martes, 30 de diciembre de 2025

52. “El masover”. ¿Y ahora, qué?

   Con el comienzo de las vacaciones veraniegas, desde San Mateo en el Bajo Maestrazgo donde ejerce de maestra, llega a Torreblanca la tía Emilia. Una de sus primeras visitas es a casa de los Clavijo a ver a su prima Rosario y a los sobrinos.

   -Rosario, dile a tu marido que tenemos que hablar sobre el futuro de Zaquita para cuando el próximo año acabe cuarto. Lo habéis ido demorando, pero ya no debíais retrasarlo más.

   Al día siguiente, el matrimonio Clavijo se presenta en casa de Emilia para dialogar sobre los futuros estudios de su primogénito. Eso ocurrió antes de que Zaca se fuera al Canònge, incluso antes de que surgiera la idea de que pudiese dar clase en verano a la pubilla de los Villalonga. El objeto de la reunión fue importante, pues que el primogénito acabase cuarto de bachillerato le colocaba en una encrucijada clave para su futuro. Como Emilia era la que más sabía de la cuestión, fue quien llevó la voz cantante. La reunión se desarrolló tal que así.

   -Hay que tomar una resolución con los estudios de Zaquita –afirma Emilia-. El plan previsto de que, tras cursar los cuatro años de bachillerato, luego hiciera magisterio ya no es posible. Como os conté cuando comenzó el segundo curso, el mismo año de su proclamación la República cambió el plan de estudios de Magisterio con el objetivo de dignificar la formación inicial del maestro. Desde ese cambio, hay que hacer una prueba de ingreso en la Escuela Normal para el que es necesario tener el bachillerato superior. El nuevo plan consta de tres cursos y un cuarto año de prácticas de enseñanza, pero éstas han sufrido varios cambios. Para no alargarme más, lo que hemos de resolver; mejor dicho, lo que debéis decidir es que hará el chico en cuanto acabe cuarto. En otras palabras, hay que responder a la pregunta: ¿Y ahora, qué?

   -Vuelve a contarnos lo que podría estudiar –pide padre-. Olvidé parte de tu explicación.

   -Las opciones que hay son las siguientes: la primera es completar el bachillerato; es decir, hacer quinto y sexto curso, con lo cual será bachiller superior.

   -Uff, dos años más –exclama madre en lo que suena a lamento.

   -La segunda opción, aprobado el cuarto, es estudiar alguna carrera de grado medio en la que para cursarla sea suficiente tener el bachillerato elemental. Ese es el caso de la carrera de Perito Mercantil que podría hacer en la Escuela de Comercio de Castellón.

   -De esos estudios nunca nos hablaste, Emilia. Necesitamos sabe más de ellos para tomar una decisión –apunta el señor Zacarías.

   -Luego os cuento, primero acabemos con las opciones. Finalmente, otra salida es que estudiase una profesión en la Escuela de Artes y Oficios de Castellón, para lo que le valen los cuatro años de bachillerato.

   -Yo me he perdido –confiesa madre-. Emilia, y tú que eres mucho más lista que nosotros, si tuvieras que tomar la decisión, ¿cuál sería?

  -Conociendo a Zaquita, opino que lo mejor para su futuro es que completase el bachillerato y luego hiciera la prueba para el ingreso en la Escuela Normal. No os lo oculto, el examen de ingreso es duro, pues en definitiva es una oposición ya que las plazas son limitadas, pero creo sinceramente que el chico puede aprobarlo y siempre contaríamos con la ayuda de Paco, que le podría echar un capote.

   -Pero eso supone cinco o seis años más de estudios –puntualiza padre.

   -Así es, pero la recompensa vale la pena. Con el nuevo plan¸ cuando terminas los estudios en la Normal, a los futuros maestros los destinan a escuelas nacionales por un curso escolar con el título de Alumnos-Maestros y les pagan el sueldo de entrada, que son nada menos que cuatro mil pesetas. Y al curso siguiente ya entran de pleno derecho en el Cuerpo Nacional del Magisterio, y tienen la vida solucionada.

   -Pues si para estudiar lo del peritaje vale con los cuatro años de bachillerato habrá que estudiar a fondo esa opción. ¿Y se puede hacer por libre?

   -Creo que sí, pero en principio no creo que sea la salida que más le ilusione, porque al chico le van mejor las letras que las ciencias.

   -Sí, y de hecho las peores notas que saca son en las asignaturas de ciencias –reconoce padre, que añade- Una pregunta importante que vale para todas las opciones y para ir descartando algunas: ¿qué carreras se pueden estudiar por libre?

   -Para hacer magisterio, en el plan de la República se recomienda la asistencia regular a la Normal. El peritaje mercantil se puede hacer por libre. Y en las Escuelas de Artes y Oficios, por las características de lo que se enseña, hay que asistir; es decir, no se puede estudiar por libre.

   -Y en concreto, ¿qué es lo que se aprende en las Escuelas de Artes y Oficios? –quiere sabe padre.

   -Pues oficios prácticos tales como carpintería, herrería, mecánica, fundición, y otras artes aplicadas a la decoración y el trabajo manual. Y, además, Artes Aplicadas: dibujo, pintura, modelado, y técnicas que combinan el arte con la utilidad.

   -Huy, esas enseñanzas no sé si le valdrán a mi Zaquita, pues  todo lo listo que es de cabeza lo tiene de torpe con las manos –apunta madre.

   -Bueno, vosotros sois los que debéis tomar la decisión, pero os aconsejo que antes de tomarla habléis con Paco Roca y con vuestro hijo. Es importante que el chico estudie algo que le guste. Si le obligáis a estudiar algo que no sea de su agrado el resultado puede ser un desastre. Tenedlo en cuenta.

