viernes, 2 de agosto de 2013

1.22. Una historia de suspense

    Los dos informadores y Pascual Tormo entran en un bar del pueblo para tomar café, mientras se lo sirven el periodista que va a redactar el reportaje le apremia a que concluya lo que les contaba sobre la especulación inmobiliaria en Senillar:
- ¿Cómo terminó lo de la especulación?
- Pues como dicen por estos pagos, com el ball de Torrent.
- ¿Lo traduces, please? - ruega el reportero.
- En una traducción libre sería algo así que acabó como el rosario de la aurora. Lo que se construyó en los primeros años se vendió casi todo, pero el proyecto de urbanización global de la totalidad del término municipal comenzó a complicarse cuando comenzaron a tocarse los marjales.
- Ya he querido preguntártelo en más de una ocasión, ¿qué es eso de los marjales? - el fotógrafo también es muy curioso.
- Los marjales son campos de cultivo arrancados al humedal que ocupa una buena parte de la franja costera del pueblo y que, en su conjunto, llamamos la marjalería, aunque también se le ha llamado el prado pantanoso. En esencia son franjas largas y estrechas de terreno limitadas por dos o más acequias originadas al extraer la tierra que sirve de base al marjal y que lo sitúa por encima de la cota freática del humedal; las acequias sirven asimismo como conductos de drenaje y para suministrar agua para regarlos. Fueron muy útiles hasta que se mecanizó la extracción en los pozos.

   El periodista tiene otra pregunta más sobre la marjalería:
- ¿Y a quién pertenece, al estado o al municipio?
- Salvo una parte, que es el humedal propiamente dicho y cuyo propietario es el municipio, el resto pertenece a particulares, casi todos del pueblo. Como apunte histórico he de añadir que, en los años negros de la posguerra, los marjales mitigaron mucha hambre porque se pueden regar fácilmente a mano y la mayoría de la gente tenía uno en el que sembrar toda clase de hortalizas, legumbres y frutales. A medida que la economía de subsistencia fue desapareciendo, la gente dejó de cultivarlos y terminaron casi todos abandonados.
- ¿Y qué tiene de particular el marjal de aquí?
- Las marjalerías, como todos los humedales próximos al mar, han sufrido una fuerte presión urbanística, especialmente en nuestra comunidad, con el peligro medioambiental que puede suponer la desaparición de las mismas. En Benialcaide que también tenían una pequeña zona de marjales las urbanizaciones se los zamparon y nadie dijo ni pío. Aquí, como el humedal es mucho más grande y siempre ha sido una modesta estación de paso en la migración de las aves entre el norte de Europa y África, los promotores fueron al principio con pies de plomo. Comenzaron a comprar marjales de manera muy discreta, pero cuando el precio de los terrenos se disparó ocurrió lo mismo con los de los marjales, especialmente cuando se hizo público el proyecto que los promotores habían diseñado para el humedal y…

El reportero le interrumpe:
- Perdona, Pascual, ¿te refieres al proyecto de La Marina?
- En efecto. El plan era construir en el humedal un puerto deportivo interior y a su alrededor edificar una ciudad residencial, una especie de Ampuriabrava. Recuerdo cuando presentaron la maqueta en el Ayuntamiento – rememora Tormo -, era preciosa, el puerto y sus múltiples canales y dársenas con sus barquitos amarrados en los atraques, junto a unas espaciosas viviendas unifamiliares; en segunda línea varias filas de apartamentos adosados y en último lugar bloques no excesivamente altos. Todo ello salpicado de hoteles, centros comerciales, zonas recreativas... En fin, lo que conlleva una urbanización de ese tipo. Lo publicitaron como el cuerno de oro de la economía local, lo que iba a traer a la localidad trabajo y prosperidad para todos. Durante meses casi no se habló de otra cosa en el pueblo. La Marina de Senillar, que así la bautizaron, fue el tema de conversación en todos los corrillos.
- ¿La Marina es lo mismo que la marjalería?
- La Marina es el nombre de la partida del término municipal que comprende el marjal y las zonas aledañas.

