martes, 24 de marzo de 2015

4.2. Los hijos de mis hijas nietos míos son



   El matrimonio Blanquer se queda en Valencia decididos a pelear para que su hijo no tenga que llevar al altar a la criada de los Campins a quien todo apunta que su hijo Rafael ha dejado encinta. Los Blanquer han meditado sobre cuál podría ser el medio para que su chico se libre de semejante casorio y creen que solo hay un instrumento que lo puede resolver: el dinero. Como Maruja ha creído intuir que, para un posible arreglo, el hueso duro de roer va a ser la familia para la que trabaja la joven, le da de lado y concierta una entrevista, en un café de la ciudad, con los padres de la muchacha que han venido del pueblo. Rafael y Esperanza no asisten.
- Verán ustedes. Lo primero que queremos decirles – Antonio es quien primero toma la palabra, al fin y al cabo es el cabeza de familia – es cuanto sentimos lo ocurrido. Si nuestro hijo es el causante de ello, y no decimos que no, estamos dispuestos a que cumpla como es debido. Aunque ya saben lo que se dice: los hijos de mis hijas nietos míos son, que los de mis hijos lo son o no lo son.
- ¿Qué quiere usted decir con eso? – el tono del señor Belarmino, el padre de Esperanza, suena a rabia contenida.      
- No quiere decir nada – interviene rápida Maruja antes de que se tuerza la entrevista apenas iniciada, al tiempo que le da un puntapié a su marido por debajo de la mesa -. Es solo una forma de hablar.
- También queremos que sepan – prosigue Antonio tras darse por enterado del aviso de su costilla – que si ustedes están disgustados con lo que ha pasado, no pueden figurarse cuánto lo estamos nosotros. Teníamos muchas ilusiones puestas en Rafael y ahora, por su mala cabeza, se han ido todas al traste. De tal manera estamos enfadados que ya lo hemos hablado y decidido, no le vamos a pasar ni una peseta. Si es suficiente hombre para haber hecho lo que parece, también lo será para sacar adelante a su hija y a lo que venga.
- Por lo que nos ha contado nuestra Esperancita – comenta la señora Eudosia, la madre de la joven –, su hijo tiene carrera. No tendrá muchos poblemas para salir adelante.
- Perdonen, pero eso no es cierto. Debe de ser otra de las mentiras que le ha contado nuestro chico. No tiene carrera, solo es bachiller. Comenzó a estudiar para ingeniero, pero no acabó los estudios.
- Bueno, pues bachiller. Lo que quiero decir es que es un hombre con letras y sabrá bandearse.
- No lo crean – ataja rápido Antonio -. Bachiller realmente no es un título profesional ni sirve para ningún oficio. Precisamente le estábamos pagando un curso de contabilidad para montarle algún negocio y que tuviera una forma de ganarse la vida, pero después de lo ocurrido hemos decidido no darle dinero ¡Ni un céntimo, vamos! Y por supuesto nada de ponerle ningún negocio ni cosa parecida. Que se las arregle como pueda.
- Hablando de dinero – Maruja toma la batuta porque estima que su marido se está perdiendo en demasiados circunloquios -. Hemos pensado que sería bueno para su hija y para el crío disponer de un capitalito para que pudieran salir adelante y que no les faltara de nada.
   Es oír hablar de un capitalito para que el señor Belarmino redoble su atención y eche una rápida mirada a su mujer al tiempo que hace un gesto de aprobación. Maruja que ha captado el detalle intuye que están en el buen camino. Cada una de las dos partes comienza a despojarse de sus disfraces y a mostrar sus auténticas cartas: los Blanquer están dispuestos a poner una cantidad a convenir encima de la mesa para la Esperanza y el crío, pero siempre y cuando no haya boda. Los Retuerto estiman en mucho la honra de su hija, pero si casarse supone que ella y su hijo van a pasar fatigas y estrecheces económicas, tendrían que pensarlo. Al final todo se reduce a un puro regateo. Belarmino se pone duro y la compensación para que Rafael no tenga que casarse les cuesta a los Blanquer un pico. Según calcula mentalmente Maruja la broma les supondrá tener que vender una finca y de las buenas, pero todo lo da por bien empleado. Las chismosas tendrán que guardar sus murmuraciones para mejor ocasión.

