miércoles, 21 de agosto de 2013

LIBRO II. EL ORIGEN. 2.1. Si la montaña no viene…

   Agustín Badenes, el taimado y maniobrero director de la sucursal de Cajaeuropa en Senillar, hace tiempo que ha pedido una entrevista con el subdirector que coordina la gestión de la sucursales de la entidad.
- Dispongo de poco tiempo, Agustín, por tanto te ruego que vayas directamente al grano – Da la impresión de que el subdirector no está dispuesto a perder mucho tiempo con el encargado de una de las agencias a su cargo de menor importancia.
- Entendido. Sé por mis colegas de Albalat y Benialcaide que en ninguna de ambas localidades queda suelo urbanizable que esté a una distancia razonable de la costa. Por eso te pedí está cita. Tengo una idea que puede ser muy, pero que muy rentable para nuestra entidad.

   El subdirector espera que el empleado continúe su exposición, pero éste no da la impresión de que tenga ninguna intención de hacerlo.
- ¿Me vas a hacer el honor de hacerme partícipe de esa idea tan rentable o esperas que se reúna el consejo de administración para contársela? – El tono del subdirector rezuma sarcasmo. Piensa que Badenes es uno más de los muchos directores de agencias locales que siempre creen que han encontrado en sus pagos un nuevo El Dorado.
- Perdón. Se trataría de construir en Senillar. Creo que el pueblo puede ser un nuevo filón urbanístico de extraordinaria rentabilidad.
- ¿Construir en Senillar? – La sorpresa del subdirector no parece fingida -. Agustín, no pretendo echar por tierra tu iniciativa, pero dudo de que ese pueblo pueda ser un filón de algo, es una localidad que si no muerta, sí está comatosa. Me remito a los balances anuales que presentas.
- Precisamente ese sería uno de los muchos datos que iban a cambiar radicalmente. Si se lleva adelante lo que propongo el movimiento de la oficina crecería exponencialmente. Por eso me permito insistir. Opino, mejor dicho, estoy convencido de que tenemos ante nosotros una operación que nuestra entidad no debe perder.
- ¿En qué te basas para estar tan seguro de tu propuesta? -   El subdirector está un tanto perplejo ante la insistencia de su subordinado. Lo tiene por un hombre más bien mediocre, el clásico empleado que culminó sus expectativas de éxito al ser promocionado a director de una sucursal, de escaso volumen de operaciones por cierto. Desconoce que quien considera como anodino empleado tiene un motivo muy poderoso qué le lleva a ser reiterativo en su petición.
- Me baso en que se podría planificar una promoción urbanística que dejaría en mantillas a todo cuanto se ha edificado en la comarca, que digo en la comarca, en la región en la última década, estoy hablando de la urbanización global de unos ocho kilómetros de costa que a fecha de hoy están vírgenes - afirma muy convencido Badenes.
- Envíame un informe y lo pasaré a la gente de estrategias. En su momento te mantendré informado. Y ahora me disculparás, pero tengo una agenda muy cargada – El subdirector se levanta dando por terminada la entrevista.

   Badenes no esperaba demasiado de la entrevista, pero aun así sale decepcionado. Por lo que sabe de su superior tiene la sospecha de que su propuesta terminará en el archivo al que van a parar los estudios y proyectos que jamás verán la luz. Va a tener que poner en marcha el plan B. Solicita ser recibido por Gaspar Moltó, subdirector encargado del servicio de estudios. Todos los que le conocen lo definen como un hombre brillante, perspicaz y con una sólida preparación, no en balde estudió en la californiana universidad de Stanford. A los pocos días Badenes es convocado. Tras las pertinentes presentaciones, ambos bancarios no se conocían, el director de la sucursal entra sin más preámbulos en el meollo del asunto.
- … y no estoy hablando de una urbanización más, sino que se trataría de urbanizar de forma global unos ocho kilómetros de costa que a día de hoy están vírgenes.

   Lo de los ocho kilómetros de costa virgen despiertan el interés del directivo. Sabe que algo así es poco menos que insólito a lo largo del saturado litoral mediterráneo.
- A ver, dame más detalles.
- En la playa del pueblo sólo hay una fila de casitas de una o dos plantas, una docena de bloques de entre cuatro y seis alturas y un puñado de chalés. Todo sumado muy poca cosa. En primera línea queda todavía una gran cantidad de terreno sin explotar y no digamos detrás, hay muchísimos millones de metros cuadrados de terreno esperando que alguien los urbanice.
- ¿Y por qué hasta ahora nadie ha descubierto un territorio tan prometedor? – inquiere un todavía escéptico Moltó.
- Las causas son varias. A mi juicio la dos más decisivas han sido que, al estar ubicado entre dos poblaciones tan conocidas turísticamente como Albalat del Mar y Benialcaide, el pueblo quedó como el patito feo de la comarca; la otra es que tanto los empresarios locales como las autoridades municipales no han hecho nada para promocionar su costa, más bien se diría lo contrario. El resultado es que nuestra playa apenas si recibe unos pocos cientos de visitantes, domingueros en su mayoría.
- Recuerdo haber estado en Senillar en una ocasión y, si la memoria no me falla, es una playa no demasiado grande y llena de cantos rodados. Eso tiene escasas perspectivas de promoción – opina Moltó.