   Todavía le queda al periodista una pregunta más:
- Evidentemente, el proyecto de La Marina no se llevó a cabo, ¿cuáles fueron las causas?
- El proyecto tuvo una historia con muchos altibajos, pasó por distintas fases y provocó muchas y variadas reacciones. En su inicio fue ilusionante porque parecía que iba a dar a la localidad una dimensión muy diferente al del típico pueblo costero cuya oferta se centra únicamente en sol y playa de una calidad más bien modesta. La marina residencial que se proyectaba tenía visos de algo mucho mejor y con una ocupación no meramente estacional. Luego se pasó a la etapa de la controversia, aparecieron los ecologistas y comenzaron a cuestionar la bondad del proyecto. Aquello provocó una suerte de cisma local al dividir a la población en dos bandos irreconciliables: los que estaban a favor y los que se oponían. Separó a gente que se conocía desde siempre, a amigos de toda la vida y hasta destrozó familias. Fue muy doloroso porque se mezclaron los intereses meramente económicos con los políticos, se confundió lo público con lo privado…- De pronto, e inexplicablemente, Tormo, se siente cansando y decide dar un golletazo a la explicación que está ofreciendo -; en fin, fue una historia en la que hubo capítulos que no desmerecerían en una película de Hitchcock, pero es larga de contar.
- O sea, qué es una historia de suspense.
- De mucho suspense y cuyo final todavía no está escrito. Y ya está bien por hoy.

martes, 30 de julio de 2013

1.21. Ramadán en verano

    El ruido de la puerta al abrirse despierta a Lorena que, a falta de algo mejor, se pasa el día en la cama o viendo la tele. Se levanta y tal como está, desgreñada y con una camiseta por toda vestimenta que apenas le cubre las caderas, sale a la pieza que completa, con la habitación, el baño y una mini cocina, la vivienda. Sergio se ha dejado caer en el desvencijado sofá que es el mueble más aparente de la sala.
- ¿Te han dado el currele? - pregunta esperanzada.
- ¡Qué va!
- ¡Mierda! ¿Y qué han dicho esos soplapollas?, ¿por qué no te han cogido?
- Esos tíos nunca explican nada o si lo hacen es como si hablaran para marcianos: que no das el perfil, que no estás cualificado, que te falta experiencia, que… y mil chorradas, porque no son más que chorradas.
- ¡Mierda, mierda y mierda! ¿Y qué vamos a hacer?
- La verdad, churri, es que no tengo ni pajolera idea - contesta un Sergio totalmente derrotado.
- Pues vaya mierda - Parece que la expresión escatológica se haya quedado pegada a la boca de la mujer -. ¿Y qué vamos a hacer? - vuelve a repetir.
- Seguir como hasta ahora, no queda otra. Que mis padres sigan ayudándonos a pagar el alquiler de esta pocilga, que los tuyos nos sienten a su mesa, y arreglarnos como podamos con los ocho talegos y pico del subsidio de paro.
- Cojonudo, ¿y todo eso cuánto va a durar? Para empezar, no sabemos cuándo tus viejos se van a cansar de darnos money para el alquiler.
- Por eso no te preocupes, churri. Mis padres nos ayudarán hasta que podamos bandearnos solitos.
- Que cándido eres, Sergio. También tus viejos dijeron que nos ayudarían a pagar las letras del carro hasta que se achantaron. Cualquier día harán lo mismo con lo del alquiler. Y mis viejos también están machacados. Una cosa es que papeemos allí alguna que otra vez y otra que vayamos la mitad de los días. Joder, Sergio, que ya no somos unos críos, que tengo las tetas caídas y arrugas en la cara. No podemos seguir de pringaos.
- ¿Y qué sugieres, reina mora?

   Cortan el diálogo al oír los golpes, alguien está aporreando la puerta pues el timbre hace tiempo que dejó de funcionar. Sergio se sorprende al abrirla. Quién llama es un hombre con una frondosa y descuidada barba que sonríe al verle. Enseguida lo reconoce, es Bachir, un marroquí que trabajó con él durante un tiempo.
- Sergio, ¿estar bien? Vengo a hablar con mi amigo Sergio.
- Pasa, Bachir, pasa, como si estuvieras en tu casa.

   El norteafricano hace intención de entrar, pero al ver a Lorena semidesnuda se queda quieto como una estatua de hielo al tiempo que desvía la mirada.
- Mejor no entro, no molestar a mujera. Te espero bajo en bar. Quiero hablar con mi amigo Sergio de negocios. Yo estaré en bar - repite.
- Espérame allí que ahora mismo bajo.
- ¿De qué conoces a ese moro? – quiere saber Lorena.
- Trabajó con nosotros cuando currábamos para el señor Francisco. Al principio tuvo problemas porque algunos compañeros se metían con él, que si olía mal, que sí tenía piojos, que si no rendía tanto como los demás porque dedicaba mucho tiempo a sus rezos; en fin, que le hicieron la vida imposible. Dimas creía que no era mal tipo y que la mayoría de cosas que decían de él eran falsas, salvo lo de los rezos. Entonces lo pasó a mi cuadrilla.
- ¿Y cómo se portó el morito?
- Muy bien, resultó que era muy cumplidor y hasta, de vez en cuando, hacía alguna hora de más para compensar el tiempo de sus oraciones. Recuerdo que hubo un año en que el ramadán cayó en verano y…
- ¿Qué es el ramadán?
- El mes sagrado de los musulmanes, algo así como nuestra cuaresma, pero ellos se lo toman en serio. Ayunan durante todo el día, no sólo no pueden comer sino tampoco beber, hasta que llega la puesta de sol y entonces se atiborran. Pues como te decía, era agosto y Lorenzo le daba todo el día a base de bien, imagina lo que era para el pobre Bachir no probar ni una gota de agua con la calorina que hacía. Fue la única vez que lo vi flaquear, pero nunca escurrió el bulto a la hora de dar el callo en el tajo. En esos días se ganó el respeto de todos los tíos del equipo. No había vuelto a saber de él hasta ahora. Me bajo a ver que quiere.

