viernes, 20 de febrero de 2015

3.7. ¿Estudias o trabajas?



   Al ver el interés que Enrique Guerrero muestra por Lolita Sales, Manuel Lapuerta le ha explicado que, en su opinión, la relación que la joven mantuvo con Rafael Blanquer está muerta y enterrada. Aquel emparejamiento no fue más que una chiquillada propia de adolescentes. El médico, que tan buen ojo clínico tiene, ha efectuado un diagnóstico totalmente erróneo. La realidad es que Lolita, a pesar de todas las faenas que le ha hecho su exnovio, sigue profundamente enamorada de Rafa. Sabe que es un sentimiento casi malsano el que siente por él, pero su corazón acelera el ritmo solo con recordar su nombre. Su cabeza le dice que debería olvidarlo, su amor propio le incita a rechazarlo, pero no puede, no le sale de dónde aniden los sentimientos más hondos y viscerales. Y sigue soñando con volver a reanudar la antigua relación pese a que las noticias que le llegan de la vida de Rafael no ofrezcan el menor atisbo de que vaya a volver con ella. Sabe que sus padres se cansaron de mantenerle en Barcelona donde no llegó a terminar el primer curso de Ingenieros Industriales. Y más aún: estuvieron en un tris de hacerle volver al pueblo, pero después de muchas dudas decidieron darle una nueva oportunidad y se matriculó en Madrid, ciudad en la que, según les contó, encontraría mejor ambiente de estudio porque residiría en un colegio mayor. El resultado fue el mismo: un completo fiasco. En realidad a Rafa la carrera le trae sin cuidado, lo único en lo que piensa es divertirse y encontrar muchachas fáciles.

   Al final, la paciencia de los padres de Rafael se ha colmado y han decidido que vuelva al pueblo donde verán de montarle algún negocio, pero antes tiene que hacer el servicio militar obligatorio dado que se le acabaron las prórrogas.
   En el sorteo de los quintos le toca ir destinado a Valencia. Una vez terminado el período de instrucción en el campamento de Bétera y jurada bandera, un amigo de su padre lo enchufa en las oficinas militares de Capitanía General, donde solo  trabaja por la mañana. Las tardes las emplea en realizar un curso de contabilidad; según su padre necesitará esos conocimientos para llevar más eficazmente el futuro negocio que vaya a emprender. Rafael asiste a clase la primera semana, pero pronto se cansa de lo del debe y el haber, de los balances, del control de impuestos y de cuanto concierne a la administración de una empresa. La mayor parte de su tiempo lo dedica a lo que verdaderamente le gusta: divertirse. Y en eso está. 
- ¿Estudias o trabajas? - la pregunta que le formula la muchacha que lleva Rafael entre sus brazos es casi preceptiva en el chabacano ambiente de la sala de fiestas en la que baila la pareja.
- Ambas cosas, por la mañana trabajo en una oficina y por la tarde estudio - responde Rafael mintiendo como un bellaco.
- ¿Y qué estudias?
- Ciencias específicas - responde muy serio el joven sabedor de que cualquier vocablo que termine en icas le parecerá una materia científica a la paleta que le mira encandilada.
- Huy, eso debe de ser muy difícil - se maravilla la joven.
- No te lo puedes imaginar, dificilísimo. Y tú, ¿qué haces? - ya presume cual va a ser la respuesta, pero sabe que en el primer contacto har que darles conversación.
- Trabajo en una casa de familia, pero - se apresura a explicar la muchacha - estoy haciendo un curso de mecanografía. Cuando lo termine me presentaré a unas oposiciones de administrativa.
 