   Badenes rebate la negativa opinión de su superior con una pregunta retórica:
- ¿Quieres que hagamos la relación de importantes núcleos turísticos cuyas playas son malas de solemnidad?
- Eso es cierto, lo admito, pero hay otro interrogante que sigue presente: ¿quién diablos ha oído hablar de Senillar? Tendrá una costa virgen y una playa sin bañistas, pero vender un producto absolutamente desconocido puede resultar todo un problema y muy costoso financieramente – afirma Moltó.
- No tanto si se monta una buena campaña de marketing. Además, no se trata sólo de la playa, el pueblo tiene una auténtica joya, una zona de marjales en el que se podría construir un puerto deportivo interior y a su alrededor una ciudad residencial, también se podría montar un campo de golf... Tiene muchas más posibilidades de las que aparenta. Creo que no perderías nada si le echaras un vistazo – reitera Badenes.
- Es posible que tengas razón. De todas formas hasta que no terminen las obras para la olimpiada de Barcelona no vamos a acometer nuevos proyectos.
En cualquier caso, te prometo que en septiembre visitaré Senillar y estudiaremos su potencialidad. Admito que una costa virgen se merece algo más que un vistazo.
- De todas formas, si no puedes desplazarte personalmente podrías mandar a alguien del departamento de…
- No insistas, Agustín – le ataja el directivo al tiempo que se levanta -, después de la olimpiada hablaremos.

   En su viaje de vuelta a Senillar, Badenes va jurando en arameo. Piensa que los mequetrefes de la dirección le van a chafar el negocio de su vida. Antes de llegar al pueblo ya se ha calmado y se dice que aquello no ha sido más que el primer asalto, que el combate será largo, pero que no está dispuesto a perderlo aunque lo gane sólo a los puntos. Si el tontaina del subdirector de sucursales no le contesta, cuestión más que probable, y el estirado del departamento de estudios no le llama tras el fin de la olimpiada, algo que también puede ocurrir, tendrá que tomar otras medidas. Si creen que aquello se ha terminado están muy equivocados. Si es necesario cambiará su trabajo en Cajaeuropa por otro, pero el negocio de sus sueños no se lo van a escamotear. Y como para autoafirmarse en su plan exclama en alta voz:
- Si la montaña no viene a Mahoma… 

miércoles, 14 de agosto de 2013

1.24. ¿Me pides que haga flash-back?

