viernes, 24 de octubre de 2014

CAPÍTULO I. Dos gallos para un gallinero 1.1. No digas republicanos, di rojos


   Ha transcurrido más de un año del fin de la guerra civil y, aunque las heridas siguen  abiertas, la realidad impone su cotidiano pragmatismo. Es muy difícil vivir mirando siempre el pasado y más aún si fue doloroso. El flujo de la cainita y sangrienta contienda que durante cerca de treinta y dos meses anegó España comienza a remitir. En la ciudad y en el campo, en las zonas que antaño fueron republicanas o nacionales se inicia una tímida y fragmentaria recuperación. Uno de los primeros efectos de ese reflujo es la migración de familias enteras, de unas a otras regiones, en busca de trabajo para tratar de superar una coyuntura en la que la penuria de alimentos, cuando no el hambre pura y dura, se ha convertido en algo endémico.

   A Senillar también llegan los efectos del éxodo interno. De los que se fueron, algunos no podrán volver nunca, otros no quieren, unos pocos prueban fortuna. Entre estos últimos se cuenta la familia Bonet. El padre, Celestino, fue depurado por la compañía de ferrocarriles donde trabajaba como factor de circulación y trasladado a Arévalo. Después de varios años en las frías tierras abulenses, solicitó una plaza en el pueblo y han aprobado su solicitud. Vuelve al mismo destino que tenía antes de la guerra, con alguna que otra diferencia: antes trabajaba para la Compañía de los Ferrocarriles del Norte de España y ahora lo hará para la recién creada Red Nacional de Ferrocarriles Españoles, más conocida por la sigla de RENFE, antes los trenes llegaban con bastante puntualidad y ahora arriban cuando pueden, antes un ferroviario ganaba lo suficiente para que su familia llevara una vida digna y ahora las pasa negras para terminar el mes, antes tenía amigos que ahora ya no están, aunque algunos quedan.

   Celestino se ha llevado una grata sorpresa: uno de sus antiguos amigos en el pueblo y también ferroviario, Antonio Blanquer, se ha salvado de la depuración. Los nuevos mandamases de la nacionalizada empresa de ferrocarriles han respetado su empleo de jefe de estación. Ahora está poniendo a Bonet al día de las vicisitudes que han sufrido muchos de sus viejos conocidos:
- De los compañeros de antes faltan algunos, la mayoría depurados. A unos les echaron de la compañía, a otros les destinaron fuera y hay quiénes están todavía en prisión. Y luego los que fallecieron, entre otros Facundo el fogonero, Agustín el capataz, Filiberto el guardagujas; Vicente el que trabajaba en el depósito… La mayoría, como Agustín y Filiberto, de muerte natural, los demás bajas de guerra – relata Blanquer.
- ¿Qué ha sido de Zoilo? – inquiere Bonet.
- Es uno de los que está en chirona. Le echaron diez años y un día.
- ¿Y por qué lo enchironaron?
- Por ser un activista del sindicato de ferroviarios, por desafecto al Régimen y por no sé cuántas cosas más.
- ¿Y el pobre Agustín de qué murió?
- Dijeron que de una angina de pecho. Desde el día en que bombardearon el convoy que trataban de trasladar al apeadero de Benialcaide no volvió a ser el mismo. Se quejaba de que le dolía el pecho. Una mañana no se levantó.
- ¿Y de su yerno, de Aurelio?, sé que no le fusilaron, me lo dijo un compañero.
- Bueno, lo de Aurelio parece de película. Verás...
   Blanquer le resume la odisea del tal Aurelio. Tras ser condenado a muerte, en los estertores de la guerra, por un tribunal militar como autor de un delito consumado de auxilio a la rebelión entró en capilla esperando ser pasado por las armas. Su familia y  amigos removieron cielo y tierra para lograr que le conmutaran la pena sin conseguirlo. Setenta y dos horas antes de que se cumpliera la sentencia, una hermana monja, de la que no sabían nada desde el inicio de la guerra, se puso en contacto con sus padres y le contaron lo que estaba ocurriendo. La religiosa, que estaba en un convento de Burgos, conocía a una prima del general Yagüe. Movió los hilos precisos y consiguió que el propio Caudillo lo indultara y le conmutaran la pena de muerte por la de cadena perpetua. Y corre el rumor por el pueblo de que podrían reducirle la condena todavía más.
- Como ves, un auténtico milagro. Se salvó del piquete de ejecución por los pelos – remata Antonio su narración.
- En el fondo, Aurelio es un tío con suerte. Con los republicanos…
   Blanquer le interrumpe:
- Celestino, si no quieres tener problemas, has de ir acostumbrándote a llamarles rojos.
- Bueno, pues con los rojos también estuvo a punto de palmarla y gracias a la intervención del médico y de aquel maestro repu…, digo rojo que recaló en el pueblo se pudo salvar. ¿Y qué sabes de su mujer y del resto de la familia?
- Su mujer ya no vive en el pueblo. Como Aurelio está en el penal de Nanclares de Oca, se marchó a Álava con los críos para estar más cerca. Por medio de mosén Amancio consiguió un trabajo en una casa rica de Vitoria. Desde entonces no ha vuelto. Los padres se fueron a Sagunto. Aquí sólo queda su hermana Marina, se casó con Damián, el hijo mayor de los Armenteros.
- Antes me referí a don Manuel Lapuerta, ¿qué es de él, está todavía de médico en Ayora? – se interesa Celestino.
- Allí sigue. Hace menos de un mes me lo encontré en Valencia. Me preguntó por ti.
- Si vuelves a verle, dale recuerdos. Y de mis compañeros de tertulia, ¿qué se hizo de ellos?
- Pues mira, está la partida casi al completo, con don Abelardo el veterinario, Clavé el telegrafista, don José Sanchís el boticario, Esteller el barbero y algunos de los labradores que ocasionalmente venían, como Bosch, Ribes y alguno más que no recuerdo. Por cierto, se me olvidaba, tengo un paquete para ti. Me lo dejó la mujer de Aurelio, antes de marcharse. Dijo que te lo diera de parte de su marido.
- ¿Qué es? – pregunta Bonet al ver el paquete envuelto en papel de periódico y atado con un bramante.
- No lo sé. No me pareció apropiado abrirlo. Te lo entrego tal y como me lo dio Amparo.
   Celestino se emociona cuando, tras desenvolver el paquete, ve su contenido: es la artesanal radio de galena alrededor de la cual tantas horas pasaron durante la guerra escuchando las noticias de la marcha del conflicto. Ahora podrá enterarse de lo que realmente pasa en España, porque de los periódicos sabe que no puede fiarse, sólo publican lo que les permite la censura. Y lo que ésta les faculta es a informar sobre las bondades del Movimiento, pero no les autoriza a insertar una sola noticia que pueda poder en entredicho al Régimen; un ejemplo de ello es que ahora que Franco acaba de cambiar su gobierno no han publicado una sola línea acerca de las luchas soterradas que han mantenido las diversas familias del Régimen: falangistas, tradicionalistas, monárquicos y católicos, aunque el núcleo duro del nuevo gobierno siguen siendo los militares, los únicos de los que realmente se fía el dictador.  
                                                                             *                                                             
   Posiblemente, no tenga nada que ver con los relevos que se están produciendo en el ámbito nacional, pero en Senillar también soplan vientos de cambio. Por ello, el cacique local, Benjamín Arbós, ha convocado una reunión del núcleo duro del sanedrín familiar; están presentes sus hermanos Antonino, Rodrigo, Gonzalo y su sobrino Leoncio Gasulla. Este último es la primera vez que asiste a un cónclave de los patriarcas del clan de su familia materna. Se muestra expectante y orgulloso, es el único de los sobrinos que está presente. Benjamín no pierde el tiempo y entra directamente a tratar el asunto por el que les ha convocado:
- Me han soplado de buena fuente que en la Jefatura Provincial del Movimiento están preocupados por el escaso interés que muestra Rodrigo por el partido – ante el conato de protesta de su hermano, le corta tajante -. Déjate de vainas, te lo he dicho mil veces, no se puede estar en un cargo sólo para figurar. Hasta ahora te he salvado de la quema, pero ya no me quedan cartuchos que gastar. Cualquier día de estos te van a cesar. Y no me preocupa que te echen, te lo has ganado a pulso. Lo que me inquieta es a quién pueden nombrar. No me gustaría que hicieran jefe a alguien que no se dejara aconsejar o, lo que es peor, que le tuviéramos enfrentado.
- ¿En qué estás pensando? – pregunta Antonino.
- En que hemos de adelantarnos a los acontecimientos. Quizá sea la única manera de poder salvar los muebles. Vamos a hacer lo siguiente. Tú – dirigiéndose a Rodrigo – debes dimitir al tiempo que propones a un sustituto. Yo me encargo de mover los hilos en Valencia para que la propuesta llegue a buen puerto.
- ¿Qué propuesta? – vuelve a preguntar Antonino.
- Vaya pregunta. Necesitamos un nuevo jefe que sea de los nuestros – y volviendo la vista a su callado sobrino le espeta -. Y tú, Leoncio, ¿te gustaría ser el nuevo jefe de Falange?

