viernes, 3 de abril de 2015

4.5. Día de la Victoria




   Pepita está más irritable cada día. Su novio le ha defraudado, no es lo que ella creía. Lo encuentra demasiado sabelotodo, emperrado en que aprenda una serie de bobadas que no sirven para nada. Solo sabe hablar de cursilerías y, por si faltaba algo, se lleva fatal con su madre. No sé qué se habrá creído, piensa, al fin y al cabo la rica es ella, él no es más que un empleado. Y no es nada divertido, en vez de llevarla de fiestas y guateques se empeña en que la acompañe a reuniones donde no se habla más que de política y de asuntos que ni entiende ni le importan. El noviazgo ni siquiera la deja satisfecha en su aspecto más íntimo: la sexualidad. En las conversaciones de las jóvenes del pueblo que mantienen relaciones más o menos serias se cuentan en voz baja, sazonadas de risitas maliciosas, las picardías que los novios se gastan. José Vicente ni siquiera eso, no ha ido más allá de acariciarle los pechos y de besarla, pero de forma tan tenue y fugaz que no le da tiempo a sentir nada. Ya no está tan segura de que ennoviarse con el secretario de la cooperativa haya sido su mejor decisión.
   El otro factor del dueto, José Vicente, no está irritado, pero si aburrido y cansado. Hastiado del egoísmo y los caprichos de su novia. Cansado de que se niegue obstinadamente a aprender una sola de las habilidades sociales que la que sea su mujer tendrá que manejar. Comienza a creer que aquel adagio del que le habló Lapuerta: de que no te cases por dinero, puedes conseguirlo prestado a mucho menor interés, pueda ser real. Casarse con la niña de los Arnau puede convertirse más pronto en un castigo que en un premio. Cuanto más lo piensa más se reafirma en que se equivocó en la elección. Y con la misma frialdad con la que resolvió lanzarse al noviazgo, toma la decisión de romperlo. En un primer momento piensa en actuar de frente y plantear sinceramente a Pepita que su relación se ha vuelto insostenible, pero tras valorar detenidamente los pros y los contras, especialmente los políticos, considera que no es la mejor opción. No le interesa que ante los ojos de los demás parezca que la ruptura parta de él. Al clan de los Arbós no les podría gustar que rompiera con su sobrina y mucho menos si es él quien la deja. Aunque su amor propio sufra, ha de maniobrar para que sea ella quien ponga fin a la relación. Tomada la decisión, solo le falta encontrar la mecha que encienda el polvorín en que se ha convertido su noviazgo y la incendiaria ha de ser la propia Pepita. Busca un motivo que tenga el suficiente calado para que la jovencita se encalabrine, pero no lo encuentra, es más difícil de lo que creía.