    En poco más de media hora, Sergio está de vuelta.
- ¿De qué va el morángano ese? – se interesa Lorena.
- Entre que sólo chapurrea el español y que da más vueltas a la conversación que un trompo, no creas que he sacado mucho en limpio. Parece que quiere proponerme un negocio, pero antes de darme más detalles y llegar a un acuerdo tengo que hablar con sus amigos.
- ¿Negocio? Vaya, también sería la rehostia que arrambláramos guita gracias a un morito. Y ahora que lo pienso, hay muchos moros que están metidos en el trapicheo del chocolate y, según cuenta el Perchas, ganan pasta a tutiplén. A ver si te lo camelas y consigues que te meta en el negocio.
- Dudo que trajine con hierba. Es hombre profundamente religioso. No sé si el Corán dice algo de las drogas, pero me extrañaría mucho que un creyente como Bachir estuviese enredado en el trapicheo.
- ¿Entonces de qué puede ir el negocio?
- Cuando hable con sus amigos lo sabremos.

viernes, 26 de julio de 2013

1.20. El prodigio del metro cuadrado

   Pascual Tormo está cansado de narrar a los reporteros las vicisitudes por las que pasó el desarrollo urbanístico de Senillar. No obstante, hace de tripas corazón y prosigue con sus explicaciones:
- Bien, sigo con el boom del ladrillo y sus antecedentes. Para que tengáis una idea más precisa tengo que remontarme a la década de los sesenta. Después de la etapa de hambruna tras la guerra civil, la explotación naranjera se convirtió en un negocio floreciente. Luego llegaron los tiempos de las vacas flacas, la agricultura en general y la naranja en particular cayó en picado. Hasta que hace un par de décadas, hacia principios de  los noventa, algún despabilado se fijó en el pueblo y descubrió que, posiblemente, era de los pocos parajes costeros de Valencia que seguía virgen pues apenas había sido invadido por el ladrillo.
- ¿Antes de esa época no había edificios en la playa?
- En la playa siempre hubo viviendas, pero en general eran casas modestas de una o dos alturas, algún chalé de medio pelo y poco más. Hasta que, de la noche a la mañana, se desató la fiebre constructora en Senillar. El pueblo, del que nadie había oído hablar, comenzó a aparecer en los medios, y se llenó de promotores e inversores que creyeron que esto podría ser, en pequeño, un nuevo Benidorm. De repente los propietarios de fincas, todas ellas con la calificación de terreno rústico, descubrieron el prodigio del metro cuadrado.
- ¿Cómo que el prodigio del metro cuadrado? - inquiere sorprendido el periodista.
- Os explico. Aquí la superficie de las fincas se midió siempre por fanegas y esa era la medida con la que se vendían y compraban. Antes del inicio del boom, una fanega de tierra de secano venía a costar unas doscientas cincuenta mil pesetas, la de regadío algo más. De pronto comenzaron a pulular corredores y agentes de la propiedad inmobiliaria que, ante el maravillado asombro de los labradores, querían comprar sus campos no por fanegas sino a tanto el metro cuadrado. La consecuencia fue que el precio de la tierra se disparó. Fincas abandonadas, que no valían cuatro reales, de la noche a la mañana se convirtieron en terrenos que se cotizaban a precio de oro. Imaginad al propietario de una finquita de secano de cuatro fanegas, al que si antes le daban un millón de pesetas por ella se daba con un canto en los dientes, y de pronto aparecía alguien que le ofrecía mil pesetas por metro cuadrado, que fue el precio inicial con el que se comenzó la loca carrera de la especulación del suelo.

