viernes, 21 de noviembre de 2014

1.9. Estraperlo y estraperlistas



   Lo que el comerciante Paco Vives quería del encargado de la luz, y por eso le regaló una garrafa de aceite, era que se “distrajera” varios días a la semana y que en vez de cortar la corriente a medianoche lo hiciera a la hora que previamente hubiesen acordado. Vives no se molestó demasiado en ser persuasivo, sabía perfectamente con quien estaba hablando: con un empleado que ganaba lo justito para que los suyos no pasasen hambre.
- Mira Piñana, la medida que te propongo sería beneficiosa para todos, tú el primero, la garrafa de aceite no ha sido más que un modesto anticipo.
- Lo lamento, Vives, pero lo que me pides no es posible, tengo órdenes precisas de la compañía y me juego el empleo si las incumplo.
- Pero vamos a ver, ¿quién coño se va a enterar, fuera del pueblo, si algunas noches cortas la luz a las doce o un par de horas más tarde?
- Paco, insisto en que comprendo tus razones y te aseguro que me encantaría poder ayudarte, pero no está en mi mano.
   La discusión es estéril: ni uno cede en sus pretensiones ni el otro en su negativa. Al final, el encargado ofrece al comerciante una salida:
- Lo que puedes hacer es hablar con mis jefes y si estos lo autorizan nada me produciría más satisfacción que poder echarte una mano retrasando la hora del apagón.
   El comerciante se marchó visiblemente irritado. Creyó más prudente no informar al electricista que la gestión que proponía ya la llevaron a cabo con resultado negativo. Algunos colegas de Vives estuvieron hablando con los directivos de la compañía eléctrica que se los quitaron de encima remitiéndolos a la Delegación Provincial de Industria, de dónde procedía la prescripción de los cortes de fluido; en la Delegación les dijeron que no hacían más que cumplir órdenes del Ministerio. Por eso los comerciantes llegaron a la conclusión de que el problema solo podía arreglarse en el ámbito local, de ahí la gestión personal de Vives.

   Tras el fracaso de la entrevista con el encargado de la luz, los comerciantes trasladaron el problema al que entonces era alcalde, Buenaventura Cucala, haciendo hincapié que los apagones les afectaban a ellos, pero de rechazo también a los agricultores. El alcalde se comprometió a efectuar las gestiones necesarias para solucionar el problema. Llamó al electricista al Ayuntamiento y le expuso la situación. El empleado repitió las mismas explicaciones que le dio a Paco Vives. Para el alcalde la solución a las restricciones se convirtió en una cuestión personal, no podía quedar mal ante unos vecinos que eran los que movían la economía local. La discusión terminó mal. Cada interlocutor se empecinó en su postura y ninguno dio su brazo a torcer. El alcalde llegó a amenazar al encargado de que su actitud le podía costar un serio disgusto y de qué no sabía con quién se jugaba los cuartos. El electricista se encogió de hombros, para él la discusión estaba cerrada. Sabía perfectamente del porqué de tanta insistencia, los comerciantes se jugaban mucho, una parte considerable de las remesas de sus productos iban a parar directamente al mercado negro. Y el estraperlo generaba ingentes cantidades de dinero.                                                                
                                                                             
