martes, 25 de noviembre de 2014

1.10. Un filón inesperado



   Los dos factores de la RENFE que asisten a la tertulia de El Porvenir no han contado todo lo que saben sobre el estraperlo y no lo han hecho porque ni pueden ni quieren. Se ganan sus buenos duros haciendo la vista gorda al facturar vagones que en el manifiesto de  carga solo llevan algarrobas o boniatos, y mirar a otro lado cuando se meten de matute otras mercancías que luego se venderán a precios astronómicos en la ciudad. Esos estraperlistas son los que se están haciendo de oro. Las mujeres que viajan con un par de cestas se limitan a ganar su jornal y poco más.

   La combinación de la hambruna, el estraperlo y la asfixiante política intervencionista que atenaza al país es la principal causa de un sorprendente cambio en muchas comarcas agrarias: los tradicionalmente empobrecidos agricultores se están enriqueciendo. Todo producto que pueda convertirse en comestible alcanza precios inimaginables en el mercado negro. Senillar no es zona cerealista y tiene una producción oleícola bastante limitada por lo que no puede competir en el mercado de los dos productos preferidos por el estraperlo: la harina de trigo y el aceite de oliva. Pero el pueblo ha encontrado un filón inesperado en un cultivo tan modesto como el del boniato o batata. De antaño ese tubérculo, que ya se cultivaba en la marjalería en pequeñas plantaciones, se consumía en el pueblo de muy variadas maneras: crudo, asado, hervido y para fabricar la confitura de uno de los postres más típicos de Senillar, el dulce de boniato. Ahora se facturan vagones, con miles de toneladas, cuyo destino es paliar el hambre en las grandes urbes. El boniato se ha convertido en uno de tantos sucedáneos del pan y dado que es muy barato su comercialización ha experimentado un espectacular incremento. El fenómeno está produciendo un río de dinero para los modestos labriegos locales, nunca ganaron tantos duros ni siquiera en las mejores campañas naranjeras de antaño llegaron a tener tantos ingresos.
   De alguna forma, ese imprevisto alud de dinero ha dado un vuelco espectacular a la valoración de los estamentos que conformaban la pirámide social y económica del pueblo cuya composición era simple. En la cúspide estaba la docena escasa de las familias ricas de cuna y los contados titulados superiores destinados en la localidad. Después los dueños de los modestos negocios locales: panaderías, ultramarinos, carnicerías y demás tiendas del más variado pelaje. Luego los funcionarios por aquello del sueldo seguro. Tras ellos la gente de los oficios: albañiles, carpinteros, herreros, hojalateros… Casi en la base de la pirámide los propietarios de los minifundios agrícolas que formaban el grueso de la población, y en la cola aquéllos que se tenían que emplear de braceros. Ahora, los labriegos se han convertido en los nuevos ricos del pueblo, pese a que continúan teniendo algún que otro problema. Uno de ellos es que sigue manteniéndose la ancestral costumbre de que los comerciantes apalabren las cosechas a los campesinos y se las paguen cuando cobran de los mayoristas. Esa arcaica modalidad comercial, en la que la palabra y la buena fama personal son las que cuentan, origina que en alguna ocasión los agricultores vendan sus cosechas, pero no lleguen a cobrarlas porque el comerciante de turno se ha arruinado o ha desaparecido dejando tras sí una legión de impagados.

   De la inusitada actividad comercial que registra el pueblo y de cómo corre alegremente el dinero pueden dar fe los establecimientos comerciales de Senillar. Hasta la modesta tienda de modas de la madre de Lolita se beneficia de esa inesperada época de vacas gordas. Nunca había vendido tantos modelitos y, especialmente, tanta lencería. Un día, que estaba atendiendo a un par de jovencitas que dudaban ante los sujetadores que Lolita había puesto encima del mostrador, entró Gimeno. Fue verle y una sonrisa pícara cruzó el agraciado rostro de la joven encargada. Vamos a ver cómo reacciona este mequetrefe, se dice:
- Señor Gimeno, si espera un momento enseguida le atiendo. Aunque viene usted al pelo, ¿nos podría hacer un favor?
- Faltaría más.
- Verá, es que aquí – señalando a las dos muchachas – no acaban de decidirse entre estos dos modelos de suje. Usted que es hombre de mundo sabrá que las mujeres compramos la ropa interior pensando más en los varones que en nosotras mismas. Entonces, desde un punto de vista masculino, ¿usted por cuál se decidiría?, ¿por este que recoge el pecho y lo levanta? o ¿por este otro que al contrario no es tan provocativo?
   Gimeno mira fijamente los sujetadores, de blonda y encajes, que Lolita exhibe y no se le escapan las miradas entre curiosas y un tanto burlonas de las dos compradoras. Tres pares de oídos curiosos aguardan la respuesta del interpelado; ésta no deja de sorprenderles pues es más propia de un adolescente, incómodo ante una pregunta atrevida, que de un hombre hecho y derecho:
- Entiendo menos de sujes que de corbatas. Ya vendré en otro momento – y salió disparado de la tienda. Por unas décimas de segundo no llegó a escuchar la carcajada de las dos clientas ni pudo ver la maliciosa sonrisa que floreció en el rostro de Lolita.