   El fotógrafo interviene en el diálogo entre Tormo y su compañero preguntando:
- Oye, Pascual, la fanega, ¿cuántos metros cuadrados son?
- Una fanega aquí tiene ochocientos treinta y tres metros con treinta y tres centímetros, cuadrados naturalmente. Multiplicad. La finca de cuatro fanegas se convertía en algo más de tres mil trescientos metros, lo que a mil pesetas el metro suponía más de tres millones, el triple que antes. Aquello no fue más que el principio de la locura porque de las mil se pasó diez, luego a veinte, después a treinta y siguieron subiendo los precios en una escalada que parecía no tener fin. ¿Ya me diréis si no se puede calificar al metro cuadrado de prodigioso?
- Desde luego, se merece el calificativo. Imagino que con esos precios la gente estaba loca por vender.
- En general, sí, pero con excepciones. Cuando se produce un fenómeno similar al que ocurrió aquí de que un bien, en este caso la tierra, se encarece más y más a medida que pasan los días, cada propietario ha de sostener una lucha interna entre el sentido común y la codicia.
- Explícate, Pascual – solicita el periodista.
- Os pongo un ejemplo: mis padres tenían una pequeña finca, aquí casi todas lo son, en la partida del Torreón. Desde el primer día se la quisieron comprar a mil pesetas el metro y el corredor afirmaba que era como robar el dinero. Yo mismo les aconsejé que no vendieran porque suponía que los precios se iban a disparar. Cuando otro agente inmobiliario llegó a casa con la oferta de diez mil el metro pensé que ya era un precio imbatible y les dije que era el momento de vender. Mi madre dudaba, pero mi padre vaticinó que el valor subiría, tenía razón. Los precios siguieron su escalada hasta que parecieron estabilizarse cuando alcanzaron la cota de las treinta mil pesetas metro, momento en que volvieron a querer comprárnosla.

   Tormo hace una pausa en su explicación que provoca la inmediata y concisa interpelación del reportero:
- ¿Y?
- Hubo una reunión familiar, la más tensa que recuerdo. Mi madre sostenía que jamás podíamos haber imaginado conseguir tanto dinero por un campo de secano plantado de almendros. En su opinión había que vender. En cambio mi padre mostró una faceta insospechada de su carácter, la codicia. Razonaba que, sí en algo más de tres años se había pasado de mil a treinta, si esperábamos, seguro que el precio llegaría a las sesenta. Por tanto, de vender, nada. Tuvieron una pelea de lo más penoso. Para dirimir la pugna pidieron mi opinión, pese a que ya la conocían. Volví a insistir que lo más sensato era aceptar la oferta.
- ¿No argumentaste tu opinión? – quiere saber el reportero.
- Por supuesto. Les hablé de que, como decía Antonio Machado, es de necios  confundir valor y precio. Eché mano del refranero con lo de que más vale un pájaro en mano que ciento volando. En fin, traté de apuntalar la opción de venta con todos los razonamientos que se me ocurrieron – remata el profesor su explicación.

   Como Tormo parece que no tiene más que decir, el periodista, con una sonrisa en la boca, pregunta:
- Pascual, eres un maestro del suspense, no dejes la narración sin final, dinos como terminó la historia.
- Pues que mi padre no dio su brazo a torcer hasta que mi madre se puso a llorar como una Magdalena. Fue demasiado para él. Accedió a vender. Por cierto que el tiempo le dio la razón, unos años después el precio subió hasta las sesenta mil pesetas metro. Estuvo todo ese tiempo repitiendo una y otra vez lo de ya lo dije y que por nuestra culpa habíamos perdido un dineral.
- Y tenía razón – comenta el periodista.
- Hasta cierto punto sí, exactamente la tuvo hasta el fatídico dos mil ocho. Entonces, de un día para otro los precios se desplomaron y es llegado el día en que siguen sin recuperarse. En este momento no sé a cómo está el metro, pero lo que sí sé es que ni siquiera debe haber mercado porque en los solares ya urbanizados los carteles con lo de se vende terminan cayéndose de viejos. Ahora sí que es el fin de la historia – concluye Tormo y agrega -. No sé si sería un buen titular el de: Los metros cuadrados siguen, pero el dinero ha volado.
- Como titular es demasiado largo, uno más periodístico sería: Fin del prodigio del metro cuadrado –remacha el reportero.

martes, 23 de julio de 2013

1.19. País de pícaros

   Sergio está desesperado, ya no sabe qué hacer para encontrar trabajo. Ha probado suerte en todos los anuncios que ha visto de se busca, ha preguntado en un montón de comercios, almacenes, bares, restaurantes… y la respuesta ha sido siempre la misma: no hay trabajo o, en el mejor de los casos, vuelva otro día.