   Acabada la mili, Rafael vuelve al pueblo. Es consciente de que se ha librado de una buena y llega dispuesto a complacer a sus padres en todo cuanto le pidan, al menos de momento. Los Blanquer lo han hablado y parecen tenerlo claro. Su hijo necesita tener su tiempo ocupado y eso significa que han de buscarle un trabajo o, volviendo a su antiguo proyecto, montarle algún negocio, pero lo más urgente es encontrarle una buena novia, mejor si es de una familia conocida, antes de que el chico vuelva a hacer alguna trastada de las suyas porque está visto que no sabe tener quieto el pajarito.
   Las aventuras y trapisondas de Rafa en la mili no tardan en circular por el pueblo en forma de rumores, dimes y diretes. De alguna frase críptica que se les han escapado a las hermanas de Maruja, de algún lamento de Antonio sobre la mala cabeza de su hijo y de las historias de la puta mili de las que Rafael ha alardeado ante sus amigos, las comadres han hilado un relato que no contiene cuanto ha pasado en la realidad, pero si algunos retazos de la rocambolesca historia. Todo ello termina sabiéndose en la trastienda de la Moda de París lo que provoca que Lolita tenga otro más de los muchos berrinches que su exnovio le ha hecho sufrir. ¡Lo que hubiera dado por ser ella la madre de los hijos de Rafa y ahora, según cuentan, los tiene con una pelandusca! ¡Ojalá no sea más que un bulo, Cristo del Calvario!
                                                                           *
   En el pueblo nadie sabe a ciencia cierta cual ha podido ser la causa, pero acaece una baja tan inesperada como significativa: mosén Amancio Torcal, que durante siete años ha sido el párroco y el referente moral de la población, ha sido trasladado a otro destino. El traslado se ha efectuado con tanta discreción como celeridad de tal modo que cuando la noticia salta a la opinión pública nadie puede despedirse del sacerdote, ya se ha ido del pueblo. El suceso conmociona a los senillenses, especialmente a los parroquianos más asiduos a los oficios religiosos. A Camila, una de las feligresas más piadosas, la marcha de mosén Amancio le parece una judiada, así es como la califica cuando le cuenta a su amiga Lolita los pormenores del cese del párroco.
- ... porque es un cese, Lolita, no hay que engañarse. Lo han destituido fulminantemente y lo más triste es que nadie le ha dado ni una mala explicación de por qué. Y lo han hecho tan a la chita callando que el pobre no ha podido despedirse de nadie.
- Bueno, la Iglesia ya se sabe. De sus cosas no es partidaria de dar demasiadas explicaciones – Lolita trata de mitigar el disgusto de su amiga.
- Sí, pero no es cristiano tratar a la gente así. Con la labor desarrollada por mosén Amancio en el pueblo, el trabajo que ha llevado a cabo con los jóvenes, la inmensa tarea que tuvo que realizar para restaurar el templo parroquial al que aquellos desalmados de los rojos dejaron como un estercolero... Bueno, todo eso no le ha valido para nada.
- A los ojos de los hombres quizá no, pero a los del Señor bien se lo tendrá en cuenta.
- Mira, eso es cierto. Pero el obispo o quien haya ordenado su cese no se ha portado como un buen cristiano. Y más si es verdad lo que me ha contado nuestra común amiga Cristina.
   Camila refiere a su amiga lo que le ha contado Cristina. Al parecer el motivo real del cese de mosén Amancio tiene como causa una mera cuestión económica. Se está edificando un nuevo y grandioso seminario diocesano para sustituir el que fue incendiado por las hordas rojas, los gastos de construcción son cuantiosos y los párrocos son instados a multiplicar las cuestaciones y colectas pro-seminario. Por lo que cuentan, mosén Amancio no prestó demasiada atención a esas peticiones y Senillar estaba en los últimos lugares de la lista de donantes. Un pueblo en el que mucha gente se ha enriquecido con el estraperlo tiene potencial económico más que suficiente para ocupar un puesto digno en la relación de donaciones y no el que tiene actualmente. Mosén Amancio parece que es culpable de no haber instado lo suficiente a sus feligreses a multiplicar sus óbolos para la construcción de la nueva sede de los aspirantes al sacerdocio, por eso ha sido mandado a un nuevo destino: capellán del hospital para enfermos del pulmón que hay en la Sierra Espadán, un lugar tan idílico como aislado.