martes, 21 de octubre de 2014

*** Clave VI. La economía



AVISO: el próximo viernes, día 24, se publicará la primera entrega del capítulo inicial de La Pertinaz Sequía.



   En anteriores claves ya dijimos que Senillar era una comunidad volcada en la agricultura, ésta era el principal motor económico del pueblo. Se trataba de una agricultura de regadío y por tanto muy competitiva en una España asolada por la pertinaz sequía y en la que no se podían importar alimentos del exterior. El agro senillense se vio muy favorecido por esa escasez alimentaria y la consecuente aparición del estraperlo o mercado negro. El alza de los precios de los productos agrarios fue espectacular y ello repercutió en el nivel de vida de los labradores, aunque fueran los que menos se lucraron de la situación, la parte de león de las ganancias se la llevaba la interminable cadena de intermediarios que proliferaban entre el campesinado y los mercados.

   Hubo en aquellos años un producto que para los agricultores senillenses fue como descubrir petróleo: el boniato. Este tubérculo, también conocido como batata o camote, se cultiva en gran parte del mundo por su raíz comestible. Es un alimento reconocido como eficaz en la lucha contra la desnutrición debido a sus características nutritivas, facilidad de cultivo y productividad. En Senillar se cultivaba tradicionalmente en los marjales y se utilizaba, sobre todo, como pienso para el ganado doméstico y para elaborar unos pastelillos muy típicos de la localidad, el dulce de boniato. Con la hambruna instalada en las ciudades españolas, de pronto el humilde tubérculo se convirtió en una fuente de nutrientes muy barata y por tanto asequible al bolsillo de la mayoría de ciudadanos. Debido a su enorme productividad este cultivo hizo ricos a los siempre empobrecidos campesinos. Hasta que remitió la pertinaz sequía y se normalizaron los mercados, Senillar conoció un boom económico como nunca. Tuvo que pasar más de medio siglo para conocer otra época tan próspera: la del boom inmobiliario. Durante unos años pareció que un nuevo cultivo, el arroz, podría ser el sucesor del boniato como motor económico, fue cuando se roturó parte del humedal y se convirtió en arrozal, pero resultó ser un espejismo, la salinización del agua debida a la sobreexplotación tornó imposible el cultivo.
   Además del boniato, había otros productos agrícolas que igualmente se cotizaban bien en el mercado. Entre ellos cabe destacar dos, cuyas cosechas solían ser espléndidas. Uno eran los guisantes, otro las almendras. En los primeros años de los cuarenta también ayudó a la economía senillense la humilde algarroba cuyo árbol era abundante en los campos de secano del pueblo donde se usaba para alimentar a las bestias de carga. En la escasez de aquellas décadas la algarroba también pasó a ser utilizada por los humanos al ser un alimento energético, con alto contenido en azúcares, así como en diversos minerales. Incluso llegó a consumirse como sucedáneo del chocolate y del cacao.

   En noviembre de 1950 las Naciones Unidas, bajo la presión de Estados Unidos, revocaron el boicot diplomático a España lo que permitió que el país, pese a continuar siendo una dictadura, fuera admitido en varios organismos internacionales. El hecho de abrirse las fronteras, de que los mercados fueran regularizándose y de que se atenuara la pertinaz sequía fue un golpe brutal para el estraperlo y por ende para la economía senillense. El boniato dejó de cotizarse como si fuera un manjar de lujo, el precio de guisantes y almendras se normalizó y la algarroba volvió a su origen como alimento para mulos y caballos. El producto agrario que, en cierto modo, tomó el relevo de los anteriores como propulsor económico fue la naranja, pero los resultados de la venta de cítricos nunca llegaron a alcanzar el esplendor del modesto boniato.

   Aunque la comercialización de los recursos agrícolas se canalizaba fundamentalmente a través de diversos comerciantes locales, la entidad que manejaba los mayores recursos relativos al agro senillense era la Cooperativa Agrícola de San Isidro. La cooperativa estaba conectada con la Hermandad de Labradores y Ganaderos, encuadrada en la organización sindical. Teóricamente la cooperativa era una entidad privada constituida de forma voluntaria por sus asociados para realizar una tarea económico-social; en cambio las hermandades tenían un carácter público y estaban sujetas a la disciplina del Movimiento. Ambas estructuras eran fundamentales para que el sindicalismo franquista pudiera mantener el control del agro español. En un pueblo agrícola como Senillar dirigir la cooperativa o la hermandad suponía una considerable fuente de poder.

