martes, 23 de diciembre de 2014

2.4. Si no tienes padrinos no te bautizan



   En el pueblo la iniciativa sobre la creación del coto arrocero levanta expectativas y opiniones para todos los gustos, desde los que consideran que es una locura y que la zona pantanosa solo sirve para criar mosquitos, cazar patos y que algunas ganaderías de reses semibravas pasten en sus cenagosos campos, hasta los que piensan que se trata de una oportunidad que no hay que desperdiciar. En los corrillos de las comadres y en las tertulias de cafés y tabernas el asunto es tema de obligada discusión, tan es así que hasta en la trastienda de la Moda de París se habla del mismo.
- En el pueblo no se habla de otra cosa – comenta Fina -. Incluso en alguna familia ha habido sus más y sus menos, en la mía por ejemplo. Herminio se había encariñado en comprar un campo, pero su padre, después de mucho discutirlo, se lo quitó de la cabeza.
- Pues en mi casa más de lo mismo, tenemos lo del arroz a todas horas – confirma Consuelo, otra de las amigas de Lolita -. Mi padre ha comprado una parcela y está como un crío con zapatos nuevos – y dirigiéndose a Lolita pregunta -. Al final, ¿qué hicisteis vosotras, comprasteis o no?
- A Dios gracias, no. Pude convencer a mi madre de que no nos traería más que problemas – y añade - ¿Sabéis a qué me recuerda lo del coto arrocero? A la gripe, que en cuanto llega contagia a medio mundo. Lo digo porque ayer encontré a la madre de Rafa y tenía un enfado monumental. Me contó que el señor Antonio también ha comprado una finca en la Marina. La señora Maruja no hacía más que repetir: ¿y qué sabe un jefe de estación de arroz y por qué se mete en esos berenjenales? Estaba que se subía por las paredes.
- Ya que hablas de tus futuros suegros, ¿qué novedades nos cuentas de Rafa?
   Es oír la pregunta de Consuelo y a Lolita se le cambia la cara.

   En el café del Porvenir los de las partidas de cartas y del dominó han acabado de jugar y el objeto de los comentarios no podía ser otro que el del nuevo cultivo. Hay opiniones de lo más variado, cuando Martín Esteller, el barbero, plantea un interrogante inédito:
- ¿Sabéis lo que me choca? Que ninguno de los ricachos del pueblo haya adquirido ni una sola parcela, ¿por qué será?
   Sanchís es el primero en recoger el guante que acaba de lanzar el fígaro:
- Puede haber muchos motivos, pero yo los sintetizaría en dos. Como lo del arroz ha sido una iniciativa de Vives y los Arbós no es que se lleven demasiado bien con él, pues ya sabéis lo que ocurre en estos casos: si tu blanco, yo negro. En segundo lugar está el desconocimiento que se tiene sobre ese cultivo y ahí habría que aplicar lo que escribió un poeta: uno de los rasgos más típico del español es que desprecia cuanto ignora.  
- Perdone don José, no quisiera faltarle al respeto – se disculpa Julio Bosch, uno de los que ha comprado una finca grande y que ya siente lo del arroz como algo propio -, pero creo que hay otro motivo tan importante o más que los que cita. El experto que vino no nos ocultó que es un cultivo caro en mano de obra. Si los arroceros vamos a tener que pagar más a los peones porque van a trabajar metidos en el charco, en el resto de cultivos los jornales también subirán y a los que contratan braceros les resultarán más costosos. También por eso los que tienen muchas fincas no se han metido en ese jardín.