viernes, 20 de marzo de 2015

Capítulo IV. No te cases por dinero 4.1. ¿Seguro qué la criatura es suya?


                                                                                                                               
   A Rafael Blanquer le extraña el servicio que la sección de mensajería de Capitanía General de Valencia le ha ordenado: que vaya a entregar un sobre a casa de unos señores llamados Campins. Aunque en el ejército lo mejor es siempre decir a sus órdenes y no meterse en líos, se ha quejado, sin levantar excesivamente la voz, de que no es un ordenanza ni un motorista que son los que realizan esos servicios, pero el sargento le ha lanzado una mirada de soslayo que ha sido suficiente para cerrarle la boca. La dirección del sobre le suena, pero no recuerda de qué. Cuando llega al portal de la finca tiene un mal presagio: acaba de reconocer la casa, allí es donde vive la chacha que quiso endosarle su preñez aduciendo que era el causante. Le abre la puerta una señora que, con gesto adusto, le invita a pasar a un saloncito. Hay dos hombres: a uno no le conoce, pero al otro sí pese a que viste de paisano, es el comandante Suances con fama de meapilas y de ser más estricto que un cabo de la Benemérita.
- A sus órdenes, mi comandante. Me han ordenado entregarle este sobre.
   Suances, que sigue teniendo la misma cara de palo que cuando viste de uniforme, coge el sobre y sin decir palabra lo abre. Hay una cuartilla en la que únicamente hay escrito un nombre: el que Rafael dio a la muchacha que le acusa de embarazarla.
   Rafael, aunque en principio negó todo lo negable pese a las persistentes presiones del señor Campins, comenzó a preocuparse cuando Suances dejó caer, con su habitual tono cortante, que el ejército no iba a tolerar que alguien que usa su uniforme fuera por ahí mancillando la honra de inocentes jovencitas y que para eso estaba el código militar de justicia. Las últimas y precarias defensas del joven se vinieron estrepitosamente al suelo cuando intervinieron sus padres.
   Los señores de Campins, que por medio de Suances obtuvieron la dirección de los Blanquer, escribieron una carta a los progenitores de Rafael contándoles lo sucedido. Los padres se plantaron inmediatamente en Valencia. Su hijo seguía resistiéndose a cargar c0on el desaguisado y continuaba jurando y perjurando que él no había sido. Su madre quería creerle, deseaba con toda su alma que fuera verdad lo que su hijo afirmaba, pero conociéndole era un mar de dudas.