   De los efectos que produce el filón del boniato está dando más datos Martín Esteller que, haciendo honor a su profesión de barbero, está al día de la mayoría de chismes que circulan por el pueblo:
- … y cualquier muerto de hambre que tenga un par de marjales o un huerto, del que antes solo malvivía, ahora se está forrando. Apalean tantos duros que no saben qué hacer con ellos.
- Quién lo iba a decir – se lamenta Bonet -, antes los pobres eran ellos y ahora lo somos nosotros.
- Hombre, pobres, lo que se dice pobres, tampoco – le corrige Clavé.
- En términos absolutos, posiblemente no, pero desde un punto de vista relativo creo que tiene razón Bonet – interviene Lastra -. Todos los que tienen ingresos fijos seguro que a fin de año van a ganar menos que cualquiera que tenga algo que vender de estraperlo. Yo lo estoy viendo en mi trabajo. Antes cuando un labriego pedía que fuera a ver uno de sus animales era porque estaba muriéndose, ahora en cuanto un mulo da un mal paso ya está el dueño llamándome para que le haga una revisión a fondo.
- Lo mismo puedo contar yo, pero de las instalaciones – apunta el encargado de la luz, que es otro de la partida. Piñana explica a sus compañeros como una de las primeras inversiones que hacen los nuevos ricos locales es echar abajo sus modestas viviendas y sobre el mismo angosto solar construir su nueva casa. Suelen ser oscuros y estrechos edificios de dos o tres alturas, pero de los que generalmente solo se remata la planta baja, las restantes quedan para cuando el calcetín vuelva a engordar. Se gana sus buenos duros montando las instalaciones eléctricas de las nuevas construcciones.
- Si el dinero se mueve siempre hay la posibilidad de que algo te toque – filosofa Ballesta.
- No a todos – asevera rotundo Clavé que, como telegrafista, no tiene fácil lo de conseguir otros ingresos.
- Cambiando de tema: ¿qué sabéis de la División Azul? – pregunta Lastra a quien lo del estraperlo ya le aburre.
- Parece que los han destinado al frente Norte.
- ¿Y eso adónde para?, porque con lo grande que es Rusia… - interroga uno de los contertulios cuyos conocimientos geográficos son justitos.
   Tras un breve repaso a la situación bélica, en la que los alemanes siguen arrasando desde el inicio de la guerra, terminan hablando de fútbol. Bonet, que es muy futbolero, sostiene que este año volverá a ganar la liga el Atlético de Aviación que ya lleva dos años seguidos proclamándose campeón.    

   Al deshacerse la tertulia, Bonet piensa que, cuando hablaron de la guerra, le hubiese gustado comentar con sus contertulios las informaciones de la contienda bélica que escucha en su radio, pero se ha contenido. Sintonizar determinadas emisoras como la clandestina Radio España Independiente, más conocida como la Pirenaica, está rigurosamente prohibido puesto que es una vía de información y propaganda del proscrito partido comunista y las condenas por saltarse la prohibición pueden ser muy duras. No es cuestión de andarse con bromas. En la soledad de su minúscula salita de estar es cuando más echa de menos a sus antiguos compañeros de tertulia. Ha estado sondeando, con mucho tiento, a algún que otro conocido para que le acompañe en las audiciones radiofónicas nocturnas, pero no ha encontrado contestación. O no se han enterado de a qué les invitaba o se han enterado demasiado bien y le han dado la callada por respuesta. Hasta que quién menos imaginaba acepta encantado la velada invitación: su compañero de trabajo, Alfredo Ballesta. Resulta que también es un represaliado político, aunque lo oculta celosamente.
   La primera noticia de la que se enteran, y que no trae ningún periódico, es que en enero se firmó en Washington, por varios importantes países, una declaración de las Naciones Unidas para garantizar la libertad y preservar los derechos humanos y de la justicia; fuera del acuerdo quedan las llamadas potencias del Eje y los estados afines y entre ellos se cita a España.
- Y eso de que dejen fuera a España, ¿tú crees que repercutirá en el gobierno?
- Cualquiera sabe, pero una cosa sí tengo clara, si por casualidad los aliados ganan la guerra, Franco las va a pasar más putas que San Amaro. 
- ¿Franco o el resto de los españoles?

