ganado el viaje a pulso y no les puedo fallar.
- A unas muertas de hambre que bailan porque no tienen nada mejor que hacer no les puedes fallar, pero a tu novia que la zurzan. Nunca te creí capaz de hacerme un feo tan gordo, irte con las demás y dejarme plantada. Te…, te odio.
- Que no, cariño, que no pretendo hacerte ningún feo. Es un viaje oficial.
- No me vengas con excusas. Entre reunirte con tus amigotes, y Dios sabe con quién, y pasar la tarde con tu novia eliges a los primeros. ¡Pues vaya novio que tengo! Si lo sé a buena hora te hago caso.
- Pepita, soy el primero en lamentar esta desgraciada coincidencia, pero piensa que la demostración seguramente no volverá a repetirse, en cambio el año que viene será otra vez Pascua y podremos ir a comernos la mona con quien quieras.
- No desvíes la conversación, que eso se te da muy bien. Para mí la cosa está clara, o te vienes conmigo a comer la mona o te vas con esa pandilla de desarrapadas.
- No me gusta que te pongas en ese plan. No admito que me des un ultimátum.
- No te doy nada de eso que dices. Lo que te digo es que o dentro o fuera.
- Ahora el que no te entiende soy yo. ¿Qué es eso de o dentro o fuera?
- Te crees muy listo, pero si no lo entiendes es que no lo eres tanto. Te lo diré de otro modo: o el domingo de Pascua estás conmigo o no es necesario que vuelvas más a esta casa.
   No hay manera de que Gimeno convenza a su novia. Pepita está acostumbrada a imponer su santa voluntad y no admite que se le lleve la contraria ni atiende a ningún tipo de razones. José Vicente da por terminada la discusión cuando se da cuenta de que quizá el calendario le haya brindado la oportunidad que buscaba para que sea la joven quien rompa el noviazgo. Al día siguiente, en una de las reuniones que tiene con Lolita para la preparación de la exhibición, le cuenta la bronca que ha tenido con su novia.
- José Vicente, no es necesario que vengas. Comprendo que Pepita prefiera que la lleves de sarao. Posiblemente ya tenga organizada la fiesta de la mona con sus amigas. Yo no tengo esa clase de compromisos y puedo apañármelas perfectamente. No se va a notar tu ausencia, no te preocupes.
- Muchas gracias, Lolita, pero no debo dejarte sola. Ya sé que eres perfectamente capaz de llevarlo todo adelante. Eso ni se me ocurre ponerlo en duda, pero no quiero que los de la provincial puedan pensar que no respaldo tu gestión si no me ven a tu lado. Por eso he de estar junto a ti y tus chiquitas. A Pepita ya se le pasará el enfado y si no se le pasa…

   Gimeno no está en la merienda de la mona y a su regreso de la ciudad, como si no hubiese pasado nada, se presenta en casa de los Arnau como todas las noches. Está expectante por ver lo que pasa. ¿Mantendrá la jovencita el órdago que le lanzó o se echará atrás? Cuando ve que no es Pepita quién le está esperando sino su madre sospecha que su secreto deseo lleva camino de cumplirse.
- Buenas noches, ¿qué tal señora Águeda?, ¿dónde está Pepita?
- Mi hija – contesta Águeda con gesto avinagrado – dice que te dé esto de su parte - y  le entrega un atadijo en el que Gimeno reconoce algunas de las chucherías que le ha ido regalando a la joven durante los meses del noviazgo.
- Y esto, ¿qué quiere decir? – José Vicente se hace de nuevas y trata de contener su impulso de gritar de alegría.
- Ya lo sabes. Cuando se es novio de una persona como mi hija y se quiere entrar en una familia como la nuestra no se le puede hacer de menos, a ella y a nosotros. Pepita me ha dicho que te lo dejó muy claro el otro día y que sabes a qué se refiere.