   Maruja, siempre proclive a coger el toro por los cuernos, acepta la invitación de la señora Campins para visitarle y conocer la versión de la muchacha a la que, según afirma, Rafael ha deshonrado.
- Siéntese, por favor, señora Maruja.
- Muchas gracias, doña Visitación, muy amable.
- Si no tiene prisa, primero vamos a tomar café con unas pastas – toca una campanita y, como si estuviera esperando su repique, aparece una joven, vestida de calle, portando una bandeja con un juego de café.
- Le presento a Esperanza Retuerto, es… la novia de Rafael.
   La chica, que da la impresión de haber sido debidamente aleccionada, le pone su mejor semblante.
- Mucho gusto, doña Maruja. ¿Quiere el café solo o con leche?
   A Maruja, que es la primera vez que le dan el tratamiento de doña, comienza a parecerle que la muchacha no es tan palurda como su hijo la ha pintado. La charla entre las tres mujeres discurre con falsa naturalidad y en la que la señora Campins lleva la voz cantante. Maruja, con la astucia de que siempre hace gala, tira de la lengua a la chica con la encubierta esperanza de cogerla en un renuncio que confirme la versión que le ha dado su hijo. Lamentablemente, tiene que rendirse a la evidencia: todas las explicaciones que da la muchacha apuntan a que es más que probable que Rafael sea el padre de la criatura, pues sí parece que ha conocido a la joven en su sentido más bíblico. La señora Visitación sale fiadora de la honestidad de Esperanza y asegura que es hija de una familia pobre pero honrada, y que los padres serán incapaces de soportar la vergüenza de que una hija suya vaya a ser madre sin que su niño tenga un padre que le dé su apellido. Además, pone a Rafael a escurrir por haberle planteado a la muchacha que abortara. Eso solo se le ocurre a un desalmado. Tras la amplia conversación, Maruja queda convencida de que el tarambana de su hijo la ha hecho abuela. ¡Y tendrá que casarse! La sola idea le pone el vello de punta. Adiós a todos los proyectos e ilusiones que tenía puestos en una gran boda para su chico. Se ha visto mil veces de madrina, vestida como una señorona y luciendo una antigua y hermosa mantilla que heredó de su madre, entrando a la iglesia del brazo de su hijo. El sueño se acaba de hacer añicos. Si hay boda tendrá que ser de tapadillo. Ya está imaginando las murmuraciones de las comadres el pueblo burlándose de ellos por la mujer que van a meter en la familia. No puede ser. Tiene que haber alguna solución. Se despide de doña Visitación y Esperanza asegurándoles que su chico cumplirá, pero cuando llega a la pensión, donde le espera su marido, se derrumba.
- Esta vez nuestro hijo metió la pata hasta el corvejón. Y todo por no poder mantener la bragueta cerrada. ¡Madre del Amor Hermoso, qué cruz!
- ¿Seguro qué la criatura es suya? – Antonio se aferra a una última duda. También tenía grandes esperanzas en que su chico hiciese una buena boda.
- Él lo niega, pero por lo que me contó la muchacha me parece que vamos a tener un nieto.
- ¡Pues ha hecho un pan como unas hostias!
- Dímelo a mí. Con la de ilusiones que tenía puestas en nuestro hijo. Ahora vamos a ser el centro de todos los cotilleos y maledicencias. Ya puedes imaginarte cómo se van a alegrar más de cuatro. Eso es lo que más me jo… roba.
- ¿Y tienen forzosamente qué casarse?
- Qué cosas preguntas, Antonio. Lo sabes igual que yo, forzosamente no, pero el crío ha de tener un apellido y nuestro hijo tendrá que darle el suyo. ¿Qué pensarían de nosotros la pobre muchacha, su familia y los señores a los que sirve? Todo eso sin pensar en que, según ha dejado caer la señora Campins, pueda intervenir de algún modo el ejército.
- Maruja, es increíble lo lista que eres para unas cosas y lo torpe para otras. En primer lugar dudo mucho de que el ejército intervenga en un asunto que es estrictamente privado. Y en lo tocante al casorio es una cuestión que no está cerrada. En el ferrocarril decimos que cualquier problema siempre tiene, al menos, tres soluciones: la que debería de aplicarse, la que puede aplicarse y la que se aplica. Pues en este asunto, lo mismo. Una cosa es lo que nuestro hijo debería hacer, otra lo que puede y una tercera lo que haga en realidad.

   El argumento de su marido planta la semilla de la esperanza en la fértil mente de Maruja. Igual no está todo perdido y pueda existir alguna clase de componenda que lleve a que su hijo cumpla, pero sin cargar para toda su vida con una muchacha que no le llega ni a la suela del zapato, y que vete a saber qué clase de esposa y madre será. Tras pensarlo mucho llega a la conclusión de que lo único que puede salvar a Rafael de un matrimonio no deseado es el dinero. Maruja es de las que cree que todo el mundo tiene un precio. El problema será encontrar el de Esperanza y de su familia y saber convencerles de que será mejor ser madre soltera con el riñón forrado, que no estar casada pero sin blanca. Porque ya ha perfilado el argumento central de su propuesta: va a intentar convencer a la muchacha y a sus padres de que están tan disgustados con el proceder de su hijo que no le van a pasar ni un duro, cuando se case que se las apañe como pueda; en cambio sí que estarían dispuestos a dar una generosa manda para que la muchacha pudiese criar a su hijo como si fuera de buena familia y que le diese una educación para que el día de mañana pudiera ser alguien. A medida que en su cabeza va dándole forma al plan, se le ocurren nuevos argumentos que refuerzan su creciente esperanza de que pueda funcionar. Va a ponerlo en práctica porque la otra opción, la de casarse, cada hora que pasa la ve más funesta.