viernes, 21 de noviembre de 2014

1.9. Estraperlo y estraperlistas



   Lo que el comerciante Paco Vives quería del encargado de la luz, y por eso le regaló una garrafa de aceite, era que se “distrajera” varios días a la semana y que en vez de cortar la corriente a medianoche lo hiciera a la hora que previamente hubiesen acordado. Vives no se molestó demasiado en ser persuasivo, sabía perfectamente con quien estaba hablando: con un empleado que ganaba lo justito para que los suyos no pasasen hambre.
- Mira Piñana, la medida que te propongo sería beneficiosa para todos, tú el primero, la garrafa de aceite no ha sido más que un modesto anticipo.
- Lo lamento, Vives, pero lo que me pides no es posible, tengo órdenes precisas de la compañía y me juego el empleo si las incumplo.
- Pero vamos a ver, ¿quién coño se va a enterar, fuera del pueblo, si algunas noches cortas la luz a las doce o un par de horas más tarde?
- Paco, insisto en que comprendo tus razones y te aseguro que me encantaría poder ayudarte, pero no está en mi mano.
   La discusión es estéril: ni uno cede en sus pretensiones ni el otro en su negativa. Al final, el encargado ofrece al comerciante una salida:
- Lo que puedes hacer es hablar con mis jefes y si estos lo autorizan nada me produciría más satisfacción que poder echarte una mano retrasando la hora del apagón.
   El comerciante se marchó visiblemente irritado. Creyó más prudente no informar al electricista que la gestión que proponía ya la llevaron a cabo con resultado negativo. Algunos colegas de Vives estuvieron hablando con los directivos de la compañía eléctrica que se los quitaron de encima remitiéndolos a la Delegación Provincial de Industria, de dónde procedía la prescripción de los cortes de fluido; en la Delegación les dijeron que no hacían más que cumplir órdenes del Ministerio. Por eso los comerciantes llegaron a la conclusión de que el problema solo podía arreglarse en el ámbito local, de ahí la gestión personal de Vives.

   Tras el fracaso de la entrevista con el encargado de la luz, los comerciantes trasladaron el problema al que entonces era alcalde, Buenaventura Cucala, haciendo hincapié que los apagones les afectaban a ellos, pero de rechazo también a los agricultores. El alcalde se comprometió a efectuar las gestiones necesarias para solucionar el problema. Llamó al electricista al Ayuntamiento y le expuso la situación. El empleado repitió las mismas explicaciones que le dio a Paco Vives. Para el alcalde la solución a las restricciones se convirtió en una cuestión personal, no podía quedar mal ante unos vecinos que eran los que movían la economía local. La discusión terminó mal. Cada interlocutor se empecinó en su postura y ninguno dio su brazo a torcer. El alcalde llegó a amenazar al encargado de que su actitud le podía costar un serio disgusto y de qué no sabía con quién se jugaba los cuartos. El electricista se encogió de hombros, para él la discusión estaba cerrada. Sabía perfectamente del porqué de tanta insistencia, los comerciantes se jugaban mucho, una parte considerable de las remesas de sus productos iban a parar directamente al mercado negro. Y el estraperlo generaba ingentes cantidades de dinero.                                                                
                                                                             