   Del estraperlo, uno de los fenómenos más peculiares en la España de los años cuarenta, era de lo que hablaban con frecuencia los asiduos a la tertulia del café El Porvenir, tal como ocurre hoy. Celestino Bonet está explicando uno de los efectos del mercado negro en el ferrocarril:
- … y despachamos más del doble de billetes. Hace un par de años la mayoría de la gente solo cogía el tren para ir a Valencia, ahora únicamente el billetaje que expendemos para el correo de Barcelona supera a todo lo anterior.
- No me extraña – asevera Bosch, uno de los agricultores de la tertulia -, lo que aquí vale un litro de aceite se multiplica por cinco o por seis en Barcelona. Es un negocio redondo.
- ¿Y los estraperlistas no tienen miedo de que les pillen los de la Fiscalía de Tasas? – pregunta Sanchís, el boticario.
- Ese es un riesgo que corren. Si los cogen, les decomisan lo que llevan y les ponen una multa, pero si consiguen llegar al destino sin que les detengan, la ganancia es tan amplia que compensa el riesgo – explica Alfredo Ballesta, otro factor de RENFE y nuevo integrante de la tertulia.
- Mucho han de ganar para que les resarza la pérdida de lo que lleven y además la multa – apostilla Sanchís.
- Sufren la pérdida, pero de multas se pagan muy poquitas – puntualiza Esteban Clavé, el telegrafista -. Al principio se pagaban la mayoría, hasta que descubrieron que si eres insolvente no hay forma de que el Gobierno pueda cobrar la multa. Por eso la mayoría de los estraperlistas son mujeres y ninguna tiene nada a su nombre.
- ¿Es verdad, Celestino, lo que dice Esteban, qué la mayoría de estraperlistas son mujeres? – quiere saber Sanchís.
- Ciertos son los toros. Por cada hombre que estraperlea, hay tres o cuatro mujeres. Y si lo pensáis es lógico. ¿A ver quién es el guapo que se atreve a registrar a una mujer? Hay tías que se meten un saquito de harina o un pellejo de aceite bajo las faldas como si estuviesen preñadas y como no suelen registrarlas llegan tan panchas a la estación terminal – explica Bonet.
- Yo estoy convencido de que si no cogen a los estraperlistas es porque no quieren, con tener un piquete de guardias en las estaciones y registrar a todos los que llevan bultos sospechosos, problema resuelto – afirma otro de los tertulianos.
- Eso ya lo hacen – aclara Ballesta -, pero como los estraperlistas lo saben, sirve de poco. Los de la Fiscalía tendrían que poner guardias a lo largo de la vía en los últimos kilómetros antes de llegar a Madrid o a Barcelona.
- ¿Por qué?
- Porque a la ciudad solo llega uno de cada ocho o nueve fardos. Mucho antes de que termine el recorrido los estraperlistas van lanzando los bultos por puertas y ventanillas. A pie de vía hay conchabados que los están esperando para recogerlos. Cuando llegan a término todos están más limpios que una patena.
- ¡Coño! – exclama Lastra -. Lo que la gente es capaz de inventar.
- A mí me gustaría saber quién cojones es el culpable del jodido estraperlo, porque para los labradores es un momio, pero para los que vivimos de un sueldo es la muerte. Todo está por las nubes y los sueldos no dan para más – se lamenta Clavé, uno de los asalariados de la tertulia.
- Os diré quién es el culpable – Lastra, el veterinario, se pone sentencioso -: el Gobierno.
- ¡Qué coño va a ser el Gobierno! Quién tiene la culpa es Franco – le corrige Bonet.
- Te equivocas, Celestino. El culpable no es el Caudillo sino la mayor parte de los ministros que son nos incompetentes. Primero implantaron las cartillas de racionamiento, luego decretaron la obligatoriedad de fijar los precios de los productos básicos de acuerdo a cómo estaban antes de la guerra. ¿Cuál ha sido el resultado de unas medidas sin pies ni cabeza? Pues que comerciantes, fabricantes y mayoristas han inmovilizado muchos de los bienes de consumo más demandados y se ha producido un desabastecimiento del mercado. El resultado es el florecimiento del mercado negro, vamos, del estraperlo. Si Franco lo supiera lo arreglaría de un plumazo, pero para mí que no le cuentan ni la mitad de lo que está pasando. Si no, otro gallo nos cantara – asevera Lastra.
- ¿Y para arreglar todo eso no están la Comisaría de Abastecimientos y la Fiscalía de Tasas? – interpela Sanchís.
- Esos – el veterinario baja la voz - no arreglan nada. Ponen alguna que otra multa y decomisan unos cuantos fardos a los pequeños estraperlistas, pero a los grandes… - sigue hablando en voz tan tenue que alguno de los tertulianos es incapaz de entender lo que dice.
- Don Abelardo, no pretendo llevarle la contraria, pero los de la Fiscalía también se meten con los peces gordos - interviene Esteller, el barbero -. Sin ir más lejos, hace veinte días registraron la almazara de Betoret, la de la calle Virgen de Loreto, y le pillaron una montonera de litros de aceite que no tenía declarados. Han enprecintado, o como coño se llame, el molino y dicen que le van a poner una multa de las que levantan ampollas. 
- Hombre, Esteller, de vez en cuando tienen que justificarse y dar algún golpe, pero es mayor el ruido que las nueces. Lo que le puedan poner de multa a Betoret será una bagatela al lado de lo que ha ganado vendiendo el aceite de estraperlo y de lo que va ganar. Porque me apuesto café, copa y puro que, antes de un mes, el molino volverá a funcionar.

martes, 18 de noviembre de 2014

1.8. Se te ve tristona, hija


   Rafael Blanquer ha llegado a una especie de pacto consigo mismo. Seguirá siendo novio de Lolita, a la que solo escribe un par de cartas al mes con la excusa de que ha de estudiar mucho, y cuando llegue el verano volverá con ella, pero mientras tanto sale con todas las chicas que puede. Es joven y está en edad de divertirse, tiempo habrá para ponerse en plan formal y dedicarse a cosas mucho más aburridas. Sus escarceos amorosos van viento en popa, pero con alguna que otra dificultad, la principal es que cada jovencita es una especie de fuerte de los que salen en las películas del oeste, es complicadísimo tomarlo. Se ha tenido que conformar con sobeteos, pero hasta ahora no ha logrado alcanzar el paraíso, solo lo consiguió en una ocasión y la cosa no fue mucho más allá, le queda mucho por aprender. Ahora está explorando nuevos cazaderos. Últimamente ha ido varias veces al bar de la Universidad Central a tantear las niñas de Filosofía y Letras, a ver si son más lanzadas que las vendedoras, empleadas, chachas y oficinistas a las que frecuenta.
   En cuanto a los estudios ha decidido concederse un año sabático. Sus padres se van a poner como hienas, pero ¿qué le van a hacer? Van a tener que aguantarse. Su padre le echará una bronca de mil pares de narices, le dirá que en adelante no le dará ni un duro y que le va a poner a trabajar; su madre cogerá un berrinche y le recriminará durante varios días en medio de llantos y lamentos. Todo ello para que en cuanto pase una semana vuelvan las aguas a su cauce, que para eso es hijo único. Su padre no le exigirá que busque trabajo y su madre, a escondidas, terminará dándole dinero para vicios. Al fin y al cabo, qué más da que un curso de la jodida carrera cueste completarlo uno o más años. Solo se es joven una vez y no va a malgastar la juventud enterrándose en medio de libros y apuntes que son un rollo. ¿Y Lolita qué hará?, se pregunta, sabe que es una formulación retórica porque no hay, no puede haber, más que una respuesta: le guardará la ausencia y esperará su regreso. No hay otra.

