viernes, 26 de diciembre de 2014

2.5. El que más chifle, capador



   La Comunidad de Regantes de la Marina de Senillar, que es el nombre con el que ha sido bautizada sindicalmente la entidad que agrupa a los arroceros, está que echa las muelas. Para mayo los campos deberían de estar listos para plantar el arroz, pero antes hay que prepararlos y para eso necesitan que por las acequias y canales discurra el agua, pero ¡no hay motorista! Julio Bosch, a quien han elegido vicepresidente de la comunidad, recibe el encargo de dar una especie de ultimátum a los dos prebostes locales que se disputan quién de sus patrocinados será el encargado del motor.
- No es por quitarme el muerto de encima, pero soy la persona menos indicada para esta embajada – se excusa Julio -. Con Gimeno no tengo ningún problema en hablar, pero con Vives es otra cosa. Tuvimos una fuerte agarrada el año pasado por culpa de un permiso de obras para ampliar mi almacén.
- Hagamos una cosa – dice el presidente de la comunidad -, tú hablas con José Vicente y yo lo haré con Paco, a ver si de una puta vez se ponen de acuerdo.
   Bosch va a visitar a Gimeno y, antes de que pueda abrir la boca, éste le ataja:  
- Julio, supongo que vienes a hablarme de lo del arroz, ¿no? Estoy del dichoso asunto del motorista hasta la coronilla.
- Pues no te puedes figurar como estamos los arroceros. Porque quienes nos jugamos los cuartos somos nosotros.
- Te recuerdo que también tengo una parcela.
- Sí, pero se nota poco. Mira, José Vicente, nos da igual que el motorista sea tu patrocinado, el de Vives o Perico de los Palotes, pero esto no puede continuar así. Ten en cuenta que el que más y el que menos ya contratamos los tractores y las caballerías para roturar los campos y algunos hasta apalabramos la compra de plantel. Hay muchos miles de pesetas en el alero y todo se puede ir al cuerno si Paco y tú no llegáis a un acuerdo. Algo que, si te he de ser sincero, no comprende nadie porque os comportáis como niños en vez de tíos que se visten por los pies.
- Julio, no me calientes los cascos. Otras veces he transigido, pero esta vez no me da la gana. Aquí, o jugamos todos o se rompe la baraja. He ofrecido que el motorista no sea mi candidato, estoy dispuesto a negociar otro nombre de consenso, pero el cabezota de Paco no se cansa de proclamar a los cuatro vientos que el motorista o es su apadrinado o no lo será nadie. Como comprenderás, así no hay negociación que valga. Y puestos a ser tercos, pues a ver quién es más.
- Pero, José Vicente, ¡por Dios y todos los santos! No puede ser que por una cabezonada, me da igual que sea de Paco que tuya, estéis dispuestos a causar un daño tan grande. Esto nos perjudicará, pero no solo a los arroceros, sino a todos y a los que más a vosotros dos.
- Pues así están las cosas. El que más chifle, capador.

   La entrevista del presidente de la comunidad de regantes con el alcalde discurre por parecidos derroteros, solo que es más bronca. Vives no da su brazo a torcer e insiste, una y otra vez, que la creación del coto arrocero ha sido idea suya y que, por consiguiente, debe de ser él quien decida la persona que será el motorista.
   Dándole vueltas al asunto los arroceros llegan a la conclusión de que el único camino que tienen para resolver el problema es recurrir al Gobierno Civil. Uno de los propietarios comenta que un pariente suyo conoce al Fiscal Jefe de la Audiencia Provincial, que fue compañero de facultad del Gobernador, por su mediación tratan de que el mandamás provincial les reciba. La gestión se salda con éxito parcial. El poncio no les recibirá, pero si cita, urgentemente y por separado, tanto al alcalde como al jefe de Falange.
   Esta vez Vives está convencido de que se va a llevar el gato al agua. El proyecto del coto arrocero ha sido realmente una iniciativa suya y tiene datos y documentos que así lo prueban. Además, Paco considera que la serie de obras que se han llevado a cabo en el pueblo durante su mandato es el mejor de sus avales y en ese sentido prepara la reunión con el Gobernador. Le hará un relato pormenorizado de todo lo realizado. El presentimiento que tiene Vives de que esta vez puede terminar con Gimeno se convierte en euforia cuando se entera de que el mandatario le va a recibir antes que a su adversario político.