    Dada la abundante producción agrícola, hubiera sido posible la creación de industrias que procesaran algunos de los productos del campo senillense, no fue el caso, lo máximo que se hizo en esa línea fue la instalación de un par de locales donde se descascaraba almendra. Aparte de la agricultura, el resto de sectores productivos de Senillar tenían escaso peso en la economía de la localidad. Existían varios rebaños de ovejas, un par de granjas de cerdos y tres ganaderías de toros cerriles que eran los que se toreaban en las tientas de las fiestas populares. Un sector ganadero escasamente competitivo. La pesca de bajura que practicaban los marineros del barrio marítimo les permitía poco más que subsistir, patroneando embarcaciones equipadas con velas latinas tampoco les permitía adentrarse demasiado en el mar. La industria era, prácticamente, inexistente, lo más parecido a la actividad industrial era un par de obradores alfareros en los que se producían artesanalmente cacharros para el hogar (cántaros, botijos, cazuelas, ollas, jarras, tinajas…) más tejas y ladrillos; estos  obradores antes desaparecieron que evolucionaron hacía la producción cerámica. En cuanto al comercio era irrelevante, se reducía a tres o cuatro almacenes que comercializaban los productos agrarios y poco más.

   Posiblemente, las empresas que empleaban más trabajadores eran los dos paradores que se construyeron en las afueras del pueblo junto a la carretera nacional Cádiz-Barcelona. A partir de los años cincuenta la fuerte demanda europea de productos hortofrutícolas españoles hizo que los agricultores de todo el arco mediterráneo espabilasen y comerciantes y cooperativas se lanzaron a la aventura de la exportación. La red de ferrocarriles aún no se había repuesto de los destrozos de la guerra y, por otra parte, haciendo bueno el lema que años después popularizaría la propaganda turística de “Spain is different”, la red ferroviaria española tenía una singularidad: un ancho de vía diferente al de la Europa occidental, lo que hacía inviable el transporte por tren más allá de los Pirineos. En consecuencia la mentada carretera se convirtió en la gran vía de salida de las cosechas de los enclaves semitropicales de la costa granadina, de los invernaderos almerienses y de la huerta de Murcia y Valencia. La carretera se convirtió en fuente de riqueza para el pueblo.

   Todo lo descrito no bastaba para que la economía de Senillar fuese boyante y, sobre todo, regular. La agricultura suele tener unas expectativas inciertas. Cuando se planta cualquier cultivo nunca se sabe cómo será la cosecha, si excelente o mísera. También se desconoce qué aceptación tendrá en el mercado, si los precios resarcirán al campesino de los gastos efectuados. Más aún, en ocasiones, y eso ocurría con la naranja, se vendía la cosecha del año fiándose de la palabra del comprador y éste desaparecía sin que el confiado labrador viese una sola peseta. Aparte de los senillenses que trabajaban por cuenta ajena y, por consiguiente, tenían el salario asegurado, el resto de la población solo recibía unos ingresos periódicos e inciertos. Todo ello convergía para que la economía local fuese imprevisible y, en cualquier caso, de corto recorrido. Únicamente, empleados aparte, existían unos ingresos regulares que provenían del sector que menos podía esperarse: los jubilados. El Subsidio de Vejez cubría a los trabajadores asalariados y proporcionaba una magra pensión de 3 pesetas diarias. Para tener derecho a la prestación era necesario haber cumplido los 65 años, haber cubierto un cierto número de días de cotizaciones y no realizar ningún tipo de trabajo. Pese a lo modesto de su cuantía, la llamada popularmente “paga de los viejos” se convirtió en el input más destacado para la sostenibilidad de la economía local.

   Como vemos, la economía de Senillar, con la excepción de los años del boom del boniato, se caracterizaba por sus planos resultados, suficientes para asegurar el sustento de los habitantes pero para poco más. Otras de sus características las constituían el ser cíclica e imprevisible. Por eso la estabilidad laboral y económica (un trabajo seguro, unos ingresos fijos…) era uno de los rasgos más valorados en la sociedad senillense.



AVISO: el próximo viernes, día 24, se publicará la primera entrega del capítulo inicial de La Pertinaz Sequía.



viernes, 17 de octubre de 2014

***Clave V. El ambiente social

    En Senillar la vida cultural era pobre y sin demasiados alicientes. El principal foco de cultura se reducía a las escuelas nacionales de enseñanza primaria. Si alguna familia aspiraba a que sus retoños hiciesen el bachillerato, estos tenían que desplazarse a Albalat o a Gandía donde estaban los institutos de enseñanza media más cercanos. Por supuesto ocurría lo mismo para cursar estudios universitarios, había que salir fuera de la localidad.

   Al pueblo llegaba diariamente prensa para una docena de suscriptores y algunos organismos oficiales, la mayoría de diarios eran de Valencia, destacando Las Provincias y Levante, medio que formaba parte de la red de periódicos del Movimiento; también desde Madrid llegaba el ABC. Curiosamente, en el vetusto kiosco de madera existente en el centro del pueblo no se podían encontrar diarios, pero si se vendían revistas, novelas, tebeos y cuentos para la gente menuda. No había biblioteca, pero en cambio abundaban los cafés, bares, tabernas y también había una pensión de mala muerte.

   La radio era el principal medio de información de lo que pasaba por el mundo. En algunas de las casas en las que había un aparato muchas noches se reunían  amigos y vecinos, sobre todo para escuchar a las cupletistas de moda, alguna zarzuela o seguir los primeros seriales radiofónicos y, si se ponía a tiro, oír el “parte”, así se seguía denominando a los informativos; dicho apelativo era una secuela más de la reciente guerra civil. Algunos afortunados que poseían un aparato con onda corta se atrevían a sintonizar la emisora clandestina Radio España Independiente, más conocida como La Pirenaica, cuya audición estaba rigurosamente prohibida puesto que era una vía de información y propaganda del proscrito partido comunista. Otra fuente informativa era el NODO, el noticiario oficial que todas las salas de cine estaban obligadas a proyectar antes de la película de turno y en la que una de las informaciones más repetidas eran aquellas en las que aparecía el Caudillo inaugurando un pantano. Por eso los malintencionados le motejaban, siempre mirando antes quien estaba cerca, como Paco el Ranas.