   Lolita tiene menos alternativas que su novio. En un pueblo las posibilidades son mucho más limitadas y lo de simultanear un noviazgo serio y tontear con otros chicos es poco menos que imposible, se sabría en un minuto. Esa es una de las causas por las que ha aparentado no enterarse de las torpes insinuaciones del secretario de la cooperativa. Hay que optar: o se flirtea o se guarda la ausencia, no hay término medio. Como la muchacha sigue queriendo desesperadamente a Rafael ni se plantea lo de echar por la borda su relación, aunque día a día y gota a gota el vaso de su paciencia se va colmando. En uno de los momentos de depresión, que frecuentemente la asaltan, se sincera con su madre.
- Se te ve tristona, hija. ¿Te pasa algo?, ¿no te encuentras bien?
- Estoy bien, mamá,… Pasarme me pasa lo de siempre. Rafa tarda cada vez más en escribirme y eso me trae martirizada.
- Bueno, los estudios absorben mucho – la señora Leo trata de quitar hierro – y le debe de quedar poco tiempo.
- ¡Ojalá fueran los estudios!, pero no parece que los tiros vayan por ahí. Su madre está muy disgustada, me cuenta que Rafa estudia muy poco, el año pasado no aprobó casi ninguna asignatura y este curso tampoco parece que las cosas le vayan mucho mejor.
- En cualquier caso, a un estudiante el tiempo se le va como el agua.
- No, mamá, tampoco es un problema de tiempo. Las causas deben de ser otras, igual se ha juntado con malas compañías, ha debido de conocer a otra mujer… o ha dejado de quererme – la última frase le sale con un hilo de voz.
   La señora Leo no sabe qué decir. A bote pronto ha estado tentada de minimizar el problema y recurrir a los tópicos de siempre: que no debe de preocuparse, que esas cosas pasan, que son nubes pasajeras…, pero percibe que su hija está afrontando el problema con una entereza y un coraje que se merece algo más que consolarla con unos cuantos lugares comunes.
- ¿Qué vas a hacer?
- Lo he de pensar, mamá. De momento, no haré nada. Me voy a dar de plazo hasta el verano y cuando venga de vacaciones voy a plantearle que así no podemos seguir. ¿Qué te parece?
- Me parece una decisión prudente, María Dolores – su madre es la única que la llama por su nombre de pila completo -. Sabes que Rafael siempre me ha caído bien. Me parece un chico simpático, educado y buena persona, pero lo que no debes de consentir es que juegue con tus sentimientos.
- Solamente hay un pero en todo esto, mamá. Sigo queriéndole con toda mi alma. Solo de pensar en que podemos terminar se me abren las carnes…, aunque desde que se marchó ha cambiado tanto que temo que llegará un día en que no podré seguir soportándolo.
   La madre vacila, pero finalmente se decide y lanza la pregunta que le está quemando en los labios:
- ¿En alguna ocasión habéis hablado de boda?
- Muchas veces, pero… eso es una muestra más de lo que ha cambiado. Habíamos imaginado mil proyectos sobre las cosas que haríamos cuando nos casáramos, pero hace casi dos años que esos planes han desaparecido de nuestras conversaciones. Ahora cuando tocamos, generalmente de refilón, algo relacionado con nuestro futuro siempre se refiere a lo mismo: que la carrera de Industriales es muy dura, que si le va a costar seis o siete años terminarla, que cuando acabe tendrá que colocarse o preparar una oposición… Total, que según las cuentas que echa tenemos por delante ocho o nueve años de noviazgo. Me puedo poner en la treintena y todavía estar de novia. Y ahí, Rafa se equivoca. No sé si voy a ser capaz de aguantar tanto.
- Has de tener paciencia, hija. Las cosas pueden cambiar.
- Ya la tengo, mamá, pero todo tiene un límite. ¿Tú me ves con treinta años esperando a que Rafael Blanquer me lleve al altar? ¿Crees que vale la pena que se me pase la juventud esperando a un novio al que solo veo un par de meses al año?
   La señora Leo piensa que su hija lleva razón. Esa especie de sequía de afecto a la que la condena la prolongada ausencia de su amado no puede ser agradable ni de ahí salir nada bueno.
                                                                         *
   Otra clase de sequía, la climatológica, esquilma las resecas tierras ibéricas. Uno de los efectos de esa pertinaz sequía, una de las muletillas predilectas en los discursos del Caudillo, es la menguante producción hidroeléctrica que da lugar a restricciones en todo el país. Senillar no es una excepción. Al llegar la medianoche, Anselmo Piñana, el encargado de la compañía suministradora de electricidad en el pueblo, desconecta el interruptor de la subestación transformadora y no restablece la corriente hasta las siete de la madrugada, de acuerdo con las instrucciones de la empresa. La gente soporta penosamente los apagones, son muchas horas sin suministro eléctrico y haber tenido que desempolvar de los desvanes candiles, velas y carburos se lleva francamente mal. En un pueblo sin industria la medida parecía que no podría incidir mucho en la economía local, pero eso ha dejado de ser del todo cierto. El pujante comercio agrícola, favorecido por el estraperlo, ha propiciado que se hayan abierto varios almacenes en los que se recogen y envasan las cosechas hasta altas horas de la noche. Quedarse sin luz a las doce dificulta y hace más penoso el trabajo, sobre todo en las largas noches invernales. Los comerciantes intentan paliar la situación como buenamente pueden.
   Tratar de remediar los efectos de las restricciones fue lo que provocó la agarrada que tuvo Paco Vives, antes de ser nombrado alcalde, con el encargado de la luz. Una tarde al llegar a casa el electricista encontró una garrafa de aceite en la encimera de la cocina.
- ¿Y esta garrafa? – su tono era de viva sorpresa.
- La dejaron de parte de Paco Vives – le informó su mujer.
- ¿Quién la trajo?
- Uno que trabaja en su almacén. Dijo que su jefe vendrá luego a verte.
- Algo querrá a cambio, mujer, nadie va por ahí regalando cosas porque sí. No tendrías que haberla cogido.
- ¿Pero tú sabes lo que cuestan veinte litros de aceite de oliva? ¡Cómo se nota que no vas a la compra! 