   Este año de mil novecientos cuarenta y siete el calendario ha hecho coincidir en el uno de abril dos destacadas celebraciones: una religiosa, el domingo de Pascua de Resurrección, y otra patriótica, el Día de la Victoria. En el pueblo existe la añeja costumbre de que ese domingo es el día en el que las pandillas de gente joven se van al campo a comer o a celebrar una merienda en la que la vianda estrella es el dulce de la Mona de Pascua. El bollo, de forma elíptica, está guarnecido con huevos duros y frutas confitadas y solo se come el domingo de Resurrección. Es una de las tradiciones locales que los jóvenes esperan con mayor ilusión. También el uno de abril es la fecha en la que se conmemora el último parte de guerra que dio el Generalísimo Franco anunciando el victorioso final de La Cruzada, a lo que ahora se añade el inicio del X Año Triunfal, como enumera la propaganda oficial a los años transcurridos desde mil novecientos treinta y siete. Con tal fausto motivo se ha organizado una exhibición deportiva y folclórica en el ámbito regional, a celebrar en Castellón, a la par que también se llevara a cabo la inauguración del Estadio Castalia, obra emblemática del Régimen. En dicha muestra participará el grupo de coros y danzas del pueblo. Al frente de la expedición estarán Lolita, auténtica artífice de la sección, y José Vicente como jefe local y último responsable.
   Varios días antes del uno de abril, hay una reunión en Valencia para concretar los últimos preparativos y dar las instrucciones finales a las delegaciones que van a participar en el evento. En la reunión, Lolita encuentra a su jefe sorprendentemente contento, hasta diría que parece feliz, hacía mucho tiempo que no le veía así. Gimeno ha estado magnífico en las dos intervenciones que ha tenido: expresivo, con las palabras justas, sin retóricas huecas tan al uso, con pinceladas de humor y hasta de fina ironía; en una palabra, brillante. Lolita también ha intervenido una vez y, aunque no tiene la elocuencia de su jefe, tampoco lo hace nada mal y además cuenta con una baza importante de cara al otro sexo: la sensual feminidad que irradia su persona acentúa el atractivo de cualquier cosa que diga. Mientras están tomando café, en una de las pausas,  comentan el desarrollo de la reunión.
- Jefe, no te felicité antes porque tenías mucha gente a tu alrededor, pero estuviste sembrado. Tus intervenciones, especialmente la última, han sido de largo las más elocuentes que se han escuchado en la sala.
- Gracias, Lolita. Te devuelvo el cumplido, tú también te has lucido. Has sido la delegada a la que la gente prestó más atención. Y si me permites el cumplido, la más encantadora y con más clase de todas las asistentes.
- Hay que ver cómo estamos de aduladores. Una curiosidad: ¿qué quería el jefe de Algemesí que no hacía más que mirarme cuándo hablaba contigo?
- Está empeñado en conocerte y quería que te lo presentara. Creo que lo suyo ha sido un flechazo.
- Menos mal que no me lo presentaste, porque si en privado habla igual de premioso que en público debe de ser un plasta de abrigo.
- Pues no creas que ha sido el único. El de Silla me ha pedido que si puedes ir un día a explicarle a su gente como montar lo de los grupos de coros y danzas. Pero me da en la nariz que sus intenciones son muy otras.
- Vaya, como siga asistiendo mucho a estas reuniones igual acabo encontrando novio.
- Hablando del rey de Roma, por ahí viene Adolfo.
   A Lolita ni le da tiempo de preguntar quién es el tal Adolfo, que resulta ser el jefe local de Silla, joven y bien plantado aunque comienza a echar barriga. José Vicente les presenta y, durante la breve charla que mantienen, Adolfo invita formalmente a la joven a visitar su pueblo el día que quiera para hablar a las afiliadas de la Sección Femenina sobre cómo organizar un grupo de coros y danzas. No quedan en nada concreto. Ya se llamarán.
- Reconozco que no es lo mejor hacer juicios a priori – confiesa Lolita después de que el del Silla se haya ido -. Creí que éste sería otro pesado más pero, como nobleza obliga, tengo que decir que me equivoqué. Es correcto y simpático. El pero que puede ponérsele es que, como no vigile su dieta, va a tener problemas con la báscula. Razón tenía en lo que decía antes – añade la joven risueña -: como venga más veces a estos saraos igual encuentro novio.
- No es por meterme en lo que no me importa, pero estoy absolutamente convencido de que si no tienes novio es porque no quieres. No conozco en el pueblo una sola chica que tenga tu estilo, tu talento y… tu clase – Hasta el momento la charla ha transcurrido en un clima de amable ironía, pero ahora José Vicente se ha puesto serio y se ha tenido que contener para no excederse al enumerar los encantos de la muchacha.
- ¡Cómo estás hoy de lanzado, jefe! – Lolita, en cambio, sigue con su tono irónico -. Debe de ser el efecto del próximo domingo de Pascua.
- ¡El domingo de Pascua! ¡La hice buena! No había caído hasta este momento que el uno de abril también es la Pascua. Y le prometí a Pepita ir con ella y sus amigas a comernos la mona a una de sus fincas. No sé cómo le voy a decir que no podré cumplir mi promesa.
- Se lo explicas sin más. Pepita es más lista de lo que parece y lo entenderá perfectamente. No lo dudes, jefe.
- ¿Te puedo pedir un favor? – Gimeno se ha puesto serio -. No me llames jefe. Nunca sé si lo dices en serio o me estás tomando el pelo. Me gustaría que me llamases por mi nombre o si lo prefieres por mi apellido, como quieras.
- ¿Cómo prefieres que te llame? – la joven también ha adoptado un registro más grave.
- Ya te he dicho que me da igual, de cualquier manera menos jefe, me suena como si mantuviéramos una relación jerárquica y ese no es el caso, para mí eres mi igual y en algunos aspectos hasta superior.
- ¿Cómo te llama la persona que más te quiere? – es la sorprendente pregunta de Lolita.
- ¿La persona que más me quiere? – Repite Gimeno un tanto sorprendido –. Supongo que quién más me quiere es mi madre y me ha llamado desde niño por mi nombre.
- Entonces voy a  hacer como tu madre y desde este momento ya no eres el jefe, sino José Vicente – afirma Lolita con una sonrisa complaciente.
   Gimeno se pregunta: ¿será este cambio el inicio de otros más profundos?