- Señora Águeda, quiero dejar patente que siempre traté a su hija con el mayor de los respetos y que nunca le falté ni hice nada que pudiera ofenderla y, por supuesto, jamás se me pasó por la cabeza faltarles el respeto a ustedes – Gimeno es consciente de que se está arriesgando a que sus palabras puedan forzar una vuelta a la normalidad, pero tiene gran interés en que quede nítidamente claro que quien rompe la relación es Pepita.
- José Vicente no tengo nada más que decirte.
- ¿Podría hablar con Pepita? – Todavía echa un último y peligroso envite. Ojalá le salga bien.
- Ni quiere verte ni saber de ti.
   Gimeno no insiste, no sea que termine echando por tierra su oculto deseo. Al día siguiente la comidilla local es el rumor de que Pepita, la del tío Braulio el del duro, ha roto su relación con José Vicente el de San Isidro. Que la cosa parece que va en serio. Hasta se han devuelto los regalos y todo. Alguna comadre se ofrece a Gimeno para hacer de correveidile y hablar con Pepita y con sus padres para reparar los lazos rotos, José Vicente les da las gracias y les dice que se las puede apañar solo. Con el paso de los días el rumor pasa a ser noticia: la ruptura de Pepita Arnau y de José Vicente Gimeno es un hecho consumado.

   Lolita es una de las primeras en conocer la noticia del fin del noviazgo porque el propio José Vicente se la cuenta. No es ninguna sorpresa para ella. No le pregunta nada sobre la separación, se limita a musitar una frase convencional:
- Lo siento, José Vicente.
- Pues yo, no. Tengo la sensación de que me he liberado de una relación que no debí empezar nunca. Reconozco que al principio Pepita me atraía, pero desde que se negó a aprender todo cuanto intentaste enseñarle algo empezó a cambiar en mis sentimientos. Desde entonces el final estaba cantado.
- ¿Estás diciendo que mi fracaso como enseñante fue la causa de que se torciera lo vuestro? – inquiere Lolita un tanto sorprendida y hasta un pelín molesta.
- No, de ninguna manera. Tú no has tenido nada que ver con la ruptura. Al contrario, siempre he estado y te estaré agradecido por tu ayuda, independientemente de que Pepita no la aceptara.
   Lolita calla, pero la confesión de su jefe y amigo no le ha gustado. Piensa que no es muy caballeroso hacer leña del árbol caído.

viernes, 3 de abril de 2015

4.5. Día de la Victoria




   Pepita está más irritable cada día. Su novio le ha defraudado, no es lo que ella creía. Lo encuentra demasiado sabelotodo, emperrado en que aprenda una serie de bobadas que no sirven para nada. Solo sabe hablar de cursilerías y, por si faltaba algo, se lleva fatal con su madre. No sé qué se habrá creído, piensa, al fin y al cabo la rica es ella, él no es más que un empleado. Y no es nada divertido, en vez de llevarla de fiestas y guateques se empeña en que la acompañe a reuniones donde no se habla más que de política y de asuntos que ni entiende ni le importan. El noviazgo ni siquiera la deja satisfecha en su aspecto más íntimo: la sexualidad. En las conversaciones de las jóvenes del pueblo que mantienen relaciones más o menos serias se cuentan en voz baja, sazonadas de risitas maliciosas, las picardías que los novios se gastan. José Vicente ni siquiera eso, no ha ido más allá de acariciarle los pechos y de besarla, pero de forma tan tenue y fugaz que no le da tiempo a sentir nada. Ya no está tan segura de que ennoviarse con el secretario de la cooperativa haya sido su mejor decisión.