viernes, 14 de noviembre de 2014

1.7. Cuidado con este pájaro


   Lolita es consciente de que cuanto dice su amiga Fina de que Rafa sigue estando muy enamorado puede que sea cierto, pero nadie le va a quitar de la cabeza que hay algo más. Una mujer enamorada intuye cuando su amado comienza a alejarse. Hay pequeños y sutiles cambios en la relación que uno a uno pueden parecer irrelevantes, pero que si se valoran en conjunto son significativos. Eso es lo que le explica a su amiga y que provoca que Fina cambie de opinión.
- Si las cosas están como cuentas, quizá tengas razón. ¡Quién lo diría! Un chico que si estaba un par de horas sin verte parecía que le iba a dar un soponcio y ahora te escribe de Pascuas a Ramos. Algo tendrás que hacer.
- Ya lo sé, Fina. El problema es que sigo estando loca por él.
- Bien, pero por mucho que le quieras no puedes consentir que juegue con tus sentimientos. Porque te está dando un malvivir que va a convertirte en una amargada. Tienes veintiún años y llevas una vida como si tuvieras cuarenta. No vas al baile, no sales a pasear, solo vas al cine de vez en cuando… Lo único que haces es leer y leer. ¿Qué clase de vida es esa? Desde luego, no la quiero para mí.
- En mi lugar, ¿tú qué harías?
- No es fácil… Lo primero, hacer lo que me has dicho antes: hablar claro a Rafa y ponerle en su sitio, o dentro o fuera y...
   Fina duda, no quiere decir lo que realmente piensa por temor a herir a su amiga o, lo que es peor, equivocarse, pero dado como están las cosas quizá la mejor prueba de amistad que pueda ofrecerle sea hablar con total crudeza aunque pueda parecer dura:
- Mira. Nadie te asegura que si esperas a que Rafa termine la carrera vayas a terminar casándote con él. Eres muy guapa y tienes un tipazo, pero ¿cómo estarás dentro de seis o siete años? Seguro que seguirás tan preciosa, pero ya no serás tan joven, no tendrás la frescura y el atractivo de ahora, el tiempo nunca pasa en balde. Eso para empezar. En segundo lugar, si por lo que sea Rafa no termina llevándote al altar, habrás consumido tu juventud para nada y no te será fácil encontrar otro novio. En Senillar hay pocos partidos para chicas como tú. ¿Te ves casada con un labrador por muchas fincas que tenga?, ¿te ves con unas sayas y un sombrero de paja yendo al campo la mitad de los días? o ¿quieres terminar siendo una solterona viendo pasar la vida detrás de los visillos?
   Lolita calla, pero su gesto de preocupación es bien elocuente, lo que está oyendo es lo que ha pensado tantas y tantas veces en la soledad de su alcoba. Fina remata su argumentación:
- … ¿Qué haría yo? Apretarle las tuercas y hablar de boda. Nada de esperar tantos años. Pondría un plazo mucho más corto y si no, aire. Si las cosas terminan mal, todavía te quedarán unos cuantos años para encontrar un buen partido, poder casarte y tener hijos. Eso es lo que haría, atar corto a Rafa, que Dios sabe qué clase de vida lleva en Barcelona por lo que cuentas.
                                                                           *
   Ajeno está Rafael Blanquer del diálogo entre Lolita y su amiga. Acaba de abrir la puerta de su habitación a la dueña de la pensión en la que vive. La casera siempre le recuerda a un gorrión, quizá por lo menuda y vivaracha. Ahora que la tiene delante, con un sobre en la mano, vuelve a recordarle al pájaro.
- Señor Blanquer, tiene correo.
- Gracias, señorita Montse.
   Este gorrioncillo, que debe tener más años que Matusalén, piensa Rafael, sigue pretendiendo que se la llame señorita. Claro que es soltera, igual hasta tiene el virgo intacto. Carta de Lolita. Esta niña es un omega, dos a la semana, haga frío o calor. Tendré que contestarle. La verdad es que empieza a ser un poco coñazo tanta carta, ya no sé qué diablos contarle. Otro gallo me cantara si estuviera aquí. Porque cada vez está más rica y… ¡joder! ¿Ya estás otra vez en posición, bonita?, pues tendrás que aguantarte, hasta el viernes no toca limpieza de desagüe.
   La puerta de la habitación se abre bruscamente y un joven robusto como un roble, con unos libros bajo el brazo, se queda mirando a Rafael al tiempo que su rostro se distiende en una sonrisa burlona.
- Rafa… ¿otra vez dándole al manubrio? ¡Leche, eres peor que los monos del Parque de La Ciudadela!
- Alberto, ya podías llamar antes de entrar, cacho cabrón.
- Te recuerdo que también es mi habitación y yo fui su primer ocupante. O sea, que lo de llamar queda para otros. Tendrías que hacerte menos pajas y follar más.
- Hasta el sábado no voy de putas, ya me dirás que hago mientras tanto.
- Santi nos va a presentar unas chavalas, ¿por qué no vienes con nosotros? A lo mejor ligas y hasta puedes mojar.
- ¿Son plan?
- Pse, cualquiera sabe, no las conozco, pero todo es cuestión de probarlo. Supongo que será mejor intentar camelarse a una buena jaca que no darle al molinillo, para eso siempre estás a tiempo. Si quieres ir para donjuán tendrás que aplicarte.

