viernes, 20 de marzo de 2015

Capítulo IV. No te cases por dinero 4.1. ¿Seguro qué la criatura es suya?


                                                                                                                               
   A Rafael Blanquer le extraña el servicio que la sección de mensajería de Capitanía General de Valencia le ha ordenado: que vaya a entregar un sobre a casa de unos señores llamados Campins. Aunque en el ejército lo mejor es siempre decir a sus órdenes y no meterse en líos, se ha quejado, sin levantar excesivamente la voz, de que no es un ordenanza ni un motorista que son los que realizan esos servicios, pero el sargento le ha lanzado una mirada de soslayo que ha sido suficiente para cerrarle la boca. La dirección del sobre le suena, pero no recuerda de qué. Cuando llega al portal de la finca tiene un mal presagio: acaba de reconocer la casa, allí es donde vive la chacha que quiso endosarle su preñez aduciendo que era el causante. Le abre la puerta una señora que, con gesto adusto, le invita a pasar a un saloncito. Hay dos hombres: a uno no le conoce, pero al otro sí pese a que viste de paisano, es el comandante Suances con fama de meapilas y de ser más estricto que un cabo de la Benemérita.
- A sus órdenes, mi comandante. Me han ordenado entregarle este sobre.
   Suances, que sigue teniendo la misma cara de palo que cuando viste de uniforme, coge el sobre y sin decir palabra lo abre. Hay una cuartilla en la que únicamente hay escrito un nombre: el que Rafael dio a la muchacha que le acusa de embarazarla.
   Rafael, aunque en principio negó todo lo negable pese a las persistentes presiones del señor Campins, comenzó a preocuparse cuando Suances dejó caer, con su habitual tono cortante, que el ejército no iba a tolerar que alguien que usa su uniforme fuera por ahí mancillando la honra de inocentes jovencitas y que para eso estaba el código militar de justicia. Las últimas y precarias defensas del joven se vinieron estrepitosamente al suelo cuando intervinieron sus padres.
   Los señores de Campins, que por medio de Suances obtuvieron la dirección de los Blanquer, escribieron una carta a los progenitores de Rafael contándoles lo sucedido. Los padres se plantaron inmediatamente en Valencia. Su hijo seguía resistiéndose a cargar c0on el desaguisado y continuaba jurando y perjurando que él no había sido. Su madre quería creerle, deseaba con toda su alma que fuera verdad lo que su hijo afirmaba, pero conociéndole era un mar de dudas.