   La distracción más popular y barata que tenían los jóvenes era pasear al atardecer por la calle mayor cuya denominación oficial era San Antonio, pero que todos conocían como el Rabal. Otro lugar de esparcimiento relevante eran los cines, había dos, cada uno de los cuales contaba con sendos locales: uno cerrado para invierno y otro al aire libre para verano. El local cerrado era un simple salón con el patio de butacas ocupado por hileras de sillas de enea y con un piso superior en el que había unos bancos corridos de listones de madera. Se proyectaban películas los jueves y sábados por la noche, los domingos había una sesión vespertina y otra nocturna. Si alguna película tenía mucho éxito solían reponerla los lunes, algo que no era frecuente.
   Los locales de los cines de verano también se utilizaban como pistas de baile los domingos por la tarde y durante las fiestas. La pista era de cemento y a su alrededor se colocaban unas sillas donde se sentaba el público. En la primera fila solían estar las jovencitas en edad de merecer, en la última la gente mayor. En un lado de la pista había un tablado de madera en el que tocaba la orquesta integrada por músicos  de la banda municipal. En otro lateral estaba instalado un largo mostrador, al que pomposamente llamaban barra americana, y que era donde se servían las bebidas. Los chicos solían quedarse de pie entre pieza y pieza en el centro de la pista o tomando copas. No era costumbre que un joven bailase más de una vez seguida con una moza, eso solo lo hacían las parejas ya prometidas.
   El entretenimiento más esperado por los senillenses, especialmente por los jóvenes, era las fiestas patronales de San Bartolomé que se celebraban a partir del veinticuatro de agosto y cuya duración estaba en función del presupuesto municipal. Los dos primeros días eran los llamados de iglesia, luego venían las jornadas dedicadas a las tientas de toros en el coso de carros que se construía en la plaza Mayor, al bailoteo y a algún que otro acto festivo como la presencia de modestas compañías de zarzuela o de variedades. También había fiestas en enero, por San Antonio, eran festejos que cada año los celebraba una calle aunque participase todo el pueblo.

   El deporte era escaso, únicamente se jugaba al trinquete, la versión valenciana del frontón, y al fútbol que era el deporte rey. Al trinquete se jugaba a mano y curiosamente era un juego al que solo acudían hombres. El fútbol se practicaba en un campo de tierra sin una mala brizna de hierba y en las que las líneas reglamentarias se pintaban con cal el mismo día en que se jugaba un partido que solía ser los domingos. Cuando al equipo local, que pertenecía a la última categoría regional, le tocaba jugar en campo ajeno para el desplazamiento se utilizaba uno de los camiones que hacían diariamente de recaderos entre el pueblo y Valencia.

   Las relaciones entre los jóvenes estaban, aparentemente, muy controladas por la familia, especialmente por las madres en el caso de las jovencitas, los chicos tenían algo más de libertad. Cuando un mozo pretendía a una chica primero tenía que abordarla en el Rabal. La primera señal de que a la mocita le parecía bien el pretendiente era que se ponía en un extremo del grupo de amigas que paseaban por la calle, así se le podía acercar el aspirante, si la jovencita se quedaba en el centro mal asunto. Luego ya paseaban acompañados por alguna amiga de ella o por otra pareja. En el baile de los domingos el joven solo bailaba con su chica y ella, por supuesto, únicamente lo hacía con él. Finalmente, cuando la cosa iba realmente en serio, el chico tenía que ir a casa de su enamorada a “hablar con el padre”, a pedir su permiso para poder “hablar” con la hija y a confirmarle que sus intenciones eran serias. Una especie de pedida de mano a lo rural. Dado el consentimiento paterno, todas las noches el joven iba a casa de la que ya era su novia a charlar con ella y, si la vigilancia materna se descuidaba, a dar algún que otro achuchón a la moza. De vez en cuando más de una pareja se propasaba en sus arrumacos nocturnos y la cosa acababa teniendo que celebrarse la boda antes de tiempo. Lo que en expresión cursilona y púdica de la época se denominaba “casarse de penalti”.

   No era tan infrecuente el hecho de que las parejas se formasen tras la intervención de ambas familias, lo que se llamaba un “arreglo”.  En estos casos contaba mucho lo que cada uno de los jóvenes aportaba al matrimonio. Se contabilizaban las fincas y propiedades de todo tipo que cada uno iba a llevar al nuevo hogar. Por eso estaban tan valorados los hijos únicos, puesto que no tendrían que repartir nada al heredar.
   Generalmente la gente se casaba joven, si la pareja provenía de familia labradora tenía la vida resuelta: seguirían trabajando en los campos familiares junto a sus padres. Si no se dedicaban al campo tampoco tenían mucho qué esperar: tenderos, funcionarios, empleados, gente de los oficios, todos se ganaban más o menos bien la vida. Era muy corriente que una mayoría de parejas celebrasen sus esponsales al volver el chico del ejército o  mili, puesto que el servicio militar era obligatorio.
   Precisamente, la estancia en el ejército era una de las etapas más trascendente para la mayoría de los varones pues solía ser la primera vez que viajaban más allá de alguna localidad cercana a su pueblo natal, y que además cambiaban de quehaceres y de amigos. Se llamaba quintos a los jóvenes que al cumplir la mayoría de edad se iban a hacer el servicio militar y quinta era el conjunto de mozos que habían nacido en el mismo año. Un ejemplo de lo mucho que la etapa militar les marcaba era que cuando a un hombre se le preguntaba la edad no se decía ¿en qué año naciste?, sino ¿de qué quinta eres? A la mayoría los recuerdos de la mili les acompañaban toda su vida y contarlos era uno de los motivos de conversación más manido entre los varones.

   En cuanto a la religiosidad era la propia del llamado nacionalcatolicismo, uno de los ingredientes esenciales de la España franquista. La asistencia a los actos religiosos era poco menos que obligatoria para aquellas personas que eran alguien en el pueblo o que quisieran serlo. Era una religiosidad más superficial que sentida, se trataba de que te vieran. En las escuelas había una jornada dedicada a estudiar el evangelio que se leería el domingo en la iglesia. Todos los niños acudían al denominado “rebañito”, que era la preparación religiosa para tomar la primera comunión. La moralidad ligada a esa manera de practicar la religión era rígida, sobre todo en lo tocante al sexto mandamiento y ciertamente hipócrita.

   Tal y como hemos descrito, a la vida social de Senillar solo se la podía calificar como plana y hasta aburrida y en ella era tan o más importante aparentar que ser. 
   

martes, 14 de octubre de 2014

***Clave IV. El entorno político


   En Senillar antes de la guerra civil, y también después, la mayoría de la población prestaba escasa atención a la política, los escasos interesados por la res publica se dividían entre derechas e izquierdas y la acción política se limitaba a las refriegas electorales. Alcaldes y equipos de gobierno se sucedían al vaivén de los cambios políticos en el ámbito nacional. La desidia de los diversos Ayuntamientos era el factor común. Muy ilustrativa era la anécdota que se contaba de un alcalde de los años veinte: mandó construir la primera acera del pueblo que discurría desde la puerta de la iglesia parroquial a la de su casa. La oposición lo calificó como una cacicada sin paliativos. La respuesta del edil fue contundente: si todos los alcaldes que ha tenido Senillar hubiesen hecho lo mismo todo el pueblo tendría aceras, como no lo han hecho, no las tiene.