   Ajeno al cambio de impresiones entre sus padres y su tía Emilia, Zaca, tras haber aprobado el tercer curso del bachillerato, se las promete muy felices ante el verano que le espera. Como sus amigos también tienen el verano libre piensan pasárselo de rechupete, pues tienen muchos planes que desarrollar en las vacaciones. Planes que la pandilla suele debatir cuando se reúnen. Sus puntos de reunión más frecuentes son dos: una de las colinas al oeste del pueblo llamada la Pedra de la Lliura, desde la que se divisa la llanura torreblanquina hasta el mar, así como el tráfico de la carretera nacional de Valencia a Barcelona y el paso de los trenes que unen ambas ciudades. En otras ocasiones, donde se apostan es en un altozano denominado la Montañeta de Matagats, situado al norte del pueblo, donde se divisa el mismo panorama que desde la Pedra de la Lliura, aunque es la ubicación que menos utilizan, pues muy cerca está el cementerio, cuya vista no les es demasiado grata. En ambos lugares, además de la visión del tráfico, debaten, discuten y planean los proyectos que podrían realizar durante el verano. Unos son posibles, otros no pasan de ser ensoñaciones adolescentes, como alguno de los que esta tarde proyectan.

   -Podemos ir muchos días a la playa a bañarnos y a mirar las chicas que también lo hagan, entre ellas supongo que habrá algunas de nuestras amigas de la pandilla de la Nevera –propone Queralt, que siempre tiene en mente al sexo opuesto.

   -Y a lo mejor podría haber alguna forastera con la que ligar –es Pifarré quien apoya la propuesta.

   -Pues yo tengo un plan mucho mejor. Ir a la marjalería a coger ranas, tortugas y anguilas.

   .¿Y eso cómo se hace? –pregunta Joaquinito Queralt que es, posiblemente, el que menos sabe del mundo rural. 

   -Para coger ranas, haces una especie de pequeña caña de pescar y al final del hilo…

   -Se llama sedal, no hilo –le corta Zaca, tan pedante como suele.

   -Pues al final del sedal pones una bolita de algodón y a esperar que las ranas piquen. Y luego, las freímos y nos las comemos.

   -No digas majaderías, Manolo. ¿Cómo vamos a comer ranas? ¡Qué asco! –exclama Joaquinito.

   -Yo las he comido varias veces y están buenas. Y no dan ningún asco –les informa Zaca.

   -¿Y las tortugas cómo se cazan? –pregunta Pifa.

   -Metiéndote en cualquiera de las acequias que hay entre los marjales y, como son lentas, puedes cogerlas con las manos –explica Manolo, que añade-: Y se las vendemos a la tía Adelia que las emplea para hacer una sopa que, según cuentan los parroquianos de su bar, está buenísima.

   -¿Y las anguilas también se cogen con las manos? –dice Queralt.

   -Hay que meterse en cualquier acequia de la marjalería y con una especie de horca, pero con solo tres púas, en cuanto ves una le clavas el pincho –explica Manolo.

    -Yo tengo un plan mucho mejor que todas esas chorradas de Manolo –cuenta Pifa-. Cuando lleguen las fiestas de agosto, en la subasta que hace el ayuntamiento para el ruedo de toros, podíamos comprar una plaza, hacer un cadafal e invitar a nuestras amigas a ver los toros.

   -¿Y qué íbamos a sacar con eso? –Pregunta Zaca.

   -Durante los toros, les haríamos beber moscatel y otras bebidas para emborracharlas o al menos que perdieran la vergüenza, y luego montaríamos un guateque en alguna de nuestras casas, y estando medio borrachas no veas lo que les podríamos hacer.

   -¡Ese plan sí que es cojonudo! –exclama Joaquinito.

   -Muy cojonudo, pero ¿y de dónde sacamos el dinero para comprar la plaza del ruedo? –a Manolo le toca poner los pies en el suelo y ser realista.

   Y así pasan los integrantes de la pandilla los últimos días de junio, imaginando planes cuya mayoría es más que dudosa que lleven a la práctica porque, salvo Pifarré, no son proclives a la acción y todo se les va en salvas de vanos coloquios. Lo que menos podía esperar Zaca es que esos bosquejos de planes quedaran en nada, pues el destino o la divina providencia le depara una sorpresa que puede dar al traste con los proyectos de la pandilla. Y algo de esa falla comienza a barruntarse cuando Joaquinito Queralt les anuncia un buen día:

   -No sé si voy a poder estar todo el verano con vosotros. Papá –es el único que llama así a su padre- ha dicho que mis abuelos están muy viejos y que debíamos ir a su pueblo, uno llamado Berga en la provincia de Barcelona, a pasar unos días con ellos.

   Una vez acabados los exámenes de junio, fue cuando el matrimonio Clavijo habló con su primogénito sobre el asunto de qué fuera a hacer después de que el próximo año apruebe el bachillerato elemental. Los padres no se anduvieron con paños calientes y explicaron al chiquillo la realidad de la situación familiar y como ello condicionaba las posibilidades de que el chico pudiera estudiar o no ciertas carreras.

   -Hijo, ante todo, debes saber que estamos muy orgullosos de ti. Hemos estado hablando con la tía Emilia sobre qué podrías estudiar después de que el próximo año acabes el cuarto, y queremos saber qué es lo que te gustaría hacer –el señor Zacarías, como cabeza de familia es el que ha tomado el timón del coloquio.

   -Yo haré lo que quieran ustedes –responde el chiquillo en plan de hijo estrictamente obediente.

   -Eso lo damos por descontado, pero lo que queremos saber es lo que te gustaría a ti. Te explico lo que nos ha contado la tía Emilia.