   Uno de sus antiguos compañeros de tajo, Felipe, que es hombre tan ingenioso como quimérico le sugiere una de las actividades a la que podría aplicarse para ganar unos euros:
- El otro día oí una conversación que te podría interesar. Un tío, que por lo que decía deduje que era corredor de seguros, contaba que en su compañía están hasta las narices de la gente que pretende estafarles. Y que una de las estafas más corriente es la de quemar la casa para cobrar la correspondiente indemnización. Te lo cuento porque se me ocurre que podrías hacer lo mismo, le prendes fuego a la covacha en la que vives y, hala, a cobrar del seguro. No es que sea muy legal, pero tengo entendido que una aseguradora es como un banco, una cueva de ladrones y, ya sabes, el que roba a un ladrón…
- Me parece muy buena idea, Felipe, sólo hay una pega: ¿de dónde saco la pasta para pagar la prima del seguro?

   En otra ocasión, la sugerencia de Felipe es algo más cruenta, pero no precisa de ninguna clase de inversión.
- Me han dicho que puedes ganar una pequeña fortuna vendiendo un riñón. Como te queda otro puedes seguir viviendo sin ningún problema.
- ¿Estás seguro?
- Lo que te digo. ¿Te acuerdas de Santillana, un delantero centro muy bueno que tuvo el Madrid? Pues bien, descubrieron que sólo tenía un riñón, los médicos recomendaron que se retirara, se quedó en el equipo y saltaba más que ninguno. De hecho los remates de cabeza eran su especialidad. Y todavía hoy sigue jugando en los encuentros de veteranos como si fuera un chaval.
- Bueno, pues será cuestión de pensárselo.
   Cuando le cuenta a Lorena la proposición de Felipe, ésta se revuelve como una pantera en celo.
- Ni hablar. No sé quién está más chiflado, sí Felipe por proponerte majaderías como esa o tú por hacerle caso. La próxima vez que te vuelva a decir lo del riñón le contestas que por qué no se lo quitan a él. ¡No te amola el gilí!

   Otro día la propuesta de Felipe también entraña riesgo, pero puede ser económicamente provechosa.
- A un tío que conozco le atropellaron la suegra. El seguro le dio una buena indemnización. Eso le dio qué pensar. Un día se decidió y en un paso de cebra, cuando el semáforo estaba en naranja, se echó encima de un coche. Le rompieron una pierna, pero se llevó un montón de pasta.
- ¿Así de fácil? ¿El seguro le pagó a pesar de que fue él quien provocó el accidente? No sé si creérmelo, Felipe.
- Lo que yo te diga. Al principio, el seguro se negó a indemnizarle, pero se buscó un abogado y ganó el pleito. Y se llevó sus buenos euros.
- ¿Y si estaba tan pelado como para recurrir a ese método, de dónde sacó el dinero para pagar al abogado?
- Parece que hay picapleitos que sólo te cobran si ganan el caso. Entonces te facturan un porcentaje bastante alto de lo que ha pagado el seguro o el causante del accidente, pero con todo te queda un dinero curioso.
   Lorena se vuelve a pillar un rebote de cuidado cuando se lo cuenta.
- Sergio, no sé qué se ha hecho de tu sentido común. Antes todo lo razonabas, pero desde hace una temporada parece que piensas con el culo. Un coche no sólo te puede partir una pierna o un brazo, también te puede partir la crisma o dejarte inválido para los restos. El día que me eche en cara al gilipollas del Felipe le voy a cantar las cuarenta. Quita, quita.

   Sergio llega a la triste conclusión de que para los pobres no resulta tan fácil lo de ganar dinero sin doblar el espinazo. Tendrá que continuar buscando curro. Paradójicamente es Lorena quien ahora le propone una manera comodona de hacerse con algún dinerillo.
- Hoy me ha soplado Verónica una forma facilona de ganar algo de pasta. Vas a la Cruz Roja a que te saquen sangre. Te dan un bocadillo y diez euros. Y también me ha asegurado que hay una empresa catalana que por un litro de plasma llega a darte más de cincuenta.
- Oye, pues es algo que no se me había ocurrido.
- Y hay más, algo que tú puedes hacer y yo no, dar semen. Creo que pagan mejor que lo de la sangre.
- Eso me da repelús. Tú sabes el mal cuerpo que se te puede poner cada vez que pienses que un hijo tuyo va por ese mundo sin saber que tú eres su padre. Es como si yo te propusiera que hicieras de vientre de alquiler que eso sí que parece que lo pagan a precio de oro.
   La contrapropuesta de Sergio ha dejado a Lorena pensativa.
- Churri, ya que hablas de madres de alquiler pienso que se me está pasando el arroz, ¿por qué no tenemos un crío?
- Reina mora, eres la campeona del oportunismo. No quisiste tenerlo cuando todo nos iba de cara y ahora que estamos sin trabajo, sin casa, sin dinero y con un futuro más negro que el capacho de un carbonero sales con esas.