martes, 31 de marzo de 2015

4.4. Un proverbio escocés que da que pensar


   El noviazgo de Pepita Arnau y José Vicente Gimeno tiene más días malos que buenos. No lo confiesan, pero ambos están decepcionados. Pepita esperaba que una relación formal le depararía incontables días alegres y felices. Soñaba con fiestas, celebraciones, saraos... Confiaba que su prometido la llevara de aquí para allá mostrándola a todo el mundo, orgulloso de exhibir a su lado a una mujer de bandera como ella…, como ella cree que es. Ha resultado todo lo contrario. Tras el fracaso social de la jovencita en las tres primeras reuniones en Valencia en los que participó la pareja, Gimeno ha dejado de llevarla consigo y no salen del pueblo con lo que los sueños de brillo social de Pepita se están esfumando paulatinamente.
   El problema del joven político es otro: se aburre. La chica no tiene conversación, eso ya lo sabía desde el primer día, pero no imaginaba hasta qué extremo. Sus motivos de charla son escasos y recurrentes: las películas, los cotilleos locales, la vida de sus amigas, el desarrollo del serial radiofónico que está siguiendo y poco más. Al tedio se une que tampoco hay sexo, la jovencita se ha mostrado permisiva siempre que las caricias no sobrepasen de la cintura, pero acariciarle los pechos ya no le produce al hombre ninguna excitación. Lo que más le gustaría sería besarla apasionadamente, pero el mal aliento de boca de Pepita se ha convertido en una barrera infranqueable. Todas las noches, siguiendo la inveterada costumbre local, acude a casa de los Arnau. Hay poco más que hacer que hablar y, si no hay conversación o ésta es tan plana y tan poco interesante como la de la muchacha, el resultado no puede ser otro: el hastío. A todo ello se añade que el plan de Gimeno de culturizar a la joven por medio de Lolita se fue al traste por la cerril oposición de la niña de los Arnau, cuyas ansias culturales se limitan a aspectos como el que le está planteando:
- El domingo quiero que me lleves al cine. Me han dicho que pondrán una película de Luis Sandrini, Peluquería de señoras, que dicen que es para partirse de risa – El cine es uno de los entretenimientos más querido por Pepita.
   A José Vicente el cómico argentino le repatea, le parece una pésima versión de Cantinflas, pero asiente.
- Por supuesto, iremos. Por cierto, ¿leíste la revista que te dejé ayer? Traía artículos muy interesantes sobre la mujer – El hombre no renuncia a pulirla.
- Le eché un vistazo, pero es un tostón. No sé de dónde sacas que trae cosas interesantes. Es mucho mejor El Hogar y la Moda, que además lleva muchas fotos y no tanta letra.
- Y el libro sobre urbanidad y buenas maneras, ¿lo leíste?
- Lo ojeé por encima, pero también es un rollo patatero. No sé qué manía te ha dado con que lea cosas que son más antiguas que la trementina. No son más que bobadas que no sirven para nada. Mi madre siempre repite que una señora no tiene que hacer nada, que para eso están las criadas. Porque cuándo nos casemos tendremos criadas, ¿verdad?
- No sé si gano para tanto, ya te lo dije.
- Por el dinero no debes de preocuparte. Mi madre me tiene dicho que cuando nos casemos nos pasarán lo de los alquileres de los pisos y del almacén que tienen arrendado. Sobrará para una criada y, si es preciso, hasta para dos.
- Pepita, no es cuestión de dinero ni de criadas. Aun suponiendo que las tengamos, un ama de casa debe de saber todas las cosas que atañen al hogar, aunque las hagan las sirvientes, precisamente para poder mandarlas y si éstas no lo saben hacer enseñarles cómo se hace.
- Por eso no te preocupes, yo sé mandar muy bien.
   Y tanto, piensa Gimeno, como que en esta familia eres la capitana en jefe. Ya descubrió hace tiempo que otro de los rasgos de su novia es lo obstinada que puede llegar a ser. Decide cambiar de asunto.
- No sé si te lo había comentado, pero el próximo diecinueve de marzo, día de San José, se va a celebrar una recepción en la Jefatura Provincial y luego veremos la cremà. Nos han invitado y Germán me ha dicho que espera vernos a los dos.
- Esas reuniones son una pesadez. No conozco a nadie y me aburro como una mona.
- Eso no es del todo cierto, cariño – José Vicente no es muy proclive al uso de expresiones tiernas con su novia, parece como si le costara emplearlas -. En la anterior reunión te presenté a un montón de gente.
- Sí, y que luego maldito el caso que me hicieron. Tú estuviste hablando toda la tarde, que parecía que habías comido lengua, y yo me quedé más sola que la una. Para eso mejor que vayas tú solo.
   Tampoco insiste. Pepita parece incapaz de trabar amistad o ni siquiera mantener una conversación, aunque sea intrascendente, con cualquier persona que no conozca bien, y eso supone que nadie que no sea del pueblo concita su atención.