   El profesor Tormo y los informadores, que están rematando el reportaje, toman las últimas copas en un bar del pueblo antes de decirse definitivamente adiós. Un hombre, que rezuma una mezcla de miseria y dejadez, entra, pide una caña en la barra, se la toma con avidez, paga y sale como entró.
- Ahí tenéis uno - dice Tormo señalando al que acaba de irse - de los muchos ejemplos de la locura que contagió a alguna gente de Senillar. El tipo que acaba de salir trabajaba en la gasolinera de Arbós, la que hay a la salida del pueblo. Tenía un par de campitos de mala muerte en los que plantaba hortalizas y legumbres para el consumo de casa. Un buen día por uno de ellos, una finca de secano, le ofrecieron algo más de cincuenta millones de pesetas. La vendió, dejó el trabajo en la gasolinera, se compró un BMW y se dio a la gran vida. Al poco tiempo se divorció y se lió con una camarera de un puticlub de Albalat que en unos años lo desplumó y luego lo abandonó. Como acabó el fulano en cuestión acabáis de verlo.
- ¿Hay muchos casos así? – pregunta el reportero.
- Pues no los he contado, pero aquí el promedio de tontos es similar al del resto del país por lo que tú mismo puedes echar la cuenta – contesta con sarcasmo Tormo.
- Oye, Pascual, me suena mucho el apellido Arbós, ¿de qué será? - inquiere el fotógrafo.
- Te suena de la operación Tornasol - le aclara su compañero -. Los medios le dimos amplia cobertura y fue noticia de primera plana muchos días. Nuestra revista publicó varios reportajes sobre algunos de los imputados.
- Ah, claro. ¿Ese Arbós no tuvo algo que ver con la mafia calabresa?
- Eso se dijo, pero ni la fiscalía ni el juez instructor han podido probarlo hasta el momento, aunque las lenguas de doble filo, que aquí las hay a puñados, afirman que ciertos son los rumores - apunta Tormo que aclara -. En aquellos años de vértigo se rumoreó insistentemente que muchos de los negocios previstos o en ejecución tenían como una de sus finalidades blanquear dinero del narcotráfico y de la trata de blancas y que detrás de todo el tinglado estaba la mafia. Unos que si la siciliana, otros que la ndrangheta, había quien decía que era la camorra, hasta no faltaba quien lo atribuyese a la mafia rusa. No pondría la mano en el fuego de que parte de aquellos chismes no fueran ciertos, pero tampoco veo a José Ramón Arbós como una especie de padrino local. Le faltaba, y le sigue faltando, coraje y crueldad, aunque sí tuvo la suficiente astucia para hacerse más rico de lo que ya era. Pese a todo, al final de la historia terminó siendo uno de los paganos, aunque el proceso sigue abierto y sabe Dios cuando puede terminar con lo lenta que es la justicia en estos pagos.
- No dices que se hizo más rico aún, ¿entonces qué platos rotos pagó? - inquiere curioso el fotógrafo.
- Los que se supone que aparecerán cuando se sustancie la operación Tornasol, que fue donde la justicia lo engatilló, pese a que más de uno en el pueblo piensa que terminará yéndose de rositas. Aunque un cuñado suyo me contó un día que estábamos de copas algo curioso, dice que está muerto de miedo de que le pueda pasar algo. De hecho, apenas si se le ve por el pueblo, sale muy poco de casa, sólo los días uno y quince de mes cuando ha de presentarse en el cuartelillo de la guardia civil. Ya veis para qué puñetas le sirve el dinero - remacha Tormo.
- Creo recordar que también estuvo metido en lo de La Marina - evoca el periodista.
- En lo de La Marina y en todos los planes y proyectos que se movieron en el pueblo en los últimos veinte años - sentencia Tormo -. La gente como Arbós y como todos los de su calaña son los causantes de que en Senillar no solamente haya cambiado el paisaje sino también el paisanaje.
- ¿Y todo ese cambio de paisaje y de paisanaje en cuantos años se llevó a cabo? – se interesa el reportero.

   Tormo entrecierra los ojos mientras trata de recordar las fechas.
- Unos dieciocho años.
- O sea, que la historia de la evolución de Senillar ha ocurrido en algo menos de dos décadas. No es mucho tiempo – se sorprende el periodista.
- En efecto, no es mucho – acepta Tormo -, pero, como sabes, la dimensión temporal de los humanos no siempre discurre de forma lineal, sino que se contrae o se dilata en función de los sucesos que les afectan. Y aquí han pasado tantas cosas en las dos últimas décadas que si las tuviera que poner negro sobre blanco necesitaría muchas páginas para hacerlo.
- ¿Y exactamente cuándo y cómo empezó todo?
- ¡Buf! – resopla Tormo -. ¿Me pides que haga una especie de flash-back? Casi nada. Tendría que retrotraerme al curso noventa y dos noventa y tres.


miércoles, 7 de agosto de 2013

1.23. Operación chatarra

   Bachir ha llevado a Sergio a que conozca a sus amigos. Se trata de un grupo de norteafricanos, casi todos marroquíes salvo un par de tunecinos. La primera conclusión que saca Sergio es que no parece que el grupo se dedique al narcotráfico pues van todos pobremente vestidos y no se les ve ninguna de las joyas a las que tan aficionados son los narcos: ostentosos anillos, recargadas pulseras, aparatosos relojes y demás signos de opulencia. Si algo los hermana, además de su desaliño indumentario, son las frondosas y descuidadas barbas que todos lucen y que les asemeja más a un grupo de islamistas que a otra cosa.

   Con un florido parloteo y dando muchos rodeos, el que parece que lidera el grupo de magrebíes, un tal Abdelhakim, le pide a Sergio, en un excelente español pues es originario de Melilla, que quiere que les ayude. A falta de otra clase de trabajo se dedican a recoger chatarra.
- ¿Me necesitáis para recoger chatarra? – se extraña Sergio.
- Para recogerla no, para venderla – Es la respuesta de Abdelhakim -. Los chatarreros no se fían de nosotros, dicen que la robamos. Nos ven como a extranjeros, pobres y encima africanos, por eso desconfían de nosotros, nos ponen muchas pegas y nos hacen mil preguntas. Todo ello les sirve como excusa para pagarnos una miseria. Hemos llegado a la conclusión de que si en el grupo tuviéramos un español, que fuera el que tratara con ellos, conseguiríamos mejores precios.
- ¿Y por qué yo y no otro? – recela Sergio.
- Porque Bachir nos contó que sabes de cuentas, que eres honrado y buena persona y, lo más importante para nosotros, que tratas a los africanos con el mismo rasero que a tus compatriotas.
   A Sergio le ha complacido la respuesta del líder del grupo de magrebíes por lo que su siguiente pregunta tiene un cariz muy distinto:  
- ¿Y se saca mucha pasta?
- Depende de lo que se encuentre - explica el marroquí -. La que está mejor pagada es la chatarra metálica, especialmente el cobre, pero no le hacemos asco a nada con lo que podamos ganar unos euros. Ah, lo que sacamos lo repartimos a pachas, salvo una parte que se la enviamos a nuestro imán.