   La reunión con el Gobernador discurre por unos cauces muy distintos a los que había previsto Vives, ni siquiera llega a abrir la cartera en la que guarda la documentación que acredita el amplio listado de obras efectuadas. La entrevista se tuerce desde el primer momento, el alcalde está empeñado en mostrar los documentos recopilados, en cambio el Gobernador solo quiere que le hable de cuál es la verdadera causa de su enfrentamiento con Gimeno.
   Al poncio no le entra en la cabeza que haya una pelea a cara de perro entre ambos políticos por decidir quién va a ser la persona que maneje un motor para regar unos campos de arroz. El gerifalte sabe que su experiencia sobre los avatares de la política local es nula, es su primer gobierno civil, pero el motivo le parece tan surrealista como poco creíble, de ahí su interés en desentrañar las auténticas raíces de la pugna. Paco termina haciéndose un lío intentando explicar lo del coto arrocero y el problema del motorista. Tras la entrevista, tan frustrante para Vives como desconcertante para el Gobernador, éste llega a la conclusión de que el alcalde no es más que un pueblerino con una verborrea confusa y con evidentes ganas de aplastar al que parece que es el origen de todos los males que afectan al pueblo: el jefe de Falange, de quien pide expresamente su cese fulminante. Habrá que ver si éste tiene mejor pinta porque en caso contrario piensa que lo mejor será cesarlos a ambos.

   Gimeno se ha tomado muy en serio la preparación de la entrevista con el Jefe Provincial, intuye que el resultado de la misma puede ser decisivo para su futuro político. Lleva lo que cree ser un comodín y que se lo facilitó Severino Borrás, el actual oficial mayor del Ayuntamiento, cuando en una charla se refirió de pasada a los antecedentes políticos de los dos candidatos a motorista. El Gobernador se encuentra con un hombre joven, que parece bastante preparado y con una habilidad dialéctica notable. José Vicente no le enseña documentos ni le expone los problemas del coto arrocero ni siquiera habla mal del alcalde; al contrario, lo califica como una buena persona, lleno de loables intenciones, y que si tiene que ponerle algún pero es que carece de tacto político y de sentido de la oportunidad histórica. Y Gimeno prosigue su exposición por donde menos podía esperar el poncio: por la senda de la política internacional.
- … y en un momento como el presente en que el mundo se debate en una guerra cuyos resultados pueden ser decisivos para nuestra Patria, ¿qué deberíamos de hacer los españoles?, ¿cómo enfrentarnos a problemas casi irresolubles? Tenemos dos opciones: una, tirando cada uno para un lado y no siguiendo las directrices que marca nuestro invicto Caudillo; la otra opción es unirse como una piña y seguir con fe ciega el camino que nos muestra el Generalísimo. Esa es la alternativa de la victoria segura y para seguir esa opción es absolutamente necesario que los hombres, que estamos comprometidos con el Movimiento, demos un paso al frente y seamos un ejemplo para el resto de los ciudadanos. Para ello lo primero es saber quiénes son los individuos comprometidos con la Causa más allá de la posesión de un carné…
   El Gobernador sigue la exposición de Gimeno cada vez más interesado. Piensa que allí tiene a un lugareño hablando de política internacional con el mismo desparpajo que si fuera Ministro de Asuntos Exteriores, pero lo que más le intriga es saber cómo diablos va a relacionar los problemas exteriores del país con una intrascendente lucha por el poder local, porque tiene claro que ese es el nudo gordiano del problema. ¿Por dónde saldrá?, tendrá que echarle imaginación. José Vicente, que ha intuido que se ha hecho con la atención de su jefe, prosigue su exposición, mientras el poncio se dice que por muchos años que esté en el Gobierno Civil nunca llegará a entender los intrincados vericuetos por los que transita la política de los pequeños municipios.

