martes, 14 de octubre de 2014

***Clave IV. El entorno político


   En Senillar antes de la guerra civil, y también después, la mayoría de la población prestaba escasa atención a la política, los escasos interesados por la res publica se dividían entre derechas e izquierdas y la acción política se limitaba a las refriegas electorales. Alcaldes y equipos de gobierno se sucedían al vaivén de los cambios políticos en el ámbito nacional. La desidia de los diversos Ayuntamientos era el factor común. Muy ilustrativa era la anécdota que se contaba de un alcalde de los años veinte: mandó construir la primera acera del pueblo que discurría desde la puerta de la iglesia parroquial a la de su casa. La oposición lo calificó como una cacicada sin paliativos. La respuesta del edil fue contundente: si todos los alcaldes que ha tenido Senillar hubiesen hecho lo mismo todo el pueblo tendría aceras, como no lo han hecho, no las tiene.

   Tras la guerra en Senillar, como en el resto de España, la dictadura impuso el partido único y los sindicatos verticales. En el pueblo la mayoría de los vecinos sabían bien poco sobre la Falange, conocían algo de sus emblemas, de su uniforme y de su himno – el Cara al Sol -, pero apenas tenían idea sobre su doctrina. Por supuesto que había un jefe local del Movimiento – así se autodenominaba un partido que representaba la inmovilidad más absoluta - y hasta algunos delegados, como el del Frente de Juventudes, pero poco más. Teóricamente quien mandaba en el pueblo era el alcalde, cargo designado directamente por el Gobernador Civil al igual que el del jefe local de FET y de las JONS (*), pero quien de verdad cortaba el bacalao era el cacique. A éste no le designaba nadie puesto que era una autoridad que oficialmente no existía, pero era quien tenía la sartén por el mango. Generalmente el cacicato recaía en un miembro de una familia acaudalada y solía transmitirse de padres a hijos. En raras ocasiones se convertía en cacique alguien que no fuera integrante de un poderoso clan familiar, algo que solo podía ocurrir cuando un individuo tenía el apoyo sin fisuras del Gobernador Civil, auténtico sátrapa provincial. En Senillar, como en tantos pueblos de la piel de toro, existía una adinerada familia, los Arbós, uno de cuyos miembros solía ser el cacique de turno, que tenía como uno de sus principales objetivos que la mayoría de los resortes de poder quedasen en el ámbito familiar o en el de sus allegados.

   Los centros de poder estaban claramente delimitados. El político-administrativo correspondía al alcalde. En cuanto al político, sin guiones, al jefe de Falange. Ambos cargos sometidos al tutelaje del cacique y a las perentorias órdenes del Gobernador Civil. Al principio lo usual era que ambos puestos los ocupasen personas distintas, con el paso del tiempo lo habitual fue que dichos cargos recayesen en el mismo individuo. Y hablo en masculino porque a las mujeres no se las consideraba para ocupar ningún centro de poder, lo máximo a lo que podían aspirar era a alguna delegación falangista como la Sección Femenina.
   El poder religioso correspondía en  exclusiva al señor cura párroco, la influencia que pudiera tener el sacerdote en los demás centros de dominio estaba directamente relacionada con su personalidad y su ambición de mando. El poder castrense al cabo de la Guardia Civil que solía limitarse al mantenimiento del orden público y a vigilar para  que no se subvertieran los principios y estructuras del Régimen. El sindical a los presidentes de la hermandad de labradores y de la cooperativa agrícola. El económico no tenía una persona o un centro claramente definido, se repartía entre la media docena de familias con más fincas y dinero, los tres o cuatro comerciantes más prósperos, y acaso los directores de las dos entidades de crédito afincadas en Senillar: el Banco de Vizcaya y la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Valencia.
   Existía otro ámbito de poder que era el judicial encarnado en el juez municipal, al que posteriormente se le llamó juez de paz. No hacía falta ser abogado ni el puesto era retribuido. La capacidad de dirimir litigios y denuncias de estos jueces era mínima, pero si era un cargo que otorgaba cierto prestigio.

   Si era cierto que el fragor de las armas había cedido el paso a una paz imperfecta, llena de contrasentidos y de perversos meandros, también lo era que las batallas en las trincheras habían sido reemplazadas por maquinaciones, complots y enfrentamientos incruentos para conquistar el poder, en este caso el local. Esas peleas políticas, y no dejaba de ser una paradoja, ocurrían en el seno del Régimen, el único poder político que existía. Y pese a que ese poder no dimanaba de la voluntad popular sino de quien decía responder sólo ante Dios y ante la Historia - el Caudillo -, la lucha por quien mandaba seguía siendo tan cruel y apasionada como siempre. Eran enfrentamientos que no llegaban a la gente del común, sino que se debatían entre unas cuantas familias a las que se unía, en contadas ocasiones, algún individuo aislado como francotirador.