   Y el padre describe al chaval las distintas opciones que va a tener en cuanto sea bachiller elemental. Para lo que hay un condicionante fundamental: que vaya a estudiar lo que sea deberá hacerlo en el pueblo, pues no tienen el dinero necesario para poder pagar su estancia fuera de casa. Y, claro, ese condicionante restringe los estudios que podrá cursar. La información entristeció al chico, pues uno de sus anhelos era el de poder estudiar en plan oficial, lo que suponía tener que ir todos los días a clase de un centro docente, tener compañeros de clase, recibir las enseñanzas de unos profesores que supieran de su materia; en definitiva, llevar la vida de un estudiante normal. Y ello, porque uno de los secretos que el muchacho guardaba en lo más hondo era que estaba cansado de estudiar por libre. Estaba cansado de tener que aprendérselo todo de memoria. Estaba cansado de no tener con quien hablar de las pequeñas incidencias del día a día. Estaba cansado de tener que jugarse el esfuerzo de todo un curso en un examen de unos cuantos minutos. Pero tenía una idea aproximada de cuál era la situación económica de la familia y era consciente de que pedirle peras al olmo era pedir un imposible. Así que se resignó, y centró su atención en las posibilidades que padre iba desgranando.

   -… y al final, los únicos estudios que podrías hacer sin irte de casa son los de Perito Mercantil, pues te valdría ser bachiller elemental para matricularte cómo alumno libre en la Escuela de Comercio de Castellón –El muchacho, que era la primera vez que oía hablar de tal carrera, formuló una pregunta cargada de lógica.

   -Y para ser Perito Mercantil, ¿qué hay que estudiar?

   -Las materias fundamentales son–y padre, desplegando la nota que le dio Emilia, lee-:Contabilidad y Teneduría de Libros, Derecho Mercantil, Correspondencia Comercial, Mecanografía y Taquigrafía, Cálculo Mercantil y Álgebra, Economía y Legislación, y Geografía Comercial, –el chico puso un gesto compungido al oír la retahíla de materias, de las que solo le sonaba la de contabilidad y el cálculo, las demás le eran totalmente desconocidas.

   -Debe de ser una carrera muy difícil. Y no creo que de todo eso sepan ni don José ni don Domingo –apuntó el chiquillo, que agregó-: Y tampoco estoy seguro de que yo solo pueda llegar a aprenderme esas asignaturas, pero…

   -¿Pero qué? –le apremia padre.

   -Que a mí me gusta estudiar, y me gustaría más estudiar una carrera, la que fuese, como estudiante oficial.

   -Lo comprendo, hijo, pero como te hemos explicado no nos es posible pagarte la estancia en una pensión, por eso si quieres seguir estudiando ha de ser sin salir de casa. Entiendo que no es lo ideal, pero con esos bueyes tendrás que arar. Es lo que hay.

   -Ya. Lo que no me ha quedado claro es porque no puedo estudiar para maestro como era el plan que tenían cuando comencé el bachillerato. Hacer hasta cuarto y luego estudiar los tres años de magisterio también como alumno libre.

   Padre repitió al chiquillo lo que les contó la tía Emilia sobre el nuevo plan de la República para los estudios de magisterio, lo que suponía tener que asistir a la Escuela Normal y, por tanto, no poder estudiar por libre. Además de que también suponía cursar el bachillerato superior. Lo que significaba estudiar hasta los veinte años al menos. Al chico estudiar hasta esa edad le pareció un sueño maravilloso, incluso aunque fueran más años, porque metido entre libros era como se sentía más feliz y realizado, pero como todos los sueños al fin quedaron en nada. Al final, Zaca pidió a sus padres si podía decidirse después de acabar cuarto, y así lo resolvieron. ¿Y ahora, qué? se quedó sin respuesta.

   Así es como se marchó Zaca al Mas del Canònge, sin saber qué podrá estudiar cuando acabe cuarto, aunque como suelen decir los mayores en un año pueden ocurrir mil y un hecho que te cambia la vida, tampoco se preocupa demasiado. Ser fatalista a veces genera paz.

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 53 de la novela “El masover” titulado: El Mas del Canònge

martes, 23 de diciembre de 2025

51. “El masover”. El mayoral

    La decisión del primogénito de los Clavijo de aceptar impartir clases de cultura general a la pubilla de los Villalonga, en el Mas del Canònge durante el verano, coincide con el final de las clases del repaso de doña Carlota, al que asiste Paquita. Tras lo cual, la chiquilla y su madre regresan al Mas hacia el veintitrés de junio. Días después los Villalonga mandan recado que en unos días enviarán a su mayoral a recoger a Zaca. Y, en efecto, el veintisiete, cerca del mediodía, se oye en la puerta de los Clavijo una voz grave que pronuncia la fórmula tradicional de acceso a un hogar. Fórmula que las veleidades laicistas de la República ha arrinconado y ha cambiado por la expresión Salud y República que sirve, entre otras muchas situaciones, para anunciarse, pero que no es la que ha utilizado la desconocida voz, sino la que hasta ahora se ha empleado.

   -Ave María Purísima.

       -Sin pecado concebida -contesta Rosario, quesale presurosa, pues no ha reconocido la voz.

   El desconocido no ha pasado del pasillo que hace de recibidor. Debe rondar los cincuenta y tantos y es más bien bajo, aunque recio. Tiene un rostro de rasgos duros, pero su mirada es directa y franca. Su actitud es la de un hombre resuelto, pero al mismo tiempo tranquilo y sosegado. Lleva chaqueta y pantalón de pana, ambas prendas bastante gastadas pero limpias, y calza unos fuertes botos camperos. En cuanto aparece Rosario se ha quitado la pequeña boina negra con la que se cubre, lo que muestra que la alopecia le va a dejar sin pelo en pocos años. Tras saludar respetuosamente al ama de la casa, el visitante se identifica:

         -Buenos días tenga, señora. Soy Valerio, el mayoral de los señores Villalonga. He venido porque tengo el encargo de llevar al Mas del Canònge de Benlloch a un chico llamado Zacarías Clavijo. ¿Es usted su madre? –Ante el gesto afirmativo de Rosario, prosigue-: Mucho gusto, señora. Pues como le decía, vengo por su hijo para llevarlo al Mas. En cuanto esté preparado y tenga el equipaje hecho nos iremos, salvo que ustedes decidan otra cosa. Ese es el encargo que me han hecho los amos.