   El otro factor del dueto, José Vicente, no está irritado, pero si aburrido y cansado. Hastiado del egoísmo y los caprichos de su novia. Cansado de que se niegue obstinadamente a aprender una sola de las habilidades sociales que la que sea su mujer tendrá que manejar. Comienza a creer que aquel adagio del que le habló Lapuerta: de que no te cases por dinero, puedes conseguirlo prestado a mucho menor interés, pueda ser real. Casarse con la niña de los Arnau puede convertirse más pronto en un castigo que en un premio. Cuanto más lo piensa más se reafirma en que se equivocó en la elección. Y con la misma frialdad con la que resolvió lanzarse al noviazgo, toma la decisión de romperlo. En un primer momento piensa en actuar de frente y plantear sinceramente a Pepita que su relación se ha vuelto insostenible, pero tras valorar detenidamente los pros y los contras, especialmente los políticos, considera que no es la mejor opción. No le interesa que ante los ojos de los demás parezca que la ruptura parta de él. Al clan de los Arbós no les podría gustar que rompiera con su sobrina y mucho menos si es él quien la deja. Aunque su amor propio sufra, ha de maniobrar para que sea ella quien ponga fin a la relación. Tomada la decisión, solo le falta encontrar la mecha que encienda el polvorín en que se ha convertido su noviazgo y la incendiaria ha de ser la propia Pepita. Busca un motivo que tenga el suficiente calado para que la jovencita se encalabrine, pero no lo encuentra, es más difícil de lo que creía.

   Este año de mil novecientos cuarenta y siete el calendario ha hecho coincidir en el uno de abril dos destacadas celebraciones: una religiosa, el domingo de Pascua de Resurrección, y otra patriótica, el Día de la Victoria. En el pueblo existe la añeja costumbre de que ese domingo es el día en el que las pandillas de gente joven se van al campo a comer o a celebrar una merienda en la que la vianda estrella es el dulce de la Mona de Pascua. El bollo, de forma elíptica, está guarnecido con huevos duros y frutas confitadas y solo se come el domingo de Resurrección. Es una de las tradiciones locales que los jóvenes esperan con mayor ilusión. También el uno de abril es la fecha en la que se conmemora el último parte de guerra que dio el Generalísimo Franco anunciando el victorioso final de La Cruzada, a lo que ahora se añade el inicio del X Año Triunfal, como enumera la propaganda oficial a los años transcurridos desde mil novecientos treinta y siete. Con tal fausto motivo se ha organizado una exhibición deportiva y folclórica en el ámbito regional, a celebrar en Castellón, a la par que también se llevara a cabo la inauguración del Estadio Castalia, obra emblemática del Régimen. En dicha muestra participará el grupo de coros y danzas del pueblo. Al frente de la expedición estarán Lolita, auténtica artífice de la sección, y José Vicente como jefe local y último responsable.
   Varios días antes del uno de abril, hay una reunión en Valencia para concretar los últimos preparativos y dar las instrucciones finales a las delegaciones que van a participar en el evento. En la reunión, Lolita encuentra a su jefe sorprendentemente contento, hasta diría que parece feliz, hacía mucho tiempo que no le veía así. Gimeno ha estado magnífico en las dos intervenciones que ha tenido: expresivo, con las palabras justas, sin retóricas huecas tan al uso, con pinceladas de humor y hasta de fina ironía; en una palabra, brillante. Lolita también ha intervenido una vez y, aunque no tiene la elocuencia de su jefe, tampoco lo hace nada mal y además cuenta con una baza importante de cara al otro sexo: la sensual feminidad que irradia su persona acentúa el atractivo de cualquier cosa que diga. Mientras están tomando café, en una de las pausas,  comentan el desarrollo de la reunión.
- Jefe, no te felicité antes porque tenías mucha gente a tu alrededor, pero estuviste sembrado. Tus intervenciones, especialmente la última, han sido de largo las más elocuentes que se han escuchado en la sala.
- Gracias, Lolita. Te devuelvo el cumplido, tú también te has lucido. Has sido la delegada a la que la gente prestó más atención. Y si me permites el cumplido, la más encantadora y con más clase de todas las asistentes.
- Hay que ver cómo estamos de aduladores. Una curiosidad: ¿qué quería el jefe de Algemesí que no hacía más que mirarme cuándo hablaba contigo?
- Está empeñado en conocerte y quería que te lo presentara. Creo que lo suyo ha sido un flechazo.