   La mayoría de la gente, sin posibilidad de hacer política, se volcaba en los intereses familiares e individuales y también en las alianzas y las contras circunscritas a hechos concretos y a menudo insignificantes: problemas de lindes, de derechos de paso, de turnos de riego en las norias comunales, de viejas peleas familiares de cuyo origen nadie se acordaba, de bronca en un día de mal vino, de riñas de novios que trascendían a las familias… Otra fuente inagotable de rencillas eran las herencias, dada la costumbre de repartir el patrimonio paterno a partes iguales entre todos los hijos.  Por otra parte, la mayoría de los vecinos bastante tenían con trabajar infatigablemente. Pese a la bondad del clima y contar con una relativa abundancia de agua a los senillenses nadie les había regalado nada. Prueba de ello eran los cientos de norias excavadas, los muchos marjales robados al humedal, los múltiples bancales de las colinas y los miles de ribazos construidos. Obras todas ellas que testificaban el incansable trabajo de múltiple generaciones.

   En aquellos años la gente hablaba más bien poco de política y cuando lo hacía, siempre con comedimiento – el miedo a las represalias seguía estando presente -, era para echar la culpa al Gobierno. Curiosamente, solían salvar de las críticas al Caudillo, eran los ministros los culpables de las mil y una cosa que funcionaban mal. En cambio circulaban innumerables chistes sobre Franco que la gente contaba sin ningún temor, daba la impresión de que el contenido bromista o sarcástico del chiste no suponía hablar mal del Régimen o de quien lo encabezaba. Naturalmente había personas totalmente opuestas al Movimiento y que lo criticaban ferozmente, pero siempre que tuviesen la seguridad de que sus oyentes no les iban a denunciar. Con el paso de los años el miedo se fue diluyendo y el pueblo comenzó a expresarse con más libertad, pero siempre dentro de un orden.

   La primera parte de la década de los cuarenta coincidió con la II Guerra Mundial. En Senillar, como en el resto del país, solo se conocía la información que proporcionaban los medios de comunicación españoles, absolutamente controlados por la censura del Régimen. Al principio del conflicto las noticias que aparecían en prensa y radio eran claramente proalemanas. Ejemplo de ello era como Signal, la revista de propaganda de la Wehrmatch, circulaba profusamente y era muy estimada por sus excelentes fotografías en color excepcionales para la época. A medida que los aliados fueron decantando el resultado de la contienda a su favor, la información experimentó un giro hacia los que aparecían como futuros vencedores. A la guerra del Pacífico apenas si se le prestaba atención, quedaba demasiado lejos y los senillenses poco o nada sabían del Japón. 

   En definitiva, al entorno político de Senillar se le podía aplicar el calificativo que tanto repetía el Caudillo: también padecía una pertinaz sequía, en este caso, política.

viernes, 10 de octubre de 2014

***Clave III. Los senillenses


    Es el gentilicio de los nacidos en Senillar, también se les ha llamado senillarenses pero ellos prefieren la primera denominación. 
   Senillar en 1940, año en que comienza la narración, tenía 3563 habitantes. Una década después la población había alcanzado la cifra de 4208. El hecho de que en diez años el crecimiento del censo fuese de un 15 % se debió al incremento de la superficie de regadío. En aquellos tiempos de escasez alimentaria los pueblos que tenían una agricultura de regadío se convertían en polo de atracción para los campesinos de las tierras de secano porque en ellos siempre había trabajo y, mucho más importante, algo que llevarse a la boca.

   En el pueblo estaba casi todo bastante repartido. Apenas había pobres de solemnidad, aunque tampoco grandes fortunas. La mayor parte de las familias labradoras, el grueso de la población, poseían varias fincas que les proporcionaban un pasar aceptable. No podían darse excesivos lujos, pero tampoco sufrían grandes penurias. Aquellos que no poseían campos trabajaban como jornaleros y la faena no solía faltarles. Después de los sufrimientos padecidos durante la reciente contienda civil la gente de Senillar se contentaba con poco: no había democracia pero sí paz, tampoco existían sindicatos libres pero estaban los sindicatos verticales única organización sindical legal en la España franquista, no existía el derecho de huelga pero había trabajo, faltaban muchos productos pero no se pasaba hambre, los partidos políticos habían desaparecido pero el Movimiento – paradójica denominación para el partido único que era pura quietud - los suplía. En definitiva, como la gente era consciente de que existían amplias zonas del país en que sus compatriotas lo estaban pasando francamente mal, entre otros motivos por la carencia de alimentos que allí no faltaban, los senillenses creían que vivían en un el mejor de los mundos.

   En una sociedad relativamente igualitaria como aquella las relaciones solían ser directas y llanas. Todo el mundo se tuteaba salvo a la gente con título (médicos, maestros, farmacéuticos…) a los que se les anteponía el don a su nombre y se les hablaba de usted. También se daba un tratamiento de respeto a los mayores y los hijos a sus padres. Otra característica, propia de las poblaciones pequeñas, era que todos se conocían y sabían a qué familia pertenecía cada cual. Los parentescos eran una clave importante en las relaciones y aquellas familias que contaban con muchos miembros tenían ciertas ventajas sobre las que tenían menos. Otro rasgo esencial de los vecinos de Senillar era: la de que aquí somos más de aparentar que de ser, como afirma uno de los personajes. Las apariencias regían innumerables aspectos de la vida social.