   -Le estábamos esperando, pero no se quede ahí. Pase, por favor –Rosario lo lleva al comedor-. Siéntese, tenga la bondad. ¿Quiere tomar algo? ¿Un café, una copita, unas galletas?

   -Gracias. Un café no estaría mal. Solo y sin azúcar -el hombre sigue mostrándose respetuoso, pero sin perder un ápice de aplomo.

   -Voy a llamar al chico. Está con su padre dando de comer a los animales –Rosario envía a Charito al corral con el recado y, volviéndose al visitante, le explica-: El café es de puchero, pero es auténtico, no achicoria. Y, por si le apetecen, estas son galletas de avena que horneé ayer. A la señora Paca le gustan mucho.

   -Gracias, señora, pero con el café me vale y, si es posible, también un vaso de agua.

   Al momento llegan padre e hijo, tras ellos Pedrito que lleva de la mano al pequeño Chimet y, cerrando la comitiva, Charo. Rosario hace las presentaciones y el señor Zacarías, tras estrechar la mano del mayoral, sugiere que, dado lo avanzado de la mañana, se quede a almorzar con ellos.

   -Se le agradece, señor Zacarías, me gustaría, pero no puedo. Una de las mulas que he traído perdió una herradura en el viaje. La he dejado en la herrería de Letancio para que la hierren y tengo que recogerla. Lo que sí les agradeceré es que no se demoren mucho en almorzar, pues nos espera una jornada larga hasta el Canònge ya que, además, hemos de pasar por el Mas de Tena y eso nos hará dar un rodeo –el hombre saca un reloj de bolsillo y comprueba la hora-. Son las doce menos cuarto. Sobre las dos y algo pasaré a recoger al… -vacila un instante, no sabe cómo llamar al chico- a su hijo. Salvo que dispongan otra cosa, pues la señora Paca me ha insistido en que me ponga a su disposición. Ustedes dirán.

   -Lo que usted quiera, Valerio –El señor Zacarías no resiste la curiosidad y pregunta-: Por su manera de hablar y su acento, juraría que es usted aragonés y más bien de la provincia de Teruel que de la de Zaragoza o de la de Huesca.

   -Buen oído tiene. Sí, señor. Soy maño y a mucha honra. En concreto de la comarca de Albarracín.

   -Buen pueblo y buena gente. Somos casi paisanos. Yo procedo de Alcalá de la Selva, de la comarca de la sierra de Gúdar.

  -También a los de esa zona hay que echarles de comer aparte. Bueno, me perdonarán, pero he de ir a ver si la gente de Letancio ha herrado la mula y puedo recogerla.

   -Perdone, señor Valerio… -el mayoral corta a Rosario.

   -El señor sobra si no le molesta. Valerio a secas o, si prefiere, mayoral.

   -Perdone, Valerio, quisiera enseñarle el equipaje del chico, no vaya a ser excesivo.

   -No es necesario, no pase cuidado por el número de bultos. He traído dos mulas, una aparejada con silla de montar, y otra con alforjas, y por mucho bagaje que lleve el mocete en los serones habrá espacio para todo. ¿Alguna otra pregunta antes de irme?

   -Si no le importa –es otra vez madre-, añadiré un saquito con unas cosillas para matar el gusanillo por si la noche se les echa encima y sienten gazuza.

   -Puede usted añadir lo que le parezca bien, pero antes de que el sol se ponga, Dios mediante, estaremos en el Mas y tendrán la cena preparada. Si ustedes no quieren nada más, me despido hasta dentro de dos horas y pico. Queden con Dios –dicho lo cual, el visitante abandona la casa.

   A Zaca le hubiese gustado preguntarle al mayoral varias dudas que tiene, pero no se ha atrevido a interrumpir la conversación entre mayores. Y el tal Valerio, no sabe por qué, le ha intimidado; da la impresión de ser hombre que va al grano y al que no le gusta perder el tiempo. “Si éste es el que me va a enseñar no sé cuántas cosas, estoy arreglado, no parece ser de los que tengan demasiada paciencia”, se dice. En el almuerzo, los Clavijo asaetean al hijo mayor con los postreros consejos antes de su marcha.

  -Vas como invitado de los Villalonga. Pórtate bien en todo momento, se educado y no faltes el respeto a los mayores. Ah, y trata con mucha cortesía a la abuela Julia, que creo que es la que maneja la vara de mando –aconseja padre.

   -Después de levantarte, orea unos diez o quince minutos la cama y luego la haces. Y en todo momento se muy limpio y ensucia lo menos que puedas –son los consejos típicos que pueden esperarse de una madre-. Y en la mesa pórtate con educación. Cuando te ofrezcan algo, por mucho que te apetezca, agradécelo pero contesta que no, y solo si insisten, acéptalo. Por la mañana o antes de acostarte, acuérdate de lavarte bien los dientes. He puesto tu cepillo y la pasta en el neceser que te compré anteayer en casa Ricardo.

  -Ah, Tete, y no te hurgues la nariz como hace Pedri, que madre dice que es muy feo –apostilla Charito que se suma al ruedo de las recomendaciones.