   Impensadamente, el desarrollo del coto arrocero se atasca. Cuando todo parecía marchar viento en popa, los enfrentamientos de la política local llevan el proyecto al borde del desastre. Otra vez, la pugna entre el alcalde y el jefe local es la causa del problema. En esta ocasión el motivo parece baladí, casi casi como si de una broma se tratara, pero cualquier excusa es buena en la lucha por el poder, porque en definitiva de eso se trata. Entre las instalaciones necesarias para poner en marcha el nuevo cultivo está la construcción de una red de canales para conducir el agua a los campos y el corazón de esa red es un potente motor que bombeará y distribuirá el líquido por toda la retícula de acequias y canalillos. El motor necesitará un encargado que lo maneje y se encargue de su mantenimiento. Aunque el empleo no es gran cosa, dada la escasez de puestos de trabajo que no sean de braceros son muchos los que aspiran a convertirse en el motorista del arroz y, como ha ocurrido anteriormente en relación con otros puestos, los aspirantes buscan recomendaciones.
   Lo del padrinazgo es una añeja costumbre en el pueblo, tan es así que la gente afirma convencida que el que no tiene padrinos no lo bautizan. Los candidatos a motorista se preocupan de ser respaldados por alguno de los que tienen capacidad para decidir que, debido a la falta de interés por el asunto de los demás poderes fácticos, terminan reducidos a Vives y Gimeno. Al finalizar el proceso de solicitudes, en el que por muy variadas circunstancias van cayendo casi todos los aspirantes iniciales, solo quedan dos candidatos: Arturo Rambla y Eladio Barberá. El primero apadrinado por el jefe local y el segundo por el alcalde. La colisión está servida. En esta ocasión ambos contendientes convierten el enfrentamiento en una cuestión personal, ninguno de los dos quiere dar su brazo a torcer y por mucho que intervienen otras autoridades locales ninguno cede. Llega un momento en que el proyecto se paraliza por algo, aparentemente, tan nimio como no saber quién será el encargado del motor.
   Desde los primeros días del enfrentamiento, Gimeno ha tenido varias veces la tentación de ir a contar a la Jefatura Provincial su pugna con Vives. Pero hay dos circunstancias que lo frenan: una, que hay un nuevo Jefe Provincial, Francisco Javier Municio, y del que según dicen es más político que el anterior; éste no es militar sino abogado del estado. La otra se basa en que es consciente de que no puede hablarle sin tener argumentos, no tanto contra el candidato de Paco sino contra el propio alcalde; el problema es que no se le ocurre ningún alegato que tenga una mínima consistencia. Vives, por su parte, piensa que ha llegado el momento de cargarse a Gimeno, porque considera que con el cambio de Gobernador sale ganando, por eso no está dispuesto a dar su brazo a torcer y lleva el enfrentamiento a sus últimas consecuencias.

   La pugna entre ambas autoridades pronto es la comidilla de los corrillos de las chafarderas. Como en otras ocasiones, el tema también es tocado en la tertulia que Lolita tiene con sus amigas en la trastienda.
- ¿Y qué os parece lo del motorista del arroz? Otra vez se han trabado de cuernos el alcalde y el de la cooperativa – es Consuelo la que ha sacado el tema a colación.
- A mí me parece una ridiculez. Da hasta vergüenza ajena ver hasta dónde puede llegar el orgullo y la testarudez de algunos hombres – opina Fina.
- Yo he oído a mi padre decir que si dos hombres hechos y derechos se enfrentan por ver cuál de sus patrocinados se queda con el puesto, como ahora ocurre, es una prueba más de que en política importa más aplastar al adversario que otra cosa – comenta Beatriz, hija de don Fulgencio Villangómez uno de los maestros del pueblo, que acude a la trastienda los fines de semana para que Lolita le dé clases de francés.
- Tu padre, Bea, tiene más razón que un santo. De Gimeno no me extraña nada, por lo poco que le he tratado ya sabía que es un chisgarabís, pero de Vives no me lo esperaba, le creía con más entidad y sensatez – opina Lolita.
- Y al final, ¿en qué quedará todo? – inquiere Consuelo. 
- Ya puedes imaginarlo: el que mejores padrinos tenga se quedará con el santo y la limosna – concluye sentenciosamente Fina.