   Cuando Sergio les cuenta a sus amigos Francisco y Lisardo las diversas ocurrencias que le ha ido sugiriendo su amigo Felipe, ambos jubilados le aconsejan lo mismo que su pareja: que no se meta en esa clase de asuntos puesto que tiene más posibilidades de que le salga el tiro por la culata que de sacar provecho alguno. Al acabar la explicación de la sarta de salidas más o menos ingeniosas como medio de allegar algunos dineros, Francisco retrata la situación con una de sus proverbiales sentencias:
- ¡País de pícaros!

domingo, 21 de julio de 2013

1000



Supongo que para muchos blogs de personajes famosos la cifra de 1000 visitas debe ser una minucia. He leído que algunos lo consiguen en unos minutos. No es mi caso. Que este blog haya logrado ese número en mes y medio, teniendo en cuenta que sólo es el soporte de una novela por entregas de un autor desconocido, supone para mí un poderoso estímulo. Puesto que significa que hay un grupo de personas, cada vez más amplio, que siguen los episodios de Apartamento con vistas al mar con cierta asiduidad. A todos ellos mi entrañable gratitud y mi renovado voto de seguir escribiendo.

viernes, 19 de julio de 2013

1.18. ¡Cuán largo me lo fiáis!

   A los dos reporteros que acompañan a Tormo por los predios de Senillar les quedan todavía muchas preguntas en la recámara:
- ¿Queda todavía en activo alguno de los políticos que fueron imputados en la operación Tornasol? - se interesa el periodista.
- Creo que no. O salieron por la puerta de atrás o les dieron de baja en sus partidos. Tened en cuenta que parte de tres consistorios se pringaron hasta la coronilla y los cogieron con las manos en el carrito del helado. Y además de políticos de todos los colores, para que se vea que la mierda no hace distingos de ideologías.
- ¿Y todo esa cagada ha servido para algo?
- Está por ver. Personalmente, soy pesimista. De entrada, el proceso tardará años en sustanciarse. Todavía el juez instructor, el tercero por cierto, está buscando en diversos paraísos fiscales buena parte del dinero que se movió en sobornos. A esa pasta ya pueden echarle un galgo. Tengo yo más posibilidades de llegar a obispo que de que aparezca el dinero.
- Oye, y de los empresarios e intermediarios imputados ¿qué ha sido de ellos? – pregunta el fotógrafo.
- Hay de todo. Unos fueron encarcelados, pero pagaron la fianza y están en la calle. Otros están en busca y captura. De lo que no se sabe nada es de los millones que se movieron en sobornos y en dinero no declarado al fisco. Ya sabéis lo que ocurre en este desgraciado país, la gente no es tan renuente, como se suele creer, en asumir su responsabilidad, pero euro no se devuelve ni uno. Parece que la consigna es: si no hay más remedio iré a la cárcel, pero el dinero me lo quedo. Para allí, delante de ese bar, es al que suelo venir a tomar el aperitivo.

   En aquella hora de la media tarde el bar está prácticamente desierto. Mientras los periodistas se sientan, Tormo pasa por la barra a saludar al dueño y hacer la comanda. Aprovechando su ausencia, el fotógrafo comenta:
- Tomar el aperitivo. Yo creía que esa costumbre había pasado a la historia. Y otra cosa, vaya vocabulario que gasta el amigo Tormo, es más redicho que un académico. 
- Va de suyo. Da clases de lengua y literatura españolas en el CEU. En cuanto a tomar el aperitivo, ese lujo se lo permite por vivir en el pueblo.
- ¿Pero no has dicho que da clases en Valencia?
- Sí, pero donde vive es aquí. Ten en cuenta que por lo que le pagan si residiera en la ciudad no podría permitirse muchos caprichos. En cambio, viviendo aquí, no paga alquiler porque tiene casa propia y sólo ese ahorro le da para sus pequeños gastos. Los tres días que tiene clases coge el coche y en menos de una hora está en la facultad. Pascual es un tío más listo de lo que parece, ahí donde lo ves es doctor en filología  románica o como se llame ahora y se ha labrado toda una reputación como especialista en comunicación social.
- ¿Y tú qué crees, qué está a favor o en contra del pollo que se montó aquí? Lo digo porque parece tener una actitud ambivalente, a veces parece como que  detesta el urbanismo salvaje que se practicó durante aquellos años, en cambio hay momentos en que se diría que lo acepta.
- Es posible que ni siquiera lo tenga claro, puede ser el típico caso de que los árboles no te dejan ver el bosque.