   Maruja, siempre proclive a coger el toro por los cuernos, acepta la invitación de la señora Campins para visitarle y conocer la versión de la muchacha a la que, según afirma, Rafael ha deshonrado.
- Siéntese, por favor, señora Maruja.
- Muchas gracias, doña Visitación, muy amable.
- Si no tiene prisa, primero vamos a tomar café con unas pastas – toca una campanita y, como si estuviera esperando su repique, aparece una joven, vestida de calle, portando una bandeja con un juego de café.
- Le presento a Esperanza Retuerto, es… la novia de Rafael.
   La chica, que da la impresión de haber sido debidamente aleccionada, le pone su mejor semblante.
- Mucho gusto, doña Maruja. ¿Quiere el café solo o con leche?
   A Maruja, que es la primera vez que le dan el tratamiento de doña, comienza a parecerle que la muchacha no es tan palurda como su hijo la ha pintado. La charla entre las tres mujeres discurre con falsa naturalidad y en la que la señora Campins lleva la voz cantante. Maruja, con la astucia de que siempre hace gala, tira de la lengua a la chica con la encubierta esperanza de cogerla en un renuncio que confirme la versión que le ha dado su hijo. Lamentablemente, tiene que rendirse a la evidencia: todas las explicaciones que da la muchacha apuntan a que es más que probable que Rafael sea el padre de la criatura, pues sí parece que ha conocido a la joven en su sentido más bíblico. La señora Visitación sale fiadora de la honestidad de Esperanza y asegura que es hija de una familia pobre pero honrada, y que los padres serán incapaces de soportar la vergüenza de que una hija suya vaya a ser madre sin que su niño tenga un padre que le dé su apellido. Además, pone a Rafael a escurrir por haberle planteado a la muchacha que abortara. Eso solo se le ocurre a un desalmado. Tras la amplia conversación, Maruja queda convencida de que el tarambana de su hijo la ha hecho abuela. ¡Y tendrá que casarse! La sola idea le pone el vello de punta. Adiós a todos los proyectos e ilusiones que tenía puestos en una gran boda para su chico. Se ha visto mil veces de madrina, vestida como una señorona y luciendo una antigua y hermosa mantilla que heredó de su madre, entrando a la iglesia del brazo de su hijo. El sueño se acaba de hacer añicos. Si hay boda tendrá que ser de tapadillo. Ya está imaginando las murmuraciones de las comadres el pueblo burlándose de ellos por la mujer que van a meter en la familia. No puede ser. Tiene que haber alguna solución. Se despide de doña Visitación y Esperanza asegurándoles que su chico cumplirá, pero cuando llega a la pensión, donde le espera su marido, se derrumba.
- Esta vez nuestro hijo metió la pata hasta el corvejón. Y todo por no poder mantener la bragueta cerrada. ¡Madre del Amor Hermoso, qué cruz!
- ¿Seguro qué la criatura es suya? – Antonio se aferra a una última duda. También tenía grandes esperanzas en que su chico hiciese una buena boda.
- Él lo niega, pero por lo que me contó la muchacha me parece que vamos a tener un nieto.
- ¡Pues ha hecho un pan como unas hostias!
- Dímelo a mí. Con la de ilusiones que tenía puestas en nuestro hijo. Ahora vamos a ser el centro de todos los cotilleos y maledicencias. Ya puedes imaginarte cómo se van a alegrar más de cuatro. Eso es lo que más me jo… roba.
- ¿Y tienen forzosamente qué casarse?
- Qué cosas preguntas, Antonio. Lo sabes igual que yo, forzosamente no, pero el crío ha de tener un apellido y nuestro hijo tendrá que darle el suyo. ¿Qué pensarían de nosotros la pobre muchacha, su familia y los señores a los que sirve? Todo eso sin pensar en que, según ha dejado caer la señora Campins, pueda intervenir de algún modo el ejército.
- Maruja, es increíble lo lista que eres para unas cosas y lo torpe para otras. En primer lugar dudo mucho de que el ejército intervenga en un asunto que es estrictamente privado. Y en lo tocante al casorio es una cuestión que no está cerrada. En el ferrocarril decimos que cualquier problema siempre tiene, al menos, tres soluciones: la que debería de aplicarse, la que puede aplicarse y la que se aplica. Pues en este asunto, lo mismo. Una cosa es lo que nuestro hijo debería hacer, otra lo que puede y una tercera lo que haga en realidad.

   El argumento de su marido planta la semilla de la esperanza en la fértil mente de Maruja. Igual no está todo perdido y pueda existir alguna clase de componenda que lleve a que su hijo cumpla, pero sin cargar para toda su vida con una muchacha que no le llega ni a la suela del zapato, y que vete a saber qué clase de esposa y madre será. Tras pensarlo mucho llega a la conclusión de que lo único que puede salvar a Rafael de un matrimonio no deseado es el dinero. Maruja es de las que cree que todo el mundo tiene un precio. El problema será encontrar el de Esperanza y de su familia y saber convencerles de que será mejor ser madre soltera con el riñón forrado, que no estar casada pero sin blanca. Porque ya ha perfilado el argumento central de su propuesta: va a intentar convencer a la muchacha y a sus padres de que están tan disgustados con el proceder de su hijo que no le van a pasar ni un duro, cuando se case que se las apañe como pueda; en cambio sí que estarían dispuestos a dar una generosa manda para que la muchacha pudiese criar a su hijo como si fuera de buena familia y que le diese una educación para que el día de mañana pudiera ser alguien. A medida que en su cabeza va dándole forma al plan, se le ocurren nuevos argumentos que refuerzan su creciente esperanza de que pueda funcionar. Va a ponerlo en práctica porque la otra opción, la de casarse, cada hora que pasa la ve más funesta.