   Sergio no lo piensa más y acepta. Hay mucha gente que se dedica a recoger chatarra y desperdicios de toda laya. Cuando se lo cuenta, Lorena también lo anima a echarles una mano a los moros, si se gana unos talegos les vendrá de perlas.
- Supongo que les habrás dicho que sí.
- Pues claro, pero no estoy demasiado seguro de que se pueda conseguir un buen dinero con semejante tarea.
- Mi abuela María solía repetir que poco da hilar, pero menos mirar. Y entre estar tocándote las pelotas o de cháchara con los jubilatas y buscar chatarra algo sacarás.
- Razón tienes. Será cuestión de probar.

   En la primera salida, una noche cerrada, se dirigen a un solar vallado con tela de alambre en la que con una cizalla hacen un boquete para entrar. El hecho pone en guardia a Sergio y por un momento duda si continuar con el grupo, termina encogiéndose de hombros y penetra en el vallado. En el centro de la parcela se yergue el armazón de un edificio y una grúa como solitario centinela que lo vigila desde lo alto. No encuentran muchos residuos metálicos, en cambio hay unas cuantas viguetas de hormigón, un montón de rasillas y un contenedor con algo menos de media carga de ladrillos. Uno de los magrebíes musita algo al oído de Bachir que lo traduce a Sergio:
- Que volver con furgona a recoger - y señala el material esparcido.

   En la siguiente noche, el grupo, con Sergio ya integrado como uno más, vuelven a bordo de una cochambrosa furgoneta en la que cargan los materiales esparcidos por el solar. La operación reporta al grupo de chatarreros una buena cantidad. Sergio vuelve a casa alborozado y muestra a Lorena los billetes.
- De puta madre, vete adónde el Perchas y compra una cajeta de maría, unas papelinas y trae algo de alpiste que estoy seca. Ah, ten cuidado, no vayas de gilí y te endiñe de la de alfalfa, y si sobra compra algo para echarle un muerdo.
- No creo que alcance para papelinas – precisa Sergio que, en cualquier caso, no tiene intención de comprarlas.

   Días después realizan otra salida. En esta ocasión es al punto limpio de la localidad. La valla que lo circunda es alta y sólida, pero la cizalla cumple su función y la franquean sin problema. Comienzan a rebuscar en los contenedores. Uno de los norteafricanos señala el depósito de electrodomésticos, lo abren, está medio lleno de aparatos en desuso. Abdelhakim dice algo en voz queda que Bachir traduce a Sergio:
- Dice que volver mañana con furgona.
   El grupo sigue buscando sin preocuparse demasiado de dejar rastro de su paso. Uno de los magrebíes da una patada a un pequeño bidón de plástico que al volcarse derrama parte del aceite que contenía y que le deja las zapatillas pringosas. Abdelhakim le hace un gesto conminatorio como reprendiéndolo. Cuando ya no encuentran más chatarra útil, el grupo, con el mismo sigilo que llegó, sale del recinto no sin antes recomponer malamente con un alambre el corte hecho en la valla.

   Al día siguiente, el grupo vuelve al punto limpio con la misma y oxidada furgoneta de la otra vez. Intentan entrar por donde el día anterior, pero han reparado la tela metálica. Como no traen la cizalla, saltan la valla y van directamente a por el contenedor de electrodomésticos. Cuando más enfrascados están en la búsqueda, inesperadamente se encienden los focos que iluminan el recinto y unos guardias municipales esgrimiendo sus defensas se precipitan hacia ellos conminándoles a grito pelado a que no se muevan. Abdelhakim pega un bramido que el resto de magrebíes se apresura a obedecer. A Sergio no le hace falta que se lo traduzcan, se trata de salir del lugar lo más aprisa posible antes de que se convierta en una ratonera.