   Rafael lleva dos cursos en Barcelona estudiando para ingeniero industrial. Aprobó el ingreso en la escuela de ingeniería a la primera, lo que llenó de orgullo a su familia que lo pregonó a los cuatro vientos, pero desde entonces no le ha dado un palo al agua. La carrera es dura, los profesores exigentes y tiene pocas ganas de empollar; el resultado de todo ello es que está repitiendo primero porque entre junio y septiembre solo aprobó una asignatura y las llamadas marías: religión, educación física y formación del espíritu nacional. Y las pocas ganas no se refieren solo a los estudios, también atañen a Lolita. La sigue queriendo, pero ya no es aquel amor romántico de los primeros años ni tampoco aquel deseo insaciable, aquella permanente excitación que le provocaba el mero contacto. Le sigue gustando y la sigue deseando, más todavía desde que la hizo suya, pero comienza a pensar que existen más mujeres y por qué tener que limitarse a una.
   Desde la calle Lauria esquina Valencia, donde está la pensión, Rafael va andando  hasta la Escuela de Ingenieros Industriales en la calle Urgel, así se ahorra el tranvía. Por el camino va pensando en el día anterior. Santi cumplió su promesa de presentarles unas jóvenes, operadoras de la Telefónica de Plaza de Cataluña, y estuvieron paseando con ellas por Las Ramblas. La presentación que Santi hizo de él no le gustó nada a Rafa, pero sabe que así son las inocentes bromas que gastan sus amigos.
- … y aquí, Rafael, Rafa para los amiguetes. Tened cuidado con este pájaro, a pesar de que parece un mosquita muerta es un donjuán de mucho cuidado.
   Rafael se emparejó con una chica bastante mona y realmente simpática, aunque rápidamente intuyó que de aquel pozo no sacaría agua. De todas formas, piensa, puede que Alberto tenga razón y mejor que hacerse pajas será ver lo que pueda sacar de la próxima chavala que ligue. Si Lolita llegara a enterarse de que no le guardo la ausencia…

   Rafael se mira en el pequeño espejo, vuelve a atusarse el pelo y se arregla el  nudo de la corbata. La imagen que refleja el cristal muestra un rostro agradable aunque algo blando, en el que destaca una boca sensual y unos rasgados ojos negros. Su porte es atractivo y, al mismo tiempo, desprende un vago aire de vulnerabilidad. La suma de todo ello provoca un curioso sentimiento en algunas mujeres: la de protegerlo, cuidarlo, mimarlo… y él se deja.
   Ha de estar como un pincel, que diría su madre, porque la chica a la que va a llevar a bailar, con eso de que trabaja en la sección de complementos de caballero de los Almacenes Jorba, es más detallista que la leche. El primer día que los presentaron ya dejó caer alguna frase despectiva sobre su indumentaria:
- Tú de encajar los colores vas justito, eh.
- ¿Qué pasa? ¿No te gusta la corbata que llevo?
- No se trata de la corbata, sino que llevas un traje azul marino y unos zapatones marrones que no pegan ni con cola.
- Pues no eres tiquismiquis ni nada. El próximo día que quedemos, antes de salir de la pensión te voy a llamar para que me digas que he de ponerme – sugiere con sorna.
- No me parece mala idea – responde la joven con humor -. Por ejemplo: hoy te hubiera dicho lo de los zapatos y que no te pusieras unos calcetines blancos de tenis como los que llevas, que más horteras no pueden ser.
   Pese a las puyas sobre su indumentaria, la chica resultó muy salada y le da el pálpito de que no debe de ser demasiado estrecha. Es solo una corazonada, pero a medida que va tratando a más mujeres empieza a comprenderlas mejor. Al principio, cuando comenzó a salir con otras chicas las trataba igual que a Lolita, pero rápidamente se dio cuenta de que era un error y que tenía que cambiar de registro si quería camelárselas. Ha tenido algún que otro sonoro fracaso, pero está en camino de convertirse en un donjuán. Ya aprendió a soltar embustes con pasmosa tranquilidad, a decirle a cada muchacha lo que está deseando oír y a atacarlas por su lado débil, cuando lo descubre, porque no todas se muestran tal cual son, también muchas de ellas son maestras en el arte del disimulo. 

martes, 11 de noviembre de 2014

1.6. Guardar la ausencia

  Tal y como habían soplado a Benjamín, unas fechas después se produce el tan esperado nombramiento de Francisco Vives como alcalde-presidente del ilustrísimo Ayuntamiento de Senillar, precedido del cese del anterior munícipe a quien se le agradecen los servicios prestados. Días después del relevo en la alcaldía, Rodrigo Arbós presenta su dimisión, por motivos de salud, como jefe local del Movimiento, al tiempo que sugiere a sus amigos de la Jefatura Provincial una terna de nombres como posibles sustitutos. Ya se ha encargado de que en la terna sólo haya un candidato que merezca tal nombre: el de José Vicente Gimeno. Al mismo tiempo, Benjamín mueve discretamente los hilos para que la propuesta sea bien vista por quién tiene la potestad de la designación: el Gobernador Civil y Jefe Provincial del Movimiento. Casi un mes más tarde se publica el nombramiento del nuevo jefe local de Falange en Senillar.