   Cada sector de la población ocupaba el tiempo en función de su edad y a veces de su sexo. Los viejos se quedaban en casa dedicados a tareas que no fuesen pesadas tales como dar de comer a los animales domésticos o a cuidar de los nietos. Algunos solían juntarse para contarse historias de antaño en los bancos de la plaza Mayor o en un antiguo tejar sito a las afueras del pueblo.
   Los adultos pasaban el día en sus respectivos trabajos y al anochecer los varones, mientras las mujeres preparaban la cena, solían sacar una sillita de enea a la puerta de la casa y se fumaban un cigarro mientras charlaban con el vecino o con algún miembro de la familia. Cabe señalar que las mujeres trabajaban en el campo al lado de los hombres en las mismas agotadoras jornadas, a lo que debía sumarse el trabajo hogareño porque a los varones de la época no se les pasaba por la cabeza ayudar en las faenas de la casa, les hubiese parecido poco menos que un insulto a su virilidad.  
   Los jóvenes, tanto ellos como ellas, tenían una jornada semejante a la de sus padres, la salvedad era que una vez terminado el día salían a pasear por el Rabal hasta la hora de la cena. Era el momento en que chicos y chicas podían fraternizar siempre dentro de las medidas reglas que imponía la rigurosa e hipócrita moral de la época.

   La pirámide socio-laboral estaba muy estratificada y cuanto más arriba se estaba mayor cotización social se tenía. El sector más valorado era el de los profesionales con un título universitario, en el pueblo solo había un puñado: dos médicos, dos farmacéuticos y un veterinario. El siguiente sector era el de los comerciantes, tenderos se les llamaba, aunque entre ellos había grandes diferencias: panaderías, ultramarinos, carnicerías, mercerías y tiendas de telas, de productos fitosanitarios, de objetos de mimbre y esparto, una tienda de modas…, también había unos cuantos comerciantes de productos agrícolas y en las afueras de la población se construyeron un par de paradores de carretera que con los años se convirtieron en una importante fuente de riqueza.
   Tras los dos primeros grupos venían los funcionarios muy cotizados socialmente, pese a que estaban mal pagados, por aquello del sueldo seguro: maestros, guardias civiles, funcionarios municipales, empleados de correos y telégrafos… El cuarto sector lo formaba la gente de los oficios: albañiles, carpinteros, herreros, hojalateros, pintores, carreteros, sastres, guarnicioneros...  El quinto grupo era el de los labradores que trabajaban sus propias fincas y que subsistían de lo que cosechaban; este sector sufrió un vuelco espectacular con el paso de los años debido al estraperlo o mercado negro y llegó a auparse hasta el segundo puesto de la pirámide. Luego venían los empleados, entre los cuales había clases: no era lo mismo trabajar en uno de los dos bancos locales que ser dependiente en cualquiera de las tiendas. El último bloque lo formaban los jornaleros que, generalmente, trabajaban como peones en el campo.

   La manera de vestirse ya daba una pista de a qué grupo de los anteriores pertenecía un individuo, aunque las diferencias se desdibujaron con el paso de los años. Los profesionales liberales, junto con algún que otro empleado, eran la gente de chaqueta y corbata. El resto iba con una simple camisa o si llevaba chaqueta ésta era invariablemente de pana y con algún que otro remiendo. Los labradores más apegados a la tradición usaban en domingos y fiestas la típica blusa, siempre de color negro o gris, prenda que fue paulatinamente sustituida por la chaqueta. A las mujeres las vestían las modistas de la localidad y las más habilidosas se hacían sus propios trajes. Únicamente para momentos especiales – bautizos, primeras comuniones, bodas o grandes festejos -, se compraba la ropa en Valencia.

   La formación de la mayoría de la población era muy elemental, salvo contadas excepciones casi nadie cursaba estudios más allá de la enseñanza primaria. A ello se añadía que, acabado el período escolar, como no se practicaba ni la lectura ni la escritura la mayoría terminaban siendo analfabetos funcionales. Antes de la guerra el índice de analfabetismo era muy alto, tras la contienda una ley de educación primaria de 1945 palió algo dicho estado. De hecho casi todos los niños estaban escolarizados y  buena parte de ellos asistían al grupo escolar del pueblo que, como no podía ser menos, se llamaba José Antonio. Se asistía a la escuela hasta los doce años, aunque algunos padres, especialmente los agricultores, los sacaban antes para que les ayudasen en su trabajo. La jornada escolar era de mañana y tarde. Niños y niños cursaban parecidas enseñanzas, la única diferencia de ellas respecto a los varones era que la sesión vespertina la dedicaban a la “clase de costura” que consistía en aprender las habilidades propias de las amas de casa, especialmente las relativas a coser, bordar, zurcir, tricotar, etc., destrezas necesarias para la meta a la que irremisiblemente estaban destinadas: el matrimonio. Los niños, finalizado el horario escolar, pasaban mucho más tiempo en la calle que en sus casas.