   Tras la guerra en Senillar, como en el resto de España, la dictadura impuso el partido único y los sindicatos verticales. En el pueblo la mayoría de los vecinos sabían bien poco sobre la Falange, conocían algo de sus emblemas, de su uniforme y de su himno – el Cara al Sol -, pero apenas tenían idea sobre su doctrina. Por supuesto que había un jefe local del Movimiento – así se autodenominaba un partido que representaba la inmovilidad más absoluta - y hasta algunos delegados, como el del Frente de Juventudes, pero poco más. Teóricamente quien mandaba en el pueblo era el alcalde, cargo designado directamente por el Gobernador Civil al igual que el del jefe local de FET y de las JONS (*), pero quien de verdad cortaba el bacalao era el cacique. A éste no le designaba nadie puesto que era una autoridad que oficialmente no existía, pero era quien tenía la sartén por el mango. Generalmente el cacicato recaía en un miembro de una familia acaudalada y solía transmitirse de padres a hijos. En raras ocasiones se convertía en cacique alguien que no fuera integrante de un poderoso clan familiar, algo que solo podía ocurrir cuando un individuo tenía el apoyo sin fisuras del Gobernador Civil, auténtico sátrapa provincial. En Senillar, como en tantos pueblos de la piel de toro, existía una adinerada familia, los Arbós, uno de cuyos miembros solía ser el cacique de turno, que tenía como uno de sus principales objetivos que la mayoría de los resortes de poder quedasen en el ámbito familiar o en el de sus allegados.

   Los centros de poder estaban claramente delimitados. El político-administrativo correspondía al alcalde. En cuanto al político, sin guiones, al jefe de Falange. Ambos cargos sometidos al tutelaje del cacique y a las perentorias órdenes del Gobernador Civil. Al principio lo usual era que ambos puestos los ocupasen personas distintas, con el paso del tiempo lo habitual fue que dichos cargos recayesen en el mismo individuo. Y hablo en masculino porque a las mujeres no se las consideraba para ocupar ningún centro de poder, lo máximo a lo que podían aspirar era a alguna delegación falangista como la Sección Femenina.
   El poder religioso correspondía en  exclusiva al señor cura párroco, la influencia que pudiera tener el sacerdote en los demás centros de dominio estaba directamente relacionada con su personalidad y su ambición de mando. El poder castrense al cabo de la Guardia Civil que solía limitarse al mantenimiento del orden público y a vigilar para  que no se subvertieran los principios y estructuras del Régimen. El sindical a los presidentes de la hermandad de labradores y de la cooperativa agrícola. El económico no tenía una persona o un centro claramente definido, se repartía entre la media docena de familias con más fincas y dinero, los tres o cuatro comerciantes más prósperos, y acaso los directores de las dos entidades de crédito afincadas en Senillar: el Banco de Vizcaya y la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Valencia.
   Existía otro ámbito de poder que era el judicial encarnado en el juez municipal, al que posteriormente se le llamó juez de paz. No hacía falta ser abogado ni el puesto era retribuido. La capacidad de dirimir litigios y denuncias de estos jueces era mínima, pero si era un cargo que otorgaba cierto prestigio.

   Si era cierto que el fragor de las armas había cedido el paso a una paz imperfecta, llena de contrasentidos y de perversos meandros, también lo era que las batallas en las trincheras habían sido reemplazadas por maquinaciones, complots y enfrentamientos incruentos para conquistar el poder, en este caso el local. Esas peleas políticas, y no dejaba de ser una paradoja, ocurrían en el seno del Régimen, el único poder político que existía. Y pese a que ese poder no dimanaba de la voluntad popular sino de quien decía responder sólo ante Dios y ante la Historia - el Caudillo -, la lucha por quien mandaba seguía siendo tan cruel y apasionada como siempre. Eran enfrentamientos que no llegaban a la gente del común, sino que se debatían entre unas cuantas familias a las que se unía, en contadas ocasiones, algún individuo aislado como francotirador.

   La mayoría de la gente, sin posibilidad de hacer política, se volcaba en los intereses familiares e individuales y también en las alianzas y las contras circunscritas a hechos concretos y a menudo insignificantes: problemas de lindes, de derechos de paso, de turnos de riego en las norias comunales, de viejas peleas familiares de cuyo origen nadie se acordaba, de bronca en un día de mal vino, de riñas de novios que trascendían a las familias… Otra fuente inagotable de rencillas eran las herencias, dada la costumbre de repartir el patrimonio paterno a partes iguales entre todos los hijos.  Por otra parte, la mayoría de los vecinos bastante tenían con trabajar infatigablemente. Pese a la bondad del clima y contar con una relativa abundancia de agua a los senillenses nadie les había regalado nada. Prueba de ello eran los cientos de norias excavadas, los muchos marjales robados al humedal, los múltiples bancales de las colinas y los miles de ribazos construidos. Obras todas ellas que testificaban el incansable trabajo de múltiple generaciones.

   En aquellos años la gente hablaba más bien poco de política y cuando lo hacía, siempre con comedimiento – el miedo a las represalias seguía estando presente -, era para echar la culpa al Gobierno. Curiosamente, solían salvar de las críticas al Caudillo, eran los ministros los culpables de las mil y una cosa que funcionaban mal. En cambio circulaban innumerables chistes sobre Franco que la gente contaba sin ningún temor, daba la impresión de que el contenido bromista o sarcástico del chiste no suponía hablar mal del Régimen o de quien lo encabezaba. Naturalmente había personas totalmente opuestas al Movimiento y que lo criticaban ferozmente, pero siempre que tuviesen la seguridad de que sus oyentes no les iban a denunciar. Con el paso de los años el miedo se fue diluyendo y el pueblo comenzó a expresarse con más libertad, pero siempre dentro de un orden.

   La primera parte de la década de los cuarenta coincidió con la II Guerra Mundial. En Senillar, como en el resto del país, solo se conocía la información que proporcionaban los medios de comunicación españoles, absolutamente controlados por la censura del Régimen. Al principio del conflicto las noticias que aparecían en prensa y radio eran claramente proalemanas. Ejemplo de ello era como Signal, la revista de propaganda de la Wehrmatch, circulaba profusamente y era muy estimada por sus excelentes fotografías en color excepcionales para la época. A medida que los aliados fueron decantando el resultado de la contienda a su favor, la información experimentó un giro hacia los que aparecían como futuros vencedores. A la guerra del Pacífico apenas si se le prestaba atención, quedaba demasiado lejos y los senillenses poco o nada sabían del Japón. 