- Menos mal que no me lo presentaste, porque si en privado habla igual de premioso que en público debe de ser un plasta de abrigo.
- Pues no creas que ha sido el único. El de Silla me ha pedido que si puedes ir un día a explicarle a su gente como montar lo de los grupos de coros y danzas. Pero me da en la nariz que sus intenciones son muy otras.
- Vaya, como siga asistiendo mucho a estas reuniones igual acabo encontrando novio.
- Hablando del rey de Roma, por ahí viene Adolfo.
   A Lolita ni le da tiempo de preguntar quién es el tal Adolfo, que resulta ser el jefe local de Silla, joven y bien plantado aunque comienza a echar barriga. José Vicente les presenta y, durante la breve charla que mantienen, Adolfo invita formalmente a la joven a visitar su pueblo el día que quiera para hablar a las afiliadas de la Sección Femenina sobre cómo organizar un grupo de coros y danzas. No quedan en nada concreto. Ya se llamarán.
- Reconozco que no es lo mejor hacer juicios a priori – confiesa Lolita después de que el del Silla se haya ido -. Creí que éste sería otro pesado más pero, como nobleza obliga, tengo que decir que me equivoqué. Es correcto y simpático. El pero que puede ponérsele es que, como no vigile su dieta, va a tener problemas con la báscula. Razón tenía en lo que decía antes – añade la joven risueña -: como venga más veces a estos saraos igual encuentro novio.
- No es por meterme en lo que no me importa, pero estoy absolutamente convencido de que si no tienes novio es porque no quieres. No conozco en el pueblo una sola chica que tenga tu estilo, tu talento y… tu clase – Hasta el momento la charla ha transcurrido en un clima de amable ironía, pero ahora José Vicente se ha puesto serio y se ha tenido que contener para no excederse al enumerar los encantos de la muchacha.
- ¡Cómo estás hoy de lanzado, jefe! – Lolita, en cambio, sigue con su tono irónico -. Debe de ser el efecto del próximo domingo de Pascua.
- ¡El domingo de Pascua! ¡La hice buena! No había caído hasta este momento que el uno de abril también es la Pascua. Y le prometí a Pepita ir con ella y sus amigas a comernos la mona a una de sus fincas. No sé cómo le voy a decir que no podré cumplir mi promesa.
- Se lo explicas sin más. Pepita es más lista de lo que parece y lo entenderá perfectamente. No lo dudes, jefe.
- ¿Te puedo pedir un favor? – Gimeno se ha puesto serio -. No me llames jefe. Nunca sé si lo dices en serio o me estás tomando el pelo. Me gustaría que me llamases por mi nombre o si lo prefieres por mi apellido, como quieras.
- ¿Cómo prefieres que te llame? – la joven también ha adoptado un registro más grave.
- Ya te he dicho que me da igual, de cualquier manera menos jefe, me suena como si mantuviéramos una relación jerárquica y ese no es el caso, para mí eres mi igual y en algunos aspectos hasta superior.
- ¿Cómo te llama la persona que más te quiere? – es la sorprendente pregunta de Lolita.
- ¿La persona que más me quiere? – Repite Gimeno un tanto sorprendido –. Supongo que quién más me quiere es mi madre y me ha llamado desde niño por mi nombre.
- Entonces voy a  hacer como tu madre y desde este momento ya no eres el jefe, sino José Vicente – afirma Lolita con una sonrisa complaciente.
   Gimeno se pregunta: ¿será este cambio el inicio de otros más profundos?

martes, 31 de marzo de 2015

4.4. Un proverbio escocés que da que pensar


   El noviazgo de Pepita Arnau y José Vicente Gimeno tiene más días malos que buenos. No lo confiesan, pero ambos están decepcionados. Pepita esperaba que una relación formal le depararía incontables días alegres y felices. Soñaba con fiestas, celebraciones, saraos... Confiaba que su prometido la llevara de aquí para allá mostrándola a todo el mundo, orgulloso de exhibir a su lado a una mujer de bandera como ella…, como ella cree que es. Ha resultado todo lo contrario. Tras el fracaso social de la jovencita en las tres primeras reuniones en Valencia en los que participó la pareja, Gimeno ha dejado de llevarla consigo y no salen del pueblo con lo que los sueños de brillo social de Pepita se están esfumando paulatinamente.