   Visto desde una perspectiva global podría decirse que los senillenses de aquellos años eran gente que llevaba una vida bastante plana y gris, en la que el trabajo era su actividad más reseñable y en la que los días fluían con una monotonía plomiza, tan plúmbea como era la vida de aquella España sumida en una pertinaz sequía que no solo era climática.

martes, 7 de octubre de 2014

*** Clave II. Senillar, su ámbito físico


NOTA: En este post hay párrafos con los tiempos verbales en pretérito y otros con los tiempos en presente. En el primer caso es porque describo paisajes del Senillar de los años cuarenta. En el segundo es porque los ámbitos descritos siguen siendo los mismos que en el Senillar de nuestros días.

                                                    ***
   Senillar (nombre ficticio) es un pueblo sito en la raya divisoria de las provincias de Valencia y Alicante. El topónimo deriva de la abundancia de una planta gramínea llamada senill en valenciano - carrizo en castellano - que suele criarse en los humedales y que prolifera en el prado pantanoso y la zona de la marjalería que lindan con la costa. Está ubicado en el centro de una llanura que mira al Mediterráneo al este y que está bordeado al oeste por una cadena de bajas y redondeadas colinas pobladas de matorral y en las que también hay estrechos bancales en los que crecían algarrobos, almendros, olivos y alguna viña; bancales hoy abandonados. Por el norte limita con el término municipal de Benialcaide y por el sur con el de Albalat del Mar (ambos topónimos también imaginarios). Tiene un término municipal pequeño puesto que es una de las localidades más nuevas de la comarca, su carta puebla o documento fundacional solo data de fines del siglo XVI.

   El núcleo urbano está a unos tres kilómetros del mar. En los años en que discurre la novela (1940-1955), en la costa existía un pequeño barrio, al que la gente llamaba la Marina y los burócratas el barrio marítimo, con casitas de una o dos plantas en las que vivían algo menos de un centenar de familias que intentaban ganarse la vida con la pesca de bajura. También había algunas casas o villas de gente del lugar que solo utilizaban cuando iban a la playa a “tomar las aguas”, en expresión de la época. Por lo demás la gente, volcada en la agricultura, vivía de espaldas al mar al que solo visitaba en algunas festividades estivales tales como: San Juan, la Virgen del Carmen o la Asunción. Lo de veranear, bañarse o tomar el sol eran consideradas como rarezas propias de la gente de ciudad.

   Las comunicaciones no eran malas. La carretera nacional del Mediterráneo, que enlazaba Cádiz con Barcelona, atravesaba el pueblo lo cual daba vida a diversos paradores y bares de carretera. El ferrocarril Alicante-Valencia-Barcelona también transitaba por el término municipal, estando la estación ubicada a medio kilómetro de la localidad. Una red de caminos de tierra conectaba el pueblo con las distintas partidas en las que se dividía el territorio municipal, entre ellos destacaban las denominadas carrassas que eran como las avenidas del campo y en las que morían o nacían la mayoría de los caminos rurales.

   El pueblo es llano en general, salvo un minúsculo cerro que marca el límite oeste del núcleo urbano y en el que se ubica el denominado Calvario con las catorce estaciones del viacrucis representativas de los momentos vividos por Jesús hasta su crucifixión. Presidiendo el cerro hay una capilla en la que se guarda una imagen de Cristo Crucificado que, según la creencia popular, tiene fama de milagrero. Las calles son rectas, salvo el núcleo más antiguo que se arremolina alrededor del Calvario, y estrechas, tan solo dos tienen una cierta anchura: el Rabal y la calle del Mar, entonces rebautizada como avenida José Antonio. El corazón del núcleo urbano es la plaza Mayor, denominada en aquellos años plaza del Caudillo. No había edificios de gran porte, salvo la iglesia parroquial que por su tamaño  correspondería mejor a una población mayor. Las casas solían tener de una a tres plantas, siendo este último tipo el más corriente, eran estrechas y muchas iban de calle a calle. En las viviendas de los labriegos por la puerta trasera se accedía al corral donde se guardaban los aperos, el carro y se estabulaba el mulo o el caballo, auxiliar indispensable para las labores del campo. Precisamente, una de las estampas más clásicas de aquella época ocurría al atardecer cuando una procesión de carros devolvía a los labradores al pueblo por los caminos de las distintas partidas del término municipal.

   El terreno entre el caserío y la costa estaba plagado de campos de regadío presididos por una miríada de norias en las que mulos y asnos eran los encargados de sacar el agua de sus profundidades. A mediados de los cuarenta la necesidad de incrementar la producción de alimentos impulsó la construcción de pozos equipados con motores, con lo que el campo se llenó de una intrincada red de regueros de mampostería que multiplicó la superficie de regadío. Fue el principio del fin para las viejas norias.
    Las huertas, casi siempre pequeñas y rectangulares, más parecían jardines, por lo cuidadas que estaban, que tierras de labor. No se veían grandes fincas puesto que la propiedad estaba muy repartida. En aquellas partidas que no se podían regar lo que más abundaba eran los campos de almendros.
   Con agua suficiente y un clima tan suave como el levantino el campo daba generosas cosechas de toda suerte de productos hortofrutícolas. Asimismo era numeroso el arbolado en el que destacaban por su número los huertos de cítricos. No eran los únicos frutales, también se veían nísperos, higueras, granados, perales, almendros, membrillos,…