   Los tertulianos del café de El Porvenir son de los primeros en enterarse. Ya tienen motivo de cháchara.
- ¿Conocéis la campanada? ¿A qué no os imagináis a quién han nombrado jefe de Falange? – Esteller, el peluquero, se recrea en la expectación que ha causado su pregunta.
- Ah, pero ¿es que ya no es Rodrigo? – pregunta el despistado de turno.
- Presentó la dimisión hace más de un mes. Parece que anda algo achuchado de salud.
- Pues en concreto no sé a quién, pero estoy seguro de que su primer o su segundo apellido es Arbós – afirma Clavé el telegrafista que no traga al clan del cacique.
- Te equivocas de medio a medio – replica el fígaro.
- ¡Coño, eso sí que es noticia! Que se nombre a alguien para un cargo y que no sea un Arbós. Nunca creí que viviría para ver semejante cosa – se asombra Clavé.
- Será algún paniaguado de la familia – asegura otro.
- Tampoco van por ahí los tiros – contesta risueño Esteller al constatar la absoluta sorpresa de sus contertulios -. Acaban de nombrar a José Vicente Gimeno, el secretario de San Isidro.
- ¡No fastidies! ¿A un forastero? No es posible.
- Pero ese chico es un lameculos de los Arbós, ¿o no? – cuestiona otro de los contertulios.
- Igual es que han perdido influencia - apunta alguien.
- A lo mejor lo ha propuesto Vives – sugiere otro.
- Lo dudo. Yo creo que si Paco le conoce es muy por encima – rebate el barbero.
- Creo que os olvidáis de algo – interviene Sanchís el farmacéutico -. No sé si será de la camarilla de los Arbós, pero trabaja en la cooperativa.
- ¿Y eso qué quiere decir? – pregunta Bonet.
- Que le tienen bien cogido por las pelotas – concluye tajante el boticario.
   Celestino Bonet, al que las cuestiones referidas a la Falange le ponen de mala leche, cambia de asunto, eso sí, bajando el tono:
- Para pelotas las que han demostrado los rusos. Le han dado la vuelta a la tortilla en Stalingrado y han cercado al ejército alemán. Es la primera vez que a los nazis les dan en toda la cresta.
- Será la segunda – le corrige Sanchís – porque los ingleses ya les dieron jarabe de palo hace poco más de un mes en El Alamein – al ver la expresión de ignorancia de más de un contertulio aclara -. Eso está en el norte de África – y volviéndose a Celestino, pregunta curioso -. Esa noticia de Stalingrado no la trae Las Provincias, ¿de dónde la has sacado?
- Me la ha contado un compañero de Valencia – Bonet no está dispuesto a correr riesgos y descubrir la mejorada radio de galena que guarda en casa. Nunca se sabe quién puede ser un chivato.
- Dejaos de guerras que nos pillan muy lejos y contarnos más cosas sobre lo del secretario de la cooperativa – pide uno llamado Bosch, ya que el asunto local es lo verdaderamente interesante y más para los que son labradores como él -. ¿Por qué creéis que han nombrado a uno de fuera?
   No se ponen de acuerdo sobre los porqués. Realmente les falta información, sólo pueden especular. Que si a lo mejor Gimeno tiene buenas agarraderas en la capital. Que así la jefatura provincial controlará mejor la cooperativa y el monto de las cosechas. Que ha podido ser una jugada de Vives. Que si es un hombre de paja de los Arbós...
                                                                              *
   Los avatares de la política local, que tanto suscitan el interés de los asiduos de El Porvenir, le importan un comino a Lolita Sales, la atractiva encargada de la Moda de París, sus problemas son otros. El más acuciante es que su novio, Rafael Blanquer, ya no es el que era. No sólo le escribe con menos frecuencia, lo peor es que sus cartas ya no tienen el fuego y la pasión de antes. Ha sopesado los posibles motivos de ese cambio de actitud, pero no tiene posibilidad de verificar cuales pueden ser las causas reales de la frialdad que percibe en su correspondencia. Y no sólo son los problemas con Rafael, ya es toda una mujer, acaba de cumplir los veintiuno, y no sabe muy bien qué hacer con su vida; mejor dicho, sí lo sabía hasta hace unos meses: esperaría a que su novio terminase la carrera, se casarían, tendrían hijos… serían felices. Ahora ese proyecto de vida da la impresión de que se está yendo al garete. Ha ido dejando sus otras actividades para centrarse en un papel casi exclusivo: ser la novia de Rafa. Hace tiempo que dejó de colaborar con Auxilio Social, cuyas acciones en el pueblo han terminado siendo residuales en la posguerra. Su principal ocupación es atender la tienda, al principio ayudaba a su madre, a medida que ésta se ha hecho mayor su papel ha cambiado, de colaboradora ha pasado a ser la que dirige el negocio en el que ha demostrado tener buen gusto y saber tratar a la clientela. El único pero es que una tienda de modas en un pueblo como Senillar no cuenta con demasiadas clientes y el tiempo se le hace eterno.
   En ese panorama de negros tintes por todas partes hay, al menos, un problema que ha sido capaz de resolver: echa desesperadamente de menos las caricias de su novio, más desde que se le entregó. Cada vez que evoca sus apasionados encuentros su cuerpo se pone tenso como las cuerdas de una guitarra. Cuando comenzó a tocarse para calmar los momentos en que se excitaba enardecidamente el hecho le producía una gran vergüenza, hasta que lo ha convertido en un acto habitual. Por las noches, en la soledad de su alcoba, saca una foto de Rafa y su mano diestra se pierde bajo el camisón hasta que llega al clímax. No se lo ha contado ni a la más íntima de sus amigas. Es su más recóndito secreto. Aunque pese a todo, sigue añorando que unas manos varoniles acaricien su cuerpo y que unos labios ardientes se la coman a besos.

   Lo que aconsejaron a Lolita, primero su madre y luego sus amigas, de guardar la ausencia lo cumple escrupulosamente. Como todas las jóvenes, cuyos novios están ausentes, no acude a ningún lugar de diversión y se deja ver en público lo menos posible. Tal como ha comentado con sus más cercanas amigas es como si hiciera vida de novicia, pero así lo impone la regla no escrita de guardar la ausencia. Tiene poderosos motivos para ello. Sigue queriendo con locura a su novio y en un pueblo todo se sabe; si en algún momento paseara o tonteara con otro chico, Rafael no tardaría ni veinticuatro horas en enterarse. No le quedan más distracciones que ir al cine, pasear con sus amigas y poco más. Mata las horas leyendo cuanto cae en sus manos. Se sacó el carné de lector de la biblioteca de la Diputación Provincial y quincenalmente renueva un préstamo de libros que devora con fruición, en algo ha de distraerse. Pese a todo ello se aburre miserablemente. A veces se dice que esa es la vida que le espera hasta que Rafa termine la carrera y se coloque o haga una oposición y, cuando piensa en eso, todavía se pone más triste porque según las cuentas que echa su novio van a ser siete u ocho años en el mejor de los casos. Para entonces va a tener veintiocho o veintinueve, casi una vieja. ¿Qué va a hacer si Rafa la deja? La sola idea le pone los ojos acuosos y el corazón parece ralentizar sus latidos. No sabe por qué le viene a la mente la jaculatoria que su madre le hacía rezar de pequeña y que vuelve a repetir con toda su alma: Ave María, sin pecado concebida, rogad por nos que recurrimos a vos. Y añade: Virgen Santa, que Rafael me siga queriendo, porque si deja de hacerlo no sé qué será de mí.