   Sergio se trastabilla, lo que hace que sea el último en llegar a la valla, cuando está a punto de coronarla uno de los municipales lo prende por un pie y tira de él. Sergio forcejea tratando de soltarse.

lunes, 5 de agosto de 2013

AGOSTO


 Llegó agosto, el mes en el que los españoles que pueden, lo digo por los penosos efectos de la crisis, se toman no sé si unas vacaciones, pero sí al menos un respiro. Es lo que voy a hacer con el blog. Voy a seguir colgando episodios de Apartamento con vistas al mar, pero en lugar de dos semanales, sólo publicaré uno, los miércoles. Cuando llegue septiembre volveré a la cadencia bisemanal. Mientras tanto, felices vacaciones para los afortunados lectores que vayan a disfrutarlas y para todos les deseo un grato verano.

viernes, 2 de agosto de 2013

1.22. Una historia de suspense

    Los dos informadores y Pascual Tormo entran en un bar del pueblo para tomar café, mientras se lo sirven el periodista que va a redactar el reportaje le apremia a que concluya lo que les contaba sobre la especulación inmobiliaria en Senillar:
- ¿Cómo terminó lo de la especulación?
- Pues como dicen por estos pagos, com el ball de Torrent.
- ¿Lo traduces, please? - ruega el reportero.
- En una traducción libre sería algo así que acabó como el rosario de la aurora. Lo que se construyó en los primeros años se vendió casi todo, pero el proyecto de urbanización global de la totalidad del término municipal comenzó a complicarse cuando comenzaron a tocarse los marjales.
- Ya he querido preguntártelo en más de una ocasión, ¿qué es eso de los marjales? - el fotógrafo también es muy curioso.
- Los marjales son campos de cultivo arrancados al humedal que ocupa una buena parte de la franja costera del pueblo y que, en su conjunto, llamamos la marjalería, aunque también se le ha llamado el prado pantanoso. En esencia son franjas largas y estrechas de terreno limitadas por dos o más acequias originadas al extraer la tierra que sirve de base al marjal y que lo sitúa por encima de la cota freática del humedal; las acequias sirven asimismo como conductos de drenaje y para suministrar agua para regarlos. Fueron muy útiles hasta que se mecanizó la extracción en los pozos.

   El periodista tiene otra pregunta más sobre la marjalería:
- ¿Y a quién pertenece, al estado o al municipio?
- Salvo una parte, que es el humedal propiamente dicho y cuyo propietario es el municipio, el resto pertenece a particulares, casi todos del pueblo. Como apunte histórico he de añadir que, en los años negros de la posguerra, los marjales mitigaron mucha hambre porque se pueden regar fácilmente a mano y la mayoría de la gente tenía uno en el que sembrar toda clase de hortalizas, legumbres y frutales. A medida que la economía de subsistencia fue desapareciendo, la gente dejó de cultivarlos y terminaron casi todos abandonados.
- ¿Y qué tiene de particular el marjal de aquí?
- Las marjalerías, como todos los humedales próximos al mar, han sufrido una fuerte presión urbanística, especialmente en nuestra comunidad, con el peligro medioambiental que puede suponer la desaparición de las mismas. En Benialcaide que también tenían una pequeña zona de marjales las urbanizaciones se los zamparon y nadie dijo ni pío. Aquí, como el humedal es mucho más grande y siempre ha sido una modesta estación de paso en la migración de las aves entre el norte de Europa y África, los promotores fueron al principio con pies de plomo. Comenzaron a comprar marjales de manera muy discreta, pero cuando el precio de los terrenos se disparó ocurrió lo mismo con los de los marjales, especialmente cuando se hizo público el proyecto que los promotores habían diseñado para el humedal y…

El reportero le interrumpe:
- Perdona, Pascual, ¿te refieres al proyecto de La Marina?
- En efecto. El plan era construir en el humedal un puerto deportivo interior y a su alrededor edificar una ciudad residencial, una especie de Ampuriabrava. Recuerdo cuando presentaron la maqueta en el Ayuntamiento – rememora Tormo -, era preciosa, el puerto y sus múltiples canales y dársenas con sus barquitos amarrados en los atraques, junto a unas espaciosas viviendas unifamiliares; en segunda línea varias filas de apartamentos adosados y en último lugar bloques no excesivamente altos. Todo ello salpicado de hoteles, centros comerciales, zonas recreativas... En fin, lo que conlleva una urbanización de ese tipo. Lo publicitaron como el cuerno de oro de la economía local, lo que iba a traer a la localidad trabajo y prosperidad para todos. Durante meses casi no se habló de otra cosa en el pueblo. La Marina de Senillar, que así la bautizaron, fue el tema de conversación en todos los corrillos.
- ¿La Marina es lo mismo que la marjalería?
- La Marina es el nombre de la partida del término municipal que comprende el marjal y las zonas aledañas.