   En la zona contigua al mar existe una zona pantanosa, una antigua turbera, plagada de pequeñas lagunas, de agua semisalada, llenas de carrizos, espadañas, juncos y demás especies propias de los humedales. Contigua a ese prado pantanoso está la marjalería. Los marjales son campos de cultivo arrancados al humedal. Son franjas largas y estrechas de terreno limitadas por dos o más acequias originadas al extraer la tierra que sirve de base al marjal y que lo sitúa por encima de la cota freática del humedal; las acequias sirven asimismo como conductos de drenaje y para suministrar agua para regarlos. Fueron muy útiles hasta que se mecanizó la extracción de agua. En las acequias se veían pulular ranas, tortugas, anguilas y demás especies que florecen en las aguas pantanosas. A mediados de los cuarenta hubo un intento de cultivar arroz en el humedal, intento que se hizo realidad durante unos cuantos años hasta que se salinizó el agua por la sobreexplotación.

   Finalmente, se llega, al mar delimitado por una costa plana y sin grandes relieves. La arena termina justo dónde mueren las olas. A partir de ahí comenzaba un cordón litoral de cantos rodados y grava entreverado de vez en cuando por pequeños arenales.

   En cuanto al clima es el típico del levante español: inviernos templados y con pocas precipitaciones, veranos calurosos y secos, primaveras y otoños muy marcados y en los que la lluvia, siempre escasa e irregularmente repartida, suele hacer su aparición, más la otoñal que la primaveral. Desde una perspectiva global se puede decir que Senillar pertenece a la España seca. Como contrapartida cada equis años se produce el fenómeno de la gota fría que anega todos los campos y hasta los bajos de buena parte de las casas, al fenómeno le llaman la riuà aunque el único río que pasa cerca del pueblo no es más que una modesta rambla. El meteoro más frecuente es el viento y desde donde más sopla es un arco que va desde el norte – con la tramuntana y el mistral – hasta el sur - el  migdía -,  pasando por los vientos más constantes que son los que provienen del Mediterráneo: el gregal o nordeste, el llevant o levante y el xaloc o sudeste. 

   En conjunto podríamos decir que el ámbito físico que rodeaba el pueblo tenía escasos relieves y pocos puntos de referencia; visto desde el aire se vería una llanura muy parcelada y con abundante arbolado en el que predominaban los naranjos. Su paisaje más singular era la costa que al ser baja y arenosa tampoco era una nota que sobresaliera en el panorama senillense. Hoy aquel paisaje ha sufrido drásticas alteraciones debido al boom inmobiliario.

viernes, 3 de octubre de 2014

*** ¿Para qué las claves?


    Su objetivo es la mejor comprensión de todo cuanto motiva las acciones y reacciones de los personajes de la novela. Dichas claves pueden resultar útiles para el lector que no tenga un cabal conocimiento de cómo es la vida en un pequeño pueblo y en una época tan oscura, controvertida y ya lejana como fue la posguerra civil española.

   Si las emociones, anhelos y pasiones de los hombres y mujeres que transitan por el relato pudiesen parecen en algún momento mezquinos, desmedrados y hasta miserables no es tanto porque sus sentimientos así lo fueran sino por el sórdido, alicorto y rígido ambiente en el que discurría su vida.

   Finalmente, una nota personal. El autor, entonces poco más que un adolescente, vivió aquellos años en un pueblo parecido a Senillar y recuerda pasajes e historias de entonces que posiblemente pudieron pasar en miles de poblaciones españolas de las que Senillar no es más que su exponente. Pese a lo que acabo de confesar afirmo que la novela no es autobiográfica. Y aunque muchas son las cosas que recuerdo de aquella época, no estoy tan seguro de que mi memoria las haya guardado con total fidelidad.   

   Las claves son las siguientes:
I. ¿Por qué la novela se titula “La Pertinaz sequía”?
II.  Senillar, su ámbito físico
III. Los senillenses
IV. El entorno político
V. El ambiente social
VI. La economía

   

 *** Clave I. ¿Por qué la novela se titula “La pertinaz sequía”

   Los geógrafos, desde el punto de vista hídrico, distinguen dos Españas: la húmeda y la seca. La primera comprende las vertientes noroeste y norte, en una franja que va desde Galicia a Cataluña, y en la que las precipitaciones suelen ser abundantes. El resto, un 72 % del territorio, constituye la llamada España seca en la que las lluvias son escasas e irregulares, con la excepción de algunos núcleos aislados que conforman auténticos islotes de humedad. El dato anterior es importante porque el país, en los años en que discurre la novela (1940-1955), tenía a la agricultura como su principal sector productivo y el cultivo más importante era el de los cereales, especialmente del trigo.