   Gimeno es cada vez es más consciente de que la jovencita no le va a ser de gran ayuda en su prometedora carrera política. Ya que parece que no va a poder aprovecharse de su habilidad social, tendrá que hacerlo de su dinero. Aunque hasta de esto último comienza a tener dudas, las que le suscitó Manuel Lapuerta, posiblemente sin proponérselo. Hace tiempo que Gimeno constató el gran prestigio que tiene el médico en el pueblo y, siguiendo su política de sumar amigos que puedan ayudarle en su pelea por ser el número uno, buscó la amistad del galeno por todos los medios. No le resultó fácil, Lapuerta le trataba con deferencia pero no iba más allá. Hasta que el joven político descubrió uno de los puntos flacos del aragonés: su pasión por el ajedrez. En el pueblo había contados ajedrecistas, siempre jugaban los mismos. José Vicente, que jugó de niño con su padre pero que no había vuelto a ponerse delante de un tablero desde hace años, compró un par de libros elementales sobre el juego y los estudió. En el café de El Porvenir, Lapuerta se encontró una tarde con la sorpresa de ver a Gimeno jugando al ajedrez con uno de los panaderos del pueblo.
- Hombre, José Vicente, no sabía que eras de los nuestros.
- Solo soy un mal aficionado. No estoy en condiciones de competir con vosotros. Jugaba a menudo con mi padre pero, desde que falleció, apenas si volví a tocar el tablero. Tengo que practicar.
- Se nota que estás oxidado. Esa defensa que has montado tiene muchos puntos débiles. Sobre todo el flanco de reina está muy desprotegido. En cualquier caso, sé bien venido a nuestro minúsculo club. Jugar con una cara nueva va a ser agradable. Los pocos que somos nos tenemos muy vistos.
   Así comienza una incipiente amistad entre los dos hombres que Gimeno intenta alimentar por todos los medios. Juegan al ajedrez y, sobre todo, charlan mucho. Lapuerta, que realmente apenas le había tratado, descubre que el secretario de la cooperativa es hombre con una más que notable formación, buen conversador y todo un animal político. Un día en que ambos han dialogado sobre múltiples temas, han tocado, más bien de refilón, el asunto de los matrimonios por interés. Discrepan sobre ellos: Lapuerta cree que son un dislate y Gimeno opina que pueden tener su razón de ser en determinados supuestos. No se ponen de acuerdo, como en tantas ocasiones, pero la discrepancia es uno de los alicientes de sus diálogos. El médico termina rematando el asunto con una frase que se grabará a fuego en la mente del  joven político:
- Mira, José Vicente, quizá tengas razón, pero cuando sale este tema siempre me viene a la mente un proverbio escocés: no te cases por dinero, puedes conseguirlo prestado a mucho menor interés.
   Solo es un maldito refrán más, se dice, por muy escocés que sea, pero a Gimeno le da mucho que pensar. No se engaña, es consciente de que Pepita le atrae por muchas cosas: es joven, mona, esbelta, pertenece al clan de los Arbós y… algún día heredará un montón de fincas y una saneada cuenta bancaria. En el balance que hace no aparecen palabras como amor, pasión, amistad, ternura, ni siquiera sexo. Tampoco se engaña, sabe que su noviazgo ha surgido de la cabeza, no del corazón, y en aquella sigue instalada. ¿Será suficiente para mantener una relación que puede llegar a ser definitiva?, comienza a tener un mar de dudas.

sábado, 28 de marzo de 2015

*** LOLA




   En los países católicos el viernes anterior al Domingo de Ramos es conocido como Viernes de Dolores o Viernes de Pasión y es considerado como el inicio de la Semana Santa.
   Tradicionalmente, dicho día también era el de la celebración de los Dolores de Nuestra Señora y por ello esa fecha era la onomástica de todas las mujeres cuyo nombre era María Dolores.
   En España, a las María Dolores se les suele llamar Lolas. Es, sin ninguna duda, uno de los nombres femeninos más castizo, más popular y más español.
   Desde la ópera al flamenco, del óleo a la acuarela, de la prosa al verso, el imaginario artístico hispano está lleno de Lolas. Músicos, pintores, poetas, artistas de toda laya y condición han musicalizado, pintado y poetizado mujeres que llevaban ese nombre. Por poner un ejemplo popular, el poeta gaditano José Mª Pemán escribió esta cuarteta dedicada a una racial Lola:
                                   Torbellino de colores.
                                   No hay en el mundo una flor
                                   que el viento mueva mejor
                                   que se mueve Lola Flores.

   ¿A santo de qué viene todo esto? Pues que la protagonista de La pertinaz sequía se llama precisamente María Dolores, aunque todos la conocen como Lolita que es su diminutivo familiar. Y ayer, Viernes de Dolores, celebró su santo.
   Y desvelo un secreto del personaje: en la segunda mitad de la novela, Lolita pasa a llamarse Lola y eso ocurre porque su vida da un giro copernicano.