   En definitiva, al entorno político de Senillar se le podía aplicar el calificativo que tanto repetía el Caudillo: también padecía una pertinaz sequía, en este caso, política.

viernes, 10 de octubre de 2014

***Clave III. Los senillenses


    Es el gentilicio de los nacidos en Senillar, también se les ha llamado senillarenses pero ellos prefieren la primera denominación. 
   Senillar en 1940, año en que comienza la narración, tenía 3563 habitantes. Una década después la población había alcanzado la cifra de 4208. El hecho de que en diez años el crecimiento del censo fuese de un 15 % se debió al incremento de la superficie de regadío. En aquellos tiempos de escasez alimentaria los pueblos que tenían una agricultura de regadío se convertían en polo de atracción para los campesinos de las tierras de secano porque en ellos siempre había trabajo y, mucho más importante, algo que llevarse a la boca.

   En el pueblo estaba casi todo bastante repartido. Apenas había pobres de solemnidad, aunque tampoco grandes fortunas. La mayor parte de las familias labradoras, el grueso de la población, poseían varias fincas que les proporcionaban un pasar aceptable. No podían darse excesivos lujos, pero tampoco sufrían grandes penurias. Aquellos que no poseían campos trabajaban como jornaleros y la faena no solía faltarles. Después de los sufrimientos padecidos durante la reciente contienda civil la gente de Senillar se contentaba con poco: no había democracia pero sí paz, tampoco existían sindicatos libres pero estaban los sindicatos verticales única organización sindical legal en la España franquista, no existía el derecho de huelga pero había trabajo, faltaban muchos productos pero no se pasaba hambre, los partidos políticos habían desaparecido pero el Movimiento – paradójica denominación para el partido único que era pura quietud - los suplía. En definitiva, como la gente era consciente de que existían amplias zonas del país en que sus compatriotas lo estaban pasando francamente mal, entre otros motivos por la carencia de alimentos que allí no faltaban, los senillenses creían que vivían en un el mejor de los mundos.

   En una sociedad relativamente igualitaria como aquella las relaciones solían ser directas y llanas. Todo el mundo se tuteaba salvo a la gente con título (médicos, maestros, farmacéuticos…) a los que se les anteponía el don a su nombre y se les hablaba de usted. También se daba un tratamiento de respeto a los mayores y los hijos a sus padres. Otra característica, propia de las poblaciones pequeñas, era que todos se conocían y sabían a qué familia pertenecía cada cual. Los parentescos eran una clave importante en las relaciones y aquellas familias que contaban con muchos miembros tenían ciertas ventajas sobre las que tenían menos. Otro rasgo esencial de los vecinos de Senillar era: la de que aquí somos más de aparentar que de ser, como afirma uno de los personajes. Las apariencias regían innumerables aspectos de la vida social.

   Cada sector de la población ocupaba el tiempo en función de su edad y a veces de su sexo. Los viejos se quedaban en casa dedicados a tareas que no fuesen pesadas tales como dar de comer a los animales domésticos o a cuidar de los nietos. Algunos solían juntarse para contarse historias de antaño en los bancos de la plaza Mayor o en un antiguo tejar sito a las afueras del pueblo.
   Los adultos pasaban el día en sus respectivos trabajos y al anochecer los varones, mientras las mujeres preparaban la cena, solían sacar una sillita de enea a la puerta de la casa y se fumaban un cigarro mientras charlaban con el vecino o con algún miembro de la familia. Cabe señalar que las mujeres trabajaban en el campo al lado de los hombres en las mismas agotadoras jornadas, a lo que debía sumarse el trabajo hogareño porque a los varones de la época no se les pasaba por la cabeza ayudar en las faenas de la casa, les hubiese parecido poco menos que un insulto a su virilidad.  
   Los jóvenes, tanto ellos como ellas, tenían una jornada semejante a la de sus padres, la salvedad era que una vez terminado el día salían a pasear por el Rabal hasta la hora de la cena. Era el momento en que chicos y chicas podían fraternizar siempre dentro de las medidas reglas que imponía la rigurosa e hipócrita moral de la época.

   La pirámide socio-laboral estaba muy estratificada y cuanto más arriba se estaba mayor cotización social se tenía. El sector más valorado era el de los profesionales con un título universitario, en el pueblo solo había un puñado: dos médicos, dos farmacéuticos y un veterinario. El siguiente sector era el de los comerciantes, tenderos se les llamaba, aunque entre ellos había grandes diferencias: panaderías, ultramarinos, carnicerías, mercerías y tiendas de telas, de productos fitosanitarios, de objetos de mimbre y esparto, una tienda de modas…, también había unos cuantos comerciantes de productos agrícolas y en las afueras de la población se construyeron un par de paradores de carretera que con los años se convirtieron en una importante fuente de riqueza.
   Tras los dos primeros grupos venían los funcionarios muy cotizados socialmente, pese a que estaban mal pagados, por aquello del sueldo seguro: maestros, guardias civiles, funcionarios municipales, empleados de correos y telégrafos… El cuarto sector lo formaba la gente de los oficios: albañiles, carpinteros, herreros, hojalateros, pintores, carreteros, sastres, guarnicioneros...  El quinto grupo era el de los labradores que trabajaban sus propias fincas y que subsistían de lo que cosechaban; este sector sufrió un vuelco espectacular con el paso de los años debido al estraperlo o mercado negro y llegó a auparse hasta el segundo puesto de la pirámide. Luego venían los empleados, entre los cuales había clases: no era lo mismo trabajar en uno de los dos bancos locales que ser dependiente en cualquiera de las tiendas. El último bloque lo formaban los jornaleros que, generalmente, trabajaban como peones en el campo.

   La manera de vestirse ya daba una pista de a qué grupo de los anteriores pertenecía un individuo, aunque las diferencias se desdibujaron con el paso de los años. Los profesionales liberales, junto con algún que otro empleado, eran la gente de chaqueta y corbata. El resto iba con una simple camisa o si llevaba chaqueta ésta era invariablemente de pana y con algún que otro remiendo. Los labradores más apegados a la tradición usaban en domingos y fiestas la típica blusa, siempre de color negro o gris, prenda que fue paulatinamente sustituida por la chaqueta. A las mujeres las vestían las modistas de la localidad y las más habilidosas se hacían sus propios trajes. Únicamente para momentos especiales – bautizos, primeras comuniones, bodas o grandes festejos -, se compraba la ropa en Valencia.