   En un país con esas características climáticas y con una población en la que el pan era alimento cotidiano el hecho de que la cosecha cerealista fuese exigua suponía una auténtica catástrofe. Durante la década de los años cuarenta una serie de prolongadas sequías hizo menguar dramáticamente las cosechas. A los efectos causados por el agostamiento de los cultivos se unió un ramillete de hechos generados por la política franquista: una economía autárquica, unas regulaciones asfixiantes e irracionales y una total ausencia de mecanización del campo. Además, al estar España aislada internacionalmente no existía la posibilidad de importar cereales de otros países.
   El resultado de todo ello generó fenómenos como el florecimiento del mercado negro, llamado en España estraperlo, en el que uno de sus productos estrellas era el plan blanco. El escaso pan que, por medio de las cartillas de racionamiento, llegaba a la población era de todo menos blanco; su color oscilaba del gris al castaño dependiendo de los ingredientes con los que estuviera elaborado que podían ser diversos cereales, distintos tipos de féculas, o Dios sabe qué.

   Durante aquellos tiempos de plomo el Régimen tenía como uno de sus eslóganes: Por la Patria, el Pan y la Justicia. Pues bien, en los duros años de la posguerra quizá hubiera una patria, pero pan había poco y justicia ninguna. La escasez de un alimento tan esencial era atribuida por el dictador únicamente a la pertinaz sequía, sin hacer mención alguna a las demás causas que contribuían a incrementar las penurias que padecía el pueblo español.
   La frase se convirtió en uno de los muchos latiguillos que usaba el Caudillo, de tal manera que pasó a formar parte de lo que podríamos denominar el léxico peculiar del franquismo. Si el Régimen atribuía a la conspiración judeo-masónica-comunista ser la causa de todos los males que en el plano político padecía España, en el plano agropecuario era la pertinaz sequía la causante de la ruina del campo español.

   La novela no trata sobre la dictadura franquista, pero si se desarrolla cuando la misma estaba en pleno apogeo y es el marco en el que se desenvuelven los personajes, por eso me ha parecido pertinente que se titulase “La pertinaz sequía” que, como suelo precisar, no solo fue climática.

martes, 30 de septiembre de 2014

*** AVISO


   Confío en que el próximo viernes, día de aparición habitual del blog, podré colgar la primera entrada de la nueva novela “La pertinaz sequía”.
   Previo al episodio inicial de la narración presentaré un conjunto de claves para una mejor comprensión del porqué, el cómo, el cuándo y hasta el dónde que motivan las acciones y reacciones de los personajes del relato.
   Entiendo que dichas claves pueden resultar útiles para el lector que no tenga un cabal conocimiento de cómo es la vida en un pequeño pueblo y en una época tan oscura, controvertida y ya lejana como fue la posguerra civil española.
   Si las emociones, anhelos y pasiones de los hombres y mujeres que transitan por el relato pudiesen parecen en algún momento mezquinos, desmedrados y hasta miserables no es tanto porque sus sentimientos así lo fueran sino por el sórdido, alicorto y rígido ambiente en el que discurría su vida.
   Finalmente, una nota personal. El autor, entonces poco más que un adolescente, vivió aquellos años en un pueblo parecido a Senillar y recuerda pasajes e historias de entonces que posiblemente pudieron pasar en miles de poblaciones españolas de las que Senillar no es más que su exponente. Pese a lo que acabo de confesar aseguro que la novela no es autobiográfica. Y aunque muchas son las cosas que recuerdo de aquella época, no estoy tan seguro de que mi memoria las haya guardado con total fidelidad.
   Las claves son las siguientes:
I. ¿Por qué la novela se titula “La Pertinaz sequía”?
II.  Senillar, su ámbito físico
III. Los senillenses
IV. El entorno político
V. El ambiente social y ético

viernes, 26 de septiembre de 2014

*** LA NOVELA EN CIFRAS


   Sin pretender realizar un análisis estadístico exhaustivo, los principales datos de la novela “Apartamento con vistas al mar”, cuyo relato acaba de finalizar, son los siguientes:
- La primera entrada se colgó el 21.05.13 y la última el 23.09.14, o sea que la narración se ha extendido durante 16 meses, con una periodicidad bisemanal, salvo en agosto.

- La cifra de caracteres (con espacios) y de páginas de cada libro de la obra ha sido:
. Libro I. Los despojos: 121.831 caracteres y 42 págs.
. Libro II. El origen: 349.467 caracteres y 117 págs.
. Libro III. El apogeo: 153.880 caracteres y 50 págs.
. Libro IV. El ocaso: 321.699 caracteres y 107 págs.
. Posts informativos (15): 14.741 caracteres y 8 págs.
En total: 961.618 caracteres y 324 págs.

- Los personajes, entidades y lugares claves para seguir la novela que se han personalizado en la página secundaria son 52.

- En cuanto a las visitas, según datos de la página de estadísticas de Google Chrome, a día de hoy, el blog ha sido visitado desde 44 países de todos los continentes salvo África. Respecto al top-ten de las páginas vistas por países es este:
Entrada
Páginas vistas
España
1623
Estados Unidos
622
Rusia
228
Perú
208
Alemania
188
Reino Unido
173
Ucrania
110
Indonesia
66
Países Bajos
43
Polonia
39

   En esta relación hay 7 países europeos (Rusia realmente es euroasiática), 2 americanos y uno asiático. Otro país de Asia, China, está cerca con 34 visitas.
   A las páginas vistas desde estos países hay que añadir la cifra de 282 visitas hechas desde otros territorios que no recoge pormenorizadamente Google Chrome. Ello conforma un total de 3.582 páginas vistas.