   Del estraperlo, uno de los fenómenos más peculiares en la España de los años cuarenta, era de lo que hablaban con frecuencia los asiduos a la tertulia del café El Porvenir, tal como ocurre hoy. Celestino Bonet está explicando uno de los efectos del mercado negro en el ferrocarril:
- … y despachamos más del doble de billetes. Hace un par de años la mayoría de la gente solo cogía el tren para ir a Valencia, ahora únicamente el billetaje que expendemos para el correo de Barcelona supera a todo lo anterior.
- No me extraña – asevera Bosch, uno de los agricultores de la tertulia -, lo que aquí vale un litro de aceite se multiplica por cinco o por seis en Barcelona. Es un negocio redondo.
- ¿Y los estraperlistas no tienen miedo de que les pillen los de la Fiscalía de Tasas? – pregunta Sanchís, el boticario.
- Ese es un riesgo que corren. Si los cogen, les decomisan lo que llevan y les ponen una multa, pero si consiguen llegar al destino sin que les detengan, la ganancia es tan amplia que compensa el riesgo – explica Alfredo Ballesta, otro factor de RENFE y nuevo integrante de la tertulia.
- Mucho han de ganar para que les resarza la pérdida de lo que lleven y además la multa – apostilla Sanchís.
- Sufren la pérdida, pero de multas se pagan muy poquitas – puntualiza Esteban Clavé, el telegrafista -. Al principio se pagaban la mayoría, hasta que descubrieron que si eres insolvente no hay forma de que el Gobierno pueda cobrar la multa. Por eso la mayoría de los estraperlistas son mujeres y ninguna tiene nada a su nombre.
- ¿Es verdad, Celestino, lo que dice Esteban, qué la mayoría de estraperlistas son mujeres? – quiere saber Sanchís.
- Ciertos son los toros. Por cada hombre que estraperlea, hay tres o cuatro mujeres. Y si lo pensáis es lógico. ¿A ver quién es el guapo que se atreve a registrar a una mujer? Hay tías que se meten un saquito de harina o un pellejo de aceite bajo las faldas como si estuviesen preñadas y como no suelen registrarlas llegan tan panchas a la estación terminal – explica Bonet.
- Yo estoy convencido de que si no cogen a los estraperlistas es porque no quieren, con tener un piquete de guardias en las estaciones y registrar a todos los que llevan bultos sospechosos, problema resuelto – afirma otro de los tertulianos.
- Eso ya lo hacen – aclara Ballesta -, pero como los estraperlistas lo saben, sirve de poco. Los de la Fiscalía tendrían que poner guardias a lo largo de la vía en los últimos kilómetros antes de llegar a Madrid o a Barcelona.
- ¿Por qué?
- Porque a la ciudad solo llega uno de cada ocho o nueve fardos. Mucho antes de que termine el recorrido los estraperlistas van lanzando los bultos por puertas y ventanillas. A pie de vía hay conchabados que los están esperando para recogerlos. Cuando llegan a término todos están más limpios que una patena.
- ¡Coño! – exclama Lastra -. Lo que la gente es capaz de inventar.
- A mí me gustaría saber quién cojones es el culpable del jodido estraperlo, porque para los labradores es un momio, pero para los que vivimos de un sueldo es la muerte. Todo está por las nubes y los sueldos no dan para más – se lamenta Clavé, uno de los asalariados de la tertulia.
- Os diré quién es el culpable – Lastra, el veterinario, se pone sentencioso -: el Gobierno.
- ¡Qué coño va a ser el Gobierno! Quién tiene la culpa es Franco – le corrige Bonet.
- Te equivocas, Celestino. El culpable no es el Caudillo sino la mayor parte de los ministros que son nos incompetentes. Primero implantaron las cartillas de racionamiento, luego decretaron la obligatoriedad de fijar los precios de los productos básicos de acuerdo a cómo estaban antes de la guerra. ¿Cuál ha sido el resultado de unas medidas sin pies ni cabeza? Pues que comerciantes, fabricantes y mayoristas han inmovilizado muchos de los bienes de consumo más demandados y se ha producido un desabastecimiento del mercado. El resultado es el florecimiento del mercado negro, vamos, del estraperlo. Si Franco lo supiera lo arreglaría de un plumazo, pero para mí que no le cuentan ni la mitad de lo que está pasando. Si no, otro gallo nos cantara – asevera Lastra.
- ¿Y para arreglar todo eso no están la Comisaría de Abastecimientos y la Fiscalía de Tasas? – interpela Sanchís.
- Esos – el veterinario baja la voz - no arreglan nada. Ponen alguna que otra multa y decomisan unos cuantos fardos a los pequeños estraperlistas, pero a los grandes… - sigue hablando en voz tan tenue que alguno de los tertulianos es incapaz de entender lo que dice.
- Don Abelardo, no pretendo llevarle la contraria, pero los de la Fiscalía también se meten con los peces gordos - interviene Esteller, el barbero -. Sin ir más lejos, hace veinte días registraron la almazara de Betoret, la de la calle Virgen de Loreto, y le pillaron una montonera de litros de aceite que no tenía declarados. Han enprecintado, o como coño se llame, el molino y dicen que le van a poner una multa de las que levantan ampollas. 
- Hombre, Esteller, de vez en cuando tienen que justificarse y dar algún golpe, pero es mayor el ruido que las nueces. Lo que le puedan poner de multa a Betoret será una bagatela al lado de lo que ha ganado vendiendo el aceite de estraperlo y de lo que va ganar. Porque me apuesto café, copa y puro que, antes de un mes, el molino volverá a funcionar.