martes, 23 de diciembre de 2014

2.4. Si no tienes padrinos no te bautizan



   En el pueblo la iniciativa sobre la creación del coto arrocero levanta expectativas y opiniones para todos los gustos, desde los que consideran que es una locura y que la zona pantanosa solo sirve para criar mosquitos, cazar patos y que algunas ganaderías de reses semibravas pasten en sus cenagosos campos, hasta los que piensan que se trata de una oportunidad que no hay que desperdiciar. En los corrillos de las comadres y en las tertulias de cafés y tabernas el asunto es tema de obligada discusión, tan es así que hasta en la trastienda de la Moda de París se habla del mismo.
- En el pueblo no se habla de otra cosa – comenta Fina -. Incluso en alguna familia ha habido sus más y sus menos, en la mía por ejemplo. Herminio se había encariñado en comprar un campo, pero su padre, después de mucho discutirlo, se lo quitó de la cabeza.
- Pues en mi casa más de lo mismo, tenemos lo del arroz a todas horas – confirma Consuelo, otra de las amigas de Lolita -. Mi padre ha comprado una parcela y está como un crío con zapatos nuevos – y dirigiéndose a Lolita pregunta -. Al final, ¿qué hicisteis vosotras, comprasteis o no?
- A Dios gracias, no. Pude convencer a mi madre de que no nos traería más que problemas – y añade - ¿Sabéis a qué me recuerda lo del coto arrocero? A la gripe, que en cuanto llega contagia a medio mundo. Lo digo porque ayer encontré a la madre de Rafa y tenía un enfado monumental. Me contó que el señor Antonio también ha comprado una finca en la Marina. La señora Maruja no hacía más que repetir: ¿y qué sabe un jefe de estación de arroz y por qué se mete en esos berenjenales? Estaba que se subía por las paredes.
- Ya que hablas de tus futuros suegros, ¿qué novedades nos cuentas de Rafa?
   Es oír la pregunta de Consuelo y a Lolita se le cambia la cara.

   En el café del Porvenir los de las partidas de cartas y del dominó han acabado de jugar y el objeto de los comentarios no podía ser otro que el del nuevo cultivo. Hay opiniones de lo más variado, cuando Martín Esteller, el barbero, plantea un interrogante inédito:
- ¿Sabéis lo que me choca? Que ninguno de los ricachos del pueblo haya adquirido ni una sola parcela, ¿por qué será?
   Sanchís es el primero en recoger el guante que acaba de lanzar el fígaro:
- Puede haber muchos motivos, pero yo los sintetizaría en dos. Como lo del arroz ha sido una iniciativa de Vives y los Arbós no es que se lleven demasiado bien con él, pues ya sabéis lo que ocurre en estos casos: si tu blanco, yo negro. En segundo lugar está el desconocimiento que se tiene sobre ese cultivo y ahí habría que aplicar lo que escribió un poeta: uno de los rasgos más típico del español es que desprecia cuanto ignora.  
- Perdone don José, no quisiera faltarle al respeto – se disculpa Julio Bosch, uno de los que ha comprado una finca grande y que ya siente lo del arroz como algo propio -, pero creo que hay otro motivo tan importante o más que los que cita. El experto que vino no nos ocultó que es un cultivo caro en mano de obra. Si los arroceros vamos a tener que pagar más a los peones porque van a trabajar metidos en el charco, en el resto de cultivos los jornales también subirán y a los que contratan braceros les resultarán más costosos. También por eso los que tienen muchas fincas no se han metido en ese jardín.