viernes, 19 de diciembre de 2014

2.3. Zapatero, a tus zapatos




   En la reunión celebrada en el Ayuntamiento, el experto que ha mandado el Instituto de Colonización habla con tanto entusiasmo de las grandes posibilidades que atesora el humedal de la Marina para convertirse en una explotación arrocera con un futuro más que prometedor que son bastantes los vecinos que acaban convencidos y que se deciden a comprar algunas parcelas y probar suerte.
   Lolita, a quien su madre ha pedido que asista a la reunión, sale de la misma con tantas o más dudas que tenía cuando entró. Y así se lo explica:
- Mamá, no me ha quedado nada claro que lo del arroz pueda ser tan buen negocio como nos ha contado el experto. Es posible que lo sea para los que no tienen que contratar braceros para sus campos, pero para nosotras tengo todas las dudas del mundo, incluso aunque arrendásemos la finca a Herminio. De momento hay que invertir un dinero que no sabemos cuándo lo podremos recuperar. Y ese plazo de diez años para poder vender las tierras que ahora se compren me parece muy largo. En una década pueden pasar mil cosas que lleven al traste ese asunto.
- Entonces, hija, ¿qué crees que deberíamos hacer?
- Creo que antes de embarcarnos en esa aventura sería prudente tener alguna opinión más sobre el negocio que pueda suponer el arrozal. Y preguntar a alguna persona que sepa de verdad de qué va ese cultivo, y no fiarse de lo que cuenta un forastero o de lo que opina gente que en esto toca de oído como el cantamañanas de Gimeno.
   La señora Leo tras rumiar unos minutos la opinión su hija, se da una palmada en la frente.
- Me parece una idea muy sensata, María Dolores, y conozco a la persona indicada a la que preguntar: Manuel Caselles. Ya sabes que tiene un par de trilladoras que las desplaza al delta del Ebro en la época de la recolección del arroz.