martes, 17 de marzo de 2015

3.14. Sois la leche: ¡poner perdices estando en veda!

    El día de la inauguración del grupo escolar, Gimeno hace de introductor y va presentando al Gobernador las distintas personalidades locales. El alcalde se ha tenido que tragar el sapo de que, siendo él la primera autoridad del pueblo, sea el jefe local quien lleve la batuta del acto.
   La comitiva, seguida por gran número de vecinos, se dirige a las nuevas escuelas ubicadas en la calle Sichar. Han montado una especie de rústica carpa en el patio del colegio, al fondo de la cual hay una improvisada tarima, con una larga mesa, desde la que las autoridades presidirán el acto. La han guarnecido con unos faldones laterales y a falta de reposteros hay unos cobertores y los cuadros de Franco y José Antonio escoltando el crucifijo del centro. A ambos lados del fondo del escenario hay dos niños enarbolando la bandera nacional y la de Falange. En la parte delantera de la carpa se han colocado varias hileras de sillas de tijera que rápidamente han sido ocupadas por los primeros en llegar, el resto de asistentes ha de quedarse de pie y son muchos los que ni siquiera consiguen acceder al entoldado, en un lateral del cual han puesto unos bancos corridos en los que se sienta una representación de los alumnos del centro docente que ahora se inaugura.