   De acuerdo, son cifras modestas, pero para un novelista amateur y casi octogenario convendrán que no están mal.

   A partir de próximo martes, 30 de septiembre, comenzaré a publicar las introducciones imprescindibles para comprender la trama y las acciones y reacciones de los personajes de la nueva novela “La pertinaz sequía”


martes, 23 de septiembre de 2014

3.40. Se acabó el sueño del apartamento con vistas al mar


   El controvertido año 2000 ha transcurrido en Senillar más o menos como en el resto del mundo: mucho ruido y pocas nueces. Los años que siguen discurren asimismo por parecidos cauces que en la última década, lo que es particularmente acusado en Senillar que sigue creciendo en población y en construcciones. El sueño de poseer un apartamento con vistas al mar continúa siendo un poderoso reclamo y las viviendas en las zonas costeras continúan vendiéndose como si fueran rosquillas. Basta con dar una entrada, que los promotores procuran que sea asequible, y luego firmar un rimero de papeles de la correspondiente hipoteca para que españolitos y demás europeos, desde la clase medio-baja hasta los burgueses con pretensiones, puedan adquirir un apartamento, una vivienda adosada o un chalé unifamiliar; eso sí, siempre con vistas al mar. Dentro del tinglado inmobiliario local la otrora poderosa empresa BACHSA, actualmente en concurso de acreedores, ha sido sustituida por una miríada de constructores que continúan llenando la costa de hormigón. La única zona que hasta el momento se ha salvado de la expansión inmobiliaria es la de la Marina, gracias a que pende sobre ella una sentencia judicial.

   La gente, en general, está contenta: hay trabajo, el dinero fluye generosamente y como un día explicó Pascual Tormo a sus alumnos, citando a Lope de Rueda, se vive en una especie de tierra de Jauja en la que parece haber un río de miel y otro de leche y a los hombres se les pagase por dormir. No a todos alcanza tanta bonanza, también existen marginales. Ese es el caso de Sergio y Lorena. Continúan habitando el más que modesto piso cuyo alquiler siguen pagando los padres de él. Viven a salto de mata con lo que Sergio saca de los ocasionales trabajos que le van surgiendo y, cuando ello es imposible, de la ayuda paterna. Lorena no aporta nada a la economía familiar, no está en condiciones de trabajar. La pareja sigue con el tratamiento de la metadona y son la viva estampa de dos yonquis en plena decadencia.
   Hoy es un día más en su gris existencia. Sergio está tirado más que sentado en un cochambroso sofá. Se despereza al oír el leve ruido que hace la raída cortina que sirve de puerta a la única habitación de la casa. Lorena aparece en el quicio, está tan flaca que se le pueden contar las costillas, lleva una camiseta que termina cuatro dedos por encima del ombligo y unas braguitas con pinta de sucias.
- ¿Qué haces ahí tirado, hoy no curras? – pregunta con lengua pastosa.
- El curro se acabó ayer. Hasta la próxima semana no hay nada.
- ¡Vaya mierda!, tendremos que ir a papar a casa de tu abuelo. Anda, sé buen chico y prepárame un café, a ver si se me quita el cabezón que tengo.
- Se terminó ayer. Y tampoco hay leche, pero te puedo poner una tacita de agua del grifo – la irónica respuesta le ha salido de forma mecánica.
- No me toques los ovarios, guapito de cara, que no estoy para coñas marineras. Al menos líame un chino.
- ¿Estás de broma o qué? Hace la intemerata que en esta casa no entra una puta papelina. Y levanta el culo de una vez o llegaremos tarde.
- ¿Dónde hay que ir?
- Si te parece, a ver como reparan el yate. Hay que ir por la metadona.
- Ah, claro. ¿A qué día estamos?
- Ni lo sé ni me importa. – es la destemplada respuesta de Sergio.
- Voy a ver el calendario de la cocina.
- Ese calendario es del 2007 y si no recuerdo mal ha pasado un año de eso - la voz de Sergio es un puro sarcasmo.