   El muchacho está un poco abrumado ante tanto consejo y tantas advertencias a sumar a las muchas dudas que ya tiene sobre como deberá comportarse en una familia a la que solo conoce por encima y en un entorno del que no sabe nada. No solo está abrumado, sino también temeroso de que su estancia en el Mas sea tan aburrida que los dos meses que ha de estar le puedan parecer dos años. Además, nunca ha montado en un mulo y le da vergüenza confesar que tiene miedo de caerse y de no saber conducir al cuadrúpedo. Pero, como acostumbra, se traga sus temores y lo que pregunta es una cuestión trivial.

   -¿Cada cuánto quieren que les escriba? Aunque no sé si en el Mas habrá buzón para echar las cartas.

   -Cuando quieras, pero no te preocupes por si hay o no buzón, que no creo. La señora Paca me dijo que una vez al mes, al menos, ha de venir al pueblo o mandará al mayoral para arreglar asuntos de las fincas que tienen aquí. Cuando vaya a venir, le das una nota para nosotros –explica madre.

   -Y si me aburro tantísimo que no puedo soportarlo, ¿qué hago?

   -Dudo mucho que llegues a ese extremo –afirma padre-. En un mas como el Canònge, no puedes imaginarte la de cosas que se pueden hacer y la de conocimientos que se pueden aprender. Estoy seguro de que no tendrás tiempo para aburrirte -Y madre, a lo dicho por padre, añade:

   -Ten en cuenta que, por lo que me ha contado la señora Paca el Mas tiene de todo: ovejas y cabras, vacas, cerdos, gallinas, conejos a mansalva y hasta ocas. Y el caserón de la masía es viejo, pero muy grande, y además hay establos, graneros, pajares, un horno de leña, un pequeño molino para prensar aceite y una gran alberca en la que hay patos. Como eres tan curioso, solo con explorar todas esas dependencias te va a llevar su tiempo. Como dice padre, puedes aprender muchas cosas que no sabes. Quizá en algún momento añores a tus amigos, pero de aburrirte nada. Y, además, te llevas muchos tebeos y libros, más los que te van a regalar los Villalonga como el Libro de la Selva –las buenas impresiones que los padres le pintan no acaban de convencer al muchacho que sigue con sus miedos y que, además, se va con la incógnita de qué va a poder estudiar cuando termine el cuarto curso.

   A las dos y pico de la tarde Zaca, que está  apostado en una de las ventanas del almacén, ve como el mayoral abre la puerta de la Fábrica que da a la calle y entra conduciendo dos mulas que le parecen altísimas. “Dios mío –se dice-, ¿y en esos animales tan grandes tendré que subirme? Como me caiga me voy a romper la crisma”. La valentía no es una de las virtudes del chico. La voz grave del mayoral vuelve a sonar en la entrada de casa.

   -Ave María, otra vez soy yo, el mayoral del Canònge -el señor Zacarías sale disparado a oír a su paisano.

   -Sin pecado concebida. Pase, pase, Valerio, le estábamos esperando.

   -Buenas tardes. Aquí me tienen. ¿Está preparado el mozo? ¿Ese es su equipaje? Chaval, que no te vas a las Américas –se chancea Valerio al ver la de bultos que hay en el recibidor: una maleta de cartón, dos envoltorios de tela, otros tantos fardos atados con cordeles y un saquito con viandas-, que estamos relativamente a poca distancia de aquí. Es un viaje de unas cuantas horas, no al fin del mundo.

   -Es que lleva muchos libros y cuentos –le disculpa madre.

   -Me parece bien, pero no sé si tendrá mucho tiempo para leer. En el Mas, los collados, los barrancos, las praderas, los cortados, los bosquecillos y las plantas y animales de roda clase te enseñarán más de la vida real que los libros. Pero no soy yo quien para aconsejarte que sea mala la lectura. Hay un tiempo para cada cosa –y en un cambio de tercio, agrega-: Si me disculpan, voy a acercar las mulas para cargar todos esos petates -Lo que parecía un excesivo bagaje, el mayoral, en un visto y no visto, lo acomoda en las alforjas de la mula roma que ha traído a la puerta de la casa.

   -Que apañado es usted, señor Valerio –le adula madre.

   -La práctica, señora, la práctica. Bueno, chaval, despídete de la familia que nos espera camino por delante.

   Zaca va besando a padres y hermanos como si partiera a tierras allende los mares. En puridad, salvo las temporadas pasadas en San Mateo con la tía Emilia, es la primera vez que va a estar tanto tiempo fuera de casa y un nudo se le ha hecho en la garganta, aunque procura aparentar un aplomo que no tiene. La tensión baja unos grados cuando Pedrito formula una última petición.

   -Tete, si allí hay, ¿te acordarás de lo que te pedí?

   -Pedrito, ¿qué le has pedido a tu hermano? –se interesa, curiosa, madre.

   -Una cría de perdiz. Quiere probar si se pueden criar en jaulas como los conejos –refiere Zaca. Al oírlo, Valerio suelta una carcajada y se encara con el pequeño.

   -Chavea, por perdices no quedará. En los cerros que rodean el Mas hay varias bandadas, aunque como mejor están las perdices es en la cazuela –Y dirigiéndose al primogénito pregunta-: Sabrás montar, ¿no? –Zaca duda, pero opta por decir la verdad.

   -No, señor mayoral. Será la primera vez que monto en una mula. Y no sé si sabré hacerlo.

   -Cabalgar no tiene demasiados secretos. Procura sentarte recto en la silla aunque sin ir envarado, tira de las riendas hacia tu derecha si quieres ir en esa dirección y hacia la izquierda si es en sentido contrario. Y si quieres parar la mula, tira más fuerte de un modo seco. Aunque no lo vas a necesitar, pues el ronzal voy a llevarlo yo. Y la Tusona, que ese es su nombre, se conoce el camino de memoria y es hembra de confianza. De todos modos, no te quitaré el ojo de encima. Y te prometo que, una vez que estemos en el Mas, en unos días haremos de ti un jinete que parecerá que hubieras hecho la mili en caballería. Hala, apoya el pie izquierdo en mis manos y pa arriba. El Canònge nos espera.