   Otra chacha, se reafirma Rafael. Todas sueñan con lo mismo: ser secretarias,  dependientas o algo parecido. Están bailando en el club Las Palmeras, un antro con ínfulas elegantes en el que se dan cita menestrales, militares sin graduación, oficinistas de tres al cuarto, dependientes que se conforman con serlo, algún que otro estudiantillo medio camuflado y chachas que aspiran a mejorar de condición social. Como la que lleva entre sus brazos: es vivaracha, tiene un buen par de tetas y un culo respingón que a Rafael le pone, tanto que, aunque la muchacha no se ha dejado achuchar, quedan para otro día. El olfato, que Blanquer ha desarrollado en clubes similares al que están y con chavalas parecidas a la que le mira prometedoramente, le indica que se trata de un material aprovechable. Será cuestión de poco tiempo. La intuición de Rafael se revela certera: al tercer día que salen la muchacha ya se deja que le dé un buen sobeo y la cosa promete mucho más. Unos días después le acaricia los muslos, pero cuando intenta pasar a la fase de la rendición total, la chica le para los pies.
- No, eso no.
- Pero cariño, si solo quiero acariciarte, si es que me vuelves loco - protesta el joven.
- Que te digo que no.
- ¿Y se puede saber por qué?
- Eso es para cuando me case o... cuando tenga novio formal.
- Ah, creía que ya éramos novios.
- No lo somos, no me lo has pedido.
- Bueno, de manera directa quizá no pero, con la de veces que te he dicho que te quiero, que no he conocido a una mujer que me guste tanto como tú, creí que lo de ser novios estaba sobreentendido.
- No me lo pediste - insiste tercamente la muchacha -, ni me has hecho ningún regalo como es costumbre cuando una pareja se ennovia.  

   Cuarenta y ocho horas después, Rafael regala a Esperanza, ella prefiere que la llamen Espe, una modesta pulserita de bisutería en la que ha tenido el detalle de que graben su nombre y una fecha a voleo que, según el chico, fue cuando se dio cuenta de que se había enamorado de ella. Días después, la chica se entrega. Otra muesca más en el palmarés de Rafa. Una vez desflorada la joven las apasionadas uniones se multiplican. Aunque el joven habitualmente utiliza condones, en más de una ocasión la urgencia de un apretón le lleva a practicar el incierto método de la retirada a tiempo. El resultado no se hace esperar: la muchacha queda embarazada. Cuando descubre su estado le falta tiempo para contárselo al hombre que la ha hecho madre:
- … ¿y ya me dirás qué vamos a hacer? – pregunta angustiada la joven.
- Sí que es mala suerte. No sé cómo ha podido ocurrir. Pero, bueno, se puede arreglar,  creo que hay mujeres que se dedican a solucionar estas cosas. Será cuestión de encontrar una. Y no te preocupes, los gastos corren de mi cuenta – Rafael trata de apaciguar a la muchacha.
- De abortar, nada. Me ha dicho mi amiga Fuencisla que a una conocida suya le practicaron un aborto y estuvo a punto de no contarlo. Además, el cura de mi pueblo dice que matar a una criatura es uno de los pecados más graves que hay.
- Entonces, ¿qué hacemos?
- ¿Qué hacemos? Yo tener el niño y tú portarte como un hombre – Esperanza es joven, pero no se arredra fácilmente.
   La discusión termina en bronca. Lo de casarse, Rafael ni siquiera se lo ha planteado. Solo tiene veintitrés años. Le queda todavía mucho tiempo para pensar en cosas tan serias como casarse. Además, no está dispuesto a cargar toda su vida con aquella palurda y llegar al pueblo llevando del brazo a esa cateta que lleva marcada en la frente el marbete de lo que es. Buena se iba a poner su madre, y no te digo el cachondeo que se gastarían sus amigos, hasta posiblemente Lolita se reiría de él.
   En lo más álgido de la discusión, llega a decirle que nadie le asegura que sea el padre del crío, vete a saber con quién ha podido estar. Si él lo ha tenido tan fácil, seguramente otros también habrán mojado. Esas palabras hieren profundamente a la muchacha que desde el primer momento quedó deslumbrada por la fácil verborrea de Rafael y al que ha entregado su doncellez. Blanquer termina rechazando cualquier clase de responsabilidad en lo sucedido y conmina a Esperanza que se olvide de él y que no vuelva a molestarlo. La muchacha le ve marchar, deshecha en llanto.

   Al día siguiente, Esperanza sufre un pequeño vahído en la casa en la que sirve. Su señora, doña Visitación, la atiende solícita y la obliga a acostarse para que se reponga. En la minúscula habitación del servicio, después de que la señora le haya llevado una tisana, a la joven le da un ataque de nervios. Cuando Visitación consigue calmarla, entre hipos y con voz entrecortada, la muchacha le cuenta su drama: va a tener un hijo y el padre de la criatura ni piensa convertirla en una mujer honrada, ni le va a dar su apellido a lo que venga y encima, que es lo más sangrante, duda de su paternidad. Su señora, católica practicante, la cree, conoce a la familia de la joven, que es del mismo pueblo que eran sus abuelos, y está convencida de que no miente. Decide que lo sucedido no puede quedar así.