   La formación de la mayoría de la población era muy elemental, salvo contadas excepciones casi nadie cursaba estudios más allá de la enseñanza primaria. A ello se añadía que, acabado el período escolar, como no se practicaba ni la lectura ni la escritura la mayoría terminaban siendo analfabetos funcionales. Antes de la guerra el índice de analfabetismo era muy alto, tras la contienda una ley de educación primaria de 1945 palió algo dicho estado. De hecho casi todos los niños estaban escolarizados y  buena parte de ellos asistían al grupo escolar del pueblo que, como no podía ser menos, se llamaba José Antonio. Se asistía a la escuela hasta los doce años, aunque algunos padres, especialmente los agricultores, los sacaban antes para que les ayudasen en su trabajo. La jornada escolar era de mañana y tarde. Niños y niños cursaban parecidas enseñanzas, la única diferencia de ellas respecto a los varones era que la sesión vespertina la dedicaban a la “clase de costura” que consistía en aprender las habilidades propias de las amas de casa, especialmente las relativas a coser, bordar, zurcir, tricotar, etc., destrezas necesarias para la meta a la que irremisiblemente estaban destinadas: el matrimonio. Los niños, finalizado el horario escolar, pasaban mucho más tiempo en la calle que en sus casas.

   Visto desde una perspectiva global podría decirse que los senillenses de aquellos años eran gente que llevaba una vida bastante plana y gris, en la que el trabajo era su actividad más reseñable y en la que los días fluían con una monotonía plomiza, tan plúmbea como era la vida de aquella España sumida en una pertinaz sequía que no solo era climática.

martes, 7 de octubre de 2014

*** Clave II. Senillar, su ámbito físico


NOTA: En este post hay párrafos con los tiempos verbales en pretérito y otros con los tiempos en presente. En el primer caso es porque describo paisajes del Senillar de los años cuarenta. En el segundo es porque los ámbitos descritos siguen siendo los mismos que en el Senillar de nuestros días.

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   Senillar (nombre ficticio) es un pueblo sito en la raya divisoria de las provincias de Valencia y Alicante. El topónimo deriva de la abundancia de una planta gramínea llamada senill en valenciano - carrizo en castellano - que suele criarse en los humedales y que prolifera en el prado pantanoso y la zona de la marjalería que lindan con la costa. Está ubicado en el centro de una llanura que mira al Mediterráneo al este y que está bordeado al oeste por una cadena de bajas y redondeadas colinas pobladas de matorral y en las que también hay estrechos bancales en los que crecían algarrobos, almendros, olivos y alguna viña; bancales hoy abandonados. Por el norte limita con el término municipal de Benialcaide y por el sur con el de Albalat del Mar (ambos topónimos también imaginarios). Tiene un término municipal pequeño puesto que es una de las localidades más nuevas de la comarca, su carta puebla o documento fundacional solo data de fines del siglo XVI.

   El núcleo urbano está a unos tres kilómetros del mar. En los años en que discurre la novela (1940-1955), en la costa existía un pequeño barrio, al que la gente llamaba la Marina y los burócratas el barrio marítimo, con casitas de una o dos plantas en las que vivían algo menos de un centenar de familias que intentaban ganarse la vida con la pesca de bajura. También había algunas casas o villas de gente del lugar que solo utilizaban cuando iban a la playa a “tomar las aguas”, en expresión de la época. Por lo demás la gente, volcada en la agricultura, vivía de espaldas al mar al que solo visitaba en algunas festividades estivales tales como: San Juan, la Virgen del Carmen o la Asunción. Lo de veranear, bañarse o tomar el sol eran consideradas como rarezas propias de la gente de ciudad.

   Las comunicaciones no eran malas. La carretera nacional del Mediterráneo, que enlazaba Cádiz con Barcelona, atravesaba el pueblo lo cual daba vida a diversos paradores y bares de carretera. El ferrocarril Alicante-Valencia-Barcelona también transitaba por el término municipal, estando la estación ubicada a medio kilómetro de la localidad. Una red de caminos de tierra conectaba el pueblo con las distintas partidas en las que se dividía el territorio municipal, entre ellos destacaban las denominadas carrassas que eran como las avenidas del campo y en las que morían o nacían la mayoría de los caminos rurales.

   El pueblo es llano en general, salvo un minúsculo cerro que marca el límite oeste del núcleo urbano y en el que se ubica el denominado Calvario con las catorce estaciones del viacrucis representativas de los momentos vividos por Jesús hasta su crucifixión. Presidiendo el cerro hay una capilla en la que se guarda una imagen de Cristo Crucificado que, según la creencia popular, tiene fama de milagrero. Las calles son rectas, salvo el núcleo más antiguo que se arremolina alrededor del Calvario, y estrechas, tan solo dos tienen una cierta anchura: el Rabal y la calle del Mar, entonces rebautizada como avenida José Antonio. El corazón del núcleo urbano es la plaza Mayor, denominada en aquellos años plaza del Caudillo. No había edificios de gran porte, salvo la iglesia parroquial que por su tamaño  correspondería mejor a una población mayor. Las casas solían tener de una a tres plantas, siendo este último tipo el más corriente, eran estrechas y muchas iban de calle a calle. En las viviendas de los labriegos por la puerta trasera se accedía al corral donde se guardaban los aperos, el carro y se estabulaba el mulo o el caballo, auxiliar indispensable para las labores del campo. Precisamente, una de las estampas más clásicas de aquella época ocurría al atardecer cuando una procesión de carros devolvía a los labradores al pueblo por los caminos de las distintas partidas del término municipal.

   El terreno entre el caserío y la costa estaba plagado de campos de regadío presididos por una miríada de norias en las que mulos y asnos eran los encargados de sacar el agua de sus profundidades. A mediados de los cuarenta la necesidad de incrementar la producción de alimentos impulsó la construcción de pozos equipados con motores, con lo que el campo se llenó de una intrincada red de regueros de mampostería que multiplicó la superficie de regadío. Fue el principio del fin para las viejas norias.
    Las huertas, casi siempre pequeñas y rectangulares, más parecían jardines, por lo cuidadas que estaban, que tierras de labor. No se veían grandes fincas puesto que la propiedad estaba muy repartida. En aquellas partidas que no se podían regar lo que más abundaba eran los campos de almendros.
   Con agua suficiente y un clima tan suave como el levantino el campo daba generosas cosechas de toda suerte de productos hortofrutícolas. Asimismo era numeroso el arbolado en el que destacaban por su número los huertos de cítricos. No eran los únicos frutales, también se veían nísperos, higueras, granados, perales, almendros, membrillos,…

   En la zona contigua al mar existe una zona pantanosa, una antigua turbera, plagada de pequeñas lagunas, de agua semisalada, llenas de carrizos, espadañas, juncos y demás especies propias de los humedales. Contigua a ese prado pantanoso está la marjalería. Los marjales son campos de cultivo arrancados al humedal. Son franjas largas y estrechas de terreno limitadas por dos o más acequias originadas al extraer la tierra que sirve de base al marjal y que lo sitúa por encima de la cota freática del humedal; las acequias sirven asimismo como conductos de drenaje y para suministrar agua para regarlos. Fueron muy útiles hasta que se mecanizó la extracción de agua. En las acequias se veían pulular ranas, tortugas, anguilas y demás especies que florecen en las aguas pantanosas. A mediados de los cuarenta hubo un intento de cultivar arroz en el humedal, intento que se hizo realidad durante unos cuantos años hasta que se salinizó el agua por la sobreexplotación.