   Y yo, ¿qué espero del Mas?”, se pregunta el muchacho. No tiene respuesta. Lo que hace es agarrarse fuerte a la silla porque la Tusona al sentir el peso ha movido los cuartos y ha intentado echar a andar, pero un tirón del ronzal de Valerio la ha parado en seco. El chaval no pensaba que iba a estar tan arriba, por lo que le da un espasmo de miedo que trata de controlar para que la familia y, sobre todo el mayoral, no noten su tembleque. Bueno, se dice, “Lo que sea, sonará y bien pensado dos meses pasan en un pispás”. El muchacho desconoce que el tiempo no es inflexible, sino elástico. Y cierra los ojos en cuanto la mula –la Tusona la ha llamado el mayoral- echa a andar. Y antes de cruzar la puerta exterior de la Fábrica se acuerda de rezar a San Cristóbal, patrón de los viajeros: "San Cristóbal, tú que tuviste la gracia de llevar al niño Jesús sobre tus hombros, te ruego que guíes mi camino, me des fuerza y me protejas ante los peligros que pueda encontrar. Amén”. Y mayoral, muchacho y mulas parten para el Canònge. ¿Qué le espera al chico[?

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 52, de la novela “El masover”, titulado: ¿Y ahora qué?

 [CM1]

viernes, 19 de diciembre de 2025

Post navideño 2025

   Siguiendo la tradición, deseo una feliz Navidad y un saludable nuevo año a los lectores del blog. Y confío en seguir escribiendo y vosotros leyéndome, si es que continúo siendo capaz de entreteneros con mis relatos. Por mi parte lo intentaré.

   Reconozco que cada vez me cuesta más y tengo motivos para ello. Hace dos meses cumplí noventa tacos, toda una taquería completa. Y como buena parte de los nonagenarios tengo una relación de patologías más largas que el brazo. Lo único que de momento queda a salvo –y toco madera- es la cabeza. A veces, pienso que si todavía soy capaz de usarla es gracias a mis hijos, a  mi ADN y a la industria farmacéutica. Gracias les sean dadas.

   Y continúo escribiendo, y continuaré mientras me queden fuerzas y vista. Lo necesito, es mi antídoto contra los demonios de la soledad. Por lo tanto, larga vida a El masover y demás protagonistas que le acompañan en su deambular por La Plana Alta de los años treinta del pasado siglo.

   La reitero: feliz Navidad.  

martes, 16 de diciembre de 2025

50. “El masover”. Dos meses pasan pronto

   Rosario medita cómo venderle a su hijo mayor pasarse el verano en el Mas del Canònge, dando clase de cultura general a la pubilla de los Villalonga. Es consciente de que la empresa no será fácil, pues ha sido testigo de algunas charlas entre él y sus amigos haciendo planes para el inminente estío. Es consciente que los masos tienen fama de ser lugares apartados y solitarios en los que pocas diversiones se pueden encontrar. Tampoco desconoce que, a su vez, los masoveros cargan con la dudosa reputación de ser gente que solo piensa en su trabajo y que no pierden el tiempo en jolgorios y divertimentos. El azar, factor siempre imprevisible, viene en su ayuda. Al mejor amigo de Zaca, Joaquín Pifarré, le ha surgido una posibilidad difícil de rechazar: uno de los hermanos de su padre, que tiene una pequeña empresa de montajes eléctricos en un pueblo de Tarragona -Vilaseca –, le ha propuesto irse con él durante el verano para que inicie el aprendizaje de lo referente a su negocio que quizá algún día pueda dirigir, pues no tiene hijos. Vivirá en su casa y el trabajo no será duro, pues de lo que se trata no es tanto que aprenda lo referente a los montajes eléctricos, sino que se vaya familiarizando con la empresa y sus actividades. Pifarré, cuya aspiración es titularse algún día como perito eléctrico, no se lo piensa dos veces y, alentado por su familia, acepta la oferta. El hecho de que Zaca se quede todo el verano sin su más leal amigo, provoca que cuando madre le plantea la propuesta de irse al Mas del Canònge su predisposición es otra muy distinta a la que hubiese tenido si su amigo hubiera permanecido en el pueblo durante el verano. Madre se esfuerza para hacerle atractiva la propuesta, explicándole todo cuanto se va a encontrar en el Mas.

-… y me ha dicho la señora Paca que más que el maestro de Paquita serás el invitado de la familia. Tendrás todo el tiempo libre que quieras. Su mayoral te llevará a cazar, te mostrará cómo funciona el parany para coger tordos y te enseñará a construir trampas para cazar conejos. Podrás montar en alguno de sus caballos y te llevarán a la feria de Benlloch y a las de otros pueblos de las cercanías. Creo que te lo puedes pasar chachi y que no te aburrirás ni un segundo. Y no te digo nada de cómo se come. La ventaja de ser ricos: tienen de todo y en cantidad, y al haber comidas tan variadas encontrarás platos que te puedan apetecer probarlos. Y lo último, pero no menos importante: en el Mas, al estar en plena montaña, no hay ni pizca de humedad, es más bien  un ambiente seco, lo que te vendrá fenomenal para los pulmones. Y, según me ha contado la señora Paca, tienen un agua muy fuerte, lo que te abrirá el apetito que te servirá para ponerte como un toro.