   Impensadamente, el desarrollo del coto arrocero se atasca. Cuando todo parecía marchar viento en popa, los enfrentamientos de la política local llevan el proyecto al borde del desastre. Otra vez, la pugna entre el alcalde y el jefe local es la causa del problema. En esta ocasión el motivo parece baladí, casi casi como si de una broma se tratara, pero cualquier excusa es buena en la lucha por el poder, porque en definitiva de eso se trata. Entre las instalaciones necesarias para poner en marcha el nuevo cultivo está la construcción de una red de canales para conducir el agua a los campos y el corazón de esa red es un potente motor que bombeará y distribuirá el líquido por toda la retícula de acequias y canalillos. El motor necesitará un encargado que lo maneje y se encargue de su mantenimiento. Aunque el empleo no es gran cosa, dada la escasez de puestos de trabajo que no sean de braceros son muchos los que aspiran a convertirse en el motorista del arroz y, como ha ocurrido anteriormente en relación con otros puestos, los aspirantes buscan recomendaciones.
   Lo del padrinazgo es una añeja costumbre en el pueblo, tan es así que la gente afirma convencida que el que no tiene padrinos no lo bautizan. Los candidatos a motorista se preocupan de ser respaldados por alguno de los que tienen capacidad para decidir que, debido a la falta de interés por el asunto de los demás poderes fácticos, terminan reducidos a Vives y Gimeno. Al finalizar el proceso de solicitudes, en el que por muy variadas circunstancias van cayendo casi todos los aspirantes iniciales, solo quedan dos candidatos: Arturo Rambla y Eladio Barberá. El primero apadrinado por el jefe local y el segundo por el alcalde. La colisión está servida. En esta ocasión ambos contendientes convierten el enfrentamiento en una cuestión personal, ninguno de los dos quiere dar su brazo a torcer y por mucho que intervienen otras autoridades locales ninguno cede. Llega un momento en que el proyecto se paraliza por algo, aparentemente, tan nimio como no saber quién será el encargado del motor.
   Desde los primeros días del enfrentamiento, Gimeno ha tenido varias veces la tentación de ir a contar a la Jefatura Provincial su pugna con Vives. Pero hay dos circunstancias que lo frenan: una, que hay un nuevo Jefe Provincial, Francisco Javier Municio, y del que según dicen es más político que el anterior; éste no es militar sino abogado del estado. La otra se basa en que es consciente de que no puede hablarle sin tener argumentos, no tanto contra el candidato de Paco sino contra el propio alcalde; el problema es que no se le ocurre ningún alegato que tenga una mínima consistencia. Vives, por su parte, piensa que ha llegado el momento de cargarse a Gimeno, porque considera que con el cambio de Gobernador sale ganando, por eso no está dispuesto a dar su brazo a torcer y lleva el enfrentamiento a sus últimas consecuencias.

   La pugna entre ambas autoridades pronto es la comidilla de los corrillos de las chafarderas. Como en otras ocasiones, el tema también es tocado en la tertulia que Lolita tiene con sus amigas en la trastienda.
- ¿Y qué os parece lo del motorista del arroz? Otra vez se han trabado de cuernos el alcalde y el de la cooperativa – es Consuelo la que ha sacado el tema a colación.
- A mí me parece una ridiculez. Da hasta vergüenza ajena ver hasta dónde puede llegar el orgullo y la testarudez de algunos hombres – opina Fina.
- Yo he oído a mi padre decir que si dos hombres hechos y derechos se enfrentan por ver cuál de sus patrocinados se queda con el puesto, como ahora ocurre, es una prueba más de que en política importa más aplastar al adversario que otra cosa – comenta Beatriz, hija de don Fulgencio Villangómez uno de los maestros del pueblo, que acude a la trastienda los fines de semana para que Lolita le dé clases de francés.
- Tu padre, Bea, tiene más razón que un santo. De Gimeno no me extraña nada, por lo poco que le he tratado ya sabía que es un chisgarabís, pero de Vives no me lo esperaba, le creía con más entidad y sensatez – opina Lolita.
- Y al final, ¿en qué quedará todo? – inquiere Consuelo. 
- Ya puedes imaginarlo: el que mejores padrinos tenga se quedará con el santo y la limosna – concluye sentenciosamente Fina.