   Los políticos locales, aquellos que fueron procesados por el caso Tornasol, han desaparecido de la vida pública. A los sucesores el caso no parece que les haya impactado excesivamente porque continúan con parecidas prácticas que sus antecesores, especialmente las referidas a sus relaciones con los que mueven los hilos del mundo del ladrillo. El cohecho y la prevaricación siguen siendo moneda habitual, al menos en el ámbito de la política municipal. Eso sí, los procedimientos se han vuelto más sinuosos, las formas más cautas y las precauciones contra posibles fugas de datos sobre autorizaciones que bordean la legalidad, cuando no la vulneran por completo, se han multiplicado.
   La entrada de la economía española en el euro, algo que ocurrió en 2002, ha supuesto una desmedida alza de los precios, lo que se nota especialmente en la vivienda donde el incremento de precios es espectacular. Mucha gente no acaba de asumir que cada unidad monetaria de la Unión Europea cuesta 166,386 unidades de la vieja peseta y siguen dando al céntimo europeo el mismo valor que daban al céntimo de peseta cuando aquel vale dieciséis veces más. Ello también repercute en el ámbito inmobiliario donde no es inusual que también se produzcan desajustes a la hora de la conversión de pesetas en euros.
- Esa recalificación que pretendes es muy problemática, se tendrían que hacer muchos enjuagues y lograr la cooperación de un montón de funcionarios. Y eso siempre requiere una compensación – comenta el alcalde al empresario de turno que solicita una autorización que está más allá de la ley.
- Alcalde, comprendo que lo que pido tiene un precio, pero estoy convencido de que, como en anteriores ocasiones, llegaremos a un acuerdo satisfactorio para ambas partes. ¿Qué te parecen 120.000? – propone el empresario.
- Pues que como broma vale, pero si hablas en serio te diré que una cantidad así es una ofensa. Con la de gente a la que hay que convencer, ¿dónde voy con 120.000 pesetas? Eso no da ni para contentar al último mono de la concejalía de urbanismo.
- Perdona, alcalde, pero me refería a 120.000 euros. Unos veinte millones de las antiguas pesetas – precisa el promotor.
- Ah, eso es otro cantar. La verdad es que no termino de pillar lo del jodido euro.

   Hoy toca reunión de la Asociación de Empresarios de la Construcción de la mancomunidad de Albalat, Benialcaide y Senillar. La finalidad de la conferencia es oír un informe que la dirección pidió sobre el desarrollo de la Ley Urbanística Valenciana de fines del 2005 y de cómo puede afectarles en su negocio. Entre plato y plato las opiniones de los comensales sobre el texto legal van y vienen:
- Pues yo, a diferencia de otros, en general me parece una buena ley. Hilando más fino hay algunas partes del texto que podrían eliminarse, por ejemplo: eso del fomento del mercado del suelo para su promoción social es una patochada. Para promover el mercado del suelo ya estamos nosotros, por algo nos llamamos promotores – concluye el empresario con una risotada.
- Yo también le pongo alguna que otra pega a la ley. Y según mis abogados eso de la garantía de la legalidad urbanística, dependiendo de en qué sentido se desarrolle, puede traernos un montón de problemas.
- A ver, compañeros, escuchad, por favor – quizá por la firmeza de la llamada o porque quien ha hecho la petición es el presidente de la asociación el silencio se hace en el grupo -. Como sabéis: hace unos meses encargamos al reputado catedrático de derecho, don Eusebio Fernández-Gallarza, que elaborara un dictamen sobre la ley del 2005. Una copia de dicho dictamen se os entregará al terminar la reunión – al ver alguna mano que se levanta el presi agrega -. No se ha hecho antes porque los últimos ejemplares están todavía encuadernándose.  Bien, como decía solo voy a hacer un mínimo resumen. Según Fernández-Gallarza la ley, y el desarrollo que ha tenido en los dos años que lleva de vigencia, establece un modelo de agente urbanizador que es absolutamente favorable a nuestros intereses. Es cierto que dispone un modelo de garantías, pero no entra a determinar de qué modo deben agruparse los propietarios, pues el agente urbanizador puede ser cualquier empresa que obtenga la concesión. Y eso nos deja las manos libres para proceder según nos interese. Por ello os propongo un brindis – todo el mundo se pone de pie -: por las leyes que no solo regulan el urbanismo, sino que también propician el fomento de la construcción. Compañeros, amigos: nos espera un futuro verdaderamente brillante.
   A la salida de la reunión uno de los asistentes pregunta a otro empresario a quien considera mucho más leído:
- Oye, Alejandro, y eso de las hipotecas subprime de que tanto habla la prensa salmón, ¿qué coño es?
   
   El sueño del apartamento con vistas al mar y todas las historias que a su alrededor se han gestado, como la de Sergio y Lorena, acaba de iniciar su debacle… por ahora.

                                                         FIN





      AVISO
      El blog seguirá publicándose bisemanalmente durante lo que resta de septiembre.
      Iremos dando las claves para poder entender mejor la trama y las reacciones de los personajes de la nueva novela “La pertinaz sequía”, cuyas primeras entradas se colgarán en la red a principios de octubre.
     Puesto que el nuevo texto es un relato en el que priman las emociones, sentimientos y pasiones es imprescindible tener un conocimiento cabal de la época en la que se desarrolla la novela: aquellos años de una España postrada por las consecuencias de una terrible guerra civil, aislada internacionalmente y sojuzgada por una dictadura que intentaba controlarlo todo, desde quienes debían detentar el poder – del gobierno de la nación al último villorrio – hasta la moral o las relaciones entre hombres y mujeres.
      Conoceremos las luces, escasas, y las sombras, muchas, de aquella España que, como rezaba el lema franquista, era Una, Grande y Libre. Quizá fuera una, pero desde luego ni era grande ni mucho menos libre.