   Fina, la mejor de sus amigas, que ha ido a verla como habitualmente hace, le pregunta por su novio:
- Qué sabes de Rafa?
- Esta semana todavía no he recibido carta.
- Debe de tener exámenes - apunta Fina en un intento de mitigar la situación.
- El problema no son los exámenes, algo le pasa. Al principio me escribía todos los días, luego día si día no, después una vez a a semana... Este año si recibo dos cartas al mes puedo darme por satisfecha. Estoy muy preocupada, para que voy a decirte otra cosa.
- No te preocupes, Lolita. Seguro que Rafa sigue tan enamorado como el primer día. Lo que pasa es que cuando una pareja lleva tantos años como vosotros supongo que ya se lo han dicho todo.
- No es eso, Fina. So quieres a una persona siempre tienes cosas que decirle. Los sentimientos pueden expresarse de un millón de maneras distintas. Ni es exceso de trabajo ni falta de temas que contar, me temo que pueda ser algo diferente.
   Este es el momento, piensa fina, de cambiar de tema puesto que se ha dado cuenta de que a su amiga le duele lo que está contando, pero puede más la curiosidad e inquiere:
- ¿Qué sospechas?
- Una de dos: o ya no me quiere cómo antes o ha conocido a alguien.
- ¡Por Dios, Lolita! ¿Cómo se te ocurren esas cosas? Te habré dicho un millón de veces que Rafa es el hombre más enamorado que conozco.
- Sí, muy enamorado, pero te aseguro que no es el mismo. En estos dos años que lleva fuera ha cambiado un montón.
- Yo sigo viéndole como siempre, quizá lo encuentro más desenvuelto y con mayor aplomo, pero eso es natural, en algo se le ha de notar que tiene veintidós tacos y que está en segundo de ingeniero. No puedes esperar que sea el mismo que se ponía como un flan cada vez que te sacaba a bailar.

viernes, 7 de noviembre de 2014

1.5. Haríamos un pan como unas hostias


   La situación política en Senillar se precipita cuando, cuarenta y ocho horas después de la charla del patriarca de los Arbós con Gimeno, sus fuentes confirman a Benjamín que lo de Vives como alcalde está hecho y que, aproximadamente, en una semana se producirá el cese del actual regidor y el nombramiento del nuevo mandamás municipal. Si hay que hacer algo para, al menos, retener la jefatura local hay que hacerlo ya. Tras comentarlo con sus hermanos, Benjamín cita a José Vicente a su casa. En la reunión también están presentes Rodrigo y Leoncio. Tras unos minutos de juegos florales para distender el ambiente, el líder de los Arbós entra de lleno en el verdadero motivo de la cita:
- José Vicente, voy a ir al grano. Te hemos llamado porque queremos proponerte algo. 
- Usted dirá, señor Benjamín.
- Tanto Leoncio como Rodrigo me habían hablado muy bien de ti y el otro día, cuando estuvimos charlando, saqué la conclusión de que eres un hombre de valía. Creo que tienes un gran futuro y que puedes hacer muchas cosas, no sólo por la cooperativa, sino por el pueblo y por ti mismo... - Benjamín hace una pausa para dar pie a alguna respuesta por parte de Gimeno, pero éste, cauto, calla y sigue mirándole con una mezcla de respeto y prevención -. Verás, estamos convencidos, y hablo no sólo en mi nombre sino en el de mi hermano y mi sobrino, de que tienes capacidad más que suficiente para sacar adelante la secretaría y cualquier otra tarea que te encarguen… - vuelve a hacer otra pausa.
   Las últimas palabras le suenan a Gimeno a campanas de gloria. Me van a proponer otro trabajo, piensa, pero no se me alcanza qué puede ser, desde luego en la cooperativa no será, ahí ya he tocado techo. Lo que a continuación oye le deja descolocado.
- Como te digo – prosigue Benjamín -, estamos seguros de que tienes arrestos y maneras para llevar la secretaría y más cosas. De ahí, la propuesta que queremos hacerte. Según me dicen eres del partido, ¿no es así? Por ahí van los tiros. Rodrigo que, como sabes, es el jefe local no anda últimamente muy católico de salud y no va a tener más remedio que dimitir porque los cargos están para trabajarlos y mi hermano, desgraciadamente, no tiene fuerzas para ello. Hay que proponer a algún afiliado para sustituirle y… hemos pensado en ti.
   Gimeno no puede reprimir que el asombro se refleje en su rostro. Esperaba cualquier propuesta menos ésta. Su mente trabaja a toda velocidad. Está claro que esperan una respuesta de su parte, pero ¿qué decir? Cuando le citaron se había planteado cual podría ser el motivo de la reunión, había pensado en distintas posibilidades, pero nunca pudo imaginar el derrotero que tomaría aquella entrevista. Como no sabe qué contestar, trata de ganar tiempo y prefiere ser sincero:
- Si he de decirle la verdad, señor Benjamín, su…, esa propuesta no me la esperaba. Y sinceramente, no sé qué decirles. Jamás me había planteado algo así. No me he metido nunca en política y… - no se le ocurre qué añadir -. No sé si saben que en la guerra estuve en el ejército rojo, no fui voluntario por supuesto. Tuve la suerte de que me destinaran a intendencia y no disparé un tiro. Cuando acabó la Cruzada, como no tenía las manos manchadas de sangre, contaba con buenos avales y era hijo de viuda me licenciaron pronto…
   Benjamín le corta:
- Todo eso ya no importa. Eres afecto a la Causa, ¿no?, porque de no ser así no te hubiesen dado el carné del partido.
- Naturalmente, señor Benjamín. Soy del partido y en ese sentido pueden contar conmigo para lo que quieran, pero entiendo que una cosa es ser afiliado de base, como es mi caso, y otra muy distinta ser un dirigente. A fuer de honesto les diré que no sé cómo funciona la Falange ni cómo se lleva una jefatura.
   Por un momento está tentado de contarles que lo de la Falange se la trae al fresco y que sí se afilió fue para que le dieran el puesto. Hasta la fecha de alta que figura en su carné es más falsa que Judas, porque es de un año antes de cuando hizo la solicitud. Se la tramitó el secretario de la jefatura de Las Alquerías que fue amigo de su padre.