viernes, 19 de diciembre de 2014

2.3. Zapatero, a tus zapatos




   En la reunión celebrada en el Ayuntamiento, el experto que ha mandado el Instituto de Colonización habla con tanto entusiasmo de las grandes posibilidades que atesora el humedal de la Marina para convertirse en una explotación arrocera con un futuro más que prometedor que son bastantes los vecinos que acaban convencidos y que se deciden a comprar algunas parcelas y probar suerte.
   Lolita, a quien su madre ha pedido que asista a la reunión, sale de la misma con tantas o más dudas que tenía cuando entró. Y así se lo explica:
- Mamá, no me ha quedado nada claro que lo del arroz pueda ser tan buen negocio como nos ha contado el experto. Es posible que lo sea para los que no tienen que contratar braceros para sus campos, pero para nosotras tengo todas las dudas del mundo, incluso aunque arrendásemos la finca a Herminio. De momento hay que invertir un dinero que no sabemos cuándo lo podremos recuperar. Y ese plazo de diez años para poder vender las tierras que ahora se compren me parece muy largo. En una década pueden pasar mil cosas que lleven al traste ese asunto.
- Entonces, hija, ¿qué crees que deberíamos hacer?
- Creo que antes de embarcarnos en esa aventura sería prudente tener alguna opinión más sobre el negocio que pueda suponer el arrozal. Y preguntar a alguna persona que sepa de verdad de qué va ese cultivo, y no fiarse de lo que cuenta un forastero o de lo que opina gente que en esto toca de oído como el cantamañanas de Gimeno.
   La señora Leo tras rumiar unos minutos la opinión su hija, se da una palmada en la frente.
- Me parece una idea muy sensata, María Dolores, y conozco a la persona indicada a la que preguntar: Manuel Caselles. Ya sabes que tiene un par de trilladoras que las desplaza al delta del Ebro en la época de la recolección del arroz.