   Precisamente, el vecino aludido por la señora Leo es en esos días una de las comidillas de los mentideros locales. En el pueblo nadie se explica cómo alguien tan declaradamente de izquierdas como Manuel Caselles ha conseguido que el Servicio Nacional de Regiones Devastadas le venda dos tractores Fiat, de los que las divisiones italianas que pelearon en la guerra española abandonaron al repatriarse. Se rumorea que ha debido de untar a algún pez gordo, pero sea lo que fuere allí están los primeros tractores que se ven en el pueblo. Los que más saben de maquinaria agrícola afirman que el negocio que va a hacer Caselles, con los feos y ruidosos cacharros, le va a caber en la palma de la mano, que si no se arruina será un milagro. La señora Leo que, junto con su hija, ha ido a visitarle, antes de plantearle sus dudas sobre el coto arrocero, cree preferible comenzar la charla por cuestiones más personales. Le pregunta por sus hijos que siempre son un buen pretexto para congraciarse con un padre:
- Los hijos…, los hijos son mi cruz, Leo. Al mayor, José Manuel, le ha pasado como a tantos otros, lleva casi cinco años de mili. Después de la guerra y de que se chupara un campo de concentración, los nacionales reengancharon a su quinta y me temo que mientras dure la guerra mundial los van a tener marcando el caqui por si acaso. Alberto pudo escapar de Argelès y volvió a España. Estuvo un tiempo en un campo de concentración en Figueras y ahora lo tienen en un batallón de trabajadores. Y el pequeño, Toni… - el hombre mueve la cabeza -, es mi gran preocupación. Se lo llevaron a Rusia con un grupo de aviadores que envío la República para que se formaran allí y solo sé que, antes de que los alemanes declarasen la guerra a los soviéticos, estaba vivo. Desde que los rusos entraron en guerra no he vuelto a saber nada.
- Cuándo tus chicos vuelvan, que seguro que un día u otro lo harán, te podrán ayudar en el negocio, ¿aunque sabes qué se dice en el pueblo de la última adquisición que has hecho? La gente se hace cruces de cómo podrás sacar tajada a los tractores. Aquí, como todos sabemos, no hay más que fincas de tres al cuarto. Salvo unas cuantas no hay propiedades lo suficientemente grandes que puedan permitirse el lujo de que entren máquinas de ese porte. Al menos, eso es lo que comenta la gente.
   Lo que le cuenta la señora Leo lo escucha Manuel con una sonrisa socarrona y un brillo picaresco en sus ojillos. Como su convecina es una antigua conocida y le cae bien no le importa desvelarle alguno de sus proyectos:
- Mucha gente de este pueblo, Leo, no es capaz de ver más allá de sus narices, por eso nunca saldrán de pobres. No he comprado los tractores para las fincas del pueblo, de aquí no pienso remover ni un palmo de tierra.
- ¿Entonces…?
- ¿Sabes dónde está el negocio? – y sin esperar respuesta añade – En la Albufera y en el delta del Ebro. Ahí es donde hay muchos cuartos a ganar. Como sabes – prosigue Caselles -, en esos lugares se cultiva arroz desde hace muchos años. Pues bien, el terreno destinado a arrozales se va a multiplicar por cuatro o por cinco en los próximos años y para eso se van a necesitar tractores y muchos. Ya tengo apalabrados compromisos en la próxima campaña para dar trabajo, no a mis dos máquinas sino a una docena que tuviera.
   Ahora es el momento, se dice Lolita, de exponer nuestras dudas:
- … y la verdad es que oyendo al experto daba la impresión de que se puede ganar mucho dinero con esto del arroz. Usted que lleva años trabajando con los arroceros, ¿qué opina?, ¿qué nos aconseja?
- Es cierto que con el arroz hay muchos duros a ganar, siempre que se pueda escaquear la mayor cantidad posible a los de la Fiscalía de Tasas y venderlo de estraperlo, pero tampoco es oro todo lo que reluce.
- ¿Dónde están los problemas? – quiere saber la señora Leo.
- Principalmente, en el agua. Se dice que el arroz ha de tener la cabeza en el fuego y los pies en el agua. Desde que lo plantas hasta unos días antes de la siega el cereal necesita estar permanentemente encharcado, agua que periódicamente hay que reponer y eso supone que se necesita mucho caudal. En el delta no tienen problema, cuentan con el Ebro y en la Albufera ocurre algo parecido, pero aquí solo se puede contar con el agua de los pequeños manantiales que hay en el humedal y en la marjalería. ¿Serán suficientes? No lo sé. Además, habrá que canalizarla e instalar uno o varios motores para bombearla porque hay diferentes niveles. Otro problema, pero este tiene solución si se tiene la suficiente capacidad financiera, es que se trata de un cultivo bastante caro en cuanto a mano de obra, hay que invertir su buen dinero en cada fanegada que pongas en marcha. Por eso digo que no es oro todo lo que reluce.
- Y tú que conoces el negocio del arroz, ¿en mi lugar comprarías o no? – la señora Leo hace la pregunta por la que ha visitado a su convecino.
- Eso depende de lo que pienses hacer con la finca – Da toda la impresión de que Caselles no es de lo que se mojan -. Como dije, en los arrozales hay que trabajar metido dentro del agua y la mano de obra sale cara.
- Lo que yo pensaba, Manuel, es comprar una finca de las que vende el Ayuntamiento muy bien de precio, arrendarla y, cuando pase el plazo de mora, venderla. Si todo sale bien lo más natural es que esos terrenos se revaloricen.
- Es posible que sea así, pero nadie lo puede asegurar. Lo de hacer profecías no es lo mío – Caselles sigue sin dar una respuesta concluyente.
- Señor Caselles, sin rodeos por favor, si usted estuviera en nuestro lugar ¿compraría o no? – es Lolita la que pone al industrial agrario en el disparadero de definirse.
   A Caselles no le ha gustado la imperativa interpelación de la joven y su respuesta lo demuestra: 
- Mira, niña, si estuviera en vuestra piel me atendría a lo que dice el refrán: zapatero, a tus zapatos.