martes, 17 de febrero de 2015

3.6. Tendrás que buscarte novia

   Enrique Guerrero, hijo de la única hermana de don José Sanchís, una vez terminada la carrera de farmacia ha ido a Senillar donde su tío lo prepara para que le suceda cuando decida jubilarse. Tiene treinta y dos años, pero aparenta más. Su cruz es la clásica calvicie de herradura que vanamente intenta disimular dejándose crecer el pelo lateral y aplastándolo en la parte superior a base de fijapelo y mucha paciencia. Su carácter no hace honor a su primer apellido: es más bien tímido, pero cuando se emperra en algo tiene la terquedad de los apocados. Se fijó en Lolita desde la primera vez que estuvo en el pueblo. Sabe bastantes cosas de la joven, se ha ocupado de indagar. Todas las referencias que ha conseguido saber de ella son inmejorables. Lo único que no le ha hecho ninguna gracia es que estuvo de novia con un chico de la localidad, un tal Rafael Blanquer, que está estudiando en Barcelona. La hubiese preferido sin ninguna clase de pasado sentimental, pero es algo que habrá que asumir. También le ha pedido opinión a su tío sobre la joven que, como viejo solterón, le ha dado una retahíla de consejos que no vienen al caso. Está someramente enterado de las costumbres y usos locales en lo que atañe a las relaciones entre jóvenes, pero la muchacha no parece que se ajuste a dichas pautas: no pasea por el Rabal, no va al baile y cuantas veces la ha visto en el cine siempre está con alguna amiga de su edad.

   El primer amigo que Guerrero ha hecho ha sido Alfonso Grau. No podía ser de otro modo, son los dos únicos universitarios solteros que hay en el pueblo. Ambos también han intimado rápidamente con Manuel Lapuerta. Pese a la diferencia de edad han encontrado en el médico alguien con quien charlar de algo más que de fútbol o de toros. En las comunidades agrarias las personas con cultura son escasas, y que sigan teniendo inquietudes intelectuales, después de acabada la carrera, sobran dedos en la mano para contarlas. Y es a Lapuerta y a Grau a quienes Guerrero pregunta sobre la jovencita que tan buena impresión le ha causado.
- Manolo, esa joven de la Moda de París, ¿cómo es que no la veo nunca paseando por el Rabal al igual que otras?
- ¡Vaya! ¿Te interesa la niña de la señora Leo?
- Hombre, tanto como interesarme..., pero reconozco que tiene algo distinto a la mayoría de las demás chicas.
- Admito que es una joven francamente guapa y todo un tipazo. Aunque quizá donde resida la diferencia con las demás debe de estar en que viste mejor que la media, no en balde regenta la tienda de modas de su madre, pero sobre todo creo que lo que más la distingue es que tiene una amplia cultura, estuvo unos años en un colegio de monjas y es una lectora insaciable.
- Y además es una potranca de recia y curvilínea estampa – afirma Grau guiñando pícaramente el ojo a Lapuerta.
   Guerrero hace oídos sordos a la afirmación del veterinario que considera una ordinariez y vuelve a dirigirse al médico:
- Lo que sigues sin explicarme, Manolo, es por qué no se la ve nunca paseando por el Rabal.
- Ah, esa ausencia viene marcada por las costumbres locales. Esa jovencita debe de tener…, no lo sé a ciencia exacta, pero como unos veintidós o veintitrés años. Pues bien, para los parámetros locales una mujer de esa edad es, prácticamente, una solterona y éstas como ya no están en oferta no tienen por qué exhibir sus encantos en el zoco del Rabal.
- ¡Caramba, Manolo!, lo cuentas como si estuvieras haciendo la descripción de un mercado de esclavos o más bien una feria de ganado – dice Grau medio en broma.
- ¡Qué forma de irse por la tangente!, pero sigo sin saber a qué se dedica esa muchacha salvo que lleva la tienda de modas – se lamenta el boticario.
   Lapuerta queda un momento en silencio. Piensa que el sobrino de Sanchís no es tan inteligente como su tío y tiene escaso sentido del humor. Tendrá que cambiar de registro para explicarle las costumbres locales.
- Hasta donde sé, María Dolores; bueno, todo el mundo la llama Lolita, se centra en el trabajo de la tienda y en los últimos tiempos también dirige la delegación local de la Sección Femenina y no es muy dada a exhibirse por ahí.
- O sea, que es una falangista de tomo y lomo – precisa Grau que sigue en su tono de graciosillo.
- No diría tanto. Para mí que lo de la Sección Femenina lo hace para no aburrirse – responde Lapuerta.