   Precisamente, el vecino aludido por la señora Leo es en esos días una de las comidillas de los mentideros locales. En el pueblo nadie se explica cómo alguien tan declaradamente de izquierdas como Manuel Caselles ha conseguido que el Servicio Nacional de Regiones Devastadas le venda dos tractores Fiat, de los que las divisiones italianas que pelearon en la guerra española abandonaron al repatriarse. Se rumorea que ha debido de untar a algún pez gordo, pero sea lo que fuere allí están los primeros tractores que se ven en el pueblo. Los que más saben de maquinaria agrícola afirman que el negocio que va a hacer Caselles, con los feos y ruidosos cacharros, le va a caber en la palma de la mano, que si no se arruina será un milagro. La señora Leo que, junto con su hija, ha ido a visitarle, antes de plantearle sus dudas sobre el coto arrocero, cree preferible comenzar la charla por cuestiones más personales. Le pregunta por sus hijos que siempre son un buen pretexto para congraciarse con un padre:
- Los hijos…, los hijos son mi cruz, Leo. Al mayor, José Manuel, le ha pasado como a tantos otros, lleva casi cinco años de mili. Después de la guerra y de que se chupara un campo de concentración, los nacionales reengancharon a su quinta y me temo que mientras dure la guerra mundial los van a tener marcando el caqui por si acaso. Alberto pudo escapar de Argelès y volvió a España. Estuvo un tiempo en un campo de concentración en Figueras y ahora lo tienen en un batallón de trabajadores. Y el pequeño, Toni… - el hombre mueve la cabeza -, es mi gran preocupación. Se lo llevaron a Rusia con un grupo de aviadores que envío la República para que se formaran allí y solo sé que, antes de que los alemanes declarasen la guerra a los soviéticos, estaba vivo. Desde que los rusos entraron en guerra no he vuelto a saber nada.
- Cuándo tus chicos vuelvan, que seguro que un día u otro lo harán, te podrán ayudar en el negocio, ¿aunque sabes qué se dice en el pueblo de la última adquisición que has hecho? La gente se hace cruces de cómo podrás sacar tajada a los tractores. Aquí, como todos sabemos, no hay más que fincas de tres al cuarto. Salvo unas cuantas no hay propiedades lo suficientemente grandes que puedan permitirse el lujo de que entren máquinas de ese porte. Al menos, eso es lo que comenta la gente.
   Lo que le cuenta la señora Leo lo escucha Manuel con una sonrisa socarrona y un brillo picaresco en sus ojillos. Como su convecina es una antigua conocida y le cae bien no le importa desvelarle alguno de sus proyectos:
- Mucha gente de este pueblo, Leo, no es capaz de ver más allá de sus narices, por eso nunca saldrán de pobres. No he comprado los tractores para las fincas del pueblo, de aquí no pienso remover ni un palmo de tierra.
- ¿Entonces…?
- ¿Sabes dónde está el negocio? – y sin esperar respuesta añade – En la Albufera y en el delta del Ebro. Ahí es donde hay muchos cuartos a ganar. Como sabes – prosigue Caselles -, en esos lugares se cultiva arroz desde hace muchos años. Pues bien, el terreno destinado a arrozales se va a multiplicar por cuatro o por cinco en los próximos años y para eso se van a necesitar tractores y muchos. Ya tengo apalabrados compromisos en la próxima campaña para dar trabajo, no a mis dos máquinas sino a una docena que tuviera.
   Ahora es el momento, se dice Lolita, de exponer nuestras dudas:
- … y la verdad es que oyendo al experto daba la impresión de que se puede ganar mucho dinero con esto del arroz. Usted que lleva años trabajando con los arroceros, ¿qué opina?, ¿qué nos aconseja?
- Es cierto que con el arroz hay muchos duros a ganar, siempre que se pueda escaquear la mayor cantidad posible a los de la Fiscalía de Tasas y venderlo de estraperlo, pero tampoco es oro todo lo que reluce.
- ¿Dónde están los problemas? – quiere saber la señora Leo.
- Principalmente, en el agua. Se dice que el arroz ha de tener la cabeza en el fuego y los pies en el agua. Desde que lo plantas hasta unos días antes de la siega el cereal necesita estar permanentemente encharcado, agua que periódicamente hay que reponer y eso supone que se necesita mucho caudal. En el delta no tienen problema, cuentan con el Ebro y en la Albufera ocurre algo parecido, pero aquí solo se puede contar con el agua de los pequeños manantiales que hay en el humedal y en la marjalería. ¿Serán suficientes? No lo sé. Además, habrá que canalizarla e instalar uno o varios motores para bombearla porque hay diferentes niveles. Otro problema, pero este tiene solución si se tiene la suficiente capacidad financiera, es que se trata de un cultivo bastante caro en cuanto a mano de obra, hay que invertir su buen dinero en cada fanegada que pongas en marcha. Por eso digo que no es oro todo lo que reluce.
- Y tú que conoces el negocio del arroz, ¿en mi lugar comprarías o no? – la señora Leo hace la pregunta por la que ha visitado a su convecino.
- Eso depende de lo que pienses hacer con la finca – Da toda la impresión de que Caselles no es de lo que se mojan -. Como dije, en los arrozales hay que trabajar metido dentro del agua y la mano de obra sale cara.
- Lo que yo pensaba, Manuel, es comprar una finca de las que vende el Ayuntamiento muy bien de precio, arrendarla y, cuando pase el plazo de mora, venderla. Si todo sale bien lo más natural es que esos terrenos se revaloricen.
- Es posible que sea así, pero nadie lo puede asegurar. Lo de hacer profecías no es lo mío – Caselles sigue sin dar una respuesta concluyente.
- Señor Caselles, sin rodeos por favor, si usted estuviera en nuestro lugar ¿compraría o no? – es Lolita la que pone al industrial agrario en el disparadero de definirse.
   A Caselles no le ha gustado la imperativa interpelación de la joven y su respuesta lo demuestra: 
- Mira, niña, si estuviera en vuestra piel me atendría a lo que dice el refrán: zapatero, a tus zapatos.