   Todavía le queda al periodista una pregunta más:
- Evidentemente, el proyecto de La Marina no se llevó a cabo, ¿cuáles fueron las causas?
- El proyecto tuvo una historia con muchos altibajos, pasó por distintas fases y provocó muchas y variadas reacciones. En su inicio fue ilusionante porque parecía que iba a dar a la localidad una dimensión muy diferente al del típico pueblo costero cuya oferta se centra únicamente en sol y playa de una calidad más bien modesta. La marina residencial que se proyectaba tenía visos de algo mucho mejor y con una ocupación no meramente estacional. Luego se pasó a la etapa de la controversia, aparecieron los ecologistas y comenzaron a cuestionar la bondad del proyecto. Aquello provocó una suerte de cisma local al dividir a la población en dos bandos irreconciliables: los que estaban a favor y los que se oponían. Separó a gente que se conocía desde siempre, a amigos de toda la vida y hasta destrozó familias. Fue muy doloroso porque se mezclaron los intereses meramente económicos con los políticos, se confundió lo público con lo privado…- De pronto, e inexplicablemente, Tormo, se siente cansando y decide dar un golletazo a la explicación que está ofreciendo -; en fin, fue una historia en la que hubo capítulos que no desmerecerían en una película de Hitchcock, pero es larga de contar.
- O sea, qué es una historia de suspense.
- De mucho suspense y cuyo final todavía no está escrito. Y ya está bien por hoy.

martes, 30 de julio de 2013

1.21. Ramadán en verano

    El ruido de la puerta al abrirse despierta a Lorena que, a falta de algo mejor, se pasa el día en la cama o viendo la tele. Se levanta y tal como está, desgreñada y con una camiseta por toda vestimenta que apenas le cubre las caderas, sale a la pieza que completa, con la habitación, el baño y una mini cocina, la vivienda. Sergio se ha dejado caer en el desvencijado sofá que es el mueble más aparente de la sala.
- ¿Te han dado el currele? - pregunta esperanzada.
- ¡Qué va!
- ¡Mierda! ¿Y qué han dicho esos soplapollas?, ¿por qué no te han cogido?
- Esos tíos nunca explican nada o si lo hacen es como si hablaran para marcianos: que no das el perfil, que no estás cualificado, que te falta experiencia, que… y mil chorradas, porque no son más que chorradas.
- ¡Mierda, mierda y mierda! ¿Y qué vamos a hacer?
- La verdad, churri, es que no tengo ni pajolera idea - contesta un Sergio totalmente derrotado.
- Pues vaya mierda - Parece que la expresión escatológica se haya quedado pegada a la boca de la mujer -. ¿Y qué vamos a hacer? - vuelve a repetir.
- Seguir como hasta ahora, no queda otra. Que mis padres sigan ayudándonos a pagar el alquiler de esta pocilga, que los tuyos nos sienten a su mesa, y arreglarnos como podamos con los ocho talegos y pico del subsidio de paro.
- Cojonudo, ¿y todo eso cuánto va a durar? Para empezar, no sabemos cuándo tus viejos se van a cansar de darnos money para el alquiler.
- Por eso no te preocupes, churri. Mis padres nos ayudarán hasta que podamos bandearnos solitos.
- Que cándido eres, Sergio. También tus viejos dijeron que nos ayudarían a pagar las letras del carro hasta que se achantaron. Cualquier día harán lo mismo con lo del alquiler. Y mis viejos también están machacados. Una cosa es que papeemos allí alguna que otra vez y otra que vayamos la mitad de los días. Joder, Sergio, que ya no somos unos críos, que tengo las tetas caídas y arrugas en la cara. No podemos seguir de pringaos.
- ¿Y qué sugieres, reina mora?

   Cortan el diálogo al oír los golpes, alguien está aporreando la puerta pues el timbre hace tiempo que dejó de funcionar. Sergio se sorprende al abrirla. Quién llama es un hombre con una frondosa y descuidada barba que sonríe al verle. Enseguida lo reconoce, es Bachir, un marroquí que trabajó con él durante un tiempo.
- Sergio, ¿estar bien? Vengo a hablar con mi amigo Sergio.
- Pasa, Bachir, pasa, como si estuvieras en tu casa.