   Tras volver Tormo retoman la conversación.
- Por cierto, y para tener una idea más clara de lo que habéis venido a buscar, ¿qué clase de reportaje pensáis hacer? – Es algo que siempre ha querido preguntar, pero que inexplicablemente no lo ha hecho hasta ahora.
   El periodista encargado de redactar el texto le cuenta que la revista para la que trabajan piensa publicar una serie de reportajes sobre las fastuosas obras de todo tipo que, debido a la crisis financiera y al estallido de la burbuja inmobiliaria, han quedado a medio construir o si se terminaron ahora son inservibles. Ya están preparándose sendos reportajes sobre la macro ampliación de Seseña, los aeropuertos de Ciudad Real, León, Lérida y Castellón y algún sonado despilfarro más como los del AVE o ciertas autopistas. También se han incluido en la serie proyectos menos conocidos como el fallido plan de la Marina de Senillar.
- Hombre, esto no tiene la magnitud de los ejemplos que has citado – precisa Tormo.
- Eso es evidente, pero en pequeño sí es que es un paradigma de la evolución de los últimos años del boom puesto que se dieron todas las connotaciones propias de lo que supuso el auge inmobiliario. Un urbanismo salvaje y descontrolado, una carrera sin freno para convertir suelo rústico en urbano, una escalada de precio de los terrenos que parecía no tener techo, una orgía en la adjudicación de hipotecas sin contar con ninguna clase de control y para rematar el pastel la guinda de un sonado proceso en el que la corrupción, el cohecho, los delitos fiscales y un largo etcétera han sido sonados.
- Aunque pueda aceptar muchas de las cosas que dices, el caso de Senillar sigue siendo diferente – Da la impresión de que a Tormo no le gusta que hablen mal de su pueblo. Es el primero en reconocer los desaguisados ocurridos en su patria chica, pero que los difundan otros no es plato de su agrado.
- ¿Y dónde está la diferencia? Yo no la veo.
- La diferencia está en el factor tiempo. Cuanto has dicho es cierto, pero también lo es que todo eso ya forma parte de la historia, es pasado. Y ahora miremos al futuro. Cuando la crisis termine, y algún día lo hará, puedes apostar que Senillar renacerá porque su potencial de crecimiento sigue ahí, quizá larvado, pero intacto. En cambio, algunos de los ejemplos que has mencionado no tienen presente, pero es que tampoco creo que tengan futuro.
- ¿Y tú crees que Senillar si lo tiene?
- Cuando el pueblo tenga políticos que miren por el interés público, no por el privado, y que sean conscientes de que el dinero no crece en los árboles sino que sale del bolsillo de los contribuyentes, ese día Senillar renacerá.
- Buf – resopla el periodista y, en un tono a medio camino entre el escepticismo y la ironía, sentencia - ¡Cuán largo me lo fiáis!

martes, 16 de julio de 2013

1.17. Papeles para todos

   Sergio está más contento que unas castañuelas. Por medio de Leo Blanquer, hijo de unos restauradores locales, ha encontrado faena y aunque es discontinua, sólo los fines de semana, es lo más parecido que ha tenido a un trabajo desde hace un montón de tiempo. Está de lavaplatos, una tarea agotadora y mal remunerada, pero no está en condiciones de decir que no. A Lorena le ocurre algo parecido, los fines de semana se desempeña de camarera en un chiringuito de Benialcaide en el que trabajó hace ya años. El problema está en encontrar ocupación de lunes a jueves.
  
   El viernes, al llegar Sergio a La Fuencisla, así se llama el restorán en el que está empleado, Constantino, el cabeza de familia de los Blanquer, le llama:
- Sergio, toma – le entrega un sobre -, ahí va una pequeña gratificación por el trabajo que has hecho. De momento, no te necesitamos más. Al llegar el verano ya sabes que la clientela baja y con la gente que tenemos en la cocina nos apañamos. Cuando llegue el otoño volveremos a hablar.
- Pero señor Constantino – Sergio está desconcertado -, yo creía que estaban contentos con mi trabajo y que si necesitan…
- Mira, Sergio, ya te lo he dicho, el problema no es como trabajas, que lo haces bien, sino que no necesitamos un lavaplatos. Vete a ver a Leo a la playa que a lo mejor te puede encontrar un hueco en la pizzería.

   Leo Blanquer, que conoce a Sergio desde hace años, se sincera:
- Supongo que a mi padre le ha dado corte decirte la verdad. Tu puesto lo ha cubierto con un rumano que hace más horas que tú y que cobra bastante menos. Es lo que hay. La crisis nos afecta a todos y hay que recortar los gastos de donde se pueda.
- ¿Y aquí no tienes nada para mí?
- Lamentablemente, no. Estoy en la misma situación que en La Fuencisla. Sorprendentemente el volumen de clientela no ha bajado de forma significativa, pero la recaudación se ha desplomado. Se ha acabado lo de pedir vino de marca, tomar unos aperitivos o lo de tarta de Santiago para todos. Ahora toman vino de la casa, si no es una botella de agua, lo de los aperitivos ha pasado a la historia y de los postres, suponiendo que sean cuatro lo mismo te piden una copa de helado y cuatro cucharillas. El resultado es que la recaudación ha bajado de un veinte a un treinta por ciento respecto a otros años. Por tanto, hemos de ajustar hasta el céntimo. Si sé de algo, no pases cuidado que te llamaré.