martes, 17 de marzo de 2015

3.14. Sois la leche: ¡poner perdices estando en veda!

    El día de la inauguración del grupo escolar, Gimeno hace de introductor y va presentando al Gobernador las distintas personalidades locales. El alcalde se ha tenido que tragar el sapo de que, siendo él la primera autoridad del pueblo, sea el jefe local quien lleve la batuta del acto.
   La comitiva, seguida por gran número de vecinos, se dirige a las nuevas escuelas ubicadas en la calle Sichar. Han montado una especie de rústica carpa en el patio del colegio, al fondo de la cual hay una improvisada tarima, con una larga mesa, desde la que las autoridades presidirán el acto. La han guarnecido con unos faldones laterales y a falta de reposteros hay unos cobertores y los cuadros de Franco y José Antonio escoltando el crucifijo del centro. A ambos lados del fondo del escenario hay dos niños enarbolando la bandera nacional y la de Falange. En la parte delantera de la carpa se han colocado varias hileras de sillas de tijera que rápidamente han sido ocupadas por los primeros en llegar, el resto de asistentes ha de quedarse de pie y son muchos los que ni siquiera consiguen acceder al entoldado, en un lateral del cual han puesto unos bancos corridos en los que se sienta una representación de los alumnos del centro docente que ahora se inaugura.

   En el acto solo intervienen dos oradores: el jefe local y el provincial. Gimeno, que lleva el uniforme falangista reglamentario y que estrena este día, se pone de pie, se cuadra ante el Gobernador, y pide su venia:
- Con tu permiso, camarada.
   Se acerca al micrófono y le da unos golpecitos que resuenan como disparos, se aclara la voz y empieza un discurso que ha preparado y ensayado minuciosamente:
- Excelentísimo señor Gobernador Civil y Jefe Provincial del Movimiento, reverendo señor cura párroco, dignísimas autoridades provinciales y locales – se ha cuidado muy mucho de no citar explícitamente al alcalde -, señoras y señores, queridos niños: hoy es una fecha que las generaciones futuras tendrán que marcar con piedra blanca en los anales de la historia local. Hoy es uno de esos días que simbolizan un hito imperecedero en el devenir de una comunidad. Hoy es un momento histórico para todos los presentes y, sobre todo, para vosotros, queridos alumnos, porque inauguramos oficialmente un templo del saber que, por primera vez en la vida del pueblo, estará a la altura de lo que demandan los tiempos modernos. Ahí lo tenéis, alumnos de Senillar, un grupo escolar construido con los mejores materiales y que desafiará el paso de los años, un centro educativo equipado con los más modernos instrumentos didácticos, unas aulas amplias, luminosas, soleadas… donde unos entregados profesores os enseñarán que sois unos seres trascendentes, que sois portadores de valores eternos, que sois el relevo de unas generaciones que han tenido que luchar duramente para que podáis gozar de una paz que, gracias a la entrega y la omnisciencia del Caudillo, disfruta nuestra Patria…
   El joven político sigue y sigue con su farragosa y grandilocuente oratoria que si bien fatiga a algunos embelesa a los más ¡Hay que ver el secretario de San Isidro lo bien que habla, es un pico de oro!
- … os tengo que confesar que el día en que fui a presentar los planos de las nuevas escuelas a nuestro jefe provincial, para que los conociera, estaba tan nervioso que me dolía el estómago. No podía imaginarme, camarada, – y todo esto lo está diciendo mirando al Gobernador – que saldría de tu despacho confortado e ilusionado porque… – y vuelve a dirigirse al auditorio –, tengo el honor de proclamarlo en público, este magnífico edificio, que hoy inauguramos, recibió el impulso decisivo gracias a la directa intervención del excelentísimo señor don Francisco Javier Municio, que hoy nos honra con su presencia. Sin su generosa ayuda, sin su aliento constante, sin su apoyo irreductible esta obra hubiera tardado mucho más en llevarse a cabo. Porque no creáis que su gestación ha sido fácil, todo lo contrario. Este centro del saber ha tenido enemigos, quizá no por mala voluntad, posiblemente más bien por ignorancia. En cambio, nuestro jefe y guía desde el primer momento me dijo: camarada, adelante, una obra que sirve a la juventud debe de ser lo primero que hay que acometer porque solo recogen cosechas los pueblos que saben sembrar…
   Un atronador aplauso se funde con la pausa del orador. La metáfora de la cosecha y de la siembra la han entendido todos y evidentemente les ha gustado. Mientras, el Gobernador se está preguntando: ¿y cuándo le dije todo eso?
- …y este grupo escolar, que hoy inauguramos, va a llevar un nombre ilustre, el del más recordado de nuestros camaradas, el del más llorado de nuestros caídos, se va a llamar José Antonio. Estuvimos dudando si poner el patronímico completo de El Ausente, pero al final creímos que era suficiente con su mero nombre. Mis queridos pequeños, entrar todas las mañanas en un templo del saber con el nombre de José Antonio servirá para que, recordando sus palabras,…
   Una cálida ovación cierra la intervención de Gimeno, quién después de agradecer las muestras de apoyo, cede la palabra al preboste provincial. El Gobernador hace un discurso escueto. Da las gracias a las autoridades locales por su tesón para llevar adelante la construcción de las nuevas escuelas, agradece a los vecinos su apoyo y su asistencia al acto, les dice a los niños que han de aprovechar las oportunidades que les va a brindar el flamante colegio, recuerda a todos que la educación de las jóvenes generaciones es una de las más queridas preocupaciones del Generalísimo y cierra la intervención con su felicitación y aliento para el jefe local del Movimiento a quien augura un brillante futuro.
- … y con estas palabras, doy por inaugurado el Grupo Escolar José Antonio de Senillar. Muchas gracias.

   Termina el acto con todos los presentes puestos en pie, el brazo extendido haciendo el saludo romano y cantando el Cara al sol, al final del cual el Gobernador da los gritos de rigor coreados por los asistentes:
- ¡España!
- ¡Una!
- ¡España!
- ¡Grande!
- ¡España!
- ¡Libre!
- ¡Arriba España!
- ¡Arriba!
- ¡Viva Franco!
- ¡Viva!

   Acabado el acto el Gobernador pretende marcharse, pero su secretario, en rápido conciliábulo, le informa que las autoridades locales han preparado una cena en su honor y que esperan que se quede, lo contrario se lo tomarían como un desaire. El jerarca hace un mohín y asiente, un día más va a llegar al Gobierno Civil a las tantas, pero que se le va a hacer, son gajes del cargo. Lo que ha sido calificado como un tentempié es un ágape en toda regla en el que el plato fuerte son unas perdices trufadas que huelen que alimentan. Parece que el Gobernador está un tanto inapetente porque cuando sirven las gallináceas se limita a pinchar algo de la guarnición, pero no prueba las aves, por mucho que Gimeno, que está sentado a su lado, le insiste en lo ricas que están y que son de toda confianza porque las cazaron el día anterior.
   Mientras el poncio se despide de las autoridades municipales, Germán, su secretario particular, le echa un chorreo del carajo a su camarada Gimeno:
- Pero, José Vicente, ¿a qué lumbrera se le ha ocurrido poner perdices en el menú?
- Tú mismo me comentaste una vez que al jefe le gustaban mucho, por eso las hemos puesto, y ¡anda qué no costó cazarlas, con las pocas que ahora hay! 
- ¡Los de pueblo sois la releche! Poner perdices, acabadas de cazar, al Gobernador estando en plena veda. ¡Os habéis lucido!

viernes, 13 de marzo de 2015

3.13. Con pólvora del rey saldrá más caro



   La comisión de tenderos que ha ido a protestar al alcalde por la demora, según su opinión, de las obras de pavimentación de las calles se las está teniendo muy tiesas con Paco Vives.
- ¿Qué de qué nos quejamos? De que la obra está resultando muy cara y que a todos nos va a costar muchos duros por la cantidad de ventas que estamos perdiendo – interviene irascible uno de los comisionados, Pablo Bou, que tiene fama de hablar primero y pensar después.
- Eso es lo que os duele, el bolsillo. Os recuerdo que hemos hecho varias gestiones para que las obras las pagaran las autoridades provinciales, pero no lo hemos conseguido. Ese reproche lo admito. Pero ¿sabéis qué me dijo el vicepresidente de la Diputación? Si quieres tener un traje nuevo, no esperes que te lo pague el vecino, o lo apoquinas tú o seguirás con el viejo. Yo me apliqué la moraleja del cuento, si queremos tener calles nuevas no va a venir nadie de fuera a financiarlas, las tendremos que pagar nosotros. Y tal como se ha hecho el prorrateo del gasto, a pagar en tres anualidades, lo cierto es que cada vecino va a tener una derrama anual de unos cientos de pesetas. Poca cosa realmente.
- Unos cientos de pesetas serán poca cosa para los que tenéis el bolsillo repleto, pero para la mayoría de nosotros es una cifra más que respetable.
   Vives mira inquisitiva y retadoramente a sus convecinos, los conoce a todos y sabe perfectamente que ninguno de ellos está entre los pobres de solemnidad del pueblo.
- Voy a hacer una cosa – el alcalde se está cabreando y cuando eso ocurre suele ponerse chulo -. Si alguno de vosotros no puede pagar la derrama que se pasará dentro de unos días al cobro que lo diga y gustosamente se la abonaré de mi bolsillo.
   Los comisionados callan. La mayoría no levanta la vista del suelo. A más de uno se le ve avergonzado. Bou, inasequible al desaliento, vuelve a la carga con nuevos argumentos:
- Me gustaría saber para qué cojones te has metido en este follón. ¿Acaso no estaban bien las calles?, ¿qué más da que sean de tierra o de asfalto? Si nos ponemos a cambiar cosas en el pueblo puede ser la locura. Y más si los cambios tienen que salir de nuestros bolsillos. Porque, claro, cambiar se puede cambiar todo. Primero fue el agua corriente. Nuestras madres y mujeres, hasta hace cuatro días, fueron a las fuentes públicas a por agua. Se podía haber seguido así siempre. Y esa obra la pagó el gobierno. Ahora las calles. ¿Y mañana que será? ¿Construir un dispensario, ampliar la carretera de la mar, poner un nuevo alumbrado? Se pueden hacer muchos cambios, pero ¿con qué dinero? Con el mío, desde luego, no.
- Tranquilo, Pablo. Si ahora no lo pagamos a escote, podemos pedir un crédito al banco que, eso sí, acabará repercutiendo en nuestros bolsillos. Solo que si lo hacemos con pólvora del rey la obra nos saldrá más cara. Y por ese motivo no estoy dispuesto a transigir.

    Gimeno siente curiosidad en saber por qué Lolita no ha querido participar en la comisión de tenderos que han ido a protestarle al alcalde por el presunto retraso de las obras de pavimentación. Su respuesta es contundente:
- ¿Qué por qué no he querido formar parte de los de la comisión? Elemental, jefe, porque me parece una obra necesaria y oportuna. Ya está bien que cuando llueva las calles se vuelvan intransitables pues no todas tienen aceras. La pavimentación tendría que haberse hecho hace un montón de años, pero los alcaldes que hemos tenido hasta la fecha no es que hayan mostrado demasiada iniciativa. Vives si la ha tenido y hay que felicitarle por ello.
- Estoy de acuerdo contigo en parte. En lo que no lo estoy es que esas obras la tengan que pagar los vecinos, la inversión tendría que correr a cuenta del Ayuntamiento.
- Sabes mejor que yo que el municipio no tiene un duro. Y por lo que me cuentan, las autoridades provinciales no han podido o no han querido, eso no lo sé, afrontar los costes de las obras. Por consiguiente, si queremos calles como Dios manda nos tendremos que rascar el bolsillo. Y tú, ¿por qué discrepas de esas obras?, ¿por qué te parecen mal o, simplemente, porque ha sido una iniciativa de Vives? – inquiere Lolita con mala idea.
   Gimeno trata de defenderse:
- Te equivocas. Las obras no me parecen mal. En lo que si discrepo es, como he dicho, que esos trabajos corran a cuenta de los vecinos. Y eso tiene un claro culpable: el acalde. Si Vives hubiese sido más hábil y manejado mejor la mano izquierda a buen seguro que habría sido capaz de conseguir que toda la reforma la hubiera sufragado bien la Diputación Provincial, bien la delegación provincial del Ministerio de Obras Públicas. Al menos, si no toda la obra, una parte de ella.
- ¿Acaso tú lo hubieses conseguido? – pregunta Lolita en tono de chanza.
- No lo dudes – es la concisa y tajante respuesta de José Vicente.

   Realmente, Gimeno está que trina por el gol que le ha metido Vives llevando adelante el proyecto de la mejora viaria, pero guarda un as en la manga: se trata de la construcción de las nuevas escuelas, que ha sido una iniciativa suya desde el primer momento, y cuyas obras ya han finalizado. Estaba previsto que el dieciocho de julio se inaugurase el flamante grupo escolar, con asistencia de las primeras autoridades provinciales. Gimeno se lleva un pequeño disgusto cuando desde la Jefatura Provincial le indican que la inauguración no será posible realizarla el dieciocho porque en esa fecha, en la que se celebra el inicio de la guerra civil, la que el Régimen llama la Cruzada, el Jefe Provincial del Movimiento ha de atender otros compromisos. La han tenido que trasladar a la segunda quincena de octubre. Una lástima, porque el dieciocho es fiesta y la asistencia de público hubiese sido más nutrida, pero qué se le va a hacer.
   El grupo escolar es un moderno edificio de dos plantas que consta de diez aulas, servicios y otras salas para diversos usos. Lo rodea un patio de recreo cerrado por una valla. Las clases son espaciosas y dotadas de amplios ventanales por donde se cuela el sol gran parte de la jornada. En conjunto el centro docente es un edificio amplio, luminoso y funcional. Tiene capacidad para escolarizar a todos los niños del pueblo, suponiendo que todos los padres estén dispuestos a enviar sus hijos al mismo. Ricardo Poveda, a quien gracias a la intervención de Gimeno han nombrado director del colegio, tiene grandes proyectos para mejorar las futuras prestaciones del centro: en los próximos años piensa montar un laboratorio de ciencias naturales, una biblioteca, ajardinar los laterales del patio y en la zona más amplia construir un pequeño campo de deportes.

   Para Gimeno el centro docente se ha convertido en la niña de sus ojos, lo considera una obra suya y, como tal, una victoria frente a sus enemigos políticos. Con la inestimable colaboración de Poveda, cuida con mimo los mil y un pequeños detalle para que todo esté impecable el día de la inauguración, no quiere que haya el menor fallo. Hasta ha tenido la idea de que una partida de escopetas salga a cazar perdices porque alguien le ha soplado que al Gobernador le pirran. Para tenerlo todo a punto tiene a la mitad de los oficios del pueblo trabajando sin descanso rematando los últimos flecos de la obra.
- Jerónimo, dice Ricardo que tienes que repasar las persianas de las aulas de la planta baja, algunas no corren.
- Ya te dije, José Vicente, que esas persianas son maluchas. Pesan mucho y las cintas terminan rompiéndose, además como tienen las lamas tan gruesas se atrancan con mucha facilidad.
- Bueno, haz lo que puedas. Lo importante es que funcionen el día de la inauguración, luego ya veremos lo que hacemos con ellas.
- José Vicente – Poveda se acerca acompañado de otra maestra -, Eduvigis no está de acuerdo con la distribución que se ha hecho de las aulas.
- A ver, Edu, ¿qué pasa?
- No me parece bien que las niñas tengan que estar en la planta baja y los chicos arriba – se queja la maestra -. Las aulas de la primera planta son más soleadas y reciben más luz. Creo que todos tenemos el mismo derecho a las mejores aulas.
- Totalmente de acuerdo, Edu, pero la distribución no se ha hecho caprichosamente, se ha tenido en cuenta que niños y niñas han de estar en espacios separados y Poveda ha creído que es mejor que los chicos estén en la planta superior porque así los tendrán más controlados.

   Aunque el día de la inauguración es miércoles y por tanto laborable, Gimeno ha tenido la previsión de programar el acto oficial por la tarde, con lo cual ha dado la posibilidad de que durante la mañana la gente haya acudido a sus habituales ocupaciones. El pueblo se engalana para recibir al Gobernador Civil, los balcones se cubren de colgaduras y la gente se viste con la ropa de los domingos. En la Plaza Mayor autoridades y fuerzas vivas esperan la llegada del preboste. Cuando aparece el viejo Mercedes con el banderín desplegado, la banda municipal rompe el silencio con una marcha. José Vicente se adelanta para abrir la puerta del automóvil, pero le gana la mano el policía que va en el asiento al lado del chofer. El Gobernador lleva terno cruzado de un color grisáceo, sombrero a juego y gafas oscuras.
- ¡Arriba España! A tus órdenes, camarada – vocea Gimeno cuadrándose ante su superior jerárquico.
   La gente cuchichea: nada menos que tutea al señor Gobernador, ¡la influencia que debe de tener este hombre!