   Benjamín se ha dado cuenta de que la propuesta ha sido una sorpresa para el joven y también ha intuido que no parece estar por la labor de aceptar el cargo. Ha llegado el momento, piensa, de apretarle las tuercas.
- Verás, José Vicente. Los de la jefatura provincial, que al fin y a la postre son los que, en su caso te nombrarían, mantienen como norma que todo falangista debe de estar siempre dispuesto a aceptar los encargos o los puestos que el partido quiera echar sobre sus hombros. ¿Con qué cara les diría Rodrigo que un afiliado no acepta ser propuesto para jefe local, cuándo ese mismo individuo desempeña un puesto como el de la secretaría de una cooperativa, cargo que es de designación discrecional? Les resultaría muy difícil entenderlo, la verdad.
   La nada sutil amenaza produce el efecto que Benjamín esperaba.
- Perdone, señor Arbós, no me expresé bien. Ya dije antes que pueden contar conmigo para lo que quieran. Si he manifestado alguna reserva es, más que nada, porque pienso que puedo defraudar la confianza que están depositando en mi persona.
- Tranquilo, José Vicente. Sabemos que no nos vas a defraudar. Al igual que no lo has hecho en la secretaría de la cooperativa, estamos convencidos de que tampoco lo harás en la jefatura, si es que te nombran, claro. Rodrigo lo único que hará será mencionar tu nombre y tu historial a sus amigos de Valencia, ni siquiera estamos hablando de una propuesta formal.
- Tal y como dice mi hermano – añade Rodrigo -, yo me encargo de que tu nombre llegue dónde debe. Y a lo que él ha dicho añado que, si te nombran, un cargo así no hará más que reportarte beneficios, si no materiales pero sí en el campo de las amistades y las influencias. Conocerás a personas tan importantes como el Gobernador Civil, los delegados de los ministerios, los gerifaltes de sindicatos,…; en fin, a una serie de personalidades que te pueden servir muy mucho en el futuro.
- Y no sólo a ti, sino también a la cooperativa – añade Leoncio en su primera y única intervención en la charla.
- Como entiendo que acabas de aceptar nuestro ofrecimiento, te doy las gracias por tu voluntad de ayudarnos, no a nosotros sino al pueblo de Senillar – Benjamín cree que ha llegado el momento de dejar sentada la premisa más importante -. Dado que espero que te nombren, como jefe local tendrás que ocuparte de los vecinos en general y de los afiliados en particular, pero sin olvidarte nunca de quiénes te han llevado al puesto y que además serán los que tendrás siempre apoyándote si en algún momento las cosas vienen mal dadas. No creas que te hacemos un favor, aceptando el puesto nos lo haces a nosotros y al pueblo.
   Cuando los Arbós se quedan solos, Rodrigo plantea a su hermano:
- Entonces, ¿ya puedo presentar mi dimisión y dar el nombre de Gimeno cómo posible sustituto?
- Nada de presentar dimisiones. Primero vamos a esperar a ver si nombran a Vives. No sea que si la jefatura está vacante, también le designen jefe. Últimamente se está consolidando la política de que la alcaldía y la jefatura las ocupe la misma persona. Entonces sí que haríamos un pan como unas hostias. 
   
   Con tantas y tan inesperadas novedades a José Vicente se le ha pasado la hora de volver a ver y, con algo de suerte, cruzar unas palabras con la atractiva dependiente de la Moda de París. De manera casual ha descubierto que hay un paraje al que la joven, tras cerrar la tienda por las tardes, acude casi diariamente: el montículo del Calvario. Allí, entre los viejos y nudosos cipreses que jalonan el camino del Viacrucis, Lolita acostumbra a pasear un rato, unas veces sola y otras en compañía de alguna amiga. Si no la acompaña nadie suele sentarse en uno de los ribazos y abrir el libro que siempre lleva consigo. Se ha hecho el encontradizo y ha intentado entablar conversación con ella, pero aparte de algunos monosílabos y alguna que otra sonrisa de cortesía no ha conseguido nada más. No va a ser fácil cazar esta pieza, se dice. Y no es que lo de la joven haya sido un flechazo. No está enamorado de ella, ni mucho menos, solo le atrae… y le excita. Lo último es lo que le produce más desazón, él que es más bien un hombre desapasionado y cerebral se pasa de revoluciones solo con contemplar a la dependiente de un tenducho que vende prendas pasadas de moda y que pueden ser de cualquier parte menos de París. Eso, seguro, tan seguro como que no consigue quitársela de la cabeza.