martes, 16 de diciembre de 2014

2.2. Recuerda lo del caballo de Troya


   En la reunión vecinal convocada por el Ayuntamiento para tratar sobre la erradicación de los mosquitos en el humedal y la marjalería, el alcalde ha introducido un nuevo tema: en ambos parajes se podría cultivar arroz. Tras las palabras del regidor una exclamación de asombro surge del auditorio. En el pueblo jamás se cultivó ese cereal y poco o nada se conoce de su laboreo. Todos saben que esa gramínea se da, entre otros lugares, en la Albufera y en el Delta del Ebro, pero resulta impensable que pueda criarse allí. Varias voces se hacen audibles:
- ¿Y qué coño sabemos aquí de cultivar arroz? – pregunta uno despectivamente.
- No creo que haya agua suficiente en toda la Marina para un cultivo que la necesita a mares – comenta otro sentenciosamente.
- Yo sé de buena tinta que cultivar arroz es caro y más si se trata de campos nuevos. Hay que gastarse muchos miles de duros para ponerlos en condiciones. ¿De dónde sacaremos el dinero? – En las reuniones siempre hay alguien que echa las cuentas.
   El alcalde trata de poner orden, algo que le resulta bastante complicado porque en la sala se ha montado un auténtico guirigay. Tras ímprobos esfuerzos consigue reconducir la situación.
- ¡Callaos, coño!, si hablamos todos a la vez no va a haber manera de que termine de contaros lo que tengo que decir. No vayáis a creer que hago las cosas a humo de paja. Lo he pensado mucho y me he asesorado de gente que sabe de arrozales. Vamos por partes. Primero, el Ayuntamiento ofertará parcelas de cuatro fanegadas, en una de las partidas de la Marina de propiedad comunal, a un precio casi regalado, pero solo se podrá adquirir una y con la condición de que su propietario la explote durante, al menos, diez años. En el resto del humedal se podrán adquirir fincas más grandes al precio que en su momento se tasará. En cuanto a lo del agua, según el ingeniero del que os hablé antes, hay suficiente para regar un coto arrocero de muchas hectáreas. Lo que sí tendrá que hacerse será construir acequias para canalizar el agua e instalar uno o dos motores para bombearla y que llegue a todas partes. Sobre el asunto del dinero para poner en marcha los nuevos campos, hice gestiones con el Instituto Nacional de Colonización y se podrá contar con créditos baratos y a largo plazo que facilitarán mucho las cosas. En cuanto a que aquí no sabemos nada de arrozales es verdad, pero no nos vamos a acobardar por eso. A la gente de este pueblo le sobran co… redaños para cultivar arroz y lo que se tercie.
   Un rotundo aplauso interrumpe la disertación de Vives que, como no está acostumbrado a esas muestras de entusiasmo, las recibe con una mezcla de asombro y satisfacción.
- Gracias, gracias…, pero todavía me falta algo por decir. También por mediación del Instituto de Colonización nos van a enviar a unos expertos para que nos expliquen todo lo que hay que saber sobre el arroz y la manera de cultivarlo. Y otra cosa que no quiero que me se olvide: hay que tener en cuenta que el arroz es un cultivo muy productivo y que tiene la venta asegurada. Finalmente, quiero decir que en el Ayuntamiento se va a abrir una ventanilla para todos los que estén interesados en lo del coto arrocero, allí os darán toda la información y os resolverán las dudas que podáis tener sobre el asunto. Y que conste que todo esto lo hago en beneficio del pueblo. He dicho.