   El problema del joven político es otro: se aburre. La chica no tiene conversación, eso ya lo sabía desde el primer día, pero no imaginaba hasta qué extremo. Sus motivos de charla son escasos y recurrentes: las películas, los cotilleos locales, la vida de sus amigas, el desarrollo del serial radiofónico que está siguiendo y poco más. Al tedio se une que tampoco hay sexo, la jovencita se ha mostrado permisiva siempre que las caricias no sobrepasen de la cintura, pero acariciarle los pechos ya no le produce al hombre ninguna excitación. Lo que más le gustaría sería besarla apasionadamente, pero el mal aliento de boca de Pepita se ha convertido en una barrera infranqueable. Todas las noches, siguiendo la inveterada costumbre local, acude a casa de los Arnau. Hay poco más que hacer que hablar y, si no hay conversación o ésta es tan plana y tan poco interesante como la de la muchacha, el resultado no puede ser otro: el hastío. A todo ello se añade que el plan de Gimeno de culturizar a la joven por medio de Lolita se fue al traste por la cerril oposición de la niña de los Arnau, cuyas ansias culturales se limitan a aspectos como el que le está planteando:
- El domingo quiero que me lleves al cine. Me han dicho que pondrán una película de Luis Sandrini, Peluquería de señoras, que dicen que es para partirse de risa – El cine es uno de los entretenimientos más querido por Pepita.
   A José Vicente el cómico argentino le repatea, le parece una pésima versión de Cantinflas, pero asiente.
- Por supuesto, iremos. Por cierto, ¿leíste la revista que te dejé ayer? Traía artículos muy interesantes sobre la mujer – El hombre no renuncia a pulirla.
- Le eché un vistazo, pero es un tostón. No sé de dónde sacas que trae cosas interesantes. Es mucho mejor El Hogar y la Moda, que además lleva muchas fotos y no tanta letra.
- Y el libro sobre urbanidad y buenas maneras, ¿lo leíste?
- Lo ojeé por encima, pero también es un rollo patatero. No sé qué manía te ha dado con que lea cosas que son más antiguas que la trementina. No son más que bobadas que no sirven para nada. Mi madre siempre repite que una señora no tiene que hacer nada, que para eso están las criadas. Porque cuándo nos casemos tendremos criadas, ¿verdad?
- No sé si gano para tanto, ya te lo dije.
- Por el dinero no debes de preocuparte. Mi madre me tiene dicho que cuando nos casemos nos pasarán lo de los alquileres de los pisos y del almacén que tienen arrendado. Sobrará para una criada y, si es preciso, hasta para dos.
- Pepita, no es cuestión de dinero ni de criadas. Aun suponiendo que las tengamos, un ama de casa debe de saber todas las cosas que atañen al hogar, aunque las hagan las sirvientes, precisamente para poder mandarlas y si éstas no lo saben hacer enseñarles cómo se hace.
- Por eso no te preocupes, yo sé mandar muy bien.
   Y tanto, piensa Gimeno, como que en esta familia eres la capitana en jefe. Ya descubrió hace tiempo que otro de los rasgos de su novia es lo obstinada que puede llegar a ser. Decide cambiar de asunto.
- No sé si te lo había comentado, pero el próximo diecinueve de marzo, día de San José, se va a celebrar una recepción en la Jefatura Provincial y luego veremos la cremà. Nos han invitado y Germán me ha dicho que espera vernos a los dos.
- Esas reuniones son una pesadez. No conozco a nadie y me aburro como una mona.
- Eso no es del todo cierto, cariño – José Vicente no es muy proclive al uso de expresiones tiernas con su novia, parece como si le costara emplearlas -. En la anterior reunión te presenté a un montón de gente.