   El norteafricano hace intención de entrar, pero al ver a Lorena semidesnuda se queda quieto como una estatua de hielo al tiempo que desvía la mirada.
- Mejor no entro, no molestar a mujera. Te espero bajo en bar. Quiero hablar con mi amigo Sergio de negocios. Yo estaré en bar - repite.
- Espérame allí que ahora mismo bajo.
- ¿De qué conoces a ese moro? – quiere saber Lorena.
- Trabajó con nosotros cuando currábamos para el señor Francisco. Al principio tuvo problemas porque algunos compañeros se metían con él, que si olía mal, que sí tenía piojos, que si no rendía tanto como los demás porque dedicaba mucho tiempo a sus rezos; en fin, que le hicieron la vida imposible. Dimas creía que no era mal tipo y que la mayoría de cosas que decían de él eran falsas, salvo lo de los rezos. Entonces lo pasó a mi cuadrilla.
- ¿Y cómo se portó el morito?
- Muy bien, resultó que era muy cumplidor y hasta, de vez en cuando, hacía alguna hora de más para compensar el tiempo de sus oraciones. Recuerdo que hubo un año en que el ramadán cayó en verano y…
- ¿Qué es el ramadán?
- El mes sagrado de los musulmanes, algo así como nuestra cuaresma, pero ellos se lo toman en serio. Ayunan durante todo el día, no sólo no pueden comer sino tampoco beber, hasta que llega la puesta de sol y entonces se atiborran. Pues como te decía, era agosto y Lorenzo le daba todo el día a base de bien, imagina lo que era para el pobre Bachir no probar ni una gota de agua con la calorina que hacía. Fue la única vez que lo vi flaquear, pero nunca escurrió el bulto a la hora de dar el callo en el tajo. En esos días se ganó el respeto de todos los tíos del equipo. No había vuelto a saber de él hasta ahora. Me bajo a ver que quiere.

    En poco más de media hora, Sergio está de vuelta.
- ¿De qué va el morángano ese? – se interesa Lorena.
- Entre que sólo chapurrea el español y que da más vueltas a la conversación que un trompo, no creas que he sacado mucho en limpio. Parece que quiere proponerme un negocio, pero antes de darme más detalles y llegar a un acuerdo tengo que hablar con sus amigos.
- ¿Negocio? Vaya, también sería la rehostia que arrambláramos guita gracias a un morito. Y ahora que lo pienso, hay muchos moros que están metidos en el trapicheo del chocolate y, según cuenta el Perchas, ganan pasta a tutiplén. A ver si te lo camelas y consigues que te meta en el negocio.
- Dudo que trajine con hierba. Es hombre profundamente religioso. No sé si el Corán dice algo de las drogas, pero me extrañaría mucho que un creyente como Bachir estuviese enredado en el trapicheo.
- ¿Entonces de qué puede ir el negocio?
- Cuando hable con sus amigos lo sabremos.

viernes, 26 de julio de 2013

1.20. El prodigio del metro cuadrado

   Pascual Tormo está cansado de narrar a los reporteros las vicisitudes por las que pasó el desarrollo urbanístico de Senillar. No obstante, hace de tripas corazón y prosigue con sus explicaciones:
- Bien, sigo con el boom del ladrillo y sus antecedentes. Para que tengáis una idea más precisa tengo que remontarme a la década de los sesenta. Después de la etapa de hambruna tras la guerra civil, la explotación naranjera se convirtió en un negocio floreciente. Luego llegaron los tiempos de las vacas flacas, la agricultura en general y la naranja en particular cayó en picado. Hasta que hace un par de décadas, hacia principios de  los noventa, algún despabilado se fijó en el pueblo y descubrió que, posiblemente, era de los pocos parajes costeros de Valencia que seguía virgen pues apenas había sido invadido por el ladrillo.
- ¿Antes de esa época no había edificios en la playa?
- En la playa siempre hubo viviendas, pero en general eran casas modestas de una o dos alturas, algún chalé de medio pelo y poco más. Hasta que, de la noche a la mañana, se desató la fiebre constructora en Senillar. El pueblo, del que nadie había oído hablar, comenzó a aparecer en los medios, y se llenó de promotores e inversores que creyeron que esto podría ser, en pequeño, un nuevo Benidorm. De repente los propietarios de fincas, todas ellas con la calificación de terreno rústico, descubrieron el prodigio del metro cuadrado.
- ¿Cómo que el prodigio del metro cuadrado? - inquiere sorprendido el periodista.
- Os explico. Aquí la superficie de las fincas se midió siempre por fanegas y esa era la medida con la que se vendían y compraban. Antes del inicio del boom, una fanega de tierra de secano venía a costar unas doscientas cincuenta mil pesetas, la de regadío algo más. De pronto comenzaron a pulular corredores y agentes de la propiedad inmobiliaria que, ante el maravillado asombro de los labradores, querían comprar sus campos no por fanegas sino a tanto el metro cuadrado. La consecuencia fue que el precio de la tierra se disparó. Fincas abandonadas, que no valían cuatro reales, de la noche a la mañana se convirtieron en terrenos que se cotizaban a precio de oro. Imaginad al propietario de una finquita de secano de cuatro fanegas, al que si antes le daban un millón de pesetas por ella se daba con un canto en los dientes, y de pronto aparecía alguien que le ofrecía mil pesetas por metro cuadrado, que fue el precio inicial con el que se comenzó la loca carrera de la especulación del suelo.