   El proyecto del coto arrocero se convierte en la noticia estrella. La gente, como es tradición inveterada, se divide en dos bandos: unos a favor y otros en contra. Estos últimos son mayoría. Los campesinos suelen estar muy apegados a sus costumbres y la introducción de un nuevo cultivo, del que nada saben, les asusta y cuando algo asusta la reacción que suele provocar es el rechazo.
   Gimeno ha sido uno de los primeros sorprendidos ante la iniciativa del alcalde. Piensa que un nuevo cultivo puede ser algo bueno para la cooperativa, habrá más trabajo y eso supone más ingresos y cuando se mueve dinero es fácil que algunas pesetas vayan a parar al bolsillo del que lo gestiona, pero ahora que ha entrado en política no da un solo paso sin contar con el consejo de su mentor. Se reúne con el patriarca de los Arbós.
- Señor Benjamín, ¿qué opina sobre lo del arroz?
- Que es una buena jugada de Vives, lo que aún le torna más peligroso.
- Entonces, les diré a nuestros partidarios que se opongan y además que no compren ni un palmo de tierra.
- No. De momento será mejor esperar y ver en qué termina esta historia. Si en algún momento hay que cargarse el invento se consigue mejor desde dentro.
- Pero, señor Benjamín, si el proyecto funciona los resultados pueden ser catastróficos – iba a decir para mí, pero rectifica a tiempo - … para nosotros. Vives se puede convertir en el amo del pueblo.
- José Vicente, tú habrás estudiado algo de la Grecia clásica, ¿verdad? – y sin esperar respuesta añade -. Recuerda lo del caballo de Troya. Pues eso mismo es lo que vamos a hacer. La única manera de contrarrestar a Vives será teniendo a nuestra gente dentro del plan. O sea, que de torpedear el proyecto nada. Más bien lo contrario: hay que animar a la gente a que se apunte. En política siempre conviene tener un plan B por si el A no funciona. Si el plan de nuestro amigo Paco funciona y tenemos a muchos de los nuestros dentro terminaremos controlando el asunto. Si, por el contrario, fracasa será mayor el número de descontentos por haberle hecho caso a Vives. 
   La alusión al mito clásico hecha por Arbós es en lo que está pensando Gimeno cuando por la tarde, como tantas otras, ha subido hasta el Calvario. Quizás con algo de suerte pueda encontrar a Lolita a la que no puede quitarse de la cabeza, pese a sus desplantes. Cuando la ve se le acerca y, sin darle tiempo a nada, le espeta:
- Perdón, Lolita, pero quiero preguntarte algo: tú que eres de aquí ¿qué opinas de lo del coto arrocero? – no es que tenga ningún interés en lo que pueda opinar la joven, es que no se le ha ocurrido nada mejor para pegar la hebra.
   La joven se le queda mirando, un tanto desconcertada ante la interpelación.
- ¿Lo del coto arrocero? Ni lo sé ni me importa – la respuesta es tan desabrida como siempre.
- Alguna opinión tendrás. Si el proyecto sigue adelante puede ser algo muy positivo para el pueblo.
- Es posible que tenga razón – sigue hablándole de usted -. Si se mueve el dinero los que tenemos establecimientos lo notaremos. Y ahora, si me perdona, es hora de volver a casa.

   Cuando Lolita llega a casa le espera una sorpresa, la causante es su madre.
- Te estaba esperando, María Dolores. ¿Piensas ir esta noche al Ayuntamiento?
- ¿Al Ayuntamiento, y qué se me ha perdido allí? 
- Habrá una reunión en la que van a explicar lo del cultivo del arroz – aclara la señora Leo.
- Pero mamá, ¿y que nos interesa a nosotras lo del arroz?
- Creo que deberías ir porque te enterarás mejor que si voy yo. Van a traer gente de fuera para enseñarnos como se cultiva – explica la señora Leo.
- ¿Qué quieres decir con eso de enseñarnos?, ¿es qué vas a comprar algún campo de las que se van a vender en la Marina? – inquiere sorprendida Lolita.
- Todavía no estoy segura, pero hace unos días estuve en la cooperativa de San Isidro y ese chico forastero que está de secretario me dijo que puede ser una inversión interesante y que él también va a adquirir una parcela.
- El secretario se llama Gimeno y por lo que me cuentas se parece cada vez más al perejil, le gusta meterse en todas las salsas. Y ahora hablando en serio, mamá. Ninguna de las dos sabemos nada de agricultura. Las cuatro finquitas que tienes sino se las hubieras arrendado a Herminio estarían convertidas en un erial. ¿Y pretendes comprar otro campo?
- Verás, María Dolores, el chico ese, Gimeno, me explicó las posibilidades que podría dar de sí el nuevo cultivo si llegase a prosperar. Me contó que los productos agrícolas más ordinarios van dejando paso a otros más selectos, lo cual puede suponer el declive del boniato. El estraperlo sigue floreciendo pero se ha tornado más selectivo, ahora las estrellas son las medias de cristal, la penicilina, el tabaco rubio, el pan blanco… En esas condiciones, el arroz podría convertirse en el cultivo alternativo que los labradores locales necesitan desesperadamente y una inigualable oportunidad de ganar muchos duros. Y he pensado que las cuatro perras que tenemos y por las que la caja de ahorros nos da un interés miserable estarían mejor invertidas en la compra de una finca en la Marina. Por descontado ninguna de las dos va a poner un pie en ella. Se la arrendaremos a Herminio, y si todo marcha bien dentro de diez años podremos venderla y, como posiblemente se habrá revalorizado, ganaríamos unos buenos dineros que nos vendrían como agua de mayo. 
- Mamá, nunca dejarás de sorprenderme – es cuanto se le ocurre decir a lolita.