   A pesar de los denodados esfuerzos de Rosario de pintarle la vida en el Mas como si fuera el lugar más apetecible del mundo, Zaca no encuentra atractiva la propuesta. Piensa que es cierto que Paqui la Masovera ya no le parece un cardo borriquero y que sabe que a la familia Villalonga le cae bien –salvo a la abuela Julia de la que no está seguro como lo recibiría-, pero de eso a pasarse dos meses en un lugar que desconoce y en un entorno del que no sabe nada, pues nunca ha pisado una masía, media un abismo. Conoce la mala fama de solitarios que tienen los masos y la estereotipada estampa que tiene de los masoveros no puede ser más negativa: unos garrulos vestidos de pana, calzados con rusticas abarcas o botos camperos y con las boinas encasquetadas hasta las orejas, poco sociables, ladinos, desconfiados y con escasas letras, si es que no son analfabetos. De hecho, en el pueblo cuando te acusan de semblar ser un masover, es como decirte que eres un patán, ignorante e insociable. Un defecto muy español es despreciar lo que se ignora, y masos y masoveros lo que realmente son es unos grandes ignorados. Pero el muchacho eso no lo sabe, ni siquiera lo intuye y piensa que se va a topar con una gente con la que no podrá conversar del mundo de papel en el que vive. ¿Qué diablos pueden saber los masoveros de tebeos, novelas y revistas? ¿Qué pueden saber de sus autores preferidos? Nada. ¿Qué puede hacer en semejante lugar? Lo más probable será que aburrirse como una ostra y tratar con gente ordinaria y burda que poco o nada podrán enseñarle. Más como se percata del entusiasmo que pone madre en la propuesta y el calor con que la defiende, no quiere defraudarla y da una respuesta ambigua, pero esperanzadora en el sentido de que puede cambiar de opinión.

   -Bueno, madre, me lo puedo pensar, ¿verdad? ¿O es un trágala como cuando querían enviarme al seminario tortosino?

   -De ninguna manera, Zaquita. Solo vas a ir si te gusta la idea de cambiar de aires un par de meses. Y hablando de aires, has de saber, porque así me lo ha confirmado don Eulogio que, como te dije, el clima seco del Mas sería mano de santo para tus bronquios. Eso es lo que dice don Eulogio y si lo dice es porque será así. Y quizá sea lo más positivo de esta oferta: la mejoría de tu salud. Solo por eso, en tu lugar yo diría que sí con los ojos cerrados. No lo dudes. Al menos, échale un pensament.

   -¿Y padre qué piensa de esa invitación?

   -Creo que, por primera vez en mi vida, he hablado antes contigo que con tu padre. Eso quiero decir que te estás haciendo mayor y, como ya piensas por tu cuenta, de ahí que te lo he contado antes que a él. Pero por padre no te preocupes. Cuando le refiera lo que ha dicho el médico sobre lo bien que te iría estar dos meses en un clima seco, no pondrá ningún impedimento. Más bien al contrario, será el más firme defensor de que te vayas al Mas. Sabes que está muy preocupado por tu recaída.

   -Bueno, me lo pensaré. Aunque si le soy sincero es una propuesta bastante rara y poco apetecible. Porque eso de estar dos meses en un mas…, la verdad es que alicientes tiene pocos. Y no sé, no sé qué decirle. Se me hace cuesta arriba…, y para todo el verano… Eso es mucho tiempo –al ver la cara de desilusión que pone madre le vuelve a dar falsas esperanzas al añadir-: Y de aceptar, ¿cuándo me tendría que ir?

   -No hemos hablado de fechas. Puede ser enseguida o con el verano más adelantado.    -Supongo que cuando tú decidas, pero pienso que lo mejor sería que te fueras lo más pronto posible, el tiempo pasa muy rápido.

   -Bueno, le prometo que me lo pensaré.

Al muchacho, que es más bien de ritmo lento, que le metan prisas no va con él y que lo haga su madre le pone de mal humor. Pero ha prometido a madre que lo meditará. Esa noche, Rosario cuenta a su marido una versión cocinada de la posible ida del primogénito al Mas del Canònge.

   -Hablando con la señora Paca la Masovera surgió lo de los problemas pulmonares del mayor y de la recomendación de don Eulogio de que le vendría bien cambiar de aires una temporada. A la señora Paca se le ocurrió que al chico le podría ir de cine pasarse un tiempo en un clima seco como el de su masía. Además, me ha contado que tienen un agua muy fuerte y que le abriría el apetito, que es el otro punto débil que tiene. A ella, llevarse a Zaquita al Mas le encantaría, pero no se ha atrevido a decírselo al chico, hasta que decidas sobre su invitación. No lo he hablado con don Eulogio, pero seguro que le parecerá una buena medida. Y a ti, ¿qué te parece? –El llumero responde a la pregunta con otra.

   -¿Y el chico que ha dicho?

  -El chico hará lo que tú digas, sea lo que fuere. Ya sabes que es un buen hijo y muy bien mandado. Una sugerencia tuya para él será un mandamiento.

   -¿Y se lo van a llevar así por las buenas, sin más? –se extraña el señor Zacarías, sorprendido por la invitación.

   -Bueno, Paca ha dejado caer que, para justificarse ante Zaquita y ante la gente que pregunte, la excusa será que el chico dará clases a su hija.

   -¿Clases de qué?

   -Un poco de todo. Mejorar su letra, aprender a leer con fluidez y, especialmente, manejar las cuatro reglas con mayor fiabilidad conque lo hace. Y así, cuando comience el curso y vuelva doña Carlota a dar repaso a la muchacha no habrá perdido el hábito de estudiar y tendrá los conocimientos frescos.

   -Si es así no me parece mal. Y en el supuesto de que dejemos ir el chico al Mas, ¿has pensado en cómo podríamos agradecer a los Villalonga la invitación? Porque tener al muchacho dos meses a mesa puesta puede resultarles gravoso. Y un favor debe ser correspondido.