   El fotógrafo interviene en el diálogo entre Tormo y su compañero preguntando:
- Oye, Pascual, la fanega, ¿cuántos metros cuadrados son?
- Una fanega aquí tiene ochocientos treinta y tres metros con treinta y tres centímetros, cuadrados naturalmente. Multiplicad. La finca de cuatro fanegas se convertía en algo más de tres mil trescientos metros, lo que a mil pesetas el metro suponía más de tres millones, el triple que antes. Aquello no fue más que el principio de la locura porque de las mil se pasó diez, luego a veinte, después a treinta y siguieron subiendo los precios en una escalada que parecía no tener fin. ¿Ya me diréis si no se puede calificar al metro cuadrado de prodigioso?
- Desde luego, se merece el calificativo. Imagino que con esos precios la gente estaba loca por vender.
- En general, sí, pero con excepciones. Cuando se produce un fenómeno similar al que ocurrió aquí de que un bien, en este caso la tierra, se encarece más y más a medida que pasan los días, cada propietario ha de sostener una lucha interna entre el sentido común y la codicia.
- Explícate, Pascual – solicita el periodista.
- Os pongo un ejemplo: mis padres tenían una pequeña finca, aquí casi todas lo son, en la partida del Torreón. Desde el primer día se la quisieron comprar a mil pesetas el metro y el corredor afirmaba que era como robar el dinero. Yo mismo les aconsejé que no vendieran porque suponía que los precios se iban a disparar. Cuando otro agente inmobiliario llegó a casa con la oferta de diez mil el metro pensé que ya era un precio imbatible y les dije que era el momento de vender. Mi madre dudaba, pero mi padre vaticinó que el valor subiría, tenía razón. Los precios siguieron su escalada hasta que parecieron estabilizarse cuando alcanzaron la cota de las treinta mil pesetas metro, momento en que volvieron a querer comprárnosla.

   Tormo hace una pausa en su explicación que provoca la inmediata y concisa interpelación del reportero:
- ¿Y?
- Hubo una reunión familiar, la más tensa que recuerdo. Mi madre sostenía que jamás podíamos haber imaginado conseguir tanto dinero por un campo de secano plantado de almendros. En su opinión había que vender. En cambio mi padre mostró una faceta insospechada de su carácter, la codicia. Razonaba que, sí en algo más de tres años se había pasado de mil a treinta, si esperábamos, seguro que el precio llegaría a las sesenta. Por tanto, de vender, nada. Tuvieron una pelea de lo más penoso. Para dirimir la pugna pidieron mi opinión, pese a que ya la conocían. Volví a insistir que lo más sensato era aceptar la oferta.
- ¿No argumentaste tu opinión? – quiere saber el reportero.
- Por supuesto. Les hablé de que, como decía Antonio Machado, es de necios  confundir valor y precio. Eché mano del refranero con lo de que más vale un pájaro en mano que ciento volando. En fin, traté de apuntalar la opción de venta con todos los razonamientos que se me ocurrieron – remata el profesor su explicación.

   Como Tormo parece que no tiene más que decir, el periodista, con una sonrisa en la boca, pregunta:
- Pascual, eres un maestro del suspense, no dejes la narración sin final, dinos como terminó la historia.
- Pues que mi padre no dio su brazo a torcer hasta que mi madre se puso a llorar como una Magdalena. Fue demasiado para él. Accedió a vender. Por cierto que el tiempo le dio la razón, unos años después el precio subió hasta las sesenta mil pesetas metro. Estuvo todo ese tiempo repitiendo una y otra vez lo de ya lo dije y que por nuestra culpa habíamos perdido un dineral.
- Y tenía razón – comenta el periodista.
- Hasta cierto punto sí, exactamente la tuvo hasta el fatídico dos mil ocho. Entonces, de un día para otro los precios se desplomaron y es llegado el día en que siguen sin recuperarse. En este momento no sé a cómo está el metro, pero lo que sí sé es que ni siquiera debe haber mercado porque en los solares ya urbanizados los carteles con lo de se vende terminan cayéndose de viejos. Ahora sí que es el fin de la historia – concluye Tormo y agrega -. No sé si sería un buen titular el de: Los metros cuadrados siguen, pero el dinero ha volado.
- Como titular es demasiado largo, uno más periodístico sería: Fin del prodigio del metro cuadrado –remacha el reportero.