martes, 18 de noviembre de 2014

1.8. Se te ve tristona, hija


   Rafael Blanquer ha llegado a una especie de pacto consigo mismo. Seguirá siendo novio de Lolita, a la que solo escribe un par de cartas al mes con la excusa de que ha de estudiar mucho, y cuando llegue el verano volverá con ella, pero mientras tanto sale con todas las chicas que puede. Es joven y está en edad de divertirse, tiempo habrá para ponerse en plan formal y dedicarse a cosas mucho más aburridas. Sus escarceos amorosos van viento en popa, pero con alguna que otra dificultad, la principal es que cada jovencita es una especie de fuerte de los que salen en las películas del oeste, es complicadísimo tomarlo. Se ha tenido que conformar con sobeteos, pero hasta ahora no ha logrado alcanzar el paraíso, solo lo consiguió en una ocasión y la cosa no fue mucho más allá, le queda mucho por aprender. Ahora está explorando nuevos cazaderos. Últimamente ha ido varias veces al bar de la Universidad Central a tantear las niñas de Filosofía y Letras, a ver si son más lanzadas que las vendedoras, empleadas, chachas y oficinistas a las que frecuenta.
   En cuanto a los estudios ha decidido concederse un año sabático. Sus padres se van a poner como hienas, pero ¿qué le van a hacer? Van a tener que aguantarse. Su padre le echará una bronca de mil pares de narices, le dirá que en adelante no le dará ni un duro y que le va a poner a trabajar; su madre cogerá un berrinche y le recriminará durante varios días en medio de llantos y lamentos. Todo ello para que en cuanto pase una semana vuelvan las aguas a su cauce, que para eso es hijo único. Su padre no le exigirá que busque trabajo y su madre, a escondidas, terminará dándole dinero para vicios. Al fin y al cabo, qué más da que un curso de la jodida carrera cueste completarlo uno o más años. Solo se es joven una vez y no va a malgastar la juventud enterrándose en medio de libros y apuntes que son un rollo. ¿Y Lolita qué hará?, se pregunta, sabe que es una formulación retórica porque no hay, no puede haber, más que una respuesta: le guardará la ausencia y esperará su regreso. No hay otra.