   -De gravoso, nada. Ten en cuenta que esos masoveros son muy ricos y, según tengo entendido, en la masía vive más gente, pues además de los Villalonga están los trabajadores que conviven con ellos.

   -Insisto. Y de aceptar la propuesta, ¿cómo podríamos corresponderles? –padre conceptúa la propuesta de los Villalonga como un favor que les hacen y se centra en como corresponder.

   -Déjame pensarlo, algo se me ocurrirá -Al día siguiente, Rosario cuenta a su hijo que a padre le parece bien lo de la estancia en el Mas. Y le pregunta si se lo ha pensado.

   -Sigo dándole vueltas porque no estoy seguro de que lo vaya a pasar tan bien como dice. Me parece que me puedo aburrir más que un mejillón. Porque Paqui es buena chiquita, pero no es que sea precisamente la alegría de la huerta –como otra vez madre pone cara de desencanto al oírle, agrega unas palabras esperanzadoras-: Una cosa, madre: ¿si decido ir, podré llevarme tebeos y algunas novelas?, pues me temo que pueda aburrirme.

   -Podrás llevarte todos los que quieras. No solo tebeos y novelas, también manuales de tus estudios y cuántos libros te vayan a hacer falta. Y te adelanto un secreto, pero no se lo has de contar a los Villalonga. Por si decides ir, te han comprado un libro que me has dicho más de una vez que tienes muchas ganas de leer: El libro de la selva, de ese autor del que no recuerdo el nombre.

   -Rudyard Kipling. Eso sería una pasada. Y las ediciones con grabados valen un pastón, por eso siempre me decís que me lo regalaréis el año que viene.

    -Pues hay más. Me ha dicho Paca que van a comprar unos cuantos libros de un tal Emilio no sé qué. Tiene un apellido como italiano. Que aguardan a ver si te decides ir y les das los títulos de los libros para encargarlos -A Zaca la mención de Emilio no sé qué, le lleva de inmediato a pensar en el italiano Salgari, del que es un fan. Ha leído varias de sus novelas y le chiflan personajes como el pirata Sandokán y el Corsario Negro.

   -Solo por leer El libro de la selva, vale la pena estar dos meses en un mas –admite el muchacho.

   -Pues tú mismo.

   Veinticuatro horas después del último diálogo, Joaquinito Queralt da la puntilla a lo que restaba de los planes de Zaca para el verano en el pueblo. Va a irse, con su madre y su hermano Pepe, a Berga, pueblo natal de su padre. Se van de quince de julio a quince de agosto. La noticia junto al paraíso lector que parece esperarlo en el Mas son las últimas gotas que hacen rebosar el vaso de sus dudas. Piensa, además, que si se queda solo va a tener como compañero a Manolo Pitarch, tan buena persona como sosaina, y lo que pueda divertirse en su compañía podrá caber en un dedal. Tras darle infinidad de vueltas a la propuesta, se decide: irá al Mas del Canònge y a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga. La decisión de Zaca desata un revuelo familiar, pues hay determinadas tareas que gestiona el muchacho que han de quedar cerradas antes de irse. La actividad de escrivent no tiene recambio posible. La solución que adoptan es hacer correr la especie de que el chico estará fuera todo el verano por recomendación médica y, por consiguiente, no podrá reanudar su ocupación de escribidor hasta septiembre. No dan muchos más detalles, aunque son conscientes de que la ida del muchacho a la masía más pronto que tarde se conocerá con todo tipo de pormenores. En un pueblo los secretos tienen las horas contadas. En cuanto al trabajo de coniller, optan por una variante en la que han pensado alguna vez. Encargan al alguacil un bando cuyo contenido dice: Todos los que este verano quieran comprar conejos y huevos frescos que vayan a la Fábrica. Y para terminar de cubrir las tareas que le corresponden a Zaca, Pedrito, que ya cumplió los ocho, se ocupará del pastoreo de las cabras.

   Madre es la que prepara el equipaje que se llevará el muchacho: mudas limpias, ropa de verano, calzado cómodo y hasta un bañador por si se da un chapuzón en una de las balsas del Mas. Amén de las cosas de aseo y los medicamentos que ha de seguir tomando. Y padre, le regala una navaja suiza que incluye un cuchillo y varias herramientas como destornillador, tijera, lima, punzón y abrebotellas. El regalo colma de felicidad al chiquillo, pues hacía tiempo que suspiraba con tener una. La guinda del equipaje la pone el propio Zaca que selecciona los tebeos y novelas que se va a llevar, y con los que confía no aburrirse en la masía, pues por mucho que madre le ha dorado la píldora está convencido de que va a tener mucho tiempo en el que no tendrá nada que hacer y la lectura será su válvula de escape.

   Sacarietea solo se despide de sus amigos y sus tías. Tampoco es que tenga muchas más personas que estén en su círculo íntimo. Sus padres le han prometido que, coincidiendo con las fiestas patronales del pueblo de agosto, en las que el señor Zacarías se coge una semana de vacaciones, irán a verle. Y se escribirán a lo largo del verano contándose su vida. Bueno, piensa el chico, “Vamos pa allá y que sea lo que Dios quiera”, aunque sigue sin estar convencido de que su estancia en la masía vaya a ser una fiesta. Al final, se consuela: “A mal que vaya, dos meses pasan pronto”. El muchacho aún no ha descubierto que el tiempo de los humanos, al menos en el plano psicológico, no es tan lineal como parece, sino que puede contraerse o dilatarse en función de las circunstancias y del estado anímico de una persona, y dos meses pueden hacerse muy cortos o muy largos, dependiendo de factores imprevisibles. En cualquier caso, la laxitud o celeridad temporal en que discurrirán los próximos dos meses pronto la descubrirá.

 

PD.- El próximo martes publicaré el episodio 51 de la novela “El masover” titulado: El mayoral