   La pareja de jubilados se ha convertido en una suerte de paño de lágrimas para Sergio. Les cuenta lo que le acaba de pasar con su trabajo en el restorán, lo que le lleva a formular una pregunta a su antiguo patrón:
- Señor Francisco, Bort no ha vuelto a llamarme desde el trabajo de Benialcaide y le doy mi palabra de … – piensa que quizá hablar de honor no sea lo más indicado y cambia la expresión -, le juro que hice un buen trabajo y así me lo reconoció al terminar, pero no ha vuelto a llamarme – se repite.
- Lo sé, hijo, lo sé. No te ha llamado ni creo que lo haga porque en tu lugar tiene a un moro, con unos papeles más falsos que un duro sevillano, que echa el tiempo que haga falta y al que le paga mucho menos. Así está el patio. No creas que Julio lo hace para ganarse unos duros de más. Le pasa lo que a tantos. Para encontrar encargos tiene que ajustar mucho los presupuestos y no le queda más remedio que bajar los costes todo lo que pueda, y el moro le resulta más económico. Y aun así me consta que en alguna chapuza se ha pillado los dedos al presentar un presupuesto demasiado ajustado.
- Hablando de trabajo – interviene Lisardo -, sé de uno, pero el problema es que buscan a una mujer. A la abuela de unos vecinos míos le ha dado un paralís y la han incluido en el programa de atención a enfermos crónicos dependientes. Visto ese panorama, están buscando una persona que la saque a pasear con el carrito que les va a facilitar la seguridad social. Salvo los días que haga malo podría ser un trabajo bastante seguro. Por supuesto, ni contrato ni papeles de ninguna clase, pero como he dicho ese puesto no te vale porque quieren una mujer.
- Le podría valer a Lorena, señor Lisardo. Le aseguro que lo haría muy bien. Es muy cariñosa con la gente mayor. Tendría que haber visto lo bien que trataba al abuelo Andrés.
- Si quieres lo hablo con ellos.

   La gestión de Lisardo ha fructificado y Lorena se ha puesto en contacto con la familia de la señora imposibilitada. Acuerdan un horario, ajustan el salario y precisan las demás condiciones. Empezará en cuanto llegue la silla de ruedas. Pasan los días y la esperada llamada no llega.
- ¿Churri, no te parece que el carrito ya ha tenido que llegarles?
- ¿Cuántos días hace desde que lo hablasteis?
- Hoy es…, pues mira, hace ya quince días.
- Desde luego, es tiempo más que suficiente para el envío de una silla de ruedas. Se lo comentaré al señor Lisardo, igual sabe algo.
- No se lo comentes a nadie, lo más rápido es ir a la fuente. Hablaré con la familia.
   Así lo hace Lorena. Su embajada es corta pues al poco tiempo vuelve a estar en casa con una cara mucho más mohína de la que tenía antes.
- ¿Qué ha pasado? – la interpela Sergio.
- Que ya no me necesitan. Han encontrado a una ecuatoriana, que a lo mejor ni tiene papeles ni nada que se le parezca, que hará el trabajo por casi la mitad de lo que iban a darme a mí. No veas como los he puesto, les he dicho de todo. ¡Cambiarme por una sudaca, menudos sinvergüenzas!

   Una vez más Sergio cuenta, a las únicas personas que le escuchan, el último revés sufrido.
- Ya sólo nos faltaba eso, que encima de que hay escaso trabajo y mal pagado, el poco que hay se lo llevan los inmigrantes que se contentan con lo que les den. A eso se le podría llamar competencia desleal.
- No creas que eso sólo ocurre ahora – comenta Francisco -, antes de cerrar mi empresilla, de gente del país sólo tenía al Dimas y a un par de peones de toda la vida, el resto eran moros y rumanos.
- Y a mí me pasó tres cuartos de lo mismo – asegura Lisardo -. Y la causa también era la misma. Cobraban menos, echaban más horas y no decían ni mú a ningún trabajo.
- Y luego se esponjan como un pavo real con lo de papeles para todos. ¡Éramos pocos y parió la abuela! – concluye Francisco echando mano de su inagotable repertorio de expresiones castizas.