- Sí, y que luego maldito el caso que me hicieron. Tú estuviste hablando toda la tarde, que parecía que habías comido lengua, y yo me quedé más sola que la una. Para eso mejor que vayas tú solo.
   Tampoco insiste. Pepita parece incapaz de trabar amistad o ni siquiera mantener una conversación, aunque sea intrascendente, con cualquier persona que no conozca bien, y eso supone que nadie que no sea del pueblo concita su atención.

   Gimeno es cada vez es más consciente de que la jovencita no le va a ser de gran ayuda en su prometedora carrera política. Ya que parece que no va a poder aprovecharse de su habilidad social, tendrá que hacerlo de su dinero. Aunque hasta de esto último comienza a tener dudas, las que le suscitó Manuel Lapuerta, posiblemente sin proponérselo. Hace tiempo que Gimeno constató el gran prestigio que tiene el médico en el pueblo y, siguiendo su política de sumar amigos que puedan ayudarle en su pelea por ser el número uno, buscó la amistad del galeno por todos los medios. No le resultó fácil, Lapuerta le trataba con deferencia pero no iba más allá. Hasta que el joven político descubrió uno de los puntos flacos del aragonés: su pasión por el ajedrez. En el pueblo había contados ajedrecistas, siempre jugaban los mismos. José Vicente, que jugó de niño con su padre pero que no había vuelto a ponerse delante de un tablero desde hace años, compró un par de libros elementales sobre el juego y los estudió. En el café de El Porvenir, Lapuerta se encontró una tarde con la sorpresa de ver a Gimeno jugando al ajedrez con uno de los panaderos del pueblo.
- Hombre, José Vicente, no sabía que eras de los nuestros.
- Solo soy un mal aficionado. No estoy en condiciones de competir con vosotros. Jugaba a menudo con mi padre pero, desde que falleció, apenas si volví a tocar el tablero. Tengo que practicar.
- Se nota que estás oxidado. Esa defensa que has montado tiene muchos puntos débiles. Sobre todo el flanco de reina está muy desprotegido. En cualquier caso, sé bien venido a nuestro minúsculo club. Jugar con una cara nueva va a ser agradable. Los pocos que somos nos tenemos muy vistos.
   Así comienza una incipiente amistad entre los dos hombres que Gimeno intenta alimentar por todos los medios. Juegan al ajedrez y, sobre todo, charlan mucho. Lapuerta, que realmente apenas le había tratado, descubre que el secretario de la cooperativa es hombre con una más que notable formación, buen conversador y todo un animal político. Un día en que ambos han dialogado sobre múltiples temas, han tocado, más bien de refilón, el asunto de los matrimonios por interés. Discrepan sobre ellos: Lapuerta cree que son un dislate y Gimeno opina que pueden tener su razón de ser en determinados supuestos. No se ponen de acuerdo, como en tantas ocasiones, pero la discrepancia es uno de los alicientes de sus diálogos. El médico termina rematando el asunto con una frase que se grabará a fuego en la mente del  joven político:
- Mira, José Vicente, quizá tengas razón, pero cuando sale este tema siempre me viene a la mente un proverbio escocés: no te cases por dinero, puedes conseguirlo prestado a mucho menor interés.
   Solo es un maldito refrán más, se dice, por muy escocés que sea, pero a Gimeno le da mucho que pensar. No se engaña, es consciente de que Pepita le atrae por muchas cosas: es joven, mona, esbelta, pertenece al clan de los Arbós y… algún día heredará un montón de fincas y una saneada cuenta bancaria. En el balance que hace no aparecen palabras como amor, pasión, amistad, ternura, ni siquiera sexo. Tampoco se engaña, sabe que su noviazgo ha surgido de la cabeza, no del corazón, y en aquella sigue instalada. ¿Será suficiente para mantener una relación que puede llegar a ser definitiva?, comienza a tener un mar de dudas.