   En el acto solo intervienen dos oradores: el jefe local y el provincial. Gimeno, que lleva el uniforme falangista reglamentario y que estrena este día, se pone de pie, se cuadra ante el Gobernador, y pide su venia:
- Con tu permiso, camarada.
   Se acerca al micrófono y le da unos golpecitos que resuenan como disparos, se aclara la voz y empieza un discurso que ha preparado y ensayado minuciosamente:
- Excelentísimo señor Gobernador Civil y Jefe Provincial del Movimiento, reverendo señor cura párroco, dignísimas autoridades provinciales y locales – se ha cuidado muy mucho de no citar explícitamente al alcalde -, señoras y señores, queridos niños: hoy es una fecha que las generaciones futuras tendrán que marcar con piedra blanca en los anales de la historia local. Hoy es uno de esos días que simbolizan un hito imperecedero en el devenir de una comunidad. Hoy es un momento histórico para todos los presentes y, sobre todo, para vosotros, queridos alumnos, porque inauguramos oficialmente un templo del saber que, por primera vez en la vida del pueblo, estará a la altura de lo que demandan los tiempos modernos. Ahí lo tenéis, alumnos de Senillar, un grupo escolar construido con los mejores materiales y que desafiará el paso de los años, un centro educativo equipado con los más modernos instrumentos didácticos, unas aulas amplias, luminosas, soleadas… donde unos entregados profesores os enseñarán que sois unos seres trascendentes, que sois portadores de valores eternos, que sois el relevo de unas generaciones que han tenido que luchar duramente para que podáis gozar de una paz que, gracias a la entrega y la omnisciencia del Caudillo, disfruta nuestra Patria…
   El joven político sigue y sigue con su farragosa y grandilocuente oratoria que si bien fatiga a algunos embelesa a los más ¡Hay que ver el secretario de San Isidro lo bien que habla, es un pico de oro!
- … os tengo que confesar que el día en que fui a presentar los planos de las nuevas escuelas a nuestro jefe provincial, para que los conociera, estaba tan nervioso que me dolía el estómago. No podía imaginarme, camarada, – y todo esto lo está diciendo mirando al Gobernador – que saldría de tu despacho confortado e ilusionado porque… – y vuelve a dirigirse al auditorio –, tengo el honor de proclamarlo en público, este magnífico edificio, que hoy inauguramos, recibió el impulso decisivo gracias a la directa intervención del excelentísimo señor don Francisco Javier Municio, que hoy nos honra con su presencia. Sin su generosa ayuda, sin su aliento constante, sin su apoyo irreductible esta obra hubiera tardado mucho más en llevarse a cabo. Porque no creáis que su gestación ha sido fácil, todo lo contrario. Este centro del saber ha tenido enemigos, quizá no por mala voluntad, posiblemente más bien por ignorancia. En cambio, nuestro jefe y guía desde el primer momento me dijo: camarada, adelante, una obra que sirve a la juventud debe de ser lo primero que hay que acometer porque solo recogen cosechas los pueblos que saben sembrar…
   Un atronador aplauso se funde con la pausa del orador. La metáfora de la cosecha y de la siembra la han entendido todos y evidentemente les ha gustado. Mientras, el Gobernador se está preguntando: ¿y cuándo le dije todo eso?
- …y este grupo escolar, que hoy inauguramos, va a llevar un nombre ilustre, el del más recordado de nuestros camaradas, el del más llorado de nuestros caídos, se va a llamar José Antonio. Estuvimos dudando si poner el patronímico completo de El Ausente, pero al final creímos que era suficiente con su mero nombre. Mis queridos pequeños, entrar todas las mañanas en un templo del saber con el nombre de José Antonio servirá para que, recordando sus palabras,…
   Una cálida ovación cierra la intervención de Gimeno, quién después de agradecer las muestras de apoyo, cede la palabra al preboste provincial. El Gobernador hace un discurso escueto. Da las gracias a las autoridades locales por su tesón para llevar adelante la construcción de las nuevas escuelas, agradece a los vecinos su apoyo y su asistencia al acto, les dice a los niños que han de aprovechar las oportunidades que les va a brindar el flamante colegio, recuerda a todos que la educación de las jóvenes generaciones es una de las más queridas preocupaciones del Generalísimo y cierra la intervención con su felicitación y aliento para el jefe local del Movimiento a quien augura un brillante futuro.
- … y con estas palabras, doy por inaugurado el Grupo Escolar José Antonio de Senillar. Muchas gracias.

   Termina el acto con todos los presentes puestos en pie, el brazo extendido haciendo el saludo romano y cantando el Cara al sol, al final del cual el Gobernador da los gritos de rigor coreados por los asistentes:
- ¡España!
- ¡Una!
- ¡España!
- ¡Grande!
- ¡España!
- ¡Libre!
- ¡Arriba España!
- ¡Arriba!
- ¡Viva Franco!
- ¡Viva!

   Acabado el acto el Gobernador pretende marcharse, pero su secretario, en rápido conciliábulo, le informa que las autoridades locales han preparado una cena en su honor y que esperan que se quede, lo contrario se lo tomarían como un desaire. El jerarca hace un mohín y asiente, un día más va a llegar al Gobierno Civil a las tantas, pero que se le va a hacer, son gajes del cargo. Lo que ha sido calificado como un tentempié es un ágape en toda regla en el que el plato fuerte son unas perdices trufadas que huelen que alimentan. Parece que el Gobernador está un tanto inapetente porque cuando sirven las gallináceas se limita a pinchar algo de la guarnición, pero no prueba las aves, por mucho que Gimeno, que está sentado a su lado, le insiste en lo ricas que están y que son de toda confianza porque las cazaron el día anterior.
   Mientras el poncio se despide de las autoridades municipales, Germán, su secretario particular, le echa un chorreo del carajo a su camarada Gimeno:
- Pero, José Vicente, ¿a qué lumbrera se le ha ocurrido poner perdices en el menú?
- Tú mismo me comentaste una vez que al jefe le gustaban mucho, por eso las hemos puesto, y ¡anda qué no costó cazarlas, con las pocas que ahora hay! 
- ¡Los de pueblo sois la releche! Poner perdices, acabadas de cazar, al Gobernador estando en plena veda. ¡Os habéis lucido!