   Finalmente, se llega, al mar delimitado por una costa plana y sin grandes relieves. La arena termina justo dónde mueren las olas. A partir de ahí comenzaba un cordón litoral de cantos rodados y grava entreverado de vez en cuando por pequeños arenales.

   En cuanto al clima es el típico del levante español: inviernos templados y con pocas precipitaciones, veranos calurosos y secos, primaveras y otoños muy marcados y en los que la lluvia, siempre escasa e irregularmente repartida, suele hacer su aparición, más la otoñal que la primaveral. Desde una perspectiva global se puede decir que Senillar pertenece a la España seca. Como contrapartida cada equis años se produce el fenómeno de la gota fría que anega todos los campos y hasta los bajos de buena parte de las casas, al fenómeno le llaman la riuà aunque el único río que pasa cerca del pueblo no es más que una modesta rambla. El meteoro más frecuente es el viento y desde donde más sopla es un arco que va desde el norte – con la tramuntana y el mistral – hasta el sur - el  migdía -,  pasando por los vientos más constantes que son los que provienen del Mediterráneo: el gregal o nordeste, el llevant o levante y el xaloc o sudeste. 

   En conjunto podríamos decir que el ámbito físico que rodeaba el pueblo tenía escasos relieves y pocos puntos de referencia; visto desde el aire se vería una llanura muy parcelada y con abundante arbolado en el que predominaban los naranjos. Su paisaje más singular era la costa que al ser baja y arenosa tampoco era una nota que sobresaliera en el panorama senillense. Hoy aquel paisaje ha sufrido drásticas alteraciones debido al boom inmobiliario.

viernes, 3 de octubre de 2014

*** ¿Para qué las claves?


    Su objetivo es la mejor comprensión de todo cuanto motiva las acciones y reacciones de los personajes de la novela. Dichas claves pueden resultar útiles para el lector que no tenga un cabal conocimiento de cómo es la vida en un pequeño pueblo y en una época tan oscura, controvertida y ya lejana como fue la posguerra civil española.

   Si las emociones, anhelos y pasiones de los hombres y mujeres que transitan por el relato pudiesen parecen en algún momento mezquinos, desmedrados y hasta miserables no es tanto porque sus sentimientos así lo fueran sino por el sórdido, alicorto y rígido ambiente en el que discurría su vida.

   Finalmente, una nota personal. El autor, entonces poco más que un adolescente, vivió aquellos años en un pueblo parecido a Senillar y recuerda pasajes e historias de entonces que posiblemente pudieron pasar en miles de poblaciones españolas de las que Senillar no es más que su exponente. Pese a lo que acabo de confesar afirmo que la novela no es autobiográfica. Y aunque muchas son las cosas que recuerdo de aquella época, no estoy tan seguro de que mi memoria las haya guardado con total fidelidad.   

   Las claves son las siguientes:
I. ¿Por qué la novela se titula “La Pertinaz sequía”?
II.  Senillar, su ámbito físico
III. Los senillenses
IV. El entorno político
V. El ambiente social
VI. La economía

   

 *** Clave I. ¿Por qué la novela se titula “La pertinaz sequía”

   Los geógrafos, desde el punto de vista hídrico, distinguen dos Españas: la húmeda y la seca. La primera comprende las vertientes noroeste y norte, en una franja que va desde Galicia a Cataluña, y en la que las precipitaciones suelen ser abundantes. El resto, un 72 % del territorio, constituye la llamada España seca en la que las lluvias son escasas e irregulares, con la excepción de algunos núcleos aislados que conforman auténticos islotes de humedad. El dato anterior es importante porque el país, en los años en que discurre la novela (1940-1955), tenía a la agricultura como su principal sector productivo y el cultivo más importante era el de los cereales, especialmente del trigo.

   En un país con esas características climáticas y con una población en la que el pan era alimento cotidiano el hecho de que la cosecha cerealista fuese exigua suponía una auténtica catástrofe. Durante la década de los años cuarenta una serie de prolongadas sequías hizo menguar dramáticamente las cosechas. A los efectos causados por el agostamiento de los cultivos se unió un ramillete de hechos generados por la política franquista: una economía autárquica, unas regulaciones asfixiantes e irracionales y una total ausencia de mecanización del campo. Además, al estar España aislada internacionalmente no existía la posibilidad de importar cereales de otros países.
   El resultado de todo ello generó fenómenos como el florecimiento del mercado negro, llamado en España estraperlo, en el que uno de sus productos estrellas era el plan blanco. El escaso pan que, por medio de las cartillas de racionamiento, llegaba a la población era de todo menos blanco; su color oscilaba del gris al castaño dependiendo de los ingredientes con los que estuviera elaborado que podían ser diversos cereales, distintos tipos de féculas, o Dios sabe qué.

   Durante aquellos tiempos de plomo el Régimen tenía como uno de sus eslóganes: Por la Patria, el Pan y la Justicia. Pues bien, en los duros años de la posguerra quizá hubiera una patria, pero pan había poco y justicia ninguna. La escasez de un alimento tan esencial era atribuida por el dictador únicamente a la pertinaz sequía, sin hacer mención alguna a las demás causas que contribuían a incrementar las penurias que padecía el pueblo español.
   La frase se convirtió en uno de los muchos latiguillos que usaba el Caudillo, de tal manera que pasó a formar parte de lo que podríamos denominar el léxico peculiar del franquismo. Si el Régimen atribuía a la conspiración judeo-masónica-comunista ser la causa de todos los males que en el plano político padecía España, en el plano agropecuario era la pertinaz sequía la causante de la ruina del campo español.

   La novela no trata sobre la dictadura franquista, pero si se desarrolla cuando la misma estaba en pleno apogeo y es el marco en el que se desenvuelven los personajes, por eso me ha parecido pertinente que se titulase “La pertinaz sequía” que, como suelo precisar, no solo fue climática.