   Lolita tiene menos alternativas que su novio. En un pueblo las posibilidades son mucho más limitadas y lo de simultanear un noviazgo serio y tontear con otros chicos es poco menos que imposible, se sabría en un minuto. Esa es una de las causas por las que ha aparentado no enterarse de las torpes insinuaciones del secretario de la cooperativa. Hay que optar: o se flirtea o se guarda la ausencia, no hay término medio. Como la muchacha sigue queriendo desesperadamente a Rafael ni se plantea lo de echar por la borda su relación, aunque día a día y gota a gota el vaso de su paciencia se va colmando. En uno de los momentos de depresión, que frecuentemente la asaltan, se sincera con su madre.
- Se te ve tristona, hija. ¿Te pasa algo?, ¿no te encuentras bien?
- Estoy bien, mamá,… Pasarme me pasa lo de siempre. Rafa tarda cada vez más en escribirme y eso me trae martirizada.
- Bueno, los estudios absorben mucho – la señora Leo trata de quitar hierro – y le debe de quedar poco tiempo.
- ¡Ojalá fueran los estudios!, pero no parece que los tiros vayan por ahí. Su madre está muy disgustada, me cuenta que Rafa estudia muy poco, el año pasado no aprobó casi ninguna asignatura y este curso tampoco parece que las cosas le vayan mucho mejor.
- En cualquier caso, a un estudiante el tiempo se le va como el agua.
- No, mamá, tampoco es un problema de tiempo. Las causas deben de ser otras, igual se ha juntado con malas compañías, ha debido de conocer a otra mujer… o ha dejado de quererme – la última frase le sale con un hilo de voz.
   La señora Leo no sabe qué decir. A bote pronto ha estado tentada de minimizar el problema y recurrir a los tópicos de siempre: que no debe de preocuparse, que esas cosas pasan, que son nubes pasajeras…, pero percibe que su hija está afrontando el problema con una entereza y un coraje que se merece algo más que consolarla con unos cuantos lugares comunes.
- ¿Qué vas a hacer?
- Lo he de pensar, mamá. De momento, no haré nada. Me voy a dar de plazo hasta el verano y cuando venga de vacaciones voy a plantearle que así no podemos seguir. ¿Qué te parece?
- Me parece una decisión prudente, María Dolores – su madre es la única que la llama por su nombre de pila completo -. Sabes que Rafael siempre me ha caído bien. Me parece un chico simpático, educado y buena persona, pero lo que no debes de consentir es que juegue con tus sentimientos.
- Solamente hay un pero en todo esto, mamá. Sigo queriéndole con toda mi alma. Solo de pensar en que podemos terminar se me abren las carnes…, aunque desde que se marchó ha cambiado tanto que temo que llegará un día en que no podré seguir soportándolo.
   La madre vacila, pero finalmente se decide y lanza la pregunta que le está quemando en los labios:
- ¿En alguna ocasión habéis hablado de boda?
- Muchas veces, pero… eso es una muestra más de lo que ha cambiado. Habíamos imaginado mil proyectos sobre las cosas que haríamos cuando nos casáramos, pero hace casi dos años que esos planes han desaparecido de nuestras conversaciones. Ahora cuando tocamos, generalmente de refilón, algo relacionado con nuestro futuro siempre se refiere a lo mismo: que la carrera de Industriales es muy dura, que si le va a costar seis o siete años terminarla, que cuando acabe tendrá que colocarse o preparar una oposición… Total, que según las cuentas que echa tenemos por delante ocho o nueve años de noviazgo. Me puedo poner en la treintena y todavía estar de novia. Y ahí, Rafa se equivoca. No sé si voy a ser capaz de aguantar tanto.
- Has de tener paciencia, hija. Las cosas pueden cambiar.
- Ya la tengo, mamá, pero todo tiene un límite. ¿Tú me ves con treinta años esperando a que Rafael Blanquer me lleve al altar? ¿Crees que vale la pena que se me pase la juventud esperando a un novio al que solo veo un par de meses al año?
   La señora Leo piensa que su hija lleva razón. Esa especie de sequía de afecto a la que la condena la prolongada ausencia de su amado no puede ser agradable ni de ahí salir nada bueno.
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   Otra clase de sequía, la climatológica, esquilma las resecas tierras ibéricas. Uno de los efectos de esa pertinaz sequía, una de las muletillas predilectas en los discursos del Caudillo, es la menguante producción hidroeléctrica que da lugar a restricciones en todo el país. Senillar no es una excepción. Al llegar la medianoche, Anselmo Piñana, el encargado de la compañía suministradora de electricidad en el pueblo, desconecta el interruptor de la subestación transformadora y no restablece la corriente hasta las siete de la madrugada, de acuerdo con las instrucciones de la empresa. La gente soporta penosamente los apagones, son muchas horas sin suministro eléctrico y haber tenido que desempolvar de los desvanes candiles, velas y carburos se lleva francamente mal. En un pueblo sin industria la medida parecía que no podría incidir mucho en la economía local, pero eso ha dejado de ser del todo cierto. El pujante comercio agrícola, favorecido por el estraperlo, ha propiciado que se hayan abierto varios almacenes en los que se recogen y envasan las cosechas hasta altas horas de la noche. Quedarse sin luz a las doce dificulta y hace más penoso el trabajo, sobre todo en las largas noches invernales. Los comerciantes intentan paliar la situación como buenamente pueden.
   Tratar de remediar los efectos de las restricciones fue lo que provocó la agarrada que tuvo Paco Vives, antes de ser nombrado alcalde, con el encargado de la luz. Una tarde al llegar a casa el electricista encontró una garrafa de aceite en la encimera de la cocina.
- ¿Y esta garrafa? – su tono era de viva sorpresa.
- La dejaron de parte de Paco Vives – le informó su mujer.
- ¿Quién la trajo?
- Uno que trabaja en su almacén. Dijo que su jefe vendrá luego a verte.
- Algo querrá a cambio, mujer, nadie va por ahí regalando cosas porque sí. No tendrías que haberla cogido.
- ¿Pero tú sabes lo que cuestan veinte litros de aceite de oliva? ¡Cómo se nota que no vas a la compra!