   El médico da más explicaciones a sus nuevos amigos sobre algunos de los usos y tradiciones locales en lo referente al emparejamiento de los jóvenes:
- Tened en cuenta que en los pueblos agrícolas los jóvenes suelen comenzar a trabajar nada más terminar la escuela, suponiendo que finalicen la primaria. Sostengo la tesis de que el hecho de que se incorporen tan pronto al mercado laboral los hace madurar rápidamente, y en todos los sentidos. Empiezan a trabajar pronto, se emparejan cuando son casi unos adolescentes, se casan jóvenes, tienen hijos enseguida y envejecen también mucho antes que en las ciudades. Digamos que su ciclo vital se inicia antes que en otros lugares donde la incorporación de la juventud al mercado del trabajo se efectúa con más retraso.
- Perdona, Manolo, pero toda esa disertación sociológica sigue sin dar respuesta a lo que pregunta Enrique – Grau sale en apoyo de Guerrero.
- Vamos a ver. Aquí cuando una muchacha llega a los veintitantos y no se ha casado, sea por las causas que fueren, digamos que pasa a un segundo plano. Si os fijáis en las chiquillas que pasean por la calle veréis que son poco más que adolescentes, y esas mismas os las encontraréis en el baile. Son las que, para los usos locales, están en el mercado del emparejamiento; es decir, en situación de encontrar novio, primero, y marido, después. No pasa solo con el gremio femenino, a ellos les ocurre lo mismo. En cambio, los jóvenes que pasan a ese segundo plano, que citaba antes, no es que se retiren de la vida social, pero digamos que lo hacen por otros circuitos. Tampoco es que renuncien a emparejarse, pero cuando lo hacen es por medios más…, no sé cómo decirlo…, más institucionales.
- ¿Y cuáles son esos otros circuitos? – se interesa Grau.
- Pues os los podéis encontrar paseando por el Calvario, por el camino de la estación…, tienen reuniones en casas particulares, hasta tengo entendido que organizan algún guateque en el que hace de orquesta una gramola o algún programa radiofónico de música de baile. Por supuesto, van al cine y poco más. Ah, y no es infrecuente que cambien de estado en un matrimonio que hayan concertado los padres. Aquí las oportunidades de vida social son más bien escasas. 
- De eso ya me he dado cuenta – admite Guerrero -. Fuera de los momentos que charlo contigo o con Alfonso, la verdad es que me aburro más que una lapa. Con decirte que cuando llegan los domingos estoy deseando que pasen cuanto antes porque al menos el resto de la semana me entretengo en la farmacia.
- Tendrías que hacer como tu tío o como yo. Aficionarte a jugar al dominó o a las cartas o, mejor aún, al ajedrez.
- Los juegos de mesa nunca me gustaron – afirma Guerrero.
- Pues si no te gusta jugar, lo tienes crudo… Tendrás que hacer como Alfonso, buscarte novia.
- No creas que no lo pensé – admite Guerrero.
- Lo de buscarse novia, ¿tiene que ser de aquí o también valen las de fuera? – inquiere Grau muy serio, aunque en los ojos le baila un destello de guasa.
- Alfonso, no sé cuando hablas en serio y cuando nos tomas el pelo. Lo de buscarse una novia lo decía de coña. Aquí, un hombre de vuestra edad y posición si va con una mujer tiene que ser en plan serio, para terminar pasando por la vicaría. Y eso es algo que hay que meditarlo detenidamente. Casi es preferible, querido Enrique, que sigas aburriéndote. Te saldrá menos caro y, sobre todo, con muchos menos problemas para tu homeostasis emocional.
- Oyéndote hablar así cualquiera diría que eres más un psiquiatra que un galeno de medicina general. Volviendo a la chica de la tienda de modas. No sé quién me comentó que sigue suspirando por un exnovio que ahora estudia en Barcelona – Guerrero, al final, ha verbalizado lo que no le gusta del pasado de la encargada de la Moda de París.
- Supongo que se referirán a Rafael Blanquer. Fueron novios, pero me da la impresión de que más bien fue el típico amor adolescente. No creo que quede ningún rescoldo de aquello – afirma tajante el médico.
- A todo ello añado que es bueno y saludable cambiar de pareja, es la única manera de comparar y tener más probabilidades de acertar. Al menos, es